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UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR enero de 2003 Vol. 27 No. 1
Editorial Pathfinder
Comienza la guerra
Séptimo capítulo de 'La rebelión de los camioneros' de Pathfinder
Por Farrell Dobbs
[A continuación publicamos el séptimo capítulo de La rebelión de los camioneros, traducción de Teamster Rebellion, por Farrell Dobbs. Perspectiva Mundial está publicando este libro por entregas.
[La rebelión de los camioneros es el primero de cuatro tomos que Dobbs escribió sobre las huelgas, campañas de sindicalización y luchas políticas que transformaron al sindicato de los camioneros Teamsters en Minnesota y en gran parte del Medio Oeste en un pujante movimiento social. Dobbs fue protagonista y dirigente de estas batallas, y luego dirigente del Partido Socialista de los Trabajadores por muchos años.
[Los subtítulos son de Perspectiva Mundial. Copyright © 2002 por Pathfinder. Se edita con autorización.]
El alcance y el poder de la huelga habían tomado completamente por sorpresa a los patrones del camionaje y a los líderes de la Alianza Ciudadana. Sencillamente habían mantenido sus camiones fuera de las calles mientras decidían qué hacer, por lo que el sindicato había regido enfrentando muy poca oposición. Sin embargo, ahora los trabajadores estaban a punto de apreciar las medidas a las que los capitalistas recurren en un enfrentamiento: la fuerza represiva y la violencia.
La prensa capitalista arreció sus ataques contra el sindicato, torciendo y distorsionando los hechos relacionados con la huelga. Proclamando su intención de "mantener las calles abiertas", los patrones reclutaron conductores rompehuelgas y matones. Al dar la orden la Alianza Ciudadana, la policía entró en acción contra el sindicato. Los registros del tribunal dan constancia de que sólo se produjeron 18 arrestos en los dos primeros días de la huelga. En contraste, durante el tercero y cuarto días, llevaron ante los tribunales a 151 piqueteros. Les impusieron multas de hasta 50 dólares, y 17 de ellos recibieron sentencias que iban de 10 a 45 días en correccionales. El viernes 18 de mayo de 1934, la patronal organizó un "mitin de ciudadanos" en el que se eligió un comité de "ley y orden". Según se informó en un boletín de la Alianza Ciudadana obtenido por el sindicato, el comité fue establecido para organizar asistentes especiales de alguacil, que actuarían en consulta con el sheriff y el jefe de policía. Emulando los arreglos hechos en el cuartel de la huelga del sindicato, alquilaron un local para el cuartel especial de los asistentes de alguacil en la Avenida Hennepin 1328, el cual contaba con un comisariato y un hospital.
En su primer intento de romper las líneas de piquete, los estrategas de la Alianza Ciudadana recurrieron a un ataque por el flanco, aprovechando una peculiaridad del mercado municipal que no había recibido suficiente atención de parte del sindicato. Agricultores con camiones pequeños alquilaban puestos en el área del mercado en los que exhibían sus productos, y allí se los iban a comprar los dueños de abarroterías pequeñas. Como las cadenas de supermercados aún no estaban acaparando el espacio, eliminando a los pequeños tenderos, ese comercio era muy animado. Esos agricultores pertenecían a la Asociación de Hortelanos, que no tenía conexión con el movimiento Holiday de Agricultores. El sindicato no había hecho un arreglo directo con ellos, a raíz de lo cual resultaron involuntariamente perjudicados por la huelga. Conscientes de que los hortelanos con camiones estaban muy irritados al respecto, los estrategas de la Alianza Ciudadana procuraron usarlos como un frente para un ataque rompehuelgas contra el sindicato.
En la prensa capitalista se publicaron informes de que los "hortelanos se han organizado contra la huelga". Un convoy de camiones de agricultores empezó su marcha hacia el mercado escoltados por unos 70 asistentes de alguacil. Al instante fueron interceptados por escuadrones de piquetes móviles, a lo que sucedió una batalla de una hora a lo largo de la ruta hacia el mercado. Al verse atrapados en medio de una pelea entre piqueteros y asistentes de alguacil, la mayoría de los agricultores dieron media vuelta y se fueron a sus hogares, sólo tres camiones lograron llegar al mercado.
Después de esta experiencia el sindicato aseguró un salvoconducto para la Asociación de Hortelanos a fin de que pudieran vender sus productos directamente a los pequeños comerciantes por toda la ciudad. De esta manera indirecta ellos podían conducir sus negocios sin perjudicar la huelga, y el sindicato podía mantener cerrado el mercado sin causarles daños. Los agricultores con camiones aceptaron la propuesta y se mantuvieron neutrales, algunos de ellos incluso amistosos, hacia la huelga.
Huelguistas refuerzan defensa
Habiendo fallado en su intento de usar a los agricultores contra la huelga, los patrones atacaron al sindicato de forma abierta. En la mañana del sábado 19 de mayo, en el mercado usaron esquiroles para cargar dos camiones de la Compañía de Frutas Bearman bajo la protección de una gran banda de policías y matones a sueldo, quienes blandían garrotes y cachiporras. Se enviaron escuadrones móviles del sindicato para reforzar la línea de piquetes y en la batalla que siguió los huelguistas desarmados usaron los medios que a la ligera pudieron encontrar a fin de defenderse. Varios piqueteros resultaron heridos de seriedad, como también unos cuantos policías y matones. Posteriormente, uno de los capitanes de piquetes, Jack Maloney, me facilitó un informe escrito de la pelea. (En los registros de la huelga aparece como Severson, apellido de su padrastro, que él usó por un tiempo.)
Jack escribió en parte: ". . . tuvimos un gran pleito, a varios de nosotros nos garroteó la policía. En mi caso, me arrastraron inconsciente hasta la Bearman. Cuando recuperé el sentido, Harold Beal y Louie Scullard estaban también allí dentro bajo custodia, y al poco rato llegó el coche celular. Yo estaba sangrando muchísimo de la cabeza y después que Harold Beal y Louie Scullard fueron conducidos al coche celular, los policías me sacaron y al soltarme frente al camión, me desplomé. En la refriega que se produjo los piqueteros me recogieron y me llevaron hacia la Sexta y Hennepin. Llamaron a una ambulancia y fui llevado al Hospital General, donde también llevaron a otros piqueteros. Después que los doctores me habían remendado la cabeza, me pusieron en un cuarto para aguardar a que me llevaran a la cárcel. El agente de negociado del sindicato de caldereros fue donde estaba sentado y le dijo a la recepcionista, 'Me voy a llevar a este hombre'. Salimos al corredor y dijo, 'Vete de aquí lo más rápido posible'".
La experiencia de Jack demuestra cómo se usan los hospitales contra los huelguistas. Cuando se lleva allí a un piquetero herido, notifican a la policía y cooperan deteniendo a la persona para que la arresten. Esta es una de las razones por las que el sindicato tenía su propio hospital en su cuartel de la huelga. Siempre que era posible, a nuestros heridos se les llevaba allí para que recibieran atención medica. Sólo se llevaban a hospitales regulares cuando era necesario tratar heridas serias. Luego de los acontecimientos de ese sábado, cada piquetero comprendió la necesidad de esa política, la que desde entonces se siguió de forma escrupulosa.
Provocador tiende emboscada
Ese día al anochecer se le tendió una trampa mortal al sindicato. La habían montado en lo que se conocía como el Callejón de los Periódicos, en el andén de carga de los dos diarios principales cuyas sedes se encontraban en edificios aledaños. Al cuartel de la huelga comenzaron a llegar informes de que se hacían preparativos para las entregas de los paquetes de periódicos bajo una fuerte protección policial. Como despachadores de piqueteros, Ray y yo estábamos tanteando la situación, no deseosos de que se repitiera la experiencia de la mañana en las Frutas Bearman. Entonces, un agente provocador tomó el altoparlante y pidió dos o tres camionadas de huelguistas, solicitando que las mujeres se montaran a los camiones junto a los hombres. Hasta ese momento, él había trabajado en la huelga duro y de manera leal, congraciándose a tal punto que se le confiaba a plenitud. Haciendo creer que estaba transmitiendo órdenes de los despachadores, envió a los piqueteros al Callejón de los Periódicos. Fue una emboscada en la que los trabajadores fueron golpeados con rabia por los garrotes de la policía y las cachiporras en manos de los matones a sueldo.
Los camiones de piqueteros regresaron al poco tiempo, cargado con las víctimas ensangrentadas que de inmediato fueron conducidas al hospital en el cuartel de la huelga. Algunos que tenían huesos rotos --entre ellos cinco mujeres-- tuvieron que ser llevados a un hospital regular para un cuidado más completo. Una pesquisa del provocador y de su auto produjo tarjetas de pertenencia a varios sindicatos y a clubes del Partido de los Agricultores y Trabajadores, así como una placa y credenciales de la Agencia de Detectives Burns. Conforme se corrió la voz del horrible ataque, algunos farmacéuticos comprensivos donaron suministros médicos al sindicato. En los hospitales regulares, doctores y enfermeras conmocionados comenzaron a ayudar a que los piqueteros, después de recibir tratamiento, se escabulleran para que no los pudiera apresar la policía.
Poco después que se había ingresado a las víctimas del Callejón de los Periódicos, dos policías municipales irrumpieron en el cuartel de la huelga, alegando que los piqueteros habían secuestrado a un conductor esquirol. Amenazaron con que arrestarían a los dirigentes de la huelga si no se los entregaban y, garrotes en mano, comenzaron a avanzar hacia la oficina del despachador de piqueteros. Toda la ira acumulada contra la brutalidad policiaca se desató contra ellos. En cuestión de minutos, los policías yacían inconscientes frente al cuartel, donde permanecieron hasta que llegó una ambulancia a recogerlos, en respuesta a una llamada hecha por el sindicato. Fueron tantos los piqueteros que atacaron a los dos policías que se interponían entre sí. Sherman Oakes, un conductor de camiones de carbón y de hielo, abanicó un garrote contra uno de los policías y accidentalmente golpeó a otro huelguista, Bill Abar, quebrándole el brazo. Sherman rompió en llanto. No pudimos descifrar si fue porque golpeó a Bill o porque no le dio al policía.
En su edición vespertina del sábado, el Minneapolis Journal dijo, "Un encarnizado motín se desató el sábado, cuando 425 agentes especiales se movilizaron para romper la huelga de los Conductores de Camiones". Aquí se ilustra una táctica común de la prensa capitalista. Con un simple plumazo del director, los ataques criminales de la policía contra piqueteros pacíficos, se transforman en un "encarnizado motín" por parte de las víctimas. También hay que notar el tono insulso empleado al declarar la intención de "romper la huelga de los Conductores de Camiones".
Campaña de intimidación
Los periódicos del domingo por la mañana trataron la huelga de forma similar, afirmando que cientos de personas se ofrecían como voluntarios para actuar como policías especiales. Durante todo el día, hasta bien entrada la noche, las transmisiones radiales continuaban la campaña de intimidación iniciada por los periódicos. Al final del día, se informó que estaban movilizados 2 mil asistentes de alguacil. En realidad, según los registros oficiales obtenidos posteriormente por el sindicato, para el lunes sólo habían enrolado a 544 asistentes, principalmente entre hombres de negocios, profesionales, vendedores y unos cuantos trabajadores engatusados. Por supuesto, estos hechos no detuvieron a los autores de los informes que fueron publicados, que se exageraban deliberadamente a fin de meter miedo a los huelguistas, haciéndoles creer que toda la ciudad se estaba movilizando contra ellos.
Al contrario de las esperanzas y expectativas de los patrones, los huelguistas no estaban precisamente paralizados por el miedo ante la posibilidad de enfrentar a un ejército de policías y de asistentes de alguacil. Más bien, empezaron a mostrar el lado positivo de las ilusiones de los trabajadores respecto a la democracia capitalista.
El lado negativo de sus creencias consiste en dar por sentado que bajo el régimen capitalista tienen derechos democráticos inviolables. Esta es una suposición errada que a la larga sólo puede mantenerse intacta hasta el momento en que intentan ejercer dichos derechos en la lucha de clases. Cuando eso sucede, los trabajadores aprenden que han sido víctimas de una ilusión. Sin embargo, todavía sienten que tales derechos les pertenecen y van a luchar con tanto más ahínco para hacerlos realidad. Un malentendido negativo pasa entonces a ser una aspiración positiva, como estaba a punto de suceder en Minneapolis.
Hasta ese momento los trabajadores habían conducido sus actividades desarmados. Se dieron cuenta, no obstante, que sus intentos de ejercer su derecho a montar piquetes de manera pacífica eran reprimidos con los garrotes y cachiporras de la policía. Decidieron tomar medidas para hacer valer su derecho democrático para impedir que los rompehuelgas les quitaran sus trabajos. Habría sido una pifia táctica que una vanguardia aislada intentara usar medidas similares a las que los huelguistas estaban por adoptar; sólo conseguirían que la policía los apaleara. Sin embargo, en este caso los recursos empleados para la autodefensa tenían su origen en un estado de ánimo espontáneo masivo que se había generado a raíz de la represión capitalista. Ya que en cada situación los recursos se limitaban apropiadamente para igualar la violencia garrote por garrote, las tácticas empleadas eran completamente válidas.
Los huelguistas se pasaron todo el domingo equipándose para la batalla. Aparecieron bates de béisbol; se cortaron mangueras en pedazos cortos, taponándolas con arandelas de metal y sellando luego los extremos con cinta adhesiva para improvisar cachiporras. Los voluntarios del Sindicato de Carpinteros cortaron pedazos de madera del largo de garrotes. Un simpatizante llegó al cuartel de la huelga halando una carreta de niño con los balaústres del barandal de la escalera de su casa, y su esposa iba ayudando a balancear la carga. A modo de improvisar cascos, se metía cartón pesado entre los forros de los sombreros. Se pedía a uno de los huelguistas que lo probara con un garrote, y si los resultados eran negativos, se añadía mas cartón.
Ayudan mujeres, otros sindicatos
Se estableció una división de trabajo para la lucha que venía. Los hombres integraban los piquetes en los sitios donde se esperaba combate, mientras que las mujeres ayudaban a la huelga en toda una variedad de formas. La mayoría de las tareas dentro del cuartel las asumieron las mujeres. Montaban piquetes frente a los edificios de los periódicos para denunciar a la prensa patronal por sus mentiras en lo referente a la huelga; realizaban acciones de protesta frente a la alcaldía; e iban a otros sindicatos para solicitar su apoyo. Al poco tiempo, al cuartel de la huelga comenzaron a aparecer delegación tras delegación de otros sindicatos, pidiendo que les dijeran cómo podían ayudar. En el informe antes mencionado, Jack Maloney dio una descripción que refleja el ambiente que reinaba en el ejército del Local 574.
Escribió: "En mi opinión, la actividad que se dio durante el fin de semana en el 1900 de la Chicago, fue producto no sólo de la anticipación de lo que vendría, sino, en realidad, de lo que ya había ocurrido. Según veo las cosas, no fueron sólo la especulación y el consejo de parte de la dirección lo que motivó tal actividad, sino los hechos reales. Este es un factor muy importante porque, al menos para mí (y yo era muy joven, tenía 22 años), los patrones estaban decididos a matar de ser necesario a fin de mantener su control. Yo estaba decidido a hacerlos que lo probaran, como también lo estaban tantos hombres por aquel entonces. Sabían lo que les esperaba el lunes o el día siguiente y estaban listos a jugarse 'el todo por el todo'. En la Bearman los piqueteros ya habían recibido una muestra de lo que se podía esperar. Los policías ganaron esa batalla, pero el lunes los piqueteros les correspondieron con la moneda del sábado".
En el enfrentamiento del lunes, al que Jack hacía referencia, se iban a enfrentar dos fuerzas organizadas y disciplinadas, garrote contra garrote, en una batalla a ser peleada según lineamientos militares. No sabíamos cuántos intentos diferentes realizarían los patrones para comenzar a mover los camiones el lunes, pero en el distrito del mercado era de esperarse un esfuerzo serio. Allí se manejaban alimentos perecederos y eso servía de pantalla propagandística para el ataque rompehuelgas de la Alianza Ciudadana. En realidad, el sindicato estaba recibiendo información de fuentes amistosas sobre los planes de abrir el lunes los locales del mercado. Dado que, desde el punto de vista del sindicato, el mercado era un buen campo de batalla, los informes no nos perturbaban. Simplemente nos concentramos en los preparativos para pelear allí.
En el edificio de la AFL, en la Primera Avenida Norte no. 614, justo al borde del distrito del mercado, se había montado una estación de "café y demás" para los piquetes móviles. Cuando comenzaba a anochecer el domingo, empezó un ir y venir de piqueteros inusual. Superficialmente parecía reflejar un aumento en la actividad de los piquetes móviles, pero de cada grupo de cinco o seis individuos que llegaba en coche y entraba al edificio sólo salían de vuelta dos o tres. De esta forma subrepticia, antes de que llegara la mañana, en el local de la AFL hubo concentrados unos 600 hombres, todos armados con garrotes.
Huelguistas toman posiciones
A eso de las cuatro de la mañana del lunes aparecieron pequeñas líneas de piquetes frente a los locales del mercado. Un número mayor de piqueteros, con sus insignias del sindicato temporalmente ocultas, se esparcieron hacia posiciones estratégicas por el distrito. Un ejemplo de su ingenio lo ofreció Steve Glaser, un trabajador de almacenes, bajo de estatura y fornido, quien caminaba con una pierna tiesa. Lucía totalmente inofensivo antes de que empezara la lucha. Entonces, sacó un gran garrote de la pierna del pantalón y se movió con gran agilidad. Además de estas fuerzas, en el cuartel de la huelga se mantuvo una reserva de unos 900 compañeros, listos para actuar en cualquier instante. En total, el sindicato tenía desplegado un fuerte ejército para la batalla, lo cual se había hecho de manera que produciría más de una sorpresa a los policías.
En el mercado había varios cientos de policías uniformados y un número similar de asistentes de alguacil. Los policías acechaban, envalentonados después de sus proezas del sábado. Entre los asistentes de alguacil se hallaba un rico playboy luciendo un sombrero de polo. Como el resto de su calaña, anticipaba que se iba a ir de juerga cuando le tocara emprender el apaleo de las ovejas obreras. A eso de las nueve de la mañana, conductores rompehuelgas recularon seis camiones contra el andén de carga de la Compañía Gamble Robinson en la Quinta Calle. Rápidamente se concentró allí un número de huelguistas y, cuando un camión cargado comenzó a salir, un policía agredió a un huelguista. Los sindicalistas fueron a la carga y se desató la lucha.
Guerra en el mercado
Con los policías desplegados en base al supuesto de que conocían la fuerza del sindicato, a los 600 piqueteros que estaban esperando en el local de la AFL se les ordenó al combate y salieron en formación militar. La lucha pronto se extendió a otros tres o cuatro puestos del mercado donde estaban haciendo preparativos para abrir los negocios. Caían tanto policías como asistentes de alguacil, en medio de los vítores de muchos de los espectadores, algunos de los cuales le dieron una mano a los huelguistas. Ante el desafío de los trabajadores, garrote contra garrote, la mayoría de los asistentes de alguacil se echó a correr, dejando solos a los policías uniformados. Desde los puestos ubicados en el principal distrito comercial llevaron de urgencia a más policías. El sindicato respondió a esa maniobra llamando a cientos de la reserva que se hallaban en el cuartel de la huelga.
En un acto de desesperación, los policías sacaron sus revólveres, amenazando con disparar; parecía, no obstante, que vacilaban en recurrir a una medida tan extrema, y eso nos dio un poco de tiempo para hacer algo al respecto. Tal como estaban las cosas, ellos estaban muy bien concentrados y tenían un campo abierto para disparar contra los huelguistas. Para resolver el problema teníamos que dispersarlos entre los piqueteros. El resto de la reserva que quedaba en el cuartel de la huelga se montó en camiones; el que iba a la cabeza lo conducía Bob Bell, un tipo enorme y totalmente impávido. Se le dijo que saliera volado para el mercado, sin obedecer las leyes de tránsito, y que manejara hasta ponerse justo en medio de los policías. Precisamente es lo que hizo Bob. Los piqueteros saltaron de los camiones encima de los policías quienes, al no poder disparar sin herirse unos a otros, tuvieron que continuar luchando con garrotes. Después de eso, el jefe de policía Johannes decidió que había tenido suficiente con la jornada.
No menos de 30 policías uniformados y un número de asistentes de alguacil tuvieron que ser hospitalizados. Los heridos del sindicato fueron trasladados al cuartel de la huelga donde se les atendió a todos, salvo unos pocos que tenían huesos rotos y necesitaban un tratamiento regular de un hospital. De nuestro lado, la herida más singular la sufrió Harold Beal, quien prácticamente perdió el cuero cabelludo debido a un garrotazo oblicuo. A pesar de nuestras bajas, estábamos en una posición favorable. En un encontronazo de tres horas el sindicato había peleado contra la policía entrenada hasta llegar a un punto muerto, y ellos no habían movido ni un solo camión.
Mientras ardía la guerra en el mercado, 700 miembros del grupo auxiliar femenino, dirigidas por Marvel Scholl y Clara Dunne, marcharon hacia la alcaldía. En las aceras se congregaron multitudes para verlas pasar portando a la cabeza de la columna el estandarte del Local 574, y muchos espectadores se unieron a la marcha. Cuando llegaron a la alcaldía les impedían el paso policías nerviosos armados con pistolas. Finalmente, se permitió que una pequeña delegación entrara a presentar sus demandas ante el alcalde Bainbridge. Mientras tanto, el resto de las mujeres realizó una manifestación de protesta fuera del edificio. Bainbridge rehuso recibir a la delegación pero los periódicos de la tarde publicaron las demandas: que el alcalde despidiera al jefe Johannes, que retirara a todos los asistentes de alguacil, y que dejara de interferir con los piquetes.
Por toda la ciudad, los sindicalistas estaban airados por la brutalidad de la policía y se sentían estimulados por la heroica lucha del Local 574. Esto condujo a un curso de acción en extremo inusitado en los sindicatos de la construcción. Entre las filas surgieron demandas para convocar a la huelga, esta vez no por sus intereses gremiales estrechos, sino en solidaridad con los conductores de camiones en lucha. La presión fue tan grande que los funcionarios del Consejo de Sindicatos de la Construcción recomendaron realizar una huelga de solidaridad. En un oficio tras otro, los sindicatos de la construcción votaron en favor de declarar un feriado que durara en tanto siguiera el paro de los camioneros. Uno de esos sindicatos, el de Trabajadores de la Electricidad, marchó en conjunto hacia la Avenida Chicago 1900 y se puso a las órdenes del comité de huelga del Local 574. Esta acción había sido inspirada por dos miembros del sindicato, Oscar Coover padre y Chester Johnson, quienes también pertenecían a la Liga Comunista. Aunque las huelgas de solidaridad se limitaron más o menos a los sindicatos de la construcción, la Unión Central del Trabajo de la AFL votó en favor de dar apoyo financiero y moral al Local 574.
Temprano en la tarde del lunes, el jefe de policía Johannes puso a toda la fuerza policial en servicio activo las 24 horas, y solicitó a la Legión Americana que reclutara 1500 asistentes de alguacil. A los piqueteros que encontraban vendados en las calles los arrestaban. El "Comité de Ciudadanos Pro Ley y Orden", que operaba desde el Hotel Radisson, se apresuró a solicitar a los hombres de negocios que ayudaran a reclutar voluntarios "conocidos personalmente por ustedes por su integridad". La solicitud escrita planteaba: "Todo ciudadano con estas características debe ser reclutado como agente de policía especial o como asistente de alguacil. Preséntese y haga que otros se presenten --usando credenciales suyas, de ser posible--, al edificio de la Avenida Hennepin 1328, en ropa de fatiga y listos para el servicio". Al ver frustrado su primer intento importante de romper la huelga, la Alianza Ciudadana de forma desesperada procuraba lograr que la policía ejerciera más músculo, aún con confianza de que el sindicato podía ser sometido a palos.
Espectativas para la gran batalla
El martes por la mañana el distrito del mercado estaba lleno de gente. Llegaron miles de espectadores, colmando las aceras y asomándose por las ventanas y por las azoteas de los edificios, esperando ver una repetición de la pelea del lunes. Una estación de radio local, KSTP, había llegado a la escena con su equipo portátil y uno de los anunciadores estaba listo para transmitir golpe-por-golpe los sucesos del día.
El Local 574 estaba presente en masa, apoyado por muchos piqueteros voluntarios pertenecientes a otros sindicatos. El campo de batalla se había estudiado durante la noche para determinar la mejor ubicación estratégica de las fuerzas del sindicato. Sin embargo, debido a la enorme cantidad de gente presente, no había mucho más que se pudiera hacer respecto a la conducción general de la lucha. La causa sindical tendría que depender enteramente en la preparación de los huelguistas para salir al combate y en la capacidad de sus capitanes de piquetes para conducirlos. Sucedió que no había motivo de preocupación en ninguno de los dos aspectos.
La mayoría de los policías uniformados y varios cientos de asistentes de alguacil se hicieron presentes. Algunos de los asistentes de alguacil habían tenido más que suficiente con lo del lunes y no se aparecieron más, pero los reemplazaron otros nuevos que habían sido reclutados en el curso de la noche. Ya que el día anterior los asistentes de alguacil habían salido corriendo, ahora habían puesto a cargo de cada contingente a policías uniformados en un esfuerzo para que se plantaran y lucharan. En total, la fuerza represiva superaba los 1500.
Se inicia la batalla campal
Los periódicos de la mañana habían anunciado que los negocios de verduras iban a transportar los productos perecederos, y unos cuantos rompehuelgas rodeados de policías comenzaron a cargar un camión. Sin embargo, a diferencia de los acontecimientos del lunes, ni siquiera llegaron al punto de intentar mover el camión. En el ambiente se percibía una tensión tan densa que casi se podía tocar, y cualquier percance podía detonar la inminente batalla. De repente se oyó el ruido de vidrios rotos al arrojar alguien un cajón de vegetales contra una ventana; y antes de que el eco se disipara ya había comenzado una batalla campal.
Los piqueteros atacaron primero a los asistentes de alguacil y pronto observaron que muchos policías uniformados tendían a rezagarse. Era obvio que esos policías resentían el hecho que los asistentes de alguacil los habían abandonado el lunes y no parecían estar deseosos de otra competencia de garrotes. Al percibir tal actitud entre algunos policías, los piqueteros se siguieron concentrando principalmente en los asistentes de alguacil. Al poco rato, hasta los espectadores estaban asestando golpes en apoyo de los huelguistas. Al sentirse como en una ratonera, muchos asistentes de alguacil tiraron sus garrotes y se arrancaron las chapas, tratando con poca suerte de pasar desapercibidos en medio de la multitud hostil. Para entonces los piqueteros se estaban concentrando en los policías uniformados que se habían metido en lo más recio del combate. La escena de la batalla se extendió, a medida que tanto policías como asistentes de alguacil eran expulsados del mercado. Los asistentes de alguacil fueron correteados hasta su cuartel y en el camino los piqueteros fueron barriendo con los que se iban rezagando.
A menos de una hora de iniciada la batalla, no se veía un solo policía en el mercado, y los piqueteros dirigían el tráfico en lo que ahora era un distrito tranquilo. Por añadidura, a todos los policías se les obligó a alejarse de la proximidad del cuartel de la huelga y se les mantuvo a distancia mientras duró el conflicto. El número de heridos en ambos bandos fue fuerte, muriendo dos alguaciles especiales: Peter Erath y C. Arthur Lyman, este último miembro de la junta directiva de la Alianza Ciudadana.
Mientras se desarrollaba la lucha en el mercado, llegó un telegrama de Tobin, en que ordenaba que el sindicato intentara lograr arbitraje para solucionar la disputa. En ese momento los dirigentes de la huelga estaban muy atareados y el telegrama quedó en la mesa del despachador en el cuartel de la huelga. Francis H. Shoemaker, un congresista que simpatizaba con la huelga, andaba fisgando y se topó con el mensaje. Shoemaker, quien ya había demostrado ser irresponsable, aventurero y para colmo exhibicionista, se ocupó de enviar él mismo una respuesta a Tobin. Decía: "Mantenga su despreciable nariz y su cara mezquina fuera de este asunto. Esta es una lucha por derechos humanos. Su trabajo de rata no está en juego".
La gran pega es que firmó la respuesta con el nombre de Bill Brown, haciendo que pareciera que era la respuesta oficial del sindicato. Teníamos ya suficientes problemas en nuestras manos sin tener que esforzarnos para suscitar antagonismos con Tobin. El mensaje de Shoemaker fue repudiado oficialmente y se le prohibió acceso al cuartel de la huelga. Tobin pareció aceptar la explicación pues en la edición siguiente de la revista del sindicato, Teamster Journal, atacó editorialmente a Shoemaker; no obstante, el episodio alimentó su creciente resentimiento para con el Local 574.
Negociación de una tregua
El curso que la huelga estaba tomando había desarrollado un nerviosismo considerable entre los más altos funcionarios de la AFL local. Por lo que decidieron pujar en favor de una tregua en la contienda y que la situación se tratara de poner bajo el control del gobernador Olson. Alrededor del mediodía del martes un comité conjunto del Sindicato Central del Trabajo, del Consejo de Sindicatos de la Construcción y del Consejo Unido de los Teamsters visitó al jefe de policía Johannes, pidiéndole que retirara a la policía y que dejara de intentar mover camiones. El llevó al comité a ver al sheriff Wall, y allí se acordó convocar al gobernador. Olson llegó poco después, acompañado por el general E.A. Walsh, comandante de la Guardia Nacional. Fue entonces que convocaron a la discusión a representantes del Local 574 y de los patrones del camionaje. En representación del Local 574 estuvieron Bill Brown, Grant Dunne y Ed Hedlund; a los patrones los representaron W.M. Harding, M.A. Lehman y G.F. Williams.
En la reunión se informó que la Junta Laboral estaba preparando una propuesta de acuerdo para la huelga, y después de cierto debate se acordó hacer una tregua de 24 horas. Se estipuló la suspensión del tránsito de camiones y el cierre completo del área del mercado. Por su parte, el Local 574 aceptó suspender los piquetes, salvo por observadores para comprobar que se respetaba la tregua. Los representantes de los empleadores y del Local 574 firmaron la tregua, como también lo hicieron Walter Frank, del sindicato de torneros y Joel Anderson del de caldereros, en representación de los sindicatos de la construcción, que había declarado una huelga de solidaridad.
Antes de que el periodo de tregua concluyera, Johannes anunció de que se iba a mover camiones bajo protección policial, y el Local 574 respondió de inmediato declarando que se restablecerían los piquetes. El alcalde Bainbridge le pidió entonces a Olson que movilizara la guardia, lo que el gobernador hizo sin demora, a la vez que solicitó que se extendiera la tregua otras 24 horas. El Local 574 denunció la convocatoria de la Guardia Nacional como un acto de intimidación y exigió que fuera desmovilizada. A Olson se le dijo que el sindicato aceptaría la extensión de la tregua sólo si se mantenía la prohibición de todo el tráfico de camiones por parte de las firmas en huelga. El gobernador decidió no mantener a los soldados en las calles; se extendieron los términos iniciales de la tregua; y se estableció cierta base para que se empezara a negociar un contrato.
Debido a una peculiaridad regional dentro de una nación bajo un firme régimen capitalista, temporalmente había surgido una condición que se aproximaba a un poder dual. Las autoridades podían ejercer control sobre la lucha de clases que entonces ardía, siempre y cuando procedieran de una forma aceptable para el Local 574 y sus aliados. Esta situación era resultado de una combinación de factores. Los patrones, temerosos de tener que depender de Olson para que rompiera la huelga en su nombre, habían decidido depender del aparato policial local, el cual estaba controlado por políticos capitalistas conservadores. Sin embargo, los policías demostraron su incapacidad de realizar el trabajo sucio, por lo que el alcalde trató de poner a Olson en un aprieto al exigir ayuda de la Guardia Nacional.
El gobernador no podía acceder a esa demanda sin correr riesgos ante un peligro que lo amenazaba desde otro frente. Si ordenaba que las tropas llevaran a cabo una acción abiertamente rompehuelgas, se arriesgaría a perder el apoyo político vital que gozaba del movimiento obrero. A Olson se le recordó de forma aguda sobre la amenaza política proveniente de dicho sector cuando el Local 547 denunció sin demora su acción de convocar a la guardia y exigió que fuera desmovilizada. Decidió abstenerse de cualquier idea de usar a la guardia y eso mantuvo las cosas en un punto muerto en cuanto a las relaciones de clases locales.
De haber habido una situación comparable a nivel nacional, lo que comenzó como una simple acción sindical podría haberse extendido hasta transformarse en un conflicto social arrollador que condujera a un enfrentamiento revolucionario por la conquista del poder. Sin embargo, tal como estaban las cosas, el conflicto no iba más allá de los límites de la ciudad. Sobre ese nivel estrecho, lo único que se podía hacer era luchar hasta el final en la batalla por lograr que se reconociera el sindicato. Al considerar las condiciones existentes, una victoria en tan solo ese aspecto constituiría un asunto de consecuencias nada insignificantes. El régimen opresivo de los talleres abiertos impuesto por la Alianza Ciudadana iba a ser definitivamente eliminado, y quedaría abierto el camino para hacer de Minneapolis una ciudad sindicalizada.
Esta fue la perspectiva que se les presentó a los trabajadores en una masiva concentración obrera celebrada la noche del miércoles 23 de mayo. Tuvo lugar en la Plaza de Armas, un enorme campo abierto frente a una armería, que se usaba para actos públicos. Antes de la hora anunciada ya estaban presentes más de 5 mil trabajadores, y la gente seguía llegando por centenares. Muchos engulleron la cena y se apresuraron a la concentración en sus ropas de trabajo, algunos de ellos llevando a sus niños. Entre los presentes hubo mujeres y hombres, jóvenes y viejos, empleados y desempleados, sindicalizados y no sindicalizados. Juntos representaban un perfil de la clase trabajadora. Cuando empezó el programa se produjo un gran silencio, la gente se esforzaba para escuchar lo que los dirigentes de la huelga tenían que decir.
"Si no logramos el reconocimiento pleno del sindicato y un acuerdo satisfactorio", declaró Bill Brown, "el Local 574 va a continuar la huelga y vamos pedir a todos los trabajadores que nos apoyen". Con un estruendo la enorme multitud dio su aprobación.
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