
UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR febrero de 2004 Vol. 28 No. 2
Editorial Pathfinder
'La población entera cooperó'
El levantamiento de Santiago de Cuba en 1956 contra tiranía de Batista
POR FRANK PAÍS
A continuación publicamos extractos de Aldabonazo: en la clandestinidad
revolucionaria cubana, 1952-58, por Armando Hart, un nuevo libro de Pathfinder
publicado simultáneamente en inglés y español. El relato de la victoriosa
lucha para derrocar la dictadura de Fulgencio Batista, que era respaldada por
Washington, encabezada por el Movimiento 26 de Julio y el Ejercito Rebelde
dirigido por Fidel Castro, hecha por algunos de su principales dirigentes.
Relata los eventos desde la perspectiva de cómo cuadros revolucionarios se
organizaron en las ciudades. Armando Hart fue el principal organizador de la
lucha clandestina urbana y uno de los dirigentes históricos de la Revolución
Cubana. En este número reproducimos un artículo por Frank País sobre el
levantamiento popular el 30 de noviembre de 1956 en Santiago de Cuba, contra la
dictadura de Batista. País, el principal dirigente del Movimiento 26 de Julio
en la provincia de Oriente en Cuba, fue el principal organizador del
levantamiento del 30 de noviemb en Santiago de Cuba, que fue organizada para dar
apoyo al desembarco en la costa sudeste de Cuba de Fidel Castro y de docenas de
otros combatientes revolucionarios quienes habían viajado desde México en el
yate Granma para iniciar la guerra revolucionaria contra la tiranía de Batista.
Fue publicado en febrero de 1957 en Revolución, publicación clandestina del
Movimiento 26 de Julio, durante la primera mitad de ese año. País fue
asesinado por las fuerzas de Batista el 30 de julio de 1957. Copyright (c) 2003
por Pathfinder Press. Se reproduce con autorización.
El 23 de noviembre la dirección del movimiento encargó a cada jefe de grupo
que estudiaran y rindieran el informe definitivo de su objetivo militar. Tres
días después quedó decidido que los puntos básicos eran la Policía
Marítima, la Policía Nacional y el cuartel Moncada.
El día 28 nos reunimos para ultimar detalles y discutir los planes. Ya
teníamos el aviso de Fidel y los compañeros de México habían salido hacia
Cuba.
Pepito Tey aseguró: "Mañana llega Fidel; tenemos solamente una noche para prepararlo todo". Preguntando luego: "-¿Alguien
tiene alguna objeción que hacer?"
-¡No!, contestamos todos.
Cuando después se nos informó que teníamos otro día más para los
preparativos nos alegramos mucho. El día 29 trabajamos frenéticamente en la
preparación de las casas y la repartición de las armas y los uniformes.
Por la noche, nos acuartelamos. La ciudad parecía normal, pero por la
madrugada muchas familias empezaron a notar la ausencia de sus hijos, esposos o
hermanos, y la población se sobrecogió de temor, presintiendo que
"algo" iba a suceder.
La hora del ataque era inicialmente a las seis, pero se pospuso para las
siete para evitar el cambio de guardia. A las cinco sonó el despertador, aunque
casi todos los combatientes habíamos pasado toda la noche despiertos y
naturalmente nerviosos. Se repartió café con leche y galletas, que casi nadie
ingirió. Con intensa emoción, nos pusimos por primera vez nuestro uniforme del
26 de Julio, color verde olivo, con brazaletes negros con letras rojas y con
arreos militares.
No es necesario afirmar que el momento era dramático y todos nos hallábamos
impresionados de tal manera por esa hermosa cruzada libertaria que el ánimo
crecía y nos dominaba íntegramente. En mi grupo nos iban repartiendo las
armas. Se nos informó que como éramos muchos más hombres que armas, la
dirección ordenaba que los hombres casados o con responsabilidades familiares
se quedaran en reserva hasta que se les llamara.
Tony Alomá, nervioso, gritó:
-Nadie puede quitarme el derecho de pelear por Cuba. He esperado demasiado
tiempo para ahora quedarme quieto . . .
-No, Tony, tú acabas de ser padre esta misma noche; si caemos tú tomarás
el lugar de nosotros . . .
-¿Y cómo Otto va? -decía refiriéndose a Otto Parellada, casado como él y
con hijos.
-Él es responsable de grupo.
-Yo voy de todos modos -afirmó Tony. Cantamos el himno de los cubanos.
Pepito nos arengó: "¡Vamos a combatir por Cuba y para Cuba! ¡Viva la
revolución! ¡Viva el 26 de Julio!"
Nuestro grupo estaba compuesto por 28 hombres, 20 de uniforme que, con Pepito
Tey al frente, atacarían por delante la jefatura de policía, 8 de paisanos que
antes, y por sorpresa, al mando de Parellada, tomaría posición por detrás del
edificio.
El tiempo pasaba vertiginosamente. Antes de salir nos abrazamos. Llevábamos
ametralladoras de mano, fusiles, granadas, cócteles Molotov y una calibre 30.
Teníamos algunos vehículos, pero nos faltaban más, por lo que detuvimos
varios que pasaban por el lugar de que salimos, no sin antes decirles a sus
dueños:
-En estos momentos comienza la revolución en Cuba. La patria les pide el
sacrificio de su vehículo. En nombre del 26 de Julio, vamos a combatir la
dictadura. Lo sentimos, pero es necesario.
Sorprendidos, naturalmente, nos entregaban sus vehículos. Recuerdo que uno
me dijo: -Cuídense, muchachos, que ustedes le hacen mucha falta a Cuba.
Se inicia el primer combate
El grupo de Parellada entró por la calle Padre Pico en la Escuela de Artes
Plásticas, cruzó el patio y alcanzó el techo que domina la parte de atrás de
la estación policiaca; pero un centinela nos vio y disparó, iniciándose el
combate, que era desigual: 28 revolucionarios contra 70 policías y 15 soldados.
Los que íbamos con Pepito, subíamos la loma hacia la estación cuando
rompieron el fuego con una ametralladora que tenían emplazada encima del
edificio, la que nos impidió llegar a la puerta en las máquinas que habíamos
ocupado. Pepito echó pie a tierra, nos arengó y tomamos posiciones, comenzando
a disparar hacia ese centro. El duelo de las ametralladoras era imponente.
Nuestros gritos de guerra surgían entre el imponente fuego:
¡Viva la revolución! ¡Abajo Batista! ¡Viva el 26! ¡Viva Fidel Castro!
Momentos después, las llamas incontenibles arrasaban con la jefatura . . .
El enemigo, silencioso, contestaba el fuego. Los compañeros que iban por la
parte trasera, lograron hacer varias bajas a los policías que corrían por el
patio. El humo y las llamas comenzaron a elevarse muy lentamente. Cuando Pepito
vio caer a Tony Alomá con un tiro en la cabeza se enardeció grandemente, pues
él había sido quien más luchó para impedir que él viniera. Así enardecido,
se levantó y ordenó avanzar de frente. Seguido por nosotros, disparaba su m-1,
siendo el primero de la columna que nos protegía. Cuando dobló por la esquina,
una ráfaga lo hirió en una pierna. Apoyándose en la pared, siguió avanzando
y disparando sin cesar. Otra ráfaga lo abatió para siempre . . .
Mientras tanto, Parellada, viendo que no habíamos podido llegar a la puerta
principal, trató de concentrar el fuego sobre su grupo, intentando llegar al
patio, en cuyo propósito cayó con un balazo en la cabeza, boca arriba. Perdido
el factor sorpresa, con un fuego graneado sobre nosotros, y dos jefes caídos,
comenzamos a replegarnos organizadamente, protegidos por el fuego de nuestra 30.
Tres de nuestros compañeros cayeron. El enemigo tuvo cinco bajas.
Momentos después, las llamas incontenibles arrasaban con la estación. Si
hubiéramos esperado antes de lanzarnos de frente, hubiéramos barrido con todos
los defensores del reducto batistiano.
Hubo en la estación policiaca un gesto que no queremos pasar por alto. Un
policía, al retirarse mientras las llamas tomaban fuerza, quiso abrir la puerta
del calabozo en donde estaban detenidos, desde la noche anterior, varios
jóvenes santiagueros. El agente quería evitar que los detenidos murieran
carbonizados; pero el teniente Durán, expulsado del ejército por criminal y
restituido por Batista, ordenó:
-¡Retírese! ¡Que se quemen todos para que no hagan más revolución!. . .
Desesperados, los muchachos miraban cómo las llamas danzaban macabramente a
su alrededor. Abandonados por la policía que tenía las llaves, comenzaron a
quemarse. Aterrorizados, con piernas, brazos y otras partes del cuerpo lamidos
por las llamas, trataron de forzar el candado, enrojecido ya por el fuego,
mientras algunos rezaban. Pasaron interminables minutos antes de llegar los
bomberos que abrieron la celda.
Cae la capitanía del puerto
En esta acción fuimos más afortunados. Varios compañeros armados, con la
ropa de obreros, desarmaron por sorpresa a tres postas. Uniformados, el resto
llegó en máquinas a la misma puerta de la capitanía. Entraron y cuando el
centinela intentó hacer fuego, cayó bajo una ráfaga nuestra. Dos agentes más
cayeron muertos, el teniente jefe, herido daba gritos:
-No tiren, muchachos, estamos con ustedes . . .
-¡Abajo Batista! -gritaban otros policías asustados, haciéndonos coro.
Teníamos instrucciones del cuartel general de respetar la vida de los
prisioneros. Les tomamos las armas a los que capturamos, mientras en la planta
baja comenzaron a hacer fuego, pero fueron callados por nuestros
francotiradores, apostados en las azoteas cercanas.
Finalmente se rindieron, y la posición cayó en nuestras manos.
Entre gritos de alegría e imprecaciones revolucionarias contra Batista y la
tiranía, comenzamos a recoger el parque, las armas, unos 20 fusiles y a atender
a los agentes heridos. Ellos tuvieron cuatro muertos. Nosotros salimos ilesos en
este primer encuentro; pero llegaron dos camiones con 70 soldados del cuartel
Moncada con equipos pesados y comenzó la desigual batalla. Finalmente, la
retirada, siempre protegidos por una cortina de plomo. Nos replegamos hacia el
cuartel general. A una de nuestras ametralladoras por poco se le funde el
cañón, tal fue la prueba de fuego a que se le sometió. El responsable de
nuestro grupo disparaba incesantemente mientras otro le recargaba la pieza.
Dos cuadras después con la 30 cargada se dio cuenta ese valiente compañero
que se le había quedado un pañuelo de la novia y otros documentos y regresó a
la línea de fuego disparando siempre. Los recuperó y se retiró otra vez. El
ejército, estaba tan acobardado que no nos persiguió . . .
En la calle Corona hubo otro combate, cuando un grupo del 26 intentó llegar
hasta nosotros, en medio de un nutrido fuego del ejército. Varios soldados
fueron heridos y recogidos en camiones militares.
Un objeto básico: el Moncada
Al fallar el disparo del mortero, y ser localizado por el enemigo, no se pudo
realizar el ataque al cuartel Moncada, en el cual escribió la juventud
revolucionaria de Cuba una hermosísima página de valor e idealismo el 26 de
Julio de 1953.
Estaba planeado el ataque con un bloqueo, incendio y otras acciones
simultáneas. Cuando el ejército luchó para romper el bloqueo por varios
sitios se produjeron intensos tiroteos entre nuestras fuerzas y las de Batista.
Nuestra gente, apostada en sitios aledaños, interceptaba a los soldados, que
caían heridos o muertos ante la barrera de los nuestros.
Muchos de los soldados del Moncada se negaron a pelear contra los
revolucionarios; 67 fueron detenidos y sometidos a un consejo de guerra
posteriormente.
Una ametralladora 30 fue emplazada contra la fragata Patria, la que estaba en
puerto. La nave se retiró en zafarrancho de combate hacia la entrada de la
bahía.
Aspectos del pueblo
Cuatro compañeros llegaron a la ferretería Dolores y encañonaron al
dueño, diciéndole:
-Discúlpenos, pero estas armas nos hacen falta para pelear por la libertad
de Cuba.
Un soldado que tomaba café en una cafetería cercana se tiró de barriga al
suelo. Las calles estaban cuidadas por las postas del ejército revolucionario.
Un ciudadano preguntó:
-¿Se puede pasar?
-¡Cómo no! ¡Péguese bien a la acera y pase. Esto es suyo!
Un soldado que iba en una guagua intentó hacer fuego contra las postas
revolucionarias, pero éstas se le adelantaron y, sin necesidad de dispararle,
el soldado optó por la huida.
El cuartel general lo instalamos en un lugar adecuado. Rodeamos una casa y
pedimos hablar con el dueño.
-Necesitamos esta casa para la revolución. Sentimos molestarle pero queremos
su permiso y que se retire con su familia. Llévese todas las joyas y el dinero.
Nosotros estamos seguros de nuestros compañeros, pero si tenemos que
retirarnos, pueden peligrar con los otros . . .
Aquellas horas fueron de enorme tensión. Con las postas fuera, se preparaban
en aquella casa todos los detalles. Después de las seis de la tarde, Santiago
era un infierno.
La ciudad amaneció bajo un tiroteo general. Armas de todos los calibres
vomitaban fuego y metralla. Alarmas y sirenazos de los bomberos, del cuartel
Moncada, de la marina, ruido de los aviones, volando a baja altura. Incendios
por toda la ciudad. El ejército revolucionario dominando las calles y el
ejército de Batista pretendiendo arrebatarle ese dominio. Los gritos de
nuestros compañeros, secundados por el pueblo, y mil indescriptibles sucesos y
emociones distintas.
La población entera de Santiago, enardecida y aliada a los revolucionarios,
cooperó unánimemente con nosotros. Cuidaba a los heridos, escondía a los
hombres armados, guardaba las armas y los uniformes de los perseguidos; nos
alentaba, nos prestaba las casas y vigilaba de lugar en lugar, avisándonos de
los movimientos del ejército. Era hermoso el espectáculo de un pueblo
cooperando con toda valentía en los momentos más difíciles de la lucha. Al
fracasar básicamente el primer plan, debido fundamentalmente al no funcionar la
batería de morteros, que impidió el ataque y la batería del Moncada, nuestras
fuerzas comenzaron a retirarse hacia el cuartel general.
Fueron momentos angustiosos y difíciles. Tres compañeros de los mejores,
hermanos en ideales, habían dejado su sangre generosa sobre las calles del
Santiago heroico. No estábamos ya nerviosos, ni asustados como antes de entrar
en combate. Estábamos ya fogueados y nos ardía en las entrañas el deseo de
seguir combatiendo, para que nuestros propósitos de liberación no quedaran
truncos.
El Plan Número Dos
Pusimos en práctica el Plan Número Dos, estudiado previamente considerando
los imprevistos. Consistía en replegarnos, tomar las alturas de la ciudad y
comenzar una guerra de francotiradores. Hubo un combate en el instituto en donde
nuestros compañeros se batieron heroicamente. Durante todo el viernes los
tiroteos fueron intensísimos. Los aviones volaban muy bajo. Les hacíamos fuego
desde cualquier posición, habiéndole perforado el tanque de gasolina de uno
que tuvo que aterrizar averiado.
El sábado continuaban los combates. El ejército, asustado, disparaba sobre
cualquiera. Así mataron a varios transeúntes, como en el conocido caso en que
chocaron dos vehículos.
El domingo, dada la inutilidad de seguir luchando en condiciones tan
desventajosas, ordenamos el repliegue; que se guardaran las armas, y que se
esperara otra oportunidad para reiniciar la lucha hasta vencer o morir.
En Guantánamo
En el Central Elia nuestros compañeros tomaron el cuartel de la Guardia
Rural por sorpresa, dejando libres a los prisioneros. Cantando himnos
revolucionarios y dando gritos de combate, se pasearon por el pueblo, tiroteando
el cuartel de Guantánamo y replegándose luego hacia el campo. La ciudad
secundó la huelga general, paralizando todas las actividades, cerrando los
comercios y reviviendo la tradición de uno de los pueblos más combativos de
Cuba.
Mientras tanto nuestros luchadores tomaban los montes, armados,
interrumpiendo los servicios públicos. Cuando el ejército llegaba con obreros
que habían requisado para obligarlos a trabajar o reponer los servicios,
nuestros compañeros tiroteaban a los soldados obligándolos a retirarse.
En las lomas les tendieron una emboscada, matando a varios militares,
lanzándoles granadas de mano.
El Plan Número Tres
Inmediatamente comenzó a ejecutarse el Plan Número Tres. Sabotajes a los
servicios públicos, quema de los cañaverales, incendio de las grandes
propiedades, etc.
Cincuenta días después del heroico 30 de noviembre, la situación es
violentísima en Santiago de Cuba y en toda la provincia oriental. La fuerza
pública, incapaz de dominarla ha iniciado una bárbara masacre. Pasaron de 30
los asesinatos conocidos, lo que ha estremecido e indignado a toda la
ciudadanía, que no sólo protesta de la vesania batistiana, sino que se ha
puesto íntegramente en pie de lucha contra esos hechos vandálicos y contra la
tiranía que los provoca y los dirige.
En Oriente hasta las mujeres se han lanzado a la calle en plan de pelea. Las
madres, como en la gran manifestación de días pasados, desfilaron desafiando a
los jenízaros, representados por los malvados oficiales Díaz Tamayo, Cruz
Vidal y Cowley. Las madres de todo Oriente gritaban a pulmón lleno:
¡CESEN LOS ASESINATOS DE NUESTROS HIJOS! ¡CAIGAN LOS ASESINOS!
Y cuando las madres dan esas voces no tardan mucho sin que vean cumplidas sus
promesas . . .
La rebeldía oriental no ha terminado nunca hasta que los tiranos no hayan
desaparecido.
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