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UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR julio-agosto de 2003 Vol. 27 No. 7
Editorial Pathfinder
Triunfa Local 574 en batalla sindical
Decimotercer capítulo de ‘La rebelion de los camioneros’ de Pathfinder
Por Farrell Dobbs
[A continuación publicamos “Triunfa el Local 574”,
decimotercer y último capítulo de La rebelión de los camioneros,
traducción del libro Teamster Rebellion por Farrell Dobbs, que Perspectiva
Mundial ha publicado por entregas.
[La rebelión de los camioneros
es el primero de cuatro tomos que Dobbs escribió sobre las huelgas, campañas
de sindicalización y luchas políticas que transformaron al sindicato de los
camio-neros Teamsters en Minnesota y en gran parte del Medio Oeste
estadounidense en un pujante movimiento social. Un protagonista y líder de esas
batallas, Dobbs fue después dirigente del Partido Socialista de los
Trabajadores por muchos años.
[Los subtítulos y notas son de Perspectiva Mundial.
Copyright © 2002 por Pathfinder Press. Se publica con autorización.]
Nuestra apreciación más optimista de la situación quedó
confirmada por la forma en que la larga batalla llegó repentinamente a su fin.
El nuevo mediador federal, P.A. Donoghue, no había llegado de Washington con el
fin de montar una elección amañada, como habíamos sospechado que sería su
objetivo. En cambio, parecía que el presidente Roosevelt había resuelto ayudar
al gobernador Olson a deshacerse de la huelga antes de las elecciones de
noviembre. Esto les vendría bien ya que la administración del Partido de
Agricultores y Trabajadores estaba apoyando a los demócratas rooseveltianos en
la política nacional.
Como nuevo mediador, Donoghue estaba en posición de
comunicar los deseos de Roosevelt a los patrones y al mismo tiempo permitirles
guardar las apariencias al sustituir a Haas y Dunnigan en las negociaciones.
Cualesquiera que fueron sus instrucciones, Donoghue puso manos a la obra. El 21
de agosto de 1934, presentó al sindicato una nueva propuesta para la
resolución de la huelga. Al hacerlo nos informó “confidencialmente” que
había convencido a A.W. Strong, titular de la Alianza Ciudadana, de que
terminara la lucha. Exigimos una muestra más explícita de la actitud de los
patrones antes de que presentáramos la nueva propuesta a la militancia del
sindicato. Donoghue respondió en el acto, dictando y firmando una carta en que
declaraba: “La presente es para informarles que los Patrones han consentido en
que la Junta Laboral Regional de Minneapolis-St. Paul concierte una orden por
consentimiento que contenga la propuesta que se les presentó a ustedes esta
tarde”. Como ahora había perspectivas de una resolución, el sindicato
exigió también que el gobernador Olson pusiera por escrito una promesa de
liberar a todos los piqueteros de la prisión provisional, a lo que accedió.
Según las condiciones de la orden por consentimiento a la
que se refería Donoghue, la Junta Laboral debía celebrar, dentro de un plazo
de 10 días, una elección en torno a la negociación colectiva. Sólo votarían
los empleados que figuraran en la nómina al 16 de julio, el día antes de que
comenzara la huelga; no se permitiría votar a los esquiroles. En empresas en
que el Local 574 ganara una mayoría de votos, se le reconocería como agente de
negociación para todos los empleados, y se exigiría que los patrones
negociaran con él.
En cuanto al tema de los trabajadores internos, que había
llevado a la huelga de julio y agosto, se reafirmó el avance logrado en el plan
original de Haas y Dunnigan. Las 22 empresas del mercado debían reconocer el
derecho del sindicato de representar a los conductores, ayudantes, trabajadores
de andén y trabajadores internos. El término de trabajadores internos definía
a todos los empleados que trabajaran dentro del establecimiento, salvo los
empleados de oficinas y vendedores. Tal como se había planteado en la propuesta
anterior, la representación sindical estaría más restringida en el resto de
las 166 empresas en cuyo nombre hablaba el Comité Asesor de Empleadores. En
estos casos, los empleados incluirían sólo a los conductores, ayudantes y
trabajadores de andén que estuvieran directamente involucrados en la carga y
descarga de camiones. En este punto seguíamos opinando que un sindicato
victorioso podría asegurarse la representación de hecho de todos sus
integrantes, aunque algunos no estuvieran amparados explícitamente en la
resolución.
Por primera vez, desde que originalmente se presentaron las
reivindicaciones sindicales, los patrones se comprometían definitivamente a
cifras específicas sobre tarifas de salario mínimo. Se pagaría un mínimo de
50 centavos por hora a los conductores de camiones y 40 centavos por hora a los
ayudantes, trabajadores de andén y trabajadores internos. Se estipuló que no
se reduciría ninguna tarifa salarial vigente que estuviera por encima de dichos
mínimos. Se contempló so-meter al arbitraje la reivindicación sindical de
escalas de paga mínima más altas.
La junta de arbitraje estaría integrada por dos
representantes sindicales, dos representantes patronales y un quinto elegido por
estos cuatro. Una vez que la elección de la Junta Laboral hubiese resuelto la
cuestión de la representación sindical, los fallos del consejo de arbitraje se
aplicarían de forma retroactiva al momento del arbitraje. Todos los empleados
serían restituidos, sin discriminación, según la antigüedad. No se
permitiría ni la contratación “preferencial” de esquiroles, ni artimañas
de “violencia” para castigar a los huelguistas.
Aunque la resolución estipulaba mucho menos de lo que
merecían los trabajadores, era todo lo que podíamos conseguir en ese momento.
En su totalidad, las conquistas que estaban siendo registradas brindaban una
base sólida desde la cual se podría avanzar en la labor de construir el
sindicato. De estas consideraciones se desprendía que la dirección debía
recomendar que los integrantes del sindicato aprobaran la resolución. De
inmediato se convocó a una sesión del comité de huelga de 100, para
considerar el nuevo sesgo de los acontecimientos. El comité votó a favor de
pedir la aceptación de las condiciones propuestas, las cuales habían de
someterse ante una reunión general esa misma noche, 21 de agosto. A mí se me
asignó rendir un informe de la propuesta ante la reunión y recomendar su
aprobación.
Ya corrían rumores sobre el inminente fin de la huelga, y en
la asamblea prácticamente se respiró un ambiente de alivio al estar por
concluir la batalla. Como es costumbre en el movimiento de masas, hubo también
quienes querían seguir luchando hasta el final para obtener concesiones más
sustanciales de los patrones. Entre ellos estaba un trabajador quien daba
señales de que había pasado por la cantina rumbo a la reunión. Apenas
terminé de dar el informe, pidió la palabra. “Eso no cumple con las demandas
por las que salimos en huelga”, dijo. “¿Qué le pasa al hermano Dobbs,
será que perdió las agallas?”
Su actitud era una excepción a la del sentir general de los
huelguistas, como quedó claro en la discusión que siguió. Lo único que
realmente tuvimos que hacer los dirigentes fue poner el resultado de la huelga
en perspectiva respecto del futuro que le prometía al sindicato. Las
condiciones de la resolución fueron aceptadas de forma casi unánime, y la
jubilosa reunión concluyó entonando “Solidaridad para siempre”.
Después de casi cinco semanas de enconado conflicto, e
inmediatamente después de la reñida huelga de mayo, los trabajadores habíamos
logrado una victoria arrolladora. La creciente conciencia de lo que se había
logrado se vio reflejada en el ambiente que reinó en la sede de la huelga tras
concluida la asamblea general. Un buen ejemplo fue el orgullo con que el hermano
Sloan hizo su anuncio por los altoparlantes. Sloan, a quien le pusimos de apodo
“Hermano”, declaró al cerrar las transmisiones: “Esta es la Estación 574
transmitiendo, con 7 500 piqueteros, 450 patrullas, 16 motocicletas y 2
avionetas, por autoridad del Comité de Huelga de 100”.
En un editorial que aclamaba el triunfo sindical, el
Organizer [Organizador] observó que “termina la huelga pero no la lucha”.
Advirtió que en las elecciones de la Junta Laboral, a celebrarse el 28 de
agosto, los patrones recurrirían a sus artimañas de siempre. Habría dos
candidaturas opuestas: la del Local 574 y la de los candidatos del sindicato
patronal. En un afán de robarse las elecciones, se usaron varios ardides
patronales. Inflaron las nóminas con oficinistas y vendedores. Se realizaron
intentos de excluir a algunos sindicalistas de las nóminas. También hubo casos
en que algún patrón intentaba poner el nombre de un buen sindicalista en la
lista del sindicato patronal.
Para combatir esas maniobras, el Local 574 se organizó para
las elecciones como lo había hecho para la huelga, utilizando como arma
principal el Organizer. Se mantuvo la publicación diaria del periódico
sindical durante todo el periodo previo a las elecciones. (Después de las
elecciones, el Organizer siguió como semanario durante un tiempo breve,
y luego después se suspendió su publicación por falta de fondos.) A medida
que los sindicalistas informaban de cada truco patronal, el periódico publicaba
una alerta general y explicaba cómo combatir la maniobra solapada. La campaña
sindical culminó en un gran mitin al aire libre la víspera del voto. Se
invitó a aquellos que dentro de la industria no eran miembros, y los oradores
explicaron de forma amistosa por qué estos trabajadores debían de votar a
favor del victorioso sindicato y afiliarse a él.
Resultados de la elección sindical
Con los resultados de la elección el Local 574 pasó a ser
el representante de negocia-ción del 61 por ciento de los empleados de la
industria del camionaje en general. A través de votos mayoritarios el sindicato
adquirió el derecho de hablar en nombre de todos los empleados de 62 empresas.
En 15 empresas el voto terminó empatado. En esos casos el Local 574 tenía el
derecho de representar a su mitad de los empleados, lográndose, por tanto, el
reconocimiento sindical en estos trabajos. En casi todas las compañías grandes
los trabajadores votaron en proporción de tres a uno a favor del Local 574, y
el bloque de 22 firmas del mercado le tocó al sindicato de forma sólida. La
candidatura patronal ganó una mayoría en 68 lugares. Estos eran generalmente
sitios pequeños, que usualmente operaban de manera paternalista, sobre una base
de tipo semifamiliar. En 21 compañías no se emitieron votos en absoluto. Estas
firmas no habían sido organizadas por el Local 574, no obstante, en la guerra
contra el sindicato éstas se habían unido al resto de las 166. Al considerarlo
todo, el sindicato se había establecido prácticamente en todas las ramas de la
industria del camionaje.
Seguidamente de las elecciones, el sindicato presentó una
solicitud de arbitraje, en aras de que se aumentaran las tarifas de salarios
mínimos por encima de los ofrecidos en la resolución de la huelga. Grant Dunne
y yo fuimos asignados para representar al sindicato en la junta de arbitraje. Se
seleccionaron, compañía por compañía, representantes de distintos
empleadores. Se acordó que John R. Coan, un abogado local, fuera el quinto
miembro “imparcial” de la junta. Se tenía que llegar a una decisión sobre
salarios referente a cada uno de los 77 establecimientos donde el sindicato
había ganado una mayoría o logrado un empate en la votación. Las secciones de
la industria afectadas eran: transferencias, mercado, aserradero, café,
muebles, abarrotes al por mayor, ferretería y plomería, agua de manantial, cal
y cemento, empaque, pintura y cristal, papel y detallistas.
Como caso piloto, el Comité Asesor de Empleadores
seleccionó una compañía de transferencias. Luego que el sindicato y los
patrones habían deliberado el caso en la junta, Coan falló a favor del Local
574. A los conductores de camiones se les concedió un mínimo de 52 centavos
por hora desde el 15 de septiembre de 1934 hasta el 31 de mayo de 1935, y 55
centavos por hora desde el primero de junio de 1935 hasta el 31 de mayo de 1936.
Se especificaron escalas mínimas de 42 centavos y 45 centavos por los mismos
dos periodos para los ayudantes, trabajadores de andén y trabajadores internos.
Lo que Coan había hecho era aplicar en la primera etapa la
propuesta de Haas-Dunnigan y en la segunda elevar los salarios al nivel de la
reivindicación del sindicato previa a la huelga. Su decisión reflejaba las
presiones generadas por la magnífica batalla del Local 574. La inclusión de
los trabajadores internos en el fallo -cuando el acuerdo de la huelga estipulaba
que en una compañía de transferencias sólo representáramos a conductores,
ayudantes y trabajadores de andén- confirmaba nuestra apreciación del impacto
de la victoria sindical. Significaba un reconocimiento formal de nuestro derecho
a representar a trabajadores de almacenes, empacadores de muebles, etcétera, y
sentaba un precedente para una expansión comparable de nuestro derecho a
representar a todos los miembros del sindicato en otras compañías. Luego de la
decisión de arbitraje en el caso de transferencias, el sindicato estableció la
misma tarifa de salarios en las negociaciones directas con las firmas del
mercado. Después de esto, el Comité Asesor de Empleadores anunció que todas
las 77 compañías aceptaban el fallo de Coan sobre salarios.
Nuestro acuerdo de llevar a cabo este proceso de arbitraje
era estrictamente una decisión táctica que se derivaba de las complejidades
del conflicto. Los puntos claves eran el reconocimiento del sindicato y el
derecho a representar a todos los miembros del sindicato. Nosotros no habríamos
aceptado que se arbitrara ninguno de estos puntos básicos. Efectivamente,
habíamos denunciado la propuesta del gobernador Olson, tras la huelga de mayo,
de que se arbitrara el asunto de los trabajadores internos. Estos eran asuntos
que se tenían que pelear hasta el final. La limitada concesión que habíamos
hecho sobre la cuestión de los trabajadores internos al aceptar la propuesta
original de Haas-Dunnigan, resultó de la mala coyuntura en que el sindicato se
vio atrapado en aquel momento. Todavía estábamos dispuestos a luchar de alguna
otra forma para recuperar el terreno que las circunstancias nos habían obligado
a ceder y teníamos confianza de que una victoria en la huelga lo haría
posible.
Aparentemente conscientes de nuestra determinación sobre
este asunto y no deseosos de tener en seguida otra lucha con el sindicado, los
patrones cedieron en este punto al aceptar el fallo de Coan. Aunque en el
sindicato acogimos la ampliación que hizo Coan de la definición de
trabajadores internos como caída del cielo, nosotros habríamos rechazado
cualquier intento de su parte para congelar el alcance de la representación
sindical por medio de su fallo. Para nosotros eso no era un asunto arbitrable.
Ya que el reconocimiento del sindicato era el punto más
importante en la feroz batalla contra los patrones, podíamos darnos el lujo de
ser un poco flexibles sobre la cuestión salarial en tanto eso nos pudiera
ayudar a ganar el punto principal. Cualquier revés en la cuestión salarial que
surgiera de este curso táctico sería solamente limitada y temporal. Una vez
que el sindicato estuviera firmemente establecido en el trabajo, los
trabajadores tendrían una base sólida para un progreso continuo en salarios y
condiciones de trabajo. Estas consideraciones nos llevaron a aceptar el
arbitraje salarial, de modo que el principal empuje de la huelga se pudiera
enfocar en la cuestión del reconocimiento sindical. Nuestra decisión de
ninguna manera implicaba coincidir de forma alguna con la perspectiva y las
costumbres del agente de negocios sindical medio. Contrario a tales mal
dirigentes, nosotros no intentábamos sustituir una acción huelguística con el
arbitraje en aras de hacer que los patrones nos aceptaran como “estadistas
laborales”.
Entendíamos a plenitud que en disputas obrero-capitalistas
no existe tal cosa como un árbitro “imparcial”. En realidad, en tales
situaciones no hay terreno intermedio y nadie es inmune a los conflictos que
suceden. Los árbitros --quienes por lo general son abogados, juristas,
pastores, etcétera-- a través de los años han dejado una larga estela al ser
“neutrales” en el bando capitalista. Su triste historial surge de su
aceptación de las normas de la clase dominante, acoplada a un deseo de ellos
poder prosperar en el mundo capitalista. Estas consideraciones los hacen
susceptibles a muchas formas de presión de la clase patronal. En el mejor de
los casos, los árbitros harán sólo concesiones tímidas a los sindicatos y
eso sólo bajo una fuerte contrapresión de la clase trabajadora.
Evitar arbitraje cuando es posible
Por estas razones los trabajadores deben evitar el arbitraje
de sus reclamos donde sea posible. Al tratar con cuestiones básicas, se debe
recurrir a él sólo bajo circunstancias sumamente insólitas: por ejemplo, en
un esfuerzo de salvar algunas concesiones patronales de una huelga que por lo
demás se considere perdida. El someter puntos secundarios al arbitraje por
consideraciones tácticas, debiera considerarse como un mal necesario y no un
procedimiento deseable. Aceptar que se lleven al arbitraje quejas sobre
violaciones patronales de un contrato sindical es un curso en extremo peligroso
para los trabajadores. En general, lo que sucede es que las quejas se van
amontonando detrás del dique de arbitrajes y el patrón se sale con la suya. Al
respecto, al aceptar el acuerdo del 21 de agosto el Local 574 retuvo el derecho
incondicional de salir en huelga. El sindicato quedó libre de tomar tal acción
para solucionar reclamos o por cualquier otra causa.
Tras concluir la huelga de julio-agosto, el sindicato
agradeció a sus amigos por su ayuda. Para citar algunos ejemplos notables, a
Herbert Solow se le nombró miembro honorario del sindicato en señal de aprecio
por su trabajo como director del The Organizer. La imprenta Argus
también fue recordada por su valerosa impresión del diario de la huelga. Se
rindió tributo especial a Joe Goslin, el capataz; Ace Johnston, el operador de
linotipo; y Roy Kalstron, el compaginador en la Argus. El doctor McCrimmon pasó
a ser el médico de familia para muchos hogares sindicales, y después de un
tiempo el propio sindicato elaboró con él un plan médico cooperativo.
Joe Davis, quien manejaba el Bar Lyons cerca de la sede del
sindicato, recibió también un elogio especial en forma de una broma pesada.
Él había mantenido en el bar latas de colectas para recaudar fondos para el
sindicato; habíamos utilizado su teléfono para hacer llamadas de larga
distancia a su cuenta; y a menudo él había facilitado dinero para fianzas y
ayudar a sacar a piqueteros del bote. A Joe se le envió un telegrama oficial de
agradecimiento con la siguiente posdata: “Sabemos que no te va a molestar que
este mensaje te lo enviemos por cobrar ya que hay pocos fondos”. Joe dijo más
tarde al reportero del Organizer, “Al ver que traía buenas noticias,
tuve que dar una peseta de propina al mensajero, así es que me costó un dólar
que me agradecieran”.
E.G. Hall, presidente de la Federación Estatal del Trabajo
de Minnesota, no estuvo en nuestra lista de aquellos a quienes había que
agradecer, ya que al día siguiente de terminar la huelga apuñaló al sindicato
por la espalda. En el Minneapolis Tribune del 22 de agosto de 1934, se
informó que había dicho, “La directiva de la huelga de los camioneros en
Minneapolis ha causado un tumulto al tratar de incluir otros oficios en el
sindicato de conductores y prometer lo imposible”. También se dijo que había
insinuado claramente que se libraría una lucha contra “tendencias comunistas”
dentro de la AFL estatal.
Este ataque por el jefe de la Federación Estatal del Trabajo
alentó a Cliff Hall a incrementar su campaña de red-baiting*
dentro del Local 574. Él se
hallaba ahora en una posición un tanto más ventajosa para echar a andar esta
artimaña. La disolución del comité de la huelga después del 21 de agosto
había restaurado la autoridad formal a la junta ejecutiva, y él aún
controlaba una estrecha mayoría en ese cuerpo. Los com-pinches de Hall dentro
del comité auxiliar de mujeres se volvieron particularmente despiadados en sus
ataques contra los dirigentes de la huelga. Las cosas se deterioran a tal punto
que había que hacer algo rápidamente. Así es que Moe Hork introdujo una
moción en la junta ejecutiva para disolver el comité auxiliar, y Brown y
Frosig ayudaron a forzar su aprobación. Moe había hecho una buena labor
durante la huelga. Como indicaba esta acción de su parte, estaba rompiendo con
su previa colaboración con Hall.
Para entonces estaba claro que toda la pandilla de Hall
tenía que ser barrida de los cargos sindicales antes de que sus trastornos
empezaran a debilitar a la organización. Como primer paso hacia ese fin, Bill
Brown llamó a la dimisión de todos los funcionarios titulares, incluso él
mismo. Los otros aceptaron dimitir, aparentemente creyendo que podrían ganar en
las nuevas elecciones. Nosotros postulamos candidatos de oposición para los
puestos en manos de los secuaces de Hall e hicimos una fuerte campaña en contra
de ellos. Cuando se contaron los votos, se había escogido la siguiente nueva
junta ejecutiva: Bill Brown, reelegido como presidente; George Frosig, reelegido
como vicepresidente; Grant Dunne, nuevo secretario de actas electo; F. Dobbs,
nuevo secretario-tesorero electo; Ray Dunne y Harry DeBoer nuevos síndicos
electos; y Moe Hork reelegido como síndico. Ni Miles Dunne ni Carl Skoglund
habían sido escogidos como parte de nuestra candidatura. Miles había sido
asignado para ayudar al sindicato de los Teamsters en Fargo, Dakota del Norte.
No se había considerado prudente que Carl fuera candidato debido a su problema
de ciudadanía.
Los incompetentes que tenían cargos en la vieja junta
ejecutiva ahora habían sido destituidos por los miembros. Habían sido
remplazados por dirigentes que se habían ganado el apoyo de las filas durante
la larga lucha del sindicato contra los patrones. Para completar la renovación,
la nueva junta inmediatamente despidió a Cliff Hall de su cargo como agente de
negocios. Se tomaron medidas para desarrollar un personal de organizadores
sindicales que se comportarían como luchadores obreros, no “como estadistas”
agentes de negocios de la AFL [Federación Americana del Trabajo]. Habiendo
escogido el momento oportuno, todo esto se logró con la misma facilidad con que
una tusa seca se puede arrancar de una mazorca de maíz madura.
Consolidación del Local 574
Estos cambios en la dirección oficial prepararon el terreno
para proseguir con la consolidación del Local 574. El antiguo comité de la
huelga de 100 miembros se había transformado ahora en un instrumento de control
sindical en el trabajo. Sus miembros, junto a los antiguos capitanes de
piquetes, fueron elegidos por los trabajadores como delegados en los lugares
trabajo. Su tarea era hacer cumplir el acuerdo de la huelga, y presionar lo más
que pudieran yendo más allá de sus condiciones específicas a fin de preparar
el terreno para avanzar en el siguiente contrato sindical. Su experiencia en la
huelga hizo de ellos delegados muy capaces. Con el poder del sindicato
respaldándolos de forma sólida, prosiguieron de manera militante para meter en
cintura a los patrones. Al mismo tiempo, tomaron la delantera para reclutar
nuevos miembros para el sindicato y, como parte de sus tareas, se encargaron de
que las cuotas sindicales se pagaran regularmente.
Se le prestó especial atención a la situación de los
trabajadores del carbón. Cuando el negocio mejoró en el otoño el sindicato
luchó por el retorno de todos los empleados a sus trabajos en base a la
antigüedad. Los patrones que tan engreídos habían despedido a los militantes
sindicales la primavera pasada, ahora se veían obligados a restituirlos a sus
puestos, o atenerse a las consecuencias. Huelgas relámpago en un par de
depósitos de carbón reformaron a los incrédulos. Después de esto, fue
principalmente cuestión de hacer cumplir el acuerdo laboral existente que
duraba hasta la primavera de 1935.
Paralelamente a la concentración de la atención en la
industria del carbón, se tomaron medidas para desarrollar una sección especial
dentro del Local 574 para los trabajadores desempleados. Los dirigentes del
Concejo Central de Trabajadores de Minneapolis (MCCW) alabaron la medida y
acordaron disolver su organización en la nueva organización del sindicato.
Aunque los desempleados aún tendrían su propia formación como una sección
especial del sindicato, la afiliación directa con el Local 574 les brindó una
nueva palanca como parte orgánica del movimiento sindical oficial.
El salto en el número de miembros del MCCW entre mayo y
agosto había sido un acontecimiento excepcional, directamente relacionado con
las acciones masivas del momento. Ahora estaba experimentando una importante
disminución de fuerza debido a la relativa calma que se dio tras finalizar el
paro de los conductores de camiones, sin embargo los cuadros básicos
permanecían intactos. Entre estos últimos había varias figuras que podrían
hacer mucho para echar a andar la nueva sección del sindicato. Lo que
principalmente necesitaban era ayuda de un dirigente político competente, pero
el personal del sindicato no podía prescindir de tal persona. Si había de
cerrarse esa brecha, eso lo tendría que hacer la Liga Comunista. Esta tarea
clave se le asignó a Max Geldman, un miembro del partido que se había
trasladado a la ciudad desde Nueva York después que había terminado la huelga
de julio-agosto. Él se aferró a su tarea, hizo bien su trabajo y desde
entonces jugó un papel prominente en el movimiento de los desempleados en
Minneapolis.
Aunque la Liga Comunista había actuado con prontitud para
reforzar en serio a los camaradas locales mientras duraba la batalla, lo
limitado de sus fuerzas le impidió asignar personal a plazos más amplios para
el largo trecho necesario para consolidar el sindicato. Por esta razón la
llegada de Max fue más o menos un golpe de suerte del que prontamente sacamos
provecho. Puesto que no se podía esperar más ayuda de este tipo de forma
realista, teníamos que seguir adelante con nuestros propios recursos locales.
Para ese fin había disponibles fuerzas significativas. Para el otoño de 1934
la rama del partido de Minneapolis había aumentado aproximadamente a 100
miembros y simpatizantes cercanos, más del doble del número de miembros que
tenía un año antes. Los reclutas habían sido captados de diversos locales
sindicales, así como entre estudiantes e intelectuales. En el caso del Local
574, ahora existía una fracción del partido grande y en crecimiento. Las
razones de esta ampliación tal vez se puedan ilustrar mediante algunos ejemplos
personales.
Marvel Scholl, quien había luchado en las huelgas como
miembro del comité auxiliar de mujeres, habló de su evolución política en su
diario: “Fue el 20 de julio, el Viernes Sangriento, que decidí en mi mente,
mejor dicho en mi corazón, unirme a la Liga Comunista de América . . . La sede
se había convertido en el hospital del frente de batalla por algunas horas . .
. Cuando se habían llevado a los últimos heridos a los numerosos hospitales
para que recibieran más tratamiento, me escabullí y fui al hotel donde Jim
Cannon and Max Shachtman tenían una habitación. Jim estaba solo en el cuarto.
Le dije: ‘No sé de qué se trata la Liga, pero sea lo que sea, si está en
contra de lo que pasó hoy, me quiero unir’. Jim fue amable conmigo. Me
explicó que a nadie se le permitía unirse al partido puramente por razones
emocionales, que tenían que saber a qué se estaban uniendo, qué es lo que
defendía, en contra de qué estaba y, con este conocimiento, decidir si
querían dedicar sus vidas a la causa. El debió haber notado mi estado de
conmoción, y si bien acogía mis intenciones, me aconsejó que aprendiera sobre
qué era el programa, qué significaba convertirse en socialista revolucionario.
Pero desde ese día mis intenciones fueron claras. Me pusieron bajo la tutela de
Carl Skoglund . . . No fue sino hasta después que terminó la huelga que fui
admitida al partido”.
Aunque de manera diferente, el Viernes Sangriento también
tuvo su impacto político sobre Harry DeBoer. Como describiera posteriormente su
situación, “¡Terminé con pesas de 45 libras colgadas de mi pierna y con
guardias para ver que no me escapara!” Después que fue operado y que empezó
su larga convalecencia, Harry tuvo mucho tiempo de ocio en sus manos. Los
compañeros de huelga llegaban a verlo cuando podían, entre ellos miembros del
partido con quienes podía sostener discusiones políticas.
Oscar Coover padre le llevó el primer tomo de una de las
obras básicas de Marx, El capital, para que lo leyera. Es un enorme tomo
difícil de maniobrar cuando uno yace sobre su espalda, y además por aquel
entonces Harry no era un hombre dado a la lectura. Prefería hablar sobre
política con aquellos cuyos puntos de vista respetaba, y también reflexionaba
bastante. De todo esto vino la decisión por su parte de unirse a la Liga
Comunista. Al explicar su acción hizo una amplia generalización política
acerca de la victoria del Local 574 que es difícil de mejorar: “No pudimos
haberlo hecho sin un partido revolucionario disciplinado”.
Bill Brown también llegó a considerarse trotskista. Aunque
esto no lo llevó a ser miembro activo en la Liga Comunista, eso no
necesariamente implicaba una vacilación política de su parte. Personalmente,
me pareció que su actitud demostraba cuán profundo era su respeto por el
partido. Bill era una persona indisciplinada, y parecía conocerse a sí mismo
lo suficientemente bien como para darse cuenta que eso no cambiaría simplemente
con unirse a la liga. Si hubiéramos tratado de convencerlo de lo contrario, se
podría haber convertido en un problema como miembro formal. Tal como estaban
las cosas, jugaba un papel inapreciable como simpatizante cercano. Colaboraba de
forma fiel y consecuente con la fracción del partido en todas las cuestiones
importantes dentro del Local 574. Cada vez que una figura nacional del partido
pasaba por la ciudad como parte de una gira de charlas, Bill estaba a mano,
presto a escuchar la plática, y parte de lo que escuchaba a menudo llegaba a
formar parte de su siguiente discurso importante dentro del movimiento sindical.
También era generoso en cuanto a las contribuciones financieras al partido,
insistiendo que diéramos por sentado su apego a esta obligación particular de
militancia de partido.
Al hallarse el Local 574 en una mala situación financiera
después de la huelga, cada uno de quienes formaban la plantilla sindical
recibía a lo sumo 20 dólares por semana, a veces menos. De esa suma, los
miembros del partido que integrábamos la plantilla habíamos decidido que cada
uno contribuiría un dólar por semana a la rama del partido. A este respecto,
un incidente reflejó nuestra costumbre de jugarnos unos a otros bromas pesadas,
práctica que nos había ayudado a mantener un sentido de la proporción en esos
tiempos turbulentos. Bill había pedido que se le incluyera en la lista de
deducciones del partido. Un día, como secretario-tesorero, estaba yo
repartiendo la paga sindical, y Harry DeBoer, quien para entonces se había
recuperado de su lesión, estaba cobrando las contribuciones del partido. Cuando
Bill recibió su paga, cerró sus puños alrededor del dinero, se metió ambas
manos en sus bolsillos y dijo a Harry: “Puedes quedarte con el dólar si
logras cobrarlo”. Tras forcejear con Bill hasta tumbarlo, raspándole un poco
la nariz y, en general, maltratándolo un poco, DeBoer logró conseguir el
dólar. Bill sonrió y dijo a Harry, “Hice que te lo ganaras, tú holandés
hijo de perra”.
Tareas de los comunistas en el sindicato
La fracción de la Liga Comunista dentro del Local 574
funcionaba como una sola unidad. Todos los camaradas tenían igual voz y voto,
ya sea que fueran dirigentes o miembros de filas del sindicato. Los miembros del
partido en otras esferas de actividad estaban organizados de forma similar, en
cada caso en fracciones separadas. Estas fracciones a su vez eran parte de una
rama general del partido, que en la circunstancia dada abarcaba a todos los
camaradas en la ciudad. La estructura permitía que aquellos envueltos en un
área particular de actividad se concentraran de forma organizada en su labor
específica. Al mismo tiempo facilitaba un correctivo ante cualquier tendencia
que uno tuviera de volverse absorto de forma demasiado estrecha en actividades
especializadas a costa de su educación y visión políticas más amplias. En el
caso del Local 574, por ejemplo, los problemas sindicales eran tan apremiantes y
tan complejos, que los camaradas fácilmente podían llegar a preocuparse de
ellos de forma tan parcia-lizada que podía hacer caso omiso de otros asuntos
políticos y organizativos. El ser parte de una rama de militancia general les
ayudaba a contrarrestar ese peligro. Se les atraía hacia patrones más amplios
de ideas políticas y hacia los procesos educativos multifacéticos del partido.
Como resultado, los camaradas sindicalistas se volvían más hábiles en sus
propias tareas especiales y el partido era más capaz de ayudarles a hacer su
trabajo.
Además, el partido fue el mejor medio a través del cual los
camaradas sindicalistas podían mantenerse al tanto de las tendencias sindicales
nacionales. Nuestras huelgas se desarrollaron durante el quinto año de la gran
depresión y el segundo año del renacer del movimiento obrero. Constituyeron
una de las tres batallas de clases sobresalientes de 1934, habiendo librado las
otras los trabajadores del auto en Toledo y los estibadores en San Francisco.
Todas estas huelgas fueron dirigidas por izquierdistas, por
encima de la oposición de funcionarios sindicales conservadores. Tendieron a
rebasar líneas jurisdiccionales estrechas y fueron conducidas de forma
militante frente a severas represiones policiacas. Estos combates no sólo
demostraron que los trabajadores iban a pelear por sus derechos y que podían
hacerlo: demostraron que genuinas acciones de filas podían ganar. En estos tres
casos los patrones fueron derrotados y obligados a reconocer el sindicato.
Esta serie de victorias dio un tremendo ímpetu a la moral de
trabajadores insurgentes por todo el país. El impulso creciente del movimiento
obrero llevó a luchas históricas en la industria básica que resultaron en la
formación del CIO [Comité de Organización Industrial] y culminaron en la ola
de huelgas de brazos caídos que comenzó dos años más tarde. Era vital que
tuviéramos un entendimiento básico de este fenómeno en desarrollo para trazar
el futuro del Local 574. La marejada creciente de combatividad obrera podía
brindarnos apoyo objetivo en nuestras batallas venideras, siempre y cuando
comprendiéramos claramente el significado de los sucesos y mantuviéramos un
buen sentido de cuándo actuar.
Función positiva del Partido Americano
En términos más inmediatos, las tendencias objetivas ya
estaban conduciendo hacia el refuerzo a nivel nacional de los cuadros sindicales
de nuestro partido. Paralelo a la huelga de mayo de Minneapolis el Partido
Americano de los Trabajadores [AWP] había conducido la lucha comparablemente
combativa de los trabajadores del auto en la Compañía Eléctrica Auto-Lite en
Toledo, Ohio. También había forjado un movimiento de desempleados sustancial,
centrado en Ohio, Pennsylvania, y en zonas aledañas. El AWP era de carácter
centrista, abarcando tanto a revolucionarios en potencia como a oportunistas
políticos. Para nosotros era importante la presencia en sus filas de
trabajadores militantes que políticamente iban en dirección nuestra. Una
consideración colateral era prevenir que los estalinistas apuñalaran al AWP
mientas nosotros captábamos a los militantes hacia nuestro programa
revolucionario.
Con ese objetivo en mente, la Liga Comunista inició una
discusión amistosa con el AWP. Para diciembre de 1934, nuestros esfuerzos
habían conducido a una fusión de las dos organizaciones en una nueva
organización llamada el Partido de los Trabajadores de Estados Unidos. Poco
después de la fusión, realizaron una gira nacional Jim Cannon, quien había
encabezado la Liga Comunista de América, y A.J. Muste, quien había sido el
dirigente central del Partido Americano de los Trabajadores. Su arribo en
Minneapolis fue acogido con gran júbilo. Todos los camaradas llegaron a
sentirse doblemente inspirados para avanzar tanto en la labor sindical como en
la de la construcción del partido.
A nivel local nuestra victoriosa lucha huelguística ya
había sentado la pauta, dado un ejemplo y mostrado la vía hacia más avances
obreros. En su número del 24 de agosto el Minneapolis Labor Review
había declarado: “El triunfo en esta huelga significa la victoria más grande
en los anales del movimiento sindical local . . . Ha hecho que a Minneapolis
deje de co-nocérsele como un paraíso de esquiroles para pasar a ser una ciudad
de esperanza para todos los que trabajan”.
La confirmación de dicha declaración no se hizo esperar.
Para el 27 de agosto, los trabajadores de lavanderías, quienes habían salido
en huelga después del Viernes Sangriento, arrebataron un acuerdo a los
patrones de las lavanderías logrando un aumento salarial y mejoras en las
condiciones de trabajo. Su victoria, que se dio en la secuela del triunfo del
Local 574, ayudó a inspirar a otros trabajadores para que se cuadraran ante los
patrones. Huelga tras huelga comenzaron a suceder a medida que más y más
trabajadores se unían a la campaña para hacer de Minneapolis una ciudad
sindical. En cada caso, se acudía en pos de ayuda y de dirección al Local 574,
el cual había surgido como una fuerza principal en el movimiento obrero de
Minnesota.
Lo que llegó a suceder conforme estas nuevas batallas se
desencadenaron después de 1934 demostró ser no menos turbulento y
significativo que las luchas que he descrito, y no menos cargado de
ramificaciones nacionales. Esos sucesos merecen que se relaten en una narración
aparte.
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