
UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR junio de 2001 Vol. 25 No. 06
Especial
Cuba y la revolución norteamericana que viene
Sobre este artículo
Por Steve Clark
Acaba de publicarse el nuevo libro de Pathfinder Cuba y la revolución norteamericana que viene, tanto en español como en inglés. En un mitin público celebrado en Nueva York el 20 de mayo, "En defensa del leninismo: crecientes oportunidades para los comunistas hoy", se lanzó una campaña internacional para poner este título en manos de trabajadores, agricultores y jóvenes.
El autor del nuevo libro es Jack Barnes, secretario nacional del Partido Socialista de los Trabajadores, quien fue el principal orador en el evento del 20 de mayo. El prefacio al libro es de Mary-Alice Waters, miembro del Comité Nacional del PST, quien también habló en el mitin.
El libro también contiene "1961: Año de la Educación" por Barnes, que se publicó anteriormente en la edición de abril de Perspectiva Mundial, y fue el prólogo del libro recientemente publicado por Pathfinder, Playa Girón/Bahía de Cochinos: Primera derrota militar de Washington en América, por Fidel Castro y José Ramón Fernández.
Se basa en gran parte en las actividades de los miembros del Comité Pro Trato Justo a Cuba en la universidad de Carleton, Minnesota, en los meses antes, durante y después de la victoria relámpago del pueblo cubano contra una invasión organizada por Washington en Playa Girón, cerca de Bahía de Cochinos, en abril de 1961.
A raíz de esos sucesos hace cuatro décadas, muchos estudiantes en Carleton fueron reclutados al movimiento comunista en Estados Unidos; Barnes y Waters están entre una decena de personas que hoy siguen militando en ese esfuerzo, o que lo hicieron por el resto de su vida.
El nuevo libro es un arma poderosa para aprovechar las crecientes oportunidades que existen hoy día para reclutar a la Juventud Socialista y al Partido Socialista de los Trabajadores. Es parte del esfuerzo para ampliar el alcance de las ideas comunistas --lo cual es esencial para forjar el tipo de partido que pueda dirigir la revolución norteamericana que viene-- lo más ampliamente posible en comunidades obreras, dentro de fábricas, a las entradas de fábricas, en líneas de piquetes, en zonas rurales, en recintos universitarios y en protestas sociales, entre otros lugares.
Aquí reproducimos extractos de la última parte del libro. Se basa en charlas que dio Barnes el 18 de marzo en Seattle y el 11 de marzo en Nueva York, ante unos 450 participantes en mítines que celebraban el 40 aniversario de la exitosa campaña en Cuba para eliminar el analfabetismo así como la victoria de Playa Girón.
El título de esa charla, tomado de una declaración hecha por Fidel Castro apenas unas semanas antes de la invasión de Bahía de Cochinos, es "Primero se verá una revolución victoriosa en los Estados Unidos, que una contrarrevolución victoriosa en Cuba".
Los extractos reproducidos aquí, escogidos de varias partes de la charla, tocan ambos aspectos de ese criterio revolucionario, que son de interés apremiante para el pueblo trabajador no sólo en Estados Unidos y en Cuba sino a nivel mundial. Estamos convencidos de que esto le despertará el interés al lector en las otras dos terceras partes del artículo de Barnes, así como los demás materiales en Cuba y la revolución norteamericana que viene.
El libro, de 128 páginas, contiene un índice así como un pliego de fotos de 16 páginas. Durante la campaña para venderlo, que se llevará a cabo en las próximas semanas, se podrá adquirir por 10 dólares.
Los extractos se reproducen con autorización; derechos reservados, copyright © 2001 Pathfinder Press.
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Por Jack Barnes
En septiembre de 1960, al dirigirse a la Asamblea General de Naciones Unidas, el primer ministro cubano Fidel Castro anunció al mundo: "En el próximo año, nuestro pueblo se propone librar su gran batalla contra el analfabetismo, con la meta ambiciosa de enseñar a leer y escribir hasta el último analfabeto", o sea, a un millón de cubanos, aproximadamente una tercera parte de la población adulta. Y es precisamente lo que hicieron cuando unos 100 mil jóvenes, en su mayoría adolescentes, fueron al campo a vivir y trabajar junto a familias campesinas.
Hoy celebramos el 40 aniversario de esa conquista histórica.
El 15 de abril de 1961, cuando los mercenarios organizados por los yanquis anunciaron su invasión inminente al bombardear simultáneamente tres aeropuertos cubanos, el gobierno revolucionario movilizó a las milicias populares y a otras unidades militares. En el comunicado que declaró ese estado de alerta, Fidel Castro llamó a cada cubano a "ocupar el puesto que le corresponde en las unidades militares y centros de trabajo", y agregó, en la misma oración, "sin interrumpir la producción, ni la campaña de alfabetización, ni una sola obra revolucionaria".
Cuatro días más tarde, cuando las fuerzas contrarrevolucionarias habían sido derrotadas, el comunicado suscrito por Fidel en que se informa al pueblo cubano de esa victoria estaba fechado de manera demostrativa: "19 de abril de 1961, Año de la Educación".
Ustedes podrán hallar ambos documentos en el nuevo libro de Pathfinder Playa Girón/Bahía de Cochinos: Primera derrota militar de Washington en América, cuya publicación en inglés y español también estamos celebrando aquí el día de hoy.
En Cuba, 1961 fue el Año de la Educación en todos los sentidos de esa palabra: la capacidad de aprender, producir, convertirse en un soldado revolucionario más disciplinado, crear, desarrollarse. El Año de la Educación significaba hacer más accesible la cultura. Significaba valentía al perseguir los objetivos humanos más elevados. Significaba tender una mano solidaria a cualquiera que luchara contra la injusticia y la opresión en cualquier parte del mundo. Significaba ofrecer la vida propia a fin de lograr estos objetivos.
Fidel Castro, Ernesto Che Guevara y otros dirigentes de la Revolución Cubana estaban muy conscientes de que el principal obstáculo a la marcha histórica de los trabajadores y agricultores es la tendencia --promovida y perpetuada por las clases explotadoras-- del pueblo trabajador a subestimarnos, a subestimar lo que podemos lograr, a dudar de nuestra propia valía. Por eso los revolucionarios en Cuba estaban tan orgullosos de que el esfuerzo de alfabetización había proseguido con un mínimo de interrupciones a medida que se libraba y se ganaba la batalla contra los invasores, una batalla por la vida misma de la revolución. "Ni siquiera en estos días se paralizó la campaña de alfabetización", declaró Fidel Castro en su informe del 23 de abril al pueblo cubano sobre la victoria.
Sin importar lo que un individuo en particular estuviera haciendo durante esos tres días, del 17 al 19 de abril --ya fuera que estuviera destacado en el frente de batalla, trabajando en el campo o en una fábrica, o ayudando a alguien a aprender a leer y escribir-- el pueblo cubano sentía el vínculo de una batalla común librada por seres iguales. Un vínculo común que ofrecía una base para la disciplina, una base para la alegría compartida de construir, la alegría de crear, y la alegría de vencer en la batalla sobre aquellos que pretendían destruir todo lo que su revolución estaba haciendo posible.
¡Qué momento para que el pueblo de Cuba anunciara al mundo el carácter socialista de la revolución!
Poco más de un año después, Che Guevara dijo ante el congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas --en un discurso que pueden encontrar en el libro de Pathfinder Che Guevara habla a la juventud-- que los jóvenes comunistas tenían la responsabilidad de ser "los primeros en el trabajo, los primeros en el estudio, los primeros en la defensa del país". Y los felicitó por las tres palabras que habían puesto en el emblema de su organización: estudio, trabajo y fusil.
Son los emblemas de todos los cubanos, dijo Che, emblemas permanentes, no sólo pasajeros.
El fusil, porque el progreso hacia la liberación de la humanidad trabajadora no se puede asegurar a menos que las clases explotadoras sepan que estamos dispuestos a defender esas conquistas por los medios que sean necesarios. Esa fue la verdad que se confirmó nuevamente en Playa Girón, y pronto de nuevo fue puesta a prueba y reafirmada durante la crisis "de los misiles" de octubre de 1962.
El trabajo, a menudo representado por una pala o un machete, porque la transformación de la naturaleza por el trabajo humano, el trabajo social, no sólo es la fuente de toda riqueza sino que es la base de toda cultura. Sin la pala y el machete, no hay nada que el fusil deba defender.
Y el estudio, representado por el lápiz, símbolo de la campaña de alfabetización, porque la capacidad de leer y escribir da acceso a las conquistas acumulativas de todos los anteriores esfuerzos humanos y abre la puerta a los trabajadores y agricultores para que participen como iguales en todos los aspectos de la vida social y política. Les permite que sean más capaces de transformar la producción y las condiciones de vida y trabajo, más capaces de asumir control de su propio destino.
La campaña de alfabetización fue clave para reforzar la alianza de trabajadores y campesinos sobre la que se fundó Cuba revolucionaria; fue clave para reducir la brecha entre la ciudad y el campo. Los campesinos y sus familias en la Cuba prerrevolucionaria prácticamente no habían tenido oportunidades educacionales. Esto era particularmente cierto para la mujer en las zonas rurales. Así que la campaña de alfabetización fue también un golpe contundente a favor de la emancipación de la mujer.
Un aspecto fundamental de la educación de toda persona de disposición revolucionaria es el proceso de llegar a reconocer el terror, la violencia y la degradación en los cuales los terratenientes y capitalistas basan su dominio. Es una de las lecciones subrayadas por José Ramón Fernández, jefe militar de la principal columna que repelió a los invasores en Playa Girón, en el testimonio que presentó ante un tribunal en La Habana durante el juicio sobre una demanda entablada por el pueblo de Cuba contra el gobierno norteamericano por las miles de muertes y la masiva destrucción física que ha resultado del esfuerzo realizado por Washington durante décadas para destruir la Revolución Cubana.
En 1961, los alfabetizadores voluntarios estuvieron entre quienes fueron blanco de los asesinos y torturadores contrarrevolucionarios desatados por el gobierno norteamericano en Cuba. Según explicamos en el prólogo a Playa Girón, para los jóvenes en Estados Unidos durante aquellos años iniciales de la revolución, los despachos de prensa y las fotos que mostraban a "adolescentes cubanos que habían sido linchados por el crimen de enseñar a familias campesinas a leer y escribir", ofrecían una muestra gráfica de los motivos, del verdadero carácter de las fuerzas de clase en contienda, las cuales se enfrentaban no sólo en Cuba sino por todo el mundo.
Dichas imágenes confirmaron lo que los jóvenes en Estados Unidos a principios de los años sesenta estábamos aprendiendo acerca de los linchamientos, el terror de los escuadrones nocturnos y la violencia policiaca, tanto local como federal, contra los negros y los luchadores por los derechos civiles. Eso nos ayudó a comprender la realidad de clase de que las golpizas, los casos fabricados, las vejaciones y, sí, las ejecuciones callejeras a manos de la policía, forman parte de la vida cotidiana de millones de trabajadores: horrores que a diario recaen desproporcionadamente sobre los negros, los chicanos, los puertorriqueños y otras nacionalidades oprimidas. Nos abrió los ojos, de forma lenta pero segura, para reconocer que los gobernantes capitalistas van a desatar el terror fascista ante un desafío a su dominio por parte de los trabajadores y agricultores.
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La victoria en Playa Girón nos hace recordar el precio que los trabajadores y agricultores debemos estar dispuestos a pagar para librarnos de la explotación y la opresión y, después, para defender esta libertad. Uno no puede dejar de verse afectado por la intrepidez demostrada por decenas de miles de trabajadores y campesinos cubanos, muchos de ellos muy jóvenes: por su valentía y resolución frente a la muerte. Esa es una de las cualidades de un pueblo que está inmerso en una profunda transformación revolucionaria de sus circunstancias y de sí mismo.
Sin embargo, lo notable de los revolucionarios cubanos no es su valentía y resolución frente a la muerte. Es su actitud ante la vida. De eso se trataba, ante todo, el arrojo, la disciplina, la valentía que aseguraron el triunfo en Playa Girón.
Por eso, como dice José Ramón Fernández en su testimonio, causó tanta sorpresa en Washington, en abril de 1961, "el alcance de la victoria del pueblo cubano". El resultado, señala, "sólo se explica por el coraje de un pueblo que vio en el triunfo del primero de enero [de 1959] la posibilidad real de dirigir sus propios destinos, razón por la cual vistió con orgullo el uniforme de las milicias y estuvo alerta y dispuesto a combatir con la firme convicción de vencer".
Es lo que no pudieron entender los gobernantes de Estados Unidos, y, aún más importante, es lo que jamás pueden entender. No entienden y no pueden entender el alcance de las capacidades de los trabajadores y agricultores que están en lucha, ante todo en una lucha revolucionaria. No pueden entender a seres humanos como los milicianos de esa magnífica foto que el periódico The Militant publicó esta semana de la Primera Compañía del Batallón 134 celebrando su victoria en Playa Girón.
Si eso no fuera cierto --si la clase dominante pudiese comprender lo que impele a los trabajadores y agricultores a la acción revolucionaria; si entendiesen los objetivos por los que estamos dispuestos a luchar y a morir, o si pudiesen aprender a entenderlo-- entonces la revolución socialista sería una ilusión. Pero no lo entienden ni pueden entenderlo.
Para justificar la legitimidad de su sistema de explotación ante la vista del conjunto de la sociedad, los gobernantes se valen de la ideología. Al contrario de la presunción de la burguesía de ser civilizada y culta, no existen "grandes ideas" ni teorías sociales científicas cuya conclusión inexorable sea que un puñado de familias acaudaladas deba enriquecerse para siempre a costa del trabajo de la mayoría de la humanidad, manteniendo su dictadura de clase mediante la fuerza y la violencia que sean necesarias. No es una ley de la naturaleza ni de economía política.
Los capitalistas en Estados Unidos son particularmente pragmáticos. No tienen teorías ni ideas. Simplemente hacen lo que tienen que hacer para mantener su dominio de clase, y después promueven justificaciones ideológicas de lo que hacen. Estas las ofertan como palabras pegadizas, frases trilladas y burdo americanismo, a través de programas de "noticias", análisis de "noticias", periódicos y programas de entrevistas por radio y televisión.
Pero la ideología burguesa no es una conspiración. No es un complot ingenioso que ellos han tramado. Cuanto más se aproximan las justificaciones de los gobernantes a algo que guarde cierto parentesco con el pensamiento social, más imposible les resulta a ellos y a sus hijos desenredar lo que, como clase, quieren y alegan que sea cierto de la verdad en sí. Las mismas ilusiones ideológicas predominan entre las capas de clase media y de profesionales que se orientan hacia los gobernantes burgueses y actúan en su nombre.
En El capital, en el capítulo titulado "El carácter fetichista de la mercancía y su secreto", Carlos Marx señala que el propio fundamento de las relaciones sociales capitalistas --el hecho que toda ganancia se origina del cambio de mercancías cuyo valor es exclusivamente creación del trabajo humano-- se esconde detrás de lo que dan por llamar "economía", pero que en realidad no es más que una apología vulgar del dominio burgués. Pero estas autojustificaciones ideológicas se las creen los capitalistas y aquellos a quienes ellos contratan para propagarlas, dice Marx.
"A formas que llevan escrita en la frente", escribe Marx, "su pertenencia a una formación social donde el proceso de producción domina al hombre, en vez de dominar el hombre ese proceso, la conciencia burguesa de esa economía las tiene por una necesidad natural tan manifiestamente evidente como el trabajo productivo mismo".
Debido a que la burguesía y sus sirvientes se creen su propia ideología, terminan haciendo estimaciones políticas erradas sobre las capacidades del pueblo trabajador: sobre los trabajadores y agricultores cuyas acciones valientes les permiten comenzar a escapar del dominio de estos fantasmas. En momentos decisivos los gobernantes cometen enormes errores de juicio. Por eso, al final, van a perder.
Al paso de los años, a menudo he oído la pregunta: "¿No es cierto que la mayoría de los principales funcionarios de la CIA y de la Casa Blanca sabía realmente que no se produciría un alzamiento del pueblo cubano en respuesta a la invasión de Bahía de Cochinos?" La respuesta es: no. No es tan sencillo. Y vale la pena tomar unos minutos para ver por qué.
Un buen punto de partida es el criterio de José Ramón Fernández de que "la idea desde el punto de vista estratégico y táctico del enemigo estaba bien concebida". Debemos aceptar esa valoración como absolutamente seria. Contradice, sin embargo, todas las evaluaciones más comunes promovidas durante 40 años por los gobernantes norteamericanos y sus propagandistas a fin de justificar la impresionante victoria cubana. Ellos señalan las supuestas pifias de la CIA, o las pretendidas vacilaciones de Kennedy, o una combinación de ambas cosas.
Fernández rechaza esto. "Los mercenarios venían bien organizados, bien armados, con buen apoyo, pero les faltó la razón, la justeza de la causa que defendían. Por ello no combatieron con el ardor, el valor, la firmeza, el denuedo y el espíritu de victoria con que lo hicieron las fuerzas revolucionarias".
Che Guevara subrayó lo mismo apenas unas semanas después de la victoria en Playa Girón. Lo hizo en una charla que dio el 8 de mayo a un encuentro de trabajadores de la electricidad y milicianos en La Habana. La leí en el avión que me trajo de Nueva York. El Militant planea publicar la charla como documento especial en el número del 2 de abril. No se la pierdan; es puro placer.
"La operación [del gobierno norteamericano], desde un punto de vista militar, estaba bien concebida", dijo Che. "Ellos hicieron unos cálculos matemáticos, como si enfrente de ellos estuviera el ejército alemán y ellos vinieran a tomar una cabeza de playa en Normandía". Organizaron la invasión en Bahía de Cochinos "con la efectividad que tienen en esas cosas".
"Pero les faltó medir la correlación moral de fuerzas", dijo Che. "Primero, midieron mal nuestra capacidad de reacción, incluso no sólo nuestra capacidad de reacción frente a la agresión, nuestra capacidad de reaccionar ante un peligro y de movilizar nuestras fuerzas y enviarlas al lugar del combate, la midieron mal. Pero además, la capacidad de luchar de cada uno de los grupos".
Los gobernantes estadounidenses, dijo Che, calcularon que necesitaban sólo mil hombres para efectuar una invasión exitosa y mantener una cabeza de playa en Cuba. "Pero necesitaban mil hombres que lucharan ahí hasta la muerte", recalcó, y eso no lo tenían. "No se le puede pedir a un hombre que tenía mil caballerías de tierra su papá, y que viene aquí simplemente a hacer acto de presencia para que le devuelvan las mil caballerías, que se vaya a hacer matar, frente a un guajiro que no tenía nada y que tiene unas ganas bárbaras de matarlo, porque le van a quitar sus caballerías....
"Siempre se han equivocado con nosotros", puntualizó Che. "Siempre han llegado tarde. Y nunca han tomado una medida que no sirviera para otra cosa que para fortalecer la fe del pueblo en su gobierno, para hacer más militante la revolución, y, en definitiva, para fortalecernos más".
En efecto, los gobernantes estadounidenses se equivocaron con los trabajadores y agricultores de Cuba. Los funcionarios de la CIA y de la Casa Blanca esperaban que la fuerza invasora, después de unos cuantos días, desatara alzamientos contra el gobierno revolucionario. Anticipaban, también, que surgiría alguna división entre los oficiales de las fuerzas armadas de Cuba. Por analogía, los imperialistas veían al gobierno en Cuba como una variedad tropical de un régimen estalinista, con la misma fragilidad inherente. Y veían a los cuadros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias como una variante radical de un cuerpo de oficiales latinoamericano burgués, comparable a aquellas con las que desde hacía mucho se habían acostumbrado a tratar.
Hasta apenas cinco semanas antes de la invasión, el plan de la CIA consistía en que la brigada mercenaria desembarcaría cerca de la ciudad de Trinidad. Trinidad yace al pie de la sierra del Escambray, donde las bandas contrarrevolucionarias habían estado más activas. Un memorándum de la CIA aseguró a la administración de Kennedy que una fuerza invasora relativamente grande y decidida en aquella área podría "desmoralizar, se espera, a las milicias e inducir a las deserciones . . . hacer mella en la moral del régimen de Castro, e inducir una rebelión generalizada. Si las acciones iniciales no logran detonar así una rebelión de importancia, la fuerza de asalto se retirará al área montañosa aledaña y continuará las operaciones como una fuerza guerrillera poderosa".
Sin embargo, Kennedy suprimió el plan de Trinidad el 11 de marzo, e insistió en que la CIA propusiera otra opción. Una invasión cerca de una ciudad con una población considerable era políticamente demasiado arriesgada. Las esperanzas de un levantamiento rápido se veían contrarrestadas por la posibilidad de un derrota aun más aplastante. Es más, 40 mil miembros de las milicias revolucionarias de Cuba acababan de completar una exitosa operación de "limpia" en el Escambray, la cual había disminuido mucho el tamaño y radio de acción de las bandas contrarrevolucionarias, a las que de otra forma las fuerzas mercenarias habrían recurrido en pos de ayuda.
Fue entonces que se cambió el sitio de la invasión al área de la Ciénaga de Zapata, cerca de Bahía de Cochinos. El plan consistía entonces en desembarcar en una zona escasamente poblada de la costa, ganar las batallas iniciales, comenzar a avanzar un poco en obtener apoyo popular, fomentar divisiones y proclamar un gobierno provisional. Si eso no daba resultado, se esperaba entonces que la fuerza invasora al menos retuviera una cabeza de playa y un aeropuerto el tiempo suficiente como para extender el reconocimiento diplomático y solicitar el apoyo de la Organización de Estados Americanos, bajo cuyo manto el gobierno norteamericano y sus aliados latinoamericanos más cercanos pudieran intervenir.
Mientras tanto, la urgencia que sentía la administración de Kennedy para tomar medidas se veía acentuada por los informes de la CIA de que el gobierno revolucionario y el pueblo armado de Cuba iban adquiriendo más fuerza. Como lo señaló un memorándum de la agencia, Washington no contaba con mucho tiempo. Así que con el correr de cada día, la Casa Blanca seguía adelante con sus planes, haciendo alteraciones constantes.
Kennedy confiaba que la brigada lograría mantener la cabeza de playa por un tiempo suficiente como para generar la esperada resistencia en Cuba y ganar tiempo para el gobierno norteamericano. Washington mismo aún no estaba preparado militarmente para una invasión. En octubre de 1962, cuando el Pentágono sí estaba listo, había empezado a juntar una fuerza de 90 mil efectivos. La movilización fue tan extensa que los periodistas empezaron a preguntar sobre los convoyes y las concentraciones de soldados en el Sur, los cuales no podían mantenerse totalmente en secreto. Pero en abril de 1961, Washington sólo tenía listos para el combate a unos 2 mil infantes de marina norteamericanos en barcos frente a las costas cubanas, muy lejos de lo que necesitaba para llevar a cabo una invasión.
Los gobernantes norteamericanos demostraron una ceguera de clase en cuanto a las capacidades revolucionarias de los trabajadores y campesinos comunes y corrientes en Cuba (y la siguen demostrando). Sin embargo, no fue así con grupos pequeños de jóvenes en varias ciudades y recintos universitarios en Estados Unidos. Desde el instante en que supimos de la invasión, afirmamos con convicción que, contrario a lo que decían los comunicados de prensa filtrados por la CIA, los mercenarios organizados por Washington serían derrotados. Y nuestra convicción se vio reforzada por trabajadores comunistas experimentados, miembros del Partido Socialista de los Trabajadores, con quienes habíamos empezado a trabajar, y a quienes habíamos llegado a conocer y a confiar.
Esta seguridad en la victoria de los trabajadores y campesinos cubanos no sólo era una cuestión de entusiasmo juvenil por una revolución con la que nos identificábamos profundamente. Se basaba en hechos. Y aun si no podíamos explicarlo del todo en aquel entonces, actuábamos a partir del hecho que reconocíamos que la administración de Kennedy procedía en base a una ideología, y no en base a hechos.
Esta realidad de la política de clases sólo se puede entender mediante la lucha, y después estudiando, absorbiendo y generalizando las lecciones de numerosas luchas que se dieron con anterioridad. A medida que los trabajadores empezamos a reconocer el grado al que nosotros mismos somos víctimas de la ideología burguesa, a la vez vamos dando zancadas hacia una mayor conciencia de clase.
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Una frase en el prólogo de Playa Girón, más que cualquier otra, capta políticamente lo que espero que cada uno de nosotros se lleve de esta reunión hoy. Es de un discurso que Fidel Castro dio el 13 de marzo de 1961, mientras Washington aceleraba su campaña de terror dirigida a derrocar a la revolución cubana. La charla conmemoraba el cuarto aniversario del asalto armado organizado por el Directorio Revolucionario contra el Palacio Presidencial del dictador apoyado por Washington, Fulgencio Batista, y en el que cayó el dirigente estudiantil José Antonio Echeverría.
Hay algo que el pueblo cubano "sí podemos comunicarle al señor Kennedy", dijo Castro ante una multitud que lo ovacionaba. "Que primero se verá una revolución victoriosa en los Estados Unidos, que una contrarrevolución victoriosa en Cuba".
Estamos convencidos de que esta frase es tan correcta hoy como lo fue en 1961. No es una predicción: no es una palmada de aliento en la espalda. Significa reconocer cómo funciona el capitalismo, la línea de marcha del pueblo trabajador y la capacidad comunista del movimiento revolucionario en Cuba. Para los revolucionarios en Estados Unidos, en Cuba y en el resto del mundo, esto plantea de forma aguda la famosa pregunta de Lenin: ¿Qué hacer?
La aseveración de Fidel dice mucho de la revolución cubana: y, si uno lo piensa, más aun 40 años después de lo que significó en aquel momento. ¡Y ya decía bastante en 1961! Hoy sabemos que la revolución en Estados Unidos va a ocurrir después de que Fidel y la generación que organizó y dirigió la Revolución Cubana ya no sean parte de la dirección en Cuba. Así que cuando decimos que esa declaración se mantiene vigente hoy día, estamos diciendo algo no sólo acerca de la continuidad del liderazgo revolucionario en Cuba sino sobre su relación con la continuidad y la renovación del liderazgo comunista en Estados Unidos y en el resto del mundo.
En sus memorias, Richard Bissell informa que durante las discusiones de alto nivel en la Casa Blanca sobre los planes de invasión en 1961, el secretario de estado Dean Rusk, valiéndose de su amplia experiencia, solía preguntar si "no había algo que se pudiera hacer con 'balas de plata'". Dicho de forma llana, ¿no era posible comprar a un número considerable de dirigentes cubanos? "Tenía la impresión que aún en una operación clandestina bien manejada, uno debía intentar sobornar a sus enemigos en vez de combatirlos".
Bissell comenta entonces, sin ofrecer explicación, que "desafortunadamente, esto no habría funcionado en Cuba".
Tenía razón, ¿pero por qué no habría funcionado? La razón tiene que ver con el hecho que el imperialismo yanqui no supo valorar a los trabajadores y campesinos de Cuba. Los gobernantes norteamericanos operaban en base a analogías falsas a todos los niveles. Actuaban a partir de las distorsiones que percibían a través de los lentes de su clase. Ese hecho nos ayuda a comprender por qué el curso de la Revolución Cubana y las posibilidades de la revolución norteamericana que viene han estado tan ligados por más de cuatro décadas. Esto subraya la continuidad indispensable del movimiento obrero revolucionario que se remonta a la revolución bolchevique de octubre de 1917 en Rusia y, aun antes, a la fundación del comunismo moderno y a la labor de un partido comunista internacionalista en la época de Carlos Marx y Federico Engels hace 150 años.
Ante todo, si las "balas de plata" pudiesen haber funcionado en Cuba, entonces tendríamos que concluir que aquella declaración que Fidel dirigió al señor Kennedy en marzo de 1961, no era una declaración de hechos sino sencillamente un artículo de fe, no una trayectoria de acción revolucionaria sino una exhortación, sólo una bravuconada, apenas un intento de puja en el precio.
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Dado el dominio indiscutido que la clase capitalista ejerce sobre la política, los medios de comunicación masiva y la educación --junto a las perspectivas nacionalistas de América Primero de la cúpula sindical--, es muy fácil que los trabajadores y agricultores piensen y actúen completamente dentro del marco de las leyes, los veredictos judiciales y las órdenes ejecutivas de los partidos burgueses gemelos, los demócratas y los republicanos.
Ahora mismo, por ejemplo, uno no puede encender el televisor o leer un periódico sin verse bombardeado por la propuesta de Bush para reducir impuestos y las versiones modificadas de dicha propuesta promovidas por distintos congresistas demócratas y republicanos. Debido a los trámites burocráticos en que se ha enmarañado más y más el impuesto a los ingresos en los últimos 50 años --¡el manual de instrucciones para la más sencilla declaración de impuestos federales al ingreso, la más sencilla, tiene 33 páginas!-- no sorprende que muchos trabajadores y agricultores se vean atraídos a la idea de un impuesto fijo (flat tax).
Los trabajadores sabemos que las categorías impositivas para los ricos se establecen oficialmente con porcentajes más elevados. Pero también sabemos que la ley está diseñada intencionadamente para que se parezca a un trozo de queso suizo. Los contadores y abogados caros encantados ofrecen sus servicios a los acaudalados y con soltura aprovechan todos los escondrijos y protecciones impositivas que conscientemente están redactados en la letra menuda de los miles y miles de páginas del código de impuestos. El resultado, como lo sospechan millones de trabajadores, es que nadie que tenga capital paga impuestos a tasas que siquiera se aproximen a las tasas sobre las que leemos en la prensa capitalista o escuchamos por televisión. Muchos de ellos no pagan nada.
Farrell Dobbs nos enseñó que uno de los grandes crímenes de la cúpula sindical es su connivencia con la clase patronal al enredar a los trabajadores en trámites burocráticos, en vez de movilizar la fuerza de los sindicatos para defender los intereses de los trabajadores. Los niveles salariales, las horas y las condiciones deben ser transparentes y sencillos, decía Farrell. Ningún contrato digno de consideración debe tener más de una página, o a lo sumo dos páginas. Después hay que organizar a las filas para que hagan que se cumpla.
Es parecido con los impuestos. Cada vez que los políticos capitalistas empiezan a hablar de "reformas del impuesto al ingreso", los trabajadores saben que siempre terminan pagando los platos rotos. Así que la panacea burguesa de que todos debiéramos de llenar una simple tarjeta postal y pagar la misma tasa impositiva, ya sea que tengamos ingresos de 10 mil dólares o 10 mil millones --y sin deducciones o exenciones-- suscita interés entre el pueblo trabajador. La simplificación y transparencia en sí la hace atractiva, aun si el pueblo trabajador paga la misma tasa que los más acomodados.
Desde luego, la ilusión consiste en que existe alguna manera --ya sea un "impuesto de tasa única" o alguna otra "reforma impositiva"-- de hacer que los dueños del capital paguen sin arrebatarles el poder estatal con una revolución y establecer un gobierno de trabajadores y agricultores. A menos que se haga esto, los capitalistas siempre van a hallar la forma de hacer que los impuestos recaigan sobre nuestras espaldas.
Los trabajadores comunistas estamos a favor de un impuesto a los ingresos fuertemente progresivo o graduado, una posición que hemos mantenido desde que esa demanda apareciera por primera vez hace más de 150 años en el Manifiesto comunista. Sin embargo, bajo el capitalismo el concepto de un impuesto progresivo a los ingresos ha quedado tan desvirtuado que nadie --salvo un reducido número de trabajadores con conciencia de clase-- recuerda que la demanda audaz y revolucionaria planteada por el movimiento obrero moderno nunca suponía su aplicación a los salarios o a los modestos ingresos de los pequeños agricultores, pescadores u otros entre el pueblo trabajador. Todo lo contrario. El impuesto progresivo o graduado, según se plantea en el Manifiesto comunista, no es una carga a los salarios sino un carga a los ingresos de ganancias, dividendos, intereses o rentas, incluidos los elevados sueldos de los profesionales, supervisores y administradores de clase media. Los trabajadores y los pequeños agricultores no íbamos a pagar impuestos; la "graduación" debía comenzar con el extremo inferior de los que viven de una manera diferente del proletariado a raíz de la explotación que realiza el capital del trabajo de la gran mayoría.
La verdad es que entre el momento en que se introdujo por primera vez el impuesto federal a los ingresos en 1913 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el 95 por ciento de la población en Estados Unidos no pagaba impuestos por ingresos. El pueblo trabajador estaba exento. Sin embargo, todo eso cambió casi de la noche a la mañana con las leyes propuestas al inicio de la guerra por la administración demócrata de Franklin Roosevelt y aprobadas por el Congreso bipartidista. Para 1943, aparecía por primera vez en nuestros talones de salarios la deducción impositiva del ingreso--para financiar "nuestra" guerra--, y a partir de ahí los gobernantes jamás volvieron la vista atrás.
Bajo el capitalismo el pueblo trabajador siempre parece enfrentar el dilema de escoger entre dos (o a veces más) candidatos burgueses, dos o más soluciones burguesas. El concepto del mal menor es lo que los gobernantes, respaldados por los farsantes del movimiento sindical y los maldirigentes de clase media en las organizaciones de derechos civiles y de la mujer, presentan como lo último en política.
Por eso es importante que los trabajadores comunistas hallemos ahora formas de presentar algunas demandas muy básicas e inmediatas para defender las condiciones y la solidaridad de la clase obrera y otros sectores del pueblo trabajador frente al creciente desempleo, endeudamiento y el peligro constante de brotes devastadores de inflación o pánico financiero. Esto es lo que los trabajadores-bolcheviques podemos ofrecer a nuestra clase como opción proletaria a las alternativas que nos presentan los demócratas y los republicanos.
Los trabajadores debemos reivindicar un programa masivo de obras públicas financiado por el gobierno para asegurar empleos para todos, con salarios a niveles sindicales. Además de ofrecer empleos productivos a los desocupados, dicho programa hace falta para construir viviendas, escuelas, hospitales y clínicas, círculos infantiles, transporte público, bibliotecas, gimnasios, piscinas, parques y otros elementos de la infraestructura social que los capitalistas están dejando que se desmorone en vez de financiarla a partir de sus ganancias.
El movimiento obrero debe exigir una semana laboral más corta, sin reducción en la paga, que sea obligatoria como ley federal para todos los patrones. Eso distribuiría el trabajo disponible y permitiría que los trabajadores, no sólo los capitalistas, gozáramos de los beneficios de cualquier avance en la productividad de nuestro trabajo.
La clase obrera debe luchar por aumentar el salario mínimo. Aun con el aumento de 1996, el poder adquisitivo del salario mínimo sigue siendo inferior a lo que era en 1960, y 2.25 dólares por debajo de su punto más alto en 1968. Dada la competencia por empleos que existe bajo el capitalismo, los niveles salariales se establecen de abajo para arriba, y no de arriba hacia abajo.
Es más, este salario mínimo debe ser universal, o sea, que no se le niegue a ningún trabajador, ya sea en una fábrica o en una prisión. Todo el mundo debe tener garantizadas plenamente las prestaciones de salud, por discapacidad y de pensión. Esa postura --y no la demanda de cesar "los programas de trabajo en prisión que compiten con ventaja con el trabajo libre", según plantea hoy la burocracia del AFL-CIO-- es la única forma de combatir el abuso patronal de la mano de obra en prisión. Es la única forma de promover la unidad y la solidaridad de la clase obrera, y no sabotearlas.
El movimiento obrero debe exigir, también como ley federal, que todos los salarios estén protegidos por aumentos plenos y automáticos vinculados al costo de vida. Los esfuerzos de los capitalistas por recuperarse de un descenso en las ventas y las ganancias pueden desatar explosiones inflacionarias repentinas e inesperadas que destruyan el nivel de vida y los pocos ahorros del pueblo trabajador. Hay que garantizar los mismos ajustes automáticos para todas las prestaciones de pensiones, de seguro médico, por incapacidad, de asistencia social y por desempleo.
El movimiento obrero también debe buscar aliados entre los pequeños agricultores. Debemos unirnos a los agricultores para exigir un alto a las liquidaciones forzosas de fincas. En vez de verse sumidos cada vez más en la esclavitud de las deudas, los pequeños agricultores deben tener acceso a créditos blandos financiados por el gobierno. Deben recibir de Washington compensaciones de precios que les permitan cubrir todos sus costos de producción y les garanticen un nivel de vida digno y seguro a ellos y a sus familias.
La clase trabajadora y el movimiento obrero en Estados Unidos deben exigir que Washington y otros gobiernos e instituciones financieras imperialistas anulen inmediatamente la deuda externa que se ha impuesto a los países semicoloniales. El monto de la deuda externa del Tercer Mundo actualmente pasa de los 2 billones de dólares, una cifra mucho más alta de lo que fue en el peor momento de la crisis de la deuda de la década de 1980.
Al tiempo que el capital financiero internacional ha exprimido más y más riquezas del pueblo trabajador de Asia, Africa y América Latina para apuntalar sus tasas de ganancia flojas, 100 países --la cuarta parte de la población mundial-- han sufrido una disminución del ingreso per cápita en los últimos 15 años; en Africa subsahariana, ¡el consumo per cápita es 20 por ciento más bajo de lo que fue en 1980! Más del 45 por ciento de la población del mundo sobrevive con menos de 2 dólares diarios, y 20 por ciento con menos de un dólar diario.
Los trabajadores y agricultores en Estados Unidos debemos exigir que Washington elimine todos los aranceles y demás obstáculos al comercio y a los viajes que los gobernantes norteamericanos han erigido. Eso incluye eliminar las medidas contra el "dumping", a favor del "trabajo justo", y de "protección ambiental", así como otras armas comerciales que el gobierno estadounidense esgrime --muchas veces con resultados devastadores-- bajo el lema del "libre comercio". Es esto lo que debe reivindicar el movimiento obrero, y no el apoyo a las políticas proteccionistas del capital financiero ni las restricciones comerciales cada vez más onerosas que apuntan contra países semicoloniales e imperialistas rivales, según proponen hoy día en Estados Unidos los funcionarios sindicales y los liderazgos de clase media de diversas organizaciones ambientalistas y los llamados grupos contra los talleres de explotación.
La eliminación de todas las barreras arancelarias y no arancelarias impuestas por el gobierno norteamericano no tiene nada en común con la demagogia de los gobernantes acerca de garantizar un "campo de juego sin ventajas para nadie": ni para explotadores ni para explotados. Al contrario, al exigir la anulación de la deuda del Tercer Mundo y oponerse a todas las medidas que las clases acaudaladas emplean para agravar las condiciones desiguales de comercio que son inherentes al mercado capitalista mundial, los trabajadores en Estados Unidos podemos reforzar nuestra unidad con los trabajadores y agricultores de estos países en la batalla internacional contra nuestro enemigo común: las familias gobernantes imperialistas que nos explotan a todos para preservar su riqueza y su poder. Podemos ahondar el esfuerzo por transformar nuestros sindicatos en organizaciones revolucionarias de la clase obrera que han de inscribir estas demandas internacionalistas en nuestra bandera de combate.
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Es justo que esta celebración pública del 40 aniversario de la victoria en Playa Girón y de la victoria de la campaña de alfabetización cubana coincida aquí en Seattle con una reunión de trabajo de dos días de la dirección nacional de la Juventud Socialista. Los miembros de esa organización juvenil revolucionaria toman como guía el programa y las tradiciones del partido comunista en este país, el Partido Socialista de los Trabajadores. Y los trabajadores-bolcheviques en nuestro partido continúan buscando contacto, como iguales, con estas nuevas generaciones y ofreciéndoles la política comunista y la actividad común: así como hicieron V.R. Dunne y otros al entablar contacto con quienes por primera vez habíamos sacado conclusiones revolucionarias al comienzo de los años sesenta.
Y es también importante destacar que, al organizar esta celebración, contamos con la participación de miembros de nuestro movimiento de partidarios organizados. Como voluntarios del Proyecto de Reimpresión de Pathfinder, asumieron responsabilidades decisivas durante el último mes para la producción de Playa Girón/Bahía de Cochinos: Primera derrota militar de Washington en América. Tradujeron materiales del español al inglés y del inglés al español; escanearon artículos y elementos para reproducirlos en el libro; prepararon los gráficos; y formatearon y corrigieron las páginas. Desde ciudades y pueblos a través de Estados Unidos y por todo el mundo, unos 200 partidarios ahora están asumiendo la preparación digital de los nuevos títulos de Pathfinder, además del trabajo que han estado haciendo por mas de dos años para ayudar a mantener impreso el arsenal entero del movimiento comunista de unos 350 títulos. Y se están sumando a los miembros del PST y de la JS en el esfuerzo por llevar estos títulos a los estantes de librerías, a otras tiendas y a bibliotecas públicas.
Estos libros y folletos revolucionarios --las lecciones aprendidas con lucha y sangre por los trabajadores de todo el mundo durante el último siglo y medio-- le dan al movimiento comunista una tremenda palanca política. Con el cambio marino en la política obrera y el debilitamiento histórico del estalinismo a nivel mundial, podemos llevar ideas comunistas a individuos que están en pie de lucha en casi cualquier parte del mundo y tener una buena respuesta.
Esto es lo que está cambiando. Un sector de vanguardia de trabajadores y agricultores en este país están desarrollando confianza a partir de su experiencia común, y por lo tanto están más predispuestos a tomar en cuenta ideas radicales, incluso el programa y la estrategia del movimiento comunista moderno. Sépanlo o no, sus propias experiencias de vida y lucha los están acercando a las experiencias de los trabajadores y campesinos de Cuba revolucionaria.
A medida que números crecientes de trabajadores rechazamos en la práctica las cosas de las que los patrones por tanto tiempo han intentado convencernos --de que es inútil luchar, de que sólo quedaremos debilitados y aplastados-- más y más miembros de una fuerza laboral que está en proceso de transformación seguirán la pauta del ejemplo sentado por los trabajadores y campesinos cubanos hace 40 años. Según lo plantea la contraportada del nuevo libro, nos enseñaron que "dotados de conciencia política, solidaridad de clase, valor indoblegable y una dirección revolucionaria que demuestra un impecable sentido del momento oportuno para actuar, es posible hacer frente a un poderío enorme y a probabilidades aparentemente irreversibles... y vencer".
Quienes han luchado por la Revolución Cubana, quienes la han defendido e impulsado por más de cuatro décadas, son trabajadores y trabajadoras comunes y corrientes. Asimismo, no tenían nada especial los jóvenes que en abril de 1961 en este país hicieron frente a la opinión pública burguesa y dijeron con valentía y confianza: "¡El pueblo cubano va a triunfar!"
Lo especial no es nunca el material humano, sino los tiempos en los que vivimos y nuestro estado de preparación. Si hemos trabajado juntos de antemano para construir un partido obrero disciplinado y centralizado --con un programa y una estrategia que impulsan la marcha histórica de nuestra clase a nivel mundial-- entonces estaremos listos para las nuevas oportunidades en la lucha de clases cuando estallen de maneras totalmente imprevistas. Estaremos preparados para construir un partido proletario de masas que pueda enfrentarse a los gobernantes capitalistas en una lucha revolucionaria y derrotarlos.
Esa es la lección más importante que cada uno de nosotros puede sacar. Esa es la razón para integrarse al movimiento comunista, para unirse a la Juventud Socialista y al Partido Socialista de los Trabajadores.
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