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EDITORIAL

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UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR
septiembre de 2002 Vol. 26 No. 08

Especial

Octubre de 1962: La crisis 'de los misiles' vista desde Cuba
Introducción a nuevo libro de la editorial Pathfinder

Por Tomás Diez Acosta

[A continuación reproducimos la introducción al libro Octubre de 1962: A un paso del holocausto: Una mirada cubana a la Crisis de los Misiles por Tomás Diez Acosta, publicado este año por Editora Política en La Habana. Copyright © 2002 por Tomás Diez Acosta.

[Junto con este texto reproducimos el prefacio, por Mary-Alice Waters, a la edición del libro en inglés, titulada October 1962: The 'Missile' Crisis as Seen from Cuba (Octubre de 1962: La Crisis 'de los Misiles' vista desde Cuba). Copyright © 2002 por Pathfinder. Ambos textos se publican con autorización.]

Más de 40 años han transcurrido desde el triunfo revolucionario [en Cuba] del 1ro de enero de 1959. Durante esas cuatro décadas el pueblo cubano ha sido protagonista de innumerables acontecimientos en defensa de su independencia nacional frente a la obstinada política contra la Revolución de las sucesivas administraciones estadounidenses. Entre esos hechos históricos, por su carácter y trascendencia mundial, se destaca la Crisis de Octubre o de los misiles en 1962.

Sobre ese grave y peligroso conflicto, que puso a la humanidad al borde de la guerra nuclear, mucho se ha escrito y publicado en Norteamérica y Europa occidental sobre la actuación de Estados Unidos y la Unión Soviética, pero muy poco de la experiencia cubana, quizás por la manera discriminatoria y selectiva que, en el mundo de hoy, los poderosos tratan los problemas de los países pequeños. Precisamente el propósito de este libro es contribuir a divulgar la posición y el papel desempeñado por Cuba, directamente involucrada en esos acontecimientos y escenario principal de confrontación de las dos superpotencias militares de la era de la guerra fría.

Las causas inmediatas de la Crisis de Octubre se hallan en la acción política desarrollada por Estados Unidos después de la derrota que sufrieron en Bahía de Cochinos. Para el gobierno cubano se hizo evidente que, luego de este fracaso, la Casa Blanca consideraría como principal alternativa, en el terreno militar, el empleo de sus propias fuerzas armadas en una invasión directa con el objetivo de derrocar a la Revolución.

En los meses posteriores, esta apreciación fue confirmada con el aumento de las actividades de subversión interna organizadas y dirigidas por Washington, que destinó grandes recursos financieros, militares y técnicos para realizar actos terroristas y sabotajes; preparar atentados a los principales dirigentes cubanos; proporcionar apoyo material a las bandas armadas que actuaban en diferentes regiones rurales del país y desarrollar una intensa guerra ideológica y psicológica contra Cuba. Asimismo, empleó a fondo sus poderosos medios e influencias para aislarla diplomáticamente del resto de las naciones de América Latina e instrumentar un férreo bloqueo económico, entre otras acciones.

Esta situación sirvió de marco a los sucesos que acontecieron en el segundo semestre de 1962, a partir de la aceptación cubana de la propuesta soviética de desplegar en su territorio misiles de alcance medio e intermedio, lo que dio lugar al traslado de un con-tingente de tropas de cerca de 42 000 hombres, con todos sus medios de combate, durante la Operación Anadir y que, posteriormente, sirvió de pretexto a Estados Unidos para justificar el bloqueo naval a Cuba, debido al mal manejo de los elementos políticos de dicha operación secreta por los dirigentes soviéticos de entonces, que provocó el estallido de la crisis el 22 de octubre de 1962.

La crisis para los cubanos fue un hecho aleccionador que confirmó y fortaleció sus concepciones respecto a la defensa del país y, al mismo tiempo, demostró al mundo la solidez ideológica de los principios que sustentaba, pues Cuba defendió con dignidad y valor su autodeterminación y soberanía frente a la actuación de las dos superpotencias; enfrentó con entereza la política prepotente y de fuerza de Estados Unidos, y discutió, basada en su razón y derecho, las discrepancias surgidas con la Unión Soviética en medio de la crisis por la forma unilateral que empleó en la solución negociada del conflicto. En aquellos días "luminosos y tristes", como los calificara Ernesto Che Guevara, sobresalió la política cubana que, sin hacer concesiones de principios, tuvo la flexibilidad necesaria para posibilitar las negociaciones a pesar de sus diferencias con Estados Unidos que en todo momento trató de excluirla de dicho proceso.

Analizar y reflexionar acerca de las complejas decisiones políticas, los aciertos, errores y la gran seguridad demostrada por el pueblo cubano en los momentos de mayor peligro, así como el origen, desarrollo y resultados de este hecho histórico, constituyen los objetivos del presente libro.

Prefacio a la edición en inglés

Por Mary-alice waters

En octubre de 1962, durante lo que se conoce ampliamente como la Crisis de los Misiles en Cuba, Washington empujó al mundo al borde de una guerra nuclear. Partidarios de Washington y de Moscú han escrito decenas de libros sobre este tema. Aquí, por primera vez, se relata íntegramente la historia de este momento histórico desde la perspectiva del protagonista central: el pueblo cubano y su gobierno revolucionario.

El autor, Tomás Diez Acosta, ingresó a las filas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en 1961 como alfabetizador, uno de los 300 mil jóvenes cubanos que se movilizaron a las montañas, las fábricas, los campos, los barrios, los cuarteles y las aldeas de pescadores durante el Año de la Educación en Cuba, para enseñarle a cada cubano a leer y escribir. Tenía 14 años. En medio de una lucha revolucionaria que estallaba, no había "edad mínima" para los combatientes, dice Diez riendo. Cuando se retiró del servicio militar activo 37 años más tarde, ostentaba el grado de teniente coronel. Durante los últimos 15 años, como investigador del Instituto de Historia de Cuba, ha estado recopilando materiales para presentar el relato que aparece aquí, en gran parte publicados por primera vez.

Al brindar una copiosa información nueva tomada de los archivos cubanos y de entrevistas con partícipes directos, Diez detalla:

    el empeño y la disposición del pueblo trabajador cubano de defender la soberanía nacional recién conquistada y la obra de su revolución socialista en proceso de avance, frente a los designios cada vez más agresivos del imperialismo norteamericano, incluidos el bombardeo y la invasión en gran escala que Washington preparaba durante la crisis de octubre;
    la decisión de la dirección revolucionaria de Cuba de permitir el emplazamiento de misiles soviéticos en la isla, no porque creyeran que dichas armas hicieran falta para defender a Cuba de un ataque militar norteamericano, sino como acto de solidaridad internacional ante el hecho que la URSS estaba siendo cercada por armas nucleares estratégicas estadounidenses;
    la realización de la Operación Anadyr, nombre en clave del desplazamiento entre agosto y noviembre de 1962 de lo que llegó a ser 42 mil soldados y unidades de misiles soviéticos en Cuba;
    el desarrollo, día a día, de lo que el dirigente revolucionario cubano Ernesto Che Guevara calificó como los "días luminosos y tristes" de la Crisis de Octubre y la trayectoria que siguió el gobierno revolucionario al empeñarse simultáneamente en defender la soberanía de Cuba y en hacer que Washington retrocediera del borde del precipicio.

Usando archivos desclasificados de la Casa Blanca, de la Agencia Central de Inteligencia y del Pentágono, accesibles principalmente a "especialistas", el autor pone el historial de la política del gobierno norteamericana a la disposición del lector. Documenta los planes de Washington para lanzar un masivo ataque militar contra Cuba en 1962, exponiendo las apologías de los defensores de la administración de John F. Kennedy que han alegado que el gobierno norteamericano no tenía tales intenciones.

El 19 de abril de 1961, después de menos de 72 horas de combates enconados, las fuerzas armadas, milicias nacionales, policía revolucionaria y fuerza aérea en ciernes de Cuba habían asestado una derrota contundente a una fuerza invasora mercenaria de unos 1500 efectivos --entrenados, organizados y financiados por Washington-- en Playa Girón, próxima a la Bahía de Cochinos en la costa sur de Cuba. A partir de ese día, según lo demuestran a fondo las páginas siguientes, los formuladores de la política estadounidense a los niveles más altos actuaron en base a la conclusión de que el gobierno revolucionario de Cuba podría ser derrocado sólo mediante la acción militar directa de Washington. Y movilizaron recursos --que parecían ilimitados-- a fin de prepararse para ese momento. Bajo la orientación personal del hermano del presidente, el fiscal general Robert F. Kennedy, se desató la "Operación Mangosta" para allanar el camino, con planes multifacéticos de sabotaje, de subversión y de asesinato de los dirigentes revolucionarios de Cuba.

En octubre de 1962, cuando aviones espías norteamericanos fotografiaron en Cuba rampas soviéticas de lanzamiento de misiles que estaban en construcción, los gobernantes de Estados Unidos reconocieron que los costos militares y políticos de tal invasión se estaban transformando cualitativamente, e iniciaron la aventura que se detalla en estas páginas.

La mayoría de los comentaristas tratan los sucesos de octubre de 1962 como un enfrentamiento de la Guerra Fría entre dos superpotencias, en el cual Cuba figura en el mejor de los casos como un peón, en el peor de los casos como un mudo rabioso al margen del escenario. En ese guión, el pueblo de Cuba no existe, y de hecho tampoco existen las decenas de miles de norteamericanos que por todo el país actuamos en contra de los preparativos de Washington imperialista para lanzar un ataque militar.

No obstante, según demuestra Diez en estas páginas, las raíces de la crisis en el Caribe no yacían en la Guerra Fría de Washington contra la Unión Soviética, sino en la campaña del gobierno norteamericano para derrocar al "primer territorio libre de América". La aceptación por parte de Kennedy de la oferta de Jruschov de retirar los misiles --una oferta transmitida a nivel mundial por Radio Moscú sin siquiera informar al gobierno cubano-- fue como se anunció la retirada del abismo por parte de las dos potencias nucleares estratégicas. Sin embargo, fue la movilización armada y la claridad política del pueblo cubano, y las capacidades de su dirección revolucionaria, lo que detuvo la mano de Washington, salvando a la humanidad de las consecuencias de un holocausto nuclear.

Trayectorias políticas divergentes, perseguidas por los gobiernos cubano y soviético, influyeron a cada paso. La dirección soviética, buscando una forma de mejorar su posición militar estratégica y contrarrestar los misiles Júpiter que Washington recientemente había instalado en Turquía e Italia, insistió en mantener las cosas en secreto y tratar de recurrir al engaño. Cuba asumió la ventaja moral, abogando desde un principio por anunciar en público el pacto de ayuda mutua y el derecho del pueblo cubano de defenderse contra la agresión norteamericana.

La derrota de la fuerza invasora en la Bahía de Cochinos había comprado un espacio de tiempo inapreciable para que Cuba organizara, entrenara y equipara a sus Fuerzas Armadas Revolucionarias. Aún más decisivo fue el hecho que el pueblo de Cuba empleó ese tiempo para consolidar la reforma agraria; ganar la batalla de la campaña de alfabetización; construir escuelas, viviendas y hospitales; extender la electrificación; impulsar la igualdad social entre el pueblo trabajador de Cuba; y reforzar la alianza de trabajadores y agricultores que era el cimiento de la revolución y del respeto político del que gozaba Cuba ante el pueblo trabajador en el mundo. Al surcar la dialéctica contradictoria de la muy preciada ayuda que recibía de la URSS, el pueblo cubano no sólo se estaba defendiendo a sí mismo del depredador yanqui. Representó el futuro de la humanidad, al tiempo que hizo retroceder al poderío del imperialismo norteamericano.

Y a pesar de todas las probabilidades, prevaleció.

El 26 de octubre, en un momento decisivo de la crisis que se desencadenaba, John F. Kennedy le pidió al Pentágono un cálculo del número de bajas norteamericanas que se sufriría en la invasión que ellos sopesaban. Le informaron que el Estado Mayor Conjunto anticipaba 18 500 bajas apenas en los primeros 10 días: más que las bajas que la tropa norteamericana habría de sufrir durante el total de los primeros cinco años de combate en Vietnam. Y miembros expertos del personal militar cubano afirman que las bajas norteamericanas habrían sido mucho mayores. A partir de ese momento, Kennedy hizo que los estrategas de la Casa Blanca abandonaran sus planes ya muy avanzados de usar fuerzas militares norteamericanas en un intento de derrocar la revolución. El precio político que acompañaría tales cifras de bajas continúa hasta el día de hoy, impidiendo algún ataque militar directo de Washington contra Cuba.

Según ha demostrado Cuba, y no una sino repetidas veces durante las últimas cuatro décadas, el imperio --a pesar de sus pretensiones de hegemonía-- es en realidad un monstruo encadenado cuando un pueblo resuelto, con un liderazgo digno de él, actúa sin vacilar.

Dentro de Estados Unidos, se ha promovido ampliamente un mito según el cual los norteamericanos en todas partes estaban tan consumidos de pánico, ante el peligro de un ataque nuclear, que tampoco figuraron como un factor en estos acontecimientos históricos. Sin embargo, los que vivimos aquellos días de crisis como hombres y mujeres políticamente conscientes sabemos hasta qué punto eso es mentira.

Los fragmentos noticiosos que muestran supermercados inundados de semihistéricas amas de casa de clase media, quienes compran alimentos enlatados y pilas de linterna para abastecer los refugios antibomba de sus sótanos, presentan una imagen falsa del ambiente más general que prevalecía. La mayoría del pueblo trabajador, consciente de las elevadas tensiones, continuó no obstante con su quehacer normal de trabajo y de responsabilidades familiares.

Entretanto, miles de jóvenes, así como otros partidarios de la Revolución Cubana, salimos a las calles, decididos a repudiar el rumbo que había emprendido un gobierno que no hablaba a nombre nuestro. Según ilustran las fotos en October 1962, algunas de estas actividades se convirtieron en violentos enfrentamientos al ser agredidas por organizaciones estudiantiles de ultraderecha atizadas por la policía.

Una manifestación del 24 de octubre en la escalinata de la unión estudiantil en el recinto de Minneapolis de la Universidad de Minnesota, en la cual participé, estuvo a punto de ver tal desenlace. Eramos 20 personas, quizás, incluidos miembros de la Unión Estudiantil por la Paz, el Comité Pro Trato Justo a Cuba, el Partido Socialista de los Trabajadores, el Partido Comunista, socialistas y pacifistas, y núcleos de la Alianza de la Juventud Socialista en Minneapolis y en el recinto cercano de Carleton College donde yo era la más nueva de los miembros. Con carteles y megáfonos, exigimos el cese inmediato del bloqueo naval y "¡Manos de Estados Unidos fuera de Cuba!" No cedimos terreno frente a los varios miles de contramanifestantes que nos rodearon, algunos de los cuales lanzaban huevos y ondeaban banderas de fraternidades estudiantiles al tiempo que coreaban rítmicamente "¡Guerra! ¡Guerra! ¡Guerra! ¡Guerra!"

Si bien algunas de estas protestas eran pequeñas, jamás nos sentimos aislados. Al contrario, nos considerábamos como parte de la inmensa mayoría de la humanidad, comenzando con los propios trabajadores, agricultores y jóvenes de Cuba. Sabíamos que ellos jamás se arrodillarían frente al chantaje nuclear del coloso yanqui, y estábamos decididos a ponernos de su lado. La justicia y la historia estaban de nuestro lado. Lejos de tener algún sentido de pánico o impotencia, estábamos conscientes de que nuestras acciones tenían peso, que minuto a minuto los hombres en la Casa Blanca calculaban las consecuencias políticas de sus posibles acciones. Cada hora que aplazaban una invasión, cada día que no lanzaban un misil nuclear, era una victoria. Y cada día nuestras protestas se volvían más grandes, y se propagaban a más ciudades y pueblos por todo Estados Unidos.

Eran un presagio de lo que estallaría unos pocos años después en respuesta a la guerra de Vietnam, conforme Washington trató desesperadamente --y nuevamente fracasó en su esfuerzo-- de vencer a otro pueblo que no vacilaba.

October 1962: The 'Missile' Crisis as Seen from Cuba permite acceder por primera vez a la verdadera dinámica de la Crisis de Octubre. En eso reside su mérito duradero.

Editora Política, la casa editorial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, publicó el original de esta obra en español en junio de 2002 bajo el título Octubre de 1962: a un paso del holocausto: una mirada cubana a la crisis de los misiles. La editora cubana Iraida Aguirrechu brindó una ayuda valiosa a la preparación de la edición en inglés.

Para la edición de Pathfinder, el autor amplió y reorganizó la estructura de algunos de los capítulos. También se incluye más traducciones de varios importantes documentos cubanos de la época, en su mayoría inéditos en inglés o que habían sido inaccesibles por mucho tiempo. La declaración del 29 de septiembre de 1962 del Consejo de Ministros de Cuba aparece aquí en inglés por primera vez. La transcripción de las reuniones del 30 y 31 de octubre de 1962 entre U Thant, secretario general de Naciones Unidas, y una delegación del gobierno cubano encabezado por el primer ministro Fidel Castro, hasta ahora inédito en cualquier idioma en su totalidad.

La traducción original del texto y la integración de las fuentes en inglés fue obra de Ornán Batista Peña del Instituto de Historia de Cuba.

Un equipo de voluntarios organizado por John Riddell y George Rose, que incluyó a Paul Coltrin, Robert Dees, Dan Dickeson, Mirta Vidal y Matilde Zimmermann, corrigió la traducción. En esta labor les supervisó Michael Taber, un editor de Pathfinder. George Rose asumió la considerable tarea de cotejar las fuentes.

Para componer el pliego de fotos, ayudaron el autor así como Delfín Xiqués de Granma y Manuel Martínez de Bohemia.

Por último, Pathfinder quisiera agradecer de forma especial al Instituto de Historia de Cuba y a Tomás Diez Acosta. Con su competencia y buen ánimo, el autor dedicó muchos días de trabajo a revisar el original en inglés, aclarando problemas de traducción y de la exactitud de los hechos, y asegurando que esta edición sea accesible y comprensible para los lectores más allá de Cuba, hayan o no vivido esos días históricos de octubre.

Agosto de 2002


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