
UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR julio-agosto de 2003 Vol. 27 No. 7
Irán
La revolución iraní: cómo el pueblo trabajador tumbó al sha en 1979
Por Ma’mud Shirvani
(Segunda parte)
En el primer artículo, publicado en la edición anterior,
describimos la lucha revolucionaria que se llevó a cabo en Irán durante varias
décadas para librar al país de la monarquía persa y de las potencias
imperialistas que la apoyaban, principalmente Londres y Washington. Fue la CIA
estadounidense la que organizó el golpe de estado en 1953 que restauró en el
poder a Mohammad Reza Pahlavi tras un auge popular que reclamaba un gobierno
democrático y la nacionalización de los yacimientos petrolíficos.
Hicieron falta otros 25 años para que el pueblo iraní se
recuperara de esa contrarrevolución y emprendiera una nueva lucha para derrocar
al sha. Esa batalla estalló abiertamente con el levantamiento de Tabriz en
febrero de 1978. De acuerdo con la tradición islámica de luto, se comenzaron a
llevar a cabo manifestaciones cada 40 días en todo el país. Cada vez que se
desplegaba al ejército para disparar contra los manifestantes, más personas se
unían a la lucha.
Durante una de las protestas en la ciudad industrial de
Isfahán, los manifestantes se tomaron partes de la ciudad por dos días, hasta
que el régimen declaró ley marcial por primera vez desde 1953. Una marcha de
un millón de personas, la más grande en Irán hasta entonces, tuvo lugar en
Teherán el 7 de septiembre de 1978. “Muerte al sha”, “Expulsemos a
América”, “Jomeiní es nuestro líder”, y “Queremos una república
islámica” fueron sus principales demandas. El último lema aparecía por
primera vez.
A causa de las traiciones estalinistas y las derrotas que
sufrió la clase obrera durante la segunda revolución iraní (ver el primer
artículo), y debido a la intensidad de la represión política bajo el sha,
especialmente contra los trabajadores, no existían organizaciones de masas de
la clase obrera que pudieran encabezar esta tercera revolución. Las masas
consideraban a la jerarquía islámica, y más y más a los que rodeaban al
ayatolá Jomeiní, como la nueva dirección. Desde el exilio, Jomeiní instaba a
los manifestantes a seguir en las calles hasta que se fuera el sha. Las
mezquitas se convirtieron en centros de organización.
El sha declaró la ley marcial en Teherán y otras 11
ciudades el 7 de septiembre. Nombró al general Gholam Oveisi como gobernador
militar de la capital. Oveisi era conocido como el “carnicero de Irán” por
su agresión asesina contra manifestantes en 1963 que dejó un saldo de miles de
muertos.
‘Viernes Sangriento’
Cuando los manifestantes se congregaron en la Plaza de Jaleh
en Teherán el viernes 8 de septiembre, fueron atacados con tanques y
ametralladoras. Un periodista del Guardian, un diario londinense,
escribió que la escena se parecía a un pelotón de fusilamiento, con las
tropas disparando hacia una una masa de manifestantes inmóviles. Más de 4 mil
manifestantes fueron asesinados en el país ese día, alrededor de 500 en
Teherán. El 8 de septiembre llegó a conocerce como “Viernes Sangriento”.
Esta masacre del ejército no fue seguida por estallidos o
manifestaciones por todo el país. Los gobernantes esperaban haber cambiado el
curso de los acontecimientos. El presidente estadounidense James Carter llamó
al sha para reiterar su apoyo. Carter dijo que esperaba que se acabaran los “disturbios”,
a la vez que “expresó pesar” por el derramamiento de sangre.
La esperanza fue prematura. Una fuerza poderosa, la clase
obrera industrial, entró en escena. El día siguiente del Viernes Sangriento
-el sábado 9 de septiembre- era el primer día de la semana laboral en Irán.
Unos 700 trabajadores en la refinería de petróleo de Teherán se declararon en
huelga demandando mejoras salariales y el fin de la ley marcial.
Los trabajadores habían participado en las manifestaciones
hasta entonces. Ahora, por primera vez, actuaban como clase. La huelga no había
sido convocada por ningún sindicato -los sindicatos independientes estaban
prohibidos bajo el sha- ni por ninguna de las figuras de la dirección clerical.
Fue obra de los dirigentes entre las filas que habían surgido antes y durante
el movimiento de masas contra la monarquía.
Dos días después, los trabajadores de las refinerías de
petróleo en Abadan -las más grandes-y en Isfahan, Shiraz y Tabriz se unieron a
la huelga. Esto fue seguido por los trabajadores de cemento en Teherán, quienes
además exigieron la libertad de todos los prisioneros políticos. Los obreros
petroleros en Ahwaz exigieron el cese de la discriminación contra la mujer
trabajadora.
Las olas de paros políticos continuaron hasta octubre,
involucrando a 40 mil petroleros, 150 mil trabajadores textiles, 40 mil obreros
del acero y 100 mil empleados públicos. Al final la huelga paralizó casi todas
las industrias, los bancos, las oficinas de correos, los ferrocarriles, las
aduanas, los puertos, los vuelos internos, las estaciones de radio y
televisión, los hospitales públicos, los bazares y las universidades.
Ya para principios de noviembre, la remolacha se pudría en
los campos sureños porque 7 mil obreros agrícolas del gigante complejo
agroindustrial Haft-Tapeh habían estado en huelga por más de un mes.
Una parte importante de la clase gobernante estaba perdiendo
confianza en su capacidad de mantenerse en el poder.
Los trabajadores en el Banco Central abrieron los archivos y
publicaron los nombres de 180 funcionarios del gobierno que recientemente
habían sacado del país 4.2 mil millones de dólares. En la lista figuraban
capitalistas y miembros del gabinete y generales del sha.
Los huelguistas mantuvieron desequilibrado al régimen y
brindaron tiempo para que el movimiento de masas se reavivara con más vigor. La
clase media en su ma-yoría se plegó al movimiento. Se convocaron
manifestaciones nacionales para el 10 y el 11 de diciembre, las jornadas de
duelo religioso más importantes, llamadas Tasua y Ashura. Millones de personas
salieron a las calles en todo el país. En Teherán la manifestación atrajo
cerca de dos millones de personas. “¡Ahorquen al títere americano! “ e “¡Imperialismo
americano fuera de Irán!” fueron algunas de las demandas.
Ya un gran número de campesinos de los poblados aledaños se
estaban uniendo a las manifestaciones en las ciudades. Después los jóvenes
trabajadores-campesinos que viajaban diariamente a las ciudades empezaron a
organizar mítines y marchas en sus propias aldeas. Y a medida que crecía el
movimiento de masas, en las aldeas empezó la agitación a favor de que los
campesinos ocuparan las tierras de los grandes latifundistas ausentistas y de la
familia real.
Por el hecho que los trabajadores controlaban el flujo de la
electricidad, los residentes de las ciudades y los pueblos pudieron participar
en una nueva forma de protesta nocturna contra el sha. Su efecto sobre los
gobernantes iraníes, y sobre los individuos que Washington había enviado para
respaldarlos, lo describió muy bien en sus memorias el general Robert Huyser,
comandante supremo de los aliados en Europa. Huyser había sido escogido por el
presidente Carter para ir a Irán y organizar a los generales del sha a fin de
que llevaran a cabo un golpe militar contrarrevolucionario. Sus memorias fueron
publicadas en el libro Mission to Tehran (Misión a Teherán).
‘Ruidos espeluznantes’
Después de entrar a Irán ilegalmente y de incógnito,
Huyser describió así su primera noche en el país, el 4 de enero de 1979: “Ruidos
espeluznantes llenaban el aire nocturno al empezar mi primera noche en Teherán.
La gente gritaba ‘¡Alá akbar!’ (Dios es grande) desde los techos
aledaños, y cada exclamación era repetida desde otra zona. Disparos de armas
automáticas desgarraban la noche, recordándome la línea del frente en Corea.
La electricidad se cortaba por un par de horas cada noche, a eso de las 8:30
p.m., como forma de acoso por las fuerzas opositoras…. La casa pronto sintió
el frío del invierno y la oscuridad llenó las habitaciones”.
El general y su anfitrión caminaron “sobre la veranda para
oír los ruidos de la selva humana…. Las consignas y los disparos continuaron
aún mucho después del toque de queda, que iba desde las 9 p.m. hasta las 5
a.m. No fue hasta la medianoche que las multitudes por fin se dispersaron y
descendió una paz inquieta. Pasé una noche sin dormir”.
Las huelgas ayudaron a reavivar las manifestaciones de masas.
Las protestas callejeras, a su vez, subieron la moral de los trabajadores frente
a los repetidos ataques de SAVAK, la policía secreta, y del ejército para
romper las huelgas. Cuando el régimen lograba aplastar una huelga, los
trabajadores regresaban a la planta para organizar otra.
Uno de los obreros petroleros de Ahwaz en Juzistán dijo que
su primera huelga empezó el 18 de octubre, duró 33 días y finalmente fue
aplastada por el régimen. Los militares iban de puerta en puerta buscando a los
huelguistas, añadió, y arrestaban a los que encontraban y los forzaban a
trabajar.
“En ese momento decidimos regresar a trabajar junto con los
demás trabajadores y prepararnos para una nueva huelga”, indicó. “No nos
considerábamos derrotados ya que era evidente que había un movimiento continuo
de todo el pueblo iraní”. El primer día que regresaron, dijo, llevaron a
cabo una asamblea general, eligieron un comité coordinador de 15 personas y
empezaron a ponerse en contacto con los trabajadores de otras fábricas en
huelga.
Al extenderse los paros por toda la región petrolera del
sur, la exportación de petróleo iraní bajó a cero. Más tarde, después de
muchos debates, los trabajadores decidieron producir suficiente petróleo para
suplir las necesidades de la población, pero primero se aseguraron que los
militares no pudieran apoderarse del combustible.
Sin las exportaciones de petróleo y sus ingresos, el
régimen iba camino a la quiebra. Las huelgas de los trabajadores bancarios
impedían la distribución del capital y el pago de los salarios. Las huelgas de
los empleados de aduanas detenían la entrega de los repuestos y la materia
prima. Las huelgas causaron el cierre de la ma-yoría de los ministerios de
gobierno. Los estudiantes se tomaron las universidades y las convirtieron en
centros de discusión y actividad política donde todas las tendencias
políticas a favor de la revolución podían participar.
A principios de enero de 1979, comités de huelga elegidos
democráticamente habían ocupado muchas fábricas grandes, ministerios de
gobierno y centros de comunicación. Los dirigentes de los diferentes comités
de huelga empezaron a ponerse en contacto entre sí para tratar asuntos
relacionados con las huelgas y la revolución. Los comités de huelga de los
petroleros y ferroviarios llegaron a un acuerdo para que los trenes
transportaran el combustible necesario para el consumo nacional. Los comités de
huelga también protegían las fábricas, que en gran parte eran estatales, de
accidentes y sabotaje. El comité de huelga en la acería de Isfahan negoció
con el comité de huelga de los ferroviarios pidiéndoles que lle-varan el
carbón que necesitaban desde Kerman para mantener las calderas calientes.
Trabajadores resisten
A las ofertas insistentes del gobierno de grandes aumentos
salariales a cambio de que los trabajadores retiraran sus demandas políticas,
la respuesta unánime fue “no”. Esto sorprendió a Jonathan Randall,
corresponsal del Wa-shington Post, quien entrevistó a dos dirigentes
jóvenes del comité coordinador que dirigía la huelga de los obreros
petroleros en la refinería de Abadan. Escribió el 10 de octubre que sus
comentarios “parecían indicar una devoción a ideales utópicos en vez de las
concesiones mutuas que se dan en las luchas entre la patronal y los trabajadores”.
Los dirigentes de los comités de huelga eran a menudo un
núcleo de trabajadores que se conocían desde hace tiempo, habían debatido
política y habían vivido experiencias comunes. Un dirigente en la fábrica de
la Caterpillar, por ejemplo, dijo, “Eramos un grupo de trabajadores y
empleados que nos conocíamos bien gracias a nuestra participación en diversas
actividades revolucionarias durante por lo menos siete u ocho años. Como
pensábamos más o menos igual acerca de los problemas sociales... nos las
arreglamos para formar un núcleo secreto…. Este núcleo participaría en toda
clase de actividades políticas aquí, en lo posible, y también intervendría
en otros centros de trabajo”.
Sin embargo, el liderazago entre las filas de la clase obrera
que estaba surgiendo en estas batallas no fue capaz de unirse políticamente a
nivel nacional. Sin un partido proletario que pudiera unir a estos trabajadores,
la dirección burguesa existente los hacía retroceder cada vez que trataban de
emprender un curso proletario independiente.
No existía una dirección obrera revolucionaria a escala
nacional, con experiencia de lucha, que las masas conocieran y en la cual
tuvieran confianza, para conducir a los trabajadores y agricultores -quienes ya
estaban dando pasos de gigante- para tomar el poder político y establecer una
república de trabajadores y campesinos.
Ascenso de los shoras
A medida que las huelgas se generalizaban, surgieron varios
tipos de consejos barriales en las ciudades. Los que se formaron en los
distritos obreros eran los que estaban mejor organizados. Con sus bases
principalmente en las mezquitas, manejaban la distribución de alimentos y
combustible, defendían los barrios contra los ataques de los matones del
régimen, se ocupaban de las familias de los asesinados o mutilados en las
manifestaciones contra el gobierno, y ayudaban a organizar nuevas acciones de
protesta.
En Mashhad, ciudad de un millón de habitantes al este, cerca
de la frontera con Afganistán, la población indignada logró expulsar al
ejército del sha de la ciudad en choques sangrientos. En la ciudad kurda de
Sanandaj, al oeste, crearon guardias de defensa al expulsar al ejército.
Antes del fin del año, la población en varias provincias,
especialmente en Azerbaiyán y en dos provincias sobre el mar Caspio -Gilan y
Mazandaran- había tomado algunos de los pueblos. Comenzaron a brotar órganos
populares llamados shoras (consejos). En Sari y Amol sobre el mar Caspio,
se formó un consejo de solidaridad compuesto por representantes de 27 grupos
industriales y artesanales, así como maestros, comerciantes y empleados
públicos.
Washington introdujo secretamente en Irán al general
estadounidense Robert E. Huyser, comandante supremo de la OTAN en Europa, para
organizar un golpe military con el objetivo de mantener a la monarquía en el
poder, según lo habían hecho los imperialistas en 1953. “Según me parecía,
lo único que el gobierno controlaba eran las fuerzas armadas y sus
instalaciones”, escribió Huyser en sus memorias al evaluar la situación dos
días después de su llegada.
Fracasa el sha
A fines de 1978, el sha había agotado todas la posibilidades
de romper las huelgas y aplastar el movimiento de masas. Había barajado sus
gabinetes, alternando entre lacayos duros y blandos, liberando a algunos
prisioneros políticos, y encarcelando a algunos de sus más leales secuaces,
antiguos primeros ministros y jefes de SAVAK para apaciguar a las masas. En
otras ocasiones había actuado duramente, desatando a sus generales para que
intensificaran la violencia contra las masas. Nada de esto dio resultados.
Finalmente, bajo la presión de los acontecimientos y la
insistencia de Washington, se vio obligado a acudir a la oposición burguesa
liberal. Nombró como primer ministro a Shahpur Bajtiar -antiguo miembro del
Frente Nacional, una agrupación política fundada por Mohammad Mossadegh en
1949- y se aprestó a huir del país.
Bajtiar fue denunciado inmediatamente por Jomeiní, quien
entonces vivía exiliado en París.
Las masas se dirigieron hacia la jerarquía islámica, y
especialmente las fuerzas en torno al ayatolá Ruhollah Jomeiní, como un nuevo
liderazgo. A consecuencia de las traiciones estalinistas y las derrotas sufridas
por la clase obrera durante la segunda revolución iraní (ver el artículo
anterior), y debido a la intensidad de la represión política bajo el sha,
especialmente contra los trabajadores, no existían organizaciones obreras que
pudie-ran dirigir esta tercera revolución.
El 3 de enero, el parlamento simbólico (majles)
aprobó formalmente el nombramiento de Bajtiar como primer ministro. El general
Huyser llegó a Teherán al día siguiente. Huyser inmediatamente empezó a
trabajar con varios de los principales generales del sha para convencerlos de
que colaborasen con Bajtiar, una ex figura opositora, para salvar al ejército,
e incluso considerasen lo que hasta entonces había sido “impensable”:
iniciar negociaciones con los representantes de Jomeiní y los mullahs, a
quienes el sha y sus generales siempre habían menospreciado.
‘Todo menos el combustible’
La meta inmediata de Washington era romper las huelgas
militarmente. “Teníamos las municiones, el transporte, los tanques -todo lo
que necesitábamos menos el combustible”, escribió Huyser. Los obreros
petroleros no estaban permitiendo la entrega de combustible al ejército. Huyser
trató de usar las divisiones de clase dentro del movimiento revolucionario como
palanca para lograr sus propósitos. Huyser continuaba insistiéndoles a los
generales de “que si podemos ponernos en contacto con los dirigentes
religiosos es posible que consigamos su apoyo en este asunto”.
Mientras los generales del sha se dilataban, el 11 de enero
Huyser le pidió a Washington mandar un buque petrolero que se hallaba en aguas
cercanas, para que fuese descargado y puesto a la disposición del ejército. La
respuesta fue lenta. “Ya habíamos iniciado la propaganda con volantes en las
calles”, dijo Huyser frustrado. “Pero si íbamos a poner en marcha alguno de
los planes [golpistas] que requerían de tanques y vehículos, entonces
necesitaríamos una nueva fuente de gasóleo y gasolina de motor”.
La propaganda y los volantes que menciona Huyser se refieren
a sus intentos de organizar una base política para la contrarrevolución y
ganar apoyo entre las capas medias que se habían beneficiado directamente del
gobierno del sha. Querían iniciar un movimiento “constitucionalista” que
actuaría en las calles -como los matones organizados por la CIA lo habían
hecho durante el golpe de 1953- con una fachada de democracia. Durante muchas
décadas la monarquía y sus mecenas imperialistas habían pisoteado la
constitución surgida de la primera revolución iraní. Ahora la estaban
invocando para disfrazar un contrarrevolución.
En esos días uno se encontraba con matones armados que
viajaban en camiones abiertos por las ciudades dando palizas a manifestantes
aislados y atacando las universidades. El movimiento “constitucionalista”
logró organizar una manifestación de 50 mil personas a favor de Bajtiar en
Teherán el 25 de enero. Fue su primera y última acción.
Finalmente, cuando el petrolero fletado por el Departamento
de Defensa de Estados Unidos llegó a las aguas iraníes a fines de enero, los
trabajadores petroleros se negaron a entregarlo al ejército. Huyser informó al
secretario de defensa estadounidense Harold Brown que los obreros habían
exigido que fuese un “regalo de los militares iraníes al pueblo de Irán, y
por supuesto no podíamos” hacer eso. El general Huyser salió del país poco
después; misión fracasada.
El sha huyó del país el 16 de enero, supuestamente para
tomar unas “vacaciones prolongadas”. En todo Irán se celebró la victoria
con júbilo. Millones de personas por todo el país convergieron en Teherán
para dar la bienvenida a Jomeiní el 1 de febrero. A su llegada, Jomeiní
declaró ilegal el gobierno de Bajtiar y dijo que nombraría un gabinete
legítimo.
Poco después, Jomeiní nombró a Mehdi Bazargan, quien
había sido uno de sus representantes en el país, para encabezar un gobierno
revolucionario provisional. Bazargan era una figura popular; era un nacionalista
burgués que había colaborado con Mossadegh y había sido el primer director de
la nacionalizada industria petrolera en 1951.
Bazargan junto con otros dirigentes burgueses, incluidos
clérigos, habían estado en desacuerdo con los trabajadores porque se oponían
a las acciones políticas independientes por parte de los trabajadores.
Organizaron una campaña para “suspender las huelgas que pongan en peligro el
trabajo de las principales industrias relacionadas con la producción de las
necesidades urgentes del pueblo, las que amenacen la supervivencia del país”.
Ya para el 30 de enero habían logrado convencer a los trabajadores de unas 118
fábricas de que regresaran a trabajar.
Sin embargo, a principios de enero, cuando Bazargan fue a los
yacimientos petroleros para tratar de reanudar la producción interna, fue
abucheado por los huelguistas. “No respetan la religión”, dijo,
quejándose. Pero fue la intransigencia de los trabajadores para impedir que los
militares tuvieran acceso al petróleo que necesitaban para un golpe lo que
salvó la revolución. Huyser, en su informe citado anteriormente, confirma esta
aserción.
Mientras se prolongaban en la cúpula las negociaciones por
un traslado pácifico del poder al gobierno provisional, la clase obre-ra y los
jóvenes campesinos en el ejército estaban siendo reclutados a la revolución.
En las zonas urbanas los manifestantes confraternizaban con los soldados y
planteaban el lema, “Hermano soldado, ¿por qué matar a tus hermanos?” Las
mujeres participaban en manifestaciones de masas, a menudo encabezando los
esfuerzos de confraternidad. Tiraban flores sobre los soldados en los camiones
del ejército o las ponían en los cañones de sus escopetas y los llamaban a
unirse a la rebelión del pueblo.
El motín de los aviadores
Nadie entre el liderazgo de Jomeiní hizo un llamamiento a la
insurrección. Las crecientes tensiones de clase, sin embargo, estallaron
abiertamente la noche del viernes 9 de febrero. Fue cuando la Guardia Real
élite del sha trató de aplastar un motín de los homafars (técnicos y
cadetes de la fuerza aérea) pro-Jomeiní en la base aérea de Doshan Tappeh en
Teherán.
Sobre estos sucesos el semanario socialista en inglés The
Militant publicó un informe testimonial de su corresponsal en Irán,
Cindy Jaquith, quien integraba un equipo de periodistas socialistas
revolucionarios que estaban en el país en esos momentos. “A la medianoche del
9 de febrero, el silencio del toque de queda en el sureste de Teherán se
rompió con los gritos de ‘Alá Akbar’ ”, escribió Jaquith, “que
provenían de la base aérea de Doshan Tappeh. Los aviadores estaban llamando a
todos los residentes de las zonas circundantes a que ayudaran a repeler la
invasión de la Guardia Real.
“Ya se había alertado a la base aérea de que soldados de
la guardia bajaban desde el norte de Teherán. Los aviadores empezaron a
organizar la defensa. La tropa eligió a nuevos oficiales para dirigir la
batalla. Se repartieron armas. Cuando los gritos de auxilio llegaron a los
residentes de la zona, hubo una expresión masiva de solidaridad revolucionaria.
Miles de personas salieron de la casa, desafiando el toque de queda, y corrieron
a la base aérea. Allí ayudaron a los aviadores a construir barricadas”.
Ya para el día siguiente, la ciudad entera había empezado a
organizarse. Jóvenes que habían actuado como guardias de defensa en las
manifestaciones recientes, así como miembros de algunas de las organizaciones
guerrilleras clandestinas, empezaron a tomar control de las calles. En un
intento desesperado de quitar a la gente de las calles y aislar a los aviadores,
los militares anunciaron a las 2:00 p.m. del 9 de febrero que el toque de queda
comenzaría las 4:30 p.m. Si bien algunos dirigentes del clero hicieron
declaraciones públicas para instar a la gente a que acatara el toque de queda,
un poco antes del plazo de las 4:30 p.m. Jomeiní llamó al pueblo a desafiar el
toque de queda impuesto por un “gobierno ilegal” y a proteger a los
aviadores.
Las masas inmediatamente salieron a las calles. En el
distrito obrero del sur de Teherán prácticamente salió la población entera.
“Esa noche, la gente empezó a ocupar estaciones de policía llevándose armas
y archivos”, informó Jaquith. Al día siguiente a las 2:00 p.m., “la radio
anunció que el alto mando del ejército declaró que ya no iba a resistirse al
pueblo”.
Los soldados abrieron los cuarteles en la ciudad y la
población tomó las armas. La sublevación en Teherán se extendió
rápidamente a todo el país. La monarquía fue derrocada.
Mientras ocurría la insurrección, el general Huyser fue
llamado a una conferencia telefónica y el subsecretario de defensa de Estados
Unidos le preguntó si estaba dispuesto a regresar a Teherán y encabezar un
golpe militar. Huyser dice en sus memorias que accedió con ciertas condiciones,
entre ellas, que Washington le enviara 10 mil de sus mejores tropas y le
brindara “apoyo nacional unánime”.
“Hubo una larga pausa”, escribe Huyser, “Así es que
contesté la pregunta por ellos”.
Los gobernantes estadounidenses sabían que los trabajadores
iraníes se defenderían con tenacidad en caso de un asalto militar
estadounidense, y presionarían para establecer un gobierno de trabajadores y
agricultores, como el pueblo trabajador de Vietnam había hecho anteriormente.
En rueda de prensa el 17 de enero, el presidente
norteamericano James Carter había declarado, “Por cierto no tenemos ni deseos
ni capacidad de intervenir con fuerzas masivas en Irán….Lo intentamos una vez
en Vietnam. No resultó muy bien.”
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