
UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR junio de 2004 Vol. 28 No. 6
Editorial
Abu Ghraib: igual trato que en cárceles estadounidenses
Lo que más llama la atención de la humillación sistemática y abuso
físico a los que los militares estadounidenses han sometido a los presos
iraquíes a lo largo de un año es cuánto se parecen a las prácticas
cotidianas que proliferan en las cárceles.
Como ilustra el artículo en la página 4, en este país los guardias de las
prisiones frecuentemente obligan a los presos a ponerse ropa interior de mujer,
a desnudarse enfrente de otros, les ponen capuchas negras, los golpean hasta
ensangrentarlos y los obligan a andar de rodillas, o los denigran con palabras
racistas. ¿Cuál es el propósito de este abuso físico y esta humillación?
Doblegar a los prisioneros e imponer estabilidad en esas instituciones federales
y estatales.
Estas prácticas no son aberraciones por parte de unos cuantos guardias. Son
el modus operandi del sistema penitenciario en Estados Unidos. Los guardias de
las prisiones no son empleados públicos. Al igual que los policías, están
entrenados para usar sus garrotes y pistolas para mantener a los presos bajo
control.
Bajo el capitalismo las prisiones no son "instituciones
correccionales". No son terapia. Todo lo que se impone a quienes están
tras las rejas tiene que ver con doblegarlos y hacerlos cómplices de los
horrores de cómo funcionan las cárceles bajo el capitalismo. Esto no sólo se
aplica a las prácticas humillantes y violentas de los guardias, sino también a
los supuestos programas educacionales de los "reformistas de
prisiones", ya sea que se trate de programas para tratar alcohólicos,
delincuentes sexuales, o drogadictos. Las cárceles son un reflejo degradante de
los valores y la brutalidad de la sociedad burguesa en su ocaso.
Todo está organizado para que los presos --quienes en su inmensa mayoría
son trabajadores y agricultores-- se traicionen entre sí, para reforzar lo peor
de la carrera entre lobos de la sociedad capitalista, para diferenciar a los
encarcelados. La lucha de la clase trabajadora es lo opuesto. No intentar
organizar nada a través de las prisiones ni tratar de "reformarlas".
Si no defender cualquier preso de cualquier brutalidad o arbitrariedad a fin de
permitir que los presos tomen el espacio necesario para romper las barreras que
los separan del resto de la sociedad y de sus derechos.
La política exterior de Estados Unidos es sólo una extensión de su
política interna. Millones por el mundo están indignados al ver el abuso
sistemático de los presos iraquíes a manos de la policía militar y los
agentes de inteligencia estadounidenses. Pero no debe sorprender. Varios de los
acusados fueron entrenados en cárceles norteamericanas. Y recibieron sus
ordenes de sus superiores en la jerarquía militar a fin de doblegar a los
presos.
El secretario de defensa de Estados Unidos Donald Rumsfeld declara que la
degradación dirigida a los presos iraquíes es "anti-americana". Nada
puede ser más falso. Estas prácticas son tan americanas como el pastel de
manzana para su América: la América de las pocas familias multimillonarias que
rigen Estados Unidos, la América que se encargan de dirigir y por la que se
debieran avergonzar.
Pero hay otra América. La de los trabajadores y agricultores que tiene
intereses de clase irreconciliables con los de los gobernantes capitalistas. Los
trabajadores en Estados Unidos no somos responsables de la brutalidad que
Washington impone a nuestros hermanos y hermanas en las cárceles en Iraq o en
Estados Unidos.
Los políticos del Partido Demócrata gritan "el lobo" al pedir a
renuncia de Rumsfeld, o que lo remplace el liberal republicano Colin Powell,
quien dirigió al ejército norteamericano en la matanza de decenas de miles de
iraquíes que huían en lo que dieron por llamar la "caza de pavos" al
fin de la guerra de Washington contra Iraq en 1991.
Sin embargo, el abuso de presos durante tiempos de guerra ha sido una
política totalmente bipartidista. Ha sido una faceta de todas las guerras
imperialistas, desde las dos guerras mundiales, pasando por Corea y Vietnam. El
Partido Demócrata ocupó la Casa Blanca durante la mayor parte de esas guerras.
Eran liberales los secretarios de defensa o los jefes del estado mayor conjunto
bajo Harry Truman, cuando trataron a los prisioneros de guerra coreanos como
"ganado oriental"; bajo John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, cuando
los militares estadounidenses encerraron a presos vietnamitas en "jaulas de
tigre"; y bajo Clinton, cuando la "entrega extraordinaria" --o
sea el envío de presos a otros países para que los torturen hasta que
"confiesen"-- se puso de moda después de los ataques contra las
embajadas en Kenya y Tanzania.
Esto es también lo que ha caracterizado a esas potencias imperialistas que
critican al gobierno de Bush y gritan "Naciones Unidas" para impulsar
sus propios intereses predatorios contra los del imperio estadounidense. No más
hay que preguntarle al pueblo argelino, por ejemplo, sobre la conducta del
ejército francés.
Los gobernantes estadounidenses se están topando contra un punto de vista
creciente, en la opinión pública burguesa a nivel mundial, de que la tortura
es intolerable. La denuncia de las deplorables condiciones y la brutalidad que
enfrentan cientos de presos en la guarnición militar estadounidense en
Guantánamo, y las protestas formales de los países cuyos ciudadanos están
presos ahí, allanaron el camino para el grado de repugnancia que despertaron
las revelaciones de abuso sistemático en Iraq.
Ni un secretario de defensa nuevo ni un demócrata en la Casa Blanca van a
detener la tortura de prisioneros iraquíes. La única manera de luchar para
poner fin al atropello es exigiendo el retiro inmediato e incondicional de todas
las tropas de Washington y de los demás países que ocupan Iraq. Es la misma
demanda que se debe plantear respecto de las fuerzas de Washington, de la OTAN y
de la ONU en Afganistán, Corea, los Balcanes y la Bahía de Guantánamo, Cuba.
¡Devuelvan las tropas ya!
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