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UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR febrero de 2005 Vol. 29 No. 02
Especial
‘Nuestra política empieza con el mundo’
Números 6 y 7 de ‘Nueva Internacional’: un aporte a los preparativos
políticos para la resistencia mundial de los trabajadores y sus aliados
A continuación reproducimos la introducción al número 7 de la revista Nueva
Internacional, una revista de política y teoría marxistas. También
reproducimos un extracto de “Nuestra política empieza con el mundo” por
Jack Barnes, el principal artículo de esta edición. El documento se basa en
presentaciones que dio Barnes, secretario nacional del Partido Socialista de los
Trabajadores, en una conferencia socialista internacional celebrada en junio de
2001 en Oberlin, Ohio.
Los números 6 y 7 de Nueva Internacional, que se complementan, se
están publicando simultáneamente en inglés en los números 12 y 13 de la
revista New International.
Este texto se reproduce con autorización. Copyright © New International
2004.
Observe la Tierra de Noche en nuestra contraportada. Los enjambres
centelleantes, las manchas tenues de luz y las extensiones de oscuridad subrayan
la brutal realidad de clase de que la mayoría del pueblo trabajador del mundo -mayormente
en Asia, África y América Latina- subsiste sin electricidad o fuentes
energéticas modernas, aun para la cocina y la calefacción.
Esta imagen compuesta de centenares de fotos de satélite es una medida
escueta de las inmensas desigualdades que existen -no solo entre los países
imperialistas y los semicoloniales, sino entre las clases sociales dentro de
casi todos los países- en cuanto a desarrollo social y cultural y en cuanto a
las bases para todo avance económico sostenible. Estas disparidades, producidas
y acentuadas todos los días por el funcionamiento del capitalismo mundial,
aumentarán a medida que se intensifique la competencia por mercados entre las
familias gobernantes en Estados Unidos y sus rivales imperialistas en Europa y
el Pacífico.
La electrificación “es una precondición elemental si han de desarrollarse
la industria moderna y la vida cultural”, enfatiza Jack Barnes en nuestro
artículo principal, “y los comunistas luchan para que se extienda a todos -a todos-
los 6 mil millones de personas del mundo. Esta lucha es un ejemplo perfecto de
cómo la política proletaria, nuestra política, empieza con el mundo”.
Para que los trabajadores con conciencia de clase construyan un movimiento
comunista mundial de partidos proletarios disciplinados, señala Barnes, su
actividad semanal debe guiarse por un programa, una estrategia, para cerrar -y
después mantener cerradas- estas enormes disparidades económicas y sociales.
Nuestra tarea “es hacer una revolución en el país donde nos encontramos,
donde vivimos y trabajamos”, explica Barnes. Para lograrlo, “necesitamos
entender, y entender a fondo, la política y la lucha de clases dentro de esas
fronteras nacionales.
“Pero eso lo podemos hacer únicamente si partimos del hecho que esas
peculiaridades nacionales y sus cambios son producto del funcionamiento de un
mercado mundial”, dice. “Necesitamos reconocer que formamos parte de una
clase internacional que no tiene patria -la clase trabajadora- y actuar siempre
como si formamos parte de una alianza internacional con los trabajadores y
agricultores explotados y oprimidos de todo el mundo.
“Esto no es una consigna. No es un imperativo moral. No es una propuesta de
acto de voluntad. Significa reconocer la realidad de clase de la vida
económica, social y política en la época imperialista”. Es una parte
irremplazable, dice Barnes, de la actividad de los trabajadores revolucionarios
que están organizados políticamente, “la única fuerza en el mundo que puede
llevar a cabo luchas revolucionarias exitosas siguiendo la línea de marcha del
proletariado hacia el poder político”.
“Nuestra política empieza con el mundo” fue presentada por Barnes,
secretario nacional del Partido Socialista de los Trabajadores en Estados Unidos,
para dar inicio a una discusión en una conferencia socialista internacional
celebrada del 14 al 17 de junio de 2001 en Oberlin, Ohio. Entre los casi 400
conferencistas se encontraban miembros, partidarios y amigos del Partido
Socialista de los Trabajadores en Estados Unidos, de las Ligas Comunistas en
Australia, Canadá, Islandia, Nueva Zelanda, Suecia y el Reino Unido, como
también decenas de Jóvenes Socialistas y otros trabajadores, agricultores y
jóvenes de Norteamérica y otras partes del mundo. El año siguiente, “Nuestra
política empieza con el mundo”, ya redactada para ser publicada, fue debatida
y aprobada por los delegados al congreso del PST en 2002.
“Ha comenzado el invierno largo y caliente del capitalismo”, el informe y
resumen de Barnes que fueron aprobados en el mismo congreso, junto con “Su
transformación y la nuestra”, un proyecto de tesis del Comité Nacional del
PST, preparado por Mary-Alice Waters, directora de New International (Nueva
Internacional), son los principales artículos del número 6 de esta revista.
Estas dos ediciones, los números 6 y 7 de Nueva Internacional, se
complementan. “Ha comenzado el invierno largo y caliente del capitalismo”
también empieza con el mundo. Se enfoca en las contradicciones aceleradas -económicas,
sociales, políticas y militares- que han impulsado al orden imperialista
mundial a las primeras etapas de una crisis financiera y depresión económica a
nivel global, así como a una nueva campaña de militarización y a guerras que
se van propagando. Este invierno largo y caliente al que ahora ha entrado el
capitalismo, señala Barnes, es un fenómeno que “de forma lenta pero segura y
explosiva” engendrará “una resistencia de un alcance y profundidad no antes
vistos por militantes de disposición revolucionaria por todo el mundo actual”.
El contenido de estos dos números de Nueva Internacional, publicados
simultáneamente, es un aporte a los preparativos políticos para esta acelerada
resistencia, de carácter cada vez más mundial, de los trabajadores y sus
aliados.
Las riquezas que hacen posible la civilización humana y el progreso son en
su totalidad el producto de la transformación de la naturaleza por el trabajo
social, el cual se transforma a sí mismo de forma simultánea.
“El trabajo humano es trabajo social”, destaca Barnes en las palabras de
clausura de la conferencia socialista de 2001 que se publican aquí. “Su
producto no es resultado del trabajo de un individuo, ni siquiera la suma del
trabajo de muchos individuos”. El rendimiento del trabajo de un agricultor,
una costurera, un carnicero o un minero, dice, “lo determinan las relaciones
de clase bajo las cuales laboran. Es el trabajo social el que lega a una
generación tras otra la cultura -los planos- para transformar la realidad
material en formas nuevas y más productivas y para hacer posible la creación
de un mundo mejor”. Pero como nos enseñó Marx, agrega Barnes, mientras
impere el capitalismo, estas mejoras en las fuerzas de producción tenderán
simultáneamente a aumentar la intensificación del trabajo así como a producir
fuerzas de destrucción más horrorosas.
Estas cuestiones de teoría y política marxistas, en las cuales se enfocó
gran parte de la discusión en el encuentro socialista internacional de 2001,
fueron tema de una de las siete clases organizadas para los conferencistas. La
clase la presentó Steve Clark, miembro del Comité Nacional del PST. Unas
semanas después, Clark usó la presentación, enriquecida por la discusión en
la conferencia, como base para preparar una serie de cuatro artículos para el Militant,
un semanario publicado en Nueva York que defiende los intereses del pueblo
trabajador a nivel mundial. La serie ha sido redactada y se publica aquí como
un solo artículo bajo el título “La agricultura, la ciencia y las clases
trabajadoras”.
“El capitalismo, el trabajo y la transformación de la naturaleza”, un
intercambio entre Richard Levins y Steve Clark, es la última parte de este
número. Después que los artículos de Clark se publicaran en el Militant,
Levins, profesor de ciencias demográficas e investigador de la Facultad de
Salud Pública de Harvard, escribió una respuesta. Levins participa activamente
en la Coalición 26 de Julio, una organización de solidaridad con Cuba en el
área de Boston, y trabaja con el Instituto de Ecología y Sistemática del
Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente de Cuba. El artículo de
Levins se publica por primera vez en este número, seguido por la repuesta de
Clark y los comentarios finales de cada autor.
Diciembre de 2004
Por Jack Barnes
En diciembre de 1920, el tercer año de la república de trabajadores y
campesinos en Rusia, V.I. Lenin hizo una declaración que a menudo se ha
repetido, pero que no tan a menudo se ha comprendido. Al dirigirse al Congreso
de los Soviets de Toda Rusia, Lenin dijo: “El comunismo es el poder soviético
más la electrificación de todo el país”.1
A partir de ese día, toda organización que se reclama comunista ha tenido
que hacer frente a esa afirmación. ¿Qué relación tiene con las tareas de un
gobierno revolucionario que lucha por consolidar el poder de los trabajadores y
agricultores? ¿Qué tipo de claridad de pensamiento y de acción le exige a un
núcleo proletario mucho antes de las luchas revolucionarias finales por las
cuales el pueblo trabajador llega al poder? ¿Qué piensan los trabajadores
y agricultores cuando escuchan el nombre del partido, un partido comunista? ¿Por
qué lucha? ¿Adónde se dirige?
La declaración de Lenin no comienza con la electrificación, sino con el
poder soviético: los consejos electos de trabajadores, campesinos y
soldados cuyas asambleas y decisiones constituían el poder proletario sobre el
cual se basaba el nuevo gobierno revolucionario. Pero Lenin no se detenía ahí.
A muchas personas en aquella época, y más aún ocho décadas después, les
habrá parecido que decir “el comunismo es el poder soviético más la
electrificación” era una simplificación exagerada. “Ya sabes, es Lenin.
Como siempre, llevando un argumento un poco al extremo”. Pero Lenin, como
siempre, estaba empezando con una perspectiva mundial: a partir del lugar
concreto que ocupaban los trabajadores y campesinos de Rusia según lo
determinado por el funcionamiento del sistema imperialista mundial y sus leyes
de movimiento. Y no al revés. No con el mundo según se veía desde Moscú o
Petrogrado. No con Rusia de alguna forma “encajada” en el mundo.
Lenin también, como siempre, estaba partiendo de la necesidad práctica de
fortalecer la alianza de los trabajadores y campesinos, las dos clases sobre
cuyos hombros aliados descansaba la dictadura del proletariado. El destino del
poder soviético ahora estaba inseparablemente entrelazado con el avance de la
lucha por la liberación nacional y el socialismo en todo el mundo. ¿Qué pasos
concretos eran necesarios para estrechar la brecha política que existía entre
esas dos clases explotadas, urbana y rural? ¿Para estrechar la brecha en cuanto
a sus condiciones de vida, sus posibilidades de educación y cultura, su
experiencia política? ¿Cómo era posible estrechar la brecha en cuanto a su
confianza propia, su conciencia de clase proletaria y su claridad política?
¿Las diferencias en la capacidad de entender políticamente, impulsar y
sacrificarse por la dictadura del proletariado en Rusia y la extensión del
poder soviético en el mundo?
Lenin valoraba enormemente el uso competente y disciplinado de las
tecnologías heredadas del capitalismo, así como las habilidades de los
científicos e ingenieros que voluntariamente ponían sus conocimientos y
preparación al servicio de la república soviética. Pero lo que Lenin estaba
planteando no era principalmente un reto técnico. Tampoco era primordialmente
un problema militar, aunque la fuerza de la alianza de trabajadores y campesinos
acababa de verse sometida a la prueba de fuego por las devastadoras
consecuencias humanas y materiales de la guerra civil que los capitalistas y
terratenientes de Rusia habían lanzado, apoyados por la invasión aliada de 14
potencias imperialistas, incluido Estados Unidos. Para finales de 1920, cuando
Lenin presentó el plan de electrificación, los trabajadores y campesinos en la
Rusia soviética -y los campesinos conformaban más del 80 por ciento de las
filas del Ejército Rojo- habían derrotado a las fuerzas contrarrevolucionarias.
La tarea que ahora enfrentaba la dirección comunista de la revolución, dijo
Lenin, era conducir a estas dos clases de manera que decenas de millones, tanto
en la ciudad como en el campo, pudieran ver converger sus condiciones de vida.
Por ese camino se prepararía el terreno para que la clase obrera formara un
porcentaje cada vez mayor de las masas trabajadoras de la ciudad y del campo,2
como también para que los trabajadores y campesinos confluyeran cada vez más
en sus objetivos políticos: para ver el mundo, y la relación que ellos tenían
con las luchas de los trabajadores de otros países, más y más a través de un
mismo par de lentes proletarios.
Solo a medida que se cerrara esta brecha podría la clase trabajadora
aprender a organizarse para ir más allá del control obrero de la industria
hacia la gestión de la producción. Solo a medida que se redujeran estas
divisiones podrían los campesinos ver más allá de las garantías que ellos
habían logrado para usar la tierra que labraban y obtener crédito barato, y
avanzar hacia una perspectiva más amplia de la industrialización de todo el
país que progresivamente superaría el cisma entre la vida urbana y la rural.
Por consiguiente el proletariado crecería en tamaño -tanto en números
absolutos como en relación con el campesinado- y en su confianza política. La
alianza de la clase trabajadora con el campesinado, y por tanto su dominio de
clase, se reforzaría y estabilizaría. Con una mayor confianza, aumentaría la
fuerza de su ejemplo. Con mayor confianza, su oferta de ayuda a los trabajadores
y agricultores de todo el mundo se ofrecería y sería aceptada más
frecuentemente, y se llevaría a cabo con mayor éxito.
El uso de equipos y maquinaria impulsados por la electricidad y la
combustión interna tenía que difundirse ampliamente por el campo, dijo Lenin:
“Debemos hacer ver a los campesinos que en lugar del antiguo aislamiento entre
la industria y la agricultura, que es la contradicción más profunda que
sostenía el capitalismo y que fomentaba la discordia entre los trabajadores de
la industria y los trabajadores de la agricultura, en lugar de esto, nos
proponemos como objetivo restituir a los campesinos todo lo que hemos recibido
de ellos a crédito [durante la guerra civil] en forma de cereales . . .
“Este crédito debemos restituirlo por medio de la organización de la
industria y facilitando a los campesinos artículos industriales”, subrayó
Lenin. “Debemos hacer ver a los campesinos que la organización de la
industria sobre una alta base técnica moderna, sobre la base de la
electrificación, que vincule a la ciudad con el campo y termine con el
contraste entre la ciudad y el campo, ha de permitir elevar el nivel cultural
del campo, superar incluso en los rincones más apartados el atraso, la
ignorancia, la miseria, las enfermedades y el embrutecimiento”.3
Lenin señaló que sin esta trayectoria, las condiciones en la joven
república de trabajadores y campesinos, especialmente en el campo, producirían
y continuamente reproducirían capas de productores independientes de
mercancías que enfrentarían crisis periódicas y se diferenciarían más y
más a nivel económico. Esas capas, fácilmente convencidas de que estaban
siendo traicionadas por el proletariado, volverían a acudir a la burguesía en
busca de dirección. Eso se había convertido en el mayor peligro
contrarrevolucionario que enfrentaba la clase trabajadora.4
Políticamente, el campesinado siempre sigue a una de las dos principales
clases urbanas, a los capitalistas o a la clase trabajadora. Toda la historia de
la lucha de clases moderna demuestra este hecho. Así que mantener el poder
soviético dependía de lo que superficialmente parecería ser un asunto
técnico, un proyecto de ingeniería en gran escala. Sin embargo, como recalcaba
Lenin, la electrificación del país tenía que entenderse y organizarse por lo
que representaba en la historia: un problema profundamente político,
cuya respuesta decidiría, en la práctica, si la alianza de los trabajadores y
campesinos había de avanzar o venirse abajo. Reconocer esta tarea y ayudar a su
realización no era simplemente un reto para los trabajadores y agricultores de
Rusia y de su vanguardia bolchevique. Era una responsabilidad mundial de los
comunistas, los trabajadores con conciencia de clase y los agricultores de
disposición revolucionaria.
El partido comunista, señaló Lenin en su informe de diciembre de 1920 al
congreso de soviets, tiene un programa político que “es la enumeración de
nuestras tareas, es la explicación de las relaciones entre las clases” en la
joven república soviética. Pero este programa del partido “no puede ser solo
el programa del partido”, dijo. “Debe tornarse programa de nuestra
construcción económica, si no, tampoco sirve como programa del partido. Debe
complementarse con el segundo programa del partido, con el plan de trabajos para
la reconstitución de toda la economía nacional y su puesta al nivel de la
técnica moderna. Sin un plan de electrificación no podemos pasar a una
verdadera construcción…
“Por supuesto será un plan adoptado como primera aproximación. Este
programa del partido no será tan inalterable como nuestro verdadero programa,
que solo se puede modificar en los congresos del partido. No, cada día, en cada
taller, en cada subdistrito será mejorado, elaborado, perfeccionado y
remoldeado”,5 recalcó Lenin. Será una tarea de trabajadores y campesinos en
cada taller y en cada distrito rural.
Lenin le contó al congreso una anécdota sobre su visita a una de las
primeras aldeas que fueron electrificadas en Rusia. Un campesino pasó al frente
para hablar, dando la bienvenida a la “luz no natural” que el nuevo gobierno
bolchevique había hecho posible. Era de esperarse que a los trabajadores
rurales la electricidad al principio les pareciera “no natural”, subrayó
Lenin. Pero lo que los revolucionarios con conciencia de clase
consideramos no natural, añadió, “es que los campesinos y los trabajadores
hayan podido vivir centenares, miles de años en tal oscuridad, en la miseria,
oprimidos por los terratenientes y los capitalistas”.6
Todo lo que representa progreso en la condición humana es “no natural”
en ese sentido materialista: no solo la electricidad, sino la agricultura, la
ganadería, la artesanía y los productos industriales de todo tipo. Ninguno de
éstos los apropian individuos directamente de la naturaleza; todos son
productos de seres humanos que trabajan juntos en un entramado de relaciones
sociales. Cada aspecto de lo que llamamos civilización y cultura es producto de
la transformación de la naturaleza por el trabajo social. (Y olvidamos a riesgo
propio que al mismo tiempo somos parte de la naturaleza, parte de
lo que está siendo transformado.)
Lo no natural ha sido la atrofia de este potencial del desarrollo humano por
las relaciones sociales de explotación, relaciones mantenidas por la fuerza de
la costumbre y suplementadas por el terror que organizan las clases acaudaladas.
Con la conquista del poder por los trabajadores y campesinos, su gobierno
finalmente podía organizarse para llevar a cabo lo que técnicamente había
sido posible durante unas cuantas décadas: que las masas trabajadoras tanto de
la ciudad como del campo tuvieran luz eléctrica tras la puesta del sol. Que
tuvieran la opción de prolongar el uso del día. Que pudieran decidir si
suspender o no una reunión porque estaba oscureciendo. Que tuvieran la
posibilidad de estudiar y trabajar cómodamente después de anochecer. Que los
niños pudieran hacer sus tareas escolares o leer unos a otros por la noche.
Simplemente bombear agua a una aldea tras otra, ahorrándole a cada familia
incontables horas de trabajo matador, especialmente a las mujeres y las
jóvenes.
La trayectoria de los bolcheviques apuntaba al logro de algo más amplio que
el desarrollo económico y social de la Rusia soviética. Lenin presentó estas
perspectivas sobre el fortalecimiento de la base obrero-campesina del poder
soviético para que se discutiera, debatiera y aprobara por el Tercer Congreso
de la Internacional Comunista, el partido mundial de la revolución fundado en
1919 a iniciativa de los bolcheviques.7 Sin victorias proletarias que se
extendieran a otros países, la revolución socialista en Rusia se vería
cercada por las potencias imperialistas y derrotada. Una alianza mundial cada
vez más amplia de trabajadores y campesinos, dirigida por el movimiento obrero
comunista, tendría que luchar por esta perspectiva revolucionaria.
Cerrando brechas entre los trabajadores del mundo
Los bolcheviques entendían que ese objetivo -¡trabajadores del mundo,
uníos!- era posible únicamente si las condiciones de los trabajadores estaban
convergiendo a escala internacional. Únicamente si se estaba cerrando esta
brecha cultural. Únicamente si más y más trabajadores por todo el
planeta asumían un papel activo en la vida social y política y de esta manera
podían reconocer como hermanos y hermanas a los trabajadores que realizaban
dicha actividad social en otros países. Entender y después actuar en base a
esta realidad es el cimiento de un ciudadano del mundo.
Las gestiones para electrificar todo el país, dijo Lenin durante el debate
del congreso en diciembre de 1920, estarían estrechamente ligadas al esfuerzo
por erradicar el analfabetismo. Pero “no basta con que nuestra comisión se
esfuerce en erradicarlo . . . Además de la alfabetización necesitamos
trabajadores cultos, conscientes, instruidos, necesitamos que la mayoría de los
campesinos comprendan claramente las tareas que nos aguardan”.8
Al inicio del siglo XXI, estas cuestiones, y otras parecidas, siguen siendo
esenciales para la construcción de partidos proletarios y de un movimiento
comunista mundial. Siguen siendo fundamentales para las posibilidades de una
colaboración política concreta y de actividades conjuntas por parte del pueblo
trabajador en la batalla por la liberación nacional y el socialismo. Esta
perspectiva se ve reforzada tanto por el tamaño y peso social crecientes de la
clase trabajadora en toda Asia, América Latina y zonas cada vez más extensas
de África, como por cada paso para mejorar las condiciones económicas y
sociales de los trabajadores urbanos y rurales: desde la electrificación hasta
la alfabetización, desde los servicios sanitarios y el agua potable hasta el
acceso a la medicina moderna.
Nuestra política -la política proletaria- empieza con el mundo. Esto no
es simplemente una observación correcta. Ni es un título conciso para una
conferencia socialista. Por todas las razones que hemos estado discutiendo, es
una necesidad política: el único punto de partida desde el cual la clase
trabajadora puede empezar y no acabar en un pantano. En un solo país no
somos más fuertes que nuestra propia clase dominante, y mucho menos frente
a las fuerzas a veces combinadas de varias potencias imperialistas que defienden
su dominación mundial. Jamás ha triunfado y sobrevivido una revolución
proletaria sin el apoyo de una solidaridad obrera internacional suficientemente
poderosa como para afectar la marcha de la historia.
Ante todo es el internacionalismo proletario de la política comunista
lo que nos distingue de todas las fuerzas burguesas y pequeñoburguesas. La
rivalidad cada vez más intensa entre los gobernantes imperialistas
constantemente los impele hasta el último rincón del globo a la caza de
mercados para sus productos y su capital, y de fuentes de mano de obra y materia
prima barata. Ante los levantamientos de trabajadores y agricultores y los
conflictos entre ellos mismos, los gobernantes imperialistas se crean alianzas
internacionales y negocian tratados para reforzar sus respectivas posiciones a
nivel económico, político y militar. Sin embargo, no empiezan con el mundo. La
política capitalista empieza con sus fronteras, sus monedas, sus
fuerzas armadas, sus estados: con el nacionalismo y patriotismo
burgués en defensa de sus ganancias, sus prerrogativas y su dominio de clase.
Notas
1. V.I. Lenin, “VIII congreso de los soviets de toda Rusia”, en Lenin, Obras
completas (Moscú: Editorial Progreso, 1986), tomo 42, pág. 164. A partir
de aquí, OCL.
2. En 1917 la población de la jóven república soviética era de 140
millones de habitantes. Un 80 por ciento eran campesinos y 10 por ciento estaban
en la clase trabajadora, incluidos 2 millones de obreros fabriles.
3. Lenin, “Informe sobre la labor del Comité Ejecutivo Central de toda
Rusia y del Consejo de Comisarios del Pueblo”, OCL, tomo 40, pág. 114.
4. Lenin, “VIII Congreso de los soviets de toda Rusia”, OCL, tomo
42, pág. 164.
5. Ibídem, pág. 163.
6. Ibídem, pág. 165.
7. Ver “Base material del socialismo y plan de electrificación de Rusia”,
en las “Tesis del informe sobre la táctica del Partido Comunista de Rusia”,
redactadas por Lenin, así como su “Informe sobre la táctica del PCR”, en
el número 6 de Nueva Internacional y en OCL, tomo 44, págs.
9-10, 49-50.
8. Lenin, “VIII Congreso de los soviets de toda Rusia”, OCL, tomo
42, pág. 166.
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