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UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR junio de 2001 Vol. 25 No. 06
Editorial Pathfinder
La fusión con el AWP de Muste
Noveno capítulo de 'La historia del trotskismo estadounidense, 1928-38'
Por James P. Cannon
[A continuación publicamos el noveno capítulo de La historia del trotskismo estadounidense, 1928-38: informe de un partícipe, la traducción de The History of American Trotskyism, 1928-38: Report of a Participant, por James P. Cannon. El libro comprende una serie de 12 conferencias públicas que Cannon dio en 1942 en Nueva York. Uno de los dirigentes fundadores del Partido Comunista de Estados Unidos tras la revolución rusa de octubre de 1917, Cannon fue uno de los principales dirigentes fundadores del Partido Socialista de los Trabajadores en 1938.
[Perspectiva Mundial está publicando este libro por entregas, capítulo por capítulo. Los subtítulos son de Perspectiva Mundial. Publicado con autorización; derechos reservados © 1944, 2000 Pathfinder Press.]
Al final de nuestra última conferencia, partíamos de Minneapolis y retornábamos a Nueva York en busca de nuevos mundos que conquistar. La gran ola de huelgas de 1934, bajo la segunda administración de Roosevelt, aún no había agotado sus fuerzas. En cuanto al número de trabajadores que participaron, mas no en otros aspectos, esa ola alcanzó su punto culminante durante la huelga general de los trabajadores textiles en septiembre. El primero de septiembre de 1934, 750 mil trabajadores de hilanderías salieron en huelga. El Militant informó sobre ella, a la vez que daba sugerencias editoriales completas sobre lo que los huelguistas debían hacer para aprovechar al máximo su situación. Nuestra organización política avanzaba aprovechando la ola del movimiento obrero de masas. Sin embargo, nuestra marcha de progreso se vio momentáneamente interrumpida debido a un ligero obstáculo, se trataba de una vergüenza financiera. El mismo número del Militant que informó sobre la huelga de los 750 mil hilanderos y que incluía varios artículos sobre los resultados de la huelga de Minneapolis, contenía en la primera plana la siguiente nota; hoy la copié para que tuvieran una mejor apreciación de la situación según se nos presentaba en aquel momento:
"Estamos en crisis. . . . Nuestras actividades en Minneapolis han agotado nuestros recursos hasta el fondo. . . . He aquí los hechos: en sólo cuestión de días el aguacil se va aparecer en nuestro taller y va a poner nuestro equipo de impresión en la calle. Ya entregaron la notificación de desahucio. Y aun si el casero se apiadara de nosotros por unos días, de todas maneras lo más probable es que tendremos que dejar de operar. Desde hace mucho que se venció la cuenta de electricidad; nos van a cortar la luz. A la compañía del gas, la compañía del papel y a muchísimos otros acreedores los tenemos encima exigiendo que les paguemos. ¡Envíen contribuciones, actúen ya!"
Así equipados y dotados, nos dirigimos al Partido Estadounidense de los Trabajadores (AWP) con otra propuesta de unificación. Les instamos a que se nos unieran para formar un nuevo partido para conquistar el mundo. Reiniciamos las negociaciones con una carta fechada el 7 de septiembre, pidiendo al AWP que asumiera una postura positiva a favor de la unificación y designara un comité para que discutiera con nosotros el programa y los detalles de la organización. Esta vez recibimos una respuesta rápida del Partido Estadounidense de los Trabajadores. La carta contenía un doblez. Por un lado, bajo la influencia de los activistas de filas en la conferencia de Pittsburgh, quienes habían hablado de una manera enfática a favor de la unificación, la carta del AWP, firmada por Muste, el secretario nacional, tenía un tono conciliador y se pronunciaba a favor de la unificación, si pudiésemos llegar a un acuerdo. Ello expresaba los sentimientos de los elementos activos honestos, los trabajadores de campo del AWP. Creo que por aquel tiempo el propio Muste era de igual disposición. Sin embargo, esa misma carta tenía otro lado, que contenía una referencia provocadora sobre la Unión Soviética. Esto representaba la influencia de Salutsky y de Bundez, quienes eran amargamente hostiles a la unidad con los trotskistas.
El AWP no era una organización homogénea. Su carácter progresista se determinaba por dos factores: (1) a través de sus vigorosas actividades en el movimiento de masas, en los sindicatos y en el campo de los desempleados, había atraído a trabajadores combativos de filas que tomaban absolutamente en serio la lucha contra el capitalismo; (2) el rumbo general que el Partido Estadounidense de los Trabajadores seguía en aquel entonces tendía claramente hacia la izquierda, hacia una posición revolucionaria. Estos dos factores determinaron el carácter progresista del movimiento musteísta en su conjunto e hicieron que nos viéramos atraídos a él. Al mismo tiempo, como he dicho, nos dábamos cuenta de que no era una organización homogénea. En realidad, se podría describir más correctamente como una amalgama política que comprendía en su interior todo tipo de especies políticas. Dicho de otra forma, entre la militancia del AWP había de todo, desde revolucionarios proletarios hasta sinvergüenzas y farsantes reaccionarios.
La figura de A.J. Muste
El personaje más destacado dentro del Partido Estadounidense de los Trabajadores era A.J. Muste, un hombre extraordinario que siempre me resultó en extremo interesante y por quien siempre mantuve los sentimientos más amistosos. Era un hombre capaz y vigoroso, obviamente sincero y entregado a la causa, a su trabajo. Su defecto radicaba en su pasado. Muste había empezado su vida como pastor. Ese hecho en sí ya le ponía dos strikes en su contra. Porque es muy difícil hacer que un pastor llegue a ser otra cosa. Eso no lo digo en tono de burla; y más que de ira, es de tristeza. Muchas veces vi cómo lo intentaron, pero jamás con éxito. Muste era, se puede decir, la última oportunidad y la mejor oportunidad; y aun él, quien tuvo las mejores posibilidades, tampoco al final pudo lograrlo debido a ese terrible pasado con la iglesia, que ya lo había marcado en sus años de formación. Consumir el opio de la religión es en sí algo muy malo: Marx correctamente definió a la religión como opio. Pero traficarlo --como hacen los pastores--, es peor aún. Esa es una ocupación que deforma la mente humana. Ni un solo pastor, de los muchos que han pasado por el movimiento obrero radical de Estados Unidos, durante toda su historia, ni uno solo de ellos al final salió bueno o llegó a ser un revolucionario auténtico. Ni uno solo. Sin embargo, a pesar del defecto de este pasado, Muste resultaba prometedor gracias a sus cualidades personales excepcionales y a la gran influencia que tenía sobre quienes se asociaban con él, a su prestigio y su buena reputación. Muste prometía convertirse en una verdadera fuerza como un dirigente del nuevo partido.
Muste no era el único dirigente del AWP. Se podría decir que era el que estaba en el medio, el moderador, el dirigente central que balanceaba todo entre los lados rivales.
En el Comité Nacional del Partido Estadounidense de los Trabajadores había otro hombre extremadamente capaz. Lo mencioné en la conferencia anterior: se llamaba Salutsky. Así le conocimos en el Partido Socialista y en los primeros años del comunismo estadounidense. Hoy se llama J.B.S. Hardman, el director de Advance [Avance], órgano oficial del sindicato Amalgamado de Trabajadores de la Costura (ACW); ha tenido ese puesto los últimos 20 años. Salutsky era un hombre a medias. Hablando en términos intelectuales era un socialista. Sus orígenes se remontaban al movimiento socialista ruso, a la Liga Judía. Había sido un destacado dirigente de la Federación Socialista Judía del Partido Socialista de Estados Unidos. Por años fue el director del órgano de la Federación Judía y con mucho su hombre más capaz, destacándose por encima de personas como Olgin y otras figuras también prominentes del movimiento. Moralmente, Salutsky era débil, un vacilante oportunista que nunca supo decidir irse hasta las últimas. Quería y no quería. Salutsky siempre tuvo dividida su lealtad, y cada medida que tomaba en una dirección la atajaba esa contradicción interna, esa doble personalidad, que lo halaba en la dirección opuesta. Vivía una vida doble. Los domingos quería pertenecer al partido, discutir teoría, asociarse con personas de ideas. Pero los días de semana era J.B.S. Hardman, el servil director de Advance, un francotirador intelectual que hacía todo tipo de trabajo sucio para Sidney Hillman, ese ignorante, patán y embustero, el jefe del sindicato Amalgamado de Trabajadores de la Costura.
A nivel personal conocí muy bien a Salutsky. Cuando lo vi en 1934, en el curso de las negociaciones con el Partido Estadounidense de los Trabajadores, era la segunda vez que entrábamos en una relación similar. Trece años antes, en 1921, él y yo participamos --desde posiciones opuestas-- en el comité negociador conjunto del "Consejo de Trabajadores" y en el Partido Comunista clandestino. "Consejo de Trabajadores" fue el nombre del grupo efímero de los Socialistas de Izquierda que en 1921 se escindió del Partido Socialista, es decir, dos años después de la gran y decisiva escisión de 1919, y que buscó unírsenos sobre la base de un Partido Comunista legal. La posición de Salutsky por aquel entonces era ya muy propia de él. En 1919, cuando ocurrió la escisión principal, cuando se dividió todo el movimiento entre comunistas por un lado y socialdemócratas por el otro, Salutsky rechazó a los comunistas y se quedó con el Partido Socialista. Sin embargo, su tendencia izquierdista y su conocimiento del socialismo eran tales que no se podía reconciliar de forma total con la derecha y comenzó a jugar con la organización de un nuevo grupo de izquierda en el Partido Socialista. Este era un grupo de comunistas de segundo nivel, de segundo rango. Para 1921, Salutsky, sus amigos y otros de su talla habían experimentado una nueva escisión del Partido Socialista, formando otra organización llamada el "Consejo de Trabajadores".
Fue característico el que Salutsky no entrara al Partido Comunista de lleno y de una manera directa ni en 1919 ni en 1921. No quería entrar al PC clandestino, sino formar, junto a nosotros, un nuevo partido con un programa moderado y estrictamente "legal". Por así decirlo, en 1921 entró al partido por la puerta trasera, mediante la fusión que realizamos con el "Consejo de Trabajadores" para formar un partido legal, el Partido de los Trabajadores. Sucede que esa fusión coincidía con nuestros objetivos en aquellos momentos. El Partido Comunista de Estados Unidos se encontraba en la clandestinidad y, como ya he mencionado, tratábamos de presionarlo para que poco a poco saliera de ella. En aquel entonces queríamos formar una organización legal, no como un partido autosuficiente, sino como pantalla para el movimiento clandestino y como un paso en nuestra lucha por la legalidad. Para nuestros fines resultaba muy beneficioso efectuar una unificación con grupos mixtos como la organización de Salutsky, el "Conse --conocido como Partido de los Trabajadores-- estaba completamente dominado por el Partido Comunista. Todo el mundo sabía que era la expresión legal del Partido Comunista. Salutsky y otros, como Engdahl, Lore y Olgin, estaban dispuestos a unirse a esta organización legal, pero no al Partido Comunista clandestino. Salutsky se adhirió al movimiento comunista de una forma más o menos vergonzante. Sin embargo, no permaneció mucho tiempo en él. Cuando el Partido de los Trabajadores, bajo la dirección e influencia del Partido Comunista, lanzó una campaña contra la burocracia sindical, él se comenzó a escabullir. Salutsky no tenía estomago para ese tipo de cosas.
Una cosa es dar una conferencia sobre el socialismo y la lucha de clases un domingo, explicar las contradicciones del capitalismo y la inevitabilidad de la revolución. Otra cosa distinta es involucrarse en la acción revolucionaria práctica que lo lleva a uno a entrar en conflicto con los sindicalistas farsantes, y, por tanto, a arriesgar la oportunidad de poder servirles en cargos bien remunerados. Al poco tiempo Salutsky dejó el Partido de los Trabajadores --o fue expulsado--, no recuerdo cuál de los dos. No importa. Sin embargo, Salutsky no podía dejar de jugar con las ideas del socialismo y la revolución. Se afilió a la Conferencia por la Acción Obrera Progresista [CPLA], predecesora del Partido Estadounidense de los Trabajadores [AWP]. Ayudó a dar a la CPLA cierta dirección política y fomentó la idea de transformarla en un partido; sin embargo, quería un partido seudorrevolucionario, no uno de verdad. Tampoco quería entrar en conflicto con los burócratas sindicales. Pero a lo que más temía era una unión con los trotskistas. Salutsky no escatimó esfuerzos para sabotear la unificación. Sabía, como sabían muchos otros, que lo característico de nuestro movimiento --como lo he mencionado en charlas anteriores--, es que los trotskistas tomamos las cosas muy en serio. Salutsky sabía que una vez se efectuara una fusión entre el AWP y los trotskistas, desaparecería toda posibilidad futura de intentar hacerse pasar por socialista con un partido seudorrevolucionario.
En las negociaciones con Salutsky nos reunimos como enemigos, corteses, claro está, como una costumbre que impera entre negociadores, uno pasa el tiempo, bromea un poco y oculta el puñal, al menos al principio. Recuerdo el primer día que entramos --Shachtman y yo, y creo que Abern u Oehler, no estoy seguro cuál de ellos-- a la oficina del Partido Estadounidense de los Trabajadores, acudiendo a una cita, para reunirnos con Muste, Salutsky y Sidney Hook, el catedrático de la Universidad de Nueva York, quien en ese entonces se aficionaba con el socialismo. Mientras intercambiábamos cumplidos antes de empezar la reunión, Salutsky me dijo, con esa sonrisa tristona que parece que nunca se le quita: "Siempre leo el Militant. Me gusta ver lo que tiene que decir Trotsky".
Estuve a punto de responderle que siempre leo el Advance para ver lo que Hillman tiene que decir. Pero lo deje pasar. Nos portamos de la mejor manera posible, estábamos dispuestos a realizar la unificación con un mínimo de fricción posible sobre cosas casuales. Salutsky hizo todo lo que estuvo a su alcance para sabotear la unificación, pero terminó perdiendo la partida. En vez de que consiguiera alejar al Partido Estadounidense de los Trabajadores de los trotskistas, fuimos nosotros quienes logramos acercar al partido, atraerlo hacia la unificación final, y a él se le tiró como a un trapo viejo. Así llegaron a su fin las actividades "socialistas" de Salutsky. Renunció por completo al partido y a la política radical. Ahora está en el terreno de Roosevelt y es allí donde pertenece.
Otro destacado dirigente del Partido Estadounidense de los Trabajadores en aquella época era un hombre llamado Louis Bundez. El había empezado como un trabajador social. Por años su interés por el movimiento obrero había sido el de un estudiante observador y publicaba una revista subvencionada que daba consejos a los trabajadores pero que no representaba ningún movimiento organizado. Finalmente, mediante la Conferencia por la Acción Obrera Progresista, se conectó por vez primera con el movimiento de masas para el que indiscutiblemente tenía un talento considerable.
El trabajo de masas es un trabajo difícil y devora a mucha gente. En 1934 Bundez, quien no tenía antecedentes ni educación socialista, era ciento por ciento patriota, tres cuartos estalinista, estaba exhausto y un poco enfermo, y andaba en busca de la primera oportunidad de venderse. Se opuso de forma enconada a la unificación. Bundez ya había puesto sus ojos en el partido estalinista, como en realidad también lo había hecho un sector considerable del AWP. Sólo la intervención enérgica de los trotskistas y la presión de nuestras negociaciones por la unidad impidieron que el partido estalinista se tragara a un sector más amplio del AWP en aquel momento. Debo añadir que Bundez finalmente encontró la oportunidad de venderse, hoy es el director del Daily Worker y por años viene haciendo todo el trabajo sucio por el que le paguen.
Y luego estaba Ludwig Lore, a quien conocíamos bien desde los viejos tiempos del Partido Comunista. Lore, uno de los primeros comunistas en Estados Unidos; uno de los directores de Class Struggle (Lucha de clases), la primera revista comunista en este país; un socialista de izquierda más que un comunista de corazón, quien iba hacia atrás y ahora pasaba por el AWP en ruta hacia su reconciliación total con la democracia burguesa. Finalmente, se consiguió un trabajo en el New York Evening Post como un columnista superpatriótico. Lore se oponía a la unificación.
Estas eran algunas de las principales figuras del AWP. Al discutir entre nuestras filas la cuestión de la unificación con los musteístas, nos topamos con una oposición, el inicio dentro de nuestro movimiento de una fracción sectaria dirigida por Oehler y Stamm. Escuchamos los argumentos de marras de sectarios que sólo pueden ver a los dirigentes oficiales de las organizaciones y no a las filas y juzgan las cosas a partir de ese criterio. Ellos preguntaban: "¿Cómo nos vamos a unir a Salutsky, a Lore, etcétera?" Si el Partido Estadounidense de los Trabajadores no hubiese sido nada más que Salutsky, Lore y compañía, su posición habría tenido entonces cierta lógica.
Detrás de esos impostores y renegados veíamos a algunas personas serias, algunos militantes proletarios. Ya he mencionado a los camaradas que dirigieron la huelga de Toledo. Ellos tenían muchos elementos de ese tipo por toda Pennsylvania y en el Medio Oeste. Habían forjado una organización de desempleados, que era de tamaño considerable. Era este tipo de activistas proletarios del AWP en quienes estábamos interesados; ellos y Muste, a quien creíamos que se le podía convertir en un bolchevique. Aparte de Muste, quien era en sí un verdadero carácter; aparte de Budenz, Salutsky y Lore, había otros dentro de esa masa heterogénea que llevaba por nombre Partido Estadounidense de los Trabajadores: la gente de Toledo, los militantes de filas del movimiento de desempleados y uno que otro sindicalista de filas. Además, para completar la nómina de miembros del Partido Estadounidense de los Trabajadores, había algunas muchachas de la YWCA [Asociación Cristiana de Mujeres Jóvenes], estudiantes de la Biblia, intelectuales de todo tipo, catedráticos universitarios y otros inclasificables quienes sencillamente habían deambulado por la puerta abierta.
Nuestra tarea
Nuestra tarea política consistía en impedir que los estalinistas se tragaran a este movimiento, y quitar de nuestro paso un obstáculo centrista mediante la unidad con los activistas proletarios y otra gente seria, aislando a los fraudulentos e impostores y desechando a aquellos elementos que no eran asimilables. Esa fue una gran tarea que al final terminamos ganando, pero no sin enormes esfuerzos y dificultades.
Mencioné que la carta del AWP, que remitieron en respuesta a nuestra segunda propuesta de negociación, contenía una provocación con respecto a la cuestión rusa. No cabe duda que esa provocación era inspiración de Salutsky y Budenz. Voy a citar unas cuantas líneas de esa carta para darles una idea de qué era de lo que esa provocación se trataba. En ella se leía: "Debemos ocuparnos de que nuestras críticas de las políticas de la Internacional Comunista y del Partido Comunista no sólo no sean un ataque contra la Unión Soviética, sino que tienen que quedar libres de toda apariencia de serlo. Por justas que hayan sido las críticas de la CLA [Liga Comunista de Norteamérica] sobre ciertas políticas de la Unión Soviética, en la opinión pública han quedado marcadas como una expresión de una actitud antagónica hacia la Unión Soviética".
A renglón seguido decían en la carta que debía haber un claro entendimiento de que el hecho de unírsenos no significaba que ellos pasarían a ser antisoviéticos. Cuando leímos esta carta en la reunión de nuestro Comité Nacional nos dimos contra las paredes. Nuestra reacción subjetiva fue pensar: somos nosotros quienes desde 1917 hemos venido defendiendo la Unión Soviética. Y esta gente, quienes en su mayoría la acaban de descubrir, se atreven no obstante a darnos lecciones sobre nuestras obligaciones respecto de la Unión Soviética. Enardecidos nos sentamos y escribimos una respuesta mordaz que nos sirvió para desfogarnos. Después que habíamos redactado esa respuesta, en la que les decíamos sus verdades, nos calmamos. Sabíamos de qué se trataba, era una provocación. Habría sido una tontería de parte nuestra haber caído en una trampa como esa y perder de vista nuestras metas y tareas políticas. A partir de lo cual en la reunión del comité delineamos otra respuesta en la que: (1) plantearíamos nuestra posición sobre la Unión Soviética de manera firme; (2) haríamos como si no habíamos notado la provocación; y (3) haríamos hincapié una vez más en la necesidad de la unidad. Este tipo de respuesta tenía como objetivo dificultar a los provocadores el que bloquearan la tendencia hacia la unidad en las filas del AWP.
Mientras estábamos sentados en la reunión en nuestra oficina de la Segunda Avenida, para discutir los puntos de ese plan general y decidir quién debía redactarlo, recibimos la visita de los catedráticos Hook y Burnham, quienes eran miembros de aquel fantástico comité nacional del Partido Estadounidense de los Trabajadores. Ellos estaban a favor de la fusión. Eso nos resultaba muy favorable, el tener a dos catedráticos del comité del AWP a favor de la fusión, independientemente de cuáles pudieran ser sus verdaderos motivos. Hook quería la fusión para poder librarse del AWP y así acabar su corta aventura en la política partidaria. Quería jubilarse en la periferia, el único lugar donde siempre se ha sentido en casa y que no debió haber abandonado jamás. Como llegaron a demostrar hechos posteriores, Burnham quería la unificación con los trotskistas porque en ese entonces estaba dando un paso hacia adelante, se estaba volviendo un poco más radical. Quería meter un poco más la punta del pie en las frías aguas de la política proletaria, a la vez que se mantenía, con el otro pie, firmemente plantado en el suelo burgués. Los dos valientes catedráticos vinieron a advertirnos de la provocación. Temían que fuéramos a responder usando el mismo tono y que eso daría al traste con los planes. Ese fue el motivo de su visita. Se sintieron muy complacidos y llenos de alivio cuando les dimos el segundo plan general del proyecto de nuestra respuesta.
Mientras esto venía ocurriendo en nuestro campo, por todos lados, en todas las organizaciones, las cosas se venían agitando ante el impacto de los sucesos que acontecían en el movimiento de masas. Por ese entonces empezamos a atraer a pequeños grupos de gente de los lovestonistas y de otros círculos. En el Militant del 8 de septiembre apareció la siguiente noticia: "Grupo de Lovestone se resquebraja en Detroit. Se unen cinco a la Liga". El mismo número del Militant informó que Herbert Zam había dejado la organización de Lovestone, y que Zam y Gitlow se iban a afiliar al Partido Socialista. El Militant del 29 de septiembre informó: "Los bolcheviques-leninistas franceses se han afiliado como una fracción al Partido Socialista de Francia". Esta fue la primera gran acción realizada con miras a poner en práctica la línea de Trotsky conocida como el "viraje francés", la cual instruía a nuestros camaradas a que se afiliaran, donde fuera posible, a aquellas organizaciones socialistas reformistas a las que pudieran tener acceso a fin de establecer contacto con el Ala Izquierda en desarrollo y sentar así las bases para un nuevo partido.
Nuestras propuestas organizativas, las cuales presentamos al Partido Estadounidense de los Trabajadores en nuestra tercera reunión, ayudaron mucho a facilitar la unificación. Siempre creímos que el programa lo decide todo. Un grupo que está seguro de haber adoptado el programa marxista no necesita luchar con ahínco por cada detalle organizativo. Un error común de los militantes con poca experiencia es exagerar la cuestión organizativa y menospreciar el papel decisivo del programa. En los primeros días del movimiento comunista en Estados Unidos muchas de las luchas e incluso de las escisiones se produjeron innecesariamente a partir de una preocupación exagerada de las distintas fracciones por las posiciones organizativas que se consideraban como puestos ventajosos para esa fracción. Algo habíamos aprendido de aquella experiencia, y ahora nos resultaba de mucha utilidad.
Cuando, en el curso de las negociaciones, vimos que los musteístas se nos estaban acercando en cuanto a la cuestión del programa, les presentamos un juego completo de propuestas referentes a la parte organizativa de la fusión, aspecto que preocupaba mucho a varios de ellos. Les ofrecimos un arreglo de mitad y mitad en todos los aspectos. Ya para entonces éramos más fuertes numéricamente que los musteístas. De haber un duelo entre los militantes que abonaban cuotas a la organización, nuestras fuerzas eran más numerosas. Puede que tuvieran un movimiento más grande en una forma nebulosa --incluso quizás más simpatizantes en general--, pero nosotros teníamos más militantes reales. Nuestra organización era más compacta. Sin embargo, nos despreocupamos de todo eso y les ofrecimos un arreglo tal que los cargos oficiales del partido se dividirían en partes iguales entre los dos lados. Es más, en cada caso en que habían dos puestos relativamente iguales en importancia, les dábamos a escoger. Por ejemplo, en los dos puestos principales propusimos que Muste debía ser el secretario nacional y yo debía ser el director del periódico. O si así lo deseaban, a la inversa: yo sería el secretario nacional y Muste el director. Era algo difícil de objetar. Sabíamos lo que para ellos significaba --debido a su sobrevaloración de las cuestiones puramente organizativas-- ocupar la secretaría, porque el secretario, al menos teóricamente, es quien controla la máquina del partido. Estábamos más interesados en la dirección del periódico porque eso moldea de forma más directa la ideología del movimiento. Hicimos algo similar con los puestos de secretario laboral y director educativo. Les propusimos que ocuparíamos este último y les daríamos el primero, o viceversa, como mejor les pareciera.
El Comité Nacional había de tener un mismo número de cada lado y todas las demás cuestiones organizativas que se presentasen se habían de resolver sobre una base de paridad. Tal fue nuestra propuesta. Su equidad patente, hasta generosidad, tuvo un gran impacto en Muste y en sus amigos. Nuestras "propuestas organizativas", en vez de precipitar conflictos o puntos muertos, como ha ocurrido tan a menudo, facilitaron muchísimo la unidad. Como dije, logramos hacer esto y eliminar de un solo golpe lo que tan a menudo ha sido un obstáculo insuperable, porque habíamos aprendido las lecciones de las luchas organizativas pasadas en el Partido Comunista.
Con respecto a la cuestión organizativa asumimos una actitud liberal y conciliadora, reservando nuestra intransigencia para la cuestión del programa. Se seleccionó un comité conjunto para que redactara el programa. Después que se habían escrito, discutido y corregido dos o tres borradores; tras un poco de presión y de conflicto, finalmente se llegó se acordó un programa. Este pasó a ser, luego de la rectificación de un congreso conjunto, la "Declaración de Principios" del Partido de los Trabajadores de Estados Unidos, que el camarada Trotsky describió como un rígido programa de principios.
Mientras tanto, recibimos ciertos consejos de los estalinistas que se habían quedado dormidos a un lado, mientras el despreciado grupito "sectario" de trotskistas había entrado a un terreno que ellos consideraban debidamente de su propiedad. Ellos tenían todas las intenciones de absorber a la organización de Muste y tenían más derecho de esperar que lo lograrían que nosotros. Sin embargo, les habíamos dado el primer puñetazo; habíamos actuado en el momento oportuno --que es algo esencial en la política-- y ya nos habíamos metido de lleno en las negociaciones sobre la unidad con el AWP antes de que los estalinistas se dieran cuenta de lo que estaba sucediendo. Tras despertar, lanzaron en su prensa advertencias y consejos. El titular del 20 de octubre del Militant informó: "La prensa estalinista 'alerta' al AWP de su unidad con nosotros". Esto se refiere al artículo aparecido en el Daily Worker escrito por el famoso Bittleman, quien bajo el titular de "¿Sabe el Partido Estadounidense de los Trabajadores qué es a lo que se está uniendo?", aconsejaba de corazón a ambos lados. A los musteístas los estalinistas les dijeron: "A los trabajadores que siguen a Muste y a su Partido Estadounidense de los Trabajadores debemos advertirles que no vayan a caer en la trampa que sus dirigentes les han tendido, la trampa del trotskismo contrarrevolucionario". Y luego, para demostrar su imparcialidad, en el mismo artículo daban la vuelta y decían: "A los pocos trabajadores desorientados que aún siguen el trotskismo: Cannon, Shachtman y compañía los están dirigiendo a la unidad con Muste, el paladín del nacionalismo burgués".
Nosotros les respondimos: " Si los trotskistas son contrarrevolucionarios y los musteístas son nacionalistas burgueses, qué mejor que meterlos a todos juntos en un mismo costal. Ya nada malo puede resultar puesto que ninguno de ellos podrá empeorar a partir de esta fusión". Les agradecimos por su consejo imparcial, falso y de doble sentido y seguimos con la fusión. Las dos organizaciones comenzaron a colaborar en actividades prácticas. Antes de la fusión realizamos reuniones conjuntas. El Militant del 6 de octubre informa que Muste y Cannon hablaron en una reunión de masas conjunta de la CLA y el AWP en Paterson, Nueva Jersey, ante unos 300 trabajadores de la seda, para discutir las lecciones de la huelga.
Allá por esa misma época, en octubre de 1934, el Comité Nacional me envió al exterior para participar en el Pleno del Comité Ejecutivo de la Liga Comunista Internacional, celebrado en París. De ahí fui a visitar al camarada Trotsky en Grenoble, al sur de Francia. Era la primera vez que veía al camarada Trotsky desde su exilio de la URSS años atrás. Muchos camaradas estadounidenses habían estado en el exterior, pero ese era mi primer viaje. Shachtman había estado ahí dos veces y varios miembros más de la organización, quienes se pudieron costear viajes personales a Europa, lo habían visto. En aquel entonces, al camarada Trotsky lo andaban persiguiendo los fascistas franceses.
La colaboración de Trotsky
Muchos de ustedes recordaran que en aquella época, en 1934, la prensa fascista francesa había armado un gran alboroto por la presencia de Trotsky en Francia. Crearon tal convulsión --en la que se les unieron los estalinistas bajo la consigna conjunta de "Echen a Trotsky de Francia"-- que lograron aterrorizar al gobierno de Daladier para que revocara su visa. Le ordenaron que abandonara Francia, lo privaron de su derecho de permanecer allí. Sin embargo, no encontraron ni un solo país capitalista en todo el mundo que le otorgara visa de entrada, por lo que tuvieron que dejarlo en Francia. Las circunstancias en que vivía en Francia eran de lo más inciertas y peligrosas, carecía de una verdadera protección, de derechos legales, a la vez que la prensa fascista y los estalinistas lo perseguían sin cesar. Entonces se hallaba escondido en casa de un simpatizante en Grenoble. No tenía asistentes, ni secretariado, ni mecanógrafo, porque vivía un día a la vez. Se veía obligado a escribir todos sus trabajos a mano. La jauría de la reacción lo mantenía a la fuga: al ser perseguido de un lugar a otro, apenas se instalaba en la casa de un simpatizante y empezaba a trabajar, y los fascistas locales descubrían su presencia en el nuevo refugio. Al día siguiente aparecía en la prensa un titular estridente en que se leía: "¿Qué hace en este pueblo el asesino ruso Trotsky?" Entonces se armaba un gran escándalo, y él se tenía que ir de ahí lo más rápido posible, en medio de la noche, para salvar su vida y encontrar otro lugar seguro. Eso se repitió una y otra vez. Por aquel entonces, la salud de Trotsky estaba muy deteriorada y estuvo a punto de sucumbir. Para todos nosotros, esos fueron días de mayor ansiedad.
Para mí fue un momento mucho muy feliz, cuando temprano en la mañana --a eso de las siete-- tras haber viajado toda la noche desde París, pude entrar a su casa en el campo, y ver y percatarme que aún estaba vivo. Nos juntamos antes del desayuno, pero él quería que nos sentáramos y comenzáramos una discusión política de inmediato. Sus primeras preguntas fueron: "¿Qué paso en el pleno? ¿Aprobaron la resolución?" Cortésmente planteé la cuestión de un poquito de sustento. Así es que desayuné con Trotsky y Natalia, y rompí una de las reglas de la casa, algo por lo que después me arrepentí mucho. Lo hice de pura ignorancia. Había oído que él no permitía que fumaran en su presencia. Glotzer y otros habían regresado contando historias terribles de los regaños que había recibido al respecto. Yo lo vi simplemente como una idiosincrasia por parte de Trotsky, no algo que se debía tomar muy en serio. Tengo la costumbre de fumar después del desayuno y cuando sirvieron el café --que es cuando mejor sabe el tabaco-- me saqué un puro y cuando ya estaba por consumar el hecho, dije de manera jocosa: "He oído que a algunos los expulsan por fumar. ¿Es cierto?" El dijo: "No, no, dale, fuma". Y añadió: "A muchachos como Glotzer no se los permito, pero con un camarada sólido como tú está bien". Así es que durante mi visita fumé todo el tiempo delante de él. Sólo fue años después que me enteré que el fumar físicamente le resultaba repugnante, que incluso lo hacía enfermar, y me arrepentí profundamente por haberlo hecho.
En la tarde, el anfitrión de Trotsky nos llevó en su auto hasta la cima de los Alpes franceses. En la cumbre de las montañas tuvimos una larga discusión sobre nuestro proyecto de fusión con los musteístas. El Viejo aprobó todo lo que habíamos hecho, incluso el evadir la provocación sobre la URSS. Llegamos a un acuerdo respecto de uno o dos puntos que habíamos dejado pendientes hasta poder escuchar sus consejos; medidas que podían facilitar nuestra unidad con los musteístas. Estaba totalmente de acuerdo con ella y asimismo demostraba mucho interés en la personalidad de Muste, me hacía preguntas sobre él y abrigaba esperanzas de que más adelante Muste se convertiría en un verdadero bolchevique.
El Pleno de la Liga Comunista Internacional se celebró en octubre de 1934 en París. El propósito de ese pleno era coronar la decisión a la que el Comité Ejecutivo Internacional había llegado y que las secciones nacionales habían aprobado por referéndum: la decisión de realizar el "viraje francés"; esto es, el viraje realizado por nuestra organización francesa para unirse como un cuerpo al Partido Socialista de Francia a fin de trabajar como una fracción desde el interior de este partido reformista, entrar en contacto con su Ala Izquierda, intentar influenciarla y fundirse con ella, con miras a ampliar las bases para la futura construcción de un nuevo partido revolucionario en Francia. El pleno apoyó esta línea, lo que significó una reorientación de nuestras tácticas por todo el mundo. La acción se llevó a cabo bajo la consigna general que mencioné antes: ir desde un círculo de propaganda --como habíamos venido haciendo por cinco años--, al trabajo de masas, al contacto con el movimiento vivo de trabajadores que viajaban en dirección del marxismo revolucionario.
Oposición sectaria a la fusión
Cuando regresé de París e informé a nuestra organización de Nueva York sobre el pleno, nos topamos con una oposición encabezada por Oehler y Stamm y reforzada por un emigrante alemán izquierdista inestable llamado Eiffel. Como cuestión de principios se oponían a que nos uniéramos a cualquier sección de la Segunda Internacional. Sus argumentos, como todos los argumentos de sectarios, eran estrictamente formales, estériles, desafiantes de la realidad del día. "La Segunda Internacional", decían --y con toda razón--, "traicionó al proletariado en la guerra mundial. Rosa Luxemburgo la denunció como un 'cadáver apestoso'. La Internacional Comunista se formó en 1919 en la lucha contra la Segunda Internacional. Y ahora, en 1934, ustedes quieren regresar a esa organización reformista y traidora. Eso representa una traición de principios".
En vano explicamos que la Segunda Internacional de 1934 no era la misma organización de 1914 o de 1919. Que la burocratización de la Comintern [Internacional Comunista] había empujado hacia los partidos socialistas --con sus formas menos estrictas, más democráticas, de organización-- a un nuevo sector de trabajadores que despertaban, de militantes. Que había crecido una nueva generación de jóvenes socialistas que no tenían nada que ver con la tracción de 1914-1918. Ya que se nos impedía participar en la Comintern, debíamos reconocer la nueva fuerza. Que si queríamos construir un nuevo partido revolucionario debíamos dirigir nuestras fuerzas hacia la Segunda Internacional y establecer contacto con esta nueva Ala Izquierda.
Entonces, la oposición sectaria salió con un nuevo argumento. "¿No es uno de los principios del marxismo, y una de las condiciones para ser admitido al movimiento trotskista, que se deba apoyar la independencia incondicional del partido revolucionario en todo momento y bajo cualquier circunstancia? ¿No es ese un principio?"
"Sí", les respondimos, "ese es un principio. Esa es la gran lección del Comité Anglo-Ruso. Esa es la lección fundamental de la revolución china. Hemos publicado folletos y libros para probar que un partido revolucionario jamás se debe unir a otra organización política, jamás debe confundir las banderas, sino que debe mantenerse independiente aun en el aislamiento. La revolución húngara fue destruida en parte por la fusión falsamente motivada de los comunistas y los socialdemócratas.
"Todo eso es correcto", les dijimos, "pero en su argumento les queda un pequeño tornillo suelto. Aún no somos un partido. Somos sólo un grupo de propaganda. Nuestro problema es llegar a ser un partido. Nuestro problema, como lo planteó Trotsky, es poner un poco de carne en nuestros huesos. Si nuestros camaradas franceses logran penetrar en el movimiento político de masas del Partido Socialista, atraer al Ala Izquierda viable y fusionarse con ella, entonces podrán constituir un partido, en el verdadero sentido de la palabra, no una caricatura. Sólo entonces podrán aplicar el principio de la independencia del partido bajo cualquier condición y el principio podrá adquirir un verdadero significado. Ustedes plantean el principio de tal manera que lo convierten en una barrera contra las maniobras tácticas necesarias para posibilitar la creación de un verdadero partido".
No logramos convencerlos. Entre las características del sectarismo encontramos las siguientes: formalismo en la forma de pensar, falta del sentido de la proporción, indiferencia hacia la realidad objetiva, y discusiones estériles sobre cosas insignificantes en círculos cerrados. En nuestra Liga comenzamos a debatir la cuestión del "viraje francés" un año antes de que tuviera que aplicarse aquí de la forma en que se hizo en Francia. La fusión proyectada con los musteístas era la misma cosa pero en forma diferente, pero los oehlerianos no lo reconocieron así, precisamente por que la forma era diferente. Nos perdonaron la fusión con los musteístas, pero con mucha inquietud, miedo y con profecías de todo lo malo que iba a suceder por juntarnos con personas extrañas. Como lo expresó el otro día en una carta uno de nuestros compañeros, Larry Turner: los sectarios siempre tienen miedo de sus propios deseos reprimidos de ser oportunistas. Temen entrar en contacto con los oportunistas, no vaya a ser que los oportunistas los corrompan. Nosotros, sin embargo, seguros de nuestras virtudes, avanzamos llenos de confianza. En la discusión de 1934 sobre el viraje francés, se desarrolló una división en nuestra organización. Al final, las tendencias contendientes se endurecieron en fracciones. La disputa de 1934 sobre la acción de nuestros camaradas franceses nos sirvió de ensayo para la lucha dura, enconada y definitiva al año siguiente contra los sectarios oehlerianos en nuestras filas. Nuestra victoria en esa lucha fue un requisito para todos nuestros avances posteriores.
La fusión
Procedíamos con rapidez hacia la fusión, negociábamos día tras día. Cooperábamos con los musteístas en diversas actividades prácticas y todo tendía hacia la unificación de las dos organizaciones. Finalmente llegamos a un acuerdo con respecto al proyecto del programa; es decir, los dos comités llegaron a un acuerdo. Llegamos a un acuerdo sobre las propuestas organizativas. Sólo faltaba someter la cuestión ante los congresos de las respectivas organizaciones para su ratificación. Aún había ciertas dudas en ambos lados sobre lo que harían las filas. Desconocíamos la influencia que los oehlerianos tendrían afuera del área de Nueva York; y Abern, como siempre, estaba maniobrando furtivamente en las sombras, siempre listo para fomentar la desorganización. Para entonces Muste ya se había convertido en un firme defensor de la fusión, pero no estaba seguro de la mayoría de su bando. Como consecuencia, en vez de convocar un congreso conjunto, celebramos primero sendos congresos de las organizaciones. Los congresos se reunieron por separado del 26 al 30 de noviembre de 1934, y discutieron a fondo todos los asuntos internos de cada lado. Al final cada congreso ratificó la Declaración de Principios que habían preparado los comités conjuntos, y ratificó las propuestas organizativas. Luego, en base a esas decisiones tomadas por separado, convocamos a los dos congresos para una sesión conjunta que se realizó el sábado y el domingo, 1-2 de diciembre de 1934. Al informar en su siguiente número sobre el congreso conjunto, el Militant dijo: "El Partido de los Trabajadores de Estados Unidos ha sido constituido. . . . El congreso de unificación del Partido Estadounidense de los Trabajadores y la Liga Comunista de Norteamérica cumplió su histórica misión la tarde del domingo en el Casino Stuyvesant. . . . Minneapolis y Toledo, ejemplos de la nueva combatividad de la clase obrera norteamericana, fueron las estrellas que presidieron su nacimiento. . . . Se ha lanzado un nuevo partido con miras a un objetivo tremendo: el derrocamiento del régimen capitalista en Estados Unidos y la creación de un estado obrero".
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