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EDITORIAL PATHFINDER

‘Viernes Sangriento’, décimo capítulo de ‘La rebelión de los camioneros’


UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR
abril de 2003 Vol. 27 No. 4

Editorial Pathfinder

Viernes Sangriento en Minneapolis
Décimo capítulo de ‘La rebelión de los camioneros’ de Pathfinder

Por Farrell Dobbs

[A continuación publicamos el décimo capítulo de La rebelión de los camioneros, traducción de Teamster Rebellion, por Farrell Dobbs. Perspectiva Mundial está publicando este libro por entregas.]

[La rebelión de los camioneros es el primero de cuatro tomos que Dobbs escribió sobre las huelgas, campañas de sindicaliza­ción y luchas políticas que transformaron al sindicato de los camioneros Teamsters en Minnesota y en gran parte del Medio Oeste en un pujante movimiento social. Dobbs fue protagonista y dirigente de esas batallas, y luego dirigente del Partido Socialista de los Trabajadores por muchos años.]

[Los subtítulos y notas son de Perspectiva Mundial. Copyright © 2002 por Path­finder. Se publica con autorización.]

Temprano en la tarde del jueves 19 de julio de 1934, el jefe de policía Michael J. Johannes emitió órdenes especiales ante una hilera de policías. Según informó el Minneapolis Tribune, dijo: “Vamos a empezar a trasladar mercancías. No se dejen apalear. Ustedes tienen escopetas y saben cómo usarlas. Cuando acabemos con esta escolta, habrá otras mercancías que trasladar”.

La “escolta” a la que Johannes se refería era en realidad una trampa tendida cuidadosamente contra los trabajadores. Esa tarde enviaron alrededor de 150 policías armados con escopetas antidisturbios en carros patrulla hasta la Compañía Jordon-Stevens, un almacén de comestibles al por mayor ubicado en el distrito del mercado. Allí un camión de cinco toneladas fue cargado con media docena de cajas que pesaban unas 150 libras en total. En el camión desplegaron pancartas marcadas “Suministros para Hospitales” para que los periodistas y fotógrafos pudieran dar un cuadro de la operación como si se tratara de una misión de “misericordia”. Incluso antes de que se hubiera completado la entrega al Hospital Eitel ya había en las calles ediciones especiales de los periódicos en que se anunciaba el “éxito” del convoy. Ese camu­flaje era completamente innecesario porque el sindicato libremente expedía permisos para las entregas hospitalarias y es ahí que estaba la trampa.

Al hacer una entrega sin permiso del sindicato, los patrones esperaban debilitar la moral de los huelguistas mostrándoles que la policía podía trasladar un camión a pesar de ellos. También contaban con hacerle creer a la gente que la huelga estaba perjudicando a los hospitales. Sobre todo, querían provocar la resistencia sindical para que los policías pudieran disparar contra los piqueteros, amparados por una buena pantalla propagandística. Rehusamos caer en la trampa. Todas nuestras escuadras móviles fueron retiradas de la escena, y se permitió que la entrega se hiciera sin interferencia.

‘La lucha continúa’

Después de describir exactamente lo que había sucedido, la siguiente edición de The Organizer [El organizador] señaló: “La prensa patronal, a propósito, unánimemente describió todo el incidente como una ruptura seria en el frente huelguístico. Este es un intento de rescatar algo del fracaso del complot. Felizmente, The Organizer puede llegar con la verdad a los trabajadores de Minneapolis. ¡Las líneas de piquete están intactas! ¡La lucha continúa!” Esto de veras irritó a los patrones, quienes respondieron maquinando una creciente interferencia policiaca contra los vendedores del Organizer.

La noche anterior a cuando se tendió la trampa contra el sindicato, había llegado desde Washington un mediador federal especial, el reverendo Francis J. Haas, para trabajar con Dunningan. A su llegada pidió hablar con Ray Dunne y conmigo, pues éramos los negociadores del sindicato, y habíamos hecho arreglos para reunirnos el jueves por la tarde con él. Luego vino la acción de la policía en la Jordon-Stevens esa misma tarde. Inmediatamente cancelamos la cita con Haas diciéndole que en tanto sucedieran provocaciones como esa no nos íbamos a reunir. Después de eso, Haas consultó con el gobernador Olson. Juntos le pidieron a Johannes que aplazara cualquiera acción futura por 48 horas -hasta el sábado 21 de julio- para que Haas pudiera tratar de negociar una resolución de la huelga.

Posteriormente Olson alegó que Johannes “nos prometió al padre Haas y a mí que no escoltaría ningún camión, sino hasta la tarde del sábado”. El jefe de policía negó haber hecho tal promesa. Aceptó, sin embargo, que inmediatamente después de la “escolta” de la Jordon-Stevens se había reunido con los patrones del Hotel Radisson. “Ellos dijeron que no aceptarían ninguna tregua”, sostuvo Johannes, “y al mismo tiempo me pidieron que les facilitara guardias para los camiones”. Todo esto salió a la luz a través de los informes del Minneapolis Daily Star del sábado 21 de julio, publicados en la secuela del disturbio policiaco conocido en la historia de la ciudad como Viernes Sangriento. Fue ese hecho atroz con el que Johannes se ganó el epíteto de “Mike el Sangriento”, y desde entonces la clase trabajadora ha pronunciado su nombre como una palabrota.

Los patrones habían exigido guardias policiales para llevar a cabo sus propios planes asesinos en aras de lograr una “resolución” de la huelga. El viernes 20 de julio se tomaron dos medidas con ese objetivo. Se enviaron cartas a todos los huelguistas dándoles tres días para que retornaran al trabajo o serían reemplazados en sus empleos. Al mismo tiempo se hicieron preparativos para que policías fuertemente armados escoltaran otro camión. En esta ocasión no se fingiría que se trataba de una misión de “misericordia” a un hospital. Se planeó un intento descarado de reanudar las entregas comerciales normales y se anticipaba que los policías dispararían contra cualquiera que tratara de interferir con la operación.

Chantaje de la patronal

El mensaje que deseaban dar a los huelguistas era lo suficientemente claro: “Vuelvan al trabajo o les daremos sus puestos a los esquiroles. Si intentan detener a los esquiroles, pueden perder la vida”. Como en el día anterior, se invitó a reporteros y fotógrafos de la prensa al lugar designado como escenario de la acción. Obviamente, se hizo así para que la versión noticiosa y las fotos de la escena convencieran a todos los trabajadores que los patrones hablaban en serio.

La dirección del sindicato anticipaba que el viernes se iba a realizar otra maniobra rompehuelgas, lo más probable en el área del mercado de abarrotes al por mayor. Ya que había muchos huelguistas a mano y que les vendría bien para la moral un poco de actividad -ya que las cosas habían estado bastante tranquilas- desde tempranas horas de la mañana se asignó a un buen número para que patrullaran el distrito. Harry DeBoer estaba al mando de la operación. Aunque también había a mano un número considerable de policías, al principio no parecía que estuvieran buscando problemas. Su actitud inicial se indica en un informe que Harry me dio posteriormente: “Durante la mañana un capitán de la policía se me acercó para plantear que para la ciudad era malo tener todos esos piquetes en la Avenida Washington, que estaban pasando turistas, etcétera. Estuve de acuerdo en que si la policía se iba, nosotros nos íbamos. Que se quedaría un auto de piquetes y un carro patrulla [de policías], pero que no se debía mover ningún camión”.

Nada resultó de la discusión narrada por Harry, probablemente porque el capitán pronto recibió nuevas órdenes de Johannes. Antes de que pasara mucho tiempo, la policía estaba al acecho, su cambio de actitud coincidió con una actividad inusual en la Slocum-Bergren, un almacén de abarrotes al por mayor cerca de la Tercera Calle y la Sexta Avenida Norte. Parecía que se iba a intentar hacer una entrega por camión. Se informó de este nuevo incidente al cuartel de la huelga y se enviaron refuerzos al lugar de la escena, incrementando la fuerza de piqueteros a unos 5 mil. Todos los huelguistas estaban completamente desarmados. Sabíamos que no podíamos enfrentar las escopetas antidisturbios y estábamos empeñados en llevar a cabo una protesta masiva y pacífica contra la maniobra rompehuelgas que se anticipaba.

Más o menos a esa hora, un grupo de miembros del Partido Comunista, dirigidos por Sam K. Davis, trató de convencer a Harry DeBoer de participar en una aventura ultra izquierdista. El incidente ilustró de manera gráfica la estupidez de su línea del “tercer periodo”.* Harry proporcionó los datos pertinentes en su informe ya antes mencionado: “Yo estaba a cargo y un comité de estalinistas . . . se me acercó y me propusieron que fuéramos y ocupáramos los Tribunales en vez de malgastar nuestro tiempo tratando de parar un camión. Afortunadamente, yo ya tenía cierto conocimiento de los métodos trotskistas, además de que sabía que eso sería una forma segura de uno salir baleado. Entonces dije que no”.

En la escena había una patrulla de a pie de aproximadamente 50 policías, portando escopetas antidisturbios, así como revólveres y cachiporras de militares. A eso de las dos de la tarde se pusieron muy tensos y en cuestión de minutos, un camión de esquiroles se detuvo en el andén de carga de la Slocum-Bergren. Iba escoltado por unos cien policías más en carros patrulla, las escopetas antidisturbios asomaban por las ventanas como púas de puerco espín. El camión tenía una malla metálica alrededor de la cabina y le habían quitado las placas. Cargaron unas cuantas cajas de abarrotes, a la vez que los piqueteros abucheaban a los esquiroles que realizaban aquella podrida labor. Después, el camión esquirol arrancó del andén de carga y empezó a avanzar por la calle. Lo seguía un camión de piquetes, un vehículo descubierto del tipo que se usa para acarrear tierra, en el que iban parados nueve o diez piqueteros desarmados.

De repente, sin hacer ninguna advertencia, los policías abrieron fuego sobre el camión de piqueteros, disparando a matar. En cuestión de segundos, dos de los piqueteros yacían inertes en el piso del camión rociado de balas. Otros heridos se desplomaban en la calle, o intentaban arrastrarse para escapar de la trampa mortal mientras seguía el acribillamiento. De todas partes corrieron huelguistas hacia el camión para auxiliarlos, avanzando hacia el fuego con la valentía de leones. Muchos fueron acribillados por la policía cuando se detuvieron a recoger a sus compañeros heridos. Ya a estas alturas los policías habían enloquecido. Estaban disparando en todas direcciones, alcanzando a la mayoría de sus víctimas por la espalda mientras trataban de escapar y a menudo dando de garrotazos a los heridos después de que caían. El fuego se volvió tan descontrolado que a un sargento lo hirió uno de sus propios hombres.

La naturaleza criminal de la acción policiaca fue documentada posteriormente por una comisión investigadora especial nombrada por el gobernador. En sus conclusiones la comisión dijo: “la policía apuntó directamente a los piqueteros y disparó a matar . . . En ningún momento se puso en peligro la integridad física de la policía . . . Los huelguistas del camión no llevaban ningún arma . . . En ningún momento los huelguistas agredieron a la policía y era obvio que los huelguistas no iban preparados para tal ataque”.

Las conclusiones del tribunal cuando procesaron a los huelguistas detenidos el Viernes Sangriento sirvieron como prueba implícita adicional del crimen de la policía. El juez los dejó ir a todos por falta de pruebas de que eran culpables de delito alguno. Para completar el cuadro del sadismo de la policía, The Organizer publicó un informe de una mesera indignada que describió el menú de cena de la Mike el Sangriento después del acribillamiento: “¡Sopa, bistec, papas, espinaca, frijoles, ensalada, pastel, queso, café y un gran puro!”

Mientras que a Johannes le despertaba el apetito el sufrimiento de los piqueteros, estos se retiraban de la escena de pesadilla del distrito del mercado cómo podían. Así, gracias a muchos actos individuales de heroísmo, lograron llevar a casi todos los heridos al cuartel de la huelga. Su arribo lo recogió Marvel Scholl en su diario. Describió también lo que significó para las mujeres quienes cuidaban el cuartel de la huelga mientras los hombres se hallaban afrontando a la policía armada con escopetas antidisturbios.

“El Viernes Sangriento”, escribió, “como lo conocemos quienes vivimos aquel día terrible en que la muerte rondó en el cuartel de la huelga, empezó como un día lóbrego, nublado. El aire mismo parecía como cargado de presentimientos. Al amanecer empezó el tren normal de actividades para el grupo auxiliar. Se abrió la cocina de la forma usual. Hubo la cantidad normal de labores de asistencia, se cerró la edición del Organizer, los piqueteros iban y venían para cumplir sus responsabilidades . . . Sin embargo, todo era distinto. Quizás el hecho de que a los hombres los iban sacando gradualmente del cuartel y enviando al área del mercado ayudó a crear ese ambiente . . . cuando se abrieron las puertas del comisariato para la comida de mediodía y sólo aparecieron unos cuantos hombres, nos empezamos a preocupar. La señora Carle, que encabezaba el comité del comisariato, se expresó al respecto, diciendo, ‘Debe estar sucediendo algo inusual, señora Dobbs. Kelly no me ha enviado esta mañana ni un solo auto especial de piquetes móviles. Bill [Gray] dice que casi ninguna de las cuadrillas nocturnas ha regresado. No obstante, mantengo la comida lista. Me imagino que va a ser un tropel horrible cuando lleguen’. Ese día no se usó mucha comida. Después del mediodía el cuartel estaba extrañamente vacío. Estaba tan callado que era casi escalofriante . . . Hasta el timbrar del teléfono fue una diversión grata. Y luego, de la manera más súbita, el vacío cedió ante el alboroto; la tranquilidad, ante la horrible sirena de la ambulancia; y el blanco impecable del pabellón del hospital ante el rojo espantoso, el rojo de la sangre.

“Cuando entraron cargando el primer hombre [al regresar los piqueteros]”, siguió Marvel, “con espuma saliéndole por la boca, gris como cemento, inconsciente, alguien gritó. En menos tiempo del que uno se puede imaginar, 47 hombres yacían tendidos sobre catres improvisados, con sus cuerpos llenos de heridas de balas. ¡Acción! Agua, alcohol, algodón, hombres y mujeres limpiando horribles verdugones morados de los cuales brotaba la sangre. Se desgarraba la ropa. Se encendían cigarrillos para los hombres que yacían tendidos, quienes apretaban las manos, se mordían los labios, para no gritar. Uno de ellos era un muchacho pelirrojo, un mensajero que sólo había estado observando. Le temblaba la mano cuando aceptó su cigarrillo. Sonrió, susurró un débil ‘gracias señora’, para luego desmayarse. Otro era Henry Ness. Le habían desgarrado la camisa, dejando al descubierto su espalda, cubierta completamente de verdugones morados. En su delirio, se alzó, luchando contra el médico que lo trataba de auxiliar, y se desmayó. Y luego el aullido de las ambulancias. ¡Abran paso! ¡Háganse atrás! ¡Dejen que los vehículos entren al garaje! ¡Que no entre nada más! Una por una entraban en reversa, y al salir llevaban su carga de humanidad sufrida. Ness y Belor en la primera. Shugren, inconsciente, fue alzado . . . rápidamente lo cargaron hasta la ambulancia. Harry DeBoer estaba tendido en un catre. Enardecido ordenó a los socorristas, “Atiendan a algunos de esos otros primero”. Harry tenía una bala en la pierna, enterrada en el hueso justamente arriba de la rodilla. Ahora las ambulancias se iban llenando hasta las puertas, con todos los hombres que se pudieran mantener de pie. Llenas hasta más no poder, salieron, una por una, hasta que 47 hombres iban rumbo a camas de dolor y algunos hacia el olvido”.

Caen dos huelguistas

En total, 67 personas resultaron heridas, más de 50 de ellas piqueteros y el resto espectadores casuales quienes se vieron atrapados en el fuego de la policía. En su abrumadora mayoría fueron heridos por la espalda. El doctor McCrimmon informó al sindicato que los 34 hombres en los cuales intervino quirúrgicamente, llevaban 160 pedazos de plomo en sus cuerpos. Los heridos más graves fueron Henry Ness, John Belor y Otis Shugren. De los tres el único que sobrevivió fue Shugren. Pudo haber habido más muertos, de no haber sido por la presteza con que el doctor J.A. Enright y el doctor B.I. Saliterman intervinieron para asistir al doctor McCrimmon después de la tragedia. Muchas personas se presentaron de forma voluntaria ofreciéndose para transfusiones de sangre. No menos de 25 enfermeras tituladas se pusieron a la disposición, sin paga, para llamadas de emergencia las 24 horas del día. El grupo auxiliar de mujeres estableció un comité especial para realizar rondas diarias a los hospitales para asistir a los heridos. Personas de diversas condiciones sociales se presentaron al cuartel de la huelga con frutas, galletas y materiales de lectura para ayudar a confortar y animar a los huelguistas hospitalizados.

Como parte de su propaganda en preparación para el Viernes Sangriento, los patrones habían publicado campos pagados en los diarios, en que preguntaban: “¿Qué le parece que nuestras calles de Minneapolis estén bajo el control de comunistas?” Después del motín de la policía The Organizer replicó con un titular que planteaba la verdad real del asunto: “¿Qué le parece que nuestras calles de Minneapolis estén bajo el control de asesinos?” Dirigiéndose a los patrones, el periódico sindical declaró: “Pensaban que a balazos iban a relegar al Local 574 al olvido. Sin embargo, lo único que lograron fue convertir al 574 en un grito de guerra en boca de todo trabajador y toda trabajadora que se precien en Minneapolis. Pensaban que iban a separar a los miembros de filas de sus dirigentes. Lo único que lograron fue fortalecer los vínculos que los unen en un eficaz ejército de combate. Pensaban que iban a enajenar al movimiento sindical del 574. Lo único que lograron fue adherir a todos los sectores del movimiento sindical a nuestra causa”.

Lo que decía The Organizer no era ninguna exageración. Entre la clase trabajadora rápidamente se corrió la voz del acribillamiento, junto a rumores de que la policía se estaba preparando para lanzar una redada contra el cuartel de la huelga. Pronto unos 35 obreros del sector del hierro estructural, armados con barras cortas de hierro, se presentaron al cuartel, listos para ayudar a defenderlo. Los siguieron otros trabajadores, portando las herramientas de su oficio como armas. Centenares de personas, representando todos los sectores de la clase trabajadora, decidieron pasar la noche en el cuartel, en caso que hicieran una redada. Para demostrar que los trabajadores hablaban en serio, corrieron a toda la odiada policía del área aledaña y los piqueteros dirigieron el tráfico en esa zona. Hubo algunos indicios de que Johannes había planeado la redada, pero que había cambiado de parecer al ver el estado de ánimo de los trabajadores, concentrándose más bien en fortificar la alcaldía.

Una lucha de clases abierta

Después de la provocación del jueves, el Local 574 había convocado un mitin de protesta al aire libre para la noche del 20 de julio, a celebrarse en un predio baldío en la Séptima Calle y la Cuarta Avenida Sur. Entretanto había ocurrido el motín de la policía, y para cuando empezó la reunión tal como se había programado, estaban presentes más de 15 mil trabajadores enardecidos. Distintos funcionarios de la AFL [Federación Norteamericana del Trabajo] y un portavoz de la Asociación por un Día Franco para Agricultores, se unieron a los dirigentes del Local 574 para dirigirse al mitin. D.T. Boner, funcionario de la Asociación de Abarroteros Independientes, también habló, instando a un boicoteo de los mayoristas de abarrotes del área donde sucedió el acribillamiento. El mitin aprobó una resolución de condena contra el alcalde Bainbridge y contra Mike el Sangriento por la brutalidad policiaca y prometieron un apoyo inquebrantable para el Local 574.

A estas alturas había quedado patente que Minneapolis estaba presenciando una lucha de clases abierta entre trabajadores y capitalistas. Por toda la ciudad se acrecentó el odio hacia la Alianza Ciudadana, mientras ésta trataba de justificar las tácticas brutales de los patrones de la industria del camionaje. Los intentos de imponer temas abstractos como “comunismo” y “revolución” por encima de los asuntos concretos de la huelga no colaron. La mayoría de personas ahora sentía que era necesario ponerse de uno u otro lado como cuestión de clase. En cuanto a los trabajadores de la ciudad, estaban completamente agitados y enfurecidos para combatir. Amplios sectores de las clases medias le dieron su apoyo al sindicato, haciendo lo que podían para respaldarlo en el enfrentamiento con la Alianza Ciudadana. En lugar de romper la huelga, el ataque atroz de los patrones le había infundido nuevas energías.

La ‘Cinco Siete Cuatro’

Otros sindicatos donaron dinero; algunos de ellos recolectaron de sus miembros un día de paga en apoyo a la huelga. Varios clubes de distritos electorales del Partido de Agricultores y Trabajadores en la ciudad de manera voluntaria ofrecieron sus servicios al comité de huelga. La organización auxiliar de mujeres reclutó a más de 50 nuevas miembros entre las familias del Local 574, y muchas otras mujeres las respaldaron como simpatizantes. Se estableció una barbería gratuita en la sede del sindicato, operada por barberos sindicalizados. La gente abarrotaba el área del cuartel, ansiosos de escuchar boletines informativos o anuncios por los altoparlantes. The Organizer informó que: “El hermano Sloan ruega anunciar que el altoparlante en el Cuartel ya tiene señal de identificación; es la estación Cinco Siete Cuatro”.

La mañana del sábado la concentración de piqueteros y autos para piquetes móviles fue por lo menos cuatro veces mayor de la que había sido en cualquier otra mañana antes de la huelga. Entre los piqueteros se encontraban heridos ambulantes del Viernes Sangriento, quienes se reportaron vendados para prestar servicio. Uno de ellos, un veterano de guerra, le dijo a un reportero del Organizer: “En Francia esto lo tuve que aguantar por deber. Ahora lo aguanto porque quiero. Esta lucha apenas está empezando”. Los taxistas de la Yellow Cab, quienes habían estado trabajando bajo un contrato desde el 4 de junio, se habían mantenido trabajando por decisión del sindicato hasta el 20 de julio. Después del acribillamiento, de forma espontánea devolvieron sus taxis al garaje y se reportaron al sindicato para cumplir turnos en los piquetes, dispuestos a seguir hasta lo que durara la huelga.

El Local 574 solicitó una huelga de un día de parte de todos los sindicatos del transporte para el lunes 23 de julio, como protesta por la violencia policiaca. Explicamos que no estábamos pidiendo una huelga general a nivel de toda la ciudad porque la situación “no había madurado para una huelga de ese tipo”. Detrás de esta explicación se hallaba el problema táctico que tenía que ver con el gobernador Olson y la cúpula de la AFL. Olson ya había movilizado a la Guardia Nacional y estaba buscando un pretexto para intervenir contra nuestro paro. Si se hubiese convocado una huelga general de protesta, eso habría servido de pretexto para que la cúpula de la AFL involucrara a Olson, y creíamos que era de esperarse que nos traicionara, tal como había hecho con relación a la huelga de mayo. Por lo tanto, habíamos limitado nuestra solicitud a los sindicatos del transporte, y la actividad de un día de protesta se realizó tal como se había programado, recibiendo un fuerte apoyo de las filas. Los conductores de autobuses incluso rechazaron una solicitud de que transportaran a un contingente de la Guardia Nacional ese día. A la vez los trabajadores de lavanderías se declararon en huelga, declarando que estaban actuando en apoyo al Local 574 y para luchar por sus propias reivindicaciones con los patrones de las lavanderías.

También hubo un nuevo auge en apoyo al Local 574 entre los desempleados, principalmente por parte de personas envueltas en proyectos federales de trabajos espurios financiados por la Administración de Socorro de Emergencia (ERA). Antes del 20 de julio, se habían inscrito por centenares a través del Consejo Central de Trabajadores de Minneapolis (MCCW) para hacer su turno en la línea de los huelguistas del Local 574. Su vigorosa participación quedó demostrada por el hecho de que más de una docena de los baleados el Viernes Sangriento eran miembros del MCCW. En general, habían estado en la línea de huelga los días que no trabajaban en los proyectos de la ERA, pues era limitado el tiempo que les asignaban de trabajo. Esto cambió después del acribillamiento. El 24 de julio, una reunión de delegados de los proyectos federales votó a favor de convocar a la huelga a todos los trabajadores de la ERA. El paro era tanto para apoyar al Local 574 como para presionar al gobierno federal a favor de sus propias reivindicaciones, las que se enfocaban en tarifas salariales sindicales y en una semana laboral de 30 horas. Más de 5 mil trabajadores de la ERA respondieron al llamado de huelga, estableciendo sus propios comités de huelga, los cuales trabajaban estrechamente con el comité de 100 del Local 574.

Mientras tanto Henry B. Ness había muerto menos de 48 horas después de ser herido, dejando una viuda y cuatro niños pequeños. Marvel Scholl dio constancia de su experiencia al ayudar a Freda Ness en los preparativos del entierro de su esposo:

‘¿La próxima generación?’

“Esta tarde fui con la señora Ness y su cuñado a comprar ropa para el funeral para ella y los niños. A cada uno de los niños le conseguimos un traje de lino café y blanco, a la niña más grande un bonito vestido y al bebé un atuendo estampado lindísimo. También zapatos y ropa interior. Los niños carecen totalmente de ropa. El placer que les dio la ‘ropa comprada en tienda’ era patético. La casa, impecable, es un ejemplo típico de muchos hogares en Minneapolis que dependen de la asistencia pública. Hay un olor a pobreza, una sensación de miseria. Hasta los propios muebles parecían asumir una actitud de desaliento. Las caritas blancas, compungidas, de los niños proyectan una ansiosa expectación, como si aún abrigaban esperanzas de que hay un Santa Claus o un Conejillo de Pascua. ¿Será que estas víctimas de la avaricia del capitalismo, van a ser los padres y madres de la próxima generación?

“La señora Ness consiguió un vestido de seda estampada. No quería un traje de luto. Un vestido práctico: uno que se pueda usar después en toda ocasión. ‘No quiero un vestido negro, señora Dobbs’, rogaba. ‘Eso se parece demasiado a como ha sido toda nuestra vida. Mi corazón va a estar igual de acongojado con un vestido claro’. Nada de vestido negro, señora Ness. Que se cubran de crepé negro los ricos. ¡Sus corazones no guardan los recuerdos más de lo que los va a guardar el suyo!”

Henry fue enterrado el martes 24 de julio, habiéndose empezado los servicios tarde en el día de modo que los trabajadores empleados pudieran asistir. Primero se celebró un servicio para la familia en la funeraria que, irónicamente, estaba ubicada al otro lado de la calle del gran garaje que el sindicato había usado en la huelga de mayo. Después de eso, una marcha masiva de unas 20 mil personas acompañó la lenta marcha de la carroza fúnebre al cuartel de la huelga en la Octava Calle. Durante la marcha, el tráfico estuvo atascado por horas, pero no se divisaba un solo policía a medida que se concentraban los miles de apesadumbrados. Dando un espléndido ejemplo de disciplina obrera, la línea de marcha en su totalidad estuvo libre de desórdenes, a la vez que los escuadrones móviles del Local 574 controlaban el tráfico. En el cuartel de la huelga se había izado una bandera negra y se había erigido una tarima provisional enfrente del edificio para que se pronunciaran las oraciones fúnebres a la multitud congregada. Bill Brown, quien había conocido a Henry Ness como amigo personal, intentó hablar pero estaba destrozado.

Pasajes de la oración fúnebre principal, pronunciada por Albert Goldman, se publicaron en The Organizer. Dijo en parte: “La vida de nuestro hermano asesinado es representativa de la vida de todos los trabajadores. El sistema social no le dio oportunidad. A temprana edad se vio obligado a trabajar para ganarse la vida y para producir ganancias para su patrón. Junto a otros trabajadores, lo enviaron a matar y a que lo mataran en la guerra mundial. ¿Para qué? ¿Por la libertad? No. En aras de ganancias y de mercados imperialistas para los patrones. ¡Subrayen esas palabras! Sólo hay una vía, una lucha en la cual un trabajador tiene un interés real. Es la lucha del Trabajo contra el Capital . . . Esta lucha contra la opresión no es una tarea fácil. Del lado de los patrones están la policía, el ejército, los tribunales. El alcalde de Minneapolis no considera que las vidas de los huelguistas sean dignas de protegerse. Lo único que para él tiene importancia es la protección de la propiedad de los patrones, el derecho de los patrones a mantener esclavizados a los trabajadores con salarios bajos y en la miseria . . . Hermanos y Hermanas, a medida que nos vayamos de esta manifestación deberemos llevar en nuestros corazones la decisión ardiente de continuar la lucha del hermano Ness. ¡No lo debemos defraudar! Debemos vengar su muerte. Haremos esto si luchamos para ganar esta huelga, si luchamos para librarnos del yugo de nuestros explotadores y para establecer un nuevo orden social donde el trabajador pueda disfrutar los frutos de su labor”.

Después de que habló Goldman, la marcha masiva continuó, y acompañó a la carroza fúnebre hasta la Duodécima Calle y la Primera Avenida Norte. Miles de personas más se alinearon a los lados de las calles a lo largo de la ruta, en su mayoría quitándose sus sombreros en señal de respeto por el mártir del Local 574. A quienes no lo hacían, les botaban el sombrero. Por orden previa del comité de huelga, un buen número de miembros del Local 574 retornó al cuartel después de que la marcha había terminado para reanudar la línea de piquete. Miles más, montando en cientos y cientos de automóviles, fueron al cementerio en el lado norte de la ciudad. Henry era veterano de ultramar de la Primera Guerra Mundial, y los Veteranos de Guerras Extranjeras se habían encargado de que hubiera un pelotón de soldados federales del Fuerte Snelling para que le rindieran todos los honores militares ante la tumba. En total, más de 40 mil personas habían participado en el funeral, ya fuera en la marcha masiva, en los servicios celebrados en el cuartel de la huelga o acompañando al cortejo al cementerio. Entre ellos había trabajadores de todos los oficios e industrias, sindicalizados y no sindicalizados, así como varios miles de desempleados.

La presencia masiva en el funeral de Ness dio ímpetu a otra forma de protesta contra la brutalidad policiaca. A pocas horas del acribillamiento del 20 de julio, se habían planteado demandas para que se despidiera a Johannes y que el Consejo Municipal entablara un juicio de remoción contra el alcalde Bainbridge. Aunque estábamos conscientes de que las demandas no se podrían llegar a realizar, el Local 574 ayudó a lanzar una campaña masiva en torno a ellas. Lo hicimos porque la presión de tal campaña propagandística podría ayudar a hacer que, antes de emplear la violencia policiaca contra los huelguistas, los patrones lo pensaran dos veces. Al estar igualmente conscientes de que la campaña por la remoción les traía problemas, los patronos lanzaron su propia contraofensiva propagandística. La prensa capitalista aplaudió la “valentía” de los policías. Loas por el comportamiento de la policía vinieron de los Kiwanis, del Club Rotario, del Club de Leones y otras organizaciones “cívicas y comerciales” de la clase dominante.

Unas 140 mil personas firmaron peticiones que respaldaban la demanda de remoción. La presión masiva fue tal que el Concejo Municipal tuvo que aceptar celebrar vistas públicas sobre una moción presentada por un bloque de concejales del Partido de los Agricultores y Trabajadores para que se investigara a Bainbridge con miras a su remoción. Durante las vistas la cámara del concejo se llenaba; tanto sindicalistas como agentes de la clase dominante se movilizaban en masa. Se dio un debate enconado en que se delineaban de forma aguda las líneas de clase. A fin de cuentas, sin embargo, no se hizo nada sobre las demandas, un desenlace que se ajustó a uno de los aspectos básicos de la lucha de clases.

Bajo el capitalismo la función principal de la policía es romper huelgas y reprimir otras formas de protesta contra las políticas de la clase dominante. Cualquier utilidad cívica que puedan tener otras formas de actividad de la policía -como el control del tránsito y conseguir ambulancias-, es estrictamente secundaria a la función represiva primordial. Las tendencias personales de policías aislados no altera esta función básica de la policía. Todos deben cumplir los dictados de la clase dominante. En consecuencia, la represión policiaca pasa a ser una de las formas más escuetas mediante las que el capitalismo subordina los derechos humanos a las exigencias de la propiedad privada. Si los policías a veces vacilan en cuanto a sus tareas antisociales, se debe sencillamente a que ellos -como las armas que usan- se pueden oxidar de no cumplir la mortífera función para la que principalmente se les adiestra.

Ninguna organización policial es exactamente la misma de un día para otro. Existen dos factores esenciales que determinan su carácter en un momento dado: el clima social en el que los policías han venido operando y la rotación de personal dentro de la fuerza policial. Un policía inexperimentado puede propender a ser más o menos considerado para con los demás al cumplir sus tareas, en particular cuando las relaciones de clases son relativamente pacíficas. Sin embargo, aun en dichos momentos de calma se tienen que hacer los acomodamientos necesarios con las exigencias capitalistas, entre ellas la disposición de disparar contra quien perturbe la propiedad privada. De lo contrario, el aspirante a policía, si no lo echan de la fuerza, tendrá pocas posibilidades de avanzar más allá de una ronda por el quinto infierno. Con la eliminación gradual de los inadaptados, ciñéndose a esas pautas generales, un departamento de policía se puede mantener al corriente de sus obligaciones durante un periodo más o menos estable de relaciones de clases.

Así había sucedido con la policía de Minneapolis, cuyas experiencias en romper huelgas hacía mucho que se limitaban a ataques esporádicos contra gremios de oficios débiles y mal dirigidos. Luego, en 1934 ocurrió un viraje brusco en la lucha de clases, y resultó que no eran competentes para realizar las duras tareas nuevas que les imponían los patrones. Para que jugara el papel que la alterada correlación de fuerzas de clases requería, el departamento debía de ser sacudido drásticamente, y eso hicieron. Cuando Johannes repartió por primera vez las escopetas antidisturbios entre los agentes, algunos habían rehusado aceptarlas y fueron suspendidos de la fuerza al instante. A un puñado los suspendieron al aceptar las armas pero negarse a usarlas. Dos o tres incluso llegaron a participar en el acribillamiento, y luego, probablemente horrorizados por la matanza que resultó, entregaron sus armas y sus chapas. Entre los suspendidos se encontraba un capitán de la policía, John Hart. Mediante esta sacudida general la fuerza de policía de Minneapolis se había transformado en un cuerpo de asesinos uniformados dispuestos a disparar contra los huelguistas no más se diera la orden.

Mientras tanto, los piqueteros del Local 574 estaban reaccionando ante el ataque policiaco en apego a su magnífico espíritu de lucha. Después del acribillamiento, muchos de quienes resultaron ilesos desaparecieron de la vista pública por un tiempo breve, sólo para regresar poco después armados con diversos tipos de armas. Ahora tenían escopetas, rifles para cazar venados, revólveres, navajas de caza, y diversos tipos de recuerdos de la Primera Guerra Mundial, que algunos veteranos entre ellos habían traído al retornar de Francia. Habiendo superado a los policías garrote frente a garrote en mayo, los huelguistas ahora estaban preparados para hacerles frente arma contra arma. Aunque su causa era justa y su valor admirable, habría sido un error táctico grave llevar a cabo tal empresa.

Diferencias con la huelga de mayo

La situación era ahora cualitativamente diferente a la que existía durante la anterior batalla a garrotazos. A pesar del hecho que un garrote puede matar, por lo general no se clasifica como un arma letal. En virtud de ese hecho, la autodefensa del tipo que se empleó en mayo se pudo sostener tácticamente por varios motivos: la llevó a cabo un cuerpo masivo de piqueteros, quienes gozaban de una amplia simpatía dentro de la ciudad en general; por las razones antes descritas, al gobernador Olson se le dificultó el uso de las milicias del estado [Guardia Nacional] contra el sindicato; y debido a la naturaleza insular del conflicto y la política local que suponía, el presidente [Franklin] Roosevelt estuvo poco dispuesto y no tuvo un pretexto a mano para poder intervenir con soldados federales. En consecuencia, la lucha en mayo se mantuvo dentro de los confines de un enfrentamiento entre los pique­teros y la policía local.

Sin embargo, después del Viernes Sangriento la situación era totalmente diferente. Las armas de fuego y los cuchillos se conocen como armas letales. Por ser tan letales, su empleo como parte de la auto­defensa frente a los policías que portaban armas de fuego lo podría haber manipulado la propaganda capitalista para hacerlo parecer una “ofensiva insurreccional” por parte de los huelguistas. Los patrones habrían puesto el grito en el cielo, alegando que se comprobaba su acusación de que nuestro objetivo no era forjar un sindicato sino hacer una revolución. Con la primera refriega armada entre los huelguistas y la policía se habría alzado un clamor para exigir a Olson y a Roosevelt que enviaran soldados contra el sindicato. Olson lo habría hecho sin demora, sintiendo que ahora tenía una excusa política válida para acabar con ese intrincado problema. En caso de que Olson no actuara con la debida eficacia, Roosevelt se habría sentido libre de enviar soldados federales porque podría alegar que estaba suprimiendo una “insurrección”.

El Local 574, contra el cual se habría dirigido tal represión militar, estaba envuelto en una actividad local aislada. A nivel nacional, nuestra lucha tenía como paralelo sólo otros dos conflictos aislados de manera similar, que involucraban a los trabajadores del auto en Toledo y a los estibadores en San Francisco. La clase trabajadora de la nación en general apenas estaba empezando a marchar hacia la sindicalización y sus principales destacamentos aún no estaban listos para el combate. En esas circunstancias, el Local 574 habría podido atraer muy poco apoyo real fuera de la propia Minneapolis. Por tanto, no habría podido soportar la fuerte presión militar; habrían quebrantado la huelga y aplastado al sindicato.

Esta era una situación donde la dirección central de la huelga tenía que actuar de forma rápida y decidida. De lo contrario piqueteros impulsivos, en pos de un enfrentamiento con la policía, podrían haber infligido daños irreparables a la causa del sindicato mientras se debatía la cuestión de la política a seguir. Había que desarmar a los huelguistas en el acto, y los dirigentes centrales lo tenían que hacer bajo su propia responsabilidad. Ray Dunne y yo ayudamos a Kelley Postal a confiscar las armas de cada escuadra volante cuando se enviaba a una misión de piquete.

No fue fácil, ni tampoco agradable. Por mi parte, todavía la considero como la cosa más difícil que jamás hice en mi vida. Como era de esperarse, tuvimos varias disputas fuertes y una que otra descripción poco agradable de nuestra actitud. Al final, sin embargo, se entregaron las armas, gracias a las ya bien establecidas normas de disciplina del sindicato y a la autoridad que nos habíamos granjeado como dirigentes. Una vez más, los incomparables soldados del Local 574 salieron para enfrentarse a puño limpio contra policías con escopetas antimotines.

De inmediato se informó sobre nuestra acción en una reunión del comité de huelga, y se expusieron los motivos de la política que habíamos seguido. Después de un debate considerable, el comité aprobó el curso seguido, emitiendo las órdenes del caso para los piquetes. Las órdenes, que fueron publicadas en The Organizer, contenían una formulación intencionalmente críptica: “se instruye a todos huelguistas a continuar con las tácticas de piquetes pacíficas como hasta ahora. Sin embargo, se deberán defender de cualquier ataque”. Como no nos habíamos tomado la molestia de informar a los policías si los huelguistas estaban armados o no, no estaban seguros qué significaba permiso para “defenderse” y, conscientes de la furia de los huelguistas, los policías no tenían prisa de averiguarlo.

Lo bien que se condujeran los piqueteros en esta situación peligrosa dependería sobre todo de la competencia y autoridad de sus capitanes. Al respecto tuvimos un problema debido a la herida que sufrió Harry DeBoer el Viernes Sangriento, quien había sido uno de los que avanzaron hacia el fuego para rescatar a los piqueteros heridos. Hubo que reemplazar a Harry en su papel como uno de los principales comandantes de campaña de las operaciones de piquete. Al enfrentar una situación táctica sumamente compleja, era necesario hacer otros cambios en la estructura de mando. Kelly Postal, quien había fungido como despachador principal de piquetes, fue reasignado a un mando de campaña central. A Ray Rainbolt y Jack Maloney se les dieron tareas similares según las necesidades de los métodos tácticos que utilizaríamos ahora. Henry Schultz, un guardafrenos del ferrocarril, quien se había presentado como voluntario para ayudar al Local 574, fue asignado por el comité de huelga a cumplir la función de despachador, y al igual que había hecho Kelly, actuó en consulta con Ray Dunne y conmigo.

A derrotar la estrategia de Johannes

Nuestra tarea era darle jaque mate a la estrategia utilizada por Johannes después del acribillamiento. El empezaba a tantear cuidadosamente la posibilidad de reanudar las operaciones de transporte escoltadas por la policía. Para empezar empleó unos 40 carros patrulla, llenos de policías con escopetas antidisturbios, para escoltar un solo camión. La operación fue flanqueada por un destacamento todavía mayor de escuadras de piquetes volantes. Nuestros piquete­ros no intentaron detener el camión; sólo dejaron bien claro que se iban a necesitar muchos policías para desplazarlo. Luego Johannes intento aumentar el número de convoyes que emprendería, reduciendo el número de la escolta policiaca utilizada en cada caso. Obviamente su plan era seguir por esa vía hasta que se desplazaran a un mismo tiempo camiones suficientes como para doblegar la moral de los huelguistas e ir socavando la fuerza del sindicato mediante las deserciones.

Conforme Johannes redujo el tamaño de las escoltas policiacas, nosotros respondimos aumentando el número de escuadras volantes del sindicato que flanqueaban cada convoy. Este cambio en la correlación de fuerzas con respecto a cada uno de los convoyes llevaba implícito el peligro de que la acción sindical frenara a los camiones esquiroles, y los policías no sabían aún si los huelguistas estaban armados o no. De ahí que Johannes se sintió obligado a reforzar las escoltas de los convoyes, lo que hizo necesario que se redujeran en número. Como resultado de este tira y afloja los patrones se mostraron incapaces de reanudar las operaciones del camionaje a niveles apreciables. De nuevo la policía no cumplía su misión. Ni siquiera el asesinato a sangre fría había logrado detener al Local 574.


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