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UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR diciembre de 2002 Vol. 26 No. 11
Estados Unidos
Se organiza la huelga
Sexto capítulo de la 'La rebelión de los camioneros' de Pathfinder
[Los subtítulos son de Perspectiva Mundial. Copyright ® 2002 por Pathfinder. Se edita con autorización.]
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Los dirigentes del Local 574, actuando a través del comité organizativo, no se hacían ilusiones sobre la gravedad del conflicto inminente. Tenían plena conciencia de que los patrones tratarían de aplastar la huelga. Si el sindicato iba a triunfar, se necesitaría librar una tremenda batalla. Ante las presiones de una lucha cruenta como tal, era de esperarse que tanto la Junta Laboral como el gobernador Olson realizaran maniobras perjudiciales al sindicato. También podíamos anticipar muestras de flaqueza por parte de los funcionarios locales de la AFL [Federación Americana del Trabajo], quienes de seguro se mostrarían remilgosos ante el combate físico y propensos a presionar a los trabajadores para que confiaran totalmente en Olson. A fin de cuentas, el resultado de la huelga dependería de la capacidad combativa de las filas sindicales.
Huelga bien preparada
Procurando inculcar esa comprensión en los miembros del sindicato, los dirigentes de combate se prepararon para enseñar a los trabajadores los pormenores que la lucha por sus derechos suponía. Estas circunstancias hicieron que la huelga tuviera características excepcionales. Mientras que el espíritu de lucha de las filas en general lo restringían y desalentaban los funcionarios de la AFL, en este caso se estaba organizando una lucha militante por parte de quienes habían devenido la sección clave de la cima del liderazgo sindical.
En realidad, difícilmente había habido en alguna otra parte una huelga tan bien preparada. Al salir el sol el 16 de mayo de 1934, el cuartel de la huelga ubicado en el 1900 de la Avenida Chicago era un colmenar de actividad. Carpinteros y plomeros sindicalizados estaban instalando estufas de gas, lavaderos y mostradores dentro del comisariato. Para ayudar a organizar las cosas y entrenar a los voluntarios que ofrecían su ayuda, el Sindicato de Cocineros y Meseros envió expertos en preparar y servir alimentos de forma masiva. Trabajando en dos turnos de 12 horas, más de cien voluntarios servían a entre 4 mil y 5 mil personas cada día. Siempre había a mano emparedados y café y, cuando los recursos del comisariato y las circunstancias de la huelga lo permitían, se servía una comida caliente. Se habían hecho arreglos, además, para que el personal clave pudiera dormir dentro del edificio o en sus cercanías durante el tiempo que durara el conflicto.
Se organizaron comités para lograr ayuda material. A los abarroteros amistosos se les solicitaban alimentos de primera necesidad para ser usados en el comisariato y para ayudar a las familias de huelguistas necesitadas. También se recibían donativos similares de agricultores comprensivos. Los comités lucharon con la alcaldía a fin de lograr ayuda pública para los miembros del sindicato y a los caseros que reclamaban el pago de alquiler de los trabajadores se les tuvo que aclarar la realidad de la vida. Las contribuciones monetarias de otros sindicatos sirvieron para poder abastecer el comisariato, así como para comprar gasolina para los escuadrones de piquetes móviles y suministros médicos para el hospital de emergencia del sindicato. Hasta el gobernador Olson contribuyó con 500 dólares para el Local 574.
El plantel médico del sindicato contaba con el doctor McCrimmon y con dos internistas del hospital de la Universidad de Minnesota, quienes ofrecían sus servicios como voluntarios fuera de sus horas de trabajo. Tres enfermeras profesionales encabezaron a un numeroso plantel de voluntarios, el cual prestó un servicio tan eficiente que, a pesar de las numerosas heridas que trataron, no se presentó ni un solo caso de infección. El hospital estuvo supervisado por la señora Vera McCormack, una técnica calificada a quien todos llamaban afectuosamente "Mac". Para prevenir la contaminación del aire dentro del hospital y el comisariato, los autos de piquetes se empujaban al meterlos y sacarlos del edificio.
Para mantener los autos de los huelguistas en óptimas condiciones se recurrió a una veintena de mecánicos calificados, los cuales llegaron con todo y sus herramientas. Lo que había sido el depósito de herramientas y almacén de suministros en aquel enorme garaje, se transformó en una oficina general donde los voluntarios realizaban las tareas de mecanografiado y mimeografiado, e inscribían a los nuevos miembros que en tropel ingresaban al sindicato. Dentro y fuera de las oficinas se mantenía una guardia organizada para estar alertas a las intrusiones de la policía, evitar bebidas alcohólicas, enfriar los arrebatos de ánimos y mantener el orden. Salvo en momentos críticos, cuando todo el mundo trabajaba hasta el agotamiento, las distintas tareas se rotaban.
Asambleas diarias
Se dedicó una atención especial en mantener informados a los trabajadores sobre el progreso de la huelga y para ayudarlos a refutar las mentiras que divulgaban los patrones. Con ese propósito, cada noche se celebraba una asamblea general en el cuartel. Los dirigentes de la huelga presentaban informes, había oradores invitados procedentes de otros sindicatos para que contribuyeran a sustentar la moral con expresiones de solidaridad, y generalmente después había alguna forma de entretenimiento. Se instaló un sistema de altoparlantes a fin de que lo que se dijera lo pudiesen escuchar tanto quienes colmaban el local, como las multitudes que se desbordaban a la calle, cuyo número a menudo llegaba a las 2 mil ó 3 mil personas.
También había reuniones regulares de los 75 miembros del comité de huelga, el cual había sido elegido por los miembros del sindicato. Ese cuerpo, responsable de tomar las decisiones generales relativas a la política huelguística, a su vez había designado a un pequeño subcomité para que se ocupara de las quejas. La mayoría de quejas tenía que ver con solicitudes de patrones cucaracha, quienes pedían permisos especiales para poder operar sus camiones. Los pedidos eran por lo general injustificados y se negaban de forma automática, pero al contar con un comité especial que se encargara de esos asuntos se evitaba que los comandantes de piquetes se consumieran en eso de forma innecesaria.
A otro subcomité se le asignó la responsabilidad de proveer asistencia legal para lo piquetes arrestados durante la huelga. El primer abogado que se consiguió resultó ser un leguleyo cuyo método consistía en lograr componendas con el fiscal. A cambio de que se desestimaran casos contra unos cuantos piquetes, hizo que un número mayor de acusados se declararan culpables. Lo hizo una sola vez y el sindicato lo despidió. No esperábamos que nuestro abogado ganara todos los casos, pero al menos queríamos que luchara por nosotros. El comité del sindicato se dio la tarea de encontrar uno que sí lo haría.
A Ray Dunne y a mi se nos asignó a despachar piquetes. Esta fue la primera función oficial de Ray en el Local 574, aunque desde el comienzo de la campaña organizativa en la industria del carbón había encabezado la fracción de la Liga Comunista en el sindicato. Ray había quedado previamente en desventaja al perder su trabajo en el carbón, con lo que se le despojó de una base formal para poder ser miembro del sindicato. Sin embargo, ahora lograba dar un paso al frente como voluntario en apoyo de la huelga, junto a cientos de trabajadores más. Muchos miembros del comité de huelga conocían sus impresionantes credenciales como sindicalista, y en base a ello se le asignó una importante tarea.
Dirección de combate
Al trabajar al lado de Ray, tal como había sucedido anteriormente con Carl Skoglund, quedaron grabadas en mi la experiencia y la educación que uno gana al militar en un partido socialista revolucionario. Ray sabía mucho acerca de conducir una huelga y, tal como Carl, me enseñó mucho sobre el concepto de equipo en el liderazgo. Ray era un extraordinario dirigente de combate, con un claro sentido de los objetivos a lograr, respaldado por una poderosa fuerza de voluntad y la capacidad de mantener la ecuanimidad en situaciones críticas. No sólo enseñaba con su ejemplo --sin esquivar jamás tareas peligrosas o de menos importancia--, sino que también permitía que otros tomaran iniciativas, procurando sólo que se evitaran errores serios. Presentaba sus críticas de forma constructiva a fin de contribuir a que otros aprendieran. Nunca desprolijo en nada de lo que hacía, Ray trataba de encontrar un papel para todo el que quisiera ayudar. "No hay que desestimar a la gente con ligereza", decía con frecuencia. "Ese no es un rasgo de un organizador".
Como despachadores, Ray y yo estábamos a cargo de asignar a todos los piquetes y teníamos la responsabilidad de dirigir las operaciones tácticas. Teníamos a nuestra disposición a un cuerpo especial para manejar los teléfonos y operar una radio de onda corta para controlar las transmisiones de la policía. Voluntarios adolescentes con motocicletas fueron organizados como un eficiente servicio de mensajeros. Deslizándose por toda la ciudad con órdenes estrictas de mantenerse al margen de la pelea, dichos jóvenes servían como ojos y oídos de los despachadores de piquetes y como un veloz medio de comunicación con los capitanes de piquetes. Se habían ofrecido tantos autos y camiones privados que teníamos más que suficientes para lograr el alto grado de movilidad que requería la huelga. Los camiones se usaban para transportar tanto destacamentos de piquetes fijos como sus equipos de relevo a las terminales de camiones, al área del mercado, a las casas de mayoreo y a otras partes donde normalmente operaban camiones. Las cuadrillas de piquetes también mantenían vigilancia en puntos donde las principales carreteras cruzaban los límites de la ciudad.
Escuadrones móviles
Había designados, distrito por distrito, escuadrones móviles para que recorrieran en auto todas las calles en busca de operaciones de camioneros rompehuelgas. A cada uno de esos escuadrones, así como a los destacamentos de piquetes estacionarios, se les había asignado un capitán. En todo momento, en el cuartel de la huelga se mantenía disponible una fuerza de reserva que contaba con el transporte necesario. En situaciones en que se involucraba a fuerzas numerosas, se asignaba un comandante de campo y se establecía un puesto de mando para coordinar las actividades y mantener contacto con el cuartel. Escuadrones móviles especiales, cuyos miembros se seleccionaban uno por uno, estaban siempre a disposición de los despachadores de piquetes. Esos escuadrones los capitaneaban líderes calificados que portaban credenciales autorizándolos a reemplazar cualquier otra autoridad en el campo. Estos escuadrones se utilizaban para tareas especiales propias y se les enviaba a situaciones tensas para comandar a las fuerzas sindicales y dirigir la lucha.
El reunir estas fuerzas tan numerosas para conducir labores de piquetes tan extensas no constituyó problema alguno. Tan pronto se convocó a la huelga, se afiliaron al Local 574 muchos nuevos miembros provenientes de todas las secciones de la industria del camionaje. En un mínimo de tiempo el sindicato casi duplicó las fuerzas con que contaba a mediados de abril, alcanzando una cifra de cerca de 6 mil. El enfoque adoptado por el sindicato para con los trabajadores desocupados produjo resultados espectaculares. Cientos y cientos de desempleados se volcaron al cuartel de la huelga para ofrecer sus servicios voluntarios, y pelearon como tigres en las batallas que se sucedieron. Los trabajadores no sindicalizados de otras industrias dijeron presente. Junto a mujeres y hombres de otros sindicatos, al final de su jornada de trabajo llegaban al cuartel de la huelga dispuestos a ayudar de la forma que pudieran. Finalmente, en altas horas de la noche, se acostaban donde fuera que podían encontrar espacio para dormir un poco antes de regresar a sus empleos. Un número significativo de estudiantes universitarios puso su grano de arena para ayudar al sindicato. En total, se dispuso de miles de piquetes.
Apoyo público
La mayoría de la población de la ciudad demostró su simpatía con la huelga y al poco tiempo funcionaba un servicio de inteligencia espontáneo. La gente telefoneaba para informar sobre las actividades de los rompehuelgas, y otra información era enviada por correo de manera anónima, frecuentemente usando una estampilla pagada de forma involuntaria por algún patrón. Los mecanógrafos, incluso secretarias personales, metían una hoja extra de papel carbón para hacer una copia para el sindicato cuando el patrón dictaba algo que ellos consideraban que los huelguistas debían saber. Llegaba material que obviamente lo habían recogido de los basureros, incluso hubo alguno que provino de las oficinas de la propia Alianza Ciudadana.
Tal como estaban las cosas, el sindicato había elaborado su estrategia, se habían movilizado las fuerzas necesarias y las operaciones de piquetes estaban planeadas con precisión militar. El próximo paso consistía en comenzar la embestida contra los patrones. Hasta que los patrones accedieran a negociar con el sindicato, las operaciones de camiones debían permanecer totalmente bloqueadas, independientemente de cualquier intento de utilizar rompehuelgas bajo la protección de la policía. En un principio los únicos miembros del Local 574 que tenían experiencia en técnicas de piquetes eran los cargadores de carbón. En realidad, muchos de los piquetes contaban con muy poca experiencia previa o carecían de ella. Cada vez que encontraban un camión en las calles lo escoltaban hasta el cuartel de la huelga. Pronto, la zona alrededor del 1900 de la Avenida Chicago estaba colmada con una abigarrada colección de vehículos cargados de leche, carbón, tabaco, té y café, cerdos, ganado, y toda una variedad de cosas, hasta unas cuantas cargas de heno.
Las sesiones de instrucción sobre la política a seguir que se dieron a los inexpertos piquetes pronto corrigieron eso y, a partir de entonces, cuando surgía alguna duda sobre cómo proceder en una situación determinada, los piquetes se comunicaban con el cuartel en vez de llevar hasta allá el camión cargado. Los agricultores que caían presos en la redada se indignaban de forma particular. Sin embargo, con la ayuda de la Asociación Holiday de Agricultores el sindicato elaboró una política que resultó aceptable para los agricultores, excepto en el caso de los hortelanos, con quienes tuvimos que pasar ciertas dificultades. Durante un par de días tuvimos problemas con algunas gasolineras que trataron de continuar operando. Intentaron jugar al gato y al ratón con los piquetes, cerrando por un rato y abriendo después, hasta que los piquetes móviles especiales intervinieron y resolvieron el asunto de forma definitiva.
Mientras sucedía todo esto, rápidamente entre los conductores de la flotilla de taxis de la Yellow Cab Company se empezó a hablar de afiliarse al Local 574. Cuando el patrón lo supo, trató de crear un sindicato pro patronal y los conductores reaccionaron airados. Al segundo día del paro del Local 574, enviaron una delegación al comité de huelga, solicitando que se les permitiera ofrecer una mano en la lucha que libraban los conductores de camiones y otros trabajadores. A pesar de existir un local sindical minúsculo de propietarios particulares de taxis que incluía a sus conductores de relevo, el comité de huelga accedió a enrolar a los conductores de la Yellow Cab. Se enviaron piquetes móviles para que notificaran a todos los conductores de taxis que esa noche habría una reunión en el cuartel de la huelga. Una vez congregados, votaron a favor de salir en huelga y en cuestión de horas no se podía encontrar un solo taxi en operación.
Tal como demostró de forma gráfica este episodio, el Local 574 había pasado a ser una fuerza con la que había que bregar. No se movió nada sobre ruedas sin permiso del sindicato.
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