
UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR marzo de 2003 Vol. 27 No. 3
Cuba
Crisis ‘de los misiles’ vista desde Cuba
Ex embajador cubano ante ONU insta a leer libro sobre crisis de 1962
Por Carlos Lechuga
[A continuación aparece la presentación que hizo Carlos Lechuga el 3 de
febrero durante el acto que celebró la publicación del libro Octubre de
1962: la crisis ‘de los misiles’ vista desde Cuba editado en inglés por
Pathfinder de Nueva York, y en español por Editora Política de La Habana. El
acto tuvo lugar dentro del marco de la recién concluida Feria Internacional del
Libro de La Habana (ver artículo en esta edición).
[Lechuga asumió el cargo de embajador de Cuba ante Naciones Unidas durante
la Crisis de Octubre de 1962. Los subtítulos son de Perspectiva Mundial.]
Tomás Diez Acosta, el autor del libro que hoy presentamos, es un acucioso
investigador de bien ganados méritos y un profundo analista de la más
importante y peligrosa crisis del periodo de la Guerra Fría, la Crisis de
Octubre. Tomás Diez, durante la crisis, no estuvo ni en Moscú ni en
Washington, pero sí en una unidad militar en Cuba como instructor político, lo
que le ha permitido tener una visión profunda y multifacética de aquel
importante episodio histórico. Esa experiencia juvenil, valiosa por su
vivencia, unida a sus extensas indagaciones académicas y como historiador, le
aportan a esta obra un gran valor por el examen que hace desde el punto de vista
cubano, lo que es de particular interés para conocer lo que realmente sucedió,
sin tergiversaciones ni adulteraciones.
El libro contiene un gran caudal de nueva información extraída de los
archivos cubanos y de aportes de entrevistas con participantes directos de
aquellos hechos. También citas de documentos desclasificados de los Estados
Unidos que aclaran muchos aspectos del conflicto.
Durante un tiempo, y todavía hoy, se ha tratado de adulterar la verdadera
causa de aquel dramático trance, que no fue otra que la política agresiva de
los Estados Unidos contra Cuba desde los primeros días de la revolución y que
se desarrolló en dos vertientes bien definidas. Una de ellas, la clandestina,
tuvo a la Agencia Central de Inteligencia como brazo ejecutor y la otra, la OEA,
como instrumento para aislarla políticamente y facilitar de ese modo una
agresión militar que ya estaba preparada para llevarla a cabo cuando surgió la
crisis.
En el ámbito hemisférico Washington acudió a todos los medios para
doblegar la voluntad de los gobiernos latinoamericanos con el fin de sancionar a
Cuba. A los ocho meses del triunfo revolucionario se reunieron los cancilleres.
Esas reuniones ministeriales se habían celebrado cuatro veces en 20 años, y
después del primero de enero de 1959, en el curso de 24 meses solamente, se
efectuaron cuatro, persiguiendo el objetivo de destruir la revolución. En la
última los norteamericanos lograron los votos suficientes para separar a Cuba
de la OEA ilegalmente violando la carta de la propia organización regional que
no contempla por motivo alguno la separación de ningún miembro y
transgrediendo la Carta de las Naciones, que prevalece sobre la de la OEA, que
no discrimina a país alguno por su régimen socio-económico. La OEA, por
cierto, jugó también un papel importante en la Crisis de Octubre, pues
facilitó a Washington por un acuerdo apresurado del consejo de representantes
del organismo, de muy discutible legalidad, y a petición del Departamento de
Estado, el establecimiento del bloqueo naval alrededor de la isla.
Ya Cuba estaba reforzando su capacidad militar, como lo detalla el libro,
cuando Cuba fue separada de la OEA. Las intenciones de Washington no podían
ocultarse.
Las actividades subversivas, que nunca habían cesado, cobraron nueva fuerza
y una mejor organización bajo el ojo vigilante de las más altas autoridades de
Washington. Los planes de sabotajes y asesinatos de dirigentes, especialmente de
Fidel Castro, no tenían pausa. El libro contiene una relación de esos hechos y
de los planes de contingencia para invadir a Cuba.
La idea de [el entonces primer ministro de la Unión Soviética Nikita]
Jruschov de proponerle a Cuba la instalación de cohetes nucleares se relata
detalladamente en el libro de Tomás Diez. Estuvo motivada por la amenaza a la
seguridad de su país por la instalación de los cohetes norteamericanos “Júpiter”
en Turquía e Italia y por el inminente peligro de una agresión a Cuba. Robert
McNamara, secretario de defensa de [la administración de John F.] Kennedy,
reveló que en octubre de 1962, cuando la crisis, Estados Unidos poseía unos 5
mil cohetes nucleares y la Unión Soviética 300. Una diferencia de 17 a 1,
además de la gran desigualdad en bombarderos y otros medios estratégicos.
Es interesante leer en el libro todos los aspectos militares de la operación
de la instalación de los cohetes, los errores cometidos por la dirección
soviética y la claridad y visión de Cuba a lo largo de todo el proceso, la
razón principal por la cual se aceptaron las armas estratégicas y la
evolución de las negociaciones diplomáticas.
Libro detalla operaciones
Episodios como los de la preparación en la URSS de todos los efectivos y
medios militares, su traslado a Cuba y la instalación en nuestro territorio,
nos ofrece una visión clara de aquel gigantesco esfuerzo. Las tropas y el
material militar se embarcaron en siete puertos y los barcos realizaron 185
travesías para trasladar esa fuerza militar. Los detalles de la operación se
leen en el libro como escenas de una obra de gran dramatismo, con el interés
adicional de que todo aquello ocurrió en medio de un clima de peligroso
enfrentamiento en el ámbito internacional. Nos enteramos asimismo de los
lugares de la isla donde se situaron los distintos tipos de tropas y los
sistemas coheteriles y las razones por las cuales pudieron ser descubiertas
por la aviación norteamericana, aunque hay que decir que la inteligencia
enemiga, a pesar de todos los esfuerzos que realizó, nunca descubrió el
número de tropas soviéticas que estaban en Cuba.
El tema político y diplomático de la crisis que jugó un papel destacado y
sus distintos matices con las posiciones de La Habana, Washington y Moscú, se
reflejan en el texto fidedignamente.
Naciones Unidas trató de ser el centro de las negociaciones y numerosos
países pretendieron, cuando se reuniera el Consejo de Seguridad, que liquidado
el conflicto y evitada la guerra se pudiera llegar a un acuerdo a largo plazo
para solucionar el diferendo entre Cuba y los Estados Unidos y terminar así las
tensiones en el Caribe y borrar ese punto de fricción que ponía en peligro la
paz mundial. Washington se negó a considerar la cuestión en esa forma y
rechazó que Cuba participara en las negociaciones entre ellos y los
soviéticos, marginando también, en la práctica, las gestiones conciliadoras
del secretario general de las Naciones Unidas. Al final el Consejo de Seguridad
no se pudo reunir a pesar de que el punto de la crisis figuraba en su agenda.
Soviéticos y norteamericanos se pusieron de acuerdo y enviaron una nota al
máximo órgano de las Naciones Unidas expresando que no era necesario un debate
sobre el asunto pues ya se había solucionado la crisis. Cuba envió otra nota
pero en sentido contrario. Cubanos y soviéticos habían confeccionado un
protocolo que reflejaba las posiciones de los tres países para ser presentado
en el consejo pero Washington no lo aceptó.
Fue un proceso de discusiones muy tensas. La dirigencia cubana se enteró que
el gobierno soviético aceptaba retirar los cohetes de Cuba por una transmisión
de Radio Moscú. Lo cierto es que Kennedy hacía a los soviéticos continuas
demandas que eran aceptadas siempre sin mucha discusión. La promesa de Kennedy
de no invadir a Cuba, que Jruschov aprobó sin tener garantías, Cuba la
rechazó y prueba de que era una oferta sin base alguna fue que no quiso
comprometerse a terminar la guerra económica contra Cuba, descontinuar las
actividades subversivas y los actos de piratería, ni las violaciones de los
espacios aéreos y marítimos de nuestro territorio, y como garantía adicional
reclamada por Cuba, la retirada de la Base Naval de Guantánamo. Nada de esas
condiciones fueron aceptadas por Washington para que la promesa de Kennedy
tuviera una base solida. Como se dice en el libro, Cuba tenía una larga y
amarga experiencia con la falta de sinceridad de Washington.
Tres ópticas de la crisis
El texto de la obra cubre todos los aspectos de la crisis y los puntos de
vista de las tres partes en conflicto. Tiene además el libro una nutrida
sección con documentos de Cuba de alto valor histórico.
Una de las armas de la propaganda que los norteamericanos utilizaron muy
efectivamente fue el hecho de que los cohetes se instalaron en nuestro
territorio de una forma clandestina, furtivamente, y no como consecuencia de un
acuerdo militar legítimo entre dos naciones soberanas, como acuerdos semejantes
que hace Estados Unidos con sus aliados. Fidel Castro advirtió a los
soviéticos que era necesario, como una cuestión moral, que se le diera
publicidad al acuerdo, pero Jruschov no lo entendió así, abriendo la
posibilidad de que acusaran a la URSS y a Cuba de engañar a la opinión
pública mundial.
La posición de Cuba siempre estuvo basada en principios, en defensa de su
soberanía, defendiendo el derecho de tener las armas que considerara necesarias
para ripostar las agresiones de que era víctima. No cedió en su derecho de
negarse a ser inspeccionada ni admitió negociar con merma de su independencia.
Creo que es instructivo seguir en el libro el itinerario de todas aquellas
discusiones en medio de una atmósfera enrarecida cuando muchas veces el mundo
estuvo al borde de una guerra nuclear.
El epílogo se mantuvo en secreto, por distintos motivos, por Moscú y
Washington, y fue el entendimiento de retirar los cohetes de Cuba a cambio de
que los norteamericanos retiraran sus cohetes de Turquía e Italia. Esa cruda
verdad se supo después, pero los planes norteamericanos de liquidar la
revolución continuaron. Las negociaciones de la crisis no perturbaron la
intención de someter a Cuba a la égida de los Estados Unidos. El desenlace de
la crisis no brindó a Cuba ninguna garantía.
Reacción de soldados soviéticos
Cuando se retiraron los cohetes nucleares el pueblo se manifestó con gran
indignación y no puede olvidarse la reacción negativa de militares soviéticos
que estuvieron dispuestos a defendernos frente a todos los peligros. Ese aspecto
humano de aquella crisis no debe olvidarse.
En el análisis del epílogo de la crisis que hace el libro se afirma que
para la dirigencia revolucionaria quedó claro que el concepto de la seguridad
del país depende sobre todo del coraje, la determinación y la voluntad del
pueblo de participar en su defensa. Cualquier apoyo exterior estará sujeto a
factores coyunturales de la política internacional aunque la solidaridad
jugará siempre un papel significativo.
Sin duda los acontecimientos de aquellos días dejaron un sentimiento de
desilusión y amargura debido al pobre papel político de la Unión Soviética
al aceptar todas las demandas de los Estados Unidos.
Por otro lado, en el plano internacional, la situación no mejoró, no
terminaron los enfrentamientos peligrosos para la paz mundial, la carrera
armamentista siguió un curso acelerado con un despilfarro enorme de recursos.
La situación económica de los países subdesarrollados siguió agravándose,
pero como se expresa en la obra esas realidades no deben alimentar el pesimismo
sobre el futuro. La historia, afirma el autor con razón, muestra que las causas
justas y nobles siempre triunfan, no importa lo poderosa que sean las fuerzas
que se opongan a ella.
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