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ESPECIAL

Capítulos 10 y 11 de ‘Fuerza Teamster’ por Farrell Dobbs: El Local 574 se gana aliados

ÍNDICE

Índice para el año 2004


UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR
diciembre de 2004 Vol. 28 No. 11

Especial

El Local 574 se gana aliados
Capítulos 10 y 11 del libro ‘Fuerza Teamster’ por Farrell Dobbs

POR FARRELL DOBBS

[Perspectiva Mundial está publicando por entregas el libro Fuerza Teamster, traducción de Teamster Power por Farrell Dobbs. Este es el segundo en la serie de cuatro tomos sobre las huelgas y campañas de sindicalización así como las luchas políticas que en los años 30 transformaron al sindicato Teamsters en Minnesota y ena gran parte del movimiento obrero de la región del Medio Oeste de Estados Unidos en un combativo movimiento social. Dobbs, el narrador, fue uno de sus principales dirigentes. La editorial Pathfinder publicó una edición en español del primer tomo, Rebelión Teamster, a principios del año. A continuación publicamos los capítulos 10 y 11 del libro. Los subtítulos son de Perspectiva Mundial. Copyright © 2004 por Pathfinder Press; se publica con autorización.]

Capítulo X:
Ganamos otro round

El 30 de octubre de 1935, celebró una conferencia de prensa un recién llegado a Minneapolis, Meyer Lewis (sin parentesco con John L.), quien se presentó como representante especial de William Green [presidente nacional de la Federación Americana del Trabajo, AFL]. Escogió como su tema central lo que se había convertido en un tema trillado a nivel local. Green lo había enviado a la ciudad, dijo, para librar de “rojos” al movimiento sindical.

Su plan de acción, según informó el Minneapolis Journal, era contactar empleadores que habían sido “víctimas de agresión comunista en disputas laborales”, instar a los miembros sindicales a que repudiaran a los radicales y “combinar a toda la ciudadanía bajo una bandera común para purgar a la ciudad completamente de comunismo”. Con ese propósito hizo una ferviente súplica de ayuda de los clubes cívicos, el clero y la policía.

El emisario de Green se reunió entonces con los dirigentes de la Alianza Ciudadana, quienes le expresaron su apoyo para sus objetivos. La alianza hizo arreglos para que él consiguiera un espacio en los diarios e instara a los patrones del camionaje a romper sus contratos con el Local 574 y tratar sólo con agentes de negocios de la AFL “responsables”. A los patrones les interesaban los objetivos de Lewis, pero experiencias previas los habían vuelto cautos como para ponerse abiertamente de su lado.

En cambio, lanzaron un ataque oblicuo contra el Local 574 trayendo a colación casos judiciales olvidados de la huelga de mayo de 1934. En varios casos los cargos de “conducta escandalosa” presentados contra los piquetes habían sido manejados en aquel momento técnicamente al no comparecer tras presentar cada uno fianza de 25 dólares. Ahora los patrones hacían que los fiscales municipales emitieran nuevas órdenes judiciales contra los implicados. Se hicieron dos arrestos. Apresaron a Harry DeBoer del plantel del Local 574 y a Phillip Scott, quien anteriormente había sido exonerado del cargo de haber asesinado a C. Arthur Lyman, un asistente de policía especial, en 1934. Ambos casos al final fueron desechados por falta de pruebas y no se hicieron más arrestos de ese tipo.

Claramente, si iban a atacar de forma exitosa al Local 574, Meyer Lewis tendría que cumplir sus alardes públicos. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que era un general sin ejército. Dentro del movimiento sindical, eran pocos en quienes se podía apoyar aparte de los burócratas de derecha de la Unión Central del Trabajo (CLU). Así es que entró en consultas con los más reaccionarios de estos secuaces de los sindicatos de oficios para planear una estrategia para “tomarse” el Local 574.

Para empezar, Lewis convocó una reunión especial de todos los agentes de negocios de la AFL para exigir su apoyo. Entre ellos había amigos del Local 574, quienes estaban airados por lo que habían venido leyendo en los periódicos. Hicieron pedazos a Lewis y presentaron una moción para pedir a Green que lo mandara llamar. Después de un acalorado debate la reunión fue suspendida para evitar que la moción se pusiera a votación. Como último reproche el secuaz de Green amenazó con revocar la carta constitutiva de la CLU si en ese organismo no se metía en cintura a la izquierda.

Mientras tanto habíamos lanzado una contraofensiva contra el nuevo ataque de red-baiting.* Un editorial del Northwest Organizer (Organizador del Noroeste) fustigó a Meyer Lewis, quien había iniciado su ataque directo contra el Local 574 con una mentira burda. Había intentado acusarnos falsamente de escisionistas -alegando que nosotros nos habíamos retirado de la AFL- a fin de encubrir su propio papel escisionista al servicio [del presidente nacional de los Teamsters Daniel] Tobin. Nos habían expulsado injustamente de la federación con un subterfugio que implicaba los impuestos per cápita, recordó el periódico a los trabajadores. Desde entonces habíamos llevado a cabo un lucha incesante por lograr la restitución en la AFL, pidiendo únicamente que a nuestra organización se le concedieran sus derechos democráticos. De forma consecuente habíamos apoyado a los sindicatos de la AFL contra los patrones, y en dos años no se había perdido una sola huelga.

El recién llegado secuaz de Tobin, en contraste, había recibido el patrocinio público de la Alianza Ciudadana, la cual buscaba restaurar las condiciones de taller abierto del periodo previo a 1934, cuando ni una sola huelga se había ganado en muchos años.

Nuestro contraataque

Nuestro contraataque contra Meyer Lewis en el periódico sindical fue seguido de una reunión de protesta, abierta a todos los sindicalistas, celebrada el 8 de noviembre en el salón del Local 574. Más de 3 mil trabajadores asistieron al mitin. Llenaron el auditorio principal, los salones de reuniones pequeños y la calle enfrente del edificio. Se usaron altoparlantes para que todos pudieran escuchar a los oradores. Bill Brown dio el discurso principal en nombre del Local 574 y varios funcionarios sindicales participaron en el programa.

Ace Brewer, jefe del local de músicos, habló en apoyo del Local 574 y ofreció disculpas por el hecho de que Meyer Lewis era también músico. Los representantes de las rejerías y de los trabajadores de las dulcerías nos agradecieron por el apoyo que habían recibido y se comprometieron con la lucha en nuestra defensa. Similar apoyo expresaron los funcionarios que hablaron en nombre de los fogoneros y engrasadores, trabajadores de lavanderías y del hierro estructural. El concejal I.G. Scott, del Partido de los Agricultores y Trabajadores, llamó al Local 574 “el punto de veras brillante de Minneapolis”, añadiendo que una dosis generalizada de “bandolerismo” le vendría bien al movimiento sindical.

El Local 382 del sindicato mecanometalúrgico, al que habíamos ayudado en la huelga de los garajes a comienzos de año, no envió un representante a la reunión. La timidez de Herman Hussman, el agente de negocios, no fue la única razón. Él también estaba influenciado por William Mauseth, el principal estalinista del local, quien no quería que se aplaudiera a los dirigentes trotskistas del Local 574. El Northwest Organizer denunció a Hussman y a Mauseth de nombre, señalando que habían cometido un error. Su ausencia en el mitin de protesta la consideraría Lewis como una rendición ante él, aún antes de que él los hubiese encañonado.

Nuestra advertencia al Local 382 no se basaba en puras suposiciones. Meyer Lewis ya había actuado contra el Local 18005 de los trabajadores de lavado en seco. Primero había exigido que el sindicato escogiera entre el Local 574 y la AFL. Cuando los miembros rehusaron repudiarnos, les revocó la carta constitutiva. A pedido de Rubin Latz, el agente de negocios, el Local 574 envió a Carl Skoglund a hablar con estos trabajadores acerca de temas fundamentales en la lucha que estaba aconteciendo dentro de la AFL. El local votó entonces por continuar su desafío del representante dictatorial de Green.

Fue justo después de eso que tuvimos nuestro primer enfrentamiento directo con él. Se dio el 12 de noviembre en el Foro Estudiantil de la Universidad de Minnesota. Lewis, quien aún no se había dirigido a una reunión de trabajadores en la ciudad, parecía creer que iba a lograr una recepción amistosa entre los estudiantes. Bajo el título de “El Local 574 va al colegio”, el Northwest Organizer informó sobre lo que sucedió.

Lewis estaba sentado en la tarima, esperando que comenzara la reunión, cuando entraron Bill Brown y Ray y Grant Dunne. Para su consternación, ellos fueron directamente hacia él, se presentaron y dijeron que habían ido a escuchar lo que tenía que decir. Pareciendo tener pánico, Lewis dio un discurso bastante incoherente y, al solicitárselo, accedió a responder preguntas. Bill Brown pidió la palabra al moderador.

“Me niego a responder a su pregunta antes de que la haga”, decretó Lewis al intervenir.

“No espero que responda a mi pregunta antes que se la haya hecho”, le respondió Brown, provocando olas de risas y un fuerte aplauso del público.

Después de eso, estudiantes que días antes habían estado en un mitin de protesta del Local 574 se hicieron cargo del debate. Atacaron al desmoralizado burócrata sindical, haciendo añicos de sus argumentos. Los momentos más sobresalientes de la reunión fueron transmitidos después por la estación de radio universitaria y nosotros captamos nuevos amigos algunos.

Intervención en la CLU

Al día siguiente, Lewis apareció por primera vez en una reunión de la Unión Central del Trabajo (CLU). Hasta ese entonces, a nuestros representantes se les había permitido asistir a estas sesiones como observadores, pero en esta ocasión los porteros no los dejaron entrar. Sin embargo, sucedió que no teníamos de qué preocuparnos, gracias a la labor que se había hecho para organizar un ala izquierda en el organismo central.

Siguiendo un orden del día especial, se le concedió la palabra a Lewis para exigir que la CLU declarara al Local 574 como “proscrito permanente” y que lo respaldara en su lucha contra nosotros. Conforme hablaba, era interrumpido constantemente con comentarios de los presentes. Entonces delegado tras delegado se paró para hacerlo trizas. Se propuso una moción para exigir que Green retirara a Lewis y la reunión terminó en un alboroto cuando el presidente, un derechista, declaró que la moción era inadmisible.

Como una semana después, un comité especial de la Unión Central del Trabajo se comunicó con nosotros, diciendo que los habían asignado para obrar un arreglo de las relaciones entre los sindicatos de la AFL y el Local 574. En la discusión que se dio dijimos que para lograr una resolución fundamental de las dificultades existentes se requeriría la restitución del Local 574 en la IBT [Hermandad Internacional de Teamsters] y la restauración de la carta constitutiva del Local 18005, que Lewis había revocado. Lo único que queríamos era retornar a las relaciones que existían antes de que Tobin intentara echarnos del movimiento. Dependiendo de que se realizara tal acción, no teníamos intención de infringir las jurisdicciones asignadas a otros locales de choferes, o a los sindicatos de la AFL en otras industrias. Seguiríamos ayudando a todos los locales afiliados a la CLU de cualquier forma posible, sólo pidiendo a cambio que ellos nos otorgaran la misma consideración.

El comité de la CLU aceptó que nuestro posición era razonable y que la reciprocidad exigía el reconocimiento de nuestra jurisdicción por parte de los sindicatos de la AFL. Dijo que se haría una recomendación al organismo central de que se regularizaran las relaciones siguiendo los lineamientos de la discusión.

Estas pláticas habían ocurrido mientras Meyer Lewis estaba de viaje para consultar con Green y con Tobin. A su retorno, estableció una oficina permanente y anunció públicamente que continuaría supervisando a la AFL local por un periodo indefinido. Esto llevó a otra batalla con él en la reunión de la CLU. Comenzó con una tormenta de protesta de parte de los delegados de izquierda en torno a su anuncio público. Sobrevino un segundo alboroto cuando Lewis intentó bloquear la aprobación de la tregua que el comité especial había negociado durante su ausencia con el Local 574. Sus objeciones fueron desechadas por una mayoría decisiva del organismo y se aprobó el informe del comité especial. Se estableció un Comité de Políticas conjunto -que consistía de unos cuantos funcionarios de la AFL y de Carl Skoglund por parte del Local 574- para resolver cualquier disputa que pudiera surgir.

Después de este revés, Lewis se juntó con sus compinches de derecha para planear tumbar la política de “manos fuera” que respecto del Local 574 había aprobado la CLU. De entrada esperaba aporrear hasta hacer rendir a varios agentes de negocios cuya oposición hacia él se había comenzado a tambalear. Sin embargo, intervino la lucha de clases y desarmó sus planes. Se había desarrollado una nueva situación en la huelga de la AFL en la hilandería Strutwear Knitting.

Después de su pedido inicial para que el Local 574 se mantuviera al margen de la lucha, Roy Wier había metido a los huelguistas de las calceterías en un serio aprieto. Comenzó con un pedido de “estadista” a la compañía. Propuso que el tema central del reconocimiento sindical se debía resolver mediante una elección organizada por la Junta Laboral. Si ganaba, él prometió a los patrones, el sindicato estaría dispuesto a someter todos los demás temas a arbitraje, entre ellos la restitución de los que manejaban las máquinas que habían sido despedidos por su actividad sindical.

Los ofrecimientos de Wier fueron rechazados de forma tajante por la compañía, que no tenía la menor intención de reconocer al sindicato. Entonces Meyer Lewis llegó a la ciudad, expresando simpatía por los empleadores que habían sido “víctimas de la agresión comunista en disputas laborales”. Esto lo consideró la gerencia de la Strutwear como señal de que un nuevo intento de reanudar operaciones obtendría apoyo dentro del movimiento sindical.

Se creó una empresa testaferra en St. Joseph, Missouri. La entidad impostora interpuso un recurso de desembargo ante un tribunal estadounidense y se ordenaron guardias federales para que protegieran un cargamento de productos acabados que se le remitía desde una planta en huelga en Minneapolis. Comenzó entonces una búsqueda de camiones y choferes, ofreciéndose primas salariales.

Batalla en Strutwear

Ya que esto ahora implicaba el uso de camiones, la huelga había entrado a la jurisdicción del Local 574. Por lo que intervinimos y asumimos el mando de la lucha. A todas las firmas locales de transbordos se les advirtió de que el sindicato las cerraría si intentaban proveer camiones para la maniobra rompehuelgas que estaba emprendiendo el gobierno federal. Ninguna de ellas intentó desafiarnos. Finalmente la Strutwear logró conseguir camiones y choferes de Winona, un pequeño pueblo ubicado a unos 200 kilómetros.

El 29 de noviembre llegaron los camiones esquiroles a la planta, acompañados de una veintena de agentes federales y como un centenar de policías municipales. Por tener experiencia en oponernos a los desplazamientos de camiones, hallamos la vía de reforzar rápidamente la línea de piquete. Se hizo un llamado a los representantes de planta del Local 574 para que enviaran tantos camiones como fuera posible rumbo al escenario de la Strutwear.

No estábamos ampliando la huelga para incluir firmas camioneras. Los miembros del sindicato sencillamente estaban usando los camiones que conducían por las calles en horas de trabajo a fin de ayudar a una buena causa. Poco después, camiones de todos los tamaños que llevaban todo tipo de carga comenzaron a llegar a las inmediaciones de la planta. Se habían estacionado en doble fila en las calles, y los choferes, llevándose las llaves, caminaban para ver qué estaban pasando donde se habían congregado los policías. Se había fortalecido así la línea de piquete e iba a ser difícil desplazar los camiones esquiroles por las calles atascadas.

Después de un gran trifulca los agentes federales y los policías lograron escoltar los productos esquiroles a una estación ferroviaria cercana, pero no sin sufrir bajas. Cuatro choferes esquiroles y un agente federal habían resultado heridos. Del lado sindical, varios piquetes habían sido apaleados y unos cuantos arrestados.

Aun cuando se desplazaron camiones, los huelguistas se habían anotado una victoria. Todo había sido un plan para destruirles la moral al involucrar al gobierno federal en un ataque violento contra la línea de piquete. Había sucedido justo lo opuesto. Los huelguistas adquirieron una nueva confianza en base al apoyo que habían recibido en el enfrentamiento.

Un mes más tarde, de forma súbita metieron a la planta a unos 30 esquiroles en una maniobra sorpresiva contra una línea de piquete ligera. A la hora de la salida ese día, había a mano más de 600 piquetes y se requirió de repetidas embestidas policiacas contra la línea de piquete para que lograran sacar a los esquiroles para la noche. A la mañana siguiente se dio un enfrentamiento más agudo aún y durante las horas subsiguientes el cuerpo de piquetes constantemente fue aumentando de fuerza. Temprano en la tarde, había quedado patente que estaba por darse una batalla de importancia entre los trabajadores y la policía.

Gobernador envía Guardia Nacional

A pedido de Latimer, el gobernador Olson rápidamente envió una fuerza de la Guardia Nacional al lugar de los hechos y bajo su protección pudieron retirar a los esquiroles. Por un lapso breve mantuvieron soldados montando guardia en la planta, cuyo cierre le había ordenado Olson a la compañía. Los patrones entonces solicitaron ante el Tribunal de Distrito del Condado de Hennepin una orden judicial amplia contra las líneas de piquetes en la planta. Entre los acusados estaban Latimer, el sindicato en huelga, el Local 574, la CLU y una larga lista de huelguistas. No resultó nada del intento de orden judicial y por un tiempo se dio un punto muerto.

Finalmente la gerencia de la Strutwear decidió llegar a un acuerdo con los trabajadores de calceterías. Reconocieron su sindicato, todos los huelguistas fueron restituidos a sus trabajos, menos ocho que habían sido despedidos por actividad sindical (sus casos fueron sometidos a un juez del tribunal de distrito para que emitiera su veredicto), y aumentaron los salarios. Al considerar que en un momento la huelga casi se daba por perdida debido a la ineptitud del liderazgo, el acuerdo era lo mejor que el sindicato podría asegurar dadas las circunstancias.

Mientras se libraba la lucha en la Strutwear, surgió una nueva disputa en otra industria. Ocurrió en la compañía Northern States Power Company, un monopolio de servicios públicos en el área. El Local 160 de la Hermandad Internacional de Trabajadores de la Electricidad (International Brotherhood of Electrical Workers), AFL, estaba organizando a los trabajadores de la energía y la dirección del sindicato fue al Local 574 en pos de ayuda para lidiar con la empresa. A mi me tocó la tarea, previa aprobación de los miembros del Local 160. Ellos votaron para escogerme como su vocero y acompañé al comité sindical a una reunión con R.F. Pack, el presidente de la empresa.

Cuando entramos a la ostentosa oficina de Pack, él me miró con frialdad pero hizo como si sus soplones no le habían dicho que yo iba a venir.

“¿Es usted un empleado de la empresa?”, me preguntó. Entonces me presentó George Phillips, el presidente del sindicato.

“Se va a tener que ir”, me dijo Pack, señalándome con un gesto imperioso la puerta. “Voy a tratar sólo con nuestros empleados”.

El comité sindical le informó que me habían escogido para que hablara en nombre de ellos e insistió en que yo participara en las negociaciones. Como Pack siguió obstinado, nos fuimos todos juntos.

Esto no era cuestión de mi participación personal. Pack estaba desafiando el derecho del sindicato de escoger a sus representantes. Estaba intentando excluir al Local 574 de la situación. Y así esperaba poner al sindicato a la defensiva desde el propio comienzo.

No lo logró. Su arrogancia provocó tanto resentimiento entre los trabajadores que tuvo que echarse atrás en su rechazo para reunirse conmigo. En la sesión que siguió, sin embargo, evadió una discusión de las reivindicaciones sindicales. En cambio, cuestionó la autoridad del local de negociar sin la sanción de los funcionarios del sindicato internacional.

En ese momento, Meyer Lewis buscó ir reptando a fin de lograr la confianza del Local 160 al pedir públicamente a Pack su renuncia de la Junta Obrero-Patronal de Latimer, en la que el ejecutivo de la energía había estado fungiendo. Pack renunció. Lewis intentó entonces hacer que el sindicato depositara su confianza en la junta de Latimer, alegando que, al ya no estar Pack en ella, la junta sería “neutral” y “justa”.

No dejando engatusarse, el Local 160 convocó a una reunión especial para el 15 de enero de 1936, para celebrar un voto de huelga.

Ello trajo a un mediador especial a la situación, Fred A. Ossana, un abogado que anteriormente había representado al Local 574 en diversos casos judiciales. Un día antes de que se realizara el voto de huelga él hizo arreglos para que tuviéramos otra reunión con el presidente de la compañía. Luego de mucho debate, Pack aceptó reconocer al sindicato, aumentar los salarios y apegarse a las normas de antigüedad. Pero ni pondría el acuerdo por escrito, ni garantizaría por cuánto tiempo se mantendrían en efecto los aumentos salariales. Nosotros, naturalmente, exigimos un compromiso por escrito por determinado periodo de tiempo. La reunión terminó en un punto muerto.

Se consolida otro sindicato

La disputa continuó todo el día siguiente, 15 de enero, por métodos indirectos, con Ossana sirviendo de intermediario realizando llamadas telefónicas de forma alterna al sindicato y a la compañía. Finalmente, a las 7:00 p.m., una hora antes de que comenzara la reunión de huelga, Pack capituló. Aceptó poner por escrito las condiciones del acuerdo con su firma y que los aumentos salariales se mantuvieran en efecto por todo 1936.

No obstante, se había consolidado otro sindicato. La campaña para “Hacer de Minneapolis una ciudad sindicalizada” iba avanzando con un impulso creciente.

En enero de 1936 se presenció también la primera elección de funcionarios en el Local 574 desde que habían revocado la carta constitutiva. Los cuatro cargos principales no se disputaron. Brown fue reelecto como presidente de forma unánime; Frosig, vicepresidente; Grant Dunne, secretario de actas; y yo, secretario-tesorero. La reelección de cargos estuvo disputada sólo en tres cargos de síndicos.

Los nuevos contendientes eran Oscar Gardner, Curt Zander, Axel Soderberg, L. Abroe y R.F. DePew. Ninguno de ellos desafiaba las políticas básicas de la dirección. Más bien era un caso de militantes que intentaban avanzar su posición en el sindicato al buscar un puesto de síndico, lo cual se consideraba un cargo secundario.

Los miembros demostraron poco interés en las elecciones y la votación fue ligera. Cuando se dieron los resultados los tres síndicos -Ray Dunne, Harry DeBoer y Moe Hork- habían sido reelectos por un margen de más de dos a uno. Vale señalar que Ray Dunne ahora servía al sindicato en capacidad de asesor. Mucho de su tiempo lo empleaba como el dirigente central del movimiento trotskista en la ciudad.

Lo más significativo del voto de los miembros -que tanto otros sindicatos, como Tobin, Meyer Lewis y los patrones habían observado muy de cerca- fue la demostración que dio de la solidaridad y fuerza internas del Local 574.

En los resultados de las elecciones se reflejó también el fracaso de los estalinistas para lograr echar a andar algo dentro del local contra su liderazgo trotskista. Ellos habían puesto mucho afán en ello. Eso lo pudimos confirmar cuando nos topamos con un juego de directrices emitidas por el “Comité Ejecutivo Central del Partido Comunista para el Distrito de Minnesota”. De la esencia de las directrices se informó en el Militant del 1 de febrero de 1936. A los miembros del partido en Minneapolis se les ordenó “alejar más del 574 a los funcionarios y miembros sindicales”. El local en sí se debía colonizar y se debía plantear la demanda de “negociar” con Tobin.

Estas directrices eran más o menos idénticas a la línea que había venido impulsando Meyer Lewis, y él tampoco estaba teniendo mejor suerte que los estalinistas.

Mientras estábamos captando nuevos aliados al ayudar a los trabajadores de la Strutwear y de la Energía de los Estados del Norte, Lewis había pasado un tiempo considerable confabulándose con Latimer. A comienzos de 1936 logró que el alcalde convocara a su oficina a los patrones del carbón y de transbordos. Se ejerció nueva presión en aras de inducirlos a que rompieran sus contratos con el Local 574 y obligaran a sus empleados a afiliarse al “Local 500”. Si lo hacían, Latimer prometió, la policía estaba preparada para lidiar con nosotros de forma tosca.

Después de pensarlo a la luz del desempeño demostrado hasta ese momento por Lewis y Latimer, los patrones rechazaron la propuesta. Aún no tenían afición al tipo de lucha que sabían había de resultar.

Lewis recurrió entonces a [Pat] Corcoran para tratar de echar a andar una campaña de sindicalización en las compañías pequeñas del carbón y de transbordos. Lograron la cooperación de dos entidades: la compañía carbonera River Terminal Coal and Dock y la de transbordo Swanson Fuel and Transfer. En ambos casos los patrones procuraron obligar a los trabajadores a afiliarse al grupo de Tobin. El Local 574 le declaró la huelga a la River Terminal y amenazó con paralizar también a la Swanson. Corcoran intentó facilitar esquiroles, pero sin éxito. Todo el asunto se resolvió rápidamente a nuestro favor.

Tales incidentes servían para intensificar el odio que sentían los miembros del Local 574 hacia la pandilla de Tobin. Aparte de eso, no ayudaba a su reputación el vérseles viajando de un lado a otro con una escolta de la policía, como solían hacer, y que tuvieran policías presentes cuando sostenían una reunión.

Lewis intentó entonces forjar una base para el “Local 500” haciendo una redada del Local 19802 de los Trabajadores del Petróleo de la AFL. Cuando este sindicato había recibido antes su carta constitutiva para los asistentes de estaciones de gasolina, el Local 574 había transferido a sus choferes de combustible a la nueva organización de acuerdo a los conceptos de sindicatos industriales. Lewis ahora exigía que estos choferes fueran traspasados al sindicato de papel. Para respaldar su demanda recurrió a actos de intimidación. A la dirección del sindicato del petróleo la atacaron con red-baiting y con amenazas de revocarle su carta constitutiva. A pesar de estas presiones, el Local 19802 rechazó de manera rotunda su demanda y los choferes permanecieron en ese sindicato, donde propiamente pertenecían.

Después de más o menos un mes de hacer “campaña” por el estilo, el “Local 500” convocó a una reunión masiva, la cual fue promovida mediante una extensa publicidad. Exactamente 12 trabajadores asistieron. De los que llegaron, unos habían llegado a denunciar a los agentes de Tobin y a debatir en apoyo del Local 574.

Superando aprietos económicos

Como revelaron esos episodios para que todos y cada uno pudieran ver, estábamos rechazando los intentos de redada de Lewis-Corcoran en todos los frentes. Al mismo tiempo, el Local 574 siguió ganando estabilidad interna. El reclutamiento constante añadía a la fuerza de su militancia. Estaba funcionando un eficaz sistema de representantes sindicales. Los contratos con los patrones se hacían cumplir a plenitud. Y cada vez que el sindicato tenía que salir en huelga contra una de las firmas camioneras, ganaba la batalla.

Nuestra jaqueca más grande para mantener la actividad sindical al nivel requerido era de tipo financiero. Debido al amplio alcance de las operaciones, los gastos eran elevados. Luego de cubrirlos con los ingresos procedentes de las cotizaciones de los miembros de $1.60 por mes, no quedaba mucho para los salarios del plantel. Cómo manejábamos este problema en particular lo describió después Marvel Scholl, cuyo relato de nuestra situación personal reflejaba las dificultades que enfrentaba todo el plantel sindical.

“El dinero que había disponible”, recordó, “se dividía entre los miembros del plantel todos los sábados por la mañana. Quienes tenían niños recibían más que los hombres solteros, a veces hasta 20 dólares semanales, más a menudo 10 ó 15 dólares. Los hombres solteros, quienes tenían sus propios problemas para arreglárselas para vivir, seguido venían a nuestra casa a cenar.

“Vivíamos en una casita en la Avenida Drew entre Cedar y Brownie Lakes. Tenía cuatro cuartos pequeños y aunque a nosotros nos la alquilaban como casa de invierno (20 dólares al mes sin calefacción), de ninguna forma estaba acondicionada para el invierno: no tenía aislamiento, ni sótano, sino que un agujero de sótano para un recipiente de carbón. La calentábamos con dos estufas de carbón, un calefactor en la sala y una estufa mixta (carbón y gas) en la cocina.

“Todos los sábados, si Farrell no podía venir a la casa, uno de los miembros del plantel conducía con nuestra ‘paga’ y me llevaba a comprar abarrotes. Afortunadamente, los abarrotes eran baratos. Sin embargo, los almidones formaban la parte principal de nuestra dieta. Una canasta de patatas (unos 50 centavos), 10 libras de azúcar, el café más barato disponible (3 libras por un dólar), un trozo de tocino, unas cuantas latas de carne en conserva, mucho maíz y tomates enlatados (latas no. 2, unas 5 ó 6 por un dólar), mantequilla tal vez una libra por 20 centavos, varias barras grandes de pan blanco, huevos en pequeñas cantidades dependiendo del precio, judías blancas, cerdo salado, harina de maíz, harina y -de vez en cuando- un paquete de chocolate para los tres niños pequeños.

“Tengo cinco platos que yo podía hacer en cantidad: crema de maíz, frijoles al horno con pan de maíz (el cual siempre hacía en dos grandes cacerolas en la estufa de carbón), frijoles salcochados con cerdo salado que se comían encima de pan de maíz, arroz español y espaguetis americanos.

“Cuando llegaba la hora de que los hombres llegaran a casa, la cena siempre estaba lista en la estufa. Uno de los niños -o yo- se paraba en la puerta para contar cuántos hombres se habían apiñado en el auto. Yo jamás cocinaba menos de ocho cuartos de papas cuando ocasionalmente las comíamos con carne enlatada, pero si se trataba de crema de maíz, las papas eran parte integral del plato, fritas con una pizca de tocino se añadían antes del maíz enlatado (junto al agua). Si del auto se bajaban más de tres huéspedes con Farrell, me apresuraba a la estufa, abría más latas de maíz para la crema, un poco más de agua, etcétera. Si eran frijoles horneados, siempre había suficiente. Si eran frijoles salcochados, se les echaba más agua. Si era el arroz español o los espaguetis, más tomates.

“Ninguna de estas comidas, con la posible excepción de los frijoles horneados, se podía considerar comida de calidad, pero llenaba.

“Luego que comíamos, todos los hombres regresaban a la sede para sus diversas reuniones nocturnas. Yo lavaba los platos.

“Ese arreglo no me causaba gracia. Durante ese periodo a todos nuestros niños les dio sarampión, uno a la vez, resfriados, etcétera, por lo que yo estuve literalmente cautiva en la casa. Mientras los hombres comían, hablaban de los problemas sindicales, de sus victorias y decepciones, de qué nuevo grupo de trabajadores había salido en su ayuda. Esta era la única forma de mantenerme al tanto de lo que era mi verdadera vida.

“Durante ese periodo tuvimos un lujo. Guardábamos 50 centavos semanales y con eso contratábamos a una niñera cada jueves por la noche para que los dos pudiéramos ir a la reunión de la rama del Partido de los Trabajadores”.

Plantón de trabajadores de muebles

Entre quienes nos iban a pedir ayuda, que Marvel mencionaba, estaban los dirigentes del Local 1859 de los Trabajadores de Muebles de la Hermandad Internacional de Carpinteros, AFL. Ellos habían sindicalizado la compañía J.R. Clark, que producía productos especiales en madera. La firma había aceptado recientemente un contrato en el que reconocía al sindicato y estipulaba aumentos salariales, así como otras mejoras. Entonces el patrón intentó engatusar a los trabajadores para que firmaran contratos individuales (de perro amarillo-Yellow Dog). Aparentemente estos afirmaban el contrato con el sindicato; sin embargo, contenían una cláusula amañada en que se leía: “Este acuerdo está sujeto a cambios sin notificación”.

El sindicato había bloqueado la intentona, movilizándose rápidamente para alertar a los trabajadores para que no cayeran en la trampa. Poco después, la compañía reanudó su ataque al despedir a un sindicalista a pesar de la antigüedad por supuesta “insubordinación”.

El 23 de marzo los 300 trabajadores afectados llegaron a la fábrica a la hora usual y ocuparon sus puestos correspondientes. Pero cuando sonó la sirena para empezar, simplemente se sentaron, emulando la técnica huelguística que recientemente habían introducido los trabajadores del caucho en Akron. Entonces los dirigentes sindicales apostaron guardias en todos los portones, se convocó a una reunión y se eligió a un comité de huelga.

En seguida se envió una delegación para pedir ayuda del Local 574. Ayudamos a organizar los preparativos y el transporte de comidas a los huelguistas de brazos caídos dentro de la planta, quienes se quedaron allí por tres días y dos noches.

Era una nueva experiencia para los patrones de la ciudad y no sabían cómo ayudar a la gerencia de la Clark para que tratara de romper la huelga. Aparentemente temían que un intento de enviar a la policía resultaría en daños a la fábrica, por lo que sólo un destacamento reducido de policías llegó para mantenerse presente afuera en la calle. Ya que las fuerzas de “la ley y el orden” no atacaron a los trabajadores, toda la disputa se mantuvo pacífica.

La mañana del tercer día el presidente del Local 1859, John Janasco, me telefoneó a la sede del Local 574 y me pidió que fuera a la Clark y les ayudara a negociar con el patrón. Le acababan de decir que la compañía quería llegar a un arreglo con el sindicato.

Cuando llegué me topé con un puñado de policías afuera y una fuerte guardia sindical en la entrada principal. En el portón había un rótulo en el que se leía, “No se necesita ayuda”, y lo habían puesto para llamar la atención de posibles esquiroles. Adentro, las puertas que conducían a la fábrica desde las oficinas ejecutivas habían sido bloqueadas. En la oficina más grande me encontré reunidos al jefe, sus abogados y al comité negociador del sindicato, esperando para empezar las deliberaciones.

Después de cierto debate la compañía aceptó un acuerdo que llevó a la restitución de Walter Lehman, el sindicalista despedido, y a resolver otros reclamos que habían surgido en base a los intentos de violar el contrato sindical. Los términos generales fueron aceptados por los sindicalistas y retornaron al trabajo al día siguiente, ahora bien protegidos por un sindicato fuerte.

Para entonces la lista de sindicatos a los que había ayudado el Local 574 se estaba volviendo impresionante, como era la calidad de ayuda que les brindábamos. Habíamos jugado un valioso papel no sólo en el triunfo de un número de huelgas libradas por otros sindicatos, sino también para que desde el otoño de 1934 ingresaran a la AFL varios miles de nuevos miembros. Y la AFL había emitido cartas constitutivas para muchos sindicatos recién formados organizados en gran parte con ayuda nuestra. Casi no había sindicato en Minneapolis que no hubiese aumentado su fuerza en la secuela de nuestra victoria en la tremenda lucha de 1934 contra los patrones del camionaje. El movimiento sindical empezaba a llevarle ventaja a la Alianza Ciudadana, la cual odiaba a los sindicatos, y todo el mundo comprendía que el Local 574 había ofrecido la llave para trastrocar la correlación de fuerzas de clases. En consecuencia, en su gran mayoría, las filas sindicales se ponían del lado nuestro.

Para Meyer Lewis, por su parte, el balance era justo lo opuesto. Él había llegado a la ciudad unos meses antes con el objetivo de aislarnos de los sindicatos de la AFL. Al comienzo su objetivo declarado en el ataque contra nosotros había sido “combinar a toda la ciudadanía bajo una bandera común para purgar completamente de comunismo a la ciudad”. En sus perspectivas ya se lo había reducido a tácticas de poca monta como con las que Corcoran había empezado un año antes. No le quedó otra más que intentar redadas insignificantes de miembros de otros sindicatos de la AFL en un afán de forjar el “Local 500”, y había fracasado en cada ocasión.

Este resultado ignominioso para Meyer Lewis había hecho que Tobin cambiara su estrategia. Decidió enviarle a Corcoran refuerzos desde otras áreas de la IBT. En realidad, casi no tenía de dónde escoger en este asunto, a no ser que estuviera listo a abandonar el ataque contra nosotros.

Entretanto, la jerarquía de la AFL había estado demasiado ocupada con una lucha interna propia, como para prestarle mucha atención a las necesidades de Tobin.

Capítulo XI:
Recrudece la lucha interna

Para la primavera de 1936, se había vuelto patente que se estaba produciendo una escisión dentro de la AFL.

Los trabajadores de la industria básica estaban presionando con vigor para que se realizara un viraje hacia la forma industrial de sindicalización. Según la misma, todos los empleados en una planta o industria dadas estarían unidos bajo un mismo sindicato, en vez de estar divididos en formaciones separadas de oficios, como en el pasado. Para los trabajadores el cambio era imperativo. Era la única forma de que pudieran luchar eficazmente contra el monopolio de las empresas que los empleaban.

Su demanda a favor de un cambio en la política organizativa la resistía la mayoría de los altos burócratas sindicales. Los enfrentamientos que resultaban avanzaban en dirección de una rebelión de importancia por parte de las filas contra los empedernidos sindicalistas gremiales que dominaban la AFL. Esa tendencia había provocado serias preocupaciones entre los funcionarios más astutos de la federación. Ellos temían que si la burocracia gobernante no cedía un poco ante la creciente presión desde abajo, grandes cantidades de trabajadores podrían pasar a ser influenciados por dirigentes radicales.

Los funcionarios de un bloque de sindicatos nacionales, dirigido por John L. Lewis del Sindicato Unido de Mineros (United Mine Workers), habían intentado dicha acción en el congreso de octubre de 1935 de la AFL a fin de aliviar la situación. Presentaron una resolución en la que instaban a realizar un viraje hacia el sindicalismo industrial, especialmente en la industria básica. Sin embargo, la resolución fue derrotada por un voto de tres a dos.

Comité de Organizaciones Industriales

Poco después John L. Lewis había dejado caer una bomba en el Consejo Ejecutivo de la AFL. Renunció como vicepresidente de la federación, un acto que significaba una declaración de guerra contra los empedernidos sindicalistas gremiales que establecían sus políticas. Entonces el bloque dirigido por Lewis formó el Comité para la Organización Industrial (CIO). Se estableció un cuartel general en Washington, D.C., y John Brophy, del sindicato minero, fue designado director organizativo del nuevo organismo.

Ninguno de los dirigentes fundadores del CIO tenía un claro historial de progresismo. Por tanto su nueva posición en apoyo de la causa del sindicato industrial los ponía en un papel nuevo y bastante desconocido. Esto los hizo proceder con cautela y de forma titubeante, pero eso era sólo un aspecto de la nueva situación. Se estaban poniendo en marcha fuerzas nuevas que los iban a arrasar en una ola creciente de lucha de clases.

En Minneapolis, por ejemplo, con la formación del CIO, en seguida creció un sentimiento de que para los sindicalistas estaba amaneciendo un nuevo día. Poco después se había realizado una conferencia de partidarios del sindicalismo industrial, que consistió de delegados de 21 sindicatos de la AFL y del Local 574. El encuentro había establecido un Comité de Continuación para que dirigiera la formación de grupos pro CIO dentro del movimiento sindical de la ciudad.

La situación nacional cambiante y las repercusiones locales que ya se vislumbraban, iluminaban las perspectivas futuras del Local 574. Si la escisión que se venía desarrollando en la AFL era lo suficientemente profunda, nosotros ahora percibíamos las posibilidades de encontrar nuevos aliados a nivel nacional. Por ello nos preparamos para mantener una actitud táctica flexible hacia el CIO.

Mientras observábamos detenidamente las tendencias sindicales cambiantes, también estábamos participando en un nuevo paso con miras a una reagrupación revolucionaria en la escena nacional.

Crece ala izquierda del Partido Socialista

Trabajadores e intelectuales jóvenes se estaban uniendo al Partido Socialista en números crecientes. Entre ellos se estaba formando un ala izquierda que comenzaba a avanzar a tientas hacia un programa revolucionario. Estos socialistas revolucionarios en potencia enfrentaban dos obstáculos principales. Dentro del PS se topaban contra una derecha endurecida que procuraba bloquear sus esfuerzos de hacer que el partido virara en una dirección revolucionaria. Al mismo tiempo, el Partido Comunista, apegado a su línea del “Frente Popular”, buscó por diversas vías guiar a estos jóvenes militantes de vuelta al reformismo.

Esta situación requería que los trotskistas desarrollaran un contacto estrecho con el ala izquierda en el PS y la ayudaran a evolucionar hacia un programa socialista-revolucionario pleno. Para trazar el curso de acción necesario, el Partido de los Trabajadores sostuvo un congreso nacional a comienzos de 1936. El encuentro autorizó a la dirección del partido que negociara una entrada de los cuadros del PT al Partido Socialista como un solo cuerpo, y unas semanas más tarde se había consumado el paso deseado.

La delegación de la rama de Minneapolis al congreso del Partido de los Trabajadores consistió de Ray Dunne, Carl Skoglund, Henry Schultz, Carlos Hudson y yo. Ya que el encuentro se celebró en Nueva York, decidimos manejar hasta Washington, D.C., para visitar el cuartel general del CIO. Allí sostuvimos una larga plática con John Brophy, director organizativo de la formación industrial-sindical.

Para sorpresa nuestra lo encontramos muy bien informado de la lucha del Local 574 con Tobin. Esto nos animó para tantearlo sobre la posibilidad de conseguir una carta constitutiva del CIO para el local. Dijo que por ese momento quedaba definitivamente excluida, ya que era muy poco probable que el CIO se involucrara en la industria del camionaje, aún si ocurría una escisión en la AFL.

Al concluir la discusión Brophy nos aconsejó que siguiéramos luchando por la restitución en la Hermandad Internacional de Teamsters (IBT).

No tardó en que esa batalla diera un vuelco nuevo y fiero. Tras fracasar en su afán de movilizar a la AFL local contra nosotros, Meyer Lewis había ido a consultar con Green y Tobin. Volvió a la ciudad a finales de abril, trayendo consigo a la vanguardia de una pandilla de matones que Tobin enviaba para lanzar la campaña de intimidación y de terror contra el Local 574.

Burócratas recurren a matones

La fuerza invasora la dirigía L.A. Murphy, jefe de uno de los locales de los Teamsters en Rockford, Illinois, afiliado al Consejo Unido de Teamsters de Chicago. A su llegada, Murphy se instaló en una oficina en el Edificio Pence 306. Funcionando desde allí, procedió en nombre de Tobin a hacerse cargo del Consejo Unido de Teamsters de Minneapolis. La pandilla que utilizaba consistía de burócratas educados en las prácticas de la IBT tipo Chicago, y de matones abiertos contratados para el proyecto. Entre ese grupo se escogió un nuevo plantel de “funcionarios” para el “Local 500”, a través del cual esperaban funcionar. Se agregó un tipo local al escuadrón, Bruce Vincent, quien antes había sido contratado como guardaespaldas de Cliff Hall. Además, Pat Corcoran dio a Murphy plena cooperación, como lo hizo Meyer Lewis.

Los matones de Tobin, armados con cachiporras y pistolas, comenzaron a acechar las calles y los andenes de carga. Se hicieron intentos de obligar a los conductores de camiones a que aceptaran las insignias del “Local 500”, que se ofrecían gratis. Ese gambito de apertura llevaba implícito el que ahora sería peligroso aventurarse a lucir la insignia del Local 574; que sólo los trabajadores que lucieran la insignia del sindicato de papel de Tobin estarían sanos y salvos.

Los camorristas se topaban por todas partes con rechazos de aceptarles su “protección”. Entonces hicieron amenazas directas de violencia en un esfuerzo de sembrar el miedo entre las filas del Local 574.

Murphy no tardó en pasar de las amenazas a los verdaderos ataques físicos. Lo hizo con la confianza de que lejos de obstruirlo, las fuerzas dominantes lo ayudarían. Los patrones favorecían sus objetivos. El alcalde Latimer estaba dispuesto a darle ayuda policiaca, haciendo que la policía se hiciera de la vista gorda cuando nos atacaban; a la vez, se mantuvo alerta a las posibilidades de montarnos cargos en base a una u otra acusación. Además, era de esperarse que la prensa capitalista proveería una pantalla propagandística para la confabulación secreta. Se reportaban los sucesos de modo que nos viéramos mal y se pintara a los agentes de Tobin como la parte agraviada.

Muchos años después, al referirse al tema respecto de una conexión distinta, Malcolm X había de hacer una caracterización elocuente de este antiguo truco periodístico. Como dijo: “Ustedes saben, hermanos, que la prensa tiene una responsabilidad grave y a veces también tiene responsabilidad como accesorio. Porque si permite que la utilicen para hacer que los criminales luzcan como víctimas y que las víctimas luzcan como criminales, entonces la prensa es un accesorio del mismo crimen. Están permitiendo que se les utilice como un arma en manos de quienes de veras son culpables”.

Conscientes de tales técnicas para fabricar cargos, pensamos de forma muy cuidadosa la defensa del Local 574 contra el ataque de Murphy. Nuestra primera medida fue alertar a todo el movimiento sindical del nuevo peligro a través del Northwest Organizer. Conforme se desencadenó la batalla, cada paso que daba la pandilla de Tobin se informaba y analizaba en el periódico sindical. Al mismo tiempo, a todos los trabajadores se les recordaba lo que estaba en juego con nuestra lucha.

No era simplemente cuestión de preservar intacto el sindicato más fuerte y más progresista de la ciudad. Si podíamos derrotar a Tobin, se ayudaría a que otros locales sindicales frenaran a los dictadores que estaban a la cabeza de sus organizaciones nacionales. A la inversa, una victoria del presidente de la IBT habría constituido un revés general contra la democracia sindical. Al darse cuenta de esto, los miembros de la AFL por toda la ciudad siguieron apoyando la defensa que hacía el Local 574 de sus derechos democráticos.

En la batalla misma, Murphy parecía anticipar que se pelearía al estilo al que él se había acostumbrado en el área de Chicago. Esperaba que le hiciéramos frente, plantel contra plantel, garrote contra garrote, pistola contra pistola. También daba por sentado que las filas del sindicato serían poco más que espectadores, esperando a ver quién salía vencedor y luego pasaba a mandarlos. Ya que la clase dominante y sus lacayos en los cargos públicos estaban de su lado, íbamos a enfrentar dados cargados. Por ello, al comienzo del conflicto él y sus camorristas se mostraban petulantes.

No tardó para que Murphy se desengañara de tales conceptos. No teníamos intención alguna de dejar que las cosas procedieran de esa forma. Nuestra política era involucrar en la lucha a todos los miembros del Local 574, que ellos sabían era vital para sus intereses. Rápidamente se convocó una reunión general en la que se preparó para la batalla a toda la organización. Como resultado, pronto se desenmascaró a los invasores de Tobin como lo que eran en realidad, una pandilla de matones que atacaba al movimiento de masas.

Aunque hubiese sido un error táctico que nos armáramos, adoptamos una medida de propaganda en conexión a ello. Los funcionarios del Local 574 formalmente solicitamos a la policía permisos para portar armas para la autoprotección. Tal como esperábamos, la policía nos negó las solicitudes, pero ya se había planteado el punto. Nuestra acción ayudó a captar la atención del movimiento sindical hacia el hecho de que estábamos frente a una pandilla armada y necesitábamos apoyo masivo.

Más tarde, cuando las cosas se pusieron bastante toscas, un par de miembros del plantel del Local 574 sí se armaron calladamente. Uno de ellos, George Frosig, fue levantado por la policía bajo cargos de portar una pistola, y se necesitó de una batalla legal recia para librarlo de un caso serio de cargos fabricados. Después de eso tuvimos pocas dificultades para hacer cumplir la política del sindicato de no tener armas.

Justo cuando la lucha comenzaba a tornarse seria, se dio un hecho que ayudó a movilizar un amplio apoyo. El sector sindical de Minneapolis celebró el Primero de Mayo, un día de fiesta de la clase obrera internacional arraigado en la tradición revolucionaria. La celebración se realizó con un desfile. Fue patrocinada por la Unión Central del Trabajo, participaron muchos sindicatos locales y marcharon más de 7 mil trabajadores. Portaban pancartas en las que se leía “Por una acción sindical única”, “Haz de Minneapolis una ciudad sindicalizada”.

El acto tuvo dos efectos. Los miembros del Local 574 que participaron en la marcha recibieron ánimos de la solidaridad sindical que se manifestó. La pandilla de Tobin, por su parte, comenzó a darse cuenta de que enfrentaban un problema mucho más complejo del que habían anticipado.

No obstante, a Murphy comenzaba a preocuparle otra complicación. A finales de mayo vencería el convenio de la huelga de 1934, y los contratos del Local 574 con los patrones implicados se tendrían que renovar. Puesto que ya era comienzos de mayo, él tendría que actuar rápido en ese frente. Se necesitaban dos cosas para conseguir sus objetivos: tenía que lograr tratos con los patrones a través de negociaciones secretas (medida que a ellos les resultaría aceptable); antes de que eso se pudiera lograr, no obstante, él tenía que demostrar que podría acaparar porciones significativas de los miembros del Local 574 (esa proeza requeriría bastante trabajo).

Nuevo enfrentamiento

Murphy decidió hacer su primera jugada en la compañía de agua Chippewa Spring Water Company. Allí sólo habíamos sindicalizado a parte de los trabajadores y el patrón parecía creer que con la ayuda de un escuadrón de matones nos podría aislar por completo. En consecuencia, estaba listo para hacer un trato con el “Local 500”. Con ello se impuso un ultimátum a los choferes afiliados al Local 574 en la compañía. Les dijeron que, a partir del 16 de mayo, sólo se permitiría trabajar allí a los miembros del sindicato de papel de Tobin. Rápidamente nos llegó la noticia y nos preparamos para intervenir.

Poco antes del amanecer de aquella mañana de mayo, todo el plantel del Local 574 se apareció en el andén de carga de la Chippewa. Sin embargo, no habíamos llegado solos, como Murphy había dado por sentado que de seguro sería el caso. También estaba presente un numeroso cuerpo de sindicalistas de otras compañías, quienes se habían tomado el día libre para ayudar. No iba a ser una lucha entre pandillas. El escuadrón de camorristas se enfrentaría a una línea de piquete sustancial.

Cuando el patrón miró por la ventana de su oficina y vio lo que estaba pasando, cogió el teléfono. Como a los 10 minutos llegaron unos 30 policías. Murphy llegó entonces con siete de sus secuaces amontonados en su carro.

El comandante de la policía preguntó si habíamos convocado una huelga. Respondimos que no. Nuestra única intención era la de hablar con los miembros del Local 574 en la compañía y ver que nadie interfiriera con su derecho a trabajar. Esta respuesta inesperada pareció desorientar al jefe de los policías. Luciendo confundido, fue a hablar con Murphy, quien había congregado a su cuadrilla a su alrededor a un lado del andén. Como a esa hora los trabajadores, entre ellos los que lucían las insignias del Local 574, se alistaron para ir a trabajar. Conforme aumentaba la tensión, nosotros sencillamente esperamos a ver si iban a interferir con nuestros miembros.

Entonces el patrón envió un mensaje a través de los policías de que quería hablar. Aceptamos, pues no teníamos nada que perder. Bill Brown y yo fuimos a la oficina de la compañía para hablar en nombre nuestro. Murphy y Jack Smith hicieron lo mismo en nombre del “Local 500”. La sesión que siguió se caracterizó por su falta de cordialidad.

Fingiendo una inocencia herida, el patrón procedió a acobardarse de su arreglo con la pandilla de Tobin. Pidió que los dos lados encontraran la forma de resolver la disputa sindical sin interferir con sus operaciones. Nosotros respondimos que en tanto a nuestros miembros se los dejara trabajar en paz, él no iba a tener problemas con el Local 574. A Murphy no le quedó más opción que abandonar su ataque contra nosotros en la Chippewa y ese episodio en particular concluyó.

Después de ese enfrentamiento las firmas de mensajerías firmaron un contrato por un año que reconocía al Local 574 como único agente negociador de sus empleados. Ese fue el primer acuerdo directo que habíamos logrado en esta esfera y ahora teníamos a los empleados tan bien organizados que las compañías cedieron sin obligarnos a salir en huelga. Los trabajadores ganaron aumentos salariales sustanciales así como varias mejoras en las condiciones laborales.

Poco después logramos un avance en las relaciones con las mueblerías, a cuyos conductores y ayudantes habíamos logrado sindicalizar, así como a los empleados del cuarto de envíos. Las reivindicaciones del sindicato se les presentaron a los patrones, quienes informaron que estaban dispuestos a negociar. Al final se firmó un contrato que estipulaba logros importantes para los trabajadores. Como en la situación de las mensajerías, esto se logró sin tener que recurrir a la acción huelguística.

En ambos casos Murphy había estado intentando negociar con los patrones involucrados. Aunque hablaban con él de muy buena gana, incluso deseándole éxito, al final de cuentas se habían rendido ante el Local 574. En realidad, tenían tantas dudas de la capacidad de intervenir del “Local 500”, que no veían razón para poner a prueba nuestra capacidad de ganar una huelga contra ellos. Obviamente no creían que la pandilla de Tobin la pudiera romper, ni siquiera con ayuda de la policía y de los periódicos.

Como andaban las cosas, Murphy pronto se vería acorralado, a menos que hiciera algo y rápido. Dándose cuenta de la situación, hizo un intento desesperado de incitarnos a una trifulca, plantel contra plantel. Su acción significaba que ya no abrigaba ilusión alguna de que se nos podía intimidar. Murphy sabía bien que no. El objetivo clave era dar a los funcionarios de la ciudad una oportunidad de meter presos a los dirigentes del Local 574 bajo cargos falsos. Si pudieran decapitar al sindicato de esa forma, las posibilidades de acapararlo serían mucho mejores.

La nueva ofensiva comenzó la mañana del 21 de mayo. Ray Dunne y George Frosig estaban repartiendo volantes y hablando con los choferes en los depósitos de carga de los ferrocarriles de Omaha. De repente llegó un sedán Buick y del auto salió una pandilla de matones de Tobin y atacó a Ray y a George con cachiporras. Los golpearon gravemente.

Al indagar con la oficina de licencias de automóviles se supo que el Buick era propiedad de L.A. Murphy. Este hecho, junto con un relato de la atrocidad, se publicó en el Northwest Organizer para informar al movimiento sindical del nuevo peligro. Para dejar constancia, se presentó una denuncia ante las autoridades. Sin embargo, como era de esperarse, no hicieron nada.

Mitin condena gangsterismo

El Local 574 convocó de inmediato una reunión masiva de protesta. La noticia del ultraje había viajado rápido y la sede estaba repleta de miembros del sindicato, muchos de ellos con sus esposas. Como demostró este último suceso, desde las huelgas de 1934 no se había alarmado tanto a los trabajadores. Estaban más que dispuestos para luchar, y ya siendo veteranos de combate sabían que se tenía que luchar de forma inteligente.

Aceptando el consejo de la junta ejecutiva los miembros aprobaron un plan de acción de tres puntos: se redoblaron esfuerzos para obtener renovaciones rápidas de convenios laborales que estaban por vencer; se aprobó una cuota para un fondo especial de defensa; y se aprobó una resolución que planteaba la línea básica de la campaña para movilizar a la clase trabajadora de la ciudad contra este nuevo ataque de matones.

La resolución condenó el gangsterismo introducido por Tobin, calificándolo como una invitación abierta a los enemigos del movimiento sindical. Si podían hacer que funcionara contra el Local 574, se advirtió a los otros sindicatos, se utilizarían los mismos métodos también contra ellos. Se había lanzado así un desafío abierto a los dirigentes y miembros de todas las organizaciones de la AFL. Era su deber, al actuar en interés propio, unirse a la lucha para liberar al movimiento de la amenaza de la matonería.

Nuestro llamado obtuvo buena acogida. Funcionarios, y en especial miembros de base, de los locales de la AFL ejercieron presión sobre los dirigentes derechistas de la Unión Central del Trabajo y del Consejo Unido de Teamsters. Desplegaron también una fuerte presión sobre el alcalde Latimer, como también lo hicieron los clubes del Partido de los Agricultores y Trabajadores (Farmer-Labor Party). Al sentir una fuerte presión, el alcalde sintió que debía hacer algo, entonces comenzó a calumniarnos.

Hacia finales de mayo, un pequeño ejército de policías realizó una redada sorpresiva al Local 574, incursionando en nuestro cuartel general pistolas en mano. Iban acompañados de periodistas y fotógrafos. Llevando órdenes judiciales contra Fulano de Tal por venta ilegal de licor, registraron el local en busca de pruebas. No encontraron nada más que parte de un barril de cerveza que se había guardado después de una fiesta. Dos veces más en los días posteriores la policía nos cayó, pero no logró encontrar nada que pudiese usarse contra el sindicato.

Fue en conexión con estos intentos de calumniarnos que arrestaron a Frosig bajo el cargo de posesión de armas previamente mencionado.

Aprovechando la pantalla propagandística que Latimer procuraba brindarle, Murphy reanudó los ataques físicos. En plena luz del día, la tarde del 3 de junio, a cuatro miembros de filas del Local 574 que se conducían en un auto particular por la Avenida Washington, dos vehículos llenos de matones de Tobin los obligaron a hacerse a la acera y bajarse. Mientras unos encañonaron a los sindicalistas, otros sacaron cachiporras y los apalearon. Cuando las víctimas corrieron para escaparse, les soltaron una andanada de balazos.

Espectadores casuales anotaron las placas de los autos de los matones, información que se le dio a Latimer junto a la demanda de que respondiera. Como siempre, no hubo arrestos.

En cambio, el alcalde sostuvo una conferencia con Murphy y Meyer Lewis. Se convocó a los periodistas y Murphy les presentó una declaración. Según el Minneapolis Tribune, descaradamente acusó a las víctimas de “dispararse a sí mismos”, declarando falsamente que lo habían hecho luego de “haber perdido un pleito con los empleados de la Stanchfield Transfer”, una compañía cercana al sitio del crimen.

Una semana después, un representante del Local 574, Harold Haynes, fue atacado mientras se hallaba en el trabajo. Se acaba de meter en la cabina de su camión después de hacer una entrega. En ese momento el sedán Buick, matriculado a nombre de Murphy, llegó y le cerró el paso. Se bajaron cinco matones. Uno de ellos le apuntó su pistola a Haynes. Los otros cuatro lo sacaron de la cabina y lo golpearon con cachiporras y dándole de culatazos.

Presentamos una protesta fuerte ante el gobernador [Floyd] Olson. En una carta firmada por Bill Brown le informamos que íbamos a realizar una reunión especial del Local 574 el 15 de junio. Exigimos una respuesta oficial para esa fecha sobre lo que Olson proponía hacer sobre el intento criminal de Tobin, en connivencia con Latimer, de destruir una sección del movimiento sindical.

Saliendo inmediatamente en nuestro apoyo, el club del quinto distrito del Partido de Agricultores y Trabajadores insistió que Olson tomara una acción inmediata. Se plantearon demandas para que usara el poder ejecutivo del estado para frenar las acciones vandálicas en Minneapolis y que descubriera a los instigadores del complot contra el movimiento sindical.

Al gobernador le llegaron demandas similares de otros sectores en los sindicatos y en el Partido de los Agricultores y Trabajadores. Ya que se iba a postular para la reelección en el otoño le resultaba políticamente peligroso ignorar estas presiones, y lo sabía. Dijo entonces que investigaría la situación de inmediato, fingiendo no saber lo que estaba ocurriendo. Aparentemente Olson convenció a Latimer de que políticamente era ventajoso calmar las cosas dentro del movimiento sindical porque los ataques físicos contra nosotros se suspendieron.

A pesar de estos ataques habíamos venido haciendo avances contra los patrones. A principios de junio los proveedores de materiales de construcción y las firmas del mercado -con una excepción- firmaron convenios directos con el sindicato. En ambas industrias se reconoció al Local 574 como único agente negociador de los trabajadores. Los nuevos acuerdos, que duraban un año, hasta el 31 de mayo de 1937, estipulaban aumentos salariales y mejoras en las condiciones de trabajo. Para los trabajadores del mercado, en especial, el avance era dramático. Desde 1933 sus salarios casi se habían duplicado y la semana laboral se había reducido de unas 80 ó 90 horas a 48.

Paro de trabajadores de abarrotes

Quien se resistía en el mercado era la Gamble-Robinson, una de las firmas más grandes, que había sido particularmente beligerante en su posición antisindical. Le declaramos la huelga, en una acción que puso a la pandilla de Tobin contra la pared. Este era un conflicto directo entre sindicato y patrón. Si intentaban intervenir contra nosotros, tendrían que hacerlo como rompehuelgas. Intentando alentar tal acción, Latimer de inmediato ofreció protección policiaca a la compañía. Pero sucedía que era poco lo que él, o Murphy, o los patrones podían hacer contra nosotros.

El Local 574 tenía completamente sindicalizados a los trabajadores de la Gamble-Robinson y la huelga fue 100 por ciento sólida. Las abarroterías independientes anunciaron por medio de su asociación que no aceptarían ninguna entrega proveniente de la compañía en huelga. Entonces el paro se extendió a otras ramas de la compañía en otras ciudades de Minnesota.

Después de estar completamente cerrada por unas dos semanas, la Gamble-Robinson firmó con el Local 574 el mismo contrato que anteriormente habían acordado las demás compañías del mercado. A esto siguieron acuerdos con los huelguistas fuera de Minneapolis. En conjunto, se había fortalecido el sindicalismo en el área en general; el Local 574 había demostrado su fuerza; y la gente de Tobin había demostrado su incapacidad de bloquear nuestra ofensiva con respecto a los convenios.

Aparentemente entendiendo el mensaje, los patrones que se habían mantenido distanciados entraron en negociaciones serias con el Local 574. No tardó que se firmara un nuevo convenio con las compañías de arena y grava, estipulándose logros para los empleados. El convenio con las firmas distribuidoras de hielo se renovó con mejoras. Siguieron otros convenios.

Conforme registrábamos estas victorias, se venía desarrollando una ola más amplia de luchas sindicales. Unos 700 trabajadores de marcos de ventanas, puertas y aserraderos estaban en huelga por el reconocimiento de su sindicato, el Local 1865 de Ebanistas, del AFL. El Local 574 les prestó su salón principal para que lo usaran como cuartel general de huelga y estaban utilizando nuestra cocina como comisariato. Además les ayudamos con consejos tácticos, que su inexperta dirigencia apreció.

Procurando una ventaja propagandística a partir de la campaña difamatoria de Tobin y Latimer, las compañías afectadas publicaron campos pagados en los periódicos, intentando ofuscar el asunto. Sus empleados querían trabajar -imputaban ellos- pero los actos de intimidación, instigados por el Local 574, les impedían trabajar. No surtió el efecto deseado. Los huelguistas se mantuvieron firmes y la industria se mantuvo cerrada. Por fin el 24 de junio se llegó a un acuerdo. El Local 1865 logró el reconocimiento y los trabajadores lograron mejoras materiales sustanciales.

Menos de una semana después de que se retirara el Local 1865, nuestras instalaciones las ocuparon como cuartel general de huelga los trabajadores de la Northern States Power Company. Pack, el jefe de la compañía, estaba rechazando el convenio que había firmado ese enero. Esto hizo que unos 200 trabajadores cualificados en los departamentos de cables aéreos y bajo suelo salieran en huelga en señal de protesta. La acción la dirigió Henry Schultz, quien había sido contratado por la junta ejecutiva del Local 160 del sindicato de los trabajadores de la energía, para que fungiera como su organizador y vocero.

La huelga, que se condujo con gran militancia, sólo duró unos días. Pack se vio obligado a responder a los reclamos de los trabajadores. Se reafirmó lo estipulado previamente por escrito y esta vez el Local 160 fue reconocido plenamente como único representante de los trabajadores de la compañía.

Cargadores de golf salen en huelga

Otra disputa que vale notar, sólo para señalar la amplitud del auge de la clase obrera. En el Club de Golf de Minneapolis, un terreno en el suburbio de St. Louis Park frecuentado por gente bien, los cargadores de equipo salieron en huelga. Fue una acción espontánea por parte de adolescentes sin sindicalizar, quienes estaban haciendo lo que les parecía era lo más natural que por aquellos días hacían los trabajadores irritados por sus patrones. Una vez salieron en huelga, su primer paso fue ponerse en contacto con los “proscritos” del Local 574 para lograr apoyo y consejos. Su lucha resultó en algunas mejoras para todos los cargadores en general.

Al hacer un balance, las probabilidades en la lucha con Tobin ahora se inclinaban fuertemente a favor del Local 574. Como resultado del reclutamiento constante, el sindicato gozaba de una militancia estable de más de 4 mil. Se renovaban convenios con las patronales y se firmaban acuerdos en nuevas áreas de la industria camionera, todos con mejoras importantes para los trabajadores. El espíritu que esto había engendrado se articuló en una carta que Oscar Halverson, un miembro de fila, escribió al sindicato.

‘Mis hijos ahora comen carne’

“Mis hijos están comiendo carne además de buena comida desde la huelga de 1934”, decía en un pasaje, “entonces para ellos el sol sale y se pone con el 574”.

La mayoría de trabajadores de otras industrias guardaba hacia el Local 574 sentimientos similares a los expresados por Halverson. Sabían que en toda batalla con los patrones estaríamos allí para ayudarles. Y todos los que se asociaban con nosotros se daban cuenta que la experiencia les brindaba un mejor entendimiento de la lucha de clases, ayudándoles a convertirse en luchadores más capaces en la causa sindical.

En contraste con nuestra creciente fuerza y prestigio, el “Local 500” se mantenía débil en cuanto al número de miembros y su reputación empeoraba cada vez más. No había logrado hacer ningún avance significativo en ningún área de la industria camionera. Otros sindicatos lo veían cada vez más como un problema para la AFL. En vez de proscribirnos del movimiento sindical como habían procurado, los tobinistas vieron que eran ellos a quienes la gran mayoría de la clase trabajadora de la ciudad veía como parias.

Todo esto resultó ser demasiado para Pat Corcoran. A finales de junio telefoneó a Ray Dunne para pedir que el Local 574 y el Consejo Unido de Teamsters sostuvieran negociaciones de paz.

*Red-baiting se refiere a la campaña demagógica y estridente de los patrones y sus aliados para asustar a tanta gente como pudieran para que se opusieran a la campaña de sindicalización del Local 574 de los Teamsters, en base a que dirigentes destacados del sindicato eran a la vez miembros de la Liga Comunista de América. Al alegar que los “comunistas de Trotsky” fomentaban el derrocamiento del estado de Minnesota, quienes recurrían al red-baiting esperaban que los trabajadores no apreciaran de forma objetiva los logros conquistados mediante el sindicalismo militante, ni la competencia desplegada por el amplio liderazgo de la huelga y el ejemplo incorruptible que ofrecía.-nota del traductor


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