
UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR mayo de 2003 Vol. 27 No. 5
Editorial
¡Tropas fuera del Medio Oriente!
Washington impone régimen de ocupación en Iraq, amenaza a Irán
¡Alto a la ocupación imperialista de Iraq! ¡Regresen las tropas a casa ya!
Le instamos a que use Perspectiva Mundial y el periódico The
Militant y, junto con otros, haga campaña con estas demandas en su centro
de trabajo, a entradas de fábrica, en comunidades obreras, en líneas de
piquetes y en manifestaciones antibélicas.
En medio de una guerra y ocupación imperialista, muchos trabajadores - como
los obreros de la carne en la Tyson hasta los huelguistas de Lockheed- han
estado librando luchas defensivas para resistir la ofensiva de los patrones para
obligar a los trabajadores a pagar por la creciente depresión económica. Las
acciones de los trabajadores y agricultores que rehusan subordinar sus luchas a
la “unidad nacional” y a la “seguridad interna” representan el inicio de
la resistencia a la guerra imperialista por parte de la clase trabajadora: la
única clase capaz de detener a los guerreristas.
Rivalidad entre imperialistas
La imposición de un régimen de ocupación en Iraq, mientras las principales
potencias imperialistas se disputan el botín de la “reconstrucción”,
muestra los verdaderos objetivos de la guerra angloamericana. No se trata de “libertad”
y “democracia” sino del saqueo del Medio Oriente. Es una competencia
mortífera entre potencias imperialistas rivales por el control de la región y
los recursos y mercados del mundo.
Lo que alimenta esta campaña bélica no es la política de un presidente de
turno en Estados Unidos (de hecho, fue un grupo de demócratas y republicanos en
el Congreso que presentó un proyecto de ley para imponer sanciones contra Siria).
Es algo más fundamental: las propias debilidades del sistema económico
capitalista, que hoy día comienza a sumirse en una prolongada depresión. Esa
decadencia del sistema imperialista es lo que obliga más y más a Washington,
Londres, París, Berlín y demás potencias imperialistas a pelear por la
repartición del mundo.
Una muestra de esta rivalidad imperialista es el hecho que el nuevo régimen
militar norteamericano en Iraq ha entregado todos los contratos iniciales de “reconstrucción”
a compañías norteamericanas tales como Halliburton y Bechtel. Hasta Londres,
el principal aliado de Washington, está chillando porque ha quedado excluido
del botín. Los imperialistas franceses son los principales perdedores, ya que
durante más de una década habían mantenido relaciones comerciales muy
rentables con Iraq, sacando provecho de las brutales sanciones económicas
impuestas por la ONU a ese país.
La ocupación de Iraq ahora le servirá al imperialismo norteamericano a
establecer bases estratégicas para otros blancos de ataque, sobre todo Irán.
La lógica a largo plazo de este conflicto apunta hacia una tercera guerra
mundial.
El ataque contra Iraq beneficia a los patrones multimillonarios en Estados
Unidos y sus homólogos en otros países, y perjudica los intereses del pueblo
trabajador en el Medio Oriente, Estados Unidos Gran Bretaña y otros países.
Para disfrazar sus objetivos, los gobernantes norteamericanos tratan de hacer
que los trabajadores se identifiquen como “americanos” y apoyen a “nuestro
gobierno”. Pero para los trabajadores y agricultores no es nuestro
gobierno. Es su gobierno, que actúa a nombre de ellos: los
patrones, quienes están librando una ofensiva contra los derechos y el nivel de
vida del pueblo trabajador.
Asimismo, la campaña patriótica y proguerra para “apoyar a nuestras
tropas” pretende atar a los trabajadores a nuestros explotadores. Las fuerzas
armadas norteamericanas son una institución que sirven sus intereses, no los
nuestros. Los soldados, que en su gran mayoría son trabajadores y agricultores
en uniforme, son utilizados como carne de cañón para los gobernantes
multimillonarios. Por eso, los trabajadores y jóvenes que hemos hecho campaña
contra la guerra y ahora la ocupación imperialista en el Medio Oriente debemos
exigir: “¡Regresen las tropas a casa ya!” Son las tropas, y no “nuestras”
tropas. Por la misma razón, los trabajadores con conciencia no portan las
cintas amarillas que son parte de la campaña bélica.
Un régimen capitalista carcomido
Las fuerzas armadas norteamericanas lograron tomar Iraq rápidamente -en tres
semanas- y con pocas bajas norteamericanas. Aparte de algunos combates con las
fuerzas irregulares leales al régimen de Bagdad, se toparon con poca
resistencia iraquí. No es porque los trabajadores y campesinos de Iraq fuesen
incapaces de luchar por su soberanía nacional. Desde hace mucho tiempo habían
quedado políticamente desarmados e intimidados por un estado
policiaco-partidista que los había marginado de la política durante cuatro
décadas.
El pueblo trabajador iraquí ya había sufrido una serie de derrotas
anteriores, sobre todo la toma del poder y consolidación del régimen de Saddam
Hussein en los años 70 -con el apoyo de Washington, París y Moscú-, una
contrarrevolución que decapitó la vanguardia de la lucha popular que había
logrado una república en los años 50.
Ante los masivos bombardeos norteamericanos, la muy cacareada Guardia
Republicana, uno de los pilares del régimen, se desmoronó, al tiempo que se
desintegró el propio gobierno, ya podrido desde adentro e incapaz de movilizar
a la población frente a una invasión imperialista.
La estrategia norteamericana consistió en aislar y aplastar al régimen y
aparato del gobernante partido baazista, y evitar un asalto frontal de tropas de
infantería a la capital, a fin de minimizar las bajas entre las tropas
imperialistas y la población civil. La administración Bush siguió una
estrategia de diezmar a las fuerzas militares iraquíes pero de tratar a la
población civil con mucho más cuidado que la mayoría de los ejércitos
imperialistas en guerras anteriores.
Esto no se debe a una repentina preocupación humanitaria por parte de los
gobernantes de Estados Unidos. Su objetivo es minimizar la oposición a la
imposición de un protectorado norteamericano que refuerce la dominación de
Washington en la región.
En la invasión murieron 91 tropas norteamericanas y 30 británicas, así
como unos 10 mil soldados iraquíes. Por lo menos 900 civiles iraquíes murieron
y varios miles quedaron heridos en el asalto imperialista.
Algunos de los misiles norteamericanos cayeron en objetivos civiles. Las
bombas que cayeron en un barrio obrero y en un mercado en Bagdad el 26 y el 28
de marzo, respectivamente, con un saldo de decenas de muertos, provocaron la
ira de los pobladores.
Sin embargo, a diferencia de los bombardeos indiscriminados que desataron en
la Guerra del Golfo de 1990-91 -cuando Washington y Londres masacraron a más de
150 mil personas- esta vez las fuerzas norteamericanas dirigieron sus misiles
principalmente hacia edificios del gobierno y objetivos militares. No
destrozaron la infraestructura de la capital, lo cual hubiera provocado una
terrible crisis de salud por la falta de electricidad y agua potable. Esto se
debe a que Washington planeaba utilizar las instalaciones existentes para
apoderarse del país, y porque no necesitó destruir tanto para capturar a
Bagdad.
Doctrina Rumsfeld
El rápido éxito militar de Washington en Iraq representa una victoria para
los partidarios de la llamada Doctrina Rumsfeld, identificada con el secretario
de defensa norteamericano Donald Rumsfeld. En el debate que surgió entre los
círculos gobernantes norteamericanos, uno de los bandos estaba integrado por
muchos ex comandantes militares cuya óptica estaba formada en gran parte por la
derrota de Washington a manos del pueblo vietnamita en los años 70 y por las
actitudes que surgieron entre el pueblo trabajador a raíz de esta victoria
popular en Vietnam: desconfianza hacia la política exterior y militar del
gobierno, y una renuencia a subordinar las luchas obreras a los llamamientos a
la “unidad nacional”.
Estos partidarios de la “Doctrina Powell” -una referencia a Colin Powell,
actual secretario de estado norteamericano y jefe del estado mayor durante la
Guerra del Golfo- argumentaban que Washington solo debía lanzar una guerra si
desplegaba una fuerza militar abrumadora para minimizar el precio político de
las bajas norteamericanas y el riesgo de un conflicto prolongado. En la Guerra
del Golfo y en el ataque contra Yugoslavia en 1999, por ejemplo, Washington
recurrió a masivas campañas de bombardeos aéreos que duraron semanas o meses,
con el fin de evitar o limitar la necesidad de un ataque terrestre.
En cambio, los partidarios de la Doctrina Rumsfeld abogan por una fuerza
armada más pequeña y ágil, que depende más de la tecnología militar y del
uso de las Fuerzas Especiales, y que está más dispuesto a tomar riesgos en el
campo de batalla. En una serie de “pautas” elaboradas en 2001, Rumsfeld
escribió que Washington debía evitar “promesas de no hacer cosas (por
ejemplo, no usar tropas terrestres, no bombardear por debajo de los 20 mil pies
de altura, no arriesgar vidas norteamericanas, no permitir daños colaterales,
no bombardear durante el Ramadán, etcétera)”.
Los gobernantes norteamericanos necesitan acostumbrar a la opinión pública
a sufrir bajas militares y a enfrentar resistencia de un enemigo tenaz: el tipo
de guerras que van a desatar una y otra vez en las décadas que vienen.
Necesitan entrenar a un cuerpo de oficiales que tengan experiencia de combate y
confianza.
Y necesitan poder librar más de una guerra a la vez. El actual objetivo ha
sido Iraq, pero ya están librando una campaña bélica contra Irán y Corea del
norte. También Cuba están en la mira del imperialismo.
Sin embargo, estos acontecimientos no son prueba de la fuerza, sino más bien
de la debilidad económica y política del sistema imperialista. La victoria
militar de Washington no puede frenar el descenso de la curva del desarrollo
capitalista. Al contrario, arriesga acelerar la actual depresión económica
mundial. Continúan agudizándose los conflictos entre Washington y sus rivales
imperialista en París, Londres, Berlín y otros países. Al lanzar más ataques
contra otros países en su llamado “eje del mal”, el imperialismo va a
provocar más conflictos, más fuerzas sociales fuera de su control, y más
resistencia entre millones de trabajadores y campesinos.
Cabe comparar lo que ha logrado Washington en Iraq y lo que enfrenta en
Cuba. Pese a un implacable embargo económico, provocaciones y otros ataques
contra Cuba revolucionaria, el imperialismo nortamericano no ha podido invadir
la isla durante los últimos 40 años. Lo que frenó la mano del presidente John
F. Kennedy cuando éste preparaba una invasión a Cuba durante la “crisis de
los misiles” en octubre de 1962 fue el informe de sus generales de que
anticipaban 18 mil soldados norteamericanos muertos en los primeros 10 días de
una invasión.
¿Cómo fue posible? Porque los trabajadores y campesinos cubanos hicieron
una revolución socialista, mantienen el poder político, y cuentan con una
dirección comunista que no se vende ni se acobarda. Han demostrado una y otra
vez que el imperialismo sí puede ser derrotado.
Los gobernantes imperialistas seguirán arrastrándonos a la guerra hasta que
los trabajadores y agricultores les arranquemos el poder. Necesitamos estudiar
cómo funciona el imperialismo y asimilar las lecciones del movimiento obrero
para trazar el único camino eficaz para acabar con el imperialismo, sus guerras
y su filosofía del despojo: hacer una revolución, quitarle el poder a los
guerreristas y forjar una sociedad fundada en la solidaridad humana y no los
valores capitalistas de “sálvese quien pueda”.
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