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INDICE

Indice para el año 2001


UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR
diciembre de 2001 Vol. 25 No. 11

Medio Oriente

Historia de la brutalidad imperialista
Urge lucha mundial de trabajadores, agricultores contra explotadores comunes

Por Greg McCartan

Poco después de que Washington lanzara su campaña brutal de bombardeos contra Afganistán, la cadena de televisión Al-Jazeera, que tiene una amplia audiencia en el Medio Oriente, transmitió un mensaje en video de Osama bin Laden en respuesta al ataque, que también fue retransmitido en muchos países incluido Estados Unidos. Unos días más tarde, el 10 de octubre, la administración Bush aumentó su presión patriotera sobre las cadenas de televisión norteamericanas para que dejaran de transmitir más declaraciones de bin Laden u otros dirigentes de al-Qaeda.

Al principio, algunas fuerzas en la clase dominante estadounidense habrán pensado que la transmisión del video reforzaría la campaña de demonización fomentada por la Casa Blanca y repetida por la prensa capitalista, que presenta al gobierno norteamericano como vanguardia de las fuerzas mundiales del "bien" contra el "mal", de la "razón" contra el "fanatismo", de la "civilización" contra la "barbarie".

Si así fue, entonces la maniobra fracasó, ya que socavó el argumento de Washington de que, al perseguir su objetivo oficial --la captura de bin Laden y otros dirigentes de al-Qaeda "vivos o muertos"--, no inciden otras cuestiones políticas aparte del "terrorismo". La transmisión del video subrayó el hecho que el conflicto tiene sus raíces en las actuales consecuencias de un siglo de superexplotación y opresión imperialista del Medio Oriente y de Asia, precedido por más de un siglo de dominio y brutalidad coloniales durante el ascenso del capitalismo en Europa y Norteamérica.

Por más que la prensa burguesa se autocensure, la administración Bush no puede explicar por qué el contenido político del mensaje de bin Laden encuentra un eco entre centenares de millones de personas del pueblo trabajador y de las capas medias en Pakistán, Egipto, Nigeria, Indonesia, Arabia Saudita, Palestina y otros países.

Injusticias históricas

En su declaración Osama bin Laden exigió que Washington y demás potencias extranjeras dejen de estacionar sus tropas en Arabia Saudita y otros países de la Península Arabe. Exigió el fin de los bombardeos anglo-norteamericanos contra Iraq, del embargo económico y de otras medidas imperialistas que han causado la muerte y la mutilación de centenares de miles de iraquíes desde 1990. Y exigió que se ponga fin al despojo del pueblo palestino y de la ocupación de sus tierras por el régimen israelí, así como el cese del apoyo norteamericano a Tel Aviv.

Al hacer un recuento de muchas de las injusticias históricas contra los árabes, musulmanes y demás pueblos del Medio Oriente y Asia, Osama bin Laden también señala otros crímenes imperialistas, tal como el uso de armas nucleares contra la población civil de Hiroshima y Nagasaki en 1945. Su declaración concluye diciendo, "ni Estados Unidos ni la gente que vive allí soñarán con la seguridad antes que ésta se viva en Palestina, y no antes que los ejércitos infieles salgan de la tierra de Mahoma, que la paz reine".

En la medida que los gobernantes norteamericanos han agotado el espectáculo público de "duelo nacional" que promovieron tras los ataques del 11 de septiembre, usando cínicamente la muerte de 5 mil personas para movilizar apoyo a una guerra contra Afganistán y contra todos los "países patrocinadores de terroristas", han tenido más dificultad en excluir del debate público diversos temas políticos.

Por ejemplo, el semanario judío Forward (Adelante), cuyo origen es el diario en yiddish publicado desde 1897, dijo en un editorial el 5 de octubre: "Pero no necesitamos buscar en los textos teológicos para adivinar los motivos de bin Laden. El los ha detallado repetidamente en diversas declaraciones públicas. Está llevando a cabo una autoproclamada guerra santa contra los 'cruzados y los judíos' con una triple meta: 'liberar' La Meca y el resto de Arabia de la 'ocupación' norteamericana, liberar [la mezquita] Al-Aqsa en Jerusalén de la 'ocupación' judía, y quitar el embargo del Occidente contra Iraq. Siempre se presentan en esa triple forma, y normalmente en ese orden."

La semana antes del video de Osama bin Laden, el secretario de estado norteamericano Colin Powell ya se había quejado ante el sultán de Qatar acerca de la transmisión de los discursos de dirigentes de al-Qaeda a través de Al-Jazeera.

Washington presiona a la prensa

Después, en respuesta a la declaración emitida el día después del inicio de los bombardeos norteamericanos sobre Afganistán, con bombas y misiles estadounidenses, la asesora de seguridad nacional Condoleezza Rice celebró una conferencia telefónica el 10 de octubre con funcionarios de cadenas de televisión estadounidenses. Ese mismo día el secretario de prensa de Bush, Ari Fleisher, "aclaró" que Rice había hecho una "petición", no una "demanda", de que las cadenas dejasen de transmitir declaraciones de dirigentes de al-Qaeda.

"En el mejor de los casos, los mensajes de Osama bin Laden representan propaganda que llama a la gente a que mate a norteamericanos", dijo Fleischer. "En el peor de los casos, puede estar dando órdenes a sus seguidores para que lancen tales ataques". La CNN citó la afirmación irrisoria de Fleischer de que bin Laden y otros individuos "podrían estar usando los medios noticiosos internacionales para enviar mensajes en clave, ya que sus propios medios de comunicación son limitados".

Las cadenas de televisión CNN, ABC, NBC, CBS y Fox obedecieron rápidamente. Funcionarios de la CNN anunciaron que consideraran asesoramiento de las autoridades apropiadas" al decidir que transmitir.

El día siguiente, Fleischer dijo que la administración Bush estaba "satisfecha con la respuesta de los ejecutivos de las cadenas", e hizo la misma "sugerencia" a los principales periódicos norteamericanos.

Washington ha hecho secreta la información relacionada a la guerra, decisión que los medios de difusión capitalistas han seguido sin la más mínima protesta. El gobierno norteamericano ha mantenido secretos tanto los nombres de los mil inmigrantes puestos bajo "detención preventiva" en Estados Unidos, como los nombres de los pilotos de los aviones bombarderos en Afganistán, así como el número creciente de tropas de las Fuerzas Especiales norteamericanas en Afganistán.

Durante la conferencia de prensa del 11 de octubre, el presidente estadounidense usó 15 veces la palabra "mal", "malhechores" o "los malvados" refiriendose a los objetivos de la guerra de Washington.

Haciendo eco de la campaña de demonización, la comentarista Maureen Dowd del New York Times escribió que el jefe del gobierno afgano, el mullah Mohammed Omar, "tiene fama de ser tan loco que cuando una metralla le hirió el ojo en una batalla con los rusos [contra la ocupación del régimen soviético en 1978-89], simplemente se lo quitó con un cuchillo y siguió adelante".

Pregunta para Dowd: ¿A cuántos miles de soldados norteamericanos se les ha entregado la Medalla de Honor por actos de "locura" de esta índole?

Imperialistas se reparten Medio Oriente

"Nuestra nación ha estado probando esta degradación por más de 80 años", dijo bin Laden a través de su mensaje en video.

¿Pero a qué se estaba refiriendo? ¿Qué sucedió hace 80 años, hacia el comienzo de los años 20?

Antes de la Primera Guerra Mundial, el imperio otomano, con su base en lo que hoy es Turquía, había dominado durante siglos la mayoría del Medio Oriente y del norte de Africa. Uno de los principales objetivos de los capitalistas británicos y franceses en la primera matanza imperialista, que comenzó en agosto de 1914, era el de apoderarse del reino otomano. La posición estratégica de la región para el comercio entre Europa y Asia la convirtió en uno de los más codiciados trofeos de la guerra.

Anticipando que vencerían a la Triple Alianza, que estaba encabezada por el régimen alemán e incluía al imperio otomano, en 1916 los gobernantes imperialistas de Francia y Gran Bretaña firmaron en secreto el Acuerdo Sykes-Picot. El pacto repartió todo el Medio Oriente entre las dos potencias: por el coloniaje directo, "protectorados", o esferas de influencia.

El acuerdo Sykes-Picot entregó a Francia el territorio aproximado de lo que hoy se llama Líbano y Siria. Iraq (en aquel entonces Mesopotamia) y Transjordania (lo que hoy es Palestina y Jordania) estaría bajo "el control y la administración directa o indirecta" del Reino Unido, el cual también establecería "protectorados" sobre las naciones formalmente independientes de Egipto, Sudán y Persia con su petróleo (hoy Irán).

Aun dos décadas antes de que se descubrieran las vastas reservas petroleras, debajo de lo que parecía una zona desértica de pocos recursos, Londres se contentaba con ejercer su dominio sobre reinos "independientes" tales como el de Ibn Saud (ahora Arabia Saudita) y otros más pequeños (ahora Omán, Qatar, Emiratos Arabes Unidos y Kuwait).

En momentos en que los gobernantes británicos finalizaban este pacto, buscaban ganarse el apoyo de diversas fuerzas árabes para que organizaran una rebelión contra los otomanos, prometiéndoles independencia y gobierno propio después de la guerra.

El tratado no salió a la luz pública hasta que los bolcheviques --habiendo llevado al poder a los trabajadores y campesinos en Rusia en octubre de 1917, la primera revolución socialista del mundo-- publicaran muchos documentos secretos del ministerio del exterior zarista. Entre éstos estaba una copia del tratado Sykes-Picot, que el antiguo gobierno imperialista ruso también había suscrito a cambio de la promesa de tierras en lo que ahora es Turquía.

Este saqueo imperialista recibió la aprobación oficial con el Tratado de Versalles en 1919, un pacto rapaz que también les impuso a las potencias derrotadas en la Primera Guerra Mundial --sobre todo a Alemania-- reparaciones ruinosas y ocupaciones de territorios.

Los gobiernos del Reino Unido y de Francia impusieron la colonización de las antiguas tierras otomanas --y Londres le arrancó a París unas cuantas concesiones más-- bajo la formalidad de acuerdos con gobernantes árabes nacionales y "mandatos" de la Liga de las Naciones. Recién establecida bajo los términos del Tratado de Versalles, fue calificada por los dirigentes bolcheviques como "guarida de ladrones", ya que promovía los intereses de los imperialistas vencedores en la Primera Guerra Mundial, igual que su sucesor tras la Segunda Guerra Mundial --Naciones Unidas-- que hasta el día de hoy sigue dominado por Washington.

Para crear un nuevo y formidable obstáculo a la lucha por la independencia árabe, el capital británico también respaldó los planes de la Organización Sionista Mundial de colonizar Palestina con judíos de Europa, donde éstos eran perseguidos en muchas partes del continente. Los gobernantes británicos anticipaban que los colonos llegarían a sentir un interés común en combatir el movimiento democrático árabe y resistir los intentos de expulsar a los amos imperialistas. El dominio británico sobre Palestina, ya consolidado al final de la guerra, fue autorizado formalmente por un mandato de la Liga de las Naciones en 1922.

'Depredadores imperialistas'

Tras la Primera Guerra Mundial, los gobiernos de Gran Bretaña y Francia aparecían ante el mundo "no como representantes de la cultura y la civilización sino como países dominados por depredadores imperialistas," declaró el dirigente bolchevique V.I. Lenin en un discurso pronunciado el 22 de noviembre de 1919 ante un congreso de Organizaciones Comunistas de los Pueblos de Oriente.

A pesar de las pretensiones democráticas de estos gobiernos, dijo Lenin, "Se les han abierto los ojos a los trabajadores porque el Tratado de Versalles fue una paz expoliadora que demostró que en la realidad Francia e Inglaterra luchaban contra Alemania para afianzar su propio dominio sobre las colonias y acrecentar su fuerza imperialista".

Es más, dijo Lenin, "La lucha interna entre esos tiburones se desarrolla con tanta rapidez que podemos sentirnos jubilosos, pues sabemos que la paz de Versalles es sólo una victoria aparente de los exultantes imperialistas".

Según lo previo Lenin a grandes rasgos, no pasaron más de dos décadas antes de que estallara una segunda matanza interimperialista mundial, esta vez no solamente en Europa, el Medio Oriente y Africa del Norte, sino en el Pacifico y Asia oriental.

Después de la Segunda Guerra Mundial, se propagaron movimientos nacionalistas y levantamientos revolucionarios por todo el mundo árabe y musulmán, asestándoles golpes al ya debilitado imperio británico y a París. Ganaron su independencia Siria, Líbano y Transjordania, así como unos cuantos años más tarde Libia, Tunisia y Argelia. Los británicos tuvieron que retirar sus fuerzas de Egipto e Iraq a fines de los 40.

Aun cuando se estaba librando la Segunda Guerra Mundial, Washington, que sería el principal vencedor imperialista en la guerra, pasó a remplazar a Londres y a París como potencia dominante en la región. El gobierno estadounidense insistió en poner fin al dominio británico sobre Palestina y en proclamar un estado judío independiente en las tierras de donde fue expulsado el pueblo palestino.

Con la decadencia del dominio colonial directo de la región, Washington vio la necesidad de establecer allí un baluarte del orden mundial capitalista.

Hoy día, si bien los capitalistas israelíes tienen sus propios intereses de clase, que a menudo chocan con los de los gobernantes estadounidenses, Israel es el único estado-cuartel confiable al servicio de los intereses imperialistas en la región, incluidos los intereses de Wall Street y Washington. Israel continúa su ocupación no sólo de las tierras que conquistó en 1948, sino de las que capturó en una guerra brutal en 1967 contra los pueblos árabes, incluidas las Alturas de Golán, la Margen Occidental y la Franja de Gaza.

Las autoridades israelíes libran una guerra diaria contra el pueblo palestino, el cual ha luchado incesantemente por más de medio siglo por restaurar su patria y otros derechos nacionales.

Un protectorado

Además de depender de Israel, Washington reaccionó contra el rebrote de luchas antiimperialistas de trabajadores, campesinos y jóvenes en Irán después de la Segunda Guerra Mundial organizando un golpe en 1953 y reinstalando, por un cuarto de siglo, la monarquía del sha de Irán. Con un ejército numeroso y moderno y un extenso aparato de policía secreta, el sha no sólo mantuvo a raya al pueblo trabajador de Irán, sino que ayudó a mantener a los trabajadores en toda la región bajo la bota imperialista.

A fines de los años 70, sin embargo, una nueva ola de luchas democráticas se extendió por la región. En 1979 un levantamiento revolucionario de masas en Irán, con sus batallones decisivos entre los obreros petroleros y otros trabajadores, derrocó al sha, causando un revés decisivo para el imperialismo norteamericano.

Incapaz esta vez de echar atrás la revolución directamente, Washington apoyó la guerra contra Irán iniciada por el régimen de Saddam Hussein en Iraq. Durante un periodo de ocho años en la década de 1980, el régimen iraquí mandó a trabajadores iraquíes a pelear contra sus hermanos de clase en Irán, causando cientos de miles de muertes de ambos lados. El régimen de Hussein, sin embargo, fue incapaz de asestar una derrota decisiva contra Irán, resultado que hubiese allanado el camino para que Washington reimpusiera un régimen sumiso a los dictados imperialistas.

Una década después, Saddam Hussein, creyendo que tenía la aprobación de Washington para invadir y ocupar parte de Kuwait, les dio a los imperialistas norteamericanos la oportunidad de organizar un bombardeo masivo y una invasión a Iraq.

En agosto de 1990 la administración de George Bush padre impuso lo que pronto se convirtió en un embargo total a Iraq, impidiendo la importación de alimentos, medicinas, máquinas y otros suministros esenciales para el país. En las 14 semanas siguientes, el gobierno norteamericano desplegó cerca de medio millón de tropas en Arabia Saudita y otros países de la región, incluyendo varias divisiones blindadas, allanando el camino para una brutal campaña de bombardeos que devastó al país. Esta campaña culminó con una invasión de 100 horas en la que más de 150 mil civiles y soldados iraquíes fueron masacrados, lo que un oficial del ejército norteamericano llamó "tiro al blanco".

Al llevar a cabo la guerra de 1990-91 contra Iraq, la meta de Washington era derribar lo que se había convertido en un régimen burgués poco fiable. En su lugar, los gobernantes norteamericanos tenían la intención de instalar un protectorado alrededor del cual Washington podría construir una fuerza militar estable, capaz de mantener a los trabajadores de la región a raya y de velar por los intereses del capital estadounidense.

Sin embargo, a pesar de su "victoria" militar, Washington no alcanzó estas metas. Fortaleció su posición en relación a sus rivales imperialistas --especialmente París, Bonn y Tokio-- pero no progresó en sus intentos de imponer una "paz" imperialista en la región. Al contrario, el resultado del conflicto intensificó las contradicciones del orden mundial imperialista y sentó las condiciones para guerras nuevas y más sangrientas.

Desde entonces, los gobiernos de los Estados Unidos y el Reino Unido han continuado bombardeando frecuentemente a Iraq, causando la muerte de muchos civiles al año. Y otra década más del embargo ha provocado la muerte de cientos de miles de iraquíes debido a desnutrición y falta de materiales médicos.

Los gobernantes norteamericanos consideran la guerra actual, con la meta inicial de derrocar al gobierno de los Talibán en Kabul, como una oportunidad de recuperar un poco de lo que perdieron con la revolución iraní de 1979 y que no pudieron restablecer durante la Guerra del Golfo. Pretenden recuperar su influencia directa en la región al establecer un protectorado imperialista norteamericano en Afganistán, posiblemente bajo los auspicios de Naciones Unidas, la guarida de ladrones de la actualidad.

Afganistán, por supuesto, no tiene ni la infraestructura moderna, ni la población numerosa ni el ejército avanzado de Irán o Iraq. Y hay voces en los círculos gobernantes norteamericanos --incluso en la administración y los dos partidos imperialistas, el Demócrata y el Republicano-- que instan a Bush a "completar la tarea" de derrocar al gobierno de Saddam Hussein después de "lidiar con" los talibanes.

Negada la soberanía nacional

Una de las características fundamentales de la dominación imperialista en el Medio Oriente y Asia Central, como en todo el mundo semicolonial, es la negación de la soberanía y dignidad nacionales a la mayor parte de la humanidad. Desde que los colonialistas trazaron arbitrariamente las fronteras en un mapa, hasta los días actuales cuando Washington dicta sus órdenes imperiales-- los trabajadores y campesinos en toda Africa, el Medio Oriente, Asia y América Latina se han visto sometidos a la "humillación y degradación por 80 años", y en muchos casos por un tiempo bastante más largo.

Sin esta dominación, y sus afrentas a los pueblos del mundo que obligatoriamente la acompañan, el imperialismo no podría sobrevivir.

El ejemplo más reciente, y el principal pretexto propagandístico para la escalada de la guerra norteamericana, es la demanda de Washington que el gobierno de Afganistán entregue a Osama bin Laden y a otros: "sin negociaciones", según afirmó arrogantemente Bush, y sin la pretensión de ofrecer una pizca de evidencia a ese gobierno soberano.

En el programa de NBC "Meet the Press" el domingo 14 de octubre, Suhail Shaheen, embajador suplente afgano en Pakistán, explicó que ningún representante del gobierno norteamericano se ha sentado con ellos para presentarles el caso en el cual basan su demanda de entregar a bin Laden.

¿Qué otro gobierno soberano, en cualquier lugar del mundo, entregaría a una persona que vive dentro de sus fronteras simplemente ante la demanda de otro gobierno? ¿Ante la demanda de que si no lo hace le lanzarán bombas seguidas de una invasión de tropas terrestres? Afganistán, además, es un país con una larga historia de agresión imperialista y asaltos a su soberanía y dignidad nacionales, y de resistencia a estas agresiones.

El embajador afgano añadió que el gobierno norteamericano, al "emitir su propio veredicto" de que bin Laden sea capturado "vivo o muerto", ha creado una situación en la que cualquier persona en cualquier parte del mundo puede cometer un acto de violencia y se lo atribuyan a bin Laden. Esto se confirma en Estados Unidos, con el pánico por el carbunco que el gobierno está aprovechando para atizar el belicismo y a la misma vez implicar una "complicidad iraquí".

El imperio norteamericano

A medida que Washington y Londres han expandido su guerra contra Afganistán, unos cuantos columnistas burgueses han aportado a la campaña dirigida a ablandar la opinión pública burguesa para el establecimiento de un protectorado imperialista.

Señalan el ejemplo de Yugoslavia, donde se han impuesto administraciones sancionadas por la ONU --que de hecho son protectorados-- en Bosnia y Kosova, respaldadas por fuerzas de ocupación imperialistas. ¿Qué alternativa hay --dicen estos apologistas-- ante el "peligro para la comunidad mundial" que representan los "estados fracasados"?

"Un argumento a favor de un imperio americano" proclamaba la primera página de un número reciente de la revista conservadora Weekly Standard, donde aparecían también oficiales de la Marina con trajes almidonados y la bandera norteamericana que ondeaba encima.

En vez de ser una "nación más bondadosa y tranquila", escribe Max Boot, los ataques del 11 de septiembre muestran que "la solución es tener metas más expansivas y una implementación más enérgica". Reconociendo que "el dominio unilateral estadounidense puede ya no ser una opción" en Afganistán, Boot plantea que Naciones Unidas puede "dirigir una fuerza de ocupación internacional bajo los auspicios de la ONU con la cooperación de algunas naciones musulmanas".

Boot dice que el ex presidente William Clinton "finalmente hizo lo correcto en los Balcanes" en ese sentido. "Afganistán y otras tierras turbulentas hoy día reclaman el tipo de administración extranjera iluminada que ofrecían en antaño esos ingleses confiados con sus pantalones de montar y cascos", concluye Boot.

Marcha histórica de la clase obrera

La declaración emitida por el Partido Socialista de los Trabajadores el 11 de septiembre, a través de su candidato a alcalde de Nueva York, Martín Koppel, presenta una perspectiva de clase contraria: la de los trabajadores y agricultores de todo el mundo, incluyéndonos en los Estados Unidos. La declaración explicaba:

El gobierno norteamericano y sus aliados, por más de un siglo, han desatado un terror sistemático para defender sus privilegios e intereses de clase a nivel nacional e internacional: desde la incineración atómica de cientos de miles de personas en Hiroshima y Nagasaki, hasta la matanza librada por 10 años en Indochina, la guerra contra el pueblo de Iraq en 1990-91, la calcinación fatal de 80 personas en su propio territorio en Waco, Texas, y otros ejemplos demasiado numerosos para mencionar. En las últimas semanas, la Casa Blanca y el Congreso han respaldado a Tel Aviv y a la escalada de su campaña de asesinatos, unos al azar y otros planeados, en su intento --que está fracasando históricamente-- de suprimir al desposeído pueblo palestino que lucha por el retorno de su patria.

Hace medio siglo, el movimiento obrero revolucionario y otros opositores de toda expresión de indignidades coloniales, del racismo y del antisemitismo advirtieron que, al librar una guerra de terror para expulsar a los palestinos de sus fincas, aldeas y ciudades, los fundadores del estado israelí y sus partidarios imperialistas en Norteamérica y Europa estaban oponiendo al pueblo judío contra aquellos que luchaban por la liberación nacional en el Medio Oriente y a nivel mundial; estaban creando una trampa mortal para los judíos, que Israel sigue siendo hasta el día de hoy. Por su superexplotación sistemática de los pueblos de Asia, Africa y América Latina; por sus agravios incesantes a su dignidad nacional y cultural; por sus múltiples formas de constante violencia asesina, el imperialismo estadounidense está convirtiendo a Norteamérica en una trampa mortal para el pueblo trabajador y todos los que aquí residen.

Como parte de la campaña de la clase obrera contra el imperialismo y su guerra, librada hoy día por miembros del Partido Socialista de los Trabajadores y de la Juventud Socialista, los trabajadores comunistas están encontrando formas de debatir estas consecuencias de la explotación y opresión impuestas a la humanidad por un puñado de familias capitalistas gobernantes durante el último siglo. Destacamos la capacidad del pueblo trabajador en cada continente para unirse a una lucha revolucionaria común contra nuestros enemigos de clase comunes, desde Estados Unidos hasta Europa, el Medio Oriente, Africa, Asia y América Latina.

Emprender este curso significa reivindicar la retirada de todas las tropas extranjeras de Arabia Saudita y de todo el Medio Oriente.

Significa exigir la retirada de las fuerzas israelíes de los territorios ocupados y el derecho de los palestinos a regresar a su patria.

El pueblo trabajador en Estados Unidos y Gran Bretaña ganaría poderosos aliados en el Medio Oriente y alrededor del mundo al exigir el fin de los actuales bombardeos a Iraq y del terrible embargo contra ese país.

Como parte de la lucha contra los patrones en este país, los trabajadores y agricultores en Estados Unidos debemos sumarnos a la batalla por la anulación de la deuda externa, mediante la cual los bancos y otras instituciones financieras imperialistas saquean a los países semicoloniales. La deuda es impagable. Es sólo una forma, a través de incesantes pagos de intereses, de traspasar la riqueza creada por la labor de los trabajadores y campesinos en Asia, Africa y América Latina a las arcas de las familias propietarias en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania y Japón.

Desde Argentina hasta Nigeria, Indonesia, Pakistán y Nicaragua, los trabajadores que están resistiendo las medidas de austeridad, rebajas de salarios, expropiaciones de tierras, y peores condiciones de vida y trabajo se unirían a este llamamiento del pueblo trabajador en Estados Unidos.

Mientras que Bush y el Congreso bipartidista llevan a cabo un «cruzada» para defender «nuestro país», a los trabajadores y agricultores en Estados Unidos se les recuerda constantemente --estén o no conscientes de ello-- que en realidad existen clases antagónicas al interior de estas fronteras, con intereses de clases irreconciliables. A los empacadores de carne en el estado de Washington, a los obreros en fábricas de tanques y en las aerolíneas, a los empleados estatales de Minnesota y a muchos más se les recuerda que también ellos enfrentan un explotador que está tratando de aumentar sus ganancias a costa suya.

La batalla contra el imperialismo norteamericano --el último imperio en el planeta-- es la lucha para derribar de una vez por todas el sistema de ganancias que inexorablemente produce y reproduce la explotación, la expulsión de los agricultores de sus tierras, el racismo, la opresión nacional, los insultos a otras culturas, la negación de la soberanía nacional, el fascismo y la guerra mundial. Esta batalla subraya los intereses comunes de los trabajadores y agricultores tanto en Estados Unidos como en otros países del mundo, así como nuestra capacidad para revolucionar las relaciones sociales y transformar la riqueza de la tierra y nuestra labor colectiva y, por primera vez en la historia, utilizarla para beneficio de toda la humanidad.n


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