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UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR mayo de 2001 Vol. 25 No. 05
Editorial Pathfinder
Las grandes huelgas de Minneapolis Octavo capítulo de 'La historia del trotskismo estadounidense' de Cannon
Por James P. Cannon
[A continuación publicamos el octavo capítulo de La historia del trotskismo estadounidense, 1928-38: informe de un partícipe, la traducción de The History of American Trotskyism, 1928-38: Report of a Participant, por James P. Cannon. El libro comprende una serie de 12 conferencias públicas que Cannon dio en 1942 en Nueva York. Uno de los dirigentes fundadores del Partido Comunista de Estados Unidos tras la revolución rusa de octubre de 1917, Cannon fue uno de los principales dirigentes fundadores del Partido Socialista de los Trabajadores en 1938.
[Perspectiva Mundial está publicando este libro por entregas, capítulo por capítulo. El octavo capítulo se titula "Las grandes huelgas de Minneapolis".
[Los subtítulos son de Perspectiva Mundial. Publicado con autorización; derechos reservados © 1944, 2000 Pathfinder Press.]
El año 1933, el cuarto de la gran crisis estadounidense, marcó el inicio del despertar más grande de los trabajadores norteamericanos y de su movimiento hacia la sindicalización a un nivel nunca antes visto en la historia de Estados Unidos. Ese fue el trasfondo de todos los desarrollos ocurridos dentro de los diversos partidos, grupos y tendencias políticos. Este movimiento de los trabajadores estadounidenses adoptó la forma de una tremenda campaña para escapar del estado atomizado en el que se encontraban y hacer frente a los patrones con la fuerza organizada del sindicalismo.
Ese gran movimiento se desarrolló en oleadas. Durante el primer año de la administración de [Franklin D.] Roosevelt, la primera ola de huelgas de magnitud considerable rindió muy pocos resultados desde el punto de vista organizativo porque carecía del empuje suficiente y de una dirección adecuada. En la mayoría de los casos los esfuerzos de los trabajadores se vieron frustrados por la "mediación" gubernamental, por un lado, y la brutal represión, por el otro.
La segunda gran ola de huelgas y movimientos organizativos ocurrió en 1934. A esta siguió un movimiento más poderoso aun en 1936-37, cuyos sucesos más sobresalientes fueron las huelgas de brazos caídos en las fábricas de autos y del caucho y el tremendo auge del CIO [Congreso de Organizaciones Industriales].
Esta noche nuestra conferencia trata la ola de huelgas de 1934, ejemplificada por las huelgas de Minneapolis. Allí se demostró, por primera vez, la participación eficaz de un grupo marxista revolucionario en la propia organización y dirección de una huelga. Estas olas de huelgas y movimientos organizativos se dieron a partir de una reactivación industrial parcial.
Esto se ha mencionado antes y se debe repetir una y otra vez. En lo peor de la depresión, cuando el desempleo era tan vasto, los trabajadores habían perdido la seguridad en sí mismos y temían tomar cualquier medida ante la siniestra amenaza del desempleo. Sin embargo, con la reactivación de la industria, los trabajadores ganaron una nueva seguridad en sí mismos e iniciaron un movimiento para arrancar de nuevo algunas de las cosas que les habían quitado durante lo peor de la depresión. El terreno para la actividad de masas del movimiento trotskista en Estados Unidos lo preparó, claro está, la acción de las propias masas. En la primavera de 1934, la huelga de la Auto-Lite en Toledo había electrificado el país. En la huelga se habían presentado algunos métodos y técnicas de lucha militante nuevos. Esta huelga de Toledo, tremendamente significativa, la dirigió un grupo político, o al menos semipolítico, representado por la Conferencia para la Acción Obrera Progresista, organizada a su vez por el Comité Provisional para la Formación del Partido Estadounidense de los Trabajadores (AWP), cuyo vehículo era la Liga de los Desempleados. Allí se demostró por primera vez cuán importante es el papel que en las luchas de los trabajadores industriales puede desempeñar una organización de desempleados dirigida por elementos militantes. La organización de desempleados en Toledo --que había sido formada por el grupo de [A.J.] Muste, y bajo cuya dirección se hallaba-- prácticamente se tomó la dirección de la huelga de la Auto-Lite y la elevó a un nivel de organización de piquetes masivos y militancia que iba mucho más allá de los límites jamás contemplados por los burócratas de la vieja línea gremial.
Las huelgas de Minneapolis elevaron el nivel más aún. Si evaluamos todos los criterios, incluido el decisivo criterio del liderazgo político y la máxima explotación de todas las posibilidades inherentes en una huelga, debemos concluir que el punto culminante de la ola de 1934 fue la huelga de los choferes, ayudantes y trabajadores internos de Minneapolis en mayo, y su repetición a un nivel mayor aun en julio y agosto de ese año. Estas huelgas fueron una prueba crucial del trotskismo estadounidense.
Prueba para el movimiento comunista
Por cinco años habíamos sido una voz en el desierto y nos limitábamos a criticar al Partido Comunista, a elucidar sobre lo que parecían ser los problemas teóricos más abstractos. En más de una ocasión se nos acusó de no ser nada más que unos sectarios y polemistas de lo insignificante. Ahora, al presentarse en Minneapolis la oportunidad de participar en el movimiento de masas, el trotskismo estadounidense tuvo que enfrentar de lleno una prueba. Tenía que demostrar en la acción si en efecto era un movimiento de polemistas de lo insignificante y sectarios buenos para nada, o si era una fuerza política dinámica capaz de participar con eficacia en el movimiento de masas de los trabajadores.
Nuestros camaradas en Minneapolis comenzaron su labor primero en los depósitos de carbón y después extendieron su campaña organizativa entre los choferes y los ayudantes. Ese no fue un plan preconcevido en el estado mayor de nuestro movimiento. Los choferes de Minneapolis estaban lejos de ser la sección más decisiva del proletariado norteamericano. Nuestra verdadera actividad en el movimiento obrero la iniciamos en aquellos lugares donde se nos presentaban oportunidades. Es imposible elegir esas oportunidades de forma arbitraria a partir de nuestros caprichos o preferencias. Uno debe entrar al movimiento de masas en donde se le abran las puertas. Una serie de circunstancias hizo de Minneapolis el foco de nuestros primeros grandes esfuerzos y éxitos en el campo sindical. En Minneapolis teníamos a un grupo de comunistas viejos y probados, quienes además eran sindicalistas experimentados. Eran hombres reconocidos, enraizados en su localidad. Durante la depresión trabajaron juntos en los depósitos de carbón. Cuando se presentó la oportunidad de sindicalizar los depósitos, no la dejaron escapar y rápidamente demostraron sus habilidades en la exitosa huelga que duró tres días. Luego, naturalmente, la labor organizativa se extendió hacia la industria del camionaje en general.
Minneapolis era un hueso duro de roer. En realidad, era uno de los más duros del país. Minneapolis era famosa porque predominaban las empresas donde los trabajadores no tenían que afiliarse al sindicato. Por 15 ó 20 años la Alianza Ciudadana, una organización de patrones duros había gobernado Minneapolis con mano de hierro. En todos esos años no había habido una sola huelga exitosa de trascendencia. En Minneapolis, hasta a los gremios de la construcción --quizás los más estables y eficaces de todos los gremios de oficios--, los mantenían a la fuga y los habían echado de las más importantes obras de construcción. Era una ciudad de huelgas perdidas, de empresas donde los trabajadores no tenían que afiliarse al sindicato, de salarios de miseria, de jornadas criminales y de un movimiento sindical gremial débil e ineficaz.
La huelga del carbón, que mencionamos en nuestra discusión la semana pasada, fue una escaramuza preliminar a las grandes batallas que venían. La victoria aplastante de esa huelga, su militancia, la calidad de su organización y la rapidez de su éxito, estimularon la organización general de los choferes de camiones y de los ayudantes, quienes hasta ese entonces y durante los años de la depresión habían sido cruelmente explotados y habían carecido de los beneficios de la sindicalización. Si bien es cierto que había un sindicato en la industria, este sólo se ocupaba de cuidar andrajos. Había apenas un puñado de miembros que tenían un contrato pobre con una o dos compañías de transferencias. En la ciudad no había una verdadera organización del grueso de los choferes y ayudantes.
El éxito de la huelga del carbón animó a los trabajadores de la industria del camionaje. Eran como un polvorín listo para la chispa; sus salarios eran demasiado bajos y sus jornadas demasiado largas. Al haberse visto libres de cualquier restricción sindical por tantos años, los patrones hambrientos de ganancias habían ido demasiado lejos --los patrones siempre van demasiado lejos-- y a los trabajadores oprimidos les dio gusto escuchar el mensaje sindical.
Por qué afiliarse a la AFL
Desde el principio hasta el final, nuestro trabajo sindical en Minneapolis fue una campaña dirigida políticamente. Las tácticas las guió nuestra política general, trabajada con ahínco en el Militant, que instaba a los revolucionarios a insertarse en la corriente principal del movimiento obrero representada por la Federación Norteamericana del Trabajo (AFL).
Nuestra trayectoria deliberada consistía en seguir las pautas organizativas que siguieran las masas, y no montar sindicatos que nosotros construyésemos de forma artificial y en contraposición al impulso de las masas de ingresar al movimiento sindical establecido. Por cinco años habíamos librado una batalla decidida contra el dogma ultraizquierdista de los "sindicatos rojos". Los trabajadores boicotearon esos sindicatos, construidos artificialmente por el Partido Comunista, lo que resultó en el aislamiento de los elementos de vanguardia. Las masas de trabajadores, que venían buscando organizarse, poseían un instinto sólido. Percibían que necesitaban ayuda. Querían establecer contacto con otros trabajadores organizados, no en las sombras con unos cuantos izquierdistas ruidosos. Es un fenómeno que no falla: Las indefensas masas no sindicalizadas de la industria sienten un respeto exagerado por los sindicatos establecidos, no importa cuán conservadores o cuán reaccionarios sean esos sindicatos. Los trabajadores temen el aislamiento. En ese sentido son más sabios que todos los sectarios y dogmáticos que han tratado de recetarles en detalle la fórmula precisa del sindicato perfecto. En Minnesota, como en otras partes, mostraban un fuerte impulso para juntarse al movimiento oficial y esperaban que éste les asistiera en su lucha contra los patrones que les habían hecho la vida imposible. Al seguir la tendencia general de los trabajadores, también nos dimos cuenta que si íbamos a aprovechar al máximo las oportunidades que se nos presentaban, no debíamos interponer obstáculos innecesarios en nuestro camino. No debíamos perder tiempo y energías tratando de convencer a los trabajadores de un nuevo esquema organizativo que a ellos no les interesaba. Era mucho mejor que nos adaptáramos a su tendencia y también que aprovecháramos las posibilidades de recibir ayuda del movimiento obrero oficial que existía.
A nuestra gente no le fue fácil entrar en la Federación Norteamericana del Trabajo en Minneapolis. Eran gente estigmatizada, a quienes habían expulsado y condenado por partida doble. En el trayecto de sus luchas no sólo los habían expulsado del Partido Comunista, sino también de la Federación Norteamericana del Trabajo. Durante la "purga roja" de 1926-1927, en la cúspide de la reacción del movimiento sindical norteamericano, prácticamente a todos nuestros compañeros que habían estado activos en los sindicatos de Minneapolis los habían expulsado. Un año después, para completar su aislamiento los expulsaron del Partido Comunista.
Sin embargo, la presión de los trabajadores hacia la sindicalización era más poderosa que los decretos de los burócratas sindicales. Había quedado demostrado que nuestros compañeros gozaban de la confianza de los trabajadores y que poseían los planes para poder organizarlos. La lamentable debilidad del movimiento sindical en Minneapolis y el sentimiento de los miembros de los gremios de que se necesitaba nueva vida: todo esto obró de forma tal que ayudó a que nuestra gente reingresara a la Federación Norteamericana del Trabajo por la vía del Sindicato de Camioneros. Además, se dio algo fortuito, un golpe de suerte, ya que el presidente del Local 574 y del Consejo Unido de los Teamsters era un sindicalista militante llamado Bill Brown. El tenía un instinto de clase sólido y le atraía fuertemente la idea de obtener la cooperación de gente que sabía cómo organizar a los trabajadores y cómo dar a los patrones una verdadera batalla. Para nosotros esa fue una circunstancia afortunada, pero esas cosas ocurren de vez en cuando. La suerte favorece a los santos. Si uno vive bien y se comporta como debe, de vez en cuando le sonríe la suerte. Y cuando a uno se le presenta uno de esos accidentes --uno de los buenos--, no debe dejarlo escapar, sino aprovecharlo al máximo.
Nosotros ciertamente aprovechamos al máximo este accidente, la circunstancia de que el presidente del Local 574 fuera ese tipo espléndido, Bill Brown, quien abrió las puertas del sindicato a los "nuevos hombres" que sabían cómo organizar a los trabajadores y dirigirlos en la batalla. Sin embargo, nuestros camaradas eran militantes nuevos en este sindicato. No habían estado allí el tiempo suficiente para ser funcionarios; cuando la lucha comenzó a reventar sólo eran miembros de filas. Así es que, de nuestra gente --es decir, los miembros del grupo trotskista-- ni uno solo fue funcionario del sindicato durante las tres huelgas. Sin embargo, eso no impidió que organizaran y dirigieran las huelgas. Se constituyeron en un "Comité Organizativo", una especie de cuerpo extralegal establecido con el propósito de dirigir la campaña organizativa y liderar las huelgas.
Obreros forman el Comité Organizativo
Tanto la campaña organizativa como las huelgas se llevaron a cabo prácticamente por encima de la dirección oficial del sindicato. El único oficial regular que de veras participó de forma directa en la verdadera dirección de las huelgas fue Bill Brown, junto con el Comité Organizativo. Este comité tuvo un mérito que quedó demostrado desde el principio, si bien otros méritos salieron a la luz más tarde: sabía cómo organizar a los trabajadores. Eso era algo que el osificado liderazgo obrero en Minneapolis desconocía y aparentemente era algo que no podía aprender. Sí sabían cómo desorganizarlos. Son lo mismo en todas partes. A veces saben cómo dejar entrar a los trabajadores a los sindicatos, cuando estos ya han tumbado las puertas. Pero ir y de verdad organizar a los trabajadores, animarlos y llenarlos de confianza y seguridad, eso es algo que el burócrata tradicional de los gremios no puede hacer. Ese no es su terreno, su función. Ni es siquiera algo que ambiciona.
El Comité Organizativo trotskista organizó a los trabajadores en la industria del camionaje y luego procedió a alinear al resto del movimiento obrero en apoyo de estos trabajadores. No los dirigió hacia una acción aislada. Comenzaron a trabajar a través de la Central Sindical --tanto mediante conferencias con los pencos sindicales como ejerciendo presión desde abajo--, para hacer que la totalidad del movimiento obrero de Minneapolis se pronunciara en apoyo de estos camioneros recién organizados. Trabajaron de forma incansable para involucrar a los funcionarios de la Central Sindical en la campaña, para que se aprobaran resoluciones de apoyo a sus demandas, para que asumieran responsabilidad de forma oficial. Cuando llegó la hora de la acción, el movimiento obrero en Minneapolis, representado por los sindicatos oficiales de la Federación Norteamericana del Trabajo, de antemano se hallaban en la posición de haber endosado las demandas y estar por tanto comprometidos lógicamente a apoyar la huelga.
Estalla huelga general de mayo
En mayo estalló en llamas la huelga general. Acostumbrados a que desde hacía mucho que nadie desafiaba su dominio, los patrones recibieron una gran sorpresa. La lección de la huelga del carbón no los había convencido aún de que al movimiento sindical en Minneapolis se le había añadido "algo nuevo". Todavía creían que podrían lidiar con el problema en sus etapas iniciales. Intentaron usar tácticas dilatorias y maniobras, y empantanar a nuestra gente en las negociaciones con la Junta Laboral, donde habían hecho trizas a tantos sindicatos. Justo en medio de la transa, cuando creían que habían atrapado al sindicato en la maraña de negociaciones de forma indefinida, nuestra gente la cortó de un solo tajo. Les dieron en las narices con una huelga general. Fueron los camiones los que se vieron maniatados y las "negociaciones" se trasladaron a las calles.
Esta huelga general de mayo estremeció a Minneapolis como nunca antes. Estremeció al país entero, porque no fue una huelga dócil. Fue una huelga que comenzó con tanto ruido que todo el país supo de ella y del papel de los trotskistas en su dirección: eso lo anunciaban los patrones de forma amplia e histérica. Y entonces una vez más observamos la misma respuesta entre los trabajadores radicales atentos quienes habían observado nuestra acción resuelta en el caso de [B.J.] Field y la huelga hotelera en Nueva York. Cuando vieron el papel desempeñado en la huelga de mayo en Minneapolis, de nuevo se manifestó el mismo sentimiento: "Estos trotskistas actúan en serio. Cuando emprenden algo lo hacen de lleno". Los chistes sobre los "sectarios" trotskistas se comenzaron a agriar.
No había ninguna diferencia esencial; en verdad no creo que había ninguna diferencia seria entre los huelguistas de Minneapolis y los trabajadores involucrados en cientos de huelgas por todo el país en aquel periodo. Los trabajadores libraban casi todas las huelgas con el máximo de combatividad. La diferencia radicó en la dirección y en la política que se siguió. Prácticamente en todas las demás huelgas la militancia de los trabajadores de base se restringía desde arriba. Los dirigentes se dejaban intimidar por el gobierno, los periódicos, el clero y una cosa u otra. Trataban de trasladar el conflicto de las calles y líneas de piquete hacia las salas de conferencias. En Minneapolis, a la militancia de las bases no se la restringió desde arriba, sino que se la organizó y dirigió desde arriba.
Todas las huelgas modernas necesitan dirección política. Las huelgas de ese periodo pusieron al gobierno, a sus agencias e instituciones en el propio centro de cada acontecimiento. Un dirigente de huelga que para 1934 no tuviera concepto de una línea política ya estaba bastante desfasado. El anticuado movimiento sindical, que solía negociar con los patrones sin la interferencia del gobierno, era pieza de museo. El movimiento obrero moderno debe ser dirigido políticamente porque a cada paso se enfrenta con el gobierno. Nuestra gente estaba preparada para ello por ser gente política, inspirada por conceptos políticos. La política de la lucha de clases guió a nuestros camaradas; no los podían engañar o superar con maniobras --como le sucedió a tantos dirigentes de huelgas en aquel periodo--, mediante este mecanismo de sabotaje y destrucción conocido como la Junta Laboral Nacional y todos sus organismos auxiliares. No confiaron para nada en la Junta Laboral de Roosevelt; no se dejaron engañar por la idea de que Roosevelt, el presidente liberal "amigo de los trabajadores", iba a ayudar a que los choferes de camiones de Minneapolis consiguieran unos cuantos centavos más por hora. Ni tampoco se dejaron engañar por el hecho de que en aquel entonces en Minnesota el gobernador era del Partido de Agricultores y Trabajadores, y que supuestamente estaba del lado de los trabajadores.
Nuestra gente no creía en nadie ni en nada salvo en la política de la lucha de clases y en la capacidad de los trabajadores de vencer en virtud de la fuerza de sus números y la solidaridad. En consecuencia, desde un principio esperaban que el sindicato tendría que luchar por su derecho de existir, que los patrones no iban a acceder a reconocer el sindicato, ni iban a conceder ningún aumento salarial ni una reducción de la escandalosa jornada laboral a menos que se les presionara. Por lo tanto prepararon todo desde la óptica de la guerra de clases. Sabían que el poder, no la diplomacia, decidiría la cuestión. Los envites no funcionan en cosas fundamentales, sólo en eventualidades. En cosas como el conflicto en los intereses de clases uno debe estar preparado para luchar.
A partir de estos conceptos generales, los trotskistas de Minneapolis, a medida que organizaron a los trabajadores, planearon una estrategia de batalla. En Minneapolis se podía ver algo singular por primera vez. Es decir, una huelga que estaba organizada en detalle de antemano, una huelga preparada con aquel cuidado meticuloso que se le atribuía normalmente al ejército alemán: hasta pegar el último botón del uniforme del último soldado. Cuando llegó la hora tope y los patrones creían que todavía podían maniobrar y hacer envites, nuestra gente estaba levantando una fortaleza para la acción. De esto tomó nota e informó el Minneapolis Tribune, el vocero de los patrones, pero sólo en el último momento. El periódico señalaba: "Si los preparativos que ha hecho el sindicato para conducir la huelga son indicio, la huelga de los choferes de camiones en Minneapolis va a ser un asunto trascendental. . . . Incluso antes del comienzo oficial de la huelga a las 11:30 p.m. del martes, la organización de la 'Sede Central' establecida en el 1900 de la Avenida Chicago estaba funcionando con toda la precisión de una organización militar".
Se prepara la huelga
Nuestra gente tenía un comisariato totalmente preparado. No esperaron hasta que los huelguistas tuvieran hambre. Lo habían organizado de antemano en preparación para la huelga. Montaron un hospital de emergencia en el garage --la sede central de la huelga estaba en un garage-- con su propio doctor y sus propias enfermeras aun antes de que la huelga empezara. ¿Por qué? Porque sabían que los patrones, sus policías, matones y ayudantes tratarían en este caso --como en cualquier otro--, de aplastar la huelga. Estaban preparados para cuidar de su propia gente y no dejar que los enviaran, de resultar heridos, a un hospital municipal para que después los arrestaran y pusieran fuera de servicio. Cuando un compañero trabajador era herido en la línea de piquete, lo llevaban a su propia oficina central y allí lo curaban.
Tomaron el ejemplo de los Mineros Progresistas de Norteamérica [PMA] y organizaron un Auxilio de Mujeres para ayudar a crearles problemas a los patrones. Y créanme, las mujeres crearon muchos problemas, yendo de arriba abajo para protestar y escandalizar a los patrones y a las autoridades municipales, y esa es una de las armas políticas más importantes. La dirección de la huelga organizó las líneas de piquete a nivel masivo. Este asunto de designar o de contratar a unas pocas personas, una o dos, para observar, contar e informar cuántos rompehuelgas han sido empleados, no funciona en una verdadera lucha. Ellos enviaban a un escuadrón para impedir que los rompehuelgas entraran. Mencioné que tenían su sede central en un garage. Eso se debía a que los piquetes andaban sobre ruedas. No sólo organizaban los piquetes, sino que también movilizaban una flotilla de autos de piquetes. Se hizo un llamado a todo huelguista, simpatizante y sindicalista de la ciudad para que donara el uso de su auto o camión. Así es que el comité de huelga tenía toda una flota a su disposición. Escuadrones móviles de piquetes sobre ruedas se estacionaban en puntos estratégicos por toda la ciudad.
Cuando se recibía un informe de un camión que estaba siendo operado o de que había un intento de trasladar camiones, el "despachador" pedía por el altavoz del garage tantos autos --llenos de piquetes-- como fueran necesarios para ir al lugar y ofrecer a los operadores de los camiones esquiroles argumentos.
El "despachador" en la huelga de mayo era un joven llamado Farrell Dobbs. Salió de un depósito de carbón en Minneapolis para entrar al sindicato, a la huelga, y luego al partido. Primero lo llegamos a conocer como el despachador que anunciaba la salida de equipos de carros y de piquetes. En un principio los piquetes salían con las manos vacías, pero regresaban con la cabeza rota y con heridas diversas. Luego para los próximos viajes se equipaban con shillalahs. Como cualquier irlandés nos podría decir, una shillalah es un bastón en que uno se apoya en caso que de repente empiece a cojear. Por supuesto, también resulta muy práctica para otros fines. El atentado de los patrones y de la policía de aplastar la huelga a la fuerza culminó en la famosa "Batalla del mercado". Varios miles de asistentes especiales de alguacil además de toda la fuerza policiaca fueron movilizados para realizar un esfuerzo supremo para abrir una parte estratégica de la ciudad, el mercado de mayoreo, a fin de que operaran los camiones.
Esos asistentes de alguacil, reclutados de las clases pequeñoburguesa y patronal de la ciudad así como de los sectores profesionales, llegaron al mercado en un espíritu como de fiesta de gala. Habían ido a divertirse golpeando a los huelguistas. Uno de los asistentes especiales de alguacil llevaba puesto su casco de polo. Iba a pasarla de lo lindo, tumbando cabezas de huelguistas como si fueran bolas de polo. El deportista mal aconsejado estaba errado; no se trataba de un juego de polo. El y toda la chusma de asistentes de alguacil y policías se toparon con una masa de piquetes del sindicato determinados y organizados, complementados por sindicalistas solidarios de otros oficios y por miembros de las organizaciones de desempleados. El intento de expulsar del mercado a los piquetes fue un fracaso. El contraataque de los trabajadores los hizo huir. En la historia de Minneapolis la batalla se recuerda como The Battle of Deputies Run (La batalla de la estampida de los asistentes de alguacil). Hubo dos bajas, ambas del otro bando. Esa fue una de las características de la huelga que realzó a Minneapolis ante la estima de trabajadores por doquier. En huelga tras huelga de aquella época, en la prensa se había repetido de manera monótona la misma historia: dos huelguistas muertos, cuatro huelguistas acribillados, veinte huelguistas arrestados, etcétera. Se trataba de una huelga donde no todo estuvo parcializado. Allí irrumpieron los aplausos de forma universal, desde un extremo al otro del movimiento obrero, en virtud de la militancia y la firmeza de los luchadores de Minneapolis. Ellos habían invertido el rumbo de las cosas y donde quiera encomiaban su nombre los trabajadores militantes.
Colaboración del liderazgo del partido
Conforme se desarrollaba la campaña organizativa, a nuestro Comité Nacional en Nueva York se le iba informado de todo, a la vez que se colaboraba lo más posible por correo. Pero cuando estalló la huelga, estuvimos plenamente conscientes que era el momento de hacer más, de hacer todo lo que fuese posible por ayudar. Se me envió a Minneapolis en avión para ayudar a los compañeros, especialmente en las negociaciones para conseguir un acuerdo. Como recordarán, esa era la época en que éramos tan pobres que ni podíamos costearnos un teléfono en la oficina. En absoluto teníamos la base financiera para gastos extravagantes como boletos de avión. No obstante, el nivel de conciencia de nuestro movimiento quedó plasmado de una forma muy gráfica en el hecho que en el momento de urgencia encontramos los medios para pagar por un viaje por avión para ahorrar unas cuantas horas. Esta acción --realizada mediante un gasto que iba mucho más allá de lo que nuestro presupuesto normalmente podría incluir-- estaba diseñada para dar a los compañeros locales envueltos en la lucha el beneficio de todo consejo y asistencia que pudiéramos ofrecer, y a lo cual, como miembros de la Liga, tenían derecho. Sin embargo, había otro aspecto, igual de importante. Al enviar a un representante del CN a Minneapolis, nuestra Liga quería asumir responsabilidad por lo que los compañeros estaban haciendo. Si las cosas salían mal --y siempre existe la posibilidad de que las cosas van a salir mal en una huelga-- pensábamos asumir responsabilidad de ello y no echarle el muerto a los compañeros locales. Esa ha sido siempre nuestra manera de proceder. Cuando cualquier sección de nuestro movimiento está envuelta en una acción, no se deja que los compañeros locales se las arreglen por su propia cuenta. La dirección nacional debe ayudar y en el último análisis asumir la responsabilidad.
Se logra un acuerdo
La huelga de mayo sólo duro seis días y se llegó un acuerdo rápido. Los patrones se vieron arrasados y todo el país clamó por que la cosa se resolviera. Hubo presión por parte de Washington y del gobernador Olson. La prensa estalinista, que en aquel momento era muy radical, atacó el acuerdo de forma severa porque no había sido una victoria arrolladora, sino que se había llegado a un arreglo; una victoria parcial con la que se reconoció el sindicato. Nosotros asumimos plena responsabilidad por el acuerdo que nuestros compañeros habían alcanzado e hicimos frente al desafío de los estalinistas. En esta disputa nuestra prensa sencillamente barrió del terreno a los estalinistas. Defendimos el acuerdo de la huelga de Minneapolis y frustramos su campaña de desacreditarla y desacreditar así nuestra labor en los sindicatos. El movimiento obrero radical recibió un cuadro completo de la huelga. Publicamos un número especial del Militant en que se describieron en detalle todos los diferentes aspectos de la huelga y los preparativos que la precedieron. Ese número lo escribieron casi en su totalidad los principales compañeros envueltos en la huelga.
El punto más importante sobre el que elaboramos la explicación del acuerdo del acuerdo fue el siguiente: ¿cuales son los objetivos de un nuevo sindicato en este periodo? Señalábamos: la clase trabajadora estadounidense aún está desorganizada, atomizada. Sólo una porción de los trabajadores calificados está organizada en gremios y éstos no representan a la gran masa de la fuerza laboral norteamericana. Los trabajadores estadounidenses son una masa desorganizada y su primer impulso y necesidad es dar los primeros pasos elementales antes de poder hacer algo más; es decir, formar un sindicato y obligar a los patrones a que reconozcan ese sindicato. Así formulamos el problema.
Sosteníamos, y creo que con justeza plena, que un grupo de trabajadores --quienes en su primera batalla lograron el reconocimiento de su sindicato y a partir de lo cual podrían forjar y fortalecer su posición--, había logrado los objetivos del momento y no debía exceder sus fuerzas y correr el riesgo de desmoralización y de derrota. El acuerdo demostró ser correcto porque facilitó una base suficiente a partir de la cual ir progresando. El sindicato se mantuvo estable. No fue un éxito pasajero. El sindicato empezó a progresar, comenzó a reclutar nuevos miembros y a educar un cuadro de dirigentes nuevos. A medida que pasaban las semanas, a los patrones les quedaba patente que su ardid para robar a los camioneros los frutos de su lucha no estaba funcionando bien.
Los patrones llegaron entonces a la conclusión de que habían cometido un error, que debían haber luchado más tiempo, destruido el sindicato, y así impartir a los trabajadores de Minneapolis la lección de que allí no podían existir sindicatos; que Minneapolis era una ciudad esclavista y libre de sindicatos y que debía seguir así. Alguien los mal aconsejó. La Alianza Ciudadana --la organización general de los empleadores y de quienes odiaban al sector obrero--, seguía azuzando e incitando a los patrones de la industria del camionaje para que rompieran el acuerdo, hicieran trampa en las concesiones que habían acordado y las demoraran, y poco a poco fueran minando los logros conquistados por los trabajadores.
La dirección del sindicato entendía la situación. Los patrones no habían quedado lo suficientemente convencidos con la primera prueba de fuerzas con el sindicato y necesitaban otra demostración. Comenzaron a preparar otra huelga. De nuevo se preparó a los trabajadores en la industria para la acción. De nuevo se movilizó a todo el movimiento obrero para que los apoyara, esta vez de la manera más impresionante y más dramática. La campaña para que en la Central Sindical y en sus sindicatos afiliados se aprobaran resoluciones en apoyo del Local 574 se orientó hacia un gran desfile del movimiento obrero organizado. En él participaron numerosos contingentes de miembros de los diversos sindicatos, quienes en filas sólidas marcharon hacia una reunión masiva en el Auditorio de la Ciudad para respaldar a los choferes de camiones y prometerles su apoyo en la lucha inminente. Fue una imponente manifestación de la solidaridad obrera y de la nueva militancia que se había apoderado de los trabajadores.
Patrones se muestran inflexibles
Los patrones seguían inflexibles. Hablaban mucho de la "amenaza roja", y denunciaba a los "comunistas de Trotsky" en anuncios sensacionalistas en la prensa. Del lado del sindicato, los preparativos continuaban como en la huelga de mayo, pero a un nivel organizativo aún superior. Cuando quedó claro que no se podía evitar otra huelga a menos que se sacrificara el sindicato, nuestro Comité Nacional decidió que la Liga Comunista de Norteamérica en su totalidad tendría que apoyarla con todo. Sabíamos que la verdadera prueba estaba aquí, que no osaríamos tener escarceos con este asunto. La percibíamos como una batalla que por años significaría para nosotros la consagración o la ruina; que si la apoyábamos sin entusiasmo, o si reteníamos una u otra forma de ayuda que pudiésemos dar, eso ayudaría a inclinar el fiel de la balanza hacia la victoria o la derrota. Sabíamos que teníamos mucho que brindar a nuestros compañeros de Minneapolis.
En nuestro movimiento nunca jugamos con la absurda idea de que sólo aquellos que están directamente conectados al sindicato son capaces de brindar ayuda. Ante todo, lo que las huelgas modernas necesitan es dirección política. Si nuestro partido, nuestra Liga como la llamábamos entonces, era digna de existir saldría en ayuda de los compañeros locales. Como sucede siempre con dirigentes sindicales, especialmente en tiempos de huelga, ellos se encontraban bajo la presión y la tensión de mil detalles urgentes. Un partido político, por otro lado, se ubica por encima de los detalles y generaliza a partir de las cuestiones principales. Un dirigente sindical que rechaza la idea de un consejo político en la lucha contra los patrones y su gobierno, con sus taimados ardides, trampas y métodos para ejercer presión, es sordo, mudo y ciego. Nuestros compañeros de Minneapolis no eran así. Y acudieron a nosotros en pos de ayuda.
Enviamos una buena cantidad de fuerzas para esa situación. Yo fui allá unas dos semanas antes que empezara la segunda huelga. Después que había estado allí unos días, acordamos traer más ayuda, todo un equipo, en realidad. Se trajo de Nueva York a dos personas más para el trabajo periodístico: [Max] Shachtman y Herbert Solow, un periodista experimentado y talentoso que en aquel entonces era algo así como un simpatizante de nuestro movimiento. Tomando prestada una idea de la huelga de Auto-Lite de Toledo, trajimos a otro compañero cuya tarea específica fue organizar a los desempleados para que ayudaran a la huelga. Ese fue Hugo Oehler, quien era muy capaz como trabajador de masas y como sindicalista. Su trabajo en Minneapolis fue la última contribución que jamás realizó a favor nuestro. Poco después le dio la enfermedad del sectarismo. Pero hasta ese momento, Oehler fue bueno y contribuyó un poco a la huelga. Aparte de esto, importamos a un abogado general para el sindicato, Albert Goldman. En base a experiencias previas sabíamos que en una huelga un abogado es muy importante, si se puede conseguir uno bueno. Es muy importante que uno tenga un "portavoz" y frente legal propios que le den a uno consejos honestos y le protejan sus intereses legales. En una huelga enconada hay todo tipo de altibajos. A veces las cosas se les tornan demasiado calientes a los "infames" dirigentes de la huelga. Luego, uno siempre puede poner a un abogado por delante para que diga con calma: "Vamos, razonemos juntos y veamos lo que dice la ley". Resulta muy práctico, en particular cuando se tiene a un abogado tan brillante y a un hombre leal como Al Goldman.
Desde nuestro centro en Nueva York dimos a la huelga todo lo que pudimos, en base al mismo principio que mencioné en otra ocasión, el cual podría servir como guía para todo tipo de actividad de un partido serio, o de una persona seria para el caso. El principio es este: Si uno va a hacer algo, por el amor de Dios, hay que hacerlo como se debe, hacerlo bien. Nunca andar con escarceos, nunca hacer nada a medias. ¡Ay de los tibios! "Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca".
Huelga de julio
La huelga comenzó el 16 de Julio de 1934, y duró cinco semanas. Creo que puedo decir sin la menor exageración, sin temor a ninguna contradicción, que la huelga de julio-agosto de los choferes de camiones y ayudantes en Minneapolis ha entrado en los anales de la historia del movimiento obrero estadounidense como una de las luchas más grandes, más heroicas y mejor organizadas. Es más: la huelga y el sindicato que se forjó en su crisol han quedado identificados para siempre en el movimiento obrero --no sólo aquí, sino en todo el mundo-- con el trotskismo en acción en el movimiento de masas de los trabajadores. El trotskismo hizo una serie de contribuciones específicas a esta huelga que diferenciaron de forma decisiva a la huelga de Minneapolis con cientos de otras huelgas en aquel periodo, algunas de las cuales involucraron a más trabajadores en lugares e industrias socialmente más importantes. El trotskismo contribuyó con la organización y los preparativos hasta el último detalle. Eso es algo nuevo, es algo peculiarmente trotskista. En segundo lugar, el trotskismo insertó en todos los planes y preparativos del sindicato y de la huelga, desde el comienzo hasta el final, la línea de clase de la combatividad, no como una reacción subjetiva --algo que se ve en cada huelga--, sino como una política consciente basada en la teoría de la lucha de clases, de que no se puede ganar nada de los patrones a menos que uno tenga la voluntad de luchar por ello y tenga la fuerza para tomarlo.
La tercera contribución del trotskismo a la huelga de Minneapolis --la más interesante y quizás la más decisiva-- consistió en que enfrentamos a los mediadores del gobierno en su propio terreno. Puedo decir que una de las cosas más tristes que se podía apreciar en aquel periodo, era el ver cómo en una huelga tras otra los "amigos del movimiento obrero", disfrazados de mediadores federales, embaucaban y hacían pedazos a los trabajadores y les destruían las huelgas.
Estos pícaros diestros llegaban, se aprovechaban de la ignorancia, inexperiencia y falta de preparación política de los dirigentes locales y les aseguraban que ellos estaban allí como amigos. Su tarea consistía en "superar el problema" arrancando concesiones del lado más débil. Los dirigentes huelguísticos inexpertos y carentes de educación política eran sus presas. Ya tenían su rutina, una fórmula para pescar a los desprevenidos. "No les estoy pidiendo que le hagan ninguna concesión a los patrones, pero háganmela a mí de modo que les pueda ayudar". Luego, una vez que en base a la credulidad se había cedido algo: "Traté de conseguir una concesión que corresponda de parte de los patrones pero ellos se niegan. Creo que es mejor que ustedes hagan más concesiones: la opinión pública se está volcando contra ustedes". Y luego venía la presión y las amenazas: "Roosevelt va a hacer una declaración". O, "Si no son más razonables y responsables nos vamos a ver obligados a publicar algo contra ustedes en la prensa". Luego, llevaban a la pobre novatada a las salas de conferencia, la mantenían allí por horas y horas, y la aterrorizaban. Esa era la trillada rutina que empleaban esos cínicos desvergonzados.
Llegaron a Minneapolis todos acicalados para otra función de rutina. Los aguardábamos sentados. Dijimos, "Vamos. Quieren negociar, ¿cierto? Bien. Eso está muy bien". Claro que nuestros compañeros lo plantearon usando el lenguaje más diplomático del "protocolo" de negociaciones, pero esa era la esencia de nuestra actitud. Ahora bien, al negociar jamás les sacaron dos centavos a los dirigentes trotskistas del Local 574. Recibieron una dosis de negociaciones y diplomacia que aún les dan náuseas. A tres de ellos los agotamos antes de que por fin se resolviera la huelga.
En esos días un truco favorito de los tipos de confianza conocidos como los mediadores federales era meter a los novatos dirigentes de huelgas en un cuarto, explotar su vanidad e inducirles a comprometerse a algún tipo de arreglo que no estaban autorizados a hacer. Los mediadores federales convencían a los dirigentes sindicales de que eran "peces gordos" que debían asumir una actitud "responsable". Los mediadores sabían que concesiones cedidas por dirigentes en el curso de negociaciones rara vez se podían retirar. No importa cuánto se opongan a ello los trabajadores, el hecho que los dirigentes ya se han comprometido en público compromete la posición del sindicato y crea desmoralización en las bases.
En aquella época esa maniobra hizo añicos de muchas huelgas. En Minneapolis no dio resultado. Nuestras gentes no eran los "peces gordos" de las negociaciones. Aclaraban que su autoridad en las negociaciones era extremadamente limitada, que en realidad representaban el ala más moderada y razonable del sindicato, y además que si daba un paso fuera de línea los reemplazarían en el comité negociador con gente de otro tipo. Eso era un verdadero problema para los destazadores de huelgas que habían llegado a Minneapolis con sus cuchillos ya listos para las confiadas ovejas. De vez en cuando se añadía a Grant Dunne al comité. El simplemente se sentaba en una esquina sin decir nada, pero fruncía el ceño cada vez que se mencionaban concesiones. Aunque la huelga fue una lucha cruenta y amarga, nos divertimos mucho al planificar las sesiones del comité sindical de negociaciones con los mediadores. Nos resultaban despreciables tanto ellos como sus ardides y trucos taimados y sus presunciones hipócritas de camaradería y amistad con los huelguistas. No eran más que agentes del gobierno en Washington, que a su vez era el agente de la clase patronal en su conjunto. Para un marxista eso estaba perfectamente claro; aparte de eso, considerábamos un insulto el que pretendieran timarnos con los métodos que empleaban con novatos. Aun así, intentaron hacerlo. Parecía que no conocieran ningún otro método de mediar. Pero no lograron avanzar ni un milímetro sino hasta que tuvieron que ir al grano, ejercer presión sobre los patrones y lograr concesiones para el sindicato. La experiencia política colectiva de nuestro movimiento fue muy útil en los tratos con los intermediarios federales. A diferencia de sectarios estúpidos, no los ignoramos. A veces éramos nosotros quienes iniciaban las conversaciones. Pero no permitimos que nos usaran ni confiamos en ellos por un instante. En la huelga nuestra estrategia en general fue la de no dejar de luchar, no ceder nada a nadie, mantenernos firmes y no dejar de luchar. Esa fue la cuarta contribución trotskista. Pareciera ser una receta muy simple y obvia, pero no era así. Pero no era algo obvio para la gran mayoría de dirigentes sindicales de aquellos tiempos.
El diario de la huelga
La quinta y suprema contribución que hizo el trotskismo a la huelga de Minneapolis fue la publicación de un diario de la huelga, el Daily Organizer [Organizador diario]. Por primera vez en la historia del movimiento obrero estadounidense, los huelguistas no tuvieron que depender de la prensa capitalista ni ésta los pudo confundir ni aterrorizar, ni tampoco ver cómo el monopolio capitalista sobre la prensa desorientaba la opinión pública. Los huelguistas de Minneapolis editaron su propio diario. No fueron medio millón de mineros del carbón, ni cien mil obreros automotrices o siderúrgicos quienes lograron esto, sino que fue un solo local sindical de 5 mil choferes de camión, un sindicato nuevo en Minneapolis que contaba con una dirección trotskista. Este liderazgo comprendía que la publicidad y propaganda tienen una enorme importancia, y eso es algo que muy pocos dirigentes sindicales saben. Es casi imposible expresar el tremendo efecto que tuvo ese diario. No era extenso, apenas un tabloide de dos páginas. Sin embargo, contrarrestaba por completo a la prensa capitalista. Después de uno o dos días ya no nos importó lo que decía la prensa diaria de los patrones. Imprimían todo tipo de cosas pero eso no tenía ningún efecto entre las filas de los huelguistas. Tenían su propio periódico y para ellos sus informes eran la pura verdad. El Daily Organizer cubrió la ciudad de punta a punta. En la oficina central los huelguistas lo tomaban de la propia imprenta. El Auxiliar de Mujeres lo vendía en todas las tabernas de la ciudad que contaran con una clientela obrera. En muchas cantinas en los barrios obreros dejaban un paquete de periódicos en la barra con una lata al lado para recoger las donaciones. Así se recaudaron muchos dólares, bajo el ojo alerta de cantineros solidarios.
Había sindicalistas que noche a noche llegaban de los talleres y de los ferrocarriles para llevarse paquetes del Organizer para distribuirlo entre los hombres en sus turnos de trabajo. La fuerza de ese periodiquito, su influencia sobre los trabajadores, es indescriptible. Creían en el Organizer y en ningún otro periódico. Ocasionalmente en la prensa burguesa aparecía una noticia sobre un nuevo acontecimiento en la huelga. Los trabajadores no la creían. Esperaban a que saliera el Organizer para ver cuál era la verdad. Las distorsiones o las falsedades descaradas sobre la huelga que aparecían en la prensa --que han destruido la moral de muchas huelgas-- no dieron resultado en Minneapolis. En más de una ocasión, entre la multitud que siempre se abalanzaba en torno a la sede de la huelga al salir el último número del Organizer, uno podía escuchar comentarios de este tipo: "Ves lo que dice el Organizer. Te dije que aquella noticia del Tribune era una maldita mentira". Esa era la opinión general de los trabajadores hacia la voz del movimiento obrero en la huelga, el Daily Organizer.
Este instrumento poderoso no le costó al sindicato ni un centavo. Al contrario, el Daily Organizer obtuvo ganancias desde el primer día y mantuvo a la huelga cuando no había fondos en la tesorería. Las utilidades del Organizer cubrían los gastos cotidianos del comisariato. El periódico se distribuía gratis a quien lo quisiera pero casi todo trabajador solidario donaba desde cinco centavos hasta un dólar por ejemplar. Mantenía alta la moral de los trabajadores; pero, sobre todo, el papel que desempeñaba el Organizer era el de un educador. Cada día el periódico tenía las noticias de la huelga, algunos chistes sobre los patrones y otra información sobre lo que ocurría en el movimiento sindical. Tenía incluso una caricatura diaria dibujada por uno de los camaradas locales. Luego se incluía un editorial que sacaba las lecciones de las últimas 24 horas, día tras día, y que señalaba el camino a seguir. "Esto es lo que ha ocurrido. Esto es lo que viene. Esta es nuestra posición". A los trabajadores en huelga se les armaba y preparaba de antemano para cada maniobra de los mediadores o del gobernador Olson. Seríamos marxistas pobres si no fuéramos capaces de prever cosas con 24 horas de anticipación. Acertamos tantas veces que los huelguistas comenzaron a tomar nuestras predicciones como noticia y dependían de ellas como tal. El Daily Organizer era el arma más poderosa del arsenal de la huelga de Minneapolis. Puedo decir sin la menor reserva de que entre todas las contribuciones que hicimos, la mas decisiva, la que hizo que la balanza se inclinara del lado de la victoria, fue la publicación del diario. Sin el Organizer no se habría ganado la huelga.
Todas estas contribuciones que he mencionado fueron integradas y se realizaron con gran armonía entre el equipo enviado por el Comité Nacional y los camaradas locales que estaban en la dirección de la huelga. Las lecciones de la huelga hotelera, las experiencias lamentables con gente engreída y desleal, se asimilaron por completo en Minneapolis. Hubo la más estrecha colaboración desde principio a fin.
El Partido de Agricultores y Trabajadores
La huelga presentó a Floyd Olson, el gobernador del Partido de Agricultores y Trabajadores, un hueso duro de roer. Entendíamos las contradicciones en que se hallaba. Por un lado, él era supuestamente el representante de los trabajadores; por el otro, era el gobernador de un estado burgués, temeroso de la opinión pública y temeroso de los patrones. Estaba atrapado entre su deber de hacer algo --o aparentar hacer algo-- a favor de los trabajadores y su temor de permitir que se fuera a perder el control de la huelga. Nuestra política consistió en explotar esas contradicciones, exigirle cosas por que era el gobernador del sector obrero, tomar todo lo que pudiéramos y todos los días pedir a gritos más. Por otra parte, lo criticábamos y lo atacábamos por cada paso en falso que daba y nunca accedimos en lo más mínimo a la teoría de que los trabajadores dependieran de sus consejos.
Floyd Olson era sin duda el líder del movimiento obrero oficial en Minnesota, pero nosotros no reconocíamos su liderazgo. Los burócratas del movimiento obrero en Minneapolis se hallaban bajo su dirección, tal como hoy en día los burócratas del CIO y de la AFL están bajo la dirección de Roosevelt. Roosevelt es el jefe y Floyd Olson era el jefe de todo el movimiento obrero en Minneapolis excepto por el Local 574. No era nuestro jefe y no vacilábamos en atacarlo de la manera más despiadada. Bajo estos ataques él reaccionaba un poco y accedía a dar una que otra concesión que el liderazgo de la huelga agarraba y explotaba al máximo. No le teníamos la menor lástima. Los burócratas obreros locales lloriqueaban y chillaban atemorizados de que se le a arruinar su carrera política. A nosotros no nos importaba. Eso era asunto suyo no nuestro. Lo que queríamos eran que él diera mas concesiones y las exigíamos a gritos día tras día. Los pencos sindicales se morían de miedo. "No hagan eso, no lo pongan en tal calamidad, recuerden las dificultades de su cargo". No les prestábamos atención y seguíamos por nuestro propio camino. Presionado y golpeado de ambos lados, temeroso de ayudar a los huelguistas y temeroso de no ayudarles, Floyd Olson impuso la ley marcial. En realidad esa es una de las cosas mas fantásticas que jamás ha ocurrido en la historia del movimiento obrero estadounidense. Un gobernador del Partido de Agricultores y Trabajadores decretó la ley marcial y suspendió la circulación de camiones. Se suponía que con ello se anotaban un tanto los trabajadores. No obstante, luego permitió la circulación de camiones con permisos especiales. Ese sí fue un tanto para el lado patronal. Naturalmente, los piquetes emprendieron la tarea de detener los camiones, tuvieran permiso o no. Luego, a los pocos días, la milicia del gobernador del Partido de Agricultores y Trabajadores, ocupó la sede de la huelga y detuvo a sus dirigentes.
Me estoy adelantando un poco en el relato. Al imponerse la ley marcial, las primeras bajas, los primeros presos militares de Olson y de su milicia pasamos a ser yo mismo y Max Schachtman. No sé cómo averiguaron que estábamos allí, puesto que no éramos muy conspicuos en público. Pero Schachtman llevaba puesto un enorme sombrero de vaquero --quién sabe de dónde lo sacó ni por qué en nombre de Dios lo llevaba puesto-- y eso lo hacía conspicuo. Supongo que fue así que nos ubicaron. Una noche, Schachtman y yo nos alejábamos de la sede de la huelga, nos dirigimos hacia el centro y, necesitando un poco de esparcimiento, anduvimos viendo qué estaban exhibiendo. Hacia el final de la Avenida Hennepin nos topamos con una opción: en un sitio un espectáculo de variedades y al lado una película. ¿A dónde ir? Bueno, naturalmente yo dije, la película. Un par de detectives que nos habían venido siguiendo nos arrestaron allí. Por poco y nos detienen dentro de un espectáculo de variedades. Qué escándalo habría sido. No viviría lo suficiente como para llegar a olvidarlo, sin duda.
Arrestan a dirigentes obreros
Nos tuvieron presos unas 48 horas, después nos llevaron al tribunal. Nunca en mi vida había visto tantas bayonetas en un solo sitio como las que había dentro y en los alrededores de la sala. Todos estos jóvenes, tanto los rústicos del norte del estado como los insolentes de cuello blanco, que estaban en las milicias parecían estar más que dispuestos para hacer prácticas con bayoneta. Algunos de nuestros amigos estaban en el tribunal observando lo que sucedía. Al final, el juez nos entregó a los militares y a Shachtman y a mí nos llevaron por los pasillos y por las escaleras entre dos filas de milicianos bayonetas en mano. Mientras nos llevaban para sacarnos del tribunal, oímos un grito. Bill Brown y Mick Dunne, estaban observando la procesión tranquilamente sentados en una ventana del tercer piso, riéndose y saludándonos. "Ojo con las bayonetas", gritaba Bill. Lo que fuera por sacarte una risa en Minneapolis. A los pocos días, cuando la milicia arrestó a Bill y a Mick lo tomaron con la misma serenidad.
Nos metieron en la cárcel militar y pusieron de guardia a dos o tres de estos novatos nerviosos con sus manos en las bayonetas todo el tiempo. Albert Goldamn llegó amenazando con tomar una acción legal. Los jefes de las milicias se miraban ansiosos de deshacerse de nosotros y de evitarse cualquier problema con este abogado de Chicago. De nuestra parte, no queríamos que nuestra detención sirviera como caso experimento legal. Ante todo, queríamos salir de modo que pudiéramos serle útiles al comité timón del sindicato. Decidimos aceptar la oferta que hicieron. Nos dijeron, sí se van de la ciudad pueden quedar libres. Dijimos, muy bien, y nos mudamos a St. Paul, al otro lado del río. Allí teníamos reuniones del comité directivo todas las noches mientras cualquiera de sus dirigentes centrales estaba siempre y cuando cualquiera de sus dirigentes centrales no estuvieran preso. El comité directivo --a veces con Bill Brown, a veces sin él--, se metía en un auto, manejaba hasta allá, discutía las experiencias del día y planificaba el día siguiente. Durante toda la huelga nunca se realizó una medida seria sin discutirla y prepararla de antemano.
Fue entonces que ocurrió la redada a la sede de la huelga. Una mañana los miembros de la milicia rodearon la sede a las 4:00 de la madrugada y detuvieron a cientos de piquetes y a todos los dirigentes que les pudieron poner las manos encima. Detuvieron a Mick Dunne, Vincent Dunne, Bill Brown. En su prisa "se les fueron" algunos de los dirigentes. Farrell Dobbs, Grant Dunne y algunos otros se les fueron de las manos. Estos simplemente formaron otro comité y otra sede de huelga en varios los talleres de auto solidarios. Los piquetes, organizadas en clandestinidad, siguieron con gran vigor. La lucha continuó y los mediadores siguieron con sus artimañas.
El primer hombre que enviaron a lidiar con la situación fue uno de nombre Dunnigan. Era un tipo de apariencia impresionante que usaba quevedos, suspendidos de una cinta negra y fumaba cigarros caros, pero no sabía mucho. Después de intentar infructuosamente por un tiempo de imponerse a los dirigentes de la huelga, preparó una propuesta de arreglo que incluía un aumento salarial substancial para los trabajadores, pero que no concedía todas la demandas de los trabajadores. Entretanto, enviaron a uno de los negociadores más hábiles de Washington, un cura católico llamado padre Haas. El se identificó con la propuesta de Dunnigan, y esta pasó a conocerse como el "Plan Haas-Dunnigan". Los huelguistas lo aceptaron de inmediato. Los patrones se demoraron y se encontraron en la posición de oponerse a una propuesta gubernamental, pero eso no pareció molestarles. Los huelguistas aprovecharon la situación de forma eficaz al movilizar la opinión pública a su favor. Entonces, cuando habían pasado varias semanas, el padre Haas cayó en la cuenta de que no podría presionar de ninguna manera a los patrones, de modo que decidió presionar a los huelguistas. De forma atrevida le planteó el tema al comité negociador del sindicato: "Los patrones no ceden, así es que ustedes deben ceder. La huelga se debe resolver. Washington insiste".
Los dirigentes de la huelga respondieron: "No, usted no puede hacer eso. Trato es trato. Nosotros aceptamos el plan Haas-Dunnigan. Estamos luchando por su plan. Aquí se juega su honor". Ante lo cual el padre Hass dijo --y esta es otra amenaza que siempre le lanzan a los dirigentes sindicales--, "Vamos a hablar con las filas del sindicato en nombre del gobierno de Estados Unidos". Esa amenaza por lo general mata de miedo a cualquier dirigente sindical sin experiencia.
Pero en Minneapolis los dirigentes de la huelga no se espantaron. Dijeron, "Bien, vamos a darle". Así es que le organizaron una reunión. Y se topó con una reunión como no la esperaba. Esa reunión, como toda acción importante tomada durante la huelga, fue planificada y preparada de antemano. Apenas había terminado el padre Haas con su discurso y se desató una gran tormenta. Uno por uno, los huelguistas de filas se pararon y demostraron lo bien que habían memorizado los discursos que se habían delineado en las reuniones. Casi lo corrieron de la reunión. Le causaron un malestar físico. Desesperado, se fue de la ciudad. Los huelguistas votaron de forma unánime condenando su intento traicionero de echar a pique la huelga y, por tanto, su sindicato.
Dunnigan estaba acabado, el padre Haas estaba acabado. Entonces enviaron a un tercer mediador federal. Obviamente, éste había aprendido de las tristes experiencias de los otros para intentar andarse con trampas. El señor Donaghue, creo que se llamaba, entró de lleno a las negociaciones y en cuestión de días elaboró un acuerdo que representaba una gran victoria para el sindicato.
El nombre de una nueva galaxia de dirigentes sindicales brilló en los cielos del noroeste: William S. Brown; los hermanos Dunne, Vincent, Miles, y Grant; Carl Skoglund; Farrell Dobbs; Kelly Postal; Harry DeBoer; Ray Rainbolt; George Frosig.
La gran huelga terminó después de cinco semanas de una lucha amarga durante la cual no había habido una sola hora libre de tensión y de peligro. Dos trabajadores murieron durante la huelga, hubo veintenas de heridos, baleados, de agredidos en las líneas de piquete en la batalla para prevenir que los camiones circularan sin choferes sindicalizados. Se aguantaron muchas dificultades, muchas presiones de todo tipo, pero al final el sindicato salió victorioso, se estableció de manera firme, construido sobre roca sólida en virtud de aquellas luchas. Creíamos, y lo escribimos después, que esto le hacía justicia de forma gloriosa al trotskismo en el movimiento de masa.
Ola nacional de huelgas
Minneapolis representó la cúspide de la segunda ola de huelgas bajo la NRA [Ley de Recuperación Nacional]. La segunda ola llegó más alto que la primera, así como la tercera estaba destinada a superar la segunda y llegar a la cúspide de las huelgas de brazos caídos del CIO. El gigante del proletariado estadounidense empezaba a sentir su poder en esos años, empezaba a demostrar su tremendo potencial, que recursos de fuerza, ingenio y valor existen dentro de la clase obrera norteamericana.
En julio de ese año, 1934, escribí un artículo sobre estas huelgas y sobre las olas de huelgas para la primera edición de nuestra revista New International (Nueva Internacional). Dije:
"La segunda ola de huelgas bajo la NRA se eleva más alto que la primera y marca un enorme paso al frente de la clase obrera estadounidense. El tremendo potencial de desarrollos futuros queda claramente escrito en este avance. . .
"En estas grandes luchas los trabajadores estadounidenses en todos los rincones del país están desplegando la combatividad incontenible de una clase que recién comienza a despertar. Esta es una nueva generación de una clase que no ha sido derrotada. Al contrario, sólo es hasta hoy que comienza a reconocerse y a sentir sus fuerzas, y en estos primeros conflictos tentativos el gigante proletario ofrece una promesa gloriosa para el futuro. La generación actual se mantiene fiel a la tradición del movimiento obrero norteamericano. Es valientemente agresiva y violenta desde el comienzo. El trabajador norteamericano no es un cuáquero. Los acontecimientos futuros de la lucha de clases van a traer mucha batallas a Estados Unidos de América".
La tercera ola, que culminó con las huelgas de brazos caídos, confirmó ese pronóstico y nos dio bases para anticipar, llenos del mayor optimismo, manifestaciones más grandes, más grandiosas aún, del poder y de la combatividad de los trabajadores norteamericanos. En Minneapolis vimos cómo la combatividad natural de los trabajadores se fundió con un liderazgo político consciente. Minneapolis demostró lo importante que puede ser el papel que juega ese liderazgo. Demostró lo prometedor que resulta para un partido que se base en principios políticos correctos y que esté fundido y unido a la masa de trabajadores estadounidenses. En esa combinación se puede ver el poder que ha de conquistar el mundo entero.
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Durante esa huelga, a pesar de lo ocupados que estábamos día a día con innumerables detalles y bajo la presión constante de los sucesos diarios, nunca nos olvidamos del aspecto político del movimiento. Ocasionalmente, en el comité timón no sólo discutíamos el problema inmediato de la huelga ese día, sino que de la mejor manera posible nos manteníamos vivos y atentos de los acontecimientos del mundo más allá de Minneapolis. En aquellos momentos Trotsky estaba elaborando una de sus propuestas tácticas más audaces. Propuso que los trotskistas de Francia se encaminaran hacia la revigorizada ala izquierdista de la socialdemocracia francesa y trabajaran allí como una fracción bolchevique. Ese fue el famoso "viraje francés". Nosotros debatimos esa propuesta al calor de la huelga de Minneapolis. Para Estados Unidos la interpretamos como un mandato para apurar la unificación con el Partido Estadounidense de los Trabajadores (AWP). El AWP era obviamente el grupo político más cercano a nosotros y que se inclinaba a la izquierda. Decidimos recomendar a la dirección nacional de nuestra Liga que diera pasos decisivos tendientes a acelerar la unificación para completarla antes del fin de año. Los musteistas habían dirigido una gran huelga en Toledo. Los trotskistas se habían destacado en Minneapolis. Toledo y Minneapolis se vieron ligadas como símbolos gemelos de los dos puntos culminantes de combatividad proletaria y liderazgo consciente. Estas dos huelgas tendían a acercar más a los militantes de cada batalla, a volverlos más solidarios entre sí, más deseosos de una colaboración estrecha. Era obvio, bajo todas estas circunstancias, que ya era tiempo que se diera la señal para la unificación de estas dos fuerzas. Retornamos de Minneapolis con esta meta en la mira y procedimos de forma decidida hacia la fusión de los trotskistas con el Partido Estadounidense de los Trabajadores, a lanzar un nuevo partido: la sección estadounidense de la Cuarta Internacional.
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