
UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR marzo de 2004 Vol. 28 No. 3
Editorial
Democracia e imperialismo
En su discurso del Estado de la Unión en enero, el presidente norteamericano
George Bush invocó una vez más la "democracia" y la
"libertad" para justificar la nueva estrategia imperialista de
Washington en el exterior y pasar lista a una sarta de logros. En Afganistán,
se nos dijo, vienen en camino una constitución y "elecciones
democráticas" y allí la mujer tiene ya más derechos. Se está
desarrollando un proceso similar en Iraq, aseguró Bush. Hay que responder a
esos argumentos de frente.
Comparado a vivir bajo el régimen brutal y dictatorial de Saddam Hussein, es
cierto que hoy hay más espacio para que el pueblo trabajador defienda sus
intereses en Iraq. Los revolucionarios precisan sacar plena ventaja de esta
oportunidad de ejercer presión a fin de emplear todo el espacio político
disponible para trabajar hacia la construcción de partidos proletarios que en
última instancia puedan dirigir al pueblo trabajador en Iraq y en otros países
del Medio Oriente y Asia Central en una lucha para deshacerse de la sangrienta
bota de las fuerzas de ocupación norteamericanas, y la de Naciones Unidas
también. Los revolucionarios en Estados Unidos y en otros países imperialistas
pueden ayudar en este proceso apuntando todo su fuego contra la burguesía del
país en el que viven, exigiendo el retiro incondicional de todas las tropas
estadounidenses y de las demás fuerzas de ocupación en esa región del mundo.
Sin embargo, esa posición no es lo mismo que dar apoyo al imperialismo
democrático. Los logros en la lucha por la liberación de la mujer no se pueden
atribuir a las armas ni a las dádivas del Tío Sam. Las amplias tendencias que
se perciben hoy día a nivel mundial -hacia el laicismo, a favor de los derechos
de la mujer, y contra la pena capital y la tortura- resultan de las luchas
libradas por trabajadores, estudiantes y diversos sectores de las clases medias
en el mundo semicolonial y más allá. Se derivan de las revoluciones
anticoloniales del último siglo, no de la benevolencia imperialista. En tanto
las formas democráticas -que incluyen las conquistas logradas a través de
luchas populares- sirvan para impulsar los intereses imperialistas, Washington
las empuñará: y éso sólo hasta cierto punto.
Asimismo, debemos recordar que la democracia burguesa, ya sea en Estados
Unidos o en Afganistán, no es más que el régimen de una clase: la de las
relativamente pocas familias acaudaladas que controlan los medios de producción
y se apropian de la riqueza que proviene del trabajo de la clase obrera y de la
naturaleza. Su sistema de ganancias y su realidad y moralidad propias de una
carrera entre lobos, se mantienen substancialmente gracias a cuerpos armados -la
policía, el ejército, la policía secreta- que se emplean para defender las
prerrogativas de los ricos y perpetuar la explotación de la gran mayoría de la
humanidad. Sólo quienes sigan una trayectoria fundada en una orientación
revolucionaria de lucha de clases -dirigiendo a la clase obrera y sus aliados
hacia la toma del poder, a la abolición del capitalismo y a unirse a la lucha
mundial por una sociedad basada en las necesidades de la inmensa mayoría- no
van a terminar enganchados al tren de una u otra potencia imperialista que
imponga ciertas formas democráticas burguesas como parte de su ofensiva y
ocupación militares.
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