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Qué es el fascismo, cómo combatirlo

EDITORIAL PATHFINDER

‘Lucha deviene guerra de desgaste’, duodécimo capítulo de la ‘La rebelión de los camioneros’


UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR
junio de 2003 Vol. 27 No. 6

Editorial Pathfinder

Lucha deviene ‘guerra de desgaste’
Duodécimo capítulo de ‘La rebelión de los camioneros’ de Pathfinder

Por Farrell Dobbs

[A continuación publicamos el duodécimo capítulo de La rebelión de los camioneros, traducción de Teamster Rebellion, por Farrell Dobbs. Perspectiva Mundial está publicando este libro por entregas.]

[La rebelión de los camioneros es el primero de cuatro tomos que Dobbs escribió sobre las huelgas, campañas de sindicalización y luchas políticas que transformaron al sindicato de los ca-mioneros Teamsters en Minnesota y en gran parte del Medio Oeste estadounidense en un pujante movimiento social. Un protagonista y líder de esas batallas, Dobbs fue después dirigente del Partido Socialista de los Trabajadores por muchos años.]

[Los subtítulos y notas son de Perspectiva Mundial. Copyright © 2002 por Pathfinder Press. Se publica con autorización.]

 

En el preciso instante en que los soldados del gobernador Olson invadían la sede de la huelga la mañana del 1 de agosto de 1934, moría John Belor de las heridas recibidas el Viernes Sangriento. Era un trabajador desempleado, quien apoyaba la huelga como miembro del Consejo Central de Trabajadores en Minneapolis. Como John no estaba casado, sus familiares más cercanos se encargaron de los arreglos del funeral. Ellos pidieron que no hubiera ninguna manifestación, agregando que todos los miembros del sindicato estaban invitados al funeral, el cual deseaban que se llevara a cabo de la forma más discreta posible. Respetando la solicitud de los familiares, el Local 574 simplemente pagó los gastos del entierro y ayudó a hacer arreglos para conseguir el transporte. Miles de huelguistas se sumaron al cortejo fúnebre para demostrar su respeto a John Belor como combatiente y demostrar su aprecio por la ayuda que estaban recibiendo de trabajadores desempleados como él.

Estos trabajadores habían recibido un golpe directo al declarar Olson la ley marcial. Los funcionarios federales la utilizaron como un arma contra la huelga en proyectos de “labores espurias” controlados por la Administración de Ayuda de Emergencia (ERA). Se emitió una directiva de la ERA afirmando que se reanudarían los proyectos bajo protección militar y que el capitán de la guardia estatal “arrestaría a los agitadores”. Bajo estas condiciones se hizo necesario cancelar la huelga de la ERA el 30 de julio. Al hacerlo, el comité de huelga instó a todos los trabajadores involucrados a sumarse al Consejo Central de Trabajadores de Minneapolis (MCCW), cuyo número de miembros subió rápidamente a más de 4 mil. Las fuerzas que componían el MCCW, de las cuales John Belor era ejemplo, se mantuvieron codo a codo con el Local 574 el día de las redadas militares, como lo habían hecho el Viernes Sangriento.

Hubo razones prácticas detrás de la afinidad que se dio entre el Local 574 y el movimiento de desempleados. Dentro de la industria del camionaje algunos empleados tenían que depender parcialmente de la asistencia pública. Muchos trabajos eran de temporada, habiendo casos en que los ingresos de trabajadores empleados regularmente eran demasiado bajos para sostener a una familia. Como resultado, los trabajadores que se hallaban atrapados en tal situación, sentían una estrecha afinidad con quienes estaban totalmente desempleados. Ese sentimiento lo hacían recíproco los desocupados, quienes veían en la política militante del Local 574 una oportunidad de hacer algo sobre su propia condición. Esto fue antes de que las luchas obreras que se desencadenaron en la década de 1930 habían obligado a la clase patronal a hacer concesiones a regañadientes, en la forma de seguro de desempleo y otras medidas de seguridad social de carácter limitado. En 1934 los necesitados dependían totalmente de la asistencia pública.

Como en los días de la colonia

El sistema de asistencia funcionaba como algo sacado de los días de la colonia. Se exigía que los solicitantes se pusieran en un nivel de pobreza absoluta. Cualquier dinero que hubiesen ahorrado tenía que agotarse, y tenían que liquidar sus pólizas de seguro por su valor de rescate. Se tenían que deshacer de los enseres domésticos y otros objetos de “lujo” a través de las casas de empeño y las tiendas de muebles usados. El dinero así obtenido se debía reportar, y esa cantidad se deducía del presupuesto de asistencia. El presupuesto en sí era una miseria, permitiendo únicamente lo más imprescindible para vivir. En el sistema de ayuda se habían logrado algunas mejoras luego que el Local 574 empezara su lucha contra el statu quo, pero aún quedaba un largo trecho en ese frente de batalla. Nadie entendía eso mejor que los trabajadores desempleados, y ellos estaban preparados para mantenerse, contra viento y marea, en firme solidaridad con el sindicato.

Golpe contra los estalinistas

El desarrollo de una nueva etapa en la lucha de los desempleados significó un golpe contra los estalinistas locales. Antes ellos habían logrado cierta influencia entre los desocupados al crear una organización conocida como Consejos de Desempleados. El poco control que de esa forma habían logrado se les estaba escapando con rapidez. Contribuyendo a su propio descrédito, falsamente presentaron sus consejos como el sitio de inscripción para los desempleados que querían credenciales de piquetes en la huelga del Local 574. El sindicato repudió su aseveración, declarando públicamente que tales piquetes debían inscribirse con el MCCW.

Cuando comenzó la huelga contra la ERA después del Viernes Sangriento, Sam Davis, del Partido Comunista, trató de forzar su ingreso al comité de huelga. No tenía credenciales de ningún proyecto de trabajo, y los huelguistas de la ERA se negaron a admitirlo en su comité. Habiéndose aislado de la lucha de clases que ardía en Minneapolis debido a sus políticas ultraizquierdistas, los estalinistas reaccionaron continuando con la denuncia de “la política antiobrera de los dirigentes trotskistas”. Las diatribas de William F. Dunne en el Daily Worker [Trabajador diario] se combinaban con las denuncias por parte de Morris Childs en el Communist [Comunista], una revista estalinista. Más adelante sus artículos los combinaron en un folleto titulado, “Contrarrevolución permanente: el papel de los trotskistas en la huelga de Minneapolis”.

Manifestando el desprecio del sindicato hacia los criticones estalinistas, en su número del 7 de agosto, The Organizer [El organizador] dijo en un editorial:

“La batalla épica del Local 574 es un drama para avivar las almas de los hombres. Se apega al patrón clásico, incluso al punto de contar con un payaso y un toque de comedia. El nombre de este payaso es, según el volante distribuido de forma subrepticia anoche en nuestra gran reunión masiva, ‘El Partido Comunista de Estados Unidos, Distrito no. 9’. . . Los dirigentes de nuestro sindicato, dicen ellos, son traidores por partida doble y la manera de ganar la huelga es deshaciéndose de ellos. Algunos de los muchachos, quienes han estado leyendo eso mismo en las declaraciones de la Alianza Ciudadana, se indignaron, rompieron los volantes y dieron una trompada a los distribuidores. Eso está mal. Un trato así de serio se debe reservar para opositores serios. Ellos no son soplones: al menos no conscientes; son un poco chiflados y lo que necesitan es una patada amistosa en el trasero. Tal vez la conmoción les hará entrar en razón”.

Entretanto, en el mundo real del momento, el gobernador Olson intentaba recuperarse del daño político que había sufrido a raíz del ataque militar contra el Local 574. El 3 de agosto envió un pequeño destacamento de guardias para irrumpir en las oficinas de la Alianza Ciudadana. Era un acto evidentemente demagógico, calculado para pintarse como el gobernador “imparcial” de “todo el pueblo”. El Local 574 no se dejó impresionar en lo más mínimo con el episodio, sin embargo los patrones chillaban como si los estuvieran degollando. “Su” guardia había sido utilizada para un fin “no autorizado”.

Un instrumento rompehuelgas

Por su propia naturaleza, la Guardia Nacional es un instrumento rompehuelgas, destinado para el uso de los patrones contra los trabajadores. Para asegurarse de que puedan confiar en ellos, sus oficiales claves son por lo general hombres que gozan de riqueza y posición social, hermanos de sangre de toda la clase capitalista. Así fue en Minnesota, tanto antes como ahora, salvo que unos cuantos oficiales subalternos eran del Partido de Agricultores y Trabajadores. Fue uno de ellos, el teniente Kenneth Haycraft, a quien pusieron a cargo de la redada. Sin embargo, aparentemente eso fue contrarrestado cuando otros oficiales informaron a la Alianza Ciudadana de antemano para que pudieran hacer desaparecer cualquier prueba incriminatoria. En todo caso, nada de importancia salió a la luz a raíz del ardid de Olson, a pesar de que la Labor Review [Reseña laboral] lo pintó como una gran acción a favor del movimiento obrero.

Paralelo a este episodio se venía desarrollando un verdadero problema para la Alianza Ciudadana. Algunos de los establecimientos de frutas y vegetales del distrito del mercado amenazaban con romper la disciplina y firmar la propuesta de Haas-Dunnigan, que el sindicato había aceptado. Esto hizo que el Comité de Asesoría de Empresarios intentara contrarrestar ese ánimo de rendición con una nueva propuesta para resolver la huelga. Lo único realmente nuevo que contenía era una oferta salarial concreta de 50 centavos por hora para los conductores de camiones y de 40 centavos por hora para ayudantes y trabajadores internos. La cláusula de representación en la nueva propuesta seguía omitiendo cualquier mención del Local 574. Se seguía insistiendo en una lista de contratación “preferencial” -poniendo a los esquiroles por delante de los miembros del sindicato- y en no volver a contratar a los huelguistas acusados de realizar actos “ilegales”.

Victorias conquistadas en la lucha

El Local 574 de inmediato rechazó la propuesta de los patrones, planteando que no aceptarían nada por debajo de las condiciones originales de Haas-Dunnigan. El sindicato había conquistado victorias en la línea de piquete, declaró The Organizer, y no iba a dejar que con estafas se las quitaran en negociaciones. Se llamó atención al hecho de que se había llegado a un periodo crítico en la huelga. Los trabajadores se enfrentaban a enemigos repletos de artimañas. Al Local 574 sólo le quedaba una vía por seguir, decía el periódico sindical. Era la de continuar y extender sus actividades en las líneas de piquete.

Aproximadamente por esa coyuntura en un incidente de piquetes se perdieron los estribos. Bill Brown y Grant Dunne, quienes pasaban por una calle cerca de la sede de la huelga, notaron un camión esquirol con un permiso militar. Asumiendo el mando de un par de escuadrones de piquetes móviles, se dispusieron a detenerlo, pero el conductor sacó una escopeta. En la refriega que siguió, se dejaron llevar más por su impulsividad y no por un juicio táctico sano. Como resultado dos piquetes resultaron heridos, Earl Collins y George Schirtz. Cuando Kelly Postal supo lo que había sucedido estaba que echaba chispas. Y con razón porque, como despachador de piquetes, estaba al mando de los operativos tácticos. Bill y Grant habían suplantado su autoridad, vetado las órdenes generales para evitar incidentes de ese tipo, y conseguido que dos huelguistas resultaran baleados sin un propósito útil.

Aunque no se podía permitir que el episodio interrumpiera la huelga, había que tomar medidas para demostrar que la disciplina sindical aplicaba tanto a la dirección como a las filas. El comité de huelga lo hizo instruyendo a Bill y a Grant -quienes estaban entre los más altos dirigentes del sindicato- que se subordinaran a Kelly en asuntos relacionados con su función como despachador en jefe de piquetes. Conscientes de su error, Bill y Grant aceptaron la reprimenda de la forma más cortés posible, y tal conducta no se repitió.

Mantener presión sobre el gobernador

Combates sin controlar de ese tipo -dirigidos contra operativos esquiroles hechos al azar- serían inútiles como táctica. Solo pondrían al sindicato en una mala postura propagandística. Nuestra trayectoria apro-piada consistía en mantener la presión política sobre Olson, exigiendo que dejara de otorgar permisos militares a los camiones esquiroles e interferir con el derecho del Local 574 de mantener piquetes pacíficos. Es lo que se había hecho en un número tras otro de The Organizer, y eso estaba generando una presión de masas sobre el gobernador. El se vio obligado a anunciar que, a partir del 6 de agosto, revocaría todos los permisos militares; los nuevos permisos se extenderían sólo a los signatarios de las condiciones de Haas-Dunnigan y en casos de “emergencia”.

La Alianza Ciudadana reaccionó solicitando un requerimiento del tribunal federal contra la continuación de la ley marcial. Antes de ello, en numerosas ocasiones los patrones habían obtenido órdenes judiciales contra el Local 574, y el sindicato las había ignorado bajo la premisa de que la policía no podía hacerlas cumplir. En el caso de Olson era diferente, según creía obviamente la Alianza Ciudadana, esperando que de poder conseguirse un requerimiento él lo obedeciera. Confiando retomar control directo de los esfuerzos rompehuelgas, los patrones importaron matones de la agencia P.L. Bergoff, un notorio grupo para arrear esquiroles basado en Nueva York.

El Local 574 asumió la posición de que la disputa legal entre el gobernador y los empresarios era un asunto privado entre ellos. Nosotros nunca pedimos una ley marcial, dijo el sindicato, y no la queremos ahora. Se repitieron las demandas de que se sacara a los miembros del sindicato de la prisión provisional y que los militares dejaran de interferir con piquetes pacíficos. Se declaróque la línea fundamental del Local 574 seguiría siendo una de lucha independiente y militante por parte de los trabajadores.

El comité de la huelga estaba preparado para cualquier decisión que tomara el tribunal en el caso de requerimiento. Como señaló The Organizer: “Si se mantiene el régimen marcial, [los huelguistas] continuarán la lucha de forma similar a la semana pasada . . . Si se suspende la ley marcial, los piquetes tomarán en masa inmediatamente el campo y bloquearan todo el camionaje como repetidamente ha demostrado el Local 574 que lo puede hacer sin dificultad y sin violencia”. Sucedió que el tribunal mantuvo el régimen marcial.

Arrecian ataques anticomunistas

La noche del 6 de agosto, el Local 574 realizó un mitin público en la Plaza de Armas que contó con la presencia de 40 mil trabajadores, batiendo las marcas anteriores de asistencia. Al hablar en la reunión los líderes del sindicato tenían varios objetivos en mente. Era necesario disipar las ilusiones de que la oposición de la Alianza Ciudadana a la ley marcial indicaba que algo bueno había en ella para los trabajadores. Había que mantener la presión de masas sobre Olson para desacelerar su obrar rompe-huelgas por partes, como hacía mediante los permisos militares. Había que dar la alerta contra la importación que hacían los patrones de matones a sueldo y esquiroles profesionales. Tenía que darse una respuesta al intensificado ataque de red-baiting* contra la dirección del Local 574.

Los trabajadores habían rechazado la campaña de calumnias contra los dirigentes no a través de un entendimiento político básico de la necesidad de una política de no exclusión en las organizaciones de masas. La actitud fluía de las realidades de una situación dada. Se consultaba con los miembros del sindicato sobre todo lo que se hacía, y ellos creían en las políticas que se habían venido siguiendo. No les importaba lo que eran políticamente los dirigentes. Para ellos lo que contaba era que las orientaciones que recibían habían pasado la prueba de la batalla una y otra vez. Los trabajadores tenían confianza en los dirigentes y no querían cambio alguno.

Responde el diario sindical

Después del mitin, The Organizer del 8 de agosto abordó la cuestión del red-baiting de una manera bastante peculiar. Bajo el título, “La fábula del maniático”, publicó la confesión simulada del director, a quien supuestamente habían llevado a la fuerza ante el tribunal militar de Olson. Escrita por Jim Cannon, la “confesión” decía en parte:

“OFICIAL: ¿Quién es este tipo a quien llaman padre Haas? . . .

“DIRECTOR: Su verdadero apellido es Haasky. Es un bolchevique ruso . . . Su propuesta de 42 centavos por hora es prácticamente lo mismo que comunismo. . .

“OFICIAL: Suelta el resto. ¿Qué tal Du-nnigan, Olson, Brown y los hermanos Dunne: ¿cuántos de estos hermanos Dunne son por todos?

“DIRECTOR: Su verdadero apellido es Dunnskovitsky. Son judíos irlandeses del Condado de Cork, colados al país hace unos seis meses disfrazados de sacos de papas irlandesas. Hay 17 de ellos en Minneapolis, todos de la misma edad, y todos claman a favor de 42 centavos por hora. Dicen que ése es el comienzo del comunismo. . . El apellido correcto del señor Dunnigan es Dunnigansky: primo de los muchachos Dunne y uña y carne con ellos en el chanchullo este de los 42 centavos por hora.

“OFICIAL: ¿Qué tal Brown?

“DIRECTOR: Es un judío que se apellida Bronstein, un vendedor de pescado en el lado este de Nueva York. Llegó aquí hace unas semanas y trató de vender arenque Bismark en el mercado. Luego se juntó con los Dunnskovitsky y forzó su entrada en el chanchullo sindical, y consiguió que lo eligieran presidente del Local 574. . . A propósito, es hijo de León Bronstein: es el apellido original de este tipo Trotsky que empezó todo el jaleo allá en Rusia.

“OFICIAL: ¿Y el gobernador Olson? Está metido con todos ustedes en el chanchullo comunista, ¿cierto?

“EDITOR: ¡Claro! Esa es la parte más astuta de toda la trama. El tipo es una ficha. Su verdadero apellido no es Olson, y él tampoco es sueco: es sólo un truco para lograr el voto escandinavo. Es de importación rusa -directamente de Moscú- y su verdadero apellido es Olsonovich. Ha sido de gran ayuda para la huelga. Esa redada que realizó del cuartel del sindicato y eso de meter presos a los piquetes en una prisión provisional, fue todo un truco para lograr simpatía hacia los huelguistas.

“OFICIAL: Esto se está poniendo demasiado denso para mí. En fin, ¿quién armó todo este esquema?

“EDITOR: Bueno, a decir verdad, todo se planeó en Constantinopla hace unos meses. Algunos de los muchachos trabajaron una semana manejando camiones y ahorraron dinero suficiente para hacer un viaje a Europa. Fueron a Constantinopla para ver a Trotsky y obtener instrucciones para su siguiente maniobra. Trotsky dijo: “Muchachos, quiero una revolución en Minneapolis antes que se disipe la nieve”. Ellos dijeron “O.K.”, y empezaron a partir.

“Justo cuando estaban por abordar la lancha, Vincent Dunne se arrimó al viejo Trotsky y dijo: ‘¿Cuál es su último consejo antes de que partamos?’

“OFICIAL: ¿Qué dijo Trotsky?

“DIRECTOR: Dijo: ‘Muchachos, no pierdan de vista a ese Olsonovich. Es capaz de traicionarlos de un momento a otro’”.

Esta sátira sobre los red-baiters, con sus dardos punzantes contra el gobernador, la recibió a carcajadas todo el movimiento obrero. La recepción ayudó a preparar el escenario para otro golpe contra los patrones por medio de The Organizer. Bajo el titular, “Aquí están los 166 tiranos”, el periódico publicó una lista completa de las firmas de camionaje que combatían al sindicato. La información se facilitaba, decía: “para quienes quieran saber dónde gastan su dinero”. Muy pronto llegaron solicitudes de toda la región para que la lista se publicara de nuevo en beneficio de quienes no la habían visto la primera vez. Rápidamente se desarrolló un movimiento de boicoteo de lo más eficaz, ligado directamente a una cruenta lucha huelguística. Si bien la lucha no se podía ganar de esa manera, el boicoteo podía por lo menos complicarle las cosas a la Alianza Ciudadana. En efecto, ayudó a presionar a tres firmas del mercado entre las 166 para que rompieran la disciplina de la Alianza Ciudadana y se suscribieran a las condiciones originales de Haas-Dunnigan.

Al aparecer esa grieta en sus filas, los patrones lanzaron un ataque público contra Haas y Dunnigan. Exigieron que Washington retirara a los mediadores, alegando que estaban “haciéndole el juego a la dirección radical del sindicato de camioneros”. Haas y Dunnigan cedieron ante el ataque, abandonaron sus condiciones originales para un arreglo, e intentaron ayudar a los patrones para que impusieran condiciones más duras a los huelguistas. Su nueva posición se enfocaba en dos puntos: (a) el abandono de cualquier salario mínimo específico; y (b) una cláusula para que los patrones pudieran desafiar la restitución de huelguistas acusados de “violencia”.

Nuevo ‘empuje’ de los mediadores

Los mediadores comenzaron su nuevo empuje intentando presionarnos a Ray Dunne y a mí, el comité negociador del sindicato. Washington insistía en que se llegara a un arreglo, decían, así es que el sindicato tendría que ceder cierto terreno. Exigían que nosotros recomendáramos sus nuevas condiciones a los miembros, diciendo que ellos mismos se dirigirían a las filas si nosotros rehusábamos hacerlo. Ray y yo simplemente dijimos que reportaríamos al sindicato lo ocurrido en nuestra conversación con ellos.

Se llegó a una decisión para conceder la solicitud de los mediadores de que se les permitiera presentarse ante el comité de huelga. Cuando llegaron, se les hizo esperar fuera de la sala de reuniones hasta que el comité estuviera listo para recibirlos. Ray y yo dimos primero un informe del nuevo rollo de los mediadores, relatando lo que se había dicho en nuestra conversación con ellos. Se informó también que a los miembros del comité de huelga detenidos en la prisión provisional se les había informado de la nueva situación, tras lo cual habían votado rechazando las condiciones cambiadas para un arreglo. La propuesta entonces se planteó ante todo el comité, y fue rechazada por unanimidad.

En ese momento, Haas y Dunnigan recibieron permiso de entrar a la reunión. Ninguno de los principales dirigentes tomó la palabra hasta que otros miembros del comité les habían dado su merecido. De las muchas preguntas que se le presentaron a los mediadores, típicas fueron: ¿Por qué pasan por encima de nuestro comité negociador pero no por encima del comité negociador de los patrones? ¿Por qué no obligan a los 166 a que tomen un voto secreto sobre su plan original de acuerdo? El tipo que juzgue en Washington los casos de “violencia”, ¿va a vestir cuello blanco u overoles?

Después que se había completado esa ronda hablaron los principales dirigentes. Ray Dunne se encargó principalmente de hacer añicos la nueva propuesta de los mediadores y reafirmar la posición del sindicato sobre las condiciones de un acuerdo. Durante la discusión Bill Brown pronunció una reprimenda mordaz contra Haas y Dunnigan. “Hemos estado luchando por cuatro semanas”, dijo. “Todos nos hemos sacrificado y luchado; dos de nuestros hermanos yacen muertos a manos de los agentes de los patrones. Aceptamos su primer plan. Y ahora nos piden que bajemos nuestras cabezas y regresemos a la vieja esclavitud, ¿y ustedes van a hablar de justicia y honor?” Al reportar las palabras de Bill, The Organizer observó que él había provocado un estruendoso aplauso del comité. Finalmente los mediadores pidieron que se les excusara de la reunión. Cuando el padre Haas abandonaba la sala, un joven trabajador católico se arrancó un crucifijo que colgaba de su cuello y se lo tiró al sacerdote que salía.

Al no lograr salirse con la suya mediante la presión sobre los mediadores federales, los patrones maquinaron un nuevo esquema. Iniciaron una campaña de petición de firmas para que la Junta Laboral celebrara una elección, supuestamente para determinar si los trabajadores querían o no que el Local 574 negociara un arreglo de la huelga. El voto estaría limitado a los empleados a quienes los patrones certificaran como “con derecho” a votar. Detrás de la engañosa verborrea legal de la petición se hallaba el objetivo astuto de amañar el resultado rellenando las listas electorales con votantes esquiroles. La Junta Laboral se iba a usar como pantalla para lograr que el gobierno federal endosara una maniobra rompehuelgas. El Local 574 inmediatamente organizó una contra campaña para exponer el fraude, pero los patrones continuaron haciendo mella, intentado lograr un adelanto con sus peticiones.

Mientras esto venía ocurriendo, el gobernador Olson de nuevo relajó el sistema de permisos. Al poco tiempo, se permitió que miles de camiones circularan en las calles con aprobación militar, ni siquiera un tercio de los cuales eran propiedad de firmantes de los condiciones de Haas-Dunnigan. La interferencia sindical de las operaciones rompehuelgas resultó en el arresto militar de los piquetes. Fueron sentenciados a trabajo forzado en la prisión provisional, algunos hasta 90 días. Cuando Marvel Scholl fue enviada como reportera del The Organizer a cubrir los juicios militares, el oficial que presidía la echó de la sala del tribunal.

Las condiciones de la prisión provisional eran deplorables. Bajo el título, “¡La prisión provisional es una pocilga!” un editorial de The Organizer la describió. A los prisioneros los arreaban en carpas atestadas, sin cobijas suficientes. La comida desabrida, traída en un camión descubierto, llegaba fría. Las instalaciones de retretes eran primitivas e infestadas de moscas. Las instalaciones para bañarse consistían de bandejas oxidadas y una manguera. Y los ejemplares del periódico sindical los confiscaban los guardias de la prisión provisional. Por ser los combatientes que eran, los piquetes presos se organizaron y gradualmente ganaron mejores condiciones.

La cúpula sindical en la coyuntura

En esta coyuntura de la guerra de desgaste que se desarrollaba, el Local 574 convocó una manifestación de huelga general. “Traigan las reservas del movimiento obre-ro”, instó The Organizer en un llamado al resto del movimiento sindical. Se pidió a la Unión Central del Trabajo de Minneapolis que sumara su voz a una solicitud de apoyo a la Federación Estatal del Trabajo de Minnesota que iba a llevar a cabo un congreso el 20 de agosto. Como había sucedido después de la redada militar de la sede de la huelga, el llamado cayó en oídos sordos entre los conservadores funcionarios de la AFL [Federación Americana del Trabajo]. Sabían que la manifestación sería tanto contra Olson como contra los patrones, ya que sus tropas estaban haciendo la principal labor rompehuelgas. Siendo incapaces de poner los intereses de los huelguistas por encima de todo, los agentes de negocios de la AFL estaban decididos contra todo riesgo a defender al gobernador contra sus críticos dentro del movimiento obrero. También empezaban a brindar aliento oficioso a cautelosos desafíos internos contra la dirección del Local 574.

El 9 de agosto Cliff Hall fue a incitar a una reunión del comité de huelga. Nominalmente él todavía era el agente de negocios del Local 574 y anunció algunas decisiones tomadas por la junta ejecutiva oficial. Afirmando que la junta tenía poderes plenos sobre el comité de huelga, dijo que había decidido desocupar la sede de la huelga el 16 de agosto porque no había dinero suficiente para seguir pagando el alquiler. Dijo también que, como respuesta “oficial” del sindicato al red-baiting, una mayoría de los miembros de la junta había emitido una declaración de prensa. Resultó ser una apología de frases equívocas calculada para apaciguar a los cazadores de brujas, alegando que ningún miembro del sindicato era miembro del Partido Comunista.

El comité de huelga aprobó una moción instruyendo al comité organizador (Ray, Miles y Grant Dunne, Carl Skoglund y yo) a reunirse con el comité ejecutivo y resolver este asunto. De inmediato se realizó la reunión conjunta del comité organizador con el comité ejecutivo. Como lo muestran las actas, se aprobó una moción de que “las órdenes del comité de huelga no pueden ser revocadas por la junta ejecutiva, en tanto que la junta ejecutiva integra el comité de huelga y puede expresar objeciones allí”. También se aprobó una segunda moción de que “el comité [organizador] de cinco también sea incluido en las reuniones de la junta directiva”.

La autoridad está en las bases

Cuando se informó de estas decisiones en la siguiente sesión del comité de huelga, se dio otro altercado. Sam Haskell, el se-cretario tesorero, afirmó que él era el único que tenía el poder de hacer gastos. Hall repitió entonces su afirmación en que la junta ejecutiva tenía la autoridad suprema sobre el sindicato. Carl Skoglund arremetió contra ellos, señalando que la autoridad suprema era la militancia sindical. Los miembros, subrayó, habían autorizado al comité de huelga para que actuara en su nombre y estaba por lo tanto investido del poder de dar órdenes a la junta ejecutiva. Después que terminó el debate, el comité de huelga aprobó una moción de que “el comité de huelga, junto con la junta ejecutiva, decidan todas las políticas del sindicato, incluidos todos los gastos de fondos, y todas las decisiones del comité de huelga serán definitivas en tanto dure la huelga”. A pesar de ser derrotados en el comité de huelga, Hall y sus compinches no se dieron por vencidos. Simplemente pasaron a la clandestinidad, divulgando sus chismes de red-baiting a quien los quisiera escuchar en las filas del sindicato y entre los miembros del comité auxiliar de mujeres.

Un ataque similarmente solapado provino también desde otro rincón. John Geary, un organizador general de [el presidente nacional de los Teamsters Daniel J.] Tobin, empezó a confabularse con un puñado de propietarios de taxis independientes. Su objetivo era restablecer el pequeño sindicato local de choferes de taxi, el cual se había fundido dentro del Local 574 cuando los choferes de la Yellow Cab se sindicalizaron durante la huelga de mayo. Su objetivo inmediato era tener sus taxis otra vez en las calles. Cuando el Local 574 se enteró de la maniobra, se convocó a una reunión de los propietarios independientes de taxi y sus choferes de relevo. Después de discutirse la situación a fondo y entenderse la maniobra de escisión por lo que era, una mayoría de los presentes en la reunión votó a favor de permanecer en el Local 574 y mantenerse en huelga.

Poco después, lanzaron un golpe desde la sede nacional de la AFL, un golpe que tenía todas las características de haber sido arreglado por Tobin. Los encargados de las gasolineras estaban siendo organizados dentro del Local 574, junto con los choferes de camiones de las compañías de combustible. Ya que las compañías estaban negociando con el sindicato, estos trabajadores no había sido llamados a huelga. Parecería razonable que cual-quier cuestión jurisdiccional en tal situación se mantuviera pendiente mientras el Local 574 luchaba por su vida, pero no fue ese el caso.

Paul Smith, un agente de William Green, el presidente de la AFL, fue enviado desde Washington para que de inmediato colocara a los encargados de las estaciones de gasolina en un sindicado aparte. Procedió con la intentona a espaldas del Local 574, en medio de su huelga contra los patrones del camionaje. Smith convocó a un mitin con ese propósito, llevando al salón a una docena de detectives para su protección.

Aunque el Local 574 no recibió invitación alguna, a la reunión envió a una delegación encabezada por Grant Dunne. Cuando Smith los vio vaciló en empezar la reunión, por lo que Grant asumió la presidencia. A los detectives se les ordenó salir de la reunión y Smith se escabulló con ellos. Entonces Grant y los otros re-presentantes de nuestro comité de huelga se marcharon, traspasando la reunión a los propios operadores de las estaciones de gasolina. Ellos decidieron quedarse con el Local 574, por lo menos mientras durara la huelga, aunque más tarde tuvimos que acordar su reorganización en un sindicato de la AFL aparte.

Conforme se prolongó la huelga, el problema monetario se fue agravando cada vez más. Aunque la Asociación Holiday de Agricultores cumplió de forma generosa su promesa de mantener nuestro comisariato surtido con carne y verduras, aún teníamos que gastar unos 500 dólares al día en otros víveres. La gasolina para los escuadrones móviles llegaba a otros 400 dólares diarios, y al incluir medicinas y otros gastos incidentales, el costo diario para mantener la huelga en marcha andaba por los mil dólares. El problema se alivió un poco gracias a grandes donativos de otros sindicatos. El Local 471 de los Choferes de la Leche nos dio 6 mil dólares. El Local 42 del Sindicato Tipográfico respondió con mil dólares para el comisariato, y prometió 250 dólares por semana mientras durara el paro para ayudar a publicar The Organizer. Se recibieron otros mil dólares del Sindicato de Cocineros y Meseros, que estaba celebrando su convención nacional en Minneapolis. Un goteo constante de contribuciones pequeñas provino de trabajadores particulares, y también se recaudaron fondos recorriendo el estado con el camión de piquetes que había sido balaceado el Viernes Sangriento.

Tanto como el sindicato, huelguistas individuales encontraban la situación cada vez más y más dura. Los niños estaban siendo mal alimentados. En muchos casos estaban cortando la luz, el gas y el agua por falta de pago de las cuentas. Los problemas del alquiler se hacían más agudos. La lucha con la administración municipal para obtener ayuda para los huelguistas se había convertido en una de nuestras tareas más grandes. Encima de todo esto los intereses de las inmobiliarias habían lanzado una campaña para echar a los huelguistas de sus casas al atrasarse con el alquiler. En muchos casos pudimos resolver esto último juntando como podíamos el alquiler de un mes para una casa nueva y utilizando los camiones piqueteros para mudar a las familias desalojadas. Tal acción nos compraba al menos un mes más de tiempo, si no un poquito más, y eliminábamos el tener que pagar alquileres atrasados.

En total, el sindicato se encontraba bastante maltrecho. Habíamos estado en una batalla casi constante desde mayo. Circulaban más y más camiones con permisos militares. Algunos huelguistas empezaban a perder las esperanzas y poco a poco volvían al trabajo. Desde Washington enviaron a un nuevo mediador federal, P.A. Donoghue, para que reemplazara a Haas y Dunnigan. En la prensa se le hizo mucha propaganda como si fuera alguien brillante, y de seguro que vendría a ayudar a que los patrones llevaran a cabo la falsa elección que querían. La situación se estaba poniendo muy difícil.

Al Goldman señaló esto en una reunión especial que había solicitado con Jim Cannon, Carl Skoglund, Ray Dunne y conmigo: los cinco que constituíamos el comité coordinador del partido en la huelga. Al arguyó que estábamos derrotados y teníamos que tirar la toalla. En cierto sentido él había tocado un punto legítimo. Cuando una huelga está siendo derrotada no hay provecho en mantener a todos los militantes en la línea de piquete hasta el final. En tal caso es mejor hacer que algunos de los luchadores retornen al trabajo, como si estuvieran abandonando la huelga, con la esperanza de que se puedan poner en una posición a fin de prepararse para otra batalla más adelante.

Si Al simplemente hubiera planteado la cuestión sobre esa base para su conside-ración, habría sido admisible que lo hiciera. En cambio, empezó a argüir fuertemente que la huelga debía suspenderse de inmediato. Me pareció que fue demasiado lejos al presionar por tal decisión. A pesar de que había estado en el escenario poco más de un mes, no tenía tan buena percepción del ánimo entre las filas como la que teníamos Ray, Carl y yo: aquellos de nosotros quienes habíamos mantenido un íntimo contacto con la militancia sindical por mucho más tiempo y a través de muchas luchas. Me parecióque una persona que llegaba a la situación desde fuera -como era el caso con Al- no debía haber sido tan categórico en torno a una cuestión de vida o muerte para el sindicato. No fui el único que lo percibió de esa forma. Carl Skoglund tomó la delantera al argüir por la continuación de la huelga. Ray Dunne se le unió, y yo también, y tuvimos un debate acalorado. Jim Cannon, quien tenía más experiencia práctica en huelgas que Al Goldman, primero escuchó con mucho cuidado nuestros argumentos. Luego dijo que consideraba un hecho clave que los dirigentes que tenían el contacto más estrecho con las filas pensaban aún que la huelga se podía ganar.

Debían evaluar correlación de fuerzas

Nos parecía que no sólo era cuestión de si el sindicato estaba agotado. Los patrones tampoco estaban tan frescos como margaritas. Sabíamos que estaban ejerciendo presión sobre la Alianza Ciudadana para que los dejaran llegar a un arreglo con los trabajadores. Si pudiéramos resistir un poco más, todavía había una buena oportunidad de que el sindicato pudiera ganar.

Para cuando terminó el debate, Goldman había cambiado de parecer, pareciendo ganar confianza renovada ante nuestra insistencia de que la huelga debía continuar. Se formuló un lema para publicarse en The Organizer: “El Local 574 no aceptará elecciones falsas”. El sindicato exige que no se celebren elecciones, declaramos en un editorial, a no ser que todos los huelguistas retornen primero a trabajar sin discriminación. Una victoria sindical en las elecciones, insistimos, tendría que significar que los patrones estarían obligados a reconocer al Local 574 y a cumplir todas las condiciones del plan Haas-Dunnigan.

 

*Red-Baiting significa la práctica de insinuar demagógicamente que las posiciones políticas de una persona no merecen ser consideradas objetivamente porque el que las plantea es “sospechoso” de ser comunista o simpatizante del comunismo, o estar bajo la disciplina de una organización comunista.


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