|
|  | 
UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR julio-agosto de 2001 Vol. 25 No. 07
Especial de Pathfinder
La lucha contra el sectarismo
Décimo capítulo de 'La historia del trotskismo norteamericano'
[A continuación publicamos el décimo capítulo de La historia del trotskismo estadounidense, 1928-38: informe de un partícipe, la traducción de The History of American Trotskyism, 1928-38: Report of a Participant, por James P. Cannon. El libro comprende una serie de 12 conferencias públicas que Cannon dio en 1942 en Nueva York. Uno de los dirigentes fundadores del Partido Comunista de Estados Unidos tras la revolución rusa de octubre de 1917, Cannon fue uno de los principales dirigentes fundadores del Partido Socialista de los Trabajadores en 1938.
[Perspectiva Mundial está publicando este libro por entregas, capítulo por capítulo. Los subtítulos son de Perspectiva Mundial. Publicado con autorización; derechos reservados © 1944, 2000 Pathfinder Press.]
La unificación formal de la Liga Comunista y el Partido Estadounidense de los Trabajadores, los musteístas, fue la primera unificación de fuerzas que había ocurrido en el movimiento norteamericano en más de una década.
El movimiento obrero revolucionario no se desarrolla siguiendo una línea recta o una senda llana. Crece mediante un proceso continuo de lucha interna. Tanto las escisiones como las unificaciones son métodos para desarrollar el partido revolucionario. A partir de determinadas circunstancias, cada una de ellas puede acarrear consecuencias progresivas o reaccionarias. El sentimiento popular generalizado por la unificación en todo momento no tiene más valor político que la preferencia por un proceso continuo de escisión que uno puede observar de forma interminable en los grupos sectarios puristas.
Los puntos de vista moralistas sobre el problema de las escisiones y demás, son sencillamente estúpidos. Las escisiones son a veces absolutamente necesarias para la clarificación de ideas programáticas y para la selección de fuerzas con miras a empezar de nuevo sobre una base clara. Por otro lado, bajo determinadas circunstancias, las unificaciones de dos o más grupos que se acercan a un acuerdo programático son absolutamente indispensables para la reagrupación y consolidación de las fuerzas de la vanguardia obrera.
La unidad entre la organización trotskista --la Liga Comunista de Norteamérica-- y la organización de Muste fue incuestionablemente una acción progresiva. Juntó a dos grupos que si bien contaban con orígenes y experiencias distintos, se habían acercado, al menos en el sentido formal de la palabra, a un acuerdo en cuanto al programa. La única forma de poner a prueba ese acuerdo y ver si era verdadero y profundo o una mera formalidad, la única forma de averiguar qué elementos en cada uno de los grupos eran capaces de contribuir al desarrollo progresivo ulterior del movimiento, era mediante la unificación, juntándolos y poniendo a prueba estas cuestiones en el curso de la experiencia común.
Como en el resto del mundo a partir de 1928, en el movimiento norteamericano había habido una serie continua e ininterrumpida de escisiones. La causa fundamental, claro está, fue la degeneración de la Internacional Comunista bajo la presión del cerco mundial a la revolución rusa y el intento de la burocracia estalinista de adaptarse a ese cerco mediante el abandono del programa del internacionalismo. La degeneración de la Internacional Comunista no podía dejar de crear trastornos y escisiones. En todos los partidos los defensores del marxismo auténtico dentro de esa organización que se degeneraba fueron fuente de irritación y conflicto, de la cual la burocracia no sabía cómo deshacerse excepto a través de expulsiones burocráticas.
Del Partido Comunista de Estados Unidos nos expulsaron en octubre de 1928. Seis meses después, en la primavera de 1929, los lovestonistas fueron expulsados y establecieron una tercera organización de tendencia comunista en este país. Las pequeñas sectas y camarillas de individuos y sus amigos, quienes representaban rarezas y caprichos de diversos tipos, eran comunes en aquella época. El movimiento pasaba por un periodo de pulverización, de separación, hasta que un nuevo ascenso en la lucha de clases y una nueva verificación de programas sobre la base de experiencias mundiales pudieran preparar una vez más el terreno para una nueva integración.
Estaban nuestra fracción y la fracción de Lovestone. Estaba el grupito de Weisbord, que en un momento dado llegó a contar con 12 ó 13 miembros, pero hacía ruido suficiente como para hacerle creer a uno que representaban una gran tendencia histórica. Además, los weisbordistas, no satisfechos de formar una organización independiente --bajo lo que parece ser la compulsión de una ley natural para tales grupos creados de forma arbitraria-- se empeñaron en pasar por unas cuantas escisiones dentro sus propias filas. Los fieldistas --Field y unos cuantos de sus socios, amigos y conexiones familiares personales, a quienes expulsamos de nuestro movimiento por traición durante la huelga hotelera-- formaron, como era natural, su propia organización, publicaron un periódico y hablaron en nombre de toda la clase trabajadora.
Los lovestonistas sufrieron una escisión por parte de las fuerzas de Gitlow, y pocos meses después de un grupo pequeño representado por Zam. En este país desde 1919 había existido incluso otro grupo comunista llamado Partido Proletario, que también había mantenido una existencia aislada y producido escisiones periódicas.
La desmoralización del movimiento durante ese periodo se reflejaba en esa tendencia a la dispersión, ese proceso continuo de escindirse. Esa enfermedad tendría que agotarse. Durante todo ese periodo, los trotskistas nunca nos pusimos a gritar a favor de la unidad, especialmente en los primeros cinco años de nuestra existencia separada. Nos concentramos en la labor de aclarar el programa y rechazamos toda discusión sobre unificaciones improvisadas con grupos que no estaban lo suficientemente cerca a nosotros en lo que considerábamos entonces, y lo que consideramos ahora, la más importante de todas las cuestiones: la del programa.
La fusión a la que entramos en diciembre de 1934 fue la primera unificación que ocurrió en todo ese periodo. Así como el grupo trotskista auténtico fue el primero en ser expulsado del Partido Comunista cuando los estalinistas estaban burocratizando por completo la Tercera Internacional y reprimían el pensamiento revolucionario y crítico, de igual forma el grupo trotskista fue también el primero en tomar la iniciativa de empezar un nuevo proceso de reagrupación y unificación cuando las condiciones políticas para tal paso se presentaron. Fue la primera señal positiva de un contraproceso a la tendencia de desintegración, dispersión y escisión.
Partido Socialista de Estados Unidos
La unificación de los trotskistas y los musteístas, y la formación del Partido de los Trabajadores, indudablemente representó un gran paso adelante, mas sólo un paso. Pronto nos quedó patente --al menos a los dirigentes con más influencia en la antigua Liga Comunista-- que la reagrupación de fuerzas revolucionarias apenas había empezado. Estábamos en la obligación de tomar esta actitud realista porque, como se ha subrayado en charlas previas, simultáneamente con el desarrollo radical de los musteístas, habían ocurrido cambios importantes en el Partido Socialista de Estados Unidos, como en otros movimientos socialdemócratas por todo el mundo.
A trabajadores frescos y elementos más jóvenes --libres de culpa de las traiciones del pasado-- los había conmovido y despertado el tremendo impacto de los sucesos mundiales, en especial la derrota del movimiento obrero alemán con el arribo del fascismo al poder. En esta vieja y decrépita organización de la socialdemocracia soplaba un viento nuevo. Allí se estaba formando un Ala Izquierda, lo que manifestaba el empuje de un gran número de personas para encontrar un programa revolucionario. Creíamos que eso no se podía dejar pasar por alto porque era un hecho, un elemento de la realidad política norteamericana.
Aunque habíamos formado un nuevo partido y lo proclamamos como la unificación de la vanguardia, nos dábamos cuenta que no podíamos pasar por alto o impedir arbitrariamente la participación en este nuevo movimiento de estos nuevos elementos de fuerza, salud y vitalidad revolucionaria. Al contrario, teníamos una obligación de ayudar a que este movimiento en ciernes en el Partido Socialista encontrara el camino correcto. Estábamos convencidos de que sin nuestra ayuda no lo podrían hacer, porque no tenían dirigentes marxistas, carecían de tradición, estaban acosados por todos lados, por influencias, fuerzas y presiones que bloqueaban su camino hacia una visión clara del programa revolucionario. Su destino final, la posibilidad de su desarrollo sobre el camino revolucionario, descansaba en los cuadros del marxismo más experimentados y probados, que estaban representados en el recién formado Partido de los Trabajadores.
Los dirigentes de la nebulosa Ala Izquierda en el Partido Socialista se autodenominaban los "militantes." Nunca hemos podido determinar por qué. El Militant era el nombre del órgano oficial de los trotskistas norteamericanos desde el principio y todo el mundo reconocía que era el nombre propicio para nuestro periódico. El Militant significaba el trabajador del partido, el activista del partido, el combatiente del partido. Sin embargo, por qué los dirigentes del Ala Izquierda del Partido Socialista en aquel entonces --quienes eran filisteos hasta los tuétanos, faltos de tradición, de conocimientos serios, faltos de todo--, podían llamarse "militantes", sigue siendo un problema que deberán resolver los estudiantes de investigación histórica que aún están por llegar a nuestro movimiento. La razón aún no se ha descubierto. Al menos nunca la he sabido.
Este desgraciado liderazgo, estas figuras casuales, farsantes, charlatanas, incapaces de un verdadero sacrificio o de una lucha seria por una idea, carentes de devoción seria con el movimiento --la mayoría de ellos hoy trabaja para el gobierno en diversos empleos de guerra--, estos "caballeros por una hora" no nos interesaban mucho. Lo que nos interesaba era el hecho de que bajo la espuma de encima había un movimiento juvenil bastante animado en el Partido Socialista y un número considerable de elementos obreros activistas, sindicalistas y combatientes en el terreno de los desocupados, quienes constituían buena materia prima para el partido revolucionario. Allí hay una gran diferencia. No se puede hacer mucho con el tipo de dirigente que el Partido Socialista tenía entonces o tiene ahora en cualquiera de sus fracciones. No obstante, de las filas militantes serias, de los activistas sindicales y de la juventud radical, se puede hacer un partido que puede dirigir una revolución. Queríamos encontrar un camino hacia ellos. En aquel entonces nadie sabía, y menos aun los jóvenes Socialistas, qué dirección iba a seguir su movimiento. La burocracia conservadora en el Partido Socialista los sofocaba, y una y otra vez sus dirigentes inútiles --los llamados "militantes"-- desplegaban sus tendencias de capitular ante la burocracia del Ala Derecha.
Por otro lado, eran acosados por los estalinistas, quienes tenían una prensa y un aparato poderosos, y dinero suficiente para corromper, y quienes no vacilaban en usar dinero justamente con ese propósito. Por aquel entonces los estalinistas ejercían una presión extraordinaria sobre los socialistas a fin de detener este progresivo movimiento de izquierda y ponerlo de nuevo en la dirección reformista por la vía del estalinismo.
España
Es lo que habían logrado en España y en muchos otros países europeos. El movimiento socialista juvenil en España, que a iniciativa propia había anunciado su apoyo de la idea de una Cuarta Internacional, fue desatendido por los trotskistas de España. Estos, esterilizados en pureza sectaria, se abstuvieron de realizar maniobra alguna en dirección de la juventud Socialista. Se contentaban con recitar el ritual de la ruptura entre la Socialdemocracia y la Comintern en 1914-19, cuyo resultado fue que los estalinistas se les adelantaran, se apoderaran de esa organización juvenil Socialista tan prometedora, y la hicieran un apéndice del estalinismo. Ese fue uno de los factores decisivos en la destrucción de la revolución española. No queríamos que eso pasara aquí. De entrada, los estalinistas nos llevaban la delantera. En el Ala Izquierda Socialista había ya fuertes sentimientos de conciliación con el estalinismo, y los estalinistas le estaban sacando el jugo al demagógico lema de la "unidad". Reconocimos el problema y nos dimos cuenta de que si no nos movíamos, lo que había pasado en España ocurriría de nuevo aquí.
Aunque apenas habíamos empezado nuestra labor bajo la bandera independiente del Partido de los Trabajadores, este problema no podía aguardar. Empezamos a insistir que se debía prestar más y más atención al Partido Socialista y a su Ala Izquierda en desarrollo. Al debatir usamos los siguientes argumentos: Debemos frustrar a los estalinistas. Debemos interponernos entre los estalinistas y ese movimiento en desarrollo del Socialismo de Izquierda, y a éste orientarlo en dirección del marxismo auténtico. Y para cumplir eso tenemos que dejar a un lado todo el fetichismo organizativo. No podemos contentarnos con decir: "Aquí esta el Partido de los Trabajadores. Tiene un programa correcto. ¡Vengan y únanse!" Esa es la actitud de sectarios. Esta Ala Izquierda es una agrupación suelta de miles de personas en el Partido Socialista, un tanto vaga en sus conceptos, confundida y mal dirigida, pero muy valiosa para el futuro si reciben la fertilización apropiada de ideas marxistas.
Nuestra posición se formuló en la resolución de Cannon-Shachtman. En el partido nos enfrentamos con una resistencia resuelta por parte de Oehler y también de Muste. Los oehlerianos adoptaron su posición a partir de bases sectarias dogmáticas. No sólo no querían tener nada que ver con ninguna orientación hacia el Partido Socialista por el momento, sino que insistían, como cuestión de principios, que eso lo excluyéramos específicamente de cualquier consideración futura. Hemos formado el partido, decían los oehlerianos. Aquí está. Dejen que los Socialistas de Izquierda se nos unan si aceptan el programa. Somos Mahoma y ellos, la montaña; y la montaña tiene que venir a nosotros. Esa era la totalidad de su receta para aquellos confundidos jóvenes Socialistas de Izquierda, quienes jamás habían demostrado la menor inclinación de unirse a nuestro partido.
Nosotros dijimos: "No, eso es demasiado simplista. Los bolcheviques debemos tener iniciativa política suficiente para ayudar a que los Socialistas de Izquierda encuentren su camino hacia el programa correcto. Si hacemos esto, el problema de unirse a ellos en una organización común se puede resolver con facilidad".
Muste se oponía, no sobre una base de principios, sino a partir del fetichismo organizativo, quizás hasta del orgullo personal. Tales sentimientos son fatales en la política. El orgullo, la ira, el rencor: cualquier tipo de subjetividad que influya sobre un curso político, sólo lleva a la derrota y destrucción de quienes se dejen llevar por ella. Saben, en el boxeo profesional --"el arte masculino de la defensa propia"-- una de las primeras lecciones que el boxeador joven aprende del entrenador curtido es la de mantener la calma en el cuadrilátero al enfrentar a un antagonista. "Nunca te enojes en el cuadrilátero. Nunca pierdas la cabeza, porque si lo haces vas a despertar en la lona". Los boxeadores tienen que pelear de forma calculadora, no subjetiva. En la política eso es doblemente cierto. Muste no podía soportar la idea de que tras haber fundado un partido y proclamarlo como el único partido, tuviéramos después que prestar atención a algún otro partido. Debíamos de seguir nuestro propio rumbo, mantener nuestras frentes en alto y ver qué pasaba. Si no se nos lograban unir, bueno, sería su culpa. La posición de Muste no había sido pensada lo suficiente, o razonada con la objetividad necesaria. No iba a servir en esa situación. Si nos hubiéramos quedado a un lado, los estalinistas habrían devorado el Ala Izquierda Socialista y se la habría empleado como otro garrote en contra nuestra, como sucedió en España.
Antes de que la cuestión del Partido Socialista se pudiera resolver, y así apartar del camino otro obstáculo al desarrollo del partido norteamericano de la vanguardia, teníamos que debatir la cuestión entre las filas del Partido de los Trabajadores. Tuvimos que debatir la cuestión de principios con los sectarios; y cuando siguieron de testarudos y se tornaron indisciplinados, tuvimos que echarlos del partido. Dije eso con cierto énfasis por que fue así que tuvimos que tratar con los oehlerianos, con énfasis. Si no hubiéramos logrado hacer eso en 1935, si hubiéramos cedido a cualquier tipo de sentimentalismo hacia gente que estaba arruinando nuestras posibilidades políticas con su formalismo estúpido, nuestro movimiento habría fracasado en 1935. Se nos habría impedido la posibilidad de un posterior desarrollo. Habría ocurrido una desintegración inevitable. El movimiento habría acabado en el callejón sin salida de la futilidad sectaria.
El sectarismo, una enfermedad
El sectarismo no es una idiosincrasia interesante. El sectarismo es una enfermedad política que destruirá a cualquier organización en la que se afiance firmemente y no se le desarraigue a tiempo. Nuestro partido vive hoy y goza de muy buena salud gracias al tratamiento médico y quirúrgico que ese sectarismo recibió en 1935. El tratamiento médico es el más importante y en cualquier caso siempre debe ser primero. El nuestro consistió de una buena educación sobre los principios marxistas y sus caricaturas sectarias; una discusión a fondo y una explicación paciente.
Con estos métodos nos libramos de los miasmas, y aunque al comienzo estábamos en la minoría, al final ganamos a una gran mayoría y aislamos a los oehlerianos. Eso no se hizo en un día. Tomó varios meses. Se requirió del tratamiento quirúrgico sólo cuando los derrotados oehlerianos empezaron a violar sistemáticamente la disciplina del partido y a preparar una escisión. En el curso de la discusión y explicación, educamos a la gran mayoría del partido. El cuerpo del partido había sido sanado y gozaba de buena salud. La punta del meñique seguía infectada y empezó a tornarse gangrenosa, así que simplemente la extirpamos. Es por eso que el partido vive hoy y puede hablar de aquella época.
Después que acabamos con los oehlerianos, tuvimos que pasar por una lucha fraccional bastante prolongada con los musteístas --o sea, dos luchas internas en el primer año de existencia del Partido de los Trabajadores--, antes de que se despejara el camino para resolver este problema del Ala Izquierda del Partido Socialista. Estas luchas internas, que consumieron las energías del nuevo partido casi desde su comienzo, fueron por supuesto muy inconvenientes. Deberíamos de haber tenido uno o dos años de trabajo constructivo, ininterrumpido por diferencias, conflictos y luchas internas. Pero la historia no funcionó así. Cuando apenas acabábamos de lanzar el nuevo partido, nos vimos enfrentados con el problema del Ala Izquierda del Partido Socialista. No pudimos ponernos de acuerdo sobre qué hacer, así que tuvimos que pasar un año enfrascados en la lucha.
Por supuesto que estos conflictos no empezaron de inmediato. El nuevo partido, organizado a principios de diciembre de 1934, comenzó su labor de forma bastante favorable. Una de las primeras manifestaciones de la actitud política, que tenía por fin simbolizar la unificación de las dos corrientes, fue una gira conjunta de presentaciones que realizamos por el país Muste y yo. Durante el recorrido se nos recibió con entusiasmo. En el movimiento obrero radical uno podía notar un espíritu general de aprecio por el hecho que se había iniciado un proceso de unificación luego de un largo periodo de desintegración y escisiones. Tuvimos mítines muy buenos en la mayoría de sitios, y la gira alcanzó su punto culminante en Minneapolis. Esto fue más o menos seis meses después de las grandes victorias huelguísticas; allí se nos recibió muy bien.
Los camaradas en Minneapolis estaban muy complacidos de que no nos habíamos dejado absorber tan de lleno por las huelgas económicas al punto que desatendiéramos oportunidades puramente del terreno del partido político. Los camaradas de Minneapolis aplaudieron de forma cálida nuestra unificación con otro grupo, a cuyos militantes ellos tenían en alta estima por el trabajo que habían realizado en el movimiento de los desempleados, en la huelga de Toledo y demás. Nos dieron una buena acogida y se aprestaron a celebrar nuestra visita mediante una serie de mítines y conferencias bien planificada, que culminó en un banquete en honor del Secretario Nacional de su partido y del director del periódico que tanto estimaban, el Militant.
Allí en Minneapolis siempre hacen bien las cosas. Durante nuestra estadía ahí, decidieron vestirnos de manera acorde con la dignidad de nuestros cargos. Los principales camaradas llegaron del local sindical, nos recogieron a Muste y a mí --quienes, debo confesar, nos veíamos un tanto desaliñados en aquel momento-- y nos dieron una vuelta por sastrerías y tiendas de artículos para caballeros. Nos ataviaron con ropa nueva de pies a cabeza. Fue un detalle muy fino. Mucho tiempo después de que había gastado aquel traje, un hecho me hizo recordarlo de forma aguda. En el verano de 1936, Muste, desorientado por todas las complicaciones y dificultades, y abrumado por la sangre y la violencia en la guerra civil española y los procesos de Moscú, retornó, como saben, a su posición original como religioso y volvió a la iglesia. Vincent Dunne recibió la noticia a través de una carta particular y le pasó la información a Bill Brown. "Bill", decía, "¿Cómo la ves? Muste ha retornado a la iglesia". Bill quedó atónito. "¡Ah, caray!" dijo. Y luego, al poco rato, "Oye, Vincent, ¡deberíamos de recuperar aquel traje!" Pero debía saber que no podía contemplar esa idea. Los predicadores nunca devuelven nada.
Campaña de defensa en California
Nos despedimos en Minneapolis. Muste siguió hacia el Sur para cubrir otras partes del país. Yo seguí rumbo a California para concluir la gira. Esa era la época del juicio contra los miembros del Partido Comunista acusados de "sindicalismo criminal" en Sacramento. Entre los acusados estaba uno de nuestros compañeros, Norman Mini, y como se había vuelto trotskista, los estalinistas no sólo rehusaron defenderlo, sino que en su prensa lo denunciaron como "soplón" justo cuando estaba siendo procesado. Salimos en su ayuda. La Defensa Obrera No Partidista, un comité de defensa no estalinista, realizó una destacada labor en defensa del compañero Mini. Aprovechamos al máximo todos los aspectos políticos de esta situación.
Mientras se desarrollaba la gira, que duró un par de meses, empezamos a escuchar los primeros murmullos de problemas provocados por los fraseólogos sectarios de Nueva York. Siempre empiezan en Nueva York. No dejaron descansar al partido, no le iban a permitir que echara a andar bien su trabajo. Hay que ver la situación. Existía una organización recién formada, que representaba la unificación de personas con experiencias y antecedentes completamente distintos. Este partido requería de un poco de tiempo para que funcionara, así como de un poco de sosiego en el trabajo común. Este era el programa más razonable y más realista para ese primer periodo.
Pero jamás se puede conseguir que los sectarios sean razonables o realistas. Arremetieron contra esta organización unificada en Nueva York con un programa de "bolcheviquización". Ellos iban a agarrar a estos musteístas centristas y volverlos bolcheviques, les gustara o no. Y pronto. ¡Discusiones! A algunos de estos musteístas les metieron tremendo miedo con sus debates, tesis y aclaraciones hasta altas horas de la noche. Se la pasaban buscando "tópicos", acosando a todos los que pudieran estarse alejando del camino recto y estrecho de la doctrina. No se permitía la paz, el trabajo conjunto fraterno, la educación en un ambiente tranquilo, ni la voluntad de permitir que un partido joven se desarrollara de manera natural y orgánica. Casi desde el principio, la participación de estos sectarios fue la de desatar una lucha fraccional irresponsable.
Este alboroto en Nueva York estaba preparando el terreno para un estallido en la famosa Conferencia de Trabajadores Activos, convocada por el partido para celebrarse en la ciudad de Pittsburgh en marzo de 1935. La Conferencia de Trabajadores Activos era una institución excelente que se había traído de las experiencias del Partido Estadounidense de los Trabajadores. La idea consiste en invitar a todos los activistas del partido de una región dada, o de todo el país, para que vayan y se reúnan en un lugar céntrico para discutir el trabajo práctico, hablar sobre sus experiencias, tener la oportunidad de conocerse, etcétera. Es una institución estupenda, como pudimos apreciar con nuestras experiencias en Chicago en 1940 y de nuevo en 1941. Funciona a la perfección cuando existe armonía en el partido y uno consigue reunirse para tratar asuntos y hacer lo que tiene que hacer. Sin embargo, cuando hay disputas serias en el partido, que sólo un congreso formal puede resolver, especialmente si hay una fracción irresponsable que anda suelta, es mejor prescindir de las Conferencias de Trabajadores Activos informales, las cuales no tienen poderes constitucionales para decidir las disputas. En tal situación, las reuniones informales sólo alimentan el fuego del fraccionalismo. De eso nos dimos cuenta en Pittsburgh.
La Conferencia de Trabajadores Activos que tratamos de celebrar en Pittsburgh fue un fracaso terrible porque, al nomás empezar, los oehlerianos la usaron como caja de resonancia para su lucha fraccional contra el "oportunismo" de la dirección. Los compañeros musteístas, nuevos en la experiencia de la vida política de un partido, llegaron tras realizar labor en el terreno con la idea ingenua de que iban a escuchar sus respectivos informes sobre el trabajo de masas del partido y a discutir sobre cómo lo podrían acentuar un poco más.
En cambio, desde el principio tuvieron que enfrentar una refriega fraccional sin límites. Los oehlerianos empezaron la lucha en torno a la selección del moderador, y de allí en adelante la emprendieron --con una actitud fanática, de vida o muerte, de vencer o morir-- con respecto al resto de los puntos. Era un caos fraccional como jamás yo había visto en un escenario de ese tipo. Unos 40 ó 50 ingenuos trabajadores del terreno --que tenían poca o nada de experiencia en la política o agrupaciones del partido--, que habían llegado en busca de inspiración de este nuevo partido y de cierta orientación sensata que los guiara en su trabajo práctico, se vieron sometidos a debates y argumentos y denuncias fraccionales que duraban día y noche. Imagino que mucho de ellos, asustados, se habrán dicho alarmados: "¿En qué me habré metido? Siempre oímos decir que los trotskistas eran unos fanáticos locos con las tesis y unos facciosos profesionales. Quizás esas historias tenían algo de cierto". Allí presenciaron el fraccionalismo de la peor calaña.
El activista del trabajo de masas, por lo general, se inclina a tener sólo un poco de discusión, la suficiente para resolver unos cuantos detalles necesarios, y luego proceder a la acción. En Pittsburgh ellos --pero nosotros también-- querían ir al grano y entablar un intercambio de experiencias en el trabajo práctico del partido: la actividad sindical, las ligas de los desempleados, el funcionamiento de las ramas del partido, las finanzas, etcétera. A los sectarios no les interesaban esos asuntos rutinarios. Insistían en discutir Etiopía, China, "el viraje francés" y otros "asuntos de principios", los que sin duda eran muy importantes, pero que no figuraban en el orden del día de la conferencia.
Oehler, Stamm y Zack eran los tres dirigentes. No sé cuantos de ustedes conocen al famoso Joseph Zack. Hacía poco se había pasado del lado nuestro procedente del estalinismo, pero sólo estaba acampando temporalmente con nosotros en ruta a otros destinos. Había sido uno de los burócratas al interior del partido estalinista, y había contribuido con una buena cuota a la corrupción y degeneración burocrática del partido. Entonces pasó a ser trotskista por unas semanas, a lo sumo unos meses. Apenas había tanteado nuestra organización, se viró y empezó a atacarnos desde la "izquierda". Lo toleramos por un rato, pero cuando empezó a perturbar la disciplina partidaria lo echamos. Se esfumó por completo y finalmente llegó al campo "democrático" anticomunista, como colaborador del New Leader, como saben, ese periódico socialdemócrata que editan ahí en la Calle 15, ese Asilo de Viejos Renegados, donde viven todos los lisiados y leprosos políticos.
En Pittsburgh, Muste se unió a Shachtman y a Cannon para rechazar esta arremetida de los sectarios. Supo reconocer que la conducta de estos era perjudicial. Muste siempre mantuvo una actitud sumamente responsable y constructiva hacia la organización. Estaba muy satisfecho de contar con nuestra cooperación y asistencia para controlar a estos extremistas, vencerlos y frustrar sus intentos de perturbar el trabajo del partido. Y de seguro necesitaba nuestra ayuda. Muste era demasiado caballeroso para lidiar con ellos como se debía. Les hicimos retroceder un poquito en Pittsburgh, pero no resolvimos nada. Sabíamos que la lucha decisiva estaba pendiente y que tendría que resolverse teórica y políticamente. Todas nuestras esperanzas de dejar que el partido respirara con tranquilidad por un tiempo, nuestras esperanzas de mantener la armonía a fin de desarrollar el trabajo de masas del partido, las hicieron volar en pedazos esos sectarios irresponsables.
Volvimos a Nueva York resueltos a arremangarnos las camisas y hacerles frente en una lucha decisiva. Menos mal para el partido que lo hicimos. El partido nos debe algo por eso: el hecho que no anduvimos jugando con ese sectarismo que se había vuelto virulento. Trazamos toda una campaña completa de operaciones ofensivas contra los oehlerianos. ¿Querían discusiones? Propusimos darles a ellos --y al partido-- un debate exhaustivo que no dejaría un solo asunto debatido sin aclarar. Nuestro objetivo era reeducar a los miembros del partido quienes se habían contagiado con la enfermedad sectaria, y si resultaba imposible reformar a los dirigentes, entonces aislarlos de manera que no pudiesen restringir los movimientos del partido o perturbar su trabajo. Las enormes esperanzas que habíamos albergado en el congreso de fusión naturalmente empezaron a palidecer un poco por el hecho que tuvimos que enfrentar todas estas dificultades.
Sin embargo, uno nunca encuentra un camino recto en la política. Las personas que se desalientan con facilidad, quienes pierden el ánimo en cuanto se topan con conflictos y reveses, no deberían entrar a la política revolucionaria. Es una lucha ardua todo el tiempo, jamás hay garantías de que vaya a ser pan comido. ¿Cómo se puede esperar eso? Todo el peso de la sociedad burguesa se hace sentir sobre unos centenares o unos miles de personas. Si estas personas no están unidas en sus propios conceptos, si caen en disputas entre sí, eso también es un indicio de la tremenda presión del mundo burgués sobre la vanguardia del proletariado, y más aun sobre la vanguardia de la vanguardia. La influencia de la sociedad burguesa encuentra a veces expresión hasta en sectores del partido revolucionario de los trabajadores. He ahí la verdadera fuente de las luchas fraccionales serias. Si uno se mete en política, debe tratar de entender todas estas cosas; tratar de evaluarlas claramente desde el punto vista político y de buscarles una solución política. Eso es lo que hicimos con los oehlerianos. No nos desalentamos ni desanimamos. Analizamos el asunto políticamente y decidimos resolverlo políticamente.
La lucha interna estaba paralizando al nuevo partido. Los factores objetivos del movimiento de masas obrero no eran lo suficientemente favorables como para ayudarnos a ahogar las actitudes fraccionales con un diluvio de nuevos miembros. El ascenso del Ala Izquierda en el Partido Socialista resultó ser mortal para nuestro desarrollo ulterior sobre una trayectoria de un movimiento netamente independiente que hiciera caso omiso del Partido Socialista. Para los trabajadores de disposición radical, el hecho en sí de que estaba surgiendo un Ala Izquierda en el Partido Socialista lo volvía más atractivo de lo que había sido en años. El Partido Socialista era una organización mucho más grande que nuestro partido. Y nosotros, pendientes de cada señal y cada síntoma, empezamos a observar que tanto trabajadores que adquirían conciencia de ideas radicales como otros trabajadores que antes habían abandonado el movimiento político y que querían reintegrarse, se unían al Partido Socialista, y no a nuestro partido. Abrigaban la idea que el Partido Socialista al final había de convertirse en un partido genuinamente revolucionario, gracias al desarrollo del Ala Izquierda. Eso truncó el reclutamiento al Partido de los Trabajadores. Eso nos sirvió de advertencia para no permitir que nos aisláramos del Ala Izquierda del Partido Socialista.
Dificultades financieras
En medio de todas estas dificultades y complicaciones nos acosaron dificultades de índole financiera. Uno de los principales factores en el desarrollo del Partido Estadounidense de los Trabajadores, como en la Conferencia para la Acción Obrera Progresista que lo antecedió, fueron los contactos personales y los socios de Muste, y los recursos financieros que de ahí se derivaban. Al entrar al movimiento obrero en 1917 --en la huelga de Lawrence-- Muste entró al sindicato de hilanderos y pasó a ser uno de sus dirigentes destacados. Luego fundó el Instituto Obrero de Brookwood en Katonah, Nueva York, y lo manejó por años empleando para ello grandes sumas de dinero. Cuando todavía estaba en Brookwood, fundó la Conferencia para la Acción Obrera Progresista (en 1929). Más tarde abandonó el Instituto Obrero de Brookwood y se dedicó de lleno a la política. Durante todo ese tiempo él había logrado recaudar sumas considerables de dinero de parte de diversos tipos de gente de recursos, quienes confiaban en él personalmente y querían apoyar su trabajo. A través de sus distintas actividades había logrado retener ese apoyo. Eso había sido un factor decisivo para el financiamiento de la Conferencia para la Acción Obrera Progresista y el Partido Estadounidense de los Trabajadores.
Sin embargo, cuando Muste se unió a los trotskistas para formar el Partido de los Trabajadores, esos contribuyentes se empezaron a esfumar. Muchos de sus contactos, amigos y socios eran religiosos, trabajadores sociales cristianos, hacedores de buenas obras en general: gente de ese mundo de los muertos teológico de donde había venido el propio Muste. Estaban dispuestos a apoyar un sindicato, aportar dinero para los desempleados, subvencionar un instituto obrero donde los trabajadores pobres pudieran recibir una educación, ayudar a una "conferencia" para hacer algo "progresivo", sin importar lo que eso significara. Pero, ¿dar dinero --aunque sea a Muste-- para el trotskismo? No, eso era demasiado. El trotskismo era un asunto totalmente serio; los trotskistas toman las cosas en serio. Uno por uno, los contribuyentes más generosos de Muste --en quienes él pensaba contar para asistir en financiar las actividades ampliadas del partido unificado-- lo fueron abandonando.
Habíamos comenzado con un programa muy ambicioso de actividad partidaria. El entusiasmo del congreso de unificación había resultado en contribuciones de tipos diversos y había dinero disponible con qué empezar. Mientras Muste y yo estábamos de viaje, los muchachos en Nueva York, decidieron que lo menos que podíamos hacer era tener una sede presentable. Alquilaron un local fabuloso en la esquina de la Calle 15 y la Quinta Avenida. Creo que el alquiler era de $150 ó $175 por mes. Había todo tipo de oficinas para los distintos oficiales y dignatarios. Instalaron un conmutador telefónico --no un teléfono, sino un conmutador--, con una muchacha enchufando los cables, mientras los distintos oficiales, directores y funcionarios descolgaban sus teléfonos, aunque no sé con quién hablaban. Lució bien mientras duró. Sin embargo, no fue nada más que un veranillo de San Martín, no un verano de verdad. En el verano de 1935 nos desalojaron por no pagar el alquiler. Tuvimos que arreglárnoslas como pudimos y alquilar un viejo local poco atractivo en la Calle 11. Nos deshicimos del conmutador telefónico y decidimos mantener un solo teléfono, y hasta ese lo cortaron a los pocos meses por no pagar las cuentas. Sin embargo, sobrevivimos.
Hicimos todo lo posible durante ese periodo para desarrollar el trabajo de masas del partido. La Liga Nacional de Desempleados, creada por la antigua organización de Muste, tenía ramas que prosperaban en muchas partes del país, especialmente en Ohio, Pennsylvania y partes de Virginia del Oeste. A mi parecer, logramos brindarles una asistencia eficaz a los trabajadores en el terreno que habían realizado aquella magnífica labor. Logramos entrar en contacto con miles de trabajadores a través de estas organizaciones de los desempleados. Pero la experiencia posterior también nos dio una lección muy instructiva en el campo del trabajo de masas. A las organizaciones de desempleados se las puede forjar y hacer crecer rápidamente en épocas de crisis económica y es muy fácil que uno se haga ilusiones en cuanto a su estabilidad y potencial revolucionario. En el mejor de los casos son formaciones informales y fáciles de disgregar; se escapan como agua entre los dedos. En el instante que el trabajador desempleado medio consigue trabajo quiere olvidarse de la organización de desempleados. No quiere que le recuerden de la miseria de su época pasada. Además, los trabajadores que sufren del desempleo crónico frecuentemente son susceptibles a la desmoralización y la desesperación. No sé de otra tarea dentro del movimiento revolucionario más desalentadora o descorazonadora que la de intentar mantener viva una organización como esa. Es un trabajo difícil de desarrollar, mes tras mes y año tras año, con la esperanza de cristalizar algo firme y estable para el movimiento revolucionario.
Una lección segura que, creo, se desprende de la experiencia de aquella época, es que los trabajadores empleados en fábricas son la verdadera base del partido revolucionario. Es ahí donde existe el poder, la vitalidad y la confianza en el futuro. Las masas desempleadas, las organizaciones de desempleados, nunca pueden llegar a sustituir una base entre los trabajadores de fábricas empleados.
En aquel entonces había rumores de que se avecinaba una huelga en las plantas del caucho en Akron. Varios de nosotros fuimos allí con la idea de participar en ella a través de algunos contactos. Pero no sucedió nada. La huelga fue pospuesta. Menciono este incidente sólo para que sepan que siempre estábamos orientados en dirección de las actividades de masas, esforzándonos por no dejar escapar ninguna oportunidad.
Huelga de Chevrolet en Toledo
Ese verano estalló la huelga de los trabajadores de la Chevrolet en Toledo. Nuestros compañeros estuvieron extremadamente activos en la huelga. Muste fue allá y ejerció una influencia considerable en los dirigentes de filas de la huelga. Obtuvimos mucha publicidad a partir de su actividad, pero nada tangible en el terreno organizativo. Después de haber podido observar por un tiempo las características personales de Muste, me parece que esa era una de las debilidades de los métodos de Muste. Era un buen administrador y un buen trabajador de masas, que se ganaba la confianza de los trabajadores de forma muy rápida. Sin embargo, solía adaptarse a las masas más de lo que un auténtico dirigente político puede permitirse, con el resultado de que pocas veces pudo cristalizar un núcleo firme sobre una base programática para un funcionamiento permanente. Prácticamente en cada caso Muste realizaba un buen trabajo de masas que al final otra tendencia política, menos generosa y tolerante que Muste, aprovechaba.
En este periodo de depresión y dificultades internas en el partido, Budenz empezó a mostrar las cartas. Como uno de los dirigentes del Partido Estadounidense de los Trabajadores, Budenz había pasado automáticamente al nuevo partido, pero lo hizo sin el menor entusiasmo. Se había opuesto a la fusión. Por esa época estaba enfermo y nunca participaba en el trabajo. Después de unos cuantos meses de refunfuñar, emprendió una oposición abierta por su propia cuenta. Nos acusó de no desarrollar el "enfoque norteamericano". Este había sido uno de los puntos que el Partido Estadounidense de los Trabajadores recalcaba: que deberíamos dirigirnos a los trabajadores norteamericanos en términos comprensibles, hablar su lenguaje y recalcar aquellos sucesos en la historia norteamericana que pudieran interpretarse de una manera revolucionaria, etcétera. Nosotros, los trotskistas, en nuestra lucha contra la degeneración nacionalista del estalinismo siempre habíamos hecho hincapié en el internacionalismo. Cuando empezaron a discutir con nosotros, los musteístas quedaron enormemente sorprendidos al enterarse que estábamos perfectamente dispuestos a aceptar el "enfoque norteamericano". En efecto, años atrás, en el Partido Comunista, nuestra fracción había librado una lucha sobre esa misma orientación. Exigimos que el Partido Comunista, que había sido inspirado por la revolución rusa y que nunca había apartado la mirada de Rusia, volviera la vista a casa. Dijimos que el partido se debía norteamericanizar, adaptarse en toda forma posible a la sicología, los hábitos y tradiciones de los trabajadores norteamericanos, ilustrar su propaganda, cuando fuese posible, con sucesos de la historia norteamericana. Estábamos completamente de acuerdo con eso. No sé si alguno de ustedes se percató que eso lo tratamos de aplicar un poco en el reciente juicio en Minneapolis. Durante el interrogatorio, el señor Schweinhaut intentaba hacerme que dijera qué haríamos en caso que el ejército y la marina se pusieran contra un gobierno de trabajadores y agricultores. Le di el ejemplo de la Guerra Civil norteamericana y lo que hizo Lincoln.
Estábamos totalmente a favor de ese tipo de norteamericanización, es decir, la adaptación de nuestra técnica de propaganda al país. Eso también es buen leninismo. Sin embargo, Budenz rápidamente demostró que cuando hablaba de norteamericanización se refería más bien a una cruda versión de patriotería. Se presentó al Comité Nacional de nuestro partido con una propuesta de que todo nuestro programa debería ser una enmienda a la Constitución; de que nuestro programa revolucionario debería de reducirse a un proyecto parlamentario. Era un horrendo programa entreguista y filisteo del tipo más burdo. Budenz trató de crear problemas entre las filas, con la esperanza de aprovechar la ignorancia y los prejuicios. Allí teníamos que ser muy cuidadosos de las repercusiones, porque él había trabajado en el terreno y era conocido por los trabajadores en el terreno. Con esmero habían corrido la voz de que los trotskistas eran unos pesados con la teoría, les gustaba debatir nimiedades y no entendían nada de las realidades del movimiento de masas, y que ningún trabajador de masas podía tener nada que ver con ellos. Teníamos que tener mucho cuidado con este prejuicio que habían propagado contra nosotros. Budenz no nos importaba. Ya le teníamos la medida. Pero sí estábamos sumamente interesados en sus amigos entre los trabajadores en el terreno quienes habían venido del Partido Estadounidense de los Trabajadores. Contra Budenz procedimos con mucho cuidado. No lo expulsamos ni lo amenazamos. Simplemente empezamos una discusión muy cautelosa. Empezamos una discusión muy paciente, una discusión política, una educación política.
Creo que la educación política que realizamos en torno al asunto de Budenz en ese periodo fue un modelo en nuestro movimiento. Los resultados quedaron patentes cuando posteriormente Budenz trazó las conclusiones lógicas de su programa filisteo de "norteamericanización" y se vendió a los estalinistas, quienes en esa época agitaban a dos manos la bandera de las Barras y Estrellas. Tenía la esperanza de dividir el partido y llevarse con él a todos esos valiosos y experimentados militantes en el terreno. Sin embargo, no tomó en cuenta su hueste. Menospreció lo que se había logrado en la paciente discusión y colaboración en el trabajo conjunto que habían antecedido. A la hora del duelo, Budenz se halló aislado y prácticamente se fue solo al campo de los estalinistas. Los trabajadores en el terreno se mantuvieron fieles al partido y, gradualmente, de trabajadores militantes de masas en el terreno se fueron transformando a bolcheviques genuinos. Eso requiere tiempo. Nadie nace siendo bolchevique. Se tiene que aprender. Y tampoco se puede aprender sólo de los libros. Se aprende, en el transcurso de bastante tiempo, mediante la combinación de trabajo en el terreno, lucha, sacrificios personales, pruebas, estudio y discusión. La forja de un bolchevique es un proceso muy largo. Pero la recompensa es que, cuando uno logra un bolchevique, se consigue algo valioso. Cuando se logra un número suficiente, uno puede hacer lo que se proponga, hasta una revolución.
Tuvimos diversas dificultades y riñas internas, todas las cuales eran sencillamente chispas de la lucha principal en torno a la cuestión del Ala Izquierda del Partido Socialista. Ese era el foco de todo el interés. En el pleno del Comité Nacional celebrado en junio de 1935 hubo una gran contienda al respeto. Ese "pleno de junio" descolla en la historia de nuestro partido. Ya no era un barullo desorganizado como ocurrió en Pittsburgh en marzo. Al pleno de junio llegamos listos para la pelea. Llegamos organizados y resueltos, preparados con resoluciones, para tornar las discusiones del pleno en un trampolín para una lucha abierta en el partido, la cual aclararía el problema y educaría a los militantes.
Exigimos que se hiciera más énfasis en el Partido Socialista. Ante nuestros ojos se iban acumulando pruebas de que nuestro partido no estaba atrayendo a los trabajadores radicales sin afiliación, tal como habíamos esperado. Habíamos captado algunos, pero la mayoría se afiliaba al Partido Socialista, bajo la impresión de que el futuro partido revolucionario se formaría a partir de su Ala Izquierda. A los trabajadores no les gusta unirse a un partido pequeño si pueden unirse a uno más grande. No se les puede culpar por eso; no hay virtud en la pequeñez en sí. Veíamos que el Partido Socialista estaba atrayendo a ese tipo de trabajadores y que bloqueaba la posibilidad del reclutamiento para el Partido de los Trabajadores. Si bien el Ala Izquierda del Partido Socialista no competía de manera consciente con nosotros, debido al peso de su superioridad numérica estaba atrayendo posibles miembros nuestros al Partido Socialista, alejándolos de nosotros. El Partido Socialista nos hacía estorbo. Teníamos que quitar ese obstáculo de nuestro camino.
En el pleno de junio se desbarataron las viejas alineaciones. Burnham se nos unió en apoyo de la resolución de Cannon-Shachtman sobre la cuestión del Partido Socialista. Muste y Oehler se encontraron juntos al otro lado. En la Conferencia de Trabajadores Activos de marzo, Muste se había unido en un bloque con nosotros, pero ahí los asuntos políticos no se habían demarcado con claridad. Para el momento del pleno de junio, Muste sospechaba cada vez más que nosotros posiblemente podríamos tener algunas ideas respecto al Partido Socialista que violarían la integridad del Partido de los Trabajadores como organización. Se oponía rotundamente a esto y prácticamente entró, si bien de manera informal, en un virtual bloque con los oehlerianos. En parte se vio empujado hacia esa combinación poco atinada por Abern y su pequeña camarilla. No son dignos que se les denomine fracción porque carecían de principios. Estos luchadores de camarilla interna carentes de principios se volcaron a esa situación, y esa combinación --musteístas, oehlerianos y abernistas-- constituyó una mayoría en el pleno de junio.
Empezamos la gran lucha contra el sectarismo como una minoría, tanto en la dirección como entre los miembros. Nuestro programa, de forma resumida, era: el más alto grado de atención al Ala Izquierda y a todos los acontecimientos en el Partido Socialista. ¿Cómo había de expresarse ese grado de atención? (1) Con numerosos artículos en nuestra prensa que analizaran los acontecimientos en el Partido Socialista, en los que nos dirigiéramos a los trabajadores del Ala Izquierda, ofreciéndoles consejos y críticas de una manera amistosa. Eso facilitaría nuestro acercamiento a ellos. (2) Instruyendo a nuestros miembros para que establecieran contactos personales entre los Socialistas de Izquierda y trataron de interesarlos en cuestiones de principios, discusiones políticas, reuniones conjuntas con nosotros, etcétera. (3) Al formar fracciones trotskistas en el Partido Socialista. Al enviar a un grupo --unos 30 ó 40 miembros-- a que se uniera al Partido Socialista y trabajara en su interior en interés de la educación bolchevique del Ala Izquierda. Estos tres puntos constituían la primera mitad de nuestro programa.
La segunda mitad era dejar las perspectivas organizativas abiertas para el presente. Esto aparentemente nos puso en una posición más o menos defensiva. Nosotros no dijimos, "Unámonos al Partido Socialista". Por otro lado, tampoco dijimos que nunca, bajo ninguna circunstancia, nos uniríamos al PS. Dijimos: "Mantengamos la puerta abierta sobre esta cuestión. Mantengamos el Partido de los Trabajadores, tratemos de construirlo haciendo trabajo independiente. Pero establezcamos relaciones estrechas con el Ala Izquierda del PS, busquemos una fusión con ellos y esperemos a ver qué traerán los acontecimientos futuros en cuanto al aspecto organizativo de la cuestión".
En realidad, no hubiéramos podido unirnos al Partido Socialista en aquel momento aun si todo el partido lo hubiese querido. El Ala Derecha, que estaba en control en Nueva York, no lo habría permitido. Pero nos dábamos cuenta que en el PS había una gran efervescencia y que las cosas podían cambiar radicalmente sin previo aviso. Queríamos estar listos para lo que fuera. Dijimos: "Puede que expulsen al Ala Izquierda del Partido Socialista y que venga a unírsenos o que se junte con nosotros en un nuevo partido. Puede ser que el Ala Derecha se separe y eso dé paso a tal situación en el Partido Socialista que tendremos que unirnos a él para evitar que los estalinistas le echen mano al movimiento. Dejemos la cuestión abierta y esperemos los acontecimientos".
Para nuestros contrincantes eso no era suficiente. Los oehlerianos salieron con una propuesta absolutamente positiva y definitiva, como siempre hacen los sectarios. Dijeron: "No nos unamos al Partido Socialista, ni ahora ni nunca, como asunto de principio". ¿Por qué debíamos de hipotecar nuestro futuro en junio de 1935? ¿Por qué? "Porque el Partido Socialista está afiliado con la Segunda Internacional, la cual fracasó en 1914 y fue denunciada por Rosa Luxemburgo y por Lenin. La Internacional Comunista fue organizada a partir de la bancarrota de la Segunda Internacional. Si nos unimos al Partido Socialista --ahora o en el futuro-- estaremos respaldando a la Social Democracia y avalando de nuevo a los Scheidemann y Noske, quienes asesinaron a Karl Liebknecht y a Rosa Luxemburgo". Esa era la esencia del oehlerianismo. ¿Se les podía explicar que habían habido cambios tremendos, gente nueva, factores nuevos, alineamientos políticos nuevos? Es muy difícil explicar cualquier cosa a los sectarios. Exigían que nuestro partido repudiara en principio el "viraje francés", nombre dado a la decisión de los trotskistas franceses de unirse al Partido Socialista de Francia. Los oehlerianos rechazaron esa política para todos los países del mundo. Los combatimos en la cuestión de principios. Defendimos el "viraje francés". Dijimos que, bajo circunstancias similares, haríamos lo mismo en Estados Unidos.
Nos acusaron de planear premeditadamente el unirnos al Partido Socialista, de ocultar nuestros objetivos para manipular paulatinamente a los miembros. Muchos miembros del partido se creyeron esa acusación por un tiempo, pero no tenía nada de cierto. Según entendíamos la situación en el PS, en aquel momento era imposible tomar una posición definitiva. No proponíamos unirnos al PS en ese momento, pero rehusábamos bloquear el camino a una decisión futura de ese tipo mediante una declaración de principios contra ella. Un partido no se puede manipular; se debe educar, es decir, si uno piensa forjar un partido revolucionario. Yo diría que una dirección que se preste a ese tipo de juegos no merece confianza alguna. Yo jamás me identificaría con ese tipo de política. Si uno cree en algo, entonces debe empezar a divulgarlo de inmediato a fin de que la educación llegue al exterior lo más rápido posible. Un partido que no actúa conscientemente, con un conocimiento pleno de lo que hace, y por qué lo está haciendo, no vale mucho. El mantenerse callado y esperar que de una u otra forma uno podrá meter un programa de contrabando, eso no es política marxista; eso es política pequeñoburguesa de la cual el moralista profesor Burnham posteriormente nos dio varios ejemplos. El único propósito de cualquier lucha fraccional, desde el punto de vista trotskista, no es simplemente tomar la ventaja y ganar a una mayoría por el momento. Esa es una concepción corrompida; pertenece a otro mundo y no al nuestro.
Debate en el partido
El pleno de junio se abrió de par en par a los miembros. El debate se puso tan acalorado que no pudimos mantenerlo restringido a las cuatro paredes. El interés tenía agitados a todos los militantes. En todo caso, todos ellos se hallaban a las puertas. Nos enfrascamos, debatiendo día y noche. Hay una extraña cualidad física de los trotskistas, no sé qué es. Normalmente no tienen más resistencia física que otros, a veces hasta tienen menos. Sin embargo, he notado más de una vez que en las luchas políticas, cuando se trata de pelear por una idea política, los trotskistas se pueden mantener despiertos durante más tiempo y hablar más y con más frecuencia que gente de otra tendencia política. Una parte de nuestra ventaja en el pleno fue el aspecto físico. Sencillamente los agotamos. Finalmente, a eso de las cuatro de la madrugada de la tercera mañana, la mayoría, exhausta, suspendió el debate. Presentaron una moción para terminar la discusión a las tres de la madrugada. Luego hablamos por espacio de una hora más sobre el hecho de que esto era una violación de la democracia. Para entonces estaban tan cansados que no les importaba si eso era democrático o no, mientras que nosotros seguíamos frescos como una lechuga. Clausuraron el pleno con nosotros en la minoría, pero a la ofensiva hasta el último momento.
Del pleno, el debate se llevó a las filas. Estábamos resueltos a derrotar la política sectaria y aislar a la fracción sectaria. Después de cuatro meses de discusión interna era evidente que habíamos triunfado. El bloque entre Muste y Oehler se había resquebrajado ante los martillazos de la discusión, y los oehlerianos quedaron aislados. En el transcurso de otros acontecimientos, quedó manifiesta la falta de lealtad de los sectarios de izquierda. Empezaron a violar la disciplina del partido, a distribuir sus propias publicaciones en reuniones públicas a pesar de que era algo prohibido por el partido. Vinieron tesis en mano a exigir el derecho a establecer su propia prensa como fracción independiente. En el pleno de octubre aprobamos una resolución que explicaba que su demanda, desde un punto de vista práctico, era imposible acceder y que en cuanto a principios, desde el punto de vista del bolchevismo, era falsa. Shachtman redactó esa resolución que explicaba por qué la demanda de ellos estaba errada y por qué no podíamos acceder. Después, en la lucha contra la oposición pequeñoburguesa, Shachtman redactó otra resolución indicando por qué era correcto en principio, a la vez que necesario, que su fracción tuviera un órgano de prensa dual e independiente. Esa contradicción no era nada extraño ni nuevo para nosotros. Shachtman siempre se distinguió no sólo por tener una extraordinaria facilidad literaria, sino también por una versatilidad literaria no menos extraordinaria que le permitía escribir igualmente bien sobre dos aspectos opuestos de una misma cuestión. Yo creo en reconocer a cada quien sus méritos, y Shachtman merece ese halago.
El pleno de octubre rechazó las demandas de los oehlerianos y respecto a la moción de Muste, les dio una advertencia severa de que cesaran y desistieran de más violaciones de la disciplina partidaria. Ellos hicieron caso omiso de la advertencia y siguieron violando sistemáticamente la disciplina partidaria. Sobre esa base se les expulsó del partido poco después del pleno de octubre.
Entretanto, mientras en nuestras filas sucedía todo esto, las cosas rápidamente estaban llegando a un punto crítico en el Partido Socialista. El Ala Derecha --que estaba concentrada en Nueva York alrededor de la Escuela Rand, el periódico Daily Forward y la burocracia sindical--, se tornó cada vez más agresiva en la lucha y al verse en una minoría, se escindió a iniciativa propia en diciembre de 1935. Eso creo una situación completamente nueva en el Partido Socialista. La escisión del Ala Derecha nos dio la oportunidad que necesitábamos para establecer el contacto directo con esta Ala Izquierda en ciernes. Gracias al ajuste de cuentas definitivo con los sectarios, teníamos para entonces las manos y estábamos listos para aprovechar la oportunidad.
|