
UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR mayo de 2003 Vol. 27 No. 5
Editorial Pathfinder
‘Rompiendo la huelga con militares’
Undécimo capítulo de ‘La rebelión de los camioneros’ de Pathfinder
Por Farrell Dobbs
[A continuación publicamos el undécimo capítulo de La
rebelión de los camioneros, traducción de Teamster Rebellion,
por Farrell Dobbs. Perspectiva Mundial está publicando este libro
por entregas.]
[La rebelión de los camioneros es el
primero de cuatro tomos que Dobbs escribió sobre las huelgas, campañas de
sindicalización y luchas políticas que transformaron al sindicato de los
camioneros Teamsters en Minnesota y en gran parte del Medio Oeste en un pujante
movimiento social. Dobbs fue protagonista y dirigente de esas batallas, y luego
dirigente del Partido Socialista de los Trabajadores por muchos años.]
[Los subtítulos y notas son de Perspectiva Mundial. Copyright
© 2002 por Pathfinder. Se publica con autorización.]
Al encontrarse el conflicto entre el Local 574 y la Alianza Ciudadana en un
punto de tensión extrema, el gobernador Olson decidió intervenir en la disputa
de forma directa. Ya se habían movilizado fuerzas militares para tal
propósito. Desde el principio de la huelga se había convocado a una parte de
la Guardia Nacional, la tropa fue alojada en los terrenos de la Feria Estatal, y
se había establecido un cuartel militar en la armería situada entre la Sexta
Calle y la Cuarta Avenida Sur. Hasta ese momento la guardia sólo se había
utilizado por un periodo breve el Viernes Sangriento.
En las secuelas del asalto policial contra los piquetes aquel día, a la
escena del acribillamiento habían llevado apresuradamente a la tropa y más o
menos una hora después la habían retirado a su cuartel. Al mismo tiempo, Olson
había enviado a la ciudad 4 mil guardias adicionales, según se informó, y
ordenado a otros 2 mil que se alistaran para cumplir guardia en la huelga. La
edición del Minneapolis Daily Star del 21 de julio de 1934
lo citó diciendo que le parecía necesario asumir un control militar, “Haré
que la ciudad de Minneapolis sea tan tranquila como una escuela dominical”.
El Local 574 respondió a las amenazas del gobernador con un editorial
punzante en el Organizer. El periódico del sindicato señaló que la ley
marcial significaba la existencia de un estado de guerra que no podía ser
controlado por policías comunes y corrientes. Afirmó que se estaba librando
una guerra en Minneapolis, y la describió como un conflicto de pobreza contra
riqueza, de trabajo contra capital. “Nosotros nunca pedimos protección de la
guardia”, continuó el editorial, “No tenemos ‘propiedad’ que proteger.
Los patrones sí. Son sus propiedades y sus ganancias, las que arrancan de
nuestro trabajo, lo que quieren que se proteja. Son sus esquiroles y sus
camiones esquiroles, a los que han sacado para robarnos nuestro pan, lo que
quieren que se proteja. Nosotros nunca pedimos las tropas. Fueron los patrones.
Lo que pedimos fue que las retiraran . . . No necesitamos a la guardia para
detener a los camiones esquiroles. Pero los patrones sí la necesitan para que
los escolten . . . Ni las bayonetas de los guardias, ni sus escopetas de gases
lacrimógenos, ni sus cascos de trinchera no pueden lograr que circulen los
camiones . . . Ustedes necesitan conductores de camión y ayudantes, hombres de
andenes e internos para que circulen los camiones. Y todos ellos forman parte de
las filas del 574. Y es allí donde van a permanecer. Y bajo su bandera van a
ganar”.
Desesperado por acabar con la huelga
Olson tenía buenos motivos para saber que la reacción del Local 574 a su
amenaza de intervención militar no era una mera fanfarronada. Sin embargo,
estaba desesperado por poner fin a la huelga, sintiendo que políticamente lo
ponía en peligro en un momento en que muy pronto se presentaría para la
reelección. Era incapaz de jugarse su destino político por lealtad absoluta
con la clase trabajadora. Su política consistía en forjar una carrera
política personal fundada en garantizar que se podía confiar en que se
apegaría a las reglas básicas del capitalismo al ejercer la autoridad
gubernamental. Al mismo tiempo tenía que evitar enajenar a los miembros del
Partido de Agricultores y Trabajadores, cuyo apoyo era vital para su futuro
político. Esto significaba que al intentar forzar un acuerdo en la disputa no
se podía dar el lujo de asumir abiertamente el papel de rompehuelgas.
En un intento de resolver el problema, el gobernador maquinó una estratagema
que implicaba la colaboración de Haas y Dunnigan, los mediadores federales.
Ellos sondearían la posición del sindicato y de los patrones para ver si la
amenaza de ley marcial había dado origen a nuevas perspectivas para llegar a un
arreglo. Haas y Dunnigan entonces propondrían públicamente los términos de lo
que ellos consideraran un acuerdo “justo” en la huelga. Olson respaldaría
su propuesta, subrayando que era una recomendación federal, dando así a
entender que era apoyada por la administración de Roosevelt. Al mismo tiempo,
el gobernador amenazaría con declarar la ley marcial a modo de imponer un
acuerdo según las condiciones de Haas-Dunnigan. Si el comité de los patrones
rechazaba el acuerdo propuesto, él alentaría a los patrones a nivel individual
a que la aceptaran y operaran sus camiones bajo protección militar.
Esperaba salirse con la suya
Olson esperaba obtener suficientes respuestas individuales en ese sentido
como para romper el frente sólido que mantenía la Alianza Ciudadana. Se podía
deducir que el rechazo a la propuesta de Haas-Dunnigan por parte del Local 574
llevaría directamente a una acción militar rompehuelgas. El gobernador podría
contar con salirse con la suya a nivel político recurriendo a la propaganda en
torno a un acuerdo “justo”. Recibiría apoyo adicional de parte de los
funcionarios conservadores de la AFL (Federación Americana del Trabajo).
El Local 574 tuvo el primer indicio del plan cuando Haas y Dunnigan empezaron
un intercambio de notas con el sindicato y los patrones. Sobre la cuestión del
reconocimiento del sindicato, los mediadores propusieron una elección
organizada por la Junta Laboral para que los empleados escogieran “representantes”,
omitiendo toda mención del Local 574. El sindicato exigió que su nombre
estuviera en la papeleta y que en cada compañía donde ganara por mayoría
representara a todos los empleados. Los patrones rechazaron la solicitud del
sindicato, insistiendo en la alusión abstracta a los “representantes”. Sin
embargo, mostraron señales de debilitamiento con respecto al ámbito de la
representación sindical.
Hans y Dunnigan propusieron incluir a los trabajadores internos en las 22
firmas del mercado, definiéndolos como empleados que no fueran conductores,
trabajadores de oficina y vendedores. Para las compañías restantes,
propusieron reconocer sólo a los conductores, ayudantes y trabajadores de
andén directamente involucrados en cargar y descargar camiones. Los patrones
insinuaron que podrían aceptar esta definición global.
El Local 574 estuvo de acuerdo con la definición de trabajadores internos en
el caso de las 22 firmas del mercado, que incluía a las casas de frutas,
vegetales, empacadoras, abarrotes al por mayor, y pescado. Sin embargo, en las
compañías fuera del mercado, exigimos el derecho a representar no sólo a los
conductores, ayudantes y trabajadores de andenes, haciendo presión por la
inclusión de los empleados de almacenes y de los departamentos de envíos.
En la víspera de la huelga, el sindicato había pedido tarifas salariales
mínimas de 55 centavos por hora para los conductores y 45 centavos por hora
para los ayudantes, trabajadores de andén e internos. Los mediadores querían
recortar esas cifras a 52½ centavos y a 42½ centavos para las categorías
respectivas. Insistiendo en que el asunto tendría que ser negociado o
arbitrado, los patrones rehusaron comprometerse con cualquier escala salarial.
También querían dejar a sus esquiroles en la nómina y despedir a cualquier
huelguista “declarado culpable de violencia”.
Después de este intercambio de opiniones sobre asuntos claves en la huelga,
Haas y Dunnigan procedieron a anunciar públicamente los términos que
proponían para un “acuerdo justo”. Su propuesta fue emitida el 25 de julio,
al día siguiente del funeral de Ness. Estipulaba que todos los huelguistas
debían ser reintegrados sin discriminación. Se llevaría a cabo una elección
por la Junta Laboral dentro de un término de tres días después de finalizada
la huelga. En las 22 firmas del mercado, todos los empleados excepto los
vendedores y los trabajadores de oficina, calificarían para votar y votarían
en conjunto. Afuera del mercado, sólo los conductores, ayudantes y trabajadores
de andén, serían aptos para votar, lo que se haría compañía por compañía.
La votación sería en torno a la cuestión de si los empleados deseaban o no
que los representara el Local 574. Un voto mayoritario le daría al sindicato el
derecho de negociar por todos los trabajadores. Inmediatamente después de las
elecciones habría negociación y arbitraje de los salarios y otros asuntos en
disputa. El salario que se adjudicaría no sería inferior a 52½ centavos por
hora para los conductores y de 42½ centavos para los trabajadores internos,
ayudantes y trabajadores de andén.
No se sacrificará nada básico
El anuncio de la propuesta de Haas-Dunnigan para un acuerdo sobre la huelga
inmediatamente fue seguido de la aprobación pública de sus condiciones por
parte de Olson. El gobernador dio al sindicato y a los patrones 24 horas para
actuar en torno a la propuesta. Si cualquiera de las partes la rechazaba,
declaró, se utilizarían soldados para poner fin a la disputa en base a lo
estipulado por los mediadores federales. La noche del 25 de julio se reunió el
comité de huelga de 100 miembros para considerar el ultimátum de Olson. Los
principales dirigentes no tuvieron dificultad en hacer ver a estos
experimentados luchadores que al sindicato se le estaba tendiendo una trampa
mortal. Estaba claro que el rechazo sindical de los términos de Haas-Dunnigan
nos sometería a un ataque militar directo bajo condiciones propagandísticas
adversas. Por consiguiente, teníamos que examinar la situación de forma
serena, pensando cuidadosamente el análisis que se presentaría a los miembros
del sindicato.
Aunque tendríamos que hacer ciertas concesiones al aceptar el acuerdo
evidentemente injusto, no se sacrificaría nada básico. Por el lado positivo,
proporcionaba cierto logro en salarios comparado a las escalas que los patrones
habían pagado antes de la huelga. Nos estaríamos abriendo paso en la cuestión
de los trabajadores internos en el mercado, donde se concentraba la mayoría de
estos miembros sindicales. Aunque los empleados de almacenes y de las cuartos de
envíos organizados en otros lugares no estaban específicamente incluidos en
los términos, un sindicato victorioso podría forzar un reconocimiento de hecho
de su derecho a representarlos. Esta expectativa la reforzaba la disposición
que nos permitía ganar el reconocimiento directo del sindicato a través de una
elección de la Junta Laboral. En realidad, era precisamente esta cláusula de
reconocimiento sindical lo que hacía probable un rechazo de los patrones a la
propuesta de Haas-Dunnigan. De aquí se derivaba la probabilidad de que nuestra
aceptación de la propuesta no pondría fin a la huelga. En el comité de huelga
se acordó que a los miembros del sindicato debía presentárseles un análisis
en ese sentido.
El comité celebró su reunión en el salón del Local 574 en la Tercera
Calle Sur. Mientras sesionábamos llegó un informe de que la policía estaba
haciendo una redada de la sede de la huelga. Todos nos apresuramos para ayudar a
combatir a la policía, sólo para averiguar que había sido una falsa alarma.
Sin embargo, persistieron los rumores de una redada inminente, por lo que los
trabajadores de los proyectos de la Administración de Asistencia de Emergencia
montaron guardia en la sede de la huelga, mientras que los miembros del Local
574 se reunían en el Salón Eagles la mañana del 26 de julio. La evaluación
acordada la noche anterior se presentó en la reunión en nombre del comité de
huelga. Sucedió una larga discusión en la que se aclararon diversos aspectos
adicionales de la situación, más o menos a satisfacción de todos. Luego se
procedió a la votación y el sindicato aceptó las condiciones de los
mediadores.
Olson había fijado el mediodía como la hora tope para obtener respuesta del
sindicato y de los patrones. Aunque arribamos a una decisión oficial antes que
eso, guardamos silencio por el momento. Esperábamos que los patrones
pospondrían un anuncio de su acción, aguardando esperanzadamente a ver si el
sindicato rechazaba la propuesta. De ser así, de seguro que habían preparado
una arremetida propagandística contra nosotros a partir de tal supuesto.
Decidimos hacerlos tropezar al no divulgar nuestra decisión, sino hasta el
último momento.
Aunque el salón repleto estaba incómodamente caliente aquella mañana de
verano, las ventanas se mantuvieron cerradas y las puertas bajo llave. Eso
impedía que entraran fisgones de la prensa y que se escabulleran los chivatos.
Conscientes de las razones para esta política, los miembros soportaron animados
la incomodidad. Entonces, exactamente a las 12, Bill Brown notificó al
gobernador Olson que el Local 574 había aceptado la propuesta de Haas-Dunnigan.
Aceptan propuesta ‘con reservas’
Habíamos pescado desprevenidos a los patrones. Después de cierta demora,
anunciaron que la propuesta era “aceptada con reservas”. Según comentó The
Organizer [El organizador], esto sencillamente significaba que la
rechazaban con lenguaje rebuscado. La responsabilidad de continuar la huelga
recaía llanamente sobre ellos y habían quedado en una precaria situación
propagandística. Intentando salir adelante de la mejor manera posible, los
patrones dijeron a Haas y Dunnigan: “No podemos negociar con esta dirección
comunista”. A Olson le plantearon una pregunta arrogante: “Como ciudadanos
de Minneapolis, exigimos saber si va a apoyar a las autoridades locales con
ayuda militar”.
El Local 574 también tenía preguntas que hacer. “¿Qué habría pasado”,
inquirió a través de un editorial en el Organizer, “si los patrones
hubieran aceptado el plan de Haas y nosotros lo hubiésemos rechazado? No
habría habido en esta ciudad ni un solo bandido ni un ladrón, ni un hipócrita
piadoso o un explotador gimoteador, ni un accionista ni agiotista que no pidiera
a gritos nuestra sangre. ¿Y qué habría hecho el representante federal? ¿Qué
va a hacer ahora? Será interesante ver qué tiene que decir -si es que dice
algo- el reverendo Haas sobre los patrones que rechazaron la rama de olivo con
la que voló desde Washington. Claro está, el discurso o el silencio del
reverendo Haas no los va a determinar el punto en cuestión. El ánimo de los
huelguistas está más elevado que nunca. Ni conciliadores ni negociadores ni
dictadores pueden desanimarlos. No vamos a regresar a trabajar por una miseria .
. . Vamos a retornar a trabajar pero con salarios decentes, condiciones decentes
y un Sindicato, el Local 574, para protegernos . . . A pesar de la muerte y del
diablo, a pesar de toda la alianza infernal que enfrentamos: la huelga sigue.
Los piquetes pacíficos continúan. Aún ondea la bandera donde está inscrita
nuestra consigna: ¡No van a hacer que circulen camiones! ¡No lo hará nadie!”
La tarde del 26 de julio, el gobernador Olson proclamó que en Minneapolis
existía un “estado de insurrección” e impuso la ley marcial en la ciudad.
Unos 4 mil guardias fueron desplegados al poco tiempo en las áreas comerciales.
Se prohibieron todos los piquetes, y al Local 574 le negaron el derecho de
conducir reuniones al aire libre en la sede de la huelga. También emitieron
órdenes de que no podían circular camiones sin permiso militar.
Olson había llegado a la etapa final de la estratagema que había tramado en
colaboración con Haas y Dunnigan; a saber, la imposición de un arreglo de
huelga mediante la ley marcial. El Local 574 había rehusado facilitárselo, lo
que habría sido el caso si hubiese rechazado la propuesta de los mediadores,
para así exponerse a un ataque. En cambio, el gobernador tenía que hacer creer
que se enfrentaba a los patrones que lo estaban desafiando. Lejos de encontrarse
en una posición para terminar el conflicto, únicamente se había comprometido
peligrosamente en él y de paso se había metido en nuevo hoyo político.
Ataque anticomunista
La primera reacción de Olson en esta problemática situación fue atacar al
Local 574 al permitir que los militares se involucraran en un nuevo ataque de red
baiting* contra el sindicato. Los dirigentes trotskistas Jim Cannon y Max
Shachtman habían sido arrestados por la policía la noche del 25 de julio.
Registraron sus cuartos de hotel sin una orden judicial, y en la prensa
capitalista emplearon titulares sensacionalistas sobre “pruebas”
descubiertas de que eran dirigentes de la Liga Comunista. Después de permanecer
en la cárcel unas 48 horas, los llevaron finalmente ante el tribunal bajo
cargos de “vagancia”. En vez de procesarlos, el juez los entregó a los
militares, pues ya para entonces se había declarado la ley marcial. Fueron
trasladados al cuartel militar, detenidos allí por varias horas, y luego
liberados a condición de que salieran de la ciudad de inmediato.
Para resolver este problema, simplemente se fueron a la vecina ciudad de St.
Paul. El Local 574 protestó de forma vigorosa los cargos amañados contra Jim y
Max, pues el comité de huelga estaba consciente de los esfuerzos que ellos
realizaban en apoyo al sindicato y agradecía las contribuciones que hacían.
Olson luego se echó atrás, permitiéndoles retornar a Minneapolis después
de un par de días. Poco después se requirió que Max regresara a Nueva York, y
hasta el final de la huelga fue Herbert Solow quien asumió la principal
responsabilidad editorial en The Organizer.
Entretanto, a los operarios de camiones que suscribían la propuesta de
Haas-Dunnigan les estaban emitiendo permisos militares. Como suele suceder en la
industria del camionaje, hubo una aglomeración de operadores de poca monta que
se apuntaron para los permisos. Lo hicieron sin vacilar porque no tenían la
menor intención de pagar los salarios estipulados. Sin embargo, ni una sola de
las grandes firmas de camiones se libró del control de la Alianza Ciudadana,
como Olson había esperado que harían. Sencillamente se aprovecharon de su
decisión de que se emitirían permisos especiales para el traslado de
mercancías en el “comercio interestatal”.
Al poco tiempo los militares también estaban permitiendo entregas
irrestrictas de abarrotes y diversas mercancías al por mayor. A los piquetes
que reclamaban a las patrullas de guardias sobre la política a menudo los
ponían bajo custodia militar, usualmente los detenían por unas horas a fin de
intimidarlos. Se emitieron permisos a las firmas directamente envueltas en el
paro, y estas usaron esto como base para advertir a los empleados huelguistas
que retornaran a trabajar o perdieran sus empleos. La situación se había
desarrollado en un proceso rompehuelgas militar por partes.
Intentan disimular golpes
Olson después intentó persuadir a la Alianza Ciudadana de que le
permitieran cierto tipo de concesión para disimular sus golpes contra el Local
574. Hizo el anuncio a través de una declaración publicada en el Minneapolis
Tribune del 31 de julio. A las firmas afectadas por la huelga se les
ofreció protección militar para la operación plena si hacían dos cosas:
pagaban la escala salarial recomendada por Haas y Dunnigan, y restituían a los
empleados que desearan retornar a trabajar. Se dio garantías de que ello “de
ninguna forma supondría un compromiso por parte de los patrones con la
totalidad de la propuesta” planteada por los mediadores. “Permitirá que el
Padre Haas y el Comisionado Dunnigan continúen sus esfuerzos conciliatorios”,
sostuvo el gobernador, “y de forma sustancial ayudará a que la Guardia
Nacional mantenga la paz en la ciudad”.
En realidad el plan estaba diseñado a soslayar el tema del reconocimiento
sindical. Otro efecto de este plan, no obstante, sería fomentar la deserción
de las filas del sindicato al ofrecer un aumento salarial, facilitando así que
los militares suprimieran a un sindicato debilitado. Al percibir que tenían a
Olson a la fuga, los patrones rechazaron su proposición de manera rotunda. “Cualquier
arreglo como los hasta ahora sugeridos”, dijeron en la prensa, “sería una
rendición ante un grupo de dirigentes comunistas quienes no representan a
nuestros empleados”.
El Local 574 airadamente denunció en su totalidad la política del
gobernador. En un editorial del Organizer declaró: “Los funcionarios
del gobierno, que rugen como leones al hablar a los trabajadores, arrullan como
tórtolos cuando hablan a los patrones”. Una delegación de la Unión Central
del Trabajo, del Consejo de Gremios de la Construcción y del Local 574 se
reunió con Olson para protestar el uso de milicianos como fachada para romper
la huelga. Hablando en nombre del Local 574, Carl Skoglund dijo mordazmente al
gobernador que a los patrones se los pudo haber obligado a que aceptaran la
propuesta de Haas-Dunnigan, de no haberse declarado la ley marcial. Carl exigió
que todos los permisos militares fueran revocados por 48 horas y que los
permisos futuros se otorgaran sólo a los patrones que acordaran apegarse a
todas las condiciones que los mediadores habían recomendado y que el sindicato
había aceptado. También se insistió que el sindicato tuviera representantes
en el comité que emitía los permisos. O se detenían todos los camiones por 48
horas, se le dijo a Olson, o el Local 574 los detendría. El rehusó ofrecer la
cooperación que el sindicato solicitaba.
Parafraseando una célebre frase del general Grant durante la Guerra Civil, The
Organizer proclamó: “Vamos a pelear en las líneas de piquetes aunque
nos lleve todo el verano”. La noche del 31 de julio en el Campo de Desfiles se
celebró una concentración multitudinaria, a la que concurrieron más de 25 mil
trabajadores. Bill Brown pronunció uno de los mejores discursos combativos que
dio jamás. “El gobierno del Partido de Agricultores y Trabajadores”,
declaró con desprecio, “es la mejor fuerza rompehuelgas a la que jamás
nuestro sindicato se ha enfrentado”. Se pidió a todos los partidarios del
Local 574 que se reportaran a la sede de la huelga a las cuatro de la mañana
del día siguiente, primero de agosto, para reanudar los piquetes en masa a
despecho de las milicias. Si la tropa nos disparaba, el sindicato correría el
grave riesgo de sufrir la derrota, pero lo más probable era que no lo haría
porque Olson, en lo político, no podía darse ese lujo. En todo caso, teníamos
que arriesgarnos, si no romperían la huelga.
Después del mitin, Ray y Grant Dunne y yo fuimos a la sede de la huelga para
ayudar a los del turno de la noche con los preparativos para la acción del día
siguiente. Más tarde nos acurrucamos para dormir un rato en los coches de
piquete estacionados detrás del garaje. Hacia las cuatro de la mañana nos
despertaron los del turno de noche y nos informaron que la Guardia Nacional
estaba rodeando toda la cuadra alrededor de la sede. Más de mil efectivos
habían avanzado sobre nosotros al mando del coronel Elmer McDevitt. Como punta
de lanza iba un batallón de asalto fuertemente armado de 300 guardias y
respaldado por una compañía de ametralladores. Para cuando llegamos los tres
al frente del edificio, vimos que la calle estaba atestada de guardias, quienes
tenían varias ametralladoras apuntando a la entrada de la sede. Tras una pausa
se nos acercó McDevitt, escoltado por un destacamento de soldados cuyas
bayonetas brillaban en los rayos del sol naciente.
No siendo nada tontos, no opusimos resistencia. Sin embargo, teníamos cierta
fama de combativos, y los militares no estaban seguros de cómo responderíamos
a la agresión. Esto quedó claro con el obvio alivio del coronel una vez que se
encontró dentro del edificio, y aparentemente a salvo. Aunque no hacía mucho
calor a tan tempranas horas de la mañana, se quitó el casco y secó el sudor
de su cabeza, que se estaba quedando calva.
“¿Quién es el encargado aquí?”, preguntó McDevitt.
“Yo”, contestó Ray Dunne, siempre presto a dar un paso al frente en una
crisis.
“¿Cómo se llama?”
“Ray Dunne”.
“Queda detenido”, declaró el coronel, y en seguida ordenó a un
destacamento de guardias que se lo llevara.
McDevitt sacó entonces una lista del bolsillo y se la enseñó a Henry
Schultz, el despachador nocturno de piquetes, preguntándole si aparte de Ray
estaban presentes otros más que aparecieran en la lista. En la lista figuraban
los nombres de los principales dirigentes de la huelga y dos secuaces del
Partido Comunista, añadidos con fines propagandísticos aunque no tenían
absolutamente nada que ver con dirigir la huelga. Bill Brown y Miles Dunne no se
encontraban, pero los detuvieron antes de que se les pudiera avisar que Olson
había ordenado su arresto. Carl Skoglund se salvó de la redada porque estaba
fuera de la ciudad recaudando fondos en apoyo a la huelga. A Ray, Miles y a
Bill, junto a otros sindicalistas detenidos más tarde ese día por realizar
piquetes, los llevaron a una prisión militar improvisada en los terrenos de la
Feria Estatal.
Mientras Schultz revisaba la lista y decía al coronel que nadie más se
hallaba presente, nos hizo una seña discreta a Grant y a mí. Su mensaje era
obvio. Nos buscaban y debíamos salir de allí al instante. No nos convenía
salir por el frente porque allí estaban los periodistas, y su actitud al vernos
de seguro despertaría la curiosidad de los militares. Por eso salimos por la
puerta trasera, de paso corriendo la voz entre los piquetes para que nos
congregáramos de nuevo en el 614 de la Primera Avenida Norte, sede de la AFL.
Cuando llegamos a las líneas militares, nos detuvo un teniente que dijo que
teníamos que salir por el frente. Fingimos indignación, alegando que “un
tipo allá en frente con águilas en los hombros” nos había dicho que
saliéramos por donde íbamos. El teniente respondió que las órdenes que
tenía indicaban lo contrario. Así es que nos sentamos en el bordillo,
afirmando que de allí no nos movíamos hasta que los militares decidieran
quién estaba a cargo y qué querían que hiciera la gente. La treta funcionó.
Se envió a un mensajero para que informara a McDevitt de la situación, y él
envió órdenes para que nos dejaran pasar.
Henry Schultz estaba dotado de cierta tozudez, que en ese tipo de situación
nos caía al pelo. Arguyó que la milicia nos había interrumpido la comida de
la mañana y finalmente logró permiso para que los piquetes desayunaran antes
de desalojar las instalaciones. Así se logró informar a todos de que fueran al
“614”. Henry también convenció al coronel de que le permitiera trasladar
algún equipo del comisariato a la sede de la AFL. Asimismo, insistió en que se
le entregara un inventario por escrito de los bienes del sindicato incautados
por la Guardia Nacional. Esto incluía los coches particulares de algunos
huelguistas, que se hallaban en el estacionamiento detrás del garaje. Sin
embargo, lo más importante fueron las armas que se les habían quitado a los
piquetes luego del Viernes Sangriento. Estas se habían guardado bajo llave,
pero ahora el mando de la guardia las sacaba de la bodega y las exhibía a fin
de que los reporteros y fotógrafos de la prensa pudieran montar una campaña
propagandística difamatoria contra el sindicato.
Una media docena de los heridos del Viernes Sangriento permanecía aún en
catres en el hospital sindical. Se los llevaron a una institución militar, y al
doctor Enright, quien los atendía, lo pusieron bajo arresto.
Cuando Grant y yo llegamos a la sede de la AFL, ya se había congregado allí
una fuerza considerable de piquetes. Rápidamente se convocó a una reunión de
los capitanes de piquetes presentes, a fin de hacer planes para detener los
camiones esquiroles a pesar de la ley marcial de Olson. Todo dependería del
ingenio particular de dichos capitanes en las acciones relámpago que habíamos
de realizar. Todos eran a esas alturas aguerridos, dirigentes secundarios
jóvenes y capaces, listos para llenar el vacío creado por la arremetida del
gobernador contra los principales dirigentes del sindicato. Antes de que
transcurriera el día demostraron tener la capacidad necesaria de hacer lo que
fuera necesario.
Ya que el tipo de lucha que nos proponíamos librar probablemente provocaría
más redadas militares en cualquier lugar que se sospechara que fuera centro de
concentración de piquetes, decidimos descentralizar los operativos. Se montó
una serie de puntos de control a través de la ciudad, ubicados principalmente
en gasolineras solidarias, a las que los escuadrones móviles podían entrar y
salir sin llamar la atención. Para informar a los despachadores de piquetes
sobre camiones esquiroles, se utilizaban los teléfonos públicos de las
gasolineras y mensajeros que recorrían los barrios. Entonces se enviaban
escuadrones móviles a los lugares citados para que hicieran lo necesario y
escaparan de inmediato. Pronto, por toda la ciudad se fueron dejando inservibles
camiones que circulaban con permisos militares. Se informó que en cuestión de
unas horas en el cuartel militar habían recibido más de 500 llamadas pidiendo
auxilio. Los soldados respondían a las llamadas en coches patrulla, y por lo
general se encontraban esquiroles aporreados, pero nada de piquetes. En los
periódicos vespertinos se informó de largas listas de ataques contra camiones
esquiroles.
Mientras sucedía todo esto, la Guardia Nacional efectuó una redada de la
sede de la AFL, sacando a todo el mundo del edificio ante la consternación de
los agentes de negocios, que no podían creer que Olson haría algo así. Los
efectivos también invadieron la sede del Sindicato de Cocineros y Meseros,
ubicada en otra dirección, donde nuestros piquetes habían estado usando los
teléfonos. Además, ocuparon la sede regular del Local 574, ubicada en la
Tercera Calle Sur. Sin embargo, a pesar de todo lo que intentaron hacer los
militares, la supuesta huelga acéfala estaba llena de vida. Los piquetes
batallaban frenéticamente y con mucha habilidad. Para el fin del día sólo
habían sido arrestados 38 de ellos, una cifra reducida si se considera el
alcance de la acción sindical y los resultados que se estaban logrando.
Grant Dunne y yo nos quedamos en la sede de la AFL hasta que oímos gritar a
Pat Corcoran, agente de negocios del sindicato de conductores lecheros: “¡No
pueden hacer eso!” Protestaba contra la irrupción de soldados armados de
fusiles con bayonetas caladas. Decidimos que allí no nos convenía quedarnos, y
una vez más logramos eludir la red militar. Luego para nosotros la situación
se tornó muy delicada, pues procurábamos seguir circulando al tiempo que las
radioemisoras transmitían nuestras señas. Tan intensa era la búsqueda, que
los milicianos registraron las casas de las doce familias del edificio de
apartamentos donde vivía Grant.
Un arreglo ‘justo’
Al final supimos que Robley D. Cramer, director de Labor Review
[Reseña sindical] del AFL, había estado solicitando de forma urgente que lo
llamáramos. Lo llamó Grant, y Cramer nos comunicó rápidamente con Olson. El
gobernador nos prometió la inmunidad al arresto si nos reuníamos con él en
las oficinas de Labor Review en el Edificio Sexton, y nosotros
aceptamos. Al llegar encontramos una sala llena de agentes de negocios de la
AFL. Nos dijeron que el gobernador se encontraba en otra oficina, en reunión
privada con un comité del Local 574.
Posteriormente supimos que después de la redada a la sede de la AFL, Olson
había solicitado reunirse con un comité “verdaderamente representativo” de
las filas del Local 574. Lo que le tocó fue un comité integrado por Kelly
Postal, Ray Rainbolt y Jack Maloney, tres destacados comandantes de piquetes. Al
llegar al Edificio Sexton, mostraron su desprecio hacia los agentes de negocios
allí reunidos rehusando hablar en su presencia. Olson entonces había pasado
con ellos a una sesión privada, afirmando que quería negociar un arreglo “justo”
de la huelga. Le dijeron que no estaban facultados para negociar, y que
sencillamente habían llegado a presentar ciertas reivindicaciones. Estas eran:
ponga en libertad a nuestros dirigentes; devuélvanos nuestra sede de la huelga;
y retire a su tropa de las calles para que podamos detener la circulación de
los camiones esquiroles sin más interferencia de su parte. Fue estando las “negociaciones”
en este punto muerto que el gobernador había decidido mandar a buscarnos a
Grant y a mí. Lo había hecho después del frustrado intento de Haas de hablar
en la prisión militar con Ray y Miles Dunne y Bill Brown. Ellos respondieron
que no negociarían “dentro de los confines de un campo de concentración
militar”.
Cuando Grant y yo entramos a la sala en la que sesionaba Olson con nuestro
comité, él pareció alegrarse de vernos. Nosotros, por nuestra parte,
estábamos contentos de encontrar allí a representantes sindicales tan fuertes.
Se le dijo al gobernador que ninguna negociación era posible hasta que aceptara
liberar a Ray, Miles y Bill de la prisión militar. Respondió que sí, y a las
pocas horas los tres fueron puestos en libertad. Asimismo se rescindió la orden
de arresto contra Carl Skoglund. Entonces exigimos una explicación de la redada
de la sede de la huelga. Olson alegó que era porque la noche anterior habíamos
celebrado una asamblea multitudinaria sin permiso militar. Le respondimos que
sí contábamos con el permiso y que se lo podíamos mostrar. En ese momento nos
pidió a Grant y a mí que lo acompañáramos al cuartel militar para que se
pudiera plantear el asunto con el general Walsh. Y eso hicimos, pero no sin
antes comunicarnos con Al Goldman para que, como abogado nuestro, nos encontrara
allá llevando dicho permiso. En la sesión con Walsh también estuvo presente
el coronel McDevitt. El trató de oponerse a que se nos devolviera la sede en
base al argumento de que eso perjudicaría la moral de sus soldados.
Sin embargo, teníamos a Olson en un aprieto, ya que en nuestro permiso para
el mitin de protesta del 31 de julio se leía claramente: “Equipo de sonido y
celebrar una reunión multitudinaria”. Despojado del pretexto que le había
servido para efectuar la redada, ordenó que los militares desocuparan el
recinto sindical. A eso de las 11 de la noche, el mismo día en que la sede de
la huelga había sido ocupada, un oficial de la guardia nos la entregó
formalmente. A Henry Schultz se le encargó asegurarse de que no habían dañado
o robado nada. Antes de firmar el recibo por la devolución de nuestro edificio
y equipo, Henry exigió un recuento preciso para verificar que no faltaba
ninguna de las armas incautadas por la guardia. Lo exigió invocando la premisa
-sagrada para el capitalismo- de que eran propiedad privada de huelguistas
particulares.
Era obvio que los acontecimientos de ese día emanaban de otro “plan
maestro” ingeniado por el gobernador, cuyas líneas generales se pueden
deducir con facilidad. Valiéndose del pretexto de una supuesta violación de la
ley marcial, había pretendido dejar al sindicato en una posición insostenible.
Creyó que podría ocupar la sede de la huelga e inculpar a los dirigentes del
Local 574 por haber desafiado la autoridad militar. Estas acusaciones al mismo
tiempo le servirían para justificar encerrarnos en la prisión militar,
eliminando así el problema “comunista” en que los patrones fundamentaban su
negativa a negociar con el Local 574. Una vez decapitado así el sindicato,
convocaría a un comité de filas para que negociara la resolución de la
huelga.
Se frustra el plan de Olson
Al parecer el gobernador creía contar con varios elementos a su favor que
contribuirían a que su plan tuviera éxito. Entre éstos se encontraban su
propia astucia y su capacidad de persuasión; indicios entre algunos patrones
camioneros de resistir el control de la Alianza Ciudadana; su prestigio personal
entre el movimiento obrero; y la ayuda de los conservadores funcionarios de la
AFL. Puede que el plan luciera bien sobre el papel, pero resultó que, al
disiparse el humo al final de la jornada, Olson se dio cuenta que sólo se
había metido en peores dificultades políticas.
Para contragolpear al gobernador por su flanco político, The Organizer
arremetió con todo. El diario huelguístico había logrado salir casi de
acuerdo a su horario a pesar del hostigamiento de los militares contra el
sindicato. Su línea editorial en respuesta a la agresión de Olson se decidió
a través de un proceso de consulta algo frenético entre los dirigentes que
estaban disponibles. Al Goldman llegó al “614” estando allí Grant y yo, y
acordamos que el periódico debía convocar a una huelga general de protesta.
Nos comunicamos por teléfono con Jim Cannon, y sus puntos de vista coincidieron
con los nuestros.
Mientras Al preparaba unas notas preliminares para redactar un editorial,
Grant y yo trazamos un bosquejo de la situación táctica. Entonces se
encomendó a Marvel Scholl entregar esta materia prima a Herbert Solow, quien
dirigía el periódico. Solow se encontraba en el Argus, donde siempre obtuvimos
el máximo de cooperación, pero allí existía la posibilidad de interferencia
militar. Dando por sentado que eso podría ocurrir, se hizo planes de
contingencia para imprimir el periódico en St. Paul, de ser necesario. Con ese
fin, se sacaron pruebas adicionales de las páginas al componerse el periódico,
y Marvel las metió a su bolso.
Una vez que se imprimieron los primeros 500 ejemplares del periódico, Marvel
y su escolta de piquetes los llevaron al “614”, ya que aún no nos habían
devuelto la sede de la huelga. Para entonces ya había terminado la ocupación
militar del edificio de la AFL, y el Local 574 de nuevo estaba operando en él
un comisariato. Los piquetes allí presentes vitorearon con entusiasmo cuando se
les mostró su campeoncito de dos planas. En sus titulares se leía: “¡Respondamos
a la tiranía militar con una huelga general de protesta!”; “Olson y las
tropas estatales se han mostrado tal cual son! Sindicalistas, ¡muestren qué
somos!” “¡Han allanado nuestra sede! ¡Han encarcelado a nuestros
dirigentes! ¡El 574 sigue en pie de lucha!”
Al alterarse la situación, se había operado un cambio en los aspectos
tácticos de la cuestión de la huelga general. Ahora los funcionarios
conservadores de la AFL no podrían aprovechar una amplia acción de protesta
para promover la influencia de liderazgo de Olson en perjuicio de la huelga.
Esta vez la protesta iría dirigida explícitamente contra el gobernador, quien
estaba actuando abiertamente como rompehuelgas. Bajo estas condiciones, nuestro
llamado a una huelga general resultaría totalmente ventajoso para el Local 574.
Estimularía la presión de las filas sobre los agentes de negocios de la AFL
para que éstos nos apoyaran ante la agresión de Olson.
Sabíamos que los militantes sindicales de toda la ciudad hervían de cólera
ante las redadas militares. El club del Partido de Agricultores y Trabajadores
en la Universidad de Minnesota envió al gobernador un telegrama en que
declaraban: “Por este medio se le informa que ha sido expulsado como
presidente honorario de nuestra organización”. En realidad, la rápida
manifestación de tales actitudes contribuyó a presionar a Olson para que
liberara a los dirigentes del Local 574 y nos devolviera la sede de la huelga.
Estos acontecimientos nos indicaron que nuestro llamado de acciones de protesta
en sí ayudaría a la causa del Local 574, aunque había muy pocas
probabilidades de que en realidad ocurriera un paro general.
En vez de apoyar el llamado a huelga, Bob Cramer usó las páginas de Labor
Review para ofrecer pretextos para Olson. Con su retorcida lógica,
pintó las redadas de la sede de la huelga y del “614” como acciones
ingeniosas destinadas a “frustrar los planes de los enemigos del movimiento
obrero organizado”. En la sede de la AFL, aseveró, los soldados “realizaron
una inspección del local” tras recibir falsos informes de que allí se
ocultaban armas. Así, añadió, la Guardia Nacional había comprobado que la
Alianza Ciudadana mentía a fin de “suscitar un percance entre la guardia y
los huelguistas”.
El mismo día en que apareció ese disparate en Labor Review,
el 3 de agosto, el comité de huelga de 100 invitó a los secuaces de la AFL
para que fueran a explicar su comportamiento al momento del ataque militar
contra el sindicato. Según consta en las actas, Postal, Rainbolt, Maloney,
Grant Dunne y yo rendimos al comité un informe de la reunión sostenida con
Olson en las oficinas de Labor Review. Jack Maloney expresó dudas
de que todos los peces gordos de la Unión Central del Trabajo (CLU) que
encontramos allí pudieran haberse congregado tan de repente, sin haberlo
planeado de antemano.
Roy Wier, el organizador de la CLU, intentó explicar, renqueando, que se
habían reunido en la oficina de Cramer para analizar las redadas. Después de
localizar a Olson, según él, pidieron una explicación de la redada de la sede
de la AFL, y les dijeron que había sido un error. Sólo querían ayudar al
Local 574 a lograr una resolución, sostuvo Wier, y creyeron que quizás los
patrones aceptarían reunirse con ellos. Un miembro del comité de huelga,
incrédulo, hizo entonces una pregunta tendenciosa. Quería saber quiénes
integraban el comité de la CLU que había solicitado que se enviaran las tropas
después de que los patrones rechazaron la propuesta de Haas-Dunnigan. Cramer,
quien intentó contestar la pregunta, había sido sorprendido y se puso bastante
nervioso. Acabó negando que sabía quiénes integraban dicho comité.
Indirectamente y sin advertirlo, en realidad estaba admitiendo que había habido
contubernio entre la CLU y Olson a espaldas del Local 574.
‘No lo vuelvan a hacer’
Entonces, el comité de huelga aprobó una propuesta en la que se solicitaba
que una delegación de la Unión Central del Trabajo se reuniera con el
gobernador para exigir el retiro de las tropas de la ciudad y la liberación de
los huelguistas detenidos en la prisión militar. Se estipuló que la
delegación no tendría facultad alguna para negociar en nombre del Local 574.
Después de lo cual se permitió que Cramer, Wier y los demás de la CLU se
retiraran de la reunión, asegurándoseles de que serían bienvenidos cuando
desearan volver. La actitud del comité de huelga hacia los agentes de negocios
de la AFL era similar al veredicto que alguna vez emitiera un jurado fronterizo
del Viejo Oeste: “Declaramos que los acusados no son culpables y les
advertimos que no lo vuelvan a hacer”.
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