
UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR octubre de 2004 Vol. 28 No. 9
Especial
Organizando a los desempleados
Capítulos 8 y 9 del libro ‘Fuerza Teamster’ por Farrell Dobbs
POR FARRELL DOBBS
[Perspectiva Mundial está publicando por entregas el
libro Fuerza Teamster, traducción de Teamster Power por Farrell
Dobbs. Este es el segundo en la serie de cuatro tomos sobre las huelgas y
campañas de sindicalización así como las luchas políticas que en los años
30 transformaron al sindicato Teamsters en Minnesota y en gran parte del
movimiento obrero de la región del Medio Oeste de Estados Unidos en un
combativo movimiento social. Dobbs, el narrador, fue uno de sus principales
dirigentes. La editorial Pathfinder publicó una edición en español del primer
tomo, Rebelión Teamster, a principios del año. A continuación
publicamos los capítulos ocho y nueve del libro. El texto se refiere a Daniel
Tobin, presidente de la Hermandad Internacional de Teamsters (IBT), que estaba
afiliada a la Federación Americana del Trabajo (AFL). Los subtítulos son de Perspectiva
Mundial. Copyright © 2004 por Pathfinder Press; se publica con
autorización.]
Capítulo VIII:
Sección de Trabajadores Federales
Existía una esfera importante en la cual gozábamos de una
completa ventaja sobre Tobin.
Como la mayoría de los burócratas de la AFL, él no quería
tener nada que ver con los desempleados. Para él estos trabajadores no eran
más que una chusma, rompehuelgas en potencia, con quienes ningún sindicalista
“responsable” debía involucrarse. Si algo había que hacer por ellos
-sostenían los de su opinión-, que sean las agencias de asistencia social las
que asuman toda responsabilidad. Por un tiempo la jerarquía de la AFL se opuso
hasta al seguro de desempleo.
Nosotros teníamos una perspectiva opuesta, basada en la
realidad objetiva. Millones estaban desempleados a nivel nacional. Todos eran
víctimas del sistema económico capitalista, forzados a vivir en circunstancias
miserables bajo las condiciones de depresión. Como trabajadores, merecían
apoyo sindical en una lucha por lograr concesiones sociales de los capitalistas
para mejorar su condición. Esta ayuda no sólo constituiría un acto necesario
de solidaridad de clase, por importante que esto fuera como cuestión de
principio. Era la mejor forma de evitar que los patrones embaucaran a los
desempleados para ocupar los puestos de sindicalistas que salían en huelga. Por
tanto, insistíamos, el movimiento sindical debía hacer todo lo posible para
ayudar a los desempleados.
Esta disputa en cuanto a la política a seguir, sobre lo que
parecería ser un tema inconexo, repercutió directamente en nuestro choque con
Tobin dentro del movimiento sindical. Un bosquejo de los antecedentes de la
lucha de los desempleados aclarará esta conexión.
Después de la caída de la bolsa de valores en 1929, los
despidos en la industria se fueron acumulando poco a poco. Más y más
trabajadores eran desechados a la crisis económica personal. Sin embargo, el
gobierno de Herbert Hoover insistía en considerar la catástrofe social que se
desarrollaba como un interludio temporal de reajuste económico, asegurándole
repetidamente al país que la prosperidad estaba “a la vuelta de la esquina”.
El gobierno federal no hizo nada para prestar ayuda directa a los desempleados.
Los dejaron en las manos poco compasivas de los sistemas locales que entregaban
la ayuda pública. Por lo general estos eran organismos arcaicos que sólo
refunfuñando daban ayuda a los necesitados, haciéndolo de manera que
resultaban experiencias humillantes para los usuarios de la asistencia.
Al principio, los trabajadores que eran víctima de esa
situación la toleraban, tendiendo a aceptar las promesas de Hoover de que sus
dificultades sólo serían temporales. La actividad organizada entre los
desempleados se limitaba principalmente a tácticas de “auto ayuda”. Se
formaron comités para trampear alimentos, ropa y otras necesidades a
comerciantes que estaban dispuestos a contribuir a modo de inversión de buena
voluntad. Se instituyó la búsqueda organizada de trabajitos que resultasen en
unos cuantos dólares. El fruto de esos esfuerzos se compartía entonces
equitativamente entre los que participaban en las actividades.
No tardó para que los comerciantes se tornaran poco
dispuestos a seguir con sus donaciones, que ya les resultaban bastante caras. Se
realizaron entonces esfuerzos entre los grupos de desempleados para desarrollar
sistemas de trueques. Estos se centraban en esfuerzos de producir productos de
consumo sencillos en proyectos organizados al estilo comunal. Por lo general,
los comerciantes que aceptaban comerciar estos productos usaban vales como
método de pago, los mismos eran luego aceptados para la compra de ciertas
mercancías de tiendas que participaban en el plan general.
Después de cierto tiempo este tipo de actividad de “auto
ayuda” comenzó a desvanecerse en un segundo plano. En un grado creciente, los
desempleados comenzaban a darse cuenta que sus dificultades no eran temporales,
que sus problemas no se iban a resolver con recontrataciones tempranas. Esto dio
paso a una tendencia hacia nuevas formas de acción de tipo masivo.
Se desarrollaron técnicas para resistir los desahucios de
los inquilinos por parte de los caseros. Se organizaron manifestaciones
-caracterizadas por una creciente aceleración de su alcance y militancia- para
presionar a los funcionarios municipales, estatales y federales por mejoras en
la asistencia pública. Al mismo tiempo se aclaró que los desempleados no
estaban luchando principalmente por un subsidio. Lo que querían, ante todo, era
tener un empleo regular.
Al realizar su viraje para ejercer presión masiva sobre el
gobierno capitalista, comenzó a crecer la conciencia política entre los
desempleados. Esto dio paso a que partidos radicales fueran logrando cada vez
más influencia dentro del movimiento de los desempleados. Al mismo tiempo, las
posibilidades iban mejorando para que los militantes con conciencia de clase
jugaran un papel dirigente entre los trabajadores que tenían trabajo, muchos de
los cuales se venían volviendo muy combativos. Para 1933, el desarrollo
combinado había avanzado al punto en que era objetivamente posible lograr un
salto cualitativo en la capacidad combativa del movimiento sindical. Si los
trabajadores empleados y desempleados se pudieran captar para apoyar mutuamente
sus luchas respectivas, se podría organizar un cuadro poderoso en oposición a
la clase capitalista.
El reto clave de los revolucionarios en ese periodo
consistía en lograr este objetivo necesario.
Procediendo de manera acorde, los trotskistas dentro del
Local 574 en 1934 habían comenzado a captar a los desempleados a una alianza
con el sindicato. Esto suponía una fuerza considerable. Al medirlo de forma
aproximada, en términos de familias de trabajadores desempleados, casi llegaban
a representar un tercio de la población adulta de la ciudad. Encima de esto
había bajas periódicas en la condición económica de otros trabajadores.
Muchos pasaban ciclos de estar empleados, sólo para ser cesanteados de forma
temporal y verse obligados a existir por un tiempo de la asistencia pública.
Cientos dentro del Local 574 cayeron en esta última
categoría. Estos miembros tenían un interés directo en la lucha que libraban
los desempleados para mejorar su situación y querían que el sindicato
interviniera en la batalla. Miles entre quienes estaban completamente
desempleados, a su vez, sentían una creciente afinidad con el Local 574. Se
daban cuenta de que si ayudaban a que el sindicato se estableciera como una
fuerza en la ciudad, se daría paso a lograr apoyo cualitativo para sus propias
luchas. Considerados en su totalidad, estos factores interrelacionados hacían
posible forjar un frente único poderoso dentro de la clase trabajadora.
Para asegurar una alianza firme con los desempleados, se
necesitaban medidas para demostrar que no se trataba de un asunto unilateral. Se
tenía que movilizar apoyo sindical en la lucha para mejorar la asistencia
pública. Se tenía que mantener una colaboración en los proyectos federales de
trabajos temporales que había establecido [el presidente estadounidense
Franklin] Roosevelt. A la vez era necesario desarrollar una cooperación
estrecha con los dirigentes de los desempleados al planificar su ayuda en la
lucha del Local 574 contra los patrones del camionaje.
En torno a esto surgió un problema táctico debido a la
política seguida por el Partido Comunista. Los estalinistas habían logrado
cierta influencia entre los desocupados al crear consejos de desempleados. A los
trotskistas no se les había admitido en estas formaciones, que estaban bajo un
rígido control del PC y funcionaban conforme a la línea ultraizquierdista que
éste seguía aún en 1934. Era de esperarse que en vez de ayudar a promover la
unidad obrera los estalinistas usarían estos consejos como un arma para los
ataques facciosos contra el Local 574 dirigido por los trotskistas. Por lo
tanto, había que desarrollar la forma de superarlos por los flancos en el
movimiento de los desempleados.
Ese objetivo se logró por medio del Consejo Central de
Trabajadores de Minneapolis (Minneapolis Central Council of Workers-MCCW). Este
era un cuerpo delegado de representantes de las formaciones de desempleados,
algunos sindicatos, grupos políticos sindicales y otras organizaciones obreras.
El MCCW había sido creado con el propósito expreso de luchar por los
desempleados y gozaba del patrocinio de la Unión Central del Trabajo de la AFL.
Mediante este organismo el Local 574 pudo desarrollar relaciones de trabajo
sumamente eficaces con los desempleados basadas en la colaboración recíproca
en todos los ámbitos de la lucha.
Los trabajadores desempleados se unieron en tropel a los
piquetes de los Teamsters en la huelga de mayo y en la de julio y agosto de
1934, causando muy buena impresión en la batalla. El sindicato, por su parte,
durante este periodo los respaldó en sus luchas en los proyectos federales de
la Administración de Asistencia de Emergencia (Emergency Relief
Administration--ERA). Esta alianza dinámica le otorgó la victoria al Local 574
en su conflicto con los patrones del camionaje, y en el transcurso de la
acción, la membresía del MCCW alcanzó la cifra sin precedentes de 4 mil.
Sin embargo, se desarrolló un nuevo problema cuando la
resolución de la huelga de 1934 resultó en un declive repentino del ritmo de
la acción de masas. El cambio de ambiente provocó que muchos de los
desempleados, que habían respondido a la dramática lucha sindical, cayeran en
la inactividad. En el movimiento de los desempleados sobrevino una pausa y la
membresía del MCCW sufrió una caída drástica. Esta experiencia subrayó la
necesidad de tener más estabilidad en la organización de los desempleados.
También verificó la opinión del Local 574 de que la organización de los
trabajadores desempleados bajo un patrocinio sindical se había convertido en
una necesidad absoluta.
Nosotros sosteníamos que esto se podía hacer de tal forma
que permitiría que los desempleados conservaran su propia formación aparte,
así como sus derechos democráticos plenos. El cambio principal consistiría en
su afiliación con el movimiento sindical. Mediante esta medida se le
impartiría la estabilidad interna necesaria al movimiento de los desempleados.
Al mismo tiempo, se lograría una nueva ventaja por medio de la ayuda sindical
directa al luchar para impulsar los intereses de los trabajadores desempleados.
Esta perspectiva contó con la aprobación de los dirigentes
del MCCW, quienes expresaron su disposición para disolver su organización
dentro de una nueva formación sindical del tipo que proponíamos.
También se acordó que se debían realizar esfuerzos para
que la Unión Central del Trabajo (CLU) de la AFL se responsabilizara de la
nueva medida. Había muchos miembros desempleados entre sus distintos sindicatos
afiliados, todos los cuales necesitaban el apoyo colectivo del movimiento
sindical que mejor se pudiera organizar a través de ese organismo central. Con
ese fin los delegados del Local 574 presentaron una resolución ante la CLU. Fue
aprobada con un voto mayoritario y se formó un comité para que formulara la
política de esta nueva forma de actividad sindical propuesta. Tobin revocó
entonces nuestra carta constitutiva, la CLU se echó atrás en su compromiso, y
la tarea recayó completamente en nuestro sindicato “ilegal”.
Una vez más, el Local 574 estaba por emprender una acción
pionera diseñada a aumentar la fuerza combativa de la clase trabajadora.
En los estatutos del local se establecieron ciertos
lineamientos básicos para el proyecto. En la sección pertinente se leía: “Es
deber de los sindicatos ayudar a los trabajadores desempleados a organizarse y
mejorar su condición de vida. Para cumplir esta obligación el sindicato
mantendrá una sección auxiliar de trabajadores desempleados que se conocerá
como la Sección de Trabajadores Federales del Local 574. Esta sección
funcionará bajo la supervisión directa de la Junta Ejecutiva del sindicato y
contará con la plena asistencia del sindicato. Los miembros de la Sección de
Trabajadores Federales no tendrán voz ni voto en las asambleas regulares del
sindicato”.
Había varias razones para esta última disposición. La
afiliación en la Sección de Trabajadores Federales (Federal Workers
Section-FWS) no estaba limitada a los miembros del Local 574 que habían sido
cesanteados. Sus filas estaban abiertas a todos los desempleados de la ciudad,
incluso desocupados que militaban en otros sindicatos. Por tanto iba a ser una
formación heterogénea y, se esperaba, numerosa. Tal cuerpo no se podía
incorporar formalmente al sindicato con voz y voto. Eso habría distorsionado el
carácter básico del local como una organización de trabajadores empleados en
la industria del camionaje. Los problemas resultantes habrían debilitado la
base sindical sobre la cual había que organizar al movimiento de desempleados.
Por tanto el nuevo cuerpo se debía estructurar como una sección auxiliar del
local.
Se emitieron insignias y carnets de afiliación sindical
especiales a los trabajadores que se unían a la FWS. Ellos cotizaban 25
centavos por mes, que era todo lo que podían pagar. Otros fondos requeridos
para realizar las actividades necesarias proveían a través de subsidios del
Local 574 y, después de un tiempo, a través de donaciones de otros sindicatos.
Se celebraban reuniones regulares de la sección en las que los miembros
elaboraban un programa y formulaban un curso de acción para lidiar con sus
problemas específicos como trabajadores desempleados.
Conforme se encaminaban a la batalla con las autoridades
públicas, estos trabajadores ahora gozaban de ventajas sin precedentes. Habían
logrado establecer un equilibrio organizativo a partir de su contacto estrecho
con un sindicato estable. A su disposición tenían ayuda de liderazgo de
guerreros de clase experimentados que estaban en la junta ejecutiva del Local
574. En realidad, la junta asignaba a uno de sus miembros a trabajar de forma
regular con los desempleados, usualmente se trató de Grant Dunne. Él no sólo
consultaba con los dirigentes del FWS sobre sus problemas, sino que una de sus
funciones era también asistirlos en sus tratos con funcionarios municipales,
estatales y federales. Como él hablaba en nombre del sindicato en su conjunto,
el papel de Grant servía para recalcar que a los desempleados los respaldaba la
fuerza plena del Local 574.
En el curso de un periodo de meses se forjó un plantel
eficaz para la Sección de Trabajadores Federales. Ninguno de quienes lo
componían era un funcionario salariado. En lo económico, todos se las
arreglaban del mismo modo que los desempleados, ya sea con asistencia pública o
por medio del proyecto federal de empleos temporales.
Una parte importante del plantel consistía de ex dirigentes
del MCCW. Entre ellos estaban Ed Palmquist, Carl Kuehn, Roy Orgon, George Viens,
Louis White. Marvel Scholl pasó también a integrar el plantel, en el que
funcionaba como los demás, sin compensación.
La dirección política dentro del plantel de la FSW recayó
principalmente en Max Geldman, quien había sido trotskista desde 1930. Desde un
principio jugó un papel clave en las luchas que condujo la sección. Además,
fue instrumental para reclutar a la mayoría de los ex dirigentes del MCCW y a
varios miembros de filas de la FWS al Partido de los Trabajadores. Este último
logro añadió una nueva dimensión a la construcción de una amplia ala
izquierda dentro del movimiento sindical.
Tan pronto el FWS se había preparado para la acción, se
lanzó una lucha para mejorar el sistema de asistencia pública. Había muchos
males que combatir. Los usuarios del sistema de asistencia recibían un trato
insolente de parte de los investigadores y funcionarios municipales. La
discriminación de trabajadores individuales que vivían de la asistencia era
cosa común. A las familias necesitadas las echaban de sus hogares porque el
Departamento de Asistencia había evadido el pago de subsidios de alquiler.
Tales prácticas, que aumentaban la miseria de los
desempleados, se acabaron mediante la presión que la FWS puso sobre los
funcionarios municipales. Al mismo tiempo se inició una batalla para lograr
mejoras de importancia a los presupuestos asignados a las familias que recibían
asistencia. Marvel Scholl escribió posteriormente sobre varios aspectos de esta
lucha.
“Dorothy Holmes [quien luego se casó con Henry Schultz] y
yo colaboramos para renovar y conseguir incrementar el presupuesto de
asistencia, en término de demandas específicas que se le plantearon a las
autoridades”, escribió. “Eso lo hicimos con ayuda de los miembros del
claustro y los estudiantes de la Escuela de Agronomía de la Universidad de
Minnesota. El viejo presupuesto bajo el que vivían los desempleados era
totalmente inadecuado. Por ejemplo, se basaba en las necesidades calóricas
mínimas (y quiero decir mínimas) de los distintos grupos de edades dentro de
la familia. Los varones adolescentes recibían la dieta calórica más alta. A
las jóvenes y a los niños más pequeños --incluso los bebés--, madres y
padres les tocaba mucho menos. Pero incluso las cantidades mayores asignadas a
los varones adolescentes eran completamente inadecuadas.
“Cuando teníamos elaborado un presupuesto alimenticio, la
Sección de Trabajadores Federales lo presentó al Consejo Municipal. Algunos
miembros del consejo intentaron hacer caso omiso de nuestras propuestas alegando
de que no tenían fondos para costearlas. Nosotros les respondimos: ‘Agarren
los fondos para la asistencia de los que los tienen, los ricos’. Nuestra
respuesta provocó un vigoroso aplauso de los trabajadores desempleados que
habían llenado la cámara del Consejo para la audiencia. En nuestra lucha
también recibimos ayuda amistosa de los dos concejales del Partido de los
Agricultores y Trabajadores, I.G. Scott y Ed Hudson.
“Se requirieron tres de esas sesiones”, añadió Marvel,
“antes que el Consejo cediera. El presupuesto alimentario se amplió. Además,
logramos acción en torno a nuestras demandas para que se aumentaran los
presupuestos de los subsidios de alquiler, ropa, servicios públicos, carbón y
medicinas. Ahora Minneapolis contaba con el presupuesto de asistencia más alto
del país y los desempleados tenían una organización capaz de hacer que se
cumpliera”.
Su último punto lo destacó un episodio que sucedió poco
después. La clase gobernante intentó denegar la victoria de los trabajadores
presionando al Consejo Municipal para “mantener en vilo” los prometidos
aumentos en asistencia. Una mayoría del Consejo Municipal cedió ante las
presiones de los patrones y todo el asunto quedó en el aire. La FWS respondió
haciendo un llamado para una manifestación de desempleados frente a la
alcaldía, la cual se realizó el 18 de septiembre de 1935. La policía atacó a
los manifestantes, pero éstos no se dejaron amedrentar, dejando claro que los
actos intimidatorios no resolverían los asuntos en disputa. A este
enfrentamiento siguió un tira y afloja en el que, paso a paso, la FWS logró
ganar mejoras en las condiciones de los trabajadores obligados a vivir de la
asistencia pública.
La FWS también prestó atención a otro tipo de asistencia
administrada a través del Departamento de Asistencia Pública del Condado de
Hennepin, conocida como Ayuda para Niños Dependientes (ADC). A principios de la
década de 1930 esta asistencia suponía subsidios de 20 dólares mensuales, por
cada niño, para las mujeres cuyos maridos habían fallecido o las habían
dejado. Un relato de las dificultades que estas mujeres enfrentaban se encuentra
entre las memorias de Marvel Scholl antes mencionadas.
“A quienes recibían ADC las sometían a un mayor
hostigamiento que los usuarios regulares de la asistencia”, observó. “Aunque
ellas no recibían un subsidio para su propia subsistencia, no se les permitía
trabajar mientras estuvieran en el programa. Cualquier indicio de que en ese
hogar viviese un hombre era razón para el retiro inmediato del subsidio. Se
sabía que los investigadores del ADC llegaban en medio de la noche, intentando
pescar a un hombre en la cama de la madre; registraban las casas buscando ropa
de hombre, pipas, etcétera.
“Otra organización que en Minneapolis colaboraba de forma
estrecha con el ADC era una ‘caridad’ privada conocida como la Asociación
Protectora de Niños. Su objetivo principal era separar familias, especialmente
las de mujeres que recibían ADC. Cuando sus agentes le caían a una mujer
--principalmente a través de la ADC-- husmeaban en el barrio, entrevistaban
vecinos y comerciantes, armaban su caso y luego arrastraban a la madre a los
tribunales para quitarle a sus hijos.
“Nuestras miembros siempre nos informaban de estos casos.
Teníamos una regla cardinal. Hacíamos nuestra propia investigación, basando
siempre nuestras decisiones en lo que era mejor para el niño. Y nuestras
miembros sabían y entendían esto desde un comienzo.
“Después nos presentábamos en el tribunal con la miembro.
El juez del Tribunal de Niños había desarrollado un odio sano hacia los
investigadores de la ‘Asociación Protectora’, y en presencia nuestra los
llamaba ‘solterones fisgones, tanto los hombres como las mujeres’. Le dio
por ir convocándonos, a George Viens y a mí, a su despacho antes de que se
presentara un caso, para discutirlo con nosotros y solicitar nuestra opinión.
“En todos los casos en que nos presentábamos en nombre de
una de nuestras miembros le otorgaban la custodia formal a un representante del
sindicato y nosotros poníamos al niño en la ‘casa de acogida’ de su madre.
Así se evitaron muchas tragedias. Farell y yo, por ejemplo, en determinado
momento, juntos y por separado, éramos tutores de 14 niños.
“A veces”, añadió Marvel, “cuando la enfermedad de
una madre hacía necesario que por un tiempo pusiéramos a los niños en un
verdadero hogar de acogida, nos enfrentábamos con un dilema. Ninguna de las
pensiones existentes nos resultaba satisfactoria. Entonces establecimos una
propia. Hicimos un llamado a las familias del sindicato, algunas con hijos
propios, otras cuyos hijos habían crecido y habían dejado la casa. Media
docena de familias sometieron solicitudes y fueron aceptadas como pensiones por
la agencia oficial. Pusimos a nuestros pupilos en estos hogares sindicales”.
Mientras peleábamos con las autoridades en torno a dichos
problemas, también estábamos organizando los trabajadores de los proyectos de
la Administración de Asistencia de Emergencia (ERA) del gobierno federal. Estos
proyectos de empleos temporales representaban poco más que un gesto simbólico
para la fuerza laboral desempleada. La cantidad de trabajos disponibles era
limitada, como lo era también el tiempo que duraban. Los sueldos se mantenían
a un mínimo absoluto de subsistencia. Prevalecían las condiciones de taller
abierto, donde los pelotilleros del gobierno trataban de forma despótica a los
trabajadores.
Los desempleados asignados a estos proyectos --a quienes se
llegó a conocer como “trabajadores federales”-- necesitaban una
organización similar a un sindicato para protegerse. Una de nuestros objetivos
claves era ayudar a satisfacer esa necesidad, fortaleciendo así los lazos entre
empleados y desempleados. Fue por eso que el Local 574 nombró su unidad
especial de desempleados la Sección de Trabajadores Federales (FWS).
Conforme el reclutamiento de la FWS procedía dentro de los
proyectos de la ERA, se tomaron medidas para prepararse para la acción. En cada
proyecto, los trabajadores elegían delegados para que manejaran sus quejas.
Estos delegados sostenían entonces discusiones colectivas para preparar
recomendaciones de política a presentársele a todos los miembros de la
sección. Apenas comenzaba este proceso cuando a mediados de 1935 Roosevelt
desbarató su programa de la ERA y cambió todo el sistema federal de
asistencia.
La acción de Roosevelt partía de la misma política
fríamente calculada que había seguido con regularidad. Su meta era proveer en
asistencia federal apenas suficiente para evitar un levantamiento de envergadura
entre los desempleados: y nada más. Para mantener la situación bajo control
dentro de este marco contradictorio, desarrolló un patrón cíclico de
operaciones. Había comenzado con el establecimiento de una Administración de
Obras Civiles pocos meses después de que asumió la presidencia en 1933.
Los desempleados reaccionaron a esta medida inicial con un
nuevo sentido de esperanza, pensando que el gobierno federal de verdad iba a
resolver sus problemas. Entonces gradualmente quedó claro que no iba a ser
así. No todos los desempleados recibieron asistencia federal y los que la
recibieron recibían muy poco. Comenzaron a presionar al gobierno para que se
aumentara la asistencia, y se formaron organizaciones de desempleados en base a
esta lucha. Por un tiempo, ante estas presiones Roosevelt hizo concesiones a
regañadientes, aunque se resistió a hacerlo palmo a palmo y en realidad
concedió muy poco.
Luego, a principios de 1934 él volcó toda la situación a
su favor al descartar el plan original de asistencia. Se realizó entonces una
transición hacia un nuevo plan de asistencia federal llamado Administración de
Asistencia de Emergencia. Con la confusión creada adrede por el gobierno
durante el proceso de cambio, los trabajadores sufrieron varias pérdidas.
Algunos de los logros económicos que habían conquistado previamente
desaparecieron en el desbarajuste. Las organizaciones existentes de desempleados
quedaron echas un desorden, y muchas tendieron a desintegrarse. En general, los
desempleados se vieron en la necesidad de reorganizarse, superar la
desmoralización que provocaron las artimañas de Roosevelt, y comenzar de nuevo
de cero en la lucha por sus derechos.
Para mediados de 1935 habían logrado reanimar su lucha a
nivel nacional al grado que estaban presionando de forma vigorosa para lograr
concesiones federales. Entonces el gran liberal en la Casa Blanca decidió
desbaratar la lucha repitiendo el ciclo de 1934. Se echó a andar una
transición para pasar de la ERA a un nuevo arreglo federal llamado la
Administración de Progreso de Obras (Works Progress Administration--WPA).
Fue precisamente en este momento que quedó demostrada la
eficacia insólita de una organización de desempleados patrocinada por un
sindicato. A los miembros de la Sección de Trabajadores Federales no se les
dejó ir a la deriva y sin timón en la nueva situación, como sucedió a la
mayoría de los desempleados. Su asociación con un sindicato fuerte se
convirtió para ellos en un factor estabilizador en su momento de crisis.
Concretamente esto significó que recibieron ayuda eficaz para actuar con
rapidez para volver a movilizar a los desempleados en general para continuar su
lucha.
Tan pronto comenzaron los nuevos proyectos de la WPA, la FWS
lanzó una campaña organizativa entre los trabajadores afectados. A esto
siguieron las elecciones de representantes sindicales en todos los proyectos, lo
que condujo a una estructura de representación sindical similar a la que el
Local 574 había establecido en la industria del camionaje. Luego comenzó una
lucha para la resolución de quejas presentadas por los trabajadores, de las
cuales había muchas.
A los trabajadores desempleados los iban eliminando por
completo de las listas de asistencia de la ciudad y los ponían a trabajar bajo
el nuevo arreglo de la WPA. En muchos casos había grandes intervalos entre el
último cheque de asistencia y el primer día de pago en la WPA. Después de
mucho jaleo las autoridades municipales se vieron forzadas a suspender su
práctica de eliminar tan precipitadamente a esos trabajadores de las listas de
asistencia, y se logró compensación para los que habían sido víctima del
trato injusto.
Se planteó una queja general que afectaba a todos los que
estaban en la WPA sobre el nivel de pago. La paga era de $60.50 por mes,
verdaderamente un nivel de hambre. En realidad, estaba por debajo del nivel
presupuestario que la ciudad de Minneapolis se había visto forzada a establecer
para los usuarios de la asistencia. Como resultado, los trabajadores que eran
transferidos de la asistencia directa --pagada por la ciudad--, al sistema
federal de “asistencia por trabajo” sufrían un recorte automático de
ingresos.
La FWS se dio a la tarea de bloquear esta estafa movilizando
a los trabajadores en torno a una demanda dirigida a los padres de la ciudad: o
consiguen que la WPA pague más o brinden ayuda suplementaria para los que
están en la WPA. Nuestra campaña fue eficaz. La ciudad accedió a los pagos
suplementarios, aumentando el total que recibían los trabajadores de la WPA al
nivel de lo que hubiesen recibido si se mantuvieran asistencia directa.
Para entonces, la Sección de Trabajadores Federales se
estaba estableciendo como la principal organización de desempleados de la
ciudad. Estaban ingresando nuevos miembros por centenares. Algunos nunca antes
se habían asociado con un sindicato; otros entre estos desempleados eran o
había sido miembros de las diversas organizaciones de la AFL. Todos eran fieles
partidarios del Local 574, sin un solo amigo de Tobin entre ellos.
Estábamos captando a toda una nueva categoría de aliados en
la lucha del local por su supervivencia.
Capítulo IX:
Nueva ola de huelgas
Estaba por llegarnos más apoyo aún desde otro terreno. En
toda la ciudad los trabajadores empleados estaban pasando por un auge de
militancia que conducía a una nueva ola de huelgas. Su estado de ánimo
combativo se derivaba de las frustraciones provocadas por la política de la
clase dominante durante los dos años anteriores.
Roosevelt había lanzado su programa “Nuevo Trato” (New
Deal) en 1933 con promesas de que se podría hacer algo realmente significativo
a favor de los “mal alimentados, los faltos de vestido, los mal albergados”
de la nación. Su demagogia despertó grandes expectativas entre los
trabajadores. Esto los llevó, en un principio, a depender del gobierno para
resolver sus problemas. Luego comenzaron a aprender, mediante una serie de
experiencias, de que no podría haber substituto a su propia acción.
Una de estas experiencias tuvo que ver con la Ley de
Recuperación Industrial Nacional (National Industrial Recovery Act--NRA),
que estuvo entre las medidas iniciales instituidas por Roosevelt. Tipificando
las normas del capitalismo, el principal objetivo de la ley era cebar la
economía al aumentar las ganancias privadas. Los propagandistas de Washington
embellecían tal objetivo como una medida que traería beneficio “público”.
Se establecieron códigos de la NRA para una “competencia
leal” con miras a poner fin al competitivo recorte de precios entre los
capitalistas, a quienes se les encomendó “regularse a sí mismos”. Se
instituyó una política de “dinero fácil” para aumentar los niveles de
ganancia. Esto, por supuesto, resultó en alzas de precios.
En cuanto a los trabajadores, se estipularon códigos para
establecer salarios mínimos y horas máximas. Sin embargo, las verdaderas
decisiones sobre estos asuntos se dejaban enteramente a los patrones en cada
industria. Según la ley, a los trabajadores no les correspondía voz en
absoluto.
La Sección 7(a) de la NRA sí daba garantías sobre el papel
del derecho de los trabajadores a organizarse y negociar colectivamente con los
patrones. No obstante, en la práctica el gobierno de Roosevelt buscó impedir
las luchas que emprendían los sindicatos. Su objetivo era desviar los
conflictos industriales hacia el pantano de la mediación gubernamental, siempre
a costa de los trabajadores. Como resultado comenzaron a acumularse pruebas de
que el “Nuevo Trato” no era más que una jugarreta contra los trabajadores.
No obstante, estos logros obtenidos bajo la NRA no
satisfacían a los avaros capitalistas. Ellos querían ganancias aún mayores.
Por eso se dieron a la tarea de frenar la autoridad que le habían permitido
asumir a Roosevelt en 1933. En aquel entonces había habido un gran temor entre
los patrones de que una severa depresión económica podría precipitar un
levantamiento obrero de tal magnitud que amenazaría su régimen sobre el país.
Su desorden y su alarma los había hecho dar rienda suelta, de forma temporal,
al presidente entrante para hacer lo que pudiera para rechazar el peligro.
Ahora la situación había cambiado. Con la ayuda de la
jerarquía de la AFL, el demagogo en la Casa Blanca estaba desacelerando la
tendencia objetiva que había hacia la revolución obrera. Aunque aún no
habían echado atrás dicha tendencia, los capitalistas estaban recuperando su
confianza. Eso los animó a presionar por el retorno de la “libre empresa”
irrestricta.
Para conseguir su objetivo los acaparadores de ganancias
acudieron a la Corte Suprema de Estados Unidos. La respuesta que dio ese augusto
organismo a sus demandas ilustraba su servilismo a la clase dominante. En mayo
de 1935 la corte declaró que la NRA era inconstitucional.
El siguiente paso de Roosevelt en lo referente al frente
sindical fue hacer que el Congreso aprobara la Ley Wagner de Relaciones
Laborales, con cuya firma se promulgó como ley en julio de 1935. La nueva
medida requeriría formalmente que los patrones negociaran con los sindicatos
que representaran a la mayoría de sus empleados. Se estableció una Junta
Nacional de Relaciones Laborales para la mediación de disputas industriales.
Además se estableció una categoría de “prácticas laborales injustas”,
que servía como medio para poner tales disputas bajo la jurisdicción de
tribunales federales. Supuestamente esta última cláusula apuntaba contra los
patrones, pero con el tiempo se pasó a utilizar cada vez más contra los
trabajadores.
Los funcionarios sindicales colaboracionistas de clases
alababan la Ley Wagner como la “Carta Magna del Trabajo”. Esto, por
supuesto, era un disparate absoluto. Sus elogios profusos de la nueva ley eran
en realidad expresión de esperanzas de que la misma les permitiera mantener
embaucados a los trabajadores, confiando en que el gobierno capitalista pudiera
sustituir el uso de la fuerza sindical contra los patrones.
Sin embargo, en Minneapolis los funcionarios derechistas de
la AFL no iban a tener mucha suerte en ese sentido. Grandes números de
trabajadores, quienes nunca habían estado organizados, adquirieron una idea de
su fuerza de clase inherente con la victoriosa lucha del Local 574 en 1934.
Luego habían visto a los trabajadores de la Arrowhead y de los garajes
organizarse y ganar huelgas por el reconocimiento sindical, lo cual también
resultó en logros materiales inmediatos para los involucrados. Ahora los
trabajadores no sindicalizados estaban listos, en números crecientes, para
entrar en acción en favor propio.
Muchos se sumaban a la AFL. Al hacerlo presionaban a los
funcionarios sindicales para que los dirigieran en la batalla contra los
patrones. En realidad, esa tendencia estaba a punto de resultar en dos huelgas
reñidas. Ante el impacto de esas luchas, los deseos irresistibles de medirse
con los patrones se esparcieron a otros trabajadores y se desarrolló un nuevo
curso a seguir. En algunos casos los trabajadores no sindicalizados simplemente
se iban a la huelga de forma espontánea. Luego venían al movimiento sindical
en conjunto, pidiendo ayuda para pertrecharse debidamente para la batalla.
En general, los trabajadores que participaban en las luchas
que se desencadenaban reconocían instintivamente que necesitaban orientación
de dirigentes sindicales con una capacidad de lucha probada. No querían tener
nada que ver con colaboracionistas de clase que daban la coba a la clase
patronal. Eso naturalmente los conducía a pedir ayuda del Local 574, y les
importaba un bledo que Tobin nos hubiese declarado “proscritos”.
Estos acontecimientos estuvieron acompañados de un cambio en
el gobierno municipal.
En las elecciones municipales de junio de 1935 el alcalde
Bainbridge, cuyo papel de rompehuelgas le valió el odio de la clase
trabajadora, intentó conseguir la reelección. Un movimiento sindical
despabilado se lanzó en apoyo de Thomas E. Latimer, candidato del Partido de
los Agricultores y Trabajadores para el cargo. Latimer resultó electo, haciendo
creer a la mayoría de trabajadores de que ahora tenían un alcalde que se
pondría de su lado contra los patrones. Sin embargo, las cosas no resultaron
así. Latimer pronto demostró ser tan escurridizo y traicionero en un cargo
público como lo había sido el gobernador Olson durante las huelgas de 1934.
Un avance de lo que vendría en este sentido se podía
apreciar en un artículo del Minneapolis Tribune del 30 de junio
de 1935: “La flotilla de seis carros blindados para el uso de la policía al
librar la guerra contra los asaltantes de bancos está por completarse y estará
lista para su uso la semana próxima. La mitad del costo de los autos blindados
la contribuyeron los banqueros y empresarios de Minneapolis”.
Bajo un encabezado que advertía, “Se vislumbran problemas”,
el Northwest Organizer respondió a la noticia planteándole una pregunta
retórica al movimiento sindical: “¿Dudan ustedes que estos autos blindados
se van a usar, principalmente, no contra asaltantes de bancos, sino contra los
trabajadores que están en huelga?”
Latimer no demoró mucho en responder.
Apenas acababa de asumir el cargo cuando 250 trabajadores de
rejerías salieron en huelga en ocho talleres de la ciudad. El paro lo condujo
el Local 1313 de la Asociación Internacional de Mecanometalúrgicos
(International Association of Machinists--IAM, afiliada a la AFL). Las
reivindicaciones que se le plantearon a los patrones se enfocaban en el
reconocimiento sindical, así como mejoras de salarios y condiciones laborales.
A pesar de que una delegación de huelguistas llegó pronto
al Local 574 con un pedido formal de ayuda, hubo resistencia dentro del Local
1313 cuando intentamos responder. Eso procedía de los estalinistas. Desde su
viraje reciente en la línea sindical, habían logrado introducirse en los
locales de los mecanometalúrgicos. Ahora querían utilizar el paro en el hierro
ornamental para fortalecer su base sindical y consideraban cualquier
intervención de parte nuestra como un obstáculo a sus ambiciones políticas.
Sin embargo, la lucha pronto dio un vuelco con el que les resultó imposible
mantenernos fuera de la situación.
Una de las firmas más grandes implicadas era la Rejería
Flour City, ubicada donde el Ferrocarril Milwaukee cruzaba la 27 Avenida Sur. El
jefe principal, Walter Tetzlaff, era prominente en los consejos de la Alianza
Ciudadana. Buscó romper la huelga, y como un paso preparatorio había obtenido
una orden judicial contra las líneas de piquete.
La siguiente medida contra el sindicato llegó la mañana del
26 de julio. El alcalde Latimer se apersonó a la planta de Tetzlaff,
acompañado de unos 70 policías. Estos escoltaron al interior a un par de
docenas de esquiroles, sin dificultad alguna para cruzar la pequeña y
sorprendida línea de piquete. La acción rompehuelgas constituyó un desafío
para todo el movimiento sindical, y los estalinistas ya no podían mantenerla
como una lucha privada, incluso aunque así lo hubiesen querido.
Cuando se corrió la voz sobre el acto traicionero de
Latimer, el Local 574 se lanzó a la acción. Como un primer paso, Henry Schultz
y yo fuimos a consultar con los dirigentes del Local 1313 en el cuartel general
de la huelga cerca de la planta Flour City. Nos pareció que allí el ambiente
era pesimista.
Los estalinistas entendían que había que llevar refuerzos,
si es que se iba a luchar, pero sus políticas pasadas los habían aislado tanto
del movimiento de masas que no sabían por dónde empezar tal esfuerzo. Lo
único que habían hecho era arreglar una cita por la tarde con Latimer para
protestar su acción. Les preguntamos sobre los esquiroles y nos dijeron que el
sindicato esperaba que fueran escoltados de la planta a las 4:30 esa tarde. Esta
información dio la pauta para nuestra intervención. Lo que la situación
pedía era la presencia de un gran comité de bienvenida para recibirlos.
El Local 574 rápidamente puso en marcha su maquinaria para
movilizar voluntarios, incluso con un llamado de la Sección de Trabajadores
Federales pidiendo ayuda de parte de los desempleados. Se contactaron otros
sindicatos militantes y también ellos respondieron a la emergencia. Para las
4:30 se contaba con más de mil piquetes en la planta.
A la hora señalada llegaron los refuerzos policiales. A unos
cuantos policías los asignaron al lote de la compañía donde estaban
estacionados los autos de los esquiroles y al resto lo concentraron en el
portón principal de la planta. Era fácil percibir qué intentarían como
táctica. Llevarían los autos hasta la entrada, uno por uno. Allí, bajo la
protección de la policía, los esquiroles se podrían amontonar en los autos, y
estos pasarían volados por la línea de piquete.
Nosotros preparamos lo que demostró ser una contramedida
eficaz. Sólo una parte reducida de los piquetes se ubicó a la entrada. Nuestra
fuerza principal se utilizó para formar una doble fila a lo largo de la 27
Avenida, por donde los autos de los esquiroles tendrían que pasar. Esto dio a
los policías una idea errada de la fuerza sindical y se quedaron más
confundidos aún por la táctica de diversión que utilizamos.
Entre los piquetes voluntarios estaba Elmer Crowl, un
funcionario del sindicato de los gremios de la construcción. Era un luchador,
aunque como un toro, tenía sólo una técnica de batalla; consistía en agachar
la cabeza y embestir. En algunas ocasiones esta tendencia había causado
problemas. Sin embargo, en este caso, un aspecto negativo se podía tornar en un
rasgo positivo.
Se permitió que Crowl tomara el mando de los piquetes a la
entrada de la planta. Cuando la policía empezó a sacar a los esquiroles, él
dirigió en el acto una embestida contra ellos. Eso mantuvo al comando de la
policía tan ocupado que apenas si se fijaron a dónde estaban enviando los
autos llenos de esquiroles.
La principal fuerza sindical, que se había encontrado unas
piedras en el vecindario, había preparado la verdadera recepción. Los piquetes
se alinearon a lo largo de un tramo bastante largo de la planeada ruta de
escape. Cuando los autos empezaron a salir de la planta, se les dio una tunda
que los esquiroles que iban dentro no iban a olvidar pronto.
Tal respuesta eficaz por parte de otros en el movimiento
sindical, en un momento en que los huelguistas necesitaban muchísima ayuda, les
dio una nueva inspiración. En lugar de debilitar al Local 1313, la acción de
Latimer le había dado una nueva fuerza. Para consolidar lo logrado, el comité
de huelga pidió que otros sindicatos enviaran representantes para participar en
sus sesiones, que fue lo que se hizo. Con el cambio de situación, Tetzlaff
abandonó su intento de abrir la planta y por un tiempo la huelga permaneció
tranquila.
Menos de un mes después se desató una nueva batalla, esta
vez en la industria de calceterías. Afectaba a la compañía de hilados
Strutwear Knitting, ubicada en la Sexta Calle Sur, a unas cuadras del centro. La
firma empleaba a unos 1100 trabajadores. Hacía cierto tiempo que Roy Wier,
organizador de la Unión Central del Trabajo, había conducido una campaña para
incorporarlos a la Federación Americana de Trabajadores de Calceterías
(American Federation of Hosiery Workers), AFL. Él había concentrado sus
esfuerzos en organizar a los hombres cualificados que manejaban las máquinas de
hilar; a las trabajadoras, que eran la mayoría de la fuerza laboral, las
habían ignorado.
En realidad, Wier venía procediendo en general de una forma
pensada a medias y vacilante. Esto ayudó a provocar el despido de ocho
manejadores de máquinas por actividad sindical, a modo de advertencia para los
demás trabajadores. Sintiéndose obligado a actuar, Wier dirigió a la
organización para irse a la huelga sin la preparación adecuada. Las
principales reivindicaciones fueron el reconocimiento sindical, la restitución
de los ocho a sus labores y un aumento salarial.
La huelga empezó el 16 de agosto. De los 200 y tantos
tejedores especializados, menos de una docena intentaron romper la huelga. Los
llevaron a la planta bajo protección policiaca, junto a unas 50 empleadas,
quienes habían sido ignoradas por el sindicato y desorientadas por la
propaganda de la compañía. Con esta fuerza mínima, los patrones echaron a
andar la maquinaria, con la esperanza de debilitar la moral de los huelguistas
al dar la impresión de que la producción iba en marcha. Sin embargo, los
trabajadores conocían los ruidos de la fábrica demasiado bien como para que
los engañaran.
Entonces enviaron una notificación a todos los empleados de
que el 19 de agosto se reanudarían por completo las operaciones bajo
protección policiaca y quienes no se reportaran a trabajar serían despedidos.
El movimiento sindical respondió a la amenaza enviando refuerzos a la línea de
piquete. Llegaron sobre todo del Local 574, del Local 1313 de la Sección de
Trabajadores Federales y del sindicato de torneros, que también estaba en
huelga. Para las 6:30 de la mañana del 19 de agosto, se había congregado una
fuerza sindical de más de 500 para respaldar a los huelguistas de calceterías.
Cerca de 100 policías llegaron al poco rato a la planta. Los
acompañaban los autos blindados, que se estaban tomando un día libre en su
persecución de asaltantes de banco. A eso de las 8 de la mañana, los
esquiroles, que se habían agrupado, empezaron a avanzar hacia la entrada.
Cuando intervinieron los piquetes, los policías se lanzaron contra nuestra
línea, blandiendo sus garrotes con saña. Ocurrió toda una batalla antes de
que los esquiroles -entre quienes ahora se hallaban esquiroles profesionales-
lograran entrar al edificio.
Durante la lucha los policías rodearon a Ray Dunne y lo
arrastraron adentro de la fábrica. Luego desahogaron la ira que sentían contra
el Local 574 golpeándolo sin misericordia. Después lo sacaron a escondidas por
la línea de piquete en un auto blindado y lo llevaron a la prisión. Sólo a
insistencia de Ray al fin lo llevaron al hospital, donde los rayos X indicaron
que le habían roto tres costillas. Lo mantuvieron bajo arresto acusándolo de
“negarse a obedecer a un agente de policía”. El Local 574 rápidamente lo
sacó bajo fianza e hizo arreglos para que tuviera la atención médica
adecuada. Sin embargo, estuvo postrado por algún tiempo.
A eso de las 3 de la tarde se hicieron los preparativos para
dar un empujoncito a los esquiroles cuando se fueron a sus casas al final del
día. No iba a ser fácil. Esta vez no vendrían de direcciones distintas para
congregarse bajo la protección policiaca, como habían hecho en la mañana.
Todo lo contrario. Tarde o temprano los policías tendrían que dejarlos ir por
su cuenta para que se fueran por su propio rumbo.
La evacuación la empezaron sacando a los esquiroles por la
puerta trasera de la planta donde habían alineado los autos blindados para
protegerlos. Iban formados en columnas de cuatro en fondo, con las mujeres en
las filas exteriores para resguardar a los hombres en el centro. Formaron
policías de a pie en ambos bandos de la formación. La procesión empezó
entonces por la Séptima Avenida Sur hacia el distrito comercial. En cierto
momento en la ruta, pareció que los policías dieron por sentado que sus
protegidos se podrían dispersar de forma segura por su cuenta. Pero no resultó
así.
Las noticias de la batalla de la mañana habían traído
refuerzos a la línea de piquete, que ahora sumaba alrededor de mil. Estas
fuerzas rápidamente se formaron en dos filas sólidas, paralelas a la marcha de
los esquiroles. Conforme el sorprendente desfile avanzaba de forma lenta, uno
que otro esquirol era garroteado; los espectadores daban gritos de ánimo a los
piquetes; y sucedió un embotellamiento de tráfico. Nada le estaba saliendo
bien a los policías, quienes se habían metido en un verdadero aprieto.
Supusimos que a los esquiroles los llevarían hasta Dayton’s,
un gran almacén entre la séptima y octava calles sobre la Avenida Nicollet,
donde se podrían confundir entre los clientes. Entonces se hizo que un
destacamento de piquetes se apresurara por la Octava Calle para entrar a la
tienda desde ese lado.
Tal como habíamos anticipado, la marcha se detuvo al llegar
a la Séptima Calle y Nicollet. Los policías formaron líneas protectoras a la
entrada de Dayton’s y metieron a sus protegidos por las puertas giratorias.
Dentro de la tienda los piquetes la emprendieron contra los esquiroles,
encargándose de enseñarles que debían cambiar de conducta.
Las mujeres, se pensaba, no habían recibido un trato justo
por Wier. Se les dio el trato correspondiente y un número de ellas asistieron a
la siguiente reunión sindical.
La preocupación en torno a la militancia sindical demostrada
en la Strutwear y en Flour City no se limitaba a los patrones. Los burócratas
de la AFL estaban igualmente molestos sobre su incapacidad de controlar a los
trabajadores recientemente organizados. En un esfuerzo de trastocar las cosas,
exigieron que Wier mantuviera al Local 574 fuera de la situación de la
Strutwear. Él obedeció el pedido, informándonos de forma desvergonzada que ya
no se necesitaba nuestra ayuda. Afortunadamente, este giro que dieron las cosas
no amenazaba de manera inmediata la huelga, como fácilmente pudo haber
sucedido. La gerencia de la Strutwear, estupefacta por el resultado de la lucha
del 19 de agosto, había decidido posponer cualquier otro intento para volver a
abrir la planta.
Luego la cúpula de la AFL se ocupó de llevar a cabo ciertos
asuntos inconclusos de la Alianza Ciudadana. Esto tenía que ver con el plan
rompehuelgas del “Comité de 100”, proyectado por la alianza a comienzos de
abril, y que en aquel entonces no había ido a ningún lado. El plan aún les
resultaba atractivo a los burócratas sindicales, quienes compartían el deseo
de los patrones de evitar luchas obreras militantes. Por eso ahora presionaban
por el establecimiento de un organismo “público” para que juzgara las
disputas obrero-patronales.
El 24 de agosto se celebró una reunión entre el alcalde
Latimer y funcionarios de la Federación Estatal del Trabajo de Minnesota, la
Unión Central del Trabajo de Minneapolis y el Consejo Unido de Teamsters. Los
presentes emitieron una declaración conjunta en que deploraban la “reciente
avalancha de controversias industriales en la ciudad”. Se culpó de la
situación a “estafadores”. Se hizo una propuesta para que los funcionarios
sindicales se reunieran con “los intereses patronales y empresariales” en un
intento de “eliminar este conflicto industrial”.
Sucedió que el Local 574 acababa de fijar una fecha tope
para una huelga en la Glenwood Inglewood, una firma distribuidora de agua de
manantial, que había rehusado firmar un contrato sindical. Cuando el presidente
de la compañía leyó en los periódicos la declaración conjunta Latimer-AFL,
apeló de forma pública solicitando la protección del alcalde. De inmediato se
lanzó una campaña propagandística, dirigida a convertir este incidente en
prueba de que el Local 574 era la principal fuente de todo el problema obrero en
la ciudad. Entonces les empezó a salir el tiro por la culata. El patrón de la
Glenwood Inglewood decidió repentinamente que para él lo más astuto era
firmar el contrato sindical sin obligarnos a salir en huelga.
A eso le dimos seguimiento con una declaración de la junta
ejecutiva del Local 574, que señaló que todas las huelgas en Minneapolis en
ese momento las estaban conduciendo sindicatos de la AFL. Respecto a estas
luchas, añadía la declaración: “El Local 574 sigue apegado a su política
de dar cualquier ayuda que pueda cada vez que oficialmente le pidan hacerlo. No
buscamos manejar los asuntos de otros sindicatos”.
Poco después Latimer nombró una Junta Obrero-Patronal, en
la que puso a tres funcionarios de la AFL: T.E. Cunningham, J.B. Boscoe y Guy
Alexander. Luego instó a todos los trabajadores en huelga a que retornaran a
sus trabajos y dejaran que la nueva junta arreglara sus diferencias con los
patrones.
A los huelguistas se les había planteado una alternativa
entre políticas opuestas. Podían regresar a trabajar, poniendo su destino en
manos de los agentes de negocios de la AFL y de Latimer; o podían aceptar la
oferta del Local 574 de ayudarlos a luchar hasta ganar el reconocimiento
sindical y concesiones sobre sus demás reivindicaciones.
No tardó mucho en darse la primera respuesta. Arribó al
responderse a un nuevo ataque rompehuelgas contra los trabajadores de rejerías.
Viendo el rollo de los “estadistas obreros” como una
señal de que la militancia sindical había sido minada, Tetzlaff decidió
reanudar las operaciones en Flour City. Comenzó con una “fuerza laboral” de
unos 20 supervisores y rompehuelgas profesionales. Estos se hospedaron en la
planta, protegidos por matones armados contratados de forma privada.
Había una ordenanza municipal contra el hospedaje de
esquiroles en un establecimiento industrial. Señalando tal hecho, los
huelguistas exigieron que las autoridades los retiraran de allí. Tetzlaff se
las ingenió para sortear el obstáculo recurriendo a los tribunales. Se le
concedió una orden judicial contra la puesta en vigor de la ordenanza.
El 9 de septiembre, el Local 1313 convocó una manifestación
de protesta, con poca preparación de antemano. La asistencia no fue tan grande
como podría haber sido, pero se corrió la voz sobre la acción. Esto hizo que
llegaran refuerzos para una segunda concentración de protesta la noche
siguiente, que se celebró en un lote baldío frente a la planta. De repente,
sin advertencia, la policía atacó a la concentración. Desde los vehículos
blindados dispararon gases lacrimógenos entre los congregados. Entonces, los
policías de a pie, armados con cachiporras, atacaron con saña para desbaratar
el concentración.
Los informes en la prensa patronal a la mañana siguiente
adularon el éxito del ataque policiaco. Esto provocó un auge de ira entre los
trabajadores de la ciudad. Se había preparado el terreno para otra batalla
campal.
A las nueve de la noche siguiente, 11 de septiembre, más de
5 mil trabajadores se habían congregado afuera de la planta Flour City. La
policía se en gran cantidad, como también media docena de autos blindados. Por
un tiempo las cosas se mantuvieron relativamente tranquilas, la actividad
principal fue un programa de oradores conducido por varios dirigentes
sindicales.
Entonces a eso de las 11 de la noche, la policía intervino
para desbaratar la reunión y desocupar las calles alrededor de la planta. En un
abrir y cerrar de ojos se desató un disturbio policiaco total. Los autos
blindados avanzaron primero, sus cuadrillas disparaban gases lacrimógenos desde
las portillas. Los policías de a pie venían desplegados detrás de ellos, como
la infantería detrás de los tanques en un combate militar. Ellos aporrearon a
la multitud sin misericordia, sin distinción de edad o sexo. Ni siquiera los
residentes de las casas frente a la planta, que en su mayoría habían estado
sentados en sus pórticos, se libraron. Si se resistían, los policías
enloquecidos en algunos casos los perseguían hasta dentro de sus casas para
propinarles una paliza.
Entre tanto, combatientes veteranos de las líneas de piquete
entre los manifestantes habían conducido un repliegue organizado. Se filtraron
entre las casas que daban a la planta hacia los callejones en la parte de
atrás. Allí se reagruparon y lanzaron incursiones contra los policías.
Rápidamente los autos blindados se metieron a los callejones, las patrullas de
a pie los seguían. En este caso los manifestantes sacaron ventaja de que no
había alumbrado público y se libraron algunos de los combates más feroces.
Antes de que terminara los policías habían desenfundado sus pistolas y
disparado a quemarropa contra los trabajadores.
Hubo una escena que nunca olvidaré. Emil Hansen del Local
574 -un hombre enorme y fornido- se había hallado medio ladrillo de concreto.
Una y otra vez lanzó el misil contra el parabrisas de un auto blindado,
tratando de romper el vidrio. Aunque no lo logró, su intento valiente resumía
la ira, determinación y valentía de los guerreros sindicales.
La batalla duró hasta eso de las 2 de la mañana. Para
entonces toda el área estaba saturada de gas lacrimógeno. La policía había
matado a dos trabajadores: Melvin Bjorklund y Eugene Casper. Varios más habían
resultado heridos por el fuego de la policía. Fueron numerosos quienes de ambos
lados habían salido heridos con cachiporrazos y pedradas. Sin embargo,
relativamente hubo pocos arrestos. La policía había demostrado estar más
ansiosa de infligir bajas que de tomar prisioneros.
Como demostró claramente el enfrentamiento nocturno, la
resistencia obrera contra las acciones rompehuelgas de Latimer se había vuelto
tan pronunciada que se tenía que cambiar su política en la situación de la
Flour City. A Tetzlaff le informaron que no recibiría el apoyo policial
esperado. Mandaron sacar a los esquiroles y matones de la planta y la cerraron
de nuevo.
Tras la atrocidad del 11 de septiembre un gran jurado emitió
un fallo absolviendo al alcalde y a los policías de todo crimen. Después de
este encubrimiento de sus acciones criminales la Defensa Obrera No Partidista
(Non-Partisan Labor Defense) organizó un juicio público, con Latimer como el
principal acusado. Se celebró el 16 de septiembre, ante un audiencia de cerca
de mil trabajadores, en la sede del Local 574.
Bill Brown, presidente del Local 574, fue elegido como el
principal juez. Louis Roseland de los carpinteros fue designado escribano.
Francis Heisler, quien anteriormente había ayudado a los huelguistas de Fargo,
vino de Chicago para servir como fiscal acusador. El público eligió a un
jurado de 12 trabajadores, ninguno de los cuales había estado presente en la
escena del crimen.
Latimer había sido invitado formalmente para aparecer en su
propia defensa pero rehusó hacerlo. Brown, por lo tanto, asignó a Gilbert
Carlson, un abogado laboral de Minneapolis quien manejaba los asuntos legales
del Local 574, para defender al alcalde, y éste fue juzgado en ausencia.
Se escuchó a más de dos docenas de testigos. Entre ellos
había piquetes, residentes de casas que daban a la planta Flour City, y
personas que sucedió que iban pasando por allí cuando ocurrió el ataque
policiaco. Dieron informes testimoniales del acribillamiento por la policía, de
víctimas infortunadas a quienes sacaban a rastras de autos que pasaban y de
gentes que en sus casas fueron alcanzadas por balas perdidas de la policía.
El jurado declaró a Latimer y al Departamento de Policía
culpables de asesinar a Bjorklund y Casper y de herir a muchos trabajadores
más.
Se había invitado reporteros de periódicos y se dio
considerable publicidad del juicio en los diarios. Una versión taquigráfica de
los procedimientos se publicó en una edición ampliada del Northwest
Organizer el 18 de septiembre y se distribuyeron ejemplares por todo el
movimiento obrero.
Como a la semana, el Local 1313 ganó su lucha. Tetzlaff y
otros patrones de rejerías reconocieron al sindicato. Se firmó un acuerdo que
ofrecía la restitución de todos los huelguistas sin discriminación, y un
aumento de salario, junto a otros logros para los trabajadores. Una vez más la
Alianza Ciudadana, que había estado detrás de las maniobras rompehuelgas,
había recibido una paliza.
La victoria sindical provocó paros espontáneos en otras
industrias. Un ejemplo típico fue la acción que tomaron los trabajadores no
sindicalizados en la dulcería Powell Candy Co. Un día la gerencia anunció un
recorte en la paga y lo que sucedió después lo describió posteriormente
Marvel Scholl, quien se encontraba en el Local 574 en ese momento.
“Se oía como si una manada de elefantes subía en
estampida por las escaleras”, escribió. “Todos salieron corriendo de sus
oficinas para toparse con el corredor lleno de trabajadores, empleados de la
fábrica de dulces, todos vestidos aún con sus batas, mandiles y gorras. Y con
el tipo de suciedad azucarada que recogen en el trabajo.
“Un vocero dijo, ‘Estamos en huelga. Organícennos.
“Los patrones habían recortado los salarios. Y,
espontáneamente, todo el plantel decidió que ya estaban hartos. Sin liderazgo,
sin ninguna organización, simplemente abandonaron de la fábrica, salieron en
conjunto por la Avenida Washington, y se presentaron ante los dirigentes del 574”.
Les ayudamos a montar una línea de piquete, redactar sus
reivindicaciones y seleccionar un comité negociador. Un miembro del plantel del
Local 574 fue entonces con el comité a reunirse con el patrón. Al mismo tiempo
se contactó a Roy Wier para saber qué sindicato de la AFL tenía jurisdicción
en esa esfera. El se apersonó y los enroló en el Sindicato de Trabajadores de
Alimentos. A las 4:30 de la tarde, Powell firmó un contrato que reconocía al
sindicato, rescindía el recorte en la paga y otorgaba concesiones concernientes
a salarios y condiciones.
Bill Brown dijo la pura verdad cuando comentó un día,
después de este episodio, “A nadie le caen bien los dirigentes del 574,
excepto a los trabajadores”.
Las perspectivas de que Tobin nos expulsara del movimiento
sindical se iban degenerando, e iban de mal en peor. No sólo no podía ganar a
los trabajadores de filas a su bando, sino que entre los funcionarios de algunos
sindicatos se había desarrollado una rebelión contra él y sus colegas.
Dentro de la Unión Central del Trabajo había adquirido
forma un ala izquierda organizada, apoyada por 15 locales de la AFL. El 30 de
septiembre, estos locales sostuvieron una conferencia en la que reiteraron
reivindicaciones anteriores para que el Local 574 fuera restituido dentro de la
IBT. También tomaron una posición contra la colaboración de los secuaces
sindicales de derecha con Latimer, quien se había prostituido con la Alianza
Ciudadana. La conferencia pidió la disolución de la Junta Obrero-Patronal y la
reafirmación del derecho de los trabajadores a la huelga.
Esta acción subrayó el fracaso de Tobin para movilizar al
movimiento de la AFL local contra nosotros. Para colmo, aumentaban los problemas
para William Green, presidente de la AFL. Él también estaba experimentando
desafíos a sus directivas arbitrarias hacia el movimiento sindical de la
ciudad. Fue entonces que se reunieron para dilucidar qué tocaba hacer ahora.
Como burócratas típicos que eran, decidieron enviar a un
mandamás a Minneapolis para pisotear a los miembros de la AFL disidentes y
meterlos en cintura.
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