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Significado de las elecciones en EE.UU.: desprecio antiobrero de clase media atiza pánico liberal por comicios

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ÍNDICE

Índice para el año 2004


UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR
diciembre de 2004 Vol. 28 No. 11

Análisis

Significado de comicios en EE.UU.
Ante resultados, liberales de clase media expresan desprecio antiobrero

POR ARGIRIS MALAPANIS

El presidente norteamericano George Bush fue reelegido el 2 de noviembre, ganando no solo el voto del Colegio Electoral sino el voto directo por un margen importante. El candidato republicano obtuvo una mayoría absoluta del 51 por ciento contra un 48 por ciento para su contrincante demócrata, el senador John Kerry: un margen de 3.5 millones de votos.

Muchos liberales y radicales de izquierda estaban convencidos de que el demócrata tendría la victoria garantizada si se movilizaba masivamente a los electores. Pero el resultado fue tanto más asombroso para ellos porque la victoria de Bush se basó en la mayor concurrencia a las urnas en muchos años: 116 millones de electores, un 58 por ciento de las personas aptas para votar, el mayor porcentaje desde los comicios presidenciales de 1968.

Muchos sectores de clase media en Estados Unidos -y sus homólogos en otros países- que apoyaban a Kerry y que se autocalifican de “progresistas” reaccionaron revelando sus profundos prejuicios de clase. Según ellos, Bush fue reelecto porque la mayoría del “pueblo americano” -o sea, de los trabajadores y agricultores en Estados Unidos- es ignorante y reaccionario. Calificaron a Bush como estúpido y a los que votaron por él como aún más estúpidos.

El propio Kerry, en sus discursos y en sus debates con el presidente, no se opuso a la “guerra contra el terrorismo” y a la ocupación imperialista de Iraq, sino que insistió en que él las llevaría a cabo de una forma “más inteligente”. Cada vez que implicaba que Bush era tonto -y los que votaran por él también- Kerry indudablemente perdió decenas de miles de votos.

El patrioterismo americano caracterizó las campañas de todos los partidos y candidatos burgueses, quienes afirmaron que ellos defenderían mejor los intereses “americanos”. Dentro de este marco, Bush aprovechó su ventaja de haber sido el comandante en jefe durante cuatro años, observando que después del 11 de septiembre de 2001 no se ha dado un solo ataque “terrorista” desde el exterior. Ofreció un argumento más convincente desde la óptica de la clase dominante -dado su historial , de que él llevaría la lucha contra los “terroristas” adonde sea que se encuentren, lejos de Estados Unidos.

En su campaña electoral, Bush ofreció propuestas económicas que tocaron una fibra sensible entre millones de trabajadores y personas de clase media que están preocupados por el futuro. El presidente prometió reducir impuestos y simplificar el código impositivo. Prometió un plan según el cual uno podría depositar una mayor parte de sus salarios en una llamada cuenta individual de jubilación -“una reserva para el futuro que el gobierno no te podrá quitar- y una menor parte en el sistema federal del Seguro Social.

Muchos trabajadores y pequeños agricultores temen el futuro, y con razón. Saben que están trabajando horas más largas y están ganando menos que hace 10 ó 15 años. Sin embargo, hoy día muy pocos han vivido las condiciones de una depresión económica como la de los años 30 o como las condiciones que ya afectan gran parte del mundo.

Ante esta situación, muchos creen que es mejor que ellos manejen sus propios ahorros y no confiar -correctamente- en que el gobierno les brindará una pensión cuando se jubilen.

Fracasos del liberalismo

Esta reacción tiene mucho que ver con los fracasos del liberalismo. Mucha gente trabajadora recuerda que durante la administración demócrata de William Clinton el cuidado médico se volvió más caro. El número de personas sin seguro médico aumentó de 38 millones a 40 millones durante los años de Clinton, y continuó aumentando a 45 millones durante la primera administración de Bush. Por lo tanto, las promesas de Kerry de mejorar la salud pública señalando el legado de Clinton sonaron huecas.

Ante todo, fue la administración demócrata de Clinton la que “acabó con la asistencia social según la conocemos”. Así dio el primer verdadero paso hacia la eliminación del seguro social -el salario social del pueblo trabajador-, cosa que ni siquiera el presidente Ronald Reagan pudo tocar en los años 80.

Clinton, encabezando la ofensiva bipartidista contra medio siglo de conquistas sociales por el pueblo trabajador, firmó en 1996 la ley de “reforma a la asistencia social”, la cual eliminó el programa federal de Ayuda a Familias con Hijos Dependientes (AFDC) y les quitó a muchos trabajadores los cupones de alimentos y prestaciones médicas del programa Medicaid. Así Clinton inició la batalla por parte de la clase dominante para revocar algunas de las concesiones que fueron codificadas en la Ley del Seguro Social, promulgada en 1935 ante la presión de las luchas obreras en ascenso.

El programa AFDC otorgaba la ayuda como un derecho a familias con hijos dependientes. Entre los que reivindicaron esta demanda en los años 30 y 40 estaban las organizaciones de viudas de los mineros que habían muerto en el trabajo por las condiciones peligrosas causadas por el afán de ganancias de los patrones. La AFDC también cubría a las familias de soldados que habían muerto en la guerra o que volvían heridos e incapaces de trabajar

El pueblo trabajador logró las concesiones plasmadas en la ley del Seguro Social -pensiones de jubilación, indemnización por discapacidad, seguro por desempleo, AFDC y otras prestaciones federales-mediante cruentas batallas en los años 30. Ante el impacto del movimiento de derechos civiles en los años 50 y 60, estos logros se consolidaron y extendieron al establecerse el Medicare, el Medicaid, los cupones de alimentos y alzas por el costo de vida.

Los trabajadores lucharon por esta mínima seguridad vitalicia para impedir que el capitalismo hiciera estragos con la solidaridad de su clase. La clase obrera luchó por afianzar estas medidas como derechos sociales universales, con financiamiento automático -no revisado en los presupuestos anuales-y sin los degradantes means tests (investigación de los medios económicos de una persona para decidir si tiene derecho a ciertas prestaciones).

Estas prestaciones representan una pequeña parte de la riqueza social que los trabajadores y agricultores crean a través de su trabajo. Estos beneficios representan un salario social que, junto con el salario pagado directamente por el patrón, constituyen el nivel de vida básico de la clase trabajadora. También dependen de ellos la gran mayoría de las clases medias.

El finado senador demócrata Patrick Moy-nihan, quien votó contra el proyecto de ley de 1996, advirtió sobre sus consecuencias cuando fue promulgada. Esa ley era “el primer paso en el desmantelamiento del contrato social que ha existido en Estados Unidos desde por lo menos los años 30”, dijo Moynihan. “No duden que el próximo será el propio Seguro Social, es decir los beneficios de seguro para jubilados”.

Ahora los republicanos están aprovechando este historial del liberalismo. Bush pretende basarse en el legado de Clinton al hacer campaña para la “reforma” del Seguro Social.

‘Sociedad de propietarios’

Antes y durante la convención nacional republicana en septiembre, Bush promovió sus propuestas a favor de una “sociedad de propietarios”. Evocó el fantasma de “la inmensa generación del boom de bebés que ahora se va acercando a la edad de jubilación” y el mito -impulsado por la clase dominante- de que hay demasiados ancianos y que éstos amenazan con llevar al Seguro Social a la quiebra.

Bush propone ofrecer créditos impositivos para que los trabajadores puedan abrir sus propias cuentas individuales de jubilación, donde podrían ahorrar parte de lo que le deduce el gobierno por sus pensiones de jubilación. Los trabajadores podrían invertir estos fondos en la bolsa de valores u otras inversiones y, argumenta Bush, tener la certeza de que el gobierno no te los podrá quitar.

El presidente también aboga por “cuentas individuales de ahorros para la salud”, exentas de impuestos, para ofrecer un plan individual de seguro médico en vez del tipo de plan ofrecido por un patrón. Este plan individual de seguro supuestamente acompañaría a un trabajador si cambiara de empleo: uno de los aspectos atractivos de la propuesta, ya que muchos trabajadores que cambian de empleo pierden el seguro médico o terminan con peor servicio.

Asimismo, Bush propuso hacer permanentes los recortes de impuestos de los últimos años, para que la gente pueda ahorrar dinero para el futuro en estos “tiempos cambiantes”. Además se comprometió a simplificar el código de impuestos. Algunos políticos capitalistas, tal como el presidente de la Cámara de Representantes Dennis Hastert, proponen reemplazar el actual sistema de impuestos con un impuesto nacional de ventas o un impuesto de único nivel (flat tax).

Las propuestas republicanas serían un desastre para el conjunto de la clase trabajadora. Estas propuestas de impuestos recaerían desproporcionadamente sobre la clase obrera. Y los ahorros que uno puede haber acumulado a lo largo de décadas podrían esfumarse en caso de un colapso de las bolsas de valores o de un tremendo brote de inflación. Muy pocos trabajadores poseen capital, y muchos de los que son “dueños” de casas en realidad están pagando intereses al banco, los verdaderos dueños.

No obstante, estas promesas tienen un atractivo para millones de trabajadores, sobre todo ante la amenaza de una catástrofe económica y la falta de un combativo movimiento obrero. Son muy atractivas para los sectores más ambiciosos de la clase obrera, quienes sueñan que sus hijos puedan salirse de la clase obrera y “superarse”…y cuidarlos cuando sean ancianos.

Muchos trabajadores no ven cómo defender o luchar para ampliar el Seguro Social. En gran parte se debe al hecho que la cúpula sindical, durante el auge capitalista después de la Segunda Guerra Mundial, rehusó luchar por derechos sociales que protegieran a toda la clase trabajadores, por ejemplo, un sistema federal de salud pública universal. Los funcionarios sindicales se concentraron en obtener “beneficios marginales” en los convenios con patrones individuales.

Sin embargo, grandes empresas como la aerolínea United han tomado medidas para eliminar las pensiones por completo. Otras compañías como la minera Horizon Natural Resources han descartado sus convenios sindicales y han eliminado el seguro médico para los jubilados.

Resentimiento de ‘élite cognitiva’

El pánico liberal por los resultados de los comicios del 2 de noviembre reveló el desprecio de los liberales de clase media hacia la clase trabajadora.

El New York Times publicó el 4 de noviembre un artículo que captó estos prejuicios de clase. El reportero entrevistó a neoyorquinos en la zona del Lincoln Center, principalmente profesionales o empresarios.

“Me entristece lo que a mi parecer es la estupidez y miopía de gran parte de este país, el heartland”, dijo Zito Joseph, un siquiatra jubilado, usando una palabra que se refiere a la región central del país y que la identifica con la preeminencia de “valores tradicionales”.

“Este tipo de mentalidad redneck de reaccionar sin pensar en las consecuencias, y una interpretación muy concreta de la religión, es lo que impera en Bushlandia”. “Redneck” es una palabra despectiva que tacha de retrógrados e ignorantes a los trabajadores en el Sur de Estados Unidos.

A Joseph la acompañaba Roberta Kimmel, quien comentó que los neoyorquinos no se dejaban engañar tan fácilmente como otros estadounidenses. “Los neoyorquinos tenemos inteligencia callejera”, dijo. “Mientras que la gente en el Medio Oeste se deja influenciar más por lo que dicen sus amigos”.

En Europa, muchos liberales y socialdemócratas tuvieron reacciones similares, mostrando el endurecimiento del antiamericanismo burgués tras las elecciones en Estados Unidos. El diario británico Daily Mirror, por ejemplo, puso una foto de Bush en su portada del 4 de noviembre con el titular, “¿Cómo es que 59 054 087 personas pueden ser tan ESTUPIDAS?”

“La ignorancia y la sed de sangre tienen una larga tradición en Estados Unidos, especialmente en los estados rojos”, dijo la novelista Jane Smiley en un ensayo escrito después de las elecciones. “La historia de los últimos cuatro años muestra que los tipos de estados rojos…prefieren ser ignorantes…. Son prácticamente incapaces de aprender”. Los estados donde Bush ganó un voto mayoritario se denominan “estados rojos”.

La izquierda de clase media tuvo una reacción parecida. “Bush ganó las elecciones triunfando en regiones del Sur donde es más fuerte el legado de racismo, reacción política y el legado de la esclavitud”, afirmó un artículo en la edición del 11 de noviembre del Workers World, semanario del Partido Mundo Obrero. Esta organización estalinista presentó a su propia campaña presencial, pero apenas hicieron un esfuerzo, logrando aparecer en la boleta electoral en apenas tres estados (Rhode Island, Vermont y el estado de Washington).

Bush “ganó los estados del Sudoeste y de los Grandes Llanos, una zona dominada por dueños de minas, terratenientes millonarios, agroempresas, barones de la ganadería y monopolios petroleros”, dijo el artículo. “En cambio, en el Noreste, el Medio Oeste y la Costa del Pacífico, la agenda reaccionaria de Bush fue derrotada universalmente”.

Entre los que Kerry buscó atraer había muchos liberales que son profesionales, artistas de Hollywood, periodistas, novelistas, locutores de televisión y catedráticos. Un número creciente de éstos viven en complejos cerrados de viviendas -con portones electrónicos y guardias de seguridad- que se denominan “comunidades con portones” (gated communities). Entre ellos incluso hay ex radicales que tres o cuatro décadas atrás eran maoístas o pertenecían al Weather Underground u otros grupos de izquierda. A medida que se profundiza la crisis económica del capitalismo, se vuelven más temerosos de perder sus privilegios de clase y va creciendo su desprecio de la clase obrera.

Por otra parte, muchos trabajadores resienten estos prejuicios de los liberales de clase media y de izquierdistas envejecientes, con su perspectiva de la “Curva de campana”.

The Bell Curve: Intelligence and Class Structure in American Life (La curva de campana: Inteligencia y estructura de clase en la vida americana), un libro de Charles Murray y Richard Herrnstein publicado en 1994, ofrece una justificación para las capas acomodadas de profesionales -denominados la “élite cognitiva” por los autores- de por qué merecen ser más ricos que la gran mayoría de la humanidad. Según ellos, es porque supuestamente son más “inteligentes” y porque vivimos en un mundo con más tecnología moderna que inevitablemente concentra la riqueza y el poder en manos de una capa relativamente pequeña de profesionales, tecnócratas, administradores y académicos. “¡No lo nieguen!” era el mensaje de los autores a los liberales. “Ustedes merecen vivir mejor que los demás”. Y deben reconocer que los trabajadores y otros que no son parte de la “élite cognitiva” deben aceptar su posición inferior en la jerarquía social porque son “tontos”.

El libro también era una advertencia de que aún si algunos trabajadores son engañados por un tiempo por estas justificaciones ideológicas, la creciente polarización social y pobreza llevaría inevitablemente a batallas de clases.

Estas son las actitudes que muchos trabajadores detestan. Y un buen número de ellos entienden lo que está diciendo Kerry cuando implica que él es más inteligente que Bush.

Patriotismo americano

Uno de los principales factores en las elecciones fue el éxito del imperialismo norteamericano en su “guerra antiterrorista”, logros que Bush enumeró en sus discursos: desde Afganistán hasta Libia, Iraq, Pakistán y Arabia Saudita.

Kerry hizo todo lo posible para afirmar que él sería más eficaz que Bush en la “guerra contra el terrorismo”. Pero el presidente fue más convincente al señalar su sólido historial de cuatro años haciendo precisamente eso.

En el discurso en Boston donde aceptó su derrota electoral, Kerry declaró que “América necesita unidad” y que “ahora más que nunca, con nuestros soldados en peligro, debemos mantenernos unidos y triunfar en Iraq y ganar la guerra contra el terror”.

Toda la campaña electoral burguesa se basó en el patriotismo estadounidense: no solo los partidos capitalistas -demócratas, republicanos, libertarios y otros-sino también los “socialistas” que apoyaron a Kerry o a la candidatura “independiente” de Ralph Nader y Peter Camejo.

El Partido Comunista estadounidense, por ejemplo, insistió que en vez de taparse la nariz al ir a votar por Kerry, había que hacer campaña enérgicamente por el candidato demócrata. Trató de representar al Partido Demócrata, uno de los partidos gemelos del imperialismo norteamericano, como “progresista” y bueno para el pueblo trabajador.

La izquierda debe adoptar el patriotismo americano, dijo el semanario del PC en su edición del 31 de enero, “porque millones de americanos creen en él, independientemente de su clase o color de piel”. El autor afirma, “Si la izquierda quiere desplazar a George W. Bush de su puesto, necesariamente debe ser muy sensible a estos profundos sentimientos de patriotismo y no permitir que la extrema derecha se vista con la bandera americana”.

Ralph Nader, quien pretendía presionar al Partido Demócrata desde la izquierda, también expresó su orgullo en ser un patriota americano. Su campaña recibió el apoyo de la Organización Socialista Internacional y otros grupos dizque socialistas.

En su campaña presidencial, Nader buscó el apoyo del ultraderechista Patrick Buchanan. En una entrevista que Buchanan le hizo para su revista American Conservative (Conservador americano), Nader elogió al “patriotismo” de los conservadores. Apoyó la campaña para defender “empleos americanos” y oponerse a la amnistía para los inmigrantes indocumentados. Al final, Nader apenas incidió en la campaña burguesa, recibiendo apenas la décima parte de los votos que recibió hace cuatro años.

“¡Salvemos América! ¡Botemos a Bush!” era el rótulo de un cartel que los funcionarios del sindicato UNITE, fervientes partidarios de Kerry, colgaron en el muro exterior de su sede nacional en Nueva York durante la campaña electoral.

Bush pudo manejar bien este marco político. Aprovechó el hecho que desde el 11 de septiembre no ocurrieron más ataques en territorio norteamericano atribuidos a “terroristas islámicos” o de otros países.

Así que el presidente fue más convincente para millones de personas en la clase obrera y las clases medias cuando afirmó que él continuaría su historial de llevar la lucha a los “extremistas” a otras partes del mundo, lejos de las fronteras norteamericanas.

Por último, es falsa la imagen de Bush como derechista y reaccionario sobre todas las cuestiones sociales, según la pintan los liberales y la izquierda de clase media. Bush sí adopta una postura reaccionaria en muchos de sus discursos: se adapta a los derechistas cuando se trata de los derechos de homosexuales, el derecho de la mujer al aborto y la acción afirmativa. Pero en realidad no se refleja en la mayoría de las políticas de su administración. Su intervención en los casos de la Corte Suprema sobre estos temas ha sido moderada, destinada a aplacar a la base conservadora de los republicanos al tiempo que contribuye a la derrota de iniciativas derechistas.

Un buen ejemplo fue la decisión de la Corte Suprema en junio de 2003 que afirmó la legalidad de la acción afirmativa en la enseñanza superior. El caso fue provocado por un desafío judicial derechista contra dos programas de acción afirmativa en la Universidad de Michigan. La administración Bush entabló una petición pidiendo que la Corte Suprema anulara ambos programas, diciendo que se basaban en cuotas numéricas. Al mismo tiempo, la corte aceptó el uso de la raza como factor al decidir el ingreso a las universidades, lo cual enojó a los grupos derechistas. Además, miembros de la administración, especialmente Condoleezza Rice, la asesora de seguridad nacional, y el secretario de estado Colin Powell, se pronunciaron claramente a favor de la acción afirmativa.

Asimismo, este año Bush apoyó una propuesta de enmienda a la constitución de Estados Unidos que prohibiría los matrimonios de parejas del mismo sexo. Pero esto fue más bien una maniobra para consolidar el apoyo entre los votantes de tendencia más conservadora, quienes constituyen una parte importante del Partido Republicano. Al mismo tiempo, el presidente no propuso ni un calendario ni una campaña para acelerar la aprobación de este proyecto de enmienda, que “murió” en el Senado en julio.

Además, Bush y el vicepresidente Richard Cheney se pronunciaron a favor de uniones civiles para parejas homosexuales. Poco antes de las elecciones, Bush criticó la plataforma del Partido Republicano por oponerse a las uniones civiles para gays y lesbianas. “No creo que debemos negarle el derecho a la gente a una unión civil, un arreglo legal, si es lo que decide un estado”, dijo Bush en una entrevista el 25 de octubre en el programa televisivo “Good Morning America”. “Considero que la definición del matrimonio es diferente de los arreglos legales que permiten que la gente tenga derechos”.

Esto parece ser una opinión mayoritaria en la opinión pública. A pesar de que en 11 estados se aprobaron referéndums que prohiben el matrimonio de homosexuales, según una encuesta del centro de investigaciones Pew realizada después de las elecciones, el 60 por ciento de los residentes de Estados Unidos están favor de algún tipo de reconocimiento jurídico para las parejas homosexuales.

Las posiciones de Kerry sobre cuestiones sociales no difirieron mucho de las de Bush. Durante la campaña, Kerry afirmó que él era católico y dejó claro que se opone al aborto, al tiempo que aseguró que no votaría a favor de revocar la decisión de la Corte Suprema de 1973, Roe v. Wade, la cual despenalizó el aborto.

Todos estos factores explican por qué fue reelecto Bush. También confirman que los trabajadores no son más propensos a verse atraídos al liberalismo imperialista que al conservadurismo imperialista. En ambos casos, los trabajadores y los oprimidos salen perdiendo.

Dada la falta de una dirección proletaria de masas, el pueblo trabajador normalmente no vota en base al “programa” sino en base al “individuo”.

En la medida que los trabajadores votan -y el “electorado”, en la democracia burguesa, es desproporcionadamente de clase media-éstos ante todo buscan una salida ante las condiciones concretas de la vida cotidiana en el capitalismo. Al hacerlo, se ven forzados a escoger entre los partidos gemelos de la burguesía, o a veces un “tercer partido” que se desprende de uno de los otros dos. Además, si “nuestro país” está librando una guerra, los trabajadores tienen que estar muy convencidos antes de cambiar de comandante en jefe.

Esto es lo que explicó la campaña del Partido Socialista de los Trabajadores al ofrecer una alternativa obrera a los partidos capitalistas y decir: “Lo que cuenta no es a quién te opones, sino qué propones”.


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