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El Militant, un semanario socialista en inglés

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Solidaridad con la lucha saharauí

Jóvenes debaten la lucha contra el imperialismo hoy

El comunismo y la transformación de la naturaleza por el trabajo

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UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR
octubre de 2001 Vol. 25 No. 09

Especial

El comunismo y la transformación de la naturaleza por el trabajo

Por Steve Clark

[A continuación publicamos la segunda y la tercera parte de un artículo que apareció originalmente en el semanario socialista en inglés The Militant. El artículo, "El comunismo y la transformación de la naturaleza por el trabajo" se publicó en una serie de cuatro partes en las ediciones del 13, 20 y 27 de agosto y del 3 de septiembre.

[Lo que ocasionó esta serie fue una carta que escribió Karl Butts, un granjero en Florida, quien comentó sobre un artículo en el número del Militant del 2 de julio titulado "Cubanos celebran 40 aniversario de organización de agricultores".

[Ese artículo, dijo Butts, ofreció un buen resumen de lo que los agricultores cubanos han logrado en las últimas cuatro décadas gracias a la revolución socialista y la reforma agraria en ese país. Pero le preocupaba que una oración en el último párrafo del artículo se interpretara de manera que implicara que los comunistas le dan crédito al concepto de que la agricultura orgánica es "preferible" a la producción en que se utilizan 'químicos' "y hasta que "Cuba por lo general prefiere no utilizar químicos en la producción agropecuaria".

[La primera parte de esta serie, que apareció en la edición de septiembre de Perspectiva Mundial, aclaró que los prejuicios anticientíficos que le preocupan a Butts no tienen nada en común con los criterios del movimiento obrero comunista, ni hoy ni desde que se originó en los días de Carlos Marx y Federico Engels. El artículo examinó la explicación materialista de Marx y Engels acerca de la relación entre el trabajo humano y la naturaleza. También describió cómo se abordaron estos problemas en una reunión de la dirección del Partido Socialista de los Trabajadores celebrada en mayo en Nueva York.]

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El movimiento comunista organizó más discusión y educación políticas sobre estos problemas en una Conferencia de Trabajadores Activos internacional, celebrada en Oberlin, Ohio, a mediados de junio. Estos temas se abordaron, entre otras formas, en la charla y el sumario al cierre de la conferencia presentados por el dirigente del PST Jack Barnes, así como en una clase sobre "Los comunistas y la transformación social de la naturaleza por el trabajo", que presentó el autor de esta serie de artículos.

En su presentación a la conferencia, Barnes destacó la declaración de objetivos del Partido Socialista de los Trabajadores. "El objetivo del partido", afirma, "será el de educar y organizar a la clase obrera a fin de establecer un gobierno de trabajadores y agricultores, que abolirá el capitalismo en Estados Unidos y se unirá a la lucha mundial por el socialismo".

Barnes señaló que alcanzar esa meta --sumarse a los trabajadores y agricultores de todos los países "en la lucha mundial por el socialismo"-- requiere cerrar la enorme brecha en las condiciones económicas, sociales y culturales entre el pueblo trabajador de diferentes países y los trabajadores del campo y la ciudad. Esta desigualdad de condiciones, legado de los miles de años de la sociedad de clases, se ha visto reproducida y en muchos casos ampliada durante más de un siglo por el orden mundial imperialista.

Una perspectiva mundial

Por ejemplo, aproximadamente 2 mil millones de personas no tienen acceso a la energía moderna, ni a la electricidad ni a las fuentes modernas de combustible para la cocina y la calefacción. Las velas y el kerosén para el alumbrado, y la madera, el estiércol y la paja para combustible (todos con sus emisiones nocivas tanto para los seres humanos como para la atmósfera de la Tierra) son la realidad para al menos la tercera parte de la población del mundo. Y el Banco Mundial, la fuente de estas cifras, ¡señala que "es posible que hasta esa cifra subestime el número de personas sin acceso, ya que ciertos países (por ejemplo, India) catalogan todos los hogares de una aldea como electrificados si la aldea cuenta con un solo poste de alumbrado y una bomba de agua eléctrica"!

En su conjunto, los países imperialistas de Norteamérica, Europa y el Pacífico, con el 14 por ciento de la población mundial, consumen el 57 por ciento de la electricidad. En cambio, a exclusión de Japón y China, los países de Asia y del Pacífico, con el 31 por ciento de la población mundial, consumen apenas el 10 por ciento de la electricidad; y los países de Africa subsahariana, con casi el 10 por ciento de la población mundial, consumen apenas el 1 por ciento de la electricidad.

Otro indicio de esta desigualdad global, perpetuada por el sistema capitalista mundial, se observa en la aplicación de las técnicas agrícolas más productivas. Si bien en los países imperialistas se utilizan 16 tractores por cada mil acres (405 hectáreas) de tierra agrícola, en otras partes del mundo se emplean un promedio de sólo tres tractores. Y con la excepción de los países productores de arroz en Asia oriental, la aplicación de fertilizantes por hectárea es mucho mayor en Norteamérica, Europa occidental, Australia, Nueva Zelanda y Japón.

Estas condiciones de atraso impuestas por el imperialismo en la agricultura y las industrias tiene consecuencias terribles para las condiciones económicas, sociales y culturales del pueblo trabajador de Asia, Africa y América Latina. Aún según los cálculos conservadores de las propias agencias internacionales del gran capital, un 47 por ciento de la población del mundo --casi la mitad-- subsiste con menos de dos dólares diarios. El 40 por ciento no tiene acceso a condiciones higiénicas elementales.

Los cálculos muy conservadores arrojan una cifra de por lo menos mil millones de analfabetos en el mundo: más de la cuarta parte de todos los adultos en las naciones oprimidas de Asia, Africa y América Latina. Esta cifra incluye el 60 por ciento de los adultos en Africa subsahariana y el 55 por ciento en Asia austral; las cifras son mucho más elevadas para las mujeres, tanto en estas regiones como en la mayor parte del mundo.

Y cómo señala Butts al final de su carta, unos 800 millones de personas a nivel mundial padecen hambre crónica y muchas más padecen desnutrición, según los cálculos del Programa Alimentario Mundial de la ONU.

Continuidad con el bolchevismo

Hoy día, las precondiciones para impulsar la lucha por el socialismo a escala mundial son fundamentalmente las mismas que las planteadas hace ocho décadas por el dirigente bolchevique V.I. Lenin. Al explicar la importancia central del esfuerzo por impulsar la industrialización de la joven república soviética en febrero de 1920, Lenin dijo:

Debemos hacer ver a los campesinos que la organización de la industria sobre una alta base técnica moderna, sobre la base de la electrificación, que vincule a la ciudad con el campo y termine con el contraste entre la ciudad y el campo, ha de permitir elevar el nivel cultural del campo, superar incluso en los rincones más apartados el atraso, la ignorancia, la miseria, las enfermedades y el embrutecimiento. ("Informe sobre la labor del CEC de Toda Rusia", Lenin, Obras Completas, tomo 40, pág. 114, Editorial Progreso.)

La construcción del socialismo, dijo Lenin a fines de diciembre del mismo año, requiere más que la alfabetización de los trabajadores y agricultores que participan en ese esfuerzo histórico. "Necesitamos trabajadores cultos, conscientes, instruidos", dijo, para que no sólo los trabajadores urbanos sino "la mayoría de los campesinos comprendan claramente las tareas que nos aguardan". ("Octavo Congreso de los Soviets de Toda Rusia", Lenin, Obras Completas, tomo 42, pág. 166.)

¿Métodos tradicionales?

Karl Butts tiene razón al decir que el fetiche de la agricultura "orgánica" no tiene "nada que ver con la lucha por alimentar al mundo".

Los que rechazarían los avances de la química y tecnología agropecuarias a favor de los métodos agrícolas llamados naturales o tradicionales deben recordar tres cosas:

Primero, en las primeras comunidades agrícolas hace unos 10 mil años, la expectativa de vida era menos de 30 años.

Segundo, gracias a los avances científicos en el desarrollo de variedades de plantas, fertilizantes, pesticidas, métodos de riego y la mecanización, el rendimiento mundial en la producción de granos se ha duplicado desde 1960. En cambio, en Inglaterra tardó mil años cuadruplicar el rendimiento de la producción de trigo hasta alcanzar el nivel actual.

Tercero, hay pocos métodos más dañinos al medio ambiente y más antagónicos a la producción sostenible de alimentos que los métodos agrícolas de tala y quema y el sobre pastoreo, ambos de los cuales son típicos de la llamada agricultura tradicional en muchas partes del mundo. La aplicación de métodos relativamente modernos de rotación de cultivos, de pastaderos y del uso de fertilizante y pesticidas ha significado grandes avances "antinaturales" que se han logrado en los últimos siglos, tanto para los seres humanos como para el medio ambiente en que vivimos y trabajamos.

El movimiento comunista entiende que la historia de la agricultura capitalista combina, por un lado, los avances de la productividad del trabajo agropecuario, y por otro lado, los métodos destinados a aumentar al máximo las ganancias que agotan y erosionan la tierra, contaminan las fuentes de agua y envenenan a agricultores, trabajadores y consumidores.

Lo que aprendemos de Marx

Marx escribió extensamente sobre estos problemas en El capital, en una época en que los grandes avances en el conocimiento de la química de la fertilidad de la tierra permitían aplicar fertilizantes sintéticos para contrarrestar el agotamiento de los campos y aumentar considerablemente el rendimiento. En 1843 entró en operación en Inglaterra la primera fábrica de fertilizantes con "superfosfatos", seguido por Alemania, Francia y Estados Unidos durante las siguientes tres décadas.

Marx respondió a varios de los primeros autores burgueses sobre agricultura quienes, "dado el estado de la química agrícola en su tiempo", afirmaron incorrectamente "que no es posible invertir cualquier masa de capital que se desee en una tierra limitada dentro del espacio". Al contrario, dijo Marx en El capital, "la tierra, si se la trata de un modo adecuado, mejora continuamente".

En efecto, agregó, la agricultura tiene una ventaja en este sentido sobre la producción fabril. La nueva maquinaria se deprecia con el uso, señaló, y las inversiones en nuevas técnicas industriales tienden a dejar obsoletas las mejoras anteriores. En cambio, la tierra tiene la ventaja "de permitir que inversiones sucesivas de capital rindan beneficio sin que por ello se pierdan las anteriores". El capital, Fondo de Cultura Económica, tomo 3, págs. 723-24.)

Al mismo tiempo, Marx reconoció que la aplicación de todos los avances científicos y técnicos bajo las relaciones sociales burguesas se ve afectada por la competencia de capitales para aumentar las ganancias al máximo. En el siguiente capítulo de El capital, "Génesis de la renta capitalista del suelo", señaló las consecuencias de la creciente dominación de la agricultura por el capital, que lleva a más y más pequeños agricultores al endeudamiento agobiante y los desplaza de la tierra.

Este proceso, escribió Marx, "reduce la población agrícola a un mínimo en descenso constante y le opone una población industrial en constante aumento y concentrada en grandes ciudades... a consecuencia [de lo] cual la fuerza de la tierra se dilapida".

Agregó Marx:

La gran industria y la gran agricultura explotada industrialmente actúan de un modo conjunto y forman una unidad. Si bien en un principio se separan por el hecho de que la primera devasta y arruina más bien la fuerza de trabajo y, por tanto, la fuerza natural del hombre y la segunda más directamente la fuerza natural de la tierra, más tarde tienden cada vez más a darse la mano, pues el sistema industrial acaba robando también las energías de los trabajadores del campo, a la par que la industria y el comercio suministran a la agricultura los medios para el agotamiento de la tierra. (El capital, tomo 3, págs. 752-53.)

Marx había hecho el mismo señalamiento, tal vez aún más elocuentemente, en una sección de El capital titulada "La gran industria y la agricultura". Escribió:

La explotación rutinaria e irracional es sustituida por la aplicación tecnológica y consciente de la ciencia. La ruptura del primitivo vínculo familiar entre la agricultura y la manufactura, que rodeaba las manifestaciones incipientes de ambas, se consuma con el régimen capitalista de producción. Pero, al mismo tiempo, este régimen crea las condiciones materiales para una nueva y más alta síntesis o coordinación de la agricultura y la industria. (El capital, tomo 1, pág. 422.)

Si bien el capitalismo "crea las condiciones materiales" para dicho avance, agregó, Marx, la explotación brutal de los seres humanos y de la naturaleza por parte de las familias propietarias crea un obstáculo insuperable al avance de la civilización. Escribió:

Al igual que en la industria urbana, en la moderna agricultura la intensificación de la fuerza productiva y la más rápida movilización del trabajo se consiguen a costa de devastar y agotar la fuerza de trabajo del obrero. Además, todo progreso, realizado en la agricultura capitalista, no es solamente un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar la tierra, y cada paso que se da en la intensificación de su fertilidad dentro de un periodo de tiempo determinado, es a la vez un paso dado en el agotamiento de las fuentes perennes que alimentan dicha fertilidad.... Por tanto, la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre. (El capital, tomo 1, págs. 423-24.)

Federico Engels, colaborador de Marx en el liderazgo del movimiento comunista por toda su vida, también describe este proceso en muchos de sus escritos, incluido el artículo "El papel del trabajo en la transición del simio al hombre". Se publica como apéndice a la edición de Pathfinder en inglés de El origen de la familia, la propiedad privada y el estado.

"Cuando en Cuba los plantadores españoles quemaban los bosques en las laderas de las montañas para obtener con la ceniza un abono que sólo les alcanzaba para fertilizar una generación de cafetos de alto rendimiento", escribió Engels, "¡poco les importaba que las lluvias torrenciales de los trópicos barriesen la capa vegetal del suelo, privada de la protección de los árboles, y no dejasen tras de sí más que rocas desnudas!

"Con el actual modo de producción, y por lo que respecta tanto a las consecuencias naturales como a las consecuencias sociales de los actos realizados por los hombres, lo que interesa preferentemente son sólo los primeros resultados, los más palpables. Y luego hasta se manifiesta extrañeza de que las consecuencias remotas de las acciones que perseguían esos fines resulten ser muy distintas y, en la mayoría de los casos, hasta diametralmente opuestas...". ("El papel del trabajo en la transición del simio al hombre", Marx y Engels, Obras escogidas, tomo 3, pág. 78, Editorial Progreso.)

El imperialismo, pirómano

El ejemplo que da Engels, tomado de los primeros años del capitalismo en el siglo XVIII y a principios del siglo XIX, sigue siendo una descripción muy vigente del carácter rapaz y destructivo del capital financiero internacional hasta el día de hoy. Hace recordar el discurso pronunciado en 1986, ante una conferencia internacional en París sobre árboles y bosques, por Thomas Sankara, dirigente del gobierno popular revolucionario que encabezó a Burkina Faso, antigua colonia francesa en Africa occidental, de 1983 a 1987.

Sankara describió el "avance del desierto" en Burkina y varios otros países al borde norte de Africa subsahariana. El agotamiento de la tierra --que progresa de un mes a otro, de un año a otro por toda una zona del continente-- está contribuyendo al hambre, a las enfermedades y a la ruina económica y social de millones de personas.

"Vengo para sumarme a ustedes al deplorar la severidad de la naturaleza", dijo Sankara en la conferencia, entre cuyos participantes estaban el presidente de Francia y otros altos funcionarios del gobierno imperialista. "Pero también vengo para denunciar al hombre cuyo egoísmo es la causa de la desdicha de su prójimo. El saqueo colonial ha diezmado nuestros bosques sin la menor intención de reabastecerlos para nuestro mañana". Sankara agregó:

Continúa la destrucción impune de la bioesfera por incursiones salvajes y asesinas en la tierra y en el aire.... Los que disponen de los medios tecnológicos para determinar a los culpables no tienen interés en hacerlo, y los que sí tienen interés no disponen de los medios tecnológicos. No tienen más que su intuición y su profunda convicción.

No estamos en contra del progreso, pero esperamos que el progreso no se lleve a cabo de forma anárquica y con negligencia criminal hacia los derechos de los demás. Por lo tanto queremos afirmar que la lucha contra la desertificación es una lucha por el equilibrio entre el hombre, la naturaleza y la sociedad. En este sentido, es ante todo una lucha política y no un hecho del destino....

Lo decía Carlos Marx: el que vive en un palacio no piensa igual que el que vive en una choza. Esta lucha por el árbol y el bosque es ante todo una lucha antiimperialista. Porque el imperialismo es el pirómano de nuestros bosques y nuestras sabanas. (Thomas Sankara Speaks, editorial Pathfinder, págs. 154-56).

Organismos transgénicos

La expresión más reciente de la histeria de la clase media frente a los avances en la ciencia y la tecnología gira en torno a la campaña contra los productos alimenticios derivados de semillas a las que se ha transplantado una cadena de material genético, ADN, de una especie diferente: los llamados organismos transgénicos, u Organismos Modificados Genéticamente (OMG).

Los seres humanos, desde luego, han estado modificando la composición genética de plantas y animales desde los inicios de la agricultura y la domesticación. De otra forma, no existirían el ganado, los puercos, los caballos, los gatos y los perros que conocemos hoy en día, ni las variedades de trigo, maíz, vegetales y otros productos que usamos como alimentos, fibras o aditivos.

Sin embargo, estas modificaciones fueron el resultado de cruzamientos selectivos dirigidos a la producción de nuevas variedades y características deseables. La producción de OMG implica la transferencia directa de genes de una especie a otra.

No hubo mucho alboroto en contra de este tipo de método científico (y en gran medida aún no lo hay) cuando se aplicó a la producción de insulina --necesaria para el tratamiento de diabéticos-- en mayor cantidad y de mejor calidad de lo que se obtenía del método anterior, en el cual se extraía la insulina del páncreas de puercos y vacas. Tampoco hubo mucho alboroto cuando se desarrolló una vacuna "biotécnica" contra la hepatitis B, así como otras numerosas medicinas que se han producido así en las últimas dos décadas.

¿Progreso? O 'alimentos Frankenstein'?

Sin embargo, ante la aplicación de la ingeniería genética a la agricultura en los últimos seis años, se ha alzado un gran alboroto por parte de diversos grupos ambientalistas burgueses y organizaciones pequeño burguesas de protesta.

Ya que la producción de alimentos transgénicos está dominada por enormes agro empresas norteamericanas, y las semillas se siembran sobre todo en campos en Estados Unidos, el asunto se ha convertido en arma política en la creciente competencia interimperialista por el control de los mercados entre Wall Street y Washington, por un lado, y sus rivales en Europa y Asia, por el otro. El príncipe Charles del Reino Unido se ha vuelto uno de los portavoces más conocidos del movimiento anti-OMG en Europa. En un discurso suyo en mayo de 2000 que recibió mucha publicidad, su Alteza Real planteó que urgía volver a descubrir "la unidad y el orden esenciales del mundo físico y espiritual, como es el caso de la agricultura orgánica", así como mejorar "los sistemas tradicionales de agricultura que han pasado la importantísima prueba del tiempo".

(Cabe recordar que la difunta princesa Diana ayudó a impulsar otra campaña burguesa internacional, ésta en apoyo a un tratado internacional contra el uso de las minas terrestres. El gobierno cubano ha rehusado firmar ese pacto, señalando correctamente que --frente a los gobiernos imperialistas tan fuertemente armados que están promoviendo el tratado-- las minas terrestres son "las armas de los pobres". )

Pancartas y afiches con la demanda "¡Alto a los alimentos Frankenstein!" se han convertido en un aspecto típico de la mezcolanza de demandas proteccionistas, nacionalistas y anticapitalistas reivindicadas por una gama de reformadores burgueses y pequeño burgueses, funcionarios sindicalistas, anarquistas y otros radicales pequeñoburgueses que se manifiestan frente a las sedes de las reuniones de asociaciones imperialistas tales como la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional y los gobiernos "G-8". Sus consignas se han escuchado de Seattle a Praga, Melbourne y Quebec; de Washington a Davos, Gothenburgo, y Génova.

Por lo pronto, el principal uso de las semillas transgénicas en la agricultura ha sido para incrementar la resistencia de los cultivos a los insectos y a los herbicidas. Las semillas transgénicas dan más rendimiento y requieren menos del uso de pesticidas caros y tóxicos, requieren menos labranza que pueda aumentar la erosión de la tierra, y son más tolerantes a la sequía. También se están desarrollando semillas que posiblemente produzcan arroz y otros granos con mayor valor nutritivo.

Desde que se produjeron cultivos transgénicos para el mercado a mediados de los años 90, se han desarrollado semillas OMG para maíz, algodón, calabaza, papa, canola (colza), soya, y remolacha. Más de una quinta parte del maíz en Estados Unidos proviene de estas semillas, y el uso de otras semillas transgénicas es aún mayor. La tierra sembrada con semillas transgénicas ha aumentado 20 veces a nivel mundial, sobre todo en Estados Unidos, Canadá, y Argentina.

No hay pruebas de que perjudique

A pesar del casi histérico carácter de las campañas contra la "contaminación genética", no se sabe de un solo ejemplo en todo el mundo de un ser humano que haya sido perjudicado por un alimento o una medicina producida de esta manera. Tampoco hay un solo ejemplo de los tan temidos ejércitos de "superyerbas" que destruyan campos. Al contrario, debido a su origen, las plantas transgénicas dependen mucho del cuidado y el cultivo humanos; solas no se adaptan bien a la naturaleza "roja de dientes y garras."

Las panaceas recomendadas por los diversos promotores burgueses y pequeñoburgueses de la agricultura "orgánica" no son neutrales en cuanto a su efecto en las condiciones y las perspectivas de liberación del pueblo trabajador, tanto en las naciones oprimidas de Asia, Africa y América Latina como en los países imperialistas.

Por ejemplo, importantes organizaciones ambientalistas libraron una campaña exitosa contra el pesticida DDT, que indudablemente es tóxico. La campaña logró que se dejara de usar el DDT en los países imperialistas.

Sin embargo, hoy día no se están dedicando esfuerzos o recursos comparables para campañas contra diversos gobiernos y agencias imperialistas que se niegan a ofrecer fondos para financiar el uso del DDT en unos 25 países semicoloniales donde --aplicado en dosis relativamente pequeñas-- es la manera más eficaz de controlar los mosquitos que acarrean la malaria. Esa enfermedad mata a nivel mundial a mas de un millón de personas al año, sobre todo a niños, y, en las personas calificadas de "curadas", reaparece a lo largo de la vida.

El capitalismo contamina

Como sucede con todo lo creado por la labor humana, los explotadores capitalistas utilizan los productos de la ciencia y la tecnología para aumentar al máximo sus ganancias individuales, y no para satisfacer las necesidades de la humanidad. Sin la movilización de los trabajadores y sus aliados para luchar por mejores condiciones de vida, los patrones, su gobierno y sus partidos políticos actúan con completa negligencia hacia las consecuencias para la salud humana, la seguridad y el medio ambiente.

Puesto que "los capitalistas producen o cambian con el único fin de obtener beneficios inmediatos" escribió Engels in "El papel del trabajo en la transición del simio al hombre", sólo "pueden ser tenidos en cuenta, primeramente, los resultados más próximos y más inmediatos. Cuando un industrial o un comerciante vende la mercancía producida o comprada por él y obtiene la ganancia habitual, se da por satisfecho y no le interesa lo más mínimo lo que pueda ocurrir después con esa mercancía y su comprador". (Carlos Marx y Federico Engels, Obras escogidas, tomo 3, pág. 78, Editorial Progreso.)

Esto es cierto, aunque la mercancía sea un vehículo Explorer de la Ford, el jugo de manzana orgánico de Odwalla, un pedazo de carbón de la compañía A.T. Massey, un Boeing 757, soya transgénica, o una espiga de maíz híbrido producido por cruzamientos hace más de un siglo.

En todos estos casos, la salud y la seguridad de los trabajadores, los agricultores, y el público en general se ven sacrificados en el altar de las ganancias y de las "inspecciones" y "regulaciones" de agencias gubernamentales que representan los intereses de clase del gran capital.

'Policía de semillas'

El problema social más importante planteado por el uso de las semillas OMG durante media década es en realidad el menos examinado por la prensa capitalista o por los diversos opositores burgueses y pequeñoburgueses de estos métodos. Se trata de cómo los grandes monopolios capitalistas tales como Monsanto, Pioneer, Dow y otros utilizan esta innovación para intensificar la explotación de los pequeños agricultores.

Frente a la competencia con los agricultores capitalistas, los pequeños productores no pueden darse el lujo de rechazar el uso de nuevos métodos y tecnologías que reduzcan sus horas (y la carga) de trabajo y gastos materiales. Un pequeño agricultor que quiera seguir trabajando su tierra o criando ganado no tiene la opción de usar caballos en lugar de tractores, de no usar una cosechadora o combinada moderna, de no usar fertilizantes y pesticidas, o de sembrar semillas de bajo rendimiento.

Es por eso que más y más agricultores en Estados Unidos están usando semillas transgénicas. Pero pagan un precio considerable. Para comprar la semilla tienen que firmar un convenio con el proveedor monopolista según el cual no usarán la semilla que resulte del cultivo para su próxima siembra, y que no venderán esa semilla a otros agricultores. Así el agricultor está forzado por contrato a regresar a la compañía el año siguiente para comprar más semilla patentada.

Empresas gigantes como la Monsanto mandan inspectores --la "policía de la semilla"-- para que tomen muestras de la cosecha de los agricultores para hacer valer estos contratos. La Monsanto ha colocado anuncios en las revistas agrícolas advirtiendo a cualquiera que viole estas condiciones de que está "cometiendo un acto de piratería que podría costarle a un agricultor cientos de dólares por acre en pagos directos y gastos legales, además de muchos años de inspecciones de la finca y de los libros de contabilidad".

En 1998 la Monsanto anunció que ya había entablado 475 demandas por "piratería de semillas" a nivel nacional y estaba investigando 250 casos más basados en unos 1 800 "informes" en 20 estados. La compañía había ganado demandas judiciales en Estados Unidos que variaban entre 10 mil y 35 mil dólares, llevando a agricultores ya muy endeudados al borde de la insolvencia y a la venta hipotecaria de sus fincas.

En Canadá, para mediados de 1999 la Monsanto había logrado acuerdos fuera de la corte en ocho casos y estaba persiguiendo otros casos. Este monopolio de granos ganó una demanda judicial contra un productor de colza en Saskatchewan cuyo cultivo incluía plantas que habían crecido de semillas traídas por el viento de un campo vecino.

Los monopolios agropecuarios también están patentando plantas cuyas semillas no pueden germinar: ¡una cosecha de mulas!

Leyes del sistema del mercado

Pero las semillas transgénicas tampoco representan algo especial en este sentido. Son simplemente una de las múltiples formas en que los pequeños agricultores se ven exprimidos entre los crecientes precios de los insumos que tienen que comprar de los dueños de un grupo de enormes empresas capitalistas, y la presión por parte de los mismos monopolios que tiende a deprimir los precios que reciben por su grano, ganado, leche u otros productos.

Esta es otra consecuencia más de las leyes del sistema del mercado que fomentan la llamada "agricultura por contrato", la cual encadena a los productores de puercos, pollos, ganado y una variedad de vegetales a las grandes corporaciones que dictan cada aspecto de sus métodos y a las cuales están obligadas a vender sus productos a precios fijos.

En breve, el creciente uso de las semillas modificadas genéticamente es uno de los muchos factores que están acelerando la proletarización de una capa tras otra de pequeños agricultores, tanto en Norteamérica como en el resto del mundo.

Pero la oposición a los avances de la ciencia agrícola no beneficia de ninguna manera los intereses de los pequeños agricultores y de sus aliados en el movimiento obrero, como tampoco les benefició a los trabajadores a principios del siglo 19 el oponerse a la introducción del telar mecánico y otra maquinaria.

"Si la maquinaria es el instrumento más formidable que existe para intensificar la productividad del trabajo, es decir, para acortar el tiempo de trabajo necesario en la producción de una mercancía", escribió Marx en El capital, "como depositaria del capital, comienza siendo, en las industrias de que se adueña directamente, el medio más formidable para prolongar la jornada de trabajo haciéndola rebasar todos los límites naturales». (El capital, tomo 1, pág. 331.)

Estos nuevos instrumentos «que ahorran trabajo» no sólo permiten que los capitalistas prolonguen las horas de trabajo, aceleren la producción y echen a la calle a trabajadores desempleados, señaló Marx, sino que el trabajo fabril «ahoga el juego variado de los músculos y confisca toda la libre actividad física y espiritual del obrero». (El capital, tomo 1, pág. 350.)

Por eso, dijo Marx, en los primeros años del siglo 19 algunos trabajadores organizaron lo que se llegó a conocer como el movimiento luddista, asaltando talleres y destruyendo las máquinas nuevas.

«Hubo de pasar tiempo y acumularle experiencia antes de que el obrero supiese distinguir la maquinaria de su empleo capitalista», escribió Marx, «acostumbrándose por tanto a desviar sus ataques de los medios materiales de producción para dirigirlos contra su forma social de explotación». (El capital, tomo 1, pp. 355.)

(Continuará en la próxima edición)


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