|
|  | 
UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR septiembre de 2001 Vol. 25 No. 08
Editorial Pathfinder
El 'viraje francés' en Estados Unidos
Undécimo capítulo de 'La historia del trotskismo norteamericano'
Por James P. Cannon
[A continuación publicamos el undécimo capítulo de La historia del trotskismo estadounidense, 1928-38: informe de un partícipe, la traducción de The History of American Trotskyism, 1928-38: Report of a Participant, por James P. Cannon. El libro comprende una serie de 12 conferencias públicas que Cannon dio en 1942 en Nueva York. Uno de los dirigentes fundadores del Partido Comunista de Estados Unidos tras la revolución rusa de octubre de 1917, Cannon fue uno de los principales dirigentes fundadores del Partido Socialista de los Trabajadores en 1938.
[Perspectiva Mundial está publicando este libro por entregas, capítulo por capítulo. Los subtítulos son de Perspectiva Mundial. Publicado con autorización; derechos reservados © 1944, 2000 Pathfinder Press.]
v
La última conferencia nos llevó hasta la conclusión de la lucha interna con los sectarios oehlerianos en el pleno de octubre de 1935. Tras cuatro meses de discusiones y lucha fraccional la correlación de fuerzas del pleno de junio había cambiado de manera radical. En el pleno de junio la minoría había captado a la mayoría en las filas del partido. Además, el bloque tácito de los ultraizquierdistas oehlerianos con las fuerzas de Muste, el cual nos había hecho frente en el pleno de junio, se había disuelto para el pleno de octubre. Allí el propio Muste creyó necesario presentar la resolución --que había sido redactada de manera conjunta por la fracción de Muste y la fracción de Cannon-Shachtman--, que sentaba las condiciones bajo las que los oehlerianos podían permanecer en el partido. A la luz de la actitud desleal que habían adoptado los oehlerianos, se discernía que eso señalaría su retiro del partido. Así fue. El no cumplir las regulaciones disciplinarias del pleno de octubre resultó en su expulsión.
De la experiencia de Muste en su bloque infausto con Oehler se podría sacar cierta lección política. Para un grupo político, las combinaciones que pasan por alto los principios terminan inevitablemente en desastre. Tales bloques no se pueden mantener. El error de Muste al jugar con los oehlerianos en el pleno de junio y después de él, había minado enormemente su posición dentro del partido ante aquellos que tomaban los programas políticos con seriedad. Sin embargo, se debe admitir que logró salir de su insostenible situación de una forma mucho más creíble de lo que luego haría Shachtman en su bloque sin principios con Burnham. Muste, tan pronto se percató que la fracción de Oehler era desleal al partido y que se iba a escindir de nosotros, no se anduvo con ceremonias y rompió relaciones con ellos. Luego se nos unió para hacerlos a un lado y, al final, para expulsarlos del partido. Shachtman siguió prendido del faldón de Burnham hasta el final, hasta que Burnham se lo sacudió.
Después de la salida de los sectarios, prevaleció en el partido una tregua incómoda entre las dos fracciones: la fracción de Muste, que contaba con el apoyo de los abernistas y la fracción de Cannon-Shachtman, que para ese entonces se había convertido en la mayoría tanto en el Comité Nacional como entre la militancia. Era una tregua incómoda que se basaba en una suerte de seudoacuerdo sobre cuáles debían ser las tareas prácticas del partido. El fantasma del Ala Izquierda del Partido Socialista aún se cernía sobre el Partido de los Trabajadores. Si bien persistía el problema, los medios para resolverlo aún no habían madurado. Incluso después del pleno de octubre de 1935 no hicimos una propuesta para entrar al PS. Esto no se debió --como se nos acusó con frecuencia y como tal vez algunos camaradas se inclinan a creer-- a que estábamos disimulando y tratando de maniobrar para que el partido entrara al PS sin el conocimiento y el consentimiento de la militancia. Se debió a que la situación en el Partido Socialista, por aquel entonces, no le permitía a nuestro grupo la posibilidad de unírsele. En tanto "la vieja guardia" del Ala Derecha controlara la organización en Nueva York, el ingreso de los trotskistas estaba mecánicamente excluido. La "vieja guardia" no lo permitiría jamás. En consecuencia, no hicimos tal propuesta.
Actitud hacia el PS
Por aquella época, en efecto, había habido una reunión del Comité Nacional del Partido Socialista, en la cual los raquíticos "militantes" capitularon vergonzosamente ante el Ala Derecha. Las filas del grupo de los "militantes" se alzaron contra dicha acción, y con su presión empujaron a la dirección de nuevo hacia la izquierda. Aún era imposible decir con certeza cuál sería el desenlace de la lucha en el Partido Socialista. Sólo podíamos esperar y ver. Todavía no podíamos resolver el problema fundamental del Partido Socialista ya que la situación del mismo aún no había cuajado.
Durante todo este tiempo, los trabajadores avanzados, los no afiliados pero más o menos radicales y con conciencia de clase, concentraban su atención en el Partido Socialista porque era un partido más grande. Decían: "Esperemos a ver quién va a ser el verdadero heredero del movimiento radical de Estados Unidos, si el Partido Socialista o el Partido de los Trabajadores. Veamos si el Partido Socialista de verdad vira hacia la izquierda. En ese caso podemos afiliarnos a un partido revolucionario que es más grande que el Partido de los Trabajadores". Bajo tales condiciones era extremadamente difícil reclutar al Partido de los Trabajadores.
A pesar de que en ese entonces no había propuestas de ninguna de las fracciones respecto de la otra sobre la cuestión del Partido Socialista, había una fricción constante dentro del Partido de los Trabajadores. Supuestamente todos estábamos de acuerdo en construir el PT, en conducir nuestra agitación independiente, etcétera. Dijimos que no teníamos una propuesta para entrar al Partido Socialista. Y ellos no habrían podido oponerse a tal propuesta sobre la base de principios puesto que ya habían respaldado el "viraje francés".
Sin embargo, había una diferencia en la forma en que las fracciones percibían el problema. Ellos veían la efervescencia en el Partido Socialista como algo fastidioso, algo que se debía evitar. Cada vez que algo interesante hacía despertar una nueva atención en la lucha fraccional dentro del PS, se resentían porque eso le restaba atención a nuestra propia organización. Consideraban al Partido Socialista tan sólo como una organización rival y no percibían las corrientes ni las tendencias en conflicto, algunas de las cuales estaban destinadas a marchar junto a nosotros. Era un enfoque organizativo. Creo que esa es la forma adecuada de caracterizar la actitud de Muste en aquel momento. "No hay que prestarle atención al PS; es una organización rival". A un nivel formal era así. Sin embargo, el Partido Socialista no era un cuerpo homogéneo. Algunos de sus elementos eran enemigos irreconciliables de la revolución socialista; otros tenían la capacidad de llegar a ser bolcheviques. La lealtad y el orgullo con la organización son cualidades absolutamente indispensables de un movimiento revolucionario. Sin embargo, el fetichismo organizativo --en especial por parte de una organización pequeña que aún no ha hecho valer su derecho al liderazgo--, se puede llegar a convertir en una tendencia desorientadora. Y así fue.
Nosotros enfocábamos el problema desde una óptica distinta, desde el ángulo no tanto organizativo como político. No veíamos la efervescencia del Partido Socialista como una distracción molesta que nos iba a alejar de la labor de forjar nuestro propio partido. Veíamos en ella una oportunidad que no se debía dejar escapar a fin de lograr el avance de nuestro movimiento sin importar la forma organizativa que al final pudiera asumir. Nos inclinábamos a orientarnos hacia ella, para tratar de influenciarla de alguna forma. Como decía, las propuestas prácticas que planteaban las dos fracciones en aquel momento no eran tan distintas. Sin embargo, la diferencia de actitud sobre el problema del Partido Socialista era fundamental y de seguro algo que tarde o temprano nos haría entrar en conflicto.
La cuestión organizativa es importante, pero lo decisivo es la línea política. Nadie que no entienda que la cuestión política está por encima de la organizativa logrará crear una organización revolucionaria. Las cuestiones organizativas son importantes sólo en tanto sirven a la línea política, a un fin político; por sí solas no tienen mérito alguno. Durante este periodo particular, mientras el asunto del Partido Socialista seguía sin resolverse, la posición de Muste parecía ser más positiva y mejor definida que la nuestra. La receta sencilla de Muste les resultaba atractiva a algunos camaradas. "Guardemos distancia del Partido Socialista y forjemos nuestro propio partido": bien definida y positiva. Sin embargo, la superioridad de la fórmula de Muste era sólo la apariencia exterior. En el instante que sucedía algo nuevo en el PS --y era este el fastidio eterno de los musteístas, siempre estaba ocurriendo algo en aquel caldero hirviente-- teníamos que prestarle atención y escribir al respecto en nuestra prensa.
Y esta vez sí ocurrió algo. Los sucesos dieron un nuevo viraje que resolvió todas las dudas que teníamos al respecto y planteó de la forma más directa la cuestión de la entrada o no entrada al PS. Agobiado por las fracciones, en diciembre de 1935 el Partido Socialista se comenzó a dividir abiertamente. El Ala Derecha, que controlaba el aparato en Nueva York, se vio enfrentada en el Comité Central de la Ciudad --un cuerpo de delegados de las ramas-- con la fuerza creciente del Ala Izquierda y la mayoría que ésta tenía allí. En vez de reconocer a esta mayoría y dejar que operara el proceso democrático, el Ala Derecha mostró los dientes, como hacen siempre en estas situaciones los "demócratas" socialistas profesionales. Naturalmente, dieron media vuelta, expulsaron a un número de ramas de "militantes" y las reorganizaron, precipitándose así la escisión.
En este caso, como en ejemplos pasados, se nos reveló la verdadera esencia de la llamada democracia del Partido Socialista y de todos los grupos pequeñoburgueses que ponen el grito en el cielo ante los métodos dictatoriales y la aspereza del bolchevismo. En el instante en que se la pone a prueba, todo lo que dicen de democracia resulta ser presunción y fraude. Hablan contra el bolchevismo en nombre de la democracia; pero si están en juego sus intereses y su control, no ceden jamás ante la mayoría democrática de las filas. Estas organizaciones tienen una seudodemocracia que permite hablar y criticar mucho, siempre y cuando esas frases y esas críticas no atenten contra el control de la organización. Sin embargo, en el momento en que se desafía su mandato, recurren a las represiones burocráticas más brutales contra la mayoría. Esto es cierto de todos ellos, toda suerte de opositores del bolchevismo en el terreno organizativo. Incluso el santificado Norman Thomas no fue una excepción, como lo voy a demostrar más adelante. A propósito, eso también es cierto de todos los grupos sectarios, sin excepción, que se escindieron de la Cuarta Internacional, los cuales armaron un gran escándalo por la falta de democracia dentro del movimiento trotskista. En el momento en que montaron sus propias organizaciones, establecieron verdaderos despotismos. Por ejemplo, tan pronto se constituyó el grupo de Oehler como organización independiente y la gente que se había dejado seducir por sus llamados contra el terrible burocratismo de la organización trotskista recibió una sacudida áspera. Se hallaron frente a la caricatura más rígida y despótica del burocratismo.
Para nosotros estaba claro que la escisión en Nueva York del Ala Derecha del Partido Socialista anunciaba la escisión a nivel nacional. El Ala Derecha del Partido Socialista estaba determinada, por motivos propios, a desvincularse de las bases militantes y de los elementos jóvenes del PS que hablaban de revolución. Era algo que consideraban cosa del pasado. Tenían la vista puesta en las elecciones nacionales de 1936 y ya en sus propias mentes sin duda alguna habían arribado a la posición de apoyar a Roosevelt. Sólo andaban buscando un buen pretexto para romper relaciones con los militantes de filas y con los jóvenes que aún tomaban el socialismo en serio.
Había llegado la hora
La escisión de Nueva York nos demostró que había llegado la hora de actuar sin demora. Sucede que yo estaba en Minneapolis cuando ocurrió la explosión en la organización del PS en Nueva York. Aquí se repetía de manera impactante el proceso de 1934. El impulso de acelerar la fusión con el Partido Estadounidense de los Trabajadores surgió de un intercambio sostenido allá durante la huelga. Y ahora, por segunda vez, la iniciativa de efectuar un viraje político agudo vino de una conferencia informal que tuve con camaradas dirigentes en Minneapolis.
Llegamos a la conclusión de que debíamos proceder --sin dejar que ocurriera un atraso innecesario de ni siquiera un día--, a entrar al Partido Socialista mientras éste permanecía en un estado de fluidez, antes de que tuviera tiempo de cristalizarse una nueva burocracia y antes de que se pudiera consolidar la influencia de los estalinistas. Todo el liderazgo de nuestra fracción, la fracción de Cannon-Shachtman, estaba de acuerdo con esta línea. Las bases de la fracción se habían preparado y educado bien en la prolongada lucha interna y habían asimilado de lleno la línea política de la dirección. Apoyaban este plan de forma unánime. Habían superado todos los prejuicios respecto al "viraje francés", al principio de "independencia" y al resto de letanías de los fraseólogos sectarios. Cuando surgió la oportunidad de realizar un viraje que ofrecía la posibilidad de una ventaja política, estaban listos para proceder. Había llegado la hora de actuar.
Todo dependía entonces de la cuestión de actuar sin demorar demasiado, sin juguetear, sin indecisión o vacilaciones. La propaganda cotidiana, que se realiza constantemente, de ninguna manera es suficiente por sí sola para construir un partido ni para permitirle que crezca con rapidez. La exposición cotidiana de los principios tampoco es suficiente. Un partido político debe saber qué hacer a continuación, y hacerlo antes de que sea demasiado tarde. En este caso particular, lo que teníamos que hacer a continuación, si queríamos aprovechar una gran situación de fluidez en la vanguardia del movimiento de trabajadores, era avanzar hacia el PS, echar mano de la oportunidad antes que se nos escapara, y dar un paso al frente efectuando una fusión de los trabajadores trotskistas con los militantes de base y los jóvenes del Partido Socialista, quienes tenían al menos el deseo subjetivo de ser revolucionarios y marchaban en nuestra dirección.
'Martillar cuando el hierro está caliente'
Hay una expresión, un buen lema norteamericano que dice que hay que martillar mientras el hierro está caliente. No sé cuántos de ustedes se den cuenta de lo vívida que puede parecerle esta expresión a alguien que la entiende desde un punto de vista mecánico. En la política ese ha sido siempre mi lema favorito y siempre evoca la visión de una herrería allá en mi pueblo, donde de muchachos solíamos pasárnosla fascinados por el herrero, quien ante nuestros ojos era una figura heroica. El se tomaba su tiempo, fumaba su pipa de forma muy relajada y hablaba con la gente del clima y de la política local. Cuando llevaban un caballo para herrarlo, el herrero bombeaba lentamente el fuelle bajo la fragua, todavía de forma relajada, hasta que el fuego alcanzaba un rojo blanco y la herradura se ponía al rojo candente. Luego, en el momento preciso, el herrero se transformaba. Se deshacía de su letargo, agarraba la herradura con sus tenazas, la ponía sobre el yunque y comenzaba a martillarla mientras estaba al rojo candente. De lo contrario, la herradura perdía su maleabilidad y él no podía darle la forma apropiada. Si hubiésemos dejado enfriar la oportunidad en el PS, se nos habría escapado. Debíamos martillar mientras el hierro estaba candente. Existía el peligro de que los estalinistas --quienes estaban poniendo una enorme presión sobre el PS-- se nos adelantaran y repitieran su proeza de España. Existía el peligro de que los lovestonistas --quienes en cuanto a afinidad política estaban desde luego más cerca de los socialistas norteamericanos que nosotros, ya que ellos no eran nada más que unos centristas--, entendieran cuál era su próxima seña y se nos adelantaran a entrar al Partido Socialista.
Teníamos que librar dos pequeños obstáculos antes de que pudiésemos efectuar nuestra entrada. Primero, teníamos que organizar un congreso del partido para sancionar dicha acción. Segundo, teníamos que obtener permiso de los dirigentes del Partido Socialista antes de que pudiéramos unirnos a él. Antes de nuestro congreso tuvimos que pasar por una lucha fraccional feroz más con los musteístas, quienes llamaron a su cohorte para que librara un último esfuerzo para salvar la "independencia" y la "integridad" del Partido de los Trabajadores. Combatieron con un celo santo nuestra propuesta de disolver la iglesia del Señor e ir a unirnos a los heréticos socialistas. Defendían la "independencia" del Partido de los Trabajadores como si se tratara del Arca de la Alianza y nosotros estuviésemos poniéndole nuestras manos profanas encima. Sin duda se trataba de una lucha feroz que tenía elementos de fanatismo semi religioso. Pero de nada les sirvió. La gran mayoría de los miembros del partido desde un comienzo estuvo claramente a nuestro favor.
Comenzamos negociaciones con los dirigentes de los "militantes" sobre los términos y condiciones de nuestra entrada al Partido Socialista. Las negociaciones con estos héroes de cartón piedra fueron un espectáculo digno de dioses y de hombres. Jamás las he de olvidar. Creo que durante toda mi larga y diversa experiencia --que ha ido desde lo sublime hasta lo ridículo y viceversa--, nunca me topé con nada tan fabuloso y fantástico como las negociaciones con los jefes del grupo de los "militantes" del Partido Socialista. Todos ellos eran figuras pasajeras, importantes por un día. Sin embargo, no lo sabían. Se veían en un espejo que los distorsionaba y por un periodo breve imaginaron que eran dirigentes revolucionarios. Más allá de su imaginación, no había base alguna para que presumieran que estaban calificados para dirigir nada o a nadie, mucho menos a un partido revolucionario que requiere de cualidades y rasgos de carácter un tanto diferentes de los de la dirección de otros movimientos. Carecían de experiencia y no se les había puesto a prueba. Eran ignorantes, faltos de talento, pobres de mente, débiles, cobardes, traicioneros y vanidosos. Y tenían además otras faltas. Nuestra solicitud de entrada a su partido los puso en un dilema. La mayoría de ellos nos quería dentro del partido como contrapeso del Ala Derecha y para protegerse de los estalinistas, a quienes por un lado les tenían un miedo mortal y, por el otro, tendían a acercárseles. Nos querían dentro del partido y tenían miedo de lo que íbamos a hacer una vez adentro. No supieron con seguridad, desde un principio hasta el fin, lo que en realidad querían. Por encima de todo, también nos tocaba ayudarles a que decidieran.
Estaba Zam, ex-lovestonista y renegado comunista quien iba de regreso a la socialdemocracia. Cuando iba rumbo a la derecha se topó con algunos jóvenes socialistas que viajaban hacia la izquierda y por un momento pareció que estaban de acuerdo. Sin embargo, en realidad no era así; apenas se habían encontrado en la encrucijada.
Estaba Gus Tyler, un muchacho muy listo, cuyo único defecto era su falta de carácter. El se podía parar y debatir el problema de la guerra desde la perspectiva de Lenin con cualquiera de los dirigentes estalinistas --y plantear correctamente la posición leninista-- y luego se iba a trabajar para los farsantes del sindicato de la aguja, para hacer "trabajo educativo" para el programa de estos, incluido su programa sobre la guerra, para después preguntarse por qué la gente se sorprendía o se indignaba por ello. La gente sin carácter es como la gente que carece de inteligencia. No entienden por qué a los demás eso les parece extraño.
Estaba Murry Baron, un brillante joven universitario que también se consiguió un trabajo como dirigente sindical a regañadientes de Dubinsky. Vivía bien y le parecía importante no dejar de hacerlo. Al mismo tiempo, se aficionaba a la tarea de dirigir un movimiento revolucionario, como alguien que adquiere un pasatiempo.
Estaban Biemiller y Porter de Wisconsin, compañeros que para la edad de 30 años ya habían adquirido todas las cualidades seniles de los socialdemócratas europeos. Al apagárseles la llama del idealismo, si es que alguna vez la tuvieron, se acomodaban para dedicarse a fingir trabajo sindical durante la semana y dárselas de radicales los domingos. Casi todos ellos eran del mismo tipo, y era un tipo muy pobre. Eran ellos, no obstante, los dirigentes del Ala Izquierda del Partido Socialista, y con todos ellos teníamos que negociar, entre ellos Norman Thomas, quien nominalmente encabezaba el partido y quien, como Trotsky explicó tan bien, se reclamaba socialista debido a un mal entendido.
Nuestro problema consistía en llegar a un acuerdo con esa chusma para que nos admitieran en el Partido Socialista. Para conseguirlo teníamos que negociar. Fue una labor difícil e incómoda, muy desagradable. Pero eso no nos disuadió. Un trotskista hará por el partido lo que sea, hasta arrastrarse en el fango. Conseguimos que negociaran y al final logramos ser admitidos valiéndonos de todo tipo de recursos y pagando un precio muy alto. No consistió sencillamente en llamarlos por teléfono y decirles: "Reunámonos el martes a las dos y discutamos el asunto". Fue un proceso largo, intrincado y tormentoso. Mientras negociábamos de manera formal y colectiva, también trabajábamos diversos ángulos a nivel individual. Uno de ellos era Zam, el comunista renegado que parecía pensar que como queríamos unirnos al Partido Socialista, también nosotros íbamos a renegar nuestro poquito. El tenía razones personales para querer que entráramos al PS y facilitó nuestra admisión. Tenía un miedo mortal de los estalinistas y creía que nosotros seríamos un contrapeso y un antídoto contra ellos. Las discusiones privadas con él siempre precedían a las discusiónes formales con los dirigentes. Siempre sabíamos de antemano lo que estaban planeando.
Aparte de todas esas otras cosas, no tenían una solidaridad interna ni se respetaban entre sí y, como es natural, sacamos ventaja de eso. Otra de las operaciones laterales independientes que precedió a nuestra entrada se dio con el propio Thomas. El último acto progresista en la vida y en la carrera de Sidney Hook fue el organizar el encuentro de Thomas con los trotskistas. Quizás creía que todavía nos debía algún favor. Posiblemente se sintió conmovido por los recuerdos sentimentales de su juventud cuando había creído que la revolución era algo buenísimo. Como sea, organizó una reunión con Thomas, con lo que se aumentó la presión sobre el grupo de los "militantes". Finalmente aceptaron dejarnos entrar, pero nos hicieron pagar.
Condiciones severas de ingreso
Nos impusieron condiciones muy severas. Tuvimos que renunciar a nuestra prensa, a pesar del hecho que la tradición del Partido Socialista había consistido en permitir que cualquier fracción mantuviera su propia prensa y a pesar del hecho que Call [Llamada] de los socialistas había comenzado como el órgano de la fracción de los "militantes". Cualquier sección u organización estatal o local que deseara tener su propia prensa había sido libre de hacerlo. A nosotros nos impusieron condiciones especiales, que no íbamos a tener prensa. Nos hicieron que renunciáramos al Militant y a nuestra revista New International [Nueva Internacional]. Tampoco nos permitieron el honor y la dignidad de unirnos como un cuerpo y de ser acogidos como un cuerpo. No, teníamos que afiliarnos como individuos, contando cada una de las ramas locales del Partido Socialista con la opción de rehusar admitirnos si así lo deseaban. Teníamos que afiliarnos de forma individual porque querían humillarnos, para que pareciera que sencillamente estábamos disolviendo nuestro partido, rompiendo de forma humilde con nuestro pasado y comenzando de nuevo como discípulos del grupo de los "militantes" del PS. Fue algo bastante irritante, pero no nos apartamos de nuestra trayectoria sólo por sentimientos personales. Habíamos pasado demasiado tiempo en la escuela leninista para eso. Teníamos objetivos políticos que cumplir. Por eso, a pesar de condiciones harto onerosas, jamás rompimos las negociaciones y nunca les dimos excusa alguna para que las suspendieran de su parte. Cada vez que daban señales de indiferencia o de una actitud evasiva, no les dábamos cuartel y manteníamos vivas las negociaciones.
Mientras tanto nuestro propio partido iba rumbo a su congreso. Pronto se revelaría que una mayoría decisiva del partido apoyaba las propuestas del grupo de Cannon-Shachtman para entrar al Partido Socialista. Nuestra propuesta también contaba con el apoyo de Trotsky. Esto fue un factor considerable al asegurarle a las filas del partido que era una buena medida táctica, que no se debía entender como una renuncia de los principios, como la habían presentado los oehlerianos. El congreso de marzo de 1936, que debía poner el sello sobre la decisión, fue una formalidad. Era abrumadora la mayoría que estaba a favor de la propuesta para entrar al Partido Socialista. La oposición quedó reducida a un grupo tan pequeño que prácticamente no tuvo más alternativa que aceptar la decisión, someterse a la disciplina y aceptar ir junto a nosotros al Partido Socialista.
Estalinistas en Allentown
En este congreso sentimos cierto culatazo a partir de algunas de las políticas sin principios que se habían llevado a cabo en el verano. Era un castigo cruel por realizar combinaciones carentes de principios. En ese caso, era resultado del incidente ocurrido en Allentown, el cual ha cobrado mucha fama en la historia de nuestro partido y que sigue vivo en la memoria de quienes pasaron por las luchas de aquellos días. Allentown había sido uno de los principales centros del Partido Estadounidense de los Trabajadores. En su totalidad la organización --que era bastante grande y que componía la dirección de un movimiento substancial de trabajadores desempleados organizados en las Ligas Nacionales de Desempleados-- la conformaban allí ex-musteístas. La mayor parte de los miembros de Allentown había estado en el movimiento poco tiempo. Habían llegado al Partido Estadounidense de los Trabajadores por medio de actividades de los desempleados y necesitaban una educación política marxista para que el fruto de su trabajo de masas pudiera al final transformarse en logros políticos y que se estableciera allí un firme núcleo político del partido. Enviamos algunos camaradas para que les ayudaran en ese aspecto. Para la juventud se envió a un joven camarada llamado Stiler. Para el movimiento adulto se envió a Sam Gordon. Su función, a la vez de participar en las acciones de masas, consistía en ayudar en la educación marxista de estos camaradas de Allentown, quienes demostraban una firme voluntad de fundirse con nosotros tanto ideológica como organizativamente. La lucha fraccional puso freno a esos planes y Allentown se convirtió en un centro de infección durante todo ese periodo.
La traición de Stiler resultó en una de las peores complicaciones. Se le envió allá con la confianza del partido, pero sucumbió ante aquel entorno retrógrado. Stiler se convirtió en instrumento y defensor de los peores elementos del Partido Estadounidense de los Trabajadores que tenían su centro en Allentown. Un hombre llamado Reich y otro llamado Hallett tenían estrechos contactos con uno de los dirigentes nacionales de los musteístas, Arnold Johnson. Ellos utilizaron a Allentown como base de oposición contra cualquier tendencia progresiva del partido. Una y otra vez la organización de Allentown se desviaba de la línea del partido en el trabajo de masas en dirección del estalinismo. Sam Gordon intervenía y se desataba una gran pelea a nivel local. Entonces, o iban representantes del Comité Nacional a Allentown, o venía una delegación a Nueva York a discutir el asunto. Hablábamos y discutíamos horas enteras en un esfuerzo de aclarar el asunto y educar a los camaradas de Allentown. Al principio no sospechábamos nada, pero conforme los incidentes iban pasando, nos fuimos dando cuenta que cada vez que había un estallido, presentaba siempre una misma característica inconfundible.
No importaba cómo comenzaba la riña o de qué se podría tratar la siguiente disputa, siempre se notaba una mancha de la ideología estalinista en la posición de los camaradas de Allentown. Al principio creíamos en la probabilidad de que estas desviaciones eran tan sólo tendencias, la expresión del peso de las presiones del movimiento estalinista sobre ellos y no la labor deliberada de verdaderos agentes estalinistas en nuestras filas. Seguimos brindándoles el beneficio de la duda, aun cuando comenzaron a manifestar deslealtad a nivel organizativo, a romper la disciplina y la unidad de acción con el Partido de los Trabajadores y a trabajar al unísono con el grupo de los estalinistas hasta contra sus propios camaradas en la Liga de los Desempleados. Seguimos peleando con ellos, pero nuestro objetivo era de carácter puramente educativo.
Nuestro movimiento siempre ha tenido la política de usar incidentes como este, errores y desviaciones de los principios del partido, no a fin de montar cacerías humanas, sino como una ocasión para explicar concretamente y en detalle las doctrinas del marxismo y de esa manera ayudar a la educación de los camaradas. Muchos camaradas del partido han recibido su verdadera educación sobre el significado del bolchevismo a partir de estas discusiones educativas conducidas en base a algún incidente concreto u otro. En este caso buscamos emplear ese método.
Tratamos de educar no sólo a los camaradas envueltos en Allentown, sino a todo el partido sobre lo que, en el sentido revolucionario, significa la conciliación con el estalinismo. Sin embargo, esta labor se vio obstaculizada por el hecho de que ellos eran amigos personales de Muste y él los protegía. Por razones fraccionales él protegía a sus amigos contra aquello, de quienes él admitía, defendían una línea política correcta. En vez de tomar una posición clara con nosotros, y unírsenos para ejercer presión sobre la gente de Allentown, se plantaba entre ellos y nosotros, ofuscaba el asunto e impedía que se tomara cualquier medida disciplinaria inclusive en las más flagrantes violaciones. Cegado por la intensidad de la lucha fraccional, Muste planteaba la cuestión sobre una base fraccional, protegiendo a sus amigos. Esa es una de las ofensas más graves contra el partido revolucionario. Lo que se debe proteger en el partido, ante todo, son los principios del bolchevismo. Si uno tiene amigos, lo mejor que puede hacer por ellos es enseñarles los principios del bolchevismo y no protegerlos en su error. Si uno hace eso, sucede que no sólo sus amigos se van al demonio, sino que uno se va con ellos. Las amistades están bien en el Tammany Hall, que se basa en el intercambio de favores personales. Pero la amistad, que es algo muy bueno en la vida personal, se debe subordinar siempre a los principios y a los intereses del movimiento. En una ocasión le dije a Muste: "Un día de estos te vas a horrorizar cuando despiertes y descubras a un núcleo estalinista en Allentown que esté intentando traicionar al partido".
No escuchaba, sino que persistía en su curso fatal. Y fueron cómplices de este crimen gente que sabía que no debían hacerlo. Muste no era alguien con mucha experiencia con la tradición y las doctrinas del bolchevismo. Eso se puede decir de él como atenuante. Sin embargo, por razones fraccionales Muste fue apoyado e incitado en esta defensa de las tendencias y elementos estalinistas por Abern y su pequeña camarilla. Y no voy a decir nada más de esta gente aquí, por que ya he dicho todo lo que necesitaba decir de ellos en mi libro: The Struggle for a Proletarian Party [La lucha por un partido proletario].
Esta aventura de Muste y Abern provocó un fuerte culatazo en el congreso de marzo de 1936. Entonces, como pago por haber mimado, encubierto y protegido a las tendencias estalinistas de Allentown, a Muste lo premiaron con el anuncio en el Daily Worker [Obrero diario], el día que se inauguró nuestro congreso, de que Reich, Hallett y Johnson ¡se habían afiliado al Partido Comunista! Los "amigos" de Muste emitieron una declaración en la que denunciaron a los "contrarrevolucionarios trotskistas", la misma mañana en que se inauguraba nuestro congreso. Este fue el último golpe devastador contra la fracción de Muste-Abern, la cual estaba ya bastante desacreditada. Tuvieron que sufrir la última vergüenza de ver cómo un grupo de gente --a quienes ellos habían protegido por razones fraccionales--, resultaron ser agentes estalinistas que trataban de desmoralizar y dividir nuestro congreso el día de su inauguración. Por fortuna, los traidores estaban completamente aislados; sus acciones fueron sólo un episodio personal y no crearon el menor disturbio en el congreso ni en el partido. Sólo sirvió para desacreditar a la fracción que los había encubierto tan ciegamente en los meses previos. Por la misma razón, este desenlace reforzó la autoridad de la fracción mayoritaria, la cual había seguido una clara línea de principios y que para nada se había involucrado en el escándalo.
Ingreso al PS
Contábamos con la abrumadora mayoría en el congreso. La minoría, que para entonces era una minoría ínfima, aceptó la decisión. No les quedaba otra. En el congreso del Partido Socialista celebrado en Cleveland unas semanas más tarde, se completó la escisión a nivel nacional con el Ala Derecha, y nuestros miembros en todo el país comenzaron a afiliarse al Partido Socialista como individuos guiados por la dirección nacional. Incluso en tal fecha sospechábamos una posible traición. Nuestro consejo a todos los camaradas era: "De prisa, no se demoren. No regateen condiciones, sino que ingresen al Partido Socialista mientras haya tiempo. No aguarden por concesiones formales que les den a ellos pretextos para reconsiderar la cuestión y cambien de parecer".
No nos dieron la bienvenida, ni un saludo amistoso o un anuncio en la prensa del Partido Socialista. No nos ofrecieron nada. Esos tacaños no le ofrecieron a ninguno de los dirigentes de nuestro partido nada más allá de un puesto como organizador de la rama, a ninguno. Los estalinistas gritaban a todo pulmón: "Jamás van a lograr digerir a esos trotskistas". Les advertían de lo que iba a pasar una vez que los trotskistas entraran. Y eso estaba matando de miedo a los "militantes". Fue una mezquindad la forma en que nos recibieron. Si hubiésemos sido gentes subjetivas preocupadas por nuestro honor, habríamos dicho: "¡Al diablo con todo esto!" y nos hubiéramos marchado. Sin embargo, no lo hicimos porque teníamos objetivos políticos que cumplir.
No interpretamos todas esas concesiones humillantes que habíamos hecho como una conciliación con los centristas. Sencillamente nos dijimos: ese es el chantaje que estamos pagando por el privilegio de llevar a cabo una tarea política de importancia histórica.
Entramos al Partido Socialista llenos de seguridad porque sabíamos que contábamos con un grupo disciplinado y con un programa que estaba destinado a prevalecer. Poco después, cuando los dirigentes del Partido Socialista comenzaron a arrepentirse de todo el asunto, como deseando que nunca hubieran escuchado el nombre del trotskismo, deseando reconsiderar su decisión de admitirnos, ya era demasiado tarde. Nuestra gente ya estaba adentro del Partido Socialista y comenzaba su labor de integrarse a las organizaciones locales.
En el ultimo número del Militant, que se editó en junio de 1936, publicamos una declaración para anunciar que nos afiliábamos al Partido Socialista y que suspendíamos el Militant. Planteamos nuestra posición de forma muy clara para evitar que nadie nos mal entendiera; nadie podía tener bases para creer que nos afiliábamos como capituladores o renegados del comunismo. Dijimos: "Entramos al Partido Socialista como somos, con nuestras ideas". Esas ideas capaces de conquistar el mundo de nuevo estaban en marcha. Y delante nuestro teníamos un año de trabajofructífero dentro del Partido Socialista.
|