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Un desastre no solo humano sino social en Asia del sur

ESPECIAL

Capítulos 14 y 15 de ‘Fuerza Teamster’ por Farrell Dobbs


UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR
febrero de 2005 Vol. 29 No. 02

Especial

‘Nos extendemos hacia afuera’
Capítulos 14 y 15 del libro ’Fuerza Teamster’ por Farrell Dobbs

Por Farrell Dobbs

[Perspectiva Mundial está publicando por entregas Fuerza Teamster, traducción de Teamster Power. Es el segundo en la serie de cuatro tomos sobre las huelgas y campañas de sindicalización así como las luchas políticas que en los años 30 transformaron al sindicato Teamsters en Minnesota y una gran parte del movimiento obrero de la región del Medio Oeste de Estados Unidos en un combativo movimiento social. Farrell Dobbs, el narrador, fue uno de sus principales dirigentes. La editorial Pathfinder publicó una edición en español del primer tomo, Rebelión Teamster. A continuación publicamos los capítulos 14 y 15 del libro. Los subtítulos son de Perspectiva Mundial. Copyright © 2004 por Pathfinder Press; se publica con autorización.]

Capítulo14:
Nos extendemos hacia afuera

En el Northwest Organizer del 15 de julio de 1936 se había publicado un borrador del programa para una campaña de expansión de los Teamsters. En sus fragmentos principales, rezaba así:

“El primer paso que hay que dar es el de erigir un Consejo Unido de Teamsters del Noroeste. Este organismo deberá actuar como centro de intercambio de información y debe coordinar las actividades organizativas de un plantel de organizadores capacitados y eficientes. . .

“Lo más difícil en un programa de esta índole sería poner bajo condiciones sindicales a los choferes de pequeños centros poblacionales y a los que trabajan en comunidades más o menos aisladas. La única manera lógica de sindicalizar a los choferes de camión y a los trabajadores del transporte empleados en pequeños pueblos y aldeas es estableciendo sindicatos locales en diversos focos estratégicos por todo el estado que atraerían a sus afiliados. . . [de] diversas comunidades pequeñas ubicadas, digamos, dentro de un radio de 80 kilómetros del lugar donde se ubica el local de choferes. . .

“No se puede concebir un mejor terreno de pruebas para intentar resolver este problema que Minnesota, donde ya existe un movimiento sindical progresista y dirigido de forma inteligente”.

En ese mismo número, el periódico sindical abordó la sindicalización de los choferes de larga distancia, quienes trasportaban carga, artículos para el hogar, etcétera, entre una ciudad y otra, a veces a través de distancias muy extensas. El problema central se expresó de la siguiente manera:

“El intento de sindicalizar a los choferes de camiones de transporte de larga distancia en diversas comunidades locales, sin contar con un programa nacional que coordine los esfuerzos de los diversos organismos locales, jamás podrá lograr los resultados deseados.

“En la actividad industrial los choferes del transporte terrestre ocupan una posición muy parecida a la del ferrocarrilero. No puede ser un hombre sin sindicalizar en un extremo de su ruta y sindicalizado al otro extremo. . .

“Resulta obvio que lo que hace falta, antes de poder sindicalizar al chofer de larga distancia, es una campaña nacional bien planeada, bien financiada y bien dirigida. La vieja forma azarosa de intentar sindicalizar a los choferes del transporte terrestre en una comunidad a la vez, dará más o menos los mismos resultados que los logrados hasta la fecha. Es decir, prácticamente nada. . .

“Cientos de miles de choferes de camión de larga distancia están a la espera de algún organismo que les pueda mejorar las condiciones de trabajo y lograr que sus sueldos aumenten a un nivel vital. Es el momento oportuno de echar a andar tal campaña”.

La sindicalización de los conductores de larga distancia y la organización a fondo de las formaciones Teamster en nuevas localidades eran tareas interrelacionadas, según señaló el Northwest Organizer.

Tomemos el caso de choferes de línea provenientes de pueblos de taller abierto* que llegaran a un baluarte sindical como Minneapolis, por ejemplo. Tenían que afiliarse a la IBT y sus empleadores estaban obligados a pagar según la escala salarial que habíamos establecido para ese trabajo. Los patrones afectados difícilmente podían negarse a cumplir con estas condiciones, ya que la opción era dejar de operar en la ciudad.

En el extremo de taller abierto de estas rutas de larga distancia surgió un núcleo organizativo. El ímpetu que esto brindó a la sindicalización en esas poblaciones lo reforzaron más aún los aumentos de sueldo obtenidos por los choferes de línea, los cuales a menudo eran bastante dramáticos.

La influencia así lograda, a su vez podría servir para un avance en el arreglo local de acarreo, que atendía las ahora sindicalizadas operaciones de línea. Desde ese punto de apoyo, la sindicalización se podría extender a otras ramas del camionaje local y a las ocupaciones afines.

Este proceso, desde luego, presuponía el apoyo a los organismos nacientes por parte de otras entidades más fuertes de la IBT [Hermandad Internacional de Teamsters] de la región. Hacía falta la ayuda directa de organizadores experimentados. Cuando un nuevo sindicato se veía obligado a realizar una acción huelguística, el respaldo debía ser inminente: para poder conseguir el reconocimiento y lograr conquistas para los miembros.

En la medida que en los pueblos remotos se pudiese lograr una sindicalización a fondo de esta manera, se prepararía el terreno para aprovechar los nuevos puntos fuertes para la sindicalización de los conductores de línea que provenían de terminales de taller abierto aún más lejanas. A la vez, las cadenas de firmas de abarrotes, las redes de distribución al por mayor, etcétera, podían ponerse bajo control sindical en base a distritos. Sin embargo, antes de poder realizar estos objetivos había que construir una conferencia Teamster de un amplio alcance geográfico.

Como primer paso hacia ese fin, a principios de agosto de 1936 hicimos arreglos para sostener consultas conjuntas con otros dos sindicatos de Minnesota que tenían jurisdicción del Sindicato General de Choferes: el Local 120 de St. Paul y el Local 346 de Duluth. Con ellos se llegó a un entendimiento, en principio, sobre la necesidad de desarrollar una cooperación más exhaustiva entre los Teamsters, comenzando a nivel estatal.

Además, el Local 120 aceptó unirse al Local 544 en una campaña conjunta para la sindicalización completa del camionaje de cargas en Minneapolis y St. Paul. Una medida inicial de este tipo era particularmente importante, ya que las dos ciudades constituían efectivamente una sola zona metropolitana dividida por una línea artificial. De ahí que las divergencias en el avance de los locales 120 y 544 serían sin duda perjudiciales. En cambio, al lograr conquistas mutuas mediante estrechas relaciones de trabajo, se podría forjar en las Ciudades Gemelas una formidable base Teamster desde la cual se podría acudir a otros.

Pocas semanas después se registraron más avances en el congreso de Cloquet de la Federación Estatal del Trabajo de Minnesota. Los delegados Teamster al congreso celebraron una reunión para debatir la necesidad de una colaboración organizada. El debate sacó a relucir numerosos problemas que los locales de la IBT enfrentaban en diversas partes del estado. Allí mismo se tomó la decisión de constituir un consejo estatal provisional y formar un organismo central para unificar y coordinar las actividades del sindicato Teamster.

Más o menos por esa época, logramos ayudar a los choferes de camión de Fargo para que reactivaran el sindicato en esa ciudad de Dakota del Norte. A comienzos de 1935, [el presidente del sindicato Teamster Daniel] Tobin les había revocado la carta constitutiva, contribuyendo así en gran medida a la derrota de una enconada huelga. Desde entonces habían conservado a un núcleo de militantes, esperando la oportunidad de reanudar su lucha contra los patrones. Pat Corcoran, quien ahora podía y estaba dispuesto a echarles la mano, los respaldó en la obtención de una nueva carta constitutiva de la IBT, ahora como el Local 116. Ya se iba reconstruyendo una relación que nos llevaría al otro lado de la frontera del estado.

Según se había acordado en las conversaciones de Cloquet, en Minneapolis se celebró una conferencia de locales Teamster el 10 de enero de 1937. Pat Corcoran rindió el informe principal. Las antiguas ideas no se adecuaban para las necesidades del día, dijo. Se exigían nuevos métodos y formas de sindicalizar a los trabajadores del camionaje. Una vez logrado eso, nuestro objetivo debía ser buscar establecer la uniformidad de sueldos, horarios y condiciones de trabajo en todo el distrito. No había planes ocultos de captar a sindicatos locales para formar un bloque de poder, le aseguró a los delegados. El único objetivo era un programa honesto y sincero de cooperación.

La conferencia resolvió lanzar un Consejo de Choferes del Distrito Norte Central (North Central District Drivers Council-NCDDC). Corcoran fue electo presidente y yo fui nombrado secretario del nuevo organismo. Se definió provisionalmente que el distrito abarcaría Dakota del Norte y del Sur, Iowa, Minnesota, Wisconsin y el norte de Michigan.

El Local 120 de St. Paul no participó en la conferencia. Al parecer, el agente de Tobin, John Geary, fue en gran medida responsable de que el local se echara atrás en el compromiso que había asumido. Aparentemente Geary no quería que los rebeldes de Minneapolis se metieran con la estructura Teamster -tranquila, ordenada y tradicional- que él presidía en esa ciudad.

Por el momento dejamos de lado el problema de St. Paul y de inmediato atendimos Wisconsin. Otro organizador general de Tobin, Henry Berger, que tenía su sede en Chicago, vigilaba los locales Teamster en ese estado colindante. Corrían rumores de que Berger, dondequiera que fuera, hablaba mal de nosotros. Así que Corcoran y yo decidimos asistir a una conferencia de la IBT celebrada en Green Bay a finales de enero.

Allí encontramos delegados quienes estaban muy mal informados sobre los objetivos del NCDDC. Sin embargo, parecían estar ansiosos de conocer la verdad, así que pudimos aprovechar para dar unos cuantos golpes planteando la necesidad de un cambio en los métodos de sindicalización de los Teamsters. Aunque nuestros intentos no resultaron en la integración directa de los locales del oriente de Wisconsin al consejo, como habíamos proyectado, al menos habíamos hecho algunos amigos entre ellos.

Luego de este episodio, Corcoran, L.A. Murphy y yo fuimos a una reunión del Consejo Ejecutivo Internacional, celebrada en Washington, D.C. Fue la primera vez que Tobin y yo nos conocimos personalmente. Los dos observamos las cortesías de la ocasión, pero con una frialdad que reflejaba nuestras hostiles relaciones del pasado.

Corcoran habló ante el consejo a nombre nuestro. El tenor de sus comentarios era asegurar que las cosas marchaban bien en el Local 544 y que prevalecía la armonía en el Consejo Unido de Teamsters de Minneapolis. Después Tobin pidió una conversación privada con Corcoran y Murphy. Luego me contaron que Tobin les había preguntado sobre el consejo de distrito que estábamos construyendo. Les pareció que sus respuestas habían aliviado las sospechas de Tobin sobre el proyecto.

Durante el viaje también nos detuvimos en Chicago. Principalmente a través de los contactos de Murphy en esa ciudad, pudimos explicar nuestros planes de expansión en los círculos Teamster e incluso estimular cierto interés en el proyecto. La voz de Berger ya no era la única que se escuchaba allí al respecto.

A partir de marzo, Corcoran y yo realizamos una gira exhaustiva de Minnesota y las Dakotas, hablando en calidad de funcionarios del NCDDC. El itinerario incluyó las ciudades donde ya existían locales Teamster y otros donde nos proponíamos echar a andar nuevas formaciones. El papel conservador que anteriormente había jugado Pat en la AFL [Federación Americana del Trabajo] resultó útil para impuslar nuestros objetivos. Su reputación entre los derechistas le permitió solicitar la cooperación activa de funcionarios de las Federaciones Estatales de la AFL en Dakota del Norte y del Sur, lo que resultó ser de lo más útil.

Nuestra gira sirvió principalmente como operación pionera. Doquiera que dábamos con un filón, realizaban una acción de seguimiento otros organizadores de los sindicatos más fuertes, especialmente los locales 544 y 471 de Minneapolis y el Local 346 de Duluth. Después de cierto tiempo Walter Hagstrom, un representante sindical del Local 544 en la empresa de taxis Yellow Cab y también trotskista, fue asignado a tiempo completo como un organizador del NCDDC. Trabajó principalmente en Dakota del Norte, donde rápidamente se iba acelerando el ritmo de sindicalización.

En otro lado del distrito, pronto surgió un conflicto con la cadena mayorista de frutas y verduras Gamble-Robinson (también conocida como Nash-Finch). El conflicto comenzó en el norte de Minnesota. La compañía estaba dispuesta a negociar con el Local 346 en Duluth, pero rehusaba tratar con el sindicato en Hibbing. Apegándose a las normas del NCDDC, el Local 346, el sindicato más fuerte, se negó a negociar hasta que se incluyera Hibbing. Así se obligó a la compañía a dar concesiones a los empleados en ambas localidades.

Aproximadamente una semana después, el Local 662 de la IBT en Eau Claire, Wisconsin, salió en huelga contra la sucursal de la Gamble-Robinson en esa ciudad. El NCDDC brindó el máximo de apoyo a los trabajadores en combate y al poco tiempo éstos triunfaron. En una resolución que se extendía mucho más allá de Eau Claire, la empresa firmó un convenio global que abarcaba todas sus sucursales del distrito donde anteriormente no se había obtenido un contrato sindical. En algunas de estas sucursales, sobre todo en los pueblos más pequeños, los sueldos aumentaron en casi el doble. Se fijaron fechas de vencimiento idénticas, lo que ponía a los trabajadores en una posición sólida para renegociar mejores condiciones un año más tarde.

Así, el NCDDC había sido directamente instrumental en la transferencia de dinero de los bolsillos de los patrones a los de los trabajadores. Además, esto se había logrado contra una de las entidades más grandes y de peor fama antisindicalista de la región. La noticia corrió por las praderas como reguero de pólvora. Los trabajadores de una ciudad tras otra se vieron inspirados a contribuir a la campaña de los Teamsters con renovado vigor.

Su respuesta caracterizaba la forma en que la radicalización de esos días se propagaba entre las masas, extendiéndose desde las principales ciudades a los focos más aislados de la población del país.

Reaccionando lógicamente según su perspectiva de clase, los capitalistas se propusieron debilitar la fuerza creciente de los Teamsters en su punto de origen, el Local 544. En Minneapolis, ellos ahora estaban mejor organizados que nunca con su nueva formación, las Industrias Asociadas (Associated Industries). También se había establecido su homóloga en St. Paul, con una configuración en el transporte camionero denominada el Comité Patronal de Cumplimiento (Employers Compliance Committee). Actuando conjuntamente, los patrones de las Ciudades Gemelas buscaron utilizar en nuestra contra las deficiencias del Local 120, que estaba mal dirigido.

Su plan era mantenerse firmes contra la renovación de contratos con el Local 544 hasta que se impusieran las condiciones más duras posibles al sindicato más débil en St. Paul. Así sentarían las bases propagandísticas para negar nuevas concesiones en Minneapolis y para exigir, en cambio, que renunciáramos a las conquistas ya logradas. Al lanzar un ataque por el flanco del Local 544, en vez de intentar asestarle de frente un golpe aplastante como en el pasado, esperaban socavar la fuerza del local.

Nuestra primera respuesta fue dejar saber a los patrones que sabíamos lo que tramaban, esperando así asustar a los más nerviosos entre ellos. En un editorial del Northwest Organizer declaramos: “Si los empleadores de Minneapolis quieren guerra, la tendrán, pero la sangre correrá por cuenta suya, no nuestra”.

Mientras tanto, nos pusimos a atender el problema de realizar acciones conjuntas con el Local 120. En este sentido, Corcoran, Murphy, Smith y Wagner ayudaron mucho en su capacidad de integrantes de la junta ejecutiva del Local 544. Utilizaron su influencia en la IBT para concertar una reunión con funcionarios del sindicato Internacional sobre el tema. Se celebró una sesión en Indianapolis, con comités de ambos locales y ante la presencia de John Geary. Se llegó a un acuerdo de que los dos sindicatos debían colaborar a fin de lograr sueldos uniformes en el sector del transporte por camión en las Ciudades Gemelas.

Se acordaron demandas en común para una escala de salarios más alta. Esto implicaba que los trabajadores de St. Paul, cuyos sueldos se habían quedado rezagados, obtendrían un mayor aumento que los de Minneapolis. Sin embargo, esto no significó para nosotros ningún problema, porque nuestros miembros entendían la necesidad de esta aparente desigualdad en el proceso de establecer paridad de sueldos. Se reconocía que el logro de este objetivo llevaría a la larga a conquistas mucho más importantes.

Cuando se presentaron las demandas a las empresas de trasbordos, el Local 120 indicó que saldría en huelga si eran rechazadas. En el caso del Local 544, los miembros aprobaron otorgar al consejo directivo la facultad plena de convocar a huelga. Se hizo así porque los contratos que estaban por renovarse implicaban a otros sectores de la industria aparte de las empresas de trasbordo y al elaborar nuestra táctica había que considerar asuntos delicados en cuanto al momento más oportuno.

Para demostrar que íbamos en serio, el Local 544 salió en huelga primero contra las grandes mueblerías el 16 de junio. Una semana después capitularon los patrones de las empresas de trasbordo de Minneapolis, cuando estaba a punto de convocarse la huelga en su contra. Firmaron un convenio en que concedían la demanda del sueldo mínimo de 70 centavos por hora, lo que estableció un nuevo precedente en la industria. Nuestra victoria rompió el frente único de las Industrias Asociadas. También dio marcha atrás a la situación estratégica que los patrones habían intentado crear en las Ciudades Gemelas.

En St. Paul las empresas de trasbordo rehusaron aceptar las condiciones del convenio de Minneapolis, y el Local 120 convocó a una huelga en su contra el 23 de junio. El Local 544 inmediatamente se volcó con todo para apoyar los piquetes y para contribuir conocimientos prácticos a partir de su propia experiencia huelguística, que era considerable. Se asignaron especialistas para ayudar en cada aspecto de las actividades.

Con la ayuda de estas manos experimentadas, se introdujo a los piquetes la técnica de los escuadrones móviles. Se instaló un comisariato. Se formó un comité auxiliar de mujeres para participar en la lucha. El personal del Northwest Organizer también sacó un boletín huelguístico diario. A petición de los huelguistas, un representante del Local 544 también ayudó en las negociaciones con los patrones.

Los sindicatos de fuera de las Ciudades Gemelas y pertenecientes al NCDDC se solidarizaron con la lucha rehusando transportar nada que normalmente correspondería al Local 120.

Apenas comenzaba la huelga cuando la Asociación de Transporte Motorizado Regulado (Regulated Motor Transportation Association) rompió filas con el resto de patrones y firmó un convenio con el sindicato (tema que vamos a retomar más adelante). Como esta Asociación representaba a grandes empresas del transporte de larga distancia, su acción constituyó un gran avance para el Local 120. Sin embargo, a pesar de este cambio las empresas dedicadas al transporte local persistieron desesperadamente en su afán de vencer al sindicato.

En los diarios se publicaron anuncios pagados en que se atacaba a Arthur F. Hudson, presidente del Local 120, con el fin de sembrar discordia entre los huelguistas. Luego de tergiversar los temas pertinentes, un anuncio tuvo el descaro de proclamar: “La única conclusión que se puede sacar es que el presidente de su sindicato, dominado por los dirigentes del Local No. 544, ha considerado que su poder y programa personales son de mayor importancia que el bienestar tanto de los camioneros de St. Paul como del público en general”.

Después se aprovechó un incidente de la huelga para insistir con aún más saña en el tema falso de la “dominación” del Local 544. Resulta que un día un camión esquirol se salió de la carretera y se fue en una zanja. Bill Brown, que por casualidad andaba por esa zona, fue detenido. Lo acusaron de “atraco en un camino”, delito punible con una condena de entre 5 y 40 años en prisión. En la prensa se lanzó una campaña difamatoria en base a la acusación, y los patrones dieron todas las señales de que aspiraban condenarlo.

La amenaza suscitó una declaración del NCDDC de que convocaría a una huelga de protesta de 48 horas entre sus 20 mil afiliados en cuatro estados si se procesaba a Brown. Así, el intento de debilitar al consejo de los Teamsters en su seno se convertía en un nuevo peligro para los patrones en la periferia del distrito. Eso provocó que intervinieran elementos más sobrios dentro de la clase dominante y al final se retiraron los cargos en contra de Brown.

A la vez que sucedía todo esto, las líneas de piquetes se habían mantenido firmes. Habían surgido fuertes sentimientos de camaradería entre los locales 120 y 544 a medida que luchábamos hombro a hombro. De haber una rendición, tendría que venir de los patrones, y es precisamente lo que sucedió.

Tras un paro de ocho días, las empresas de trasbordo llegaron a un acuerdo con el sindicato. Se fijaron sueldos equiparables a los de Minneapolis. De hecho, el contrato registró logros que en general eran tan impresionantes que a los huelguistas les costaba creer cuando se enteraron de las condiciones del convenio en la reunión de ratificación.

Al considerar la victoria que habían logrado -y la ayuda que habían recibido- ya no cabía duda de que los funcionarios y filas del Local 120 serían de ahí en adelante partidarios activos del NCDDC.

Ahora que se había ganado la lucha clave, el Local 544 enfocó su atención al problema de su propio contrato. La huelga contra las mueblerías ya se había resuelto a favor de los trabajadores. No tardó para que la renovación de convenios en otros sectores del transporte camionero se lograra sin necesidad de luchar. En cada caso los patrones cedieron en los puntos más importantes. El plan de las Industrias Asociadas, de socavar la fuerza del sindicato, había estallado como una burbuja en el viento.

Como agregando un toque de ironía, el Local 544 sindicalizó a los choferes privados de la clase adinerada. El movimiento lo iniciaron unos ex taxistas que ahora ocupaban esos puestos. No hubo negociaciones. El sindicato simplemente envió a cada empleador una carta en que se indicaba el sueldo mínimo que había que pagar, tal como habían decidido los trabajadores afectados. Pocos pusieron reparos. Al parecer temían que si se resistían los escuadrones móviles del sindicato obligarían a sus limosinas a salir de circulación.

Al resumir, en su inimitable estilo, las conquistas de las filas del Local 544 en materia de sueldos, Bill Brown escribió en el Northwest Organizer: “Recuerden, hace como tres años apenas estábamos ganando nuestros 42 centavos y medio por hora, que según los patrones no era ni más ni menos que el comunismo. Entonces, con los 70 a 75 centavos por hora que recibimos ahora, debemos estar en alguna etapa avanzada de la Utopía que aún no tiene nombre”.

Nuestro gran salto hacia adelante en las Ciudades Gemelas dio nuevo ímpetu a la campaña Teamster en todo el distrito. Se constituyeron nuevos locales en tres ciudades, con lo que llegaron a 11 las nuevas unidades desde que comenzó la campaña. Dos estaban en Marshalltown y Mason City, lo que implicó el inicio de una penetración en Iowa.

La tercera estaba en Winona, ubicada en el sureste de Minnesota. Esta región del estado siempre había sido baluarte del antisindicalismo. De hecho, de Winona se habían enviado los camiones esquiroles a Minneapolis durante la huelga de la Strutwear de 1935. Ahora, dos años después, la AFL lograba su primer avance en esa región.

Durante agosto el recién formado Local 799 de la IBT salió en huelga contra las industrias del hielo, del carbón, de la madera y de trasbordos de Winona, donde se había sindicalizado a unos 250 trabajadores. El sindicato ganó aumentos sustanciales de sueldo y otros avances, estableciéndose firmemente en ese pueblo.

En este periodo se realizaron huelgas contra diversos tipos de empresas camioneras en Brainerd, Eau Claire, Mankato y Minot. En algunos casos los patrones intentaron formar sindicatos amarillos para tratar de vencer a la IBT; en otros casos, usaron a la policía ferrocarrilera junto a los policías locales contra huelguistas; y en Mankato se dieron intentos de organizar guardias ciudadanas, empleándose las sirenas de las fábricas como señal de movilización. Sin embargo, ninguna de esas tretas antisindicales dio resultado.

Todas las huelgas las ganaron los Teamsters. Se registraron aumentos de salario de hasta el 64 por ciento (Minot). Las horas de trabajo, que habían sido insoportablemente largas, se recortaron a 48 por semana. Se reforzó el reconocimiento del sindicato al establecer sistemas de representantes sindicales para vigilar que los empleadores cumplieran con los convenios. En algunos casos los triunfos sindicales fueron seguidos por “campañas antiesquirol”, que emulaban la técnica del Local 544.

Así, con su campaña en pleno avance, el NCDDC celebró una conferencia los días 18 y 19 de septiembre en Hibbing, Minnesota. Asistieron 83 delegados, en representación de 29 locales de la IBT del distrito. Las deliberaciones se centraron en un informe del Comité de Campo, el organismo dirigente del consejo, que se incorporó a las actas de la reunión. Los fragmentos claves decían lo siguiente:

“Es importante reconocer que el trabajo general del Consejo ahora pasa rápidamente a una segunda etapa decisiva. Durante la primera etapa el trabajo se centró principalmente en la formación de sindicatos locales y en la creación de mecanismos para la organización de éstos y para la elaboración de demandas para presentarse a los empleadores. Esta etapa del trabajo aún queda por realizarse en diversos lugares.

“Sin embargo, una parte importante del Consejo ya ha pasado a esa etapa de su evolución donde las negociaciones con los empleadores ya están en marcha y podría resultar necesario salir en huelga. Esto crea una gran demanda para hombres experimentados que puedan reunirse con los empleadores y, en general, dirigir la estrategia del sindicato para tomar las medidas necesarias para lograr contratos firmados. Se exige, además, establecer la más estrecha cooperación entre los diversos sindicatos locales y el Comité de Campo del Consejo.

“Se cometerán muchos errores, pero es de vital importancia recordar que un grave error del sindicato local, que resulte en la derrota a manos de los empleadores, tendría un efecto perjudicial en todos los sindicatos locales del Consejo.

“Es importante asimismo tener muy en cuenta que hemos sorprendido en las primeras etapas a los patrones, pero éstos se opondrán enérgicamente a nuestras labores de sindicalización y para este fin utilizarán todo instrumento que esté a su disposición. . .

“Hay que recordar que el Consejo sólo representa, a fin de cuentas, una organización voluntaria de sindicatos locales que actúan en conjunto para que la fuerza de uno sea la de todos. De ahí se desprende que la debilidad de un local se convierte en la debilidad de todos, y cuando un local no pone de su parte, la labor del Consejo se ve gravemente obstaculizada. . .

“Entendemos perfectamente que se trata de seres humanos y no de máquinas, y que aun en las mejores circunstancias todos tenemos muchos defectos; pero es precisamente por estas verdades que pedimos con seriedad que todos los delegados y todos los sindicatos locales reconozcan la naturaleza de nuestro Consejo y los impedimentos con los que éste funciona, y que hagan todo lo que esté en su poder para ejercer el máximo de iniciativa y cooperación en lograr el éxito de la sindicalización de todos los conductores del distrito”.

La conferencia aprobó las perspectivas establecidas por el Comité de Campo. Además, se aprobó una resolución a favor de que la AFL adoptara el régimen industrial de organización, una fórmula que los recién formados locales de la IBT tendían a emular. Sintiéndose mejor preparados para la lucha, los delegados regresaron a sus respectivas localidades, y pronto se perfiló una nueva ola de batallas contra los patrones.

Durante octubre se realizó en Fargo una huelga de tres semanas en las empresas de transporte de larga distancia y de carretas locales. El sindicato se adjudicó un triunfo contundente, logrando el pleno reconocimiento de los empleadores. Se registraron marcados avances en materia de sueldos, horarios y condiciones de trabajo. Después de una demora de dos años y aún otra lucha difícil, el Local 116 había superado la derrota en 1935 que Tobin les había impuesto a sus predecesores.

Al tiempo que ocurría esto, también ocurrió un paro a varios kilómetros hacia el norte, en Grand Forks, Dakota del Norte. Eran trabajadores de los sectores de trasbordo, panaderías, mercados y abarrotes al por mayor, y los conflictos duraron entre varios días y tres semanas en las distintas empresas. A pesar de la violencia desatada por la clase gobernante contra los trabajadores, el Local 581 de la IBT salió vencedor en todos los frentes. Se lograron concesiones importantes de los empleadores. Se había alcanzado un grado más alto de sindicalismo en esa población anteriormente sombría.

En el vecino estado de Dakota del Sur, en cuestión de semanas se produjo un conflicto enconado en Sioux Falls. Jack Maloney y Happy Holstein, del antiguo plantel del Local 574, habían sido enviados a esa ciudad a petición del Local 749 de los Teamsters. Este sindicato, recién constituido apenas, se concentraba en ese entonces en la sindicalización de choferes de larga distancia y conductores de carretas locales. Los patrones rehusaron negociar, y en noviembre se convocó a una huelga.

Se trajeron esquiroles y la policía obtuvo equipos antimotines en un intento de aplastar la huelga. Se dieron dos batallas campales, una en la empresa de trasbordo Munce Bros. y la otra en la Wilson Transportation. Aunque varios trabajadores resultaron heridos cuando la policía los agredió con gases y porras, los piquetes se mantuvieron firmes. Al final las empresas se rindieron ante el sindicato, y se registró otro avance más del NCDDC.

Entretanto, sin embargo, se le había asestado un gravísimo golpe a la campaña Teamster en Minneapolis.

Capítulo 15:
Asesinato a sangre fría

“El miércoles por la noche, a eso de las 10, Patrick J. Corcoran, secretario-tesorero del Consejo Unido de Teamsters de Minneapolis y presidente del Consejo de Choferes del Distrito Norcentral, fue asesinado vil y brutalmente cerca de su casa.

“Temprano esa noche había participado en una reunión del Local de Choferes de Lavanderías en la sede del Consejo, en el 257 de la Avenida Plymouth Norte. Salió de la reunión rumbo a su casa, puso su automóvil en el garaje y empezó a dirigirse a la puerta. Fue entonces que su atacante o atacantes lo agredieron, golpeándolo, rompiéndole el cráneo y metiéndole una bala en la cabeza. Su cuerpo cubierto de nieve fue descubierto por un vecino a las 11:30 p.m.”

Con esos párrafos tersos se describió en una edición especial del Northwest Organizer del 17 de noviembre de 1937, el asesinato del dirigente Teamster. El periódico sindical también informaba:

“El jueves por la mañana, a las 10 en punto, se celebró una reunión especial ejecutiva del Consejo Unido de Teamsters en su sede central. La asamblea ejecutiva decretó que el Consejo ofrece una recompensa de Diez Mil Dólares por el arresto y condena de los responsables del asesinato de Corcoran. Decretó, además, el sábado 20 de noviembre como día feriado para todos los miembros de los oficios de Teamsters en Minneapolis, para permitir que los miembros asistan a los servicios funerarios del martirizado sindicalista, a celebrarse en la Basílica de Santa María. . .

“Miles Dunne fue electo para ocupar el puesto de secretario-tesorero del Consejo temporalmente”. (Posteriormente Miles fue electo formalmente por los delegados del Consejo Unido para ocupar el puesto por un turno completo.)

La reunión ejecutiva del Consejo también emitió un comunicado en que declaraba: “Pat Corcoran ha dirigido una lucha intransigente contra los patrones de Minneapolis y sin lugar a dudas ha incurrido, por su inquebrantable lealtad a los intereses de los trabajadores, en la enemistad de una amplia sección de los patrones de Minneapolis y sus agentes. Puede quedar poca duda de que muchos de los patrones que tuvieron que vérselas con Corcoran durante los últimos dos años tienen motivos para desear su eliminación”.

En un comunicado dado a conocer simultáneamente, el Local 544 afirmaba: “Pat Corcoran y el Sindicato de Choferes en un momento dado estuvieron en campos opuestos. Sin embargo, desde aquel momento y desde el momento en que el Local del Sindicato de Choferes volvió a la Internacional de Choferes, no ha habido partidario más firme, o amigo más auténtico, que Corcoran. Desde el reacercamiento entre el otrora sindicato ilegal (574) y la AFL, no ha habido nadie que haya dado mayor apoyo [al sindicato de] Choferes que Pat Corcoran. El ha sido nuestro amigo y nos ha dado a conocer con todas sus acciones que estaba activamente interesado en fomentar los intereses de los oficios de Teamsters en Minneapolis. . .

“Durante su lucha por sindicalizar a los trabajadores del transporte por carretera del noroeste, Corcoran había hecho enemigos que, sin duda, deseaban su muerte. Si el asesinato de dirigentes de oficios de Teamsters es la respuesta de la patronal, entonces el Local 544 dice: ustedes pueden matar a quienes crean que son los dirigentes. Pero hemos adiestrado a gente que seguirá haciendo avanzar la lucha”.

Al día siguiente salieron en la radio Miles Dunne y Ray Sawyer, presidente de la Unión de Choferes de la Leche. Retransmitieron para toda la ciudad la oferta del Consejo Conjunto de una recompensa de 10 mil dólares por la detención y condena de los asesinos de Pat. Además notificaron a todos los trabajadores de los planes para un paro de camiones durante el funeral.

Durante el viernes por la noche y temprano en la mañana del sábado, una río interminable de sindicalistas desfiló silenciosamente por el hogar de la familia Corcoran, que se hallaba colmado de flores, para rendir su último tributo a Pat. Desde las nueve de esa mañana hasta el mediodía, mientras se realizaba el servicio fúnebre, no circuló ni un solo camión en la ciudad. Más de 10 mil trabajadores acudieron a la basílica para los últimos servicios, llenando esa gran iglesia y desbordándose hasta la calle. Había delegaciones de los pueblos de la región representando los locales Teamsters afiliados al NCDDN. Con dolor y con rabia todos habían venido a dar a Pat la despedida que merecía. Y estaban más resueltos que nunca a seguir adelante en la lucha sindical que a él le había costado la vida.

Después del funeral el Local 544 realizó una asamblea general de sus miembros para evaluar la nueva situación. Todos los presentes estuvimos de acuerdo en cuanto a los principales problemas que enfrentábamos. Para que hubiera alguna posibilidad de encontrar a los que atacaron a Pat, el movimiento sindicalizado tendría que poner mucha presión sobre el gobierno para que actuara. Esto, sin duda, tendría que hacerse a la luz de un nuevo ataque capitalista, ya que era de esperarse que los patrones usaran su trágica muerte contra el sindicato.

Reconociendo que los enemigos del movimiento obrero podían intentar otros asesinatos, la asamblea votó a favor de tomar medidas protectoras. Se autorizó armar al plantel del Local 544. También se tomó la decisión de proveer guardaespaldas de entre las filas del sindicato para sus funcionarios.

En el caso presente, armar a los funcionarios tuvo lugar bajo circunstancias distintas de las que habían prevalecido en 1936. Esta vez no había una lucha sindical interna. Uno de los nuestros había sido asesinado, teníamos que dar por sentado, por agentes de la clase dirigente y había una amenaza implícita para otros. Así que el sindicato compró revólveres calibre .38 para uso defensivo. Como salvaguarda contra posible fabricación de cargos por la policía por portar estas armas, se solicitaron permisos oficiales. Cuando las autoridades denegaron la solicitud, nos cubrimos registrando los números de serie de las pistolas con el jefe de la policía.

L.A. Murphy estuvo a cargo de estos trámites. Entonces, una vez esa tarea se había cumplido a cabalidad, renunció como secretario-tesorero del Local 544. Al hacerlo explicó que razones personales de importancia requerían que volviera a Rockford, Illinois. Allí, pasado un tiempo, volvió a sus actividades previas como funcionario Teamster en esa ciudad.

(La persona que regresó a Rockford era distinta de la que había salido de esa ciudad en la primavera de 1936 para servir a Tobin en Minneapolis. En el curso de combatir al Local 574, Murphy había llegado a respetar a sus dirigentes trotskistas. Entonces, su asociación con nosotros en la junta ejecutiva del Local 544 le había atraído, al menos en parte, a los principios de lucha de clases por los que nos regíamos. A su propio modo, se había convertido en un simpatizante trotskista. Hasta su muerte años más tarde, Murphy hizo contribuciones financieras ocasionales al partido, haciéndolas a través de Ray Dunne.)

Mientras tanto, Jim Cannon, tan pronto supo del asesinato de Corcoran, salió sin demora hacia Minneapolis. Como en previos momentos de crisis, trabajó estrechamente con la fracción Teamster del partido, ayudándonos en cualquier forma posible. Además Jim trajo consigo a Felix Morrow, un competente periodista del partido, para asistir a la redacción del Northwest Organizer. En ambos casos la ayuda de veras fue apreciada. Nos enfrentábamos a problemas complejos para darle forma a la estrategia del sindicato y contrarrestar los ataques propagandísticos de sus enemigos.

Para empezar, ya se venía desarrollando una campaña difamatoria en los diarios. Los capitalistas rápidamente intentaban aprovechar esta nueva oportunidad de golpear a los trotskistas, contra quienes tenían quejas profundas. Desde 1934 habíamos sido instrumentales en forzar a los patrones a soltar millones de dólares para aumentos salariales. Y para 1937 nos habíamos convertido en un factor clave en una campaña de sindicalización por toda la región que había de añadir nuevas sumas enormes a las nóminas de las empresas. Así que para la clase dirigente había incentivos materiales para intentar usar el asesinato de Pat como medio de volver la marea contra nosotros. Eran de esperarse llamados para que se investigara a los sindicatos. El objetivo mínimo sería plantar divisiones en el movimiento obrero y desmoralizar a los trabajadores. También existía el peligro de que intentaran fabricar falsos cargos legales contra los dirigentes del Local 544.

Al mismo tiempo los estalinistas sin duda utilizarían esta oportunidad para lanzar un ataque faccional sin principios contra nosotros. Lo que es más, era seguro que lo harían sin importarles en lo absoluto las consecuencias que eso tendría para el movimiento obrero. De eso podíamos estar seguros, ya que una y otra vez habían hecho lo mismo en anteriores momentos críticos en la cambiante lucha de clases.

También existía la posibilidad que hubiera nuevas dificultades con Tobin, ya que nuestras relaciones pacíficas con él en aquel momento eran de una naturaleza más bien frágil.

En estas circunstancias generales se necesitaba una contraofensiva rápida contra la clase dominante. Como primer paso en esa dirección, elaboramos demandas concretas para que el gobierno actuara de forma vigorosa en la búsqueda de los asesinos de Corcoran. Se realizaron intentos de desarrollar el frente único más amplio posible dentro del movimiento obrero en torno a esas demandas.

La contraofensiva comenzó con la redacción de dos resoluciones. Una exigía que el forense del condado, Gilbert Seashore, creara un jurado del forense para proceder con una investigación del asesinato. La otra llamaba a que el fiscal general de Minnesota, Ervin, nombrara a un investigador especial para descubrir a los asesinos. Específicamente, se pedía que Ervin nombrara a Sam Bellman, representante estatal del Partido de los Agricultores y Trabajadores, muy conocido y con amplia confianza en círculos sindicales, para el puesto investigativo.

Ambas resoluciones fueron aprobadas en el Consejo Unido de Teamsters. Luego los representantes de la IBT hicieron que se aprobara en una reunión de la Junta de Agentes de Negocios Sindicales de Minneapolis. Esta organización, que consistía de funcionarios de todos los sindicatos de la AFL, era ampliamente representativa del movimiento sindical de la ciudad. De esta manera rápidamente se había formado un frente único significativo en torno a las dos demandas específicas, que fueron respaldadas al poco tiempo por la Unión Central del Trabajo.

Posteriormente una amplia delegación sindical se reunió con Ervin y Seashore para exigir una acción inmediata respecto a las demandas sindicales. Ervin se negó a nombrar un investigador especial alegando falta de fondos. Sin embargo, la administración estatal, siendo del Partido de los Agricultores y Trabajadores, tenía que mostrar algún gesto de cooperación con el movimiento sindical. Así que el gobernador Elmer Benson (quien había tomado posesión de su cargo tras la muerte de Floyd Olson en 1936) le pasó el balón a Roosevelt, pidiendo que el FBI ayudara a encontrar a los asesinos. El fiscal general de Estados Unidos, Cummings, respondió que Washington no podía involucrarse en el caso “a menos que se produjeran pruebas de que se había cometido un crimen federal”. Como señaló el Northwest Organizer, el asesinato de dirigentes sindicales no parecía merecer la atención federal.

Sin embargo, el forense Seashore sí respondió a las demandas sindicales. Convocó un jurado que, desde el punto de vista sindical, era sorpresivamente favorable en su composición. Estaba formado por T.E. Cunningham, presidente de la Federación Estatal del Trabajo; Allen Sollie, de la Unión de Empleados del Condado y Municipales de la AFL; I.G. Scott, comisionado del condado por el Partido de los Agricultores y Trabajadores (anteriormente concejal de la ciudad); Sam Bellman, a quien los sindicatos habían querido como investigador especial; Charles Horn, un patrón con tendencias liberales; y el ex alcalde de Minneapolis, Kunze, funcionario de banco.

El jurado se reunió el 30 de noviembre y condujo una investigación que duró cinco días. Citaron a unas 140 personas para que comparecieran. Lo más destacado de las sesiones se resumió en el Northwest Organizer.

Alice Corcoran, viuda de Pat, y Frank Dorrance, del Local 471, hablaron de diversas amenazas que se habían hecho contra la víctima del asesinato. En un caso, unos gángsteres habían amenazado a Pat de muerte, se informó, para intentar prevenir que organizara a los choferes de los camiones de helados.

El doctor Russell Noice dijo que había escuchado a cuatro hombres amenazar a los Dunne y a Bill Brown en una cervecería.

Ray Dunne declaró que las amenazas contra los dirigentes sindicales ocurren con regularidad, especialmente cuando el movimiento sindical está logrando grandes avances. “Poco antes de que Corcoran fuera asesinado”, dijo al jurado, “habíamos presentado varias de ellas a la policía”.

Mientras yo comparecía como testigo, Horn, un miembro del jurado, me preguntó sobre posibles resentimientos contra el sindicato por parte de empresas del camionaje con bajos salarios que venían a Minneapolis de otras ciudades. Su pregunta me permitió recalcar la posibilidad de que Pat había sido asesinado por agentes de los patrones.

Durante las sesiones de la investigación, la prensa capitalista se quejaba continuamente alegando que Grant Dunne dirigía la investigación. En realidad, el sindicato había asignado a Grant para que asistiera al forense Seashore de cualquier forma posible. Nuestra actitud quedaba en marcado contraste con el fracaso de las fuerzas de “la ley y el orden” oficiales de prestar una ayuda significativa al jurado del forense. Debido en buena medida a la actitud de falta de cooperación de la policía, la investigación no logró producir pistas sobre los asesinos de Corcoran.

Tomando nota de la poca atención en el intento de dar con los criminales, el Northwest Organizer afirmó: “Nuestros enemigos prefieren mantener en secreto la identidad de los asesinos. En primer lugar, porque esos asesinos provinieron con certeza de entre los enemigos del movimiento sindical. Segundo, porque en tanto no se halle a los asesinos de Pat, nuestros enemigos seguirán intentado achacárselo a los sindicatos por los que Pat vivió y murió”.

El letargo policial en el caso de Corcoran era sintomático, como lo eran también las calumnias contra el movimiento sindical en la prensa capitalista y las continuas amenazas contra otros dirigentes obreros. Eso se había convertido en norma cotidiana. Para los sindicalistas la vida bajo esas circunstancias se reflejó en experiencias narradas posteriormente por Marvel Scholl.

“No sería del todo cierto decir que para mí el terror comenzó con el asesinato de Pat Corcoran”, escribió. “En realidad, todo el periodo de nuestra expulsión de los Teamsters, con la presencia de los matones de Tobin en la ciudad, fue de incertidumbre por la vida de nuestros camaradas.

“Pero el verdadero terror comenzó temprano aquella mañana de noviembre, cuando súbitamente alguien golpeó nuestra puerta y despertamos para escuchar que Harry DeBoer decía, ‘Despierta, Farrell. Asesinaron a Pat anoche’.

“Por ese entonces no teníamos teléfono. Pero después de esto Farrell cedió ante mis ruegos para instalar uno, aunque esto significaba que dejaría de gozar de ese poquito de paz y privacidad que significaba el no tenerlo.

“Cuando Tommy Williams [un taxista que pertenecía al Local 544] se convirtió en el guardaespaldas de Farrell, prácticamente vivía con nosotros: incluso hasta el punto de ir al cine con nosotros los sábados por la noche, aunque en esas ocasiones ambos insistíamos que llevara a Violet [su esposa] con él.

“Farrell odiaba tener guardaespaldas y llevar pistola y siempre que podía se escapaba y manejaba a casa solo. Al final dejó de portar la pistola y la dejó, descargada, en un estante alto de la cocina.

“Una noche mientras escribía mi [columna para el Northwest Organizer] Línea de Piquetes, nuestra perrita, Lady, se puso a ladrar hacia la puerta de la cocina y la regañé. Entonces, de repente, oí que se rompió un cristal en el sótano, en la parte del frente donde había un almacén.

“Entonces sabía que había alguien en el sótano. Aparentemente habían estudiado los hábitos de Farrell. El solía conducir el coche hasta meterlo al garaje, entraba a la casa por la puerta levadiza lateral y bajaba al sótano para alimentar la calefacción para la noche.

“Llamé a la sede de los ayudantes de gasolineras, donde sabía que probablemente estarían Farrell y Tommy, ya que estaban en huelga. Tommy se puso al teléfono pero no pudo encontrar a Farrell, lo que significaba que seguramente estaría de camino a casa solo. El preocuparme por él me hizo que impulsivamente hiciera algo temerario.

“Cogí la pistola del estante, no intenté siquiera cargarla, y con Lady a mi lado bajamos al sótano a alimentar la calefacción. Era evidente de que había alguien en la pequeña área de almacenaje. Lady se quedó en la puerta del sótano, ladrando sin parar, mientras yo cargaba la calefacción, y entonces salimos corriendo al piso de arriba.

“Unos momentos después escuché el crujido de las escaleras del sótano y que se cerraba de la puerta levadiza que daba al exterior. Así que me planté detrás de la puerta de enfrente, viendo para cuando llegara Farrell. Tan pronto como su coche empezó a meterse a la entrada salí corriendo, gritando que saliera del coche y entrara en la casa. Estaba segura que el asesino aún estaría esperándole en el garaje.

“Otro incidente, que ocurrió mientras Farrell estaba fuera de la ciudad, sucedió así:

“Alrededor de la medianoche salí al pórtico cerrado para chequear el candado de la puerta de enfrente antes de irme a acostar. Justo al otro lado de la calle, pero enfrente del lote baldío que había entre nuestra casa y la de los Zimmerman, había un auto. Como toda la cuadra de enfrente estaba llena de lotes baldíos cubiertos de maleza, y como no podían ver luces en ninguna de las casas del lado nuestro, sabía que el coche no era de un visitante de alguno de los vecinos. Parada en la oscuridad vi que alguien encendió un cigarrillo y, al poco rato, encendieron otros dos cigarrillos más en el asiento de atrás del coche.

“Apagué las luces de la sala y del comedor, dejé encendida la luz del baño por unos momentos y después la apagué. Así que me quedé completamente encerrada y sin que se vieran luces en ninguna parte. Entonces llamé a la oficina del 544 pero no había nadie. Acordándome que los trabajadores de la electricidad estarían reunidos en la sede del sindicato, los llamé. Afortunadamente hallé a George Phillips [presidente del Local 160].

“Según sus instrucciones, me escabullí hacia el pórtico de atrás y esperé. Mientras estaba allí alguien salió del coche y cruzó la calle hacia el descampado, probablemente a hacer sus necesidades porque regresó a los pocos minutos.

“Como a los 15 minutos empezaron a llegar coches por las calles 40 y 41, para converger desde ambos extremos hacia la cuadra en la 19 Avenida Sur donde estaba nuestra casa. La gente que estaba en el coche se dio cuenta de lo que estaba pasando y salieron disparados como un rayo. Los muchachos sindicalistas dijeron que habían cuatro o cinco hombres en el auto.

“Todos entraron en la casa y la registraron, incluso el sótano y el garaje en la parte trasera. Después de que ellos y yo quedamos satisfechos de que no había nadie escondido, y de haberme calmado un poco, se prepararon para marcharse.

“Cuando se iban un trabajador -probablemente nuevo en la lucha de clases- me preguntó ‘¿Por qué no llamó a la policía?’ Y todos los demás se echaron a reír a carcajadas”.

No sorprende que sindicalistas experimentados se rieran cínicamente de la idea de obtener protección policiaca contra asesinos. Desde la muerte de Pat se había vuelto cada vez más patente que, en el mejor de los casos, las autoridades sólo realizaban una búsqueda somera de los asesinos. De vez en cuando la policía anunciaba una esperada “pista” en el caso, sólo para admitir más tarde que tenían que estaba de regreso a donde empezaron. En realidad, su actuación se estaba convirtiendo en una farsa obvia.

Mientras tanto en la prensa capitalista continuaba la campaña difamatoria. Intentaban vincular la muerte de Corcoran con el “gangsterismo” en el movimiento sindical. Una caracterización típica apareció en el St. Paul Daily News, refiriéndose a “los zares del movimiento obrero, cobrando tributos por medio de la violencia”. En su edición del 29 de noviembre de 1937, este mismo periódico afirmaba: “De continuar el terrorismo, va a surgir un movimiento de bandas ciudadanas”.

Fue en este contexto que los estalinistas hicieron su contribución. Ellos no necesitaban ni investigación ni pruebas para achacar la culpa del asesinato. El Daily Worker del 23 de noviembre de 1937 simplemente anunció que en Minneapolis había “una creciente indignación popular contra las revelaciones de que el crimen organizado y gangsterismo importados al movimiento obrero local, y vinculados a los trotskistas en la dirección del Sindicato de Choferes, han estado a la raíz del asesinato”.

Esta acusación fue repetida por el llamado “Consejo Industrial del CIO del Condado de Hennepin”, que por aquello época era más que nada una formación de papel utilizada como fachada por los secuaces del Partido Comunista local. Por medio de esta entidad alegaron que el “asesinato era el resultado lógico del gangsterismo y crimen organizado fomentados en el movimiento obrero de Minneapolis por la dirección Dunne-Brown-Dobbs del 544 y sus aliados”.

Sin embargo, esa acción la repudió rápidamente George Cole, Director Regional del CIO. El uso del nombre CIO para hacer tales acusaciones no había sido autorizado, declaró públicamente. Su repudio fue seguido al poco tiempo por otro del Consejo de Trabajadores del CIO de Empacadoras de Minnesota. Esta organización de carne y hueso de verdad calificó los cargos maquinados por los estalinistas contra los Teamsters como de “lo más dañino para el bienestar y el futuro del CIO y de un movimiento obrero unido”.

Al verse obstaculizado en el frente del CIO, el PC volvió su atención hacia la AFL. Harold Bean, un funcionario sindical estalinista, tomó la iniciativa de formar un “Comité de voluntarios para echar el gangsterismo del movimiento sindical”. Se anunció entonces que el comité organizaría el 1 de diciembre una “audiencia pública de masas sobre el gangsterismo en el movimiento sindical de Minneapolis que resultó en el asesinato de Patrick J. Corcoran”.

Los individuos que aparecían como patrocinadores de la “audiencia pública” de inmediato fueron citados a comparecer ante el jurado del forense. Allí se les puso en el banquillo de los testigos y se les pidió que presentaran la evidencia en la que basaban sus alegatos. No teniendo nada que ofrecer, quedaron expuestos como mentirosos.

Ante esta presión 11 funcionarios de la AFL, quienes figuraban entre los que convocaban el acto del 1 de diciembre, repudiaron la farsa en su totalidad. Afirmaron que sus nombres habían sido usados fraudulentamente sin su conocimiento o consentimiento. Esto redujo el “comité de voluntarios” a nada más que conocidos estalinistas, tornándolo impotente.

Luego del incidente con el jurado del forense, más de 150 funcionarios del movimiento sindical de Minneapolis se reunieron tras un llamado de la Junta de Agentes de Negocios Sindicales. La reunión aprobó una resolución que declaraba:

“Todo intento de atribuir el asesinato de Corcoran a fuerzas dentro del movimiento sindical, y de mancillar a los sindicatos con la acusación de que ‘el gangsterismo y el crimen organizado’ dentro de las filas del movimiento sindical son responsables del asesinato, constituyen una vil calumnia contra el movimiento sindical genuino y su funcionario martirizado, y encubre a los verdaderos asesinos y las obscuras fuerzas que hay detrás de ellos…

“Condenamos el acto de masas anunciado para el miércoles 1 de diciembre en el Salón de los Eagles, como un acto que de ninguna manera representa la actitud del movimiento obrero sindicalizado, como una ayuda a los enemigos mortales del movimiento sindical y como una muestra clara más de la campaña sin escrúpulos de elementos irresponsables para desacreditar y dividir al movimiento sindical de Minneapolis”.

Esta condena de los estalinistas bloqueó con efectividad su intento artero de convertir la investigación del asesinato en un linchamiento de los dirigentes del Local 544. Sin embargo, estos faccionalistas sin principios ya habían ocasionado un gran daño al movimiento obrero. Habían ayudado a que los patrones desviaran las sospechas en ellos mismos y usaran el asesinato como un arma contra los sindicatos. En realidad, su conducta atroz le había dado respiración artificial a la campaña de difamación en la prensa capitalista. El Minneapolis Star, por ejemplo, señalaba con júbilo las “acusaciones hechas por dirigentes sindicales” como la cuestión de más importancia en lo referente al asesinato.

Detrás de la pantalla del ataque graneado contra el Local 544 en la prensa diaria, la patronal a continuación emprendió un intentona para averiguar si el sindicato se había debilitado internamente. Una vez más tomaron la delantera las firmas de tiendas de abarrotes al por mayor, cuyo contrato con el local recientemente había vencido. Durante las negociaciones las empresas lanzaron un ultimátum: si el sindicato no aceptaba de inmediato sus condiciones para renovar el contrato, declaraban, retirarían todas las ofertas. Era claro que querían provocar una huelga, y los trabajadores les dieron gusto votando a favor de un paro de labores a partir del 9 de diciembre.

Al segundo día de la huelga los patrones contaron con la ayuda del alcalde Leach (un reaccionario abierto que había ganado las elecciones de 1937 para la alcaldía, desplazando de su puesto a Latimer). Leach salió en la radio para deplorar la interrupción de labores por parte de “una facción de ciertos auto-designados dirigentes sindicales”, y para instar al movimiento sindical a “que se purgue a sí mismo”.

Luego el alcalde intentó lograr una maniobra de sindicato empresarial pidiendo a los trabajadores de abarrotes que soslayaran al Local 544 y firmaran pactos individuales con los patrones. Lo hizo enviando por correo a las casas de los huelguistas copias de la propuesta empresarial, pidiéndoles que escribieran su voto al respecto y se lo mandaran de regreso a él. Esta cabriola fue descrita en los diarios como un “voto secreto” por medio del cual los trabajadores podían hablar por sí mismos.

El intento de Leach de destruir el sindicato fracasó por completo. La huelga se mantuvo sólida, probando que la fuerza combativa del Local 544 era tan grande como siempre. Al darse perfecta cuenta que esta era la verdadera situación, los patrones ni siquiera esperaron los resultados del “voto secreto” del alcalde. En el cuarto día de la disputa firmaron la renovación del contrato. En él se equiparaban los salarios y condiciones laborales a los logrados recientemente en otros sectores de la industria del camionaje.

Poco después de la victoria sobre los patrones de los abarrotes, el Local 544 hizo otra demostración de que su estabilidad interna no había sido afectada por la campaña difamatoria que siguió al asesinato de Corcoran. El vehículo fue la elección de funcionarios sindicales. De los siete puestos vacantes sólo cinco estaban ocupados por los titulares de la anterior junta ejecutiva. Se habían abierto dos puestos con el asesinato de Pat y la dimisión de Murphy.

La elección se llevó a cabo estrictamente de acuerdo con los procedimientos establecidos anteriormente por el antiguo Local 574. Las postulaciones se hicieron en una asamblea general, que también eligió jueces para la elección de entre sus filas. Se estipuló que hubiera un mes de campaña electoral. Luego los miembros votaron mediante papeleta secreta, manteniéndose abiertas las urnas durante dos días en la sede sindical.

Entre las candidaturas se presentó una lista compuesta por los actuales dirigentes del sindicato. Incluía a: Bill Brown, para presidente; Jack Smith, para vicepresidente; Grant Dunne, para secretario de actas (para remplazarme en este puesto); Farrell Dobbs, para secretario tesorero (para remplazar a Murphy). También se postularon tres síndicos: Carl Skoglund y Nick Wagner (ambos titulares), y Miles Dunne (para reemplazar a Corcoran).

Sólo uno de los puestos fue disputado. Oscar Gardner, un representante sindical en el trabajo, se postuló contra Brown para presidente del sindicato. En su campaña Gardner no planteó diferencias programáticas importantes con la actual dirección. Según recuerdo, su principal posición era que él podía hacer un mejor trabajo que Bill en ejecutar la política sindical. Los miembros estuvieron en desacuerdo con ese argumento y Brown fue reelegido por un margen de tres a uno.

La votación fue fuerte, incluso para aquellos candidatos que se presentaban sin oposición. La presencia en las urnas fue casi el doble de la de elecciones anteriores. Simple y llanamente era así que los trabajadores decían a los enemigos del Local 544 que mantenían completa confianza en sus dirigentes.

Fue especialmente significativo que Smith y Wagner, que venían del antiguo “Local 500”, no tuvieron oposición en la reelección. A partir de su conducta como funcionarios del Local 544, se habían ganado la aprobación de las filas sindicales. Esto, por sí solo, reflejaba el grado en que habían llegado a aceptar las políticas fiables de los dirigentes del antiguo Local 574, que ahora constituían una sólida mayoría en la junta ejecutiva del local reconstituido. Una vez más, la dirección del sindicato se estaba tornando relativamente homogénea.

Enfrentados con un fracaso manifiesto en su intento de mellar la roca más sólida en el movimiento sindical de la ciudad, los capitalistas aminoraron su ofensiva propagandística contra nosotros. Al mismo tiempo los diarios redujeron su cobertura sobre la búsqueda de los asesinos de Corcoran. No tardó para que las autoridades dejaran el caso de lado, y nunca se ha resuelto.

A pesar de que el movimiento obrero vio frustrados sus intentos de dar con los asesinos, en cierto sentido se había logrado una victoria. El movimiento sindical había combatido un ataque de la clase gobernante que, de muchas formas, era el más artero desde que la policía utilizó sus armas antimotines contra nosotros en 1934. Esto significaba que la campaña de los Teamsters por toda la región podía otra vez echar a rodar con el acelerador a fondo.

Al menos así habría sido si no nos hubiéramos topado con nuevas dificultades con Tobin. Como secretario del NCDDC escribí al jefe de la IBT poco después de que Pat fuera asesinado. En mi carta le di un recuento de la tragedia y de nuestros intentos de encontrar a los asaltantes. Fuera cual fuere lo que Tobin pensaba sobre el tema, no se tomó la molestia de comunicárnoslo. Eso no era una buena señal.


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