Perspectiva Mundial
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El Militant, un semanario socialista en inglés

en este numero

PORTADA

¡Tropas imperialistas fuera del Medio Oriente! (Editorial)

¡Defender a Cuba! (Editorial)

Washington amenaza nuevas sanciones contra Cuba

Planean intercambio juvenil Cuba-EE.UU.

Obreros de la carne en huelga contra Tyson Foods ganan solidaridad

Salen del ‘hueco’ 5 patriotas cubanos

Calero logra más apoyo en lucha contra deportación

‘Bibliotecas independientes’: un fraude promovido por Washington

ARGENTINA

Gobierno argentino se suma a campaña imperialista contra Irán

COREA DEL NORTE

Washington impulsa campaña bélica

ESTADOS UNIDOS

75 mil marchan en la capital en defensa de la acción afirmativa

Campañas del PST eximidas de divulgar nombres de donantes

Huelga del IAM contra Lockheed

Manifestantes en Pittsburgh condenan brutalidad policiaca

Libro sobre Crisis de Octubre de 1962 atrae interés en conferencia de LASA

Protesta exige fin de detención sin cargos

IRAQ

El saqueo imperialista de Iraq tiene una larga historia

MEXICO

Se exponen hechos sobre ‘guerra sucia’ de los años 60 y 70

EDITORIAL PATHFINDER

‘Rompiendo la huelga con militares’: undécimo capítulo de ‘La rebelión de los camioneros’


UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR
mayo de 2003 Vol. 27 No. 5

¡Alto a la deportación de Róger Calero!

Victoria en lucha contra deportación de Róger Calero.

Suplemento especial de Mayo

Migra decide cesar intento de 'excluir' subdirector de 'Perspectiva Mundial'
Una victoria para todos los trabajadores (Editorial)
Exigen libertad de Farouk Abdel-Muhti
Visite el sitio Web del Comité de Defensa de Róger Calero: www.calerodefense.org


Editorial

¡Tropas fuera del Medio Oriente!
Washington impone régimen de ocupación en Iraq, amenaza a Irán

soldados

¡Alto a la ocupación imperialista de Iraq! ¡Regresen las tropas a casa ya!

Le instamos a que use Perspectiva Mundial y el periódico The Militant y, junto con otros, haga campaña con estas demandas en su centro de trabajo, a entradas de fábrica, en comunidades obreras, en líneas de piquetes y en manifestaciones antibélicas.

En medio de una guerra y ocupación imperialista, muchos trabajadores - como los obreros de la carne en la Tyson hasta los huelguistas de Lockheed- han estado librando luchas defensivas para resistir la ofensiva de los patrones para obligar a los trabajadores a pagar por la creciente depresión económica. Las acciones de los trabajadores y agricultores que rehusan subordinar sus luchas a la “unidad nacional” y a la “seguridad interna” representan el inicio de la resistencia a la guerra imperialista por parte de la clase trabajadora: la única clase capaz de detener a los guerreristas.

Rivalidad entre imperialistas

La imposición de un régimen de ocupación en Iraq, mientras las principales potencias imperialistas se disputan el botín de la “reconstrucción”, muestra los verdaderos objetivos de la guerra angloamericana. No se trata de “libertad” y “democracia” sino del saqueo del Medio Oriente. Es una competencia mortífera entre potencias imperialistas rivales por el control de la región y los recursos y mercados del mundo.

Lo que alimenta esta campaña bélica no es la política de un presidente de turno en Estados Unidos (de hecho, fue un grupo de demócratas y republicanos en el Congreso que presentó un proyecto de ley para imponer sanciones contra Siria). Es algo más fundamental: las propias debilidades del sistema económico capitalista, que hoy día comienza a sumirse en una prolongada depresión. Esa decadencia del sistema imperialista es lo que obliga más y más a Washington, Londres, París, Berlín y demás potencias imperialistas a pelear por la repartición del mundo.

Una muestra de esta rivalidad imperialista es el hecho que el nuevo régimen militar norteamericano en Iraq ha entregado todos los contratos iniciales de “reconstrucción” a compañías norteamericanas tales como Halliburton y Bechtel. Hasta Londres, el principal aliado de Washington, está chillando porque ha quedado excluido del botín. Los imperialistas franceses son los principales perdedores, ya que durante más de una década habían mantenido relaciones comerciales muy rentables con Iraq, sacando provecho de las brutales sanciones económicas impuestas por la ONU a ese país.

La ocupación de Iraq ahora le servirá al imperialismo norteamericano a establecer bases estratégicas para otros blancos de ataque, sobre todo Irán. La lógica a largo plazo de este conflicto apunta hacia una tercera guerra mundial.

El ataque contra Iraq beneficia a los patrones multimillonarios en Estados Unidos y sus homólogos en otros países, y perjudica los intereses del pueblo trabajador en el Medio Oriente, Estados Unidos Gran Bretaña y otros países. Para disfrazar sus objetivos, los gobernantes norteamericanos tratan de hacer que los trabajadores se identifiquen como “americanos” y apoyen a “nuestro gobierno”. Pero para los trabajadores y agricultores no es nuestro gobierno. Es su gobierno, que actúa a nombre de ellos: los patrones, quienes están librando una ofensiva contra los derechos y el nivel de vida del pueblo trabajador.

Asimismo, la campaña patriótica y proguerra para “apoyar a nuestras tropas” pretende atar a los trabajadores a nuestros explotadores. Las fuerzas armadas norteamericanas son una institución que sirven sus intereses, no los nuestros. Los soldados, que en su gran mayoría son trabajadores y agricultores en uniforme, son utilizados como carne de cañón para los gobernantes multimillonarios. Por eso, los trabajadores y jóvenes que hemos hecho campaña contra la guerra y ahora la ocupación imperialista en el Medio Oriente debemos exigir: “¡Regresen las tropas a casa ya!” Son las tropas, y no “nuestras” tropas. Por la misma razón, los trabajadores con conciencia no portan las cintas amarillas que son parte de la campaña bélica.

Un régimen capitalista carcomido

Las fuerzas armadas norteamericanas lograron tomar Iraq rápidamente -en tres semanas- y con pocas bajas norteamericanas. Aparte de algunos combates con las fuerzas irregulares leales al régimen de Bagdad, se toparon con poca resistencia iraquí. No es porque los trabajadores y campesinos de Iraq fuesen incapaces de luchar por su soberanía nacional. Desde hace mucho tiempo habían quedado políticamente desarmados e intimidados por un estado policiaco-partidista que los había marginado de la política durante cuatro décadas.

El pueblo trabajador iraquí ya había sufrido una serie de derrotas anteriores, sobre todo la toma del poder y consolidación del régimen de Saddam Hussein en los años 70 -con el apoyo de Washington, París y Moscú-, una contrarrevolución que decapitó la vanguardia de la lucha popular que había logrado una república en los años 50.

Ante los masivos bombardeos norteamericanos, la muy cacareada Guardia Republicana, uno de los pilares del régimen, se desmoronó, al tiempo que se desintegró el propio gobierno, ya podrido desde adentro e incapaz de movilizar a la población frente a una invasión imperialista.

La estrategia norteamericana consistió en aislar y aplastar al régimen y aparato del gobernante partido baazista, y evitar un asalto frontal de tropas de infantería a la capital, a fin de minimizar las bajas entre las tropas imperialistas y la población civil. La administración Bush siguió una estrategia de diezmar a las fuerzas militares iraquíes pero de tratar a la población civil con mucho más cuidado que la mayoría de los ejércitos imperialistas en guerras anteriores.

Esto no se debe a una repentina preocupación humanitaria por parte de los gobernantes de Estados Unidos. Su objetivo es minimizar la oposición a la imposición de un protectorado norteamericano que refuerce la dominación de Washington en la región.

En la invasión murieron 91 tropas norteamericanas y 30 británicas, así como unos 10 mil soldados iraquíes. Por lo menos 900 civiles iraquíes murieron y varios miles quedaron heridos en el asalto imperialista.

Algunos de los misiles norteamericanos cayeron en objetivos civiles. Las bombas que cayeron en un barrio obrero y en un mercado en Bagdad el 26 y el 28 de marzo, respectivamente, con un saldo de decenas de muer­tos, provocaron la ira de los pobladores.

Sin embargo, a diferencia de los bombardeos indiscriminados que desataron en la Guerra del Golfo de 1990-91 -cuando Washington y Londres masacraron a más de 150 mil personas- esta vez las fuerzas norteamericanas dirigieron sus misiles principalmente hacia edificios del gobierno y objetivos militares. No destrozaron la infraestructura de la capital, lo cual hubiera provocado una terrible crisis de salud por la falta de electricidad y agua potable. Esto se debe a que Washington planeaba utilizar las instalaciones existentes para apoderarse del país, y porque no necesitó destruir tanto para capturar a Bagdad.

Doctrina Rumsfeld

El rápido éxito militar de Washington en Iraq representa una victoria para los partidarios de la llamada Doctrina Rumsfeld, identificada con el secretario de defensa norteamericano Donald Rumsfeld. En el debate que surgió entre los círculos gobernantes norteamericanos, uno de los bandos estaba integrado por muchos ex comandantes militares cuya óptica estaba formada en gran parte por la derrota de Washington a manos del pueblo vietnamita en los años 70 y por las actitudes que surgieron entre el pueblo trabajador a raíz de esta victoria popular en Vietnam: desconfianza hacia la política exterior y militar del gobierno, y una renuencia a subordinar las luchas obreras a los llamamientos a la “unidad nacional”.

Estos partidarios de la “Doctrina Powell” -una referencia a Colin Powell, actual secretario de estado norteamericano y jefe del estado mayor durante la Guerra del Golfo- argumentaban que Washington solo debía lanzar una guerra si desplegaba una fuerza militar abrumadora para minimizar el precio político de las bajas norteamericanas y el riesgo de un conflicto prolongado. En la Guerra del Golfo y en el ataque contra Yugoslavia en 1999, por ejemplo, Washington recurrió a masivas campañas de bombardeos aéreos que duraron semanas o meses, con el fin de evitar o limitar la necesidad de un ataque terrestre.

En cambio, los partidarios de la Doctrina Rumsfeld abogan por una fuerza armada más pequeña y ágil, que depende más de la tecnología militar y del uso de las Fuerzas Especiales, y que está más dispuesto a tomar riesgos en el campo de batalla. En una serie de “pautas” elaboradas en 2001, Rumsfeld escribió que Washington debía evitar “promesas de no hacer cosas (por ejemplo, no usar tropas terrestres, no bombardear por debajo de los 20 mil pies de altura, no arriesgar vidas norteamericanas, no permitir daños colaterales, no bombardear durante el Ramadán, etcétera)”.

Los gobernantes norteamericanos necesitan acostumbrar a la opinión pública a sufrir bajas militares y a enfrentar resistencia de un enemigo tenaz: el tipo de guerras que van a desatar una y otra vez en las décadas que vienen. Necesitan entrenar a un cuerpo de oficiales que tengan experiencia de combate y confianza.

Y necesitan poder librar más de una guerra a la vez. El actual objetivo ha sido Iraq, pero ya están librando una campaña bélica contra Irán y Corea del norte. También Cuba están en la mira del imperialismo.

Sin embargo, estos acontecimientos no son prueba de la fuerza, sino más bien de la debilidad económica y política del sistema imperialista. La victoria militar de Washington no puede frenar el descenso de la curva del desarrollo capitalista. Al contrario, arriesga acelerar la actual depresión económica mundial. Continúan agudizándose los conflictos entre Washington y sus rivales imperialista en París, Londres, Berlín y otros países. Al lanzar más ataques contra otros países en su llamado “eje del mal”, el imperialismo va a provocar más conflictos, más fuerzas sociales fuera de su control, y más resistencia entre millones de trabajadores y campesinos.

Cabe comparar lo que ha logrado Wa­shington en Iraq y lo que enfrenta en Cuba. Pese a un implacable embargo económico, provocaciones y otros ataques contra Cuba revolucionaria, el imperialismo nortamerica­no no ha podido invadir la isla durante los últimos 40 años. Lo que frenó la mano del presidente John F. Kennedy cuando éste preparaba una invasión a Cuba durante la “crisis de los misiles” en octubre de 1962 fue el informe de sus generales de que anticipaban 18 mil soldados norteamericanos muertos en los primeros 10 días de una invasión.

¿Cómo fue posible? Porque los trabajadores y campesinos cubanos hicieron una revolución socialista, mantienen el poder político, y cuentan con una dirección comunista que no se vende ni se acobarda. Han demostrado una y otra vez que el imperialismo sí puede ser derrotado.

Los gobernantes imperialistas seguirán arrastrándonos a la guerra hasta que los trabajadores y agricultores les arranquemos el poder. Necesitamos estudiar cómo funciona el imperialismo y asimilar las lecciones del movimiento obrero para trazar el único camino eficaz para acabar con el imperialismo, sus guerras y su filosofía del despojo: hacer una revolución, quitarle el poder a los guerreristas y forjar una sociedad fundada en la solidaridad humana y no los valores capitalistas de “sálvese quien pueda”.


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