Perspectiva Mundial
numeros anterioresbusqueda de articulosdistribuidores localescomo contactarnossuscribase


en este numero
PORTADA

Washington agrede al pueblo iraquí con bombas de racimo

Potencias europeas se someten a plan de 'escudo antimisiles' de Washington

Gobiernos de EE.UU. y México discuten nuevo 'programa bracero'

Conmemoran en Nueva York victoria cubana de abril de 1961

AMERICA LATINA

El testimonio de Rodolfo Saldaña señala 'el futuro de nuestra América'

CUBA

Presentan libro de Pathfinder 'Terreno fértil: Che y Bolivia' en Feria del Libro


ESTADOS UNIDOS

Mineros defienden prestaciones

Obreros de la carne narran batalla


COREA

Inquieta a Seúl política norteamericana

ESPECIAL

La invasión de Washington en Playa Girón y la lucha de clases en EE.UU.


UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR
abril de 2001 Vol. 25 No. 04

Editorial Pathfinder

La invasión de Washington en Playa Girón y la lucha de clases en EE.UU.
Cómo la revolución cubana captó a nueva generación al movimiento comunista

Por Jack Barnes

[Reproducimos aquí el prólogo de Jack Barnes a Playa Girón/Bahía de Cochinos: Primera derrota militar de Washington en América, que Pathfinder acaba de publicar en inglés y en español. El nuevo título contiene extractos de tres discursos del comandante en jefe cubano Fidel Castro, pronunciados justo antes y después de la victoria revolucionaria cubana en Playa Girón, junto al testimonio que dio José Ramón Fernández en julio de 1999 ante un tribunal en La Habana, donde detalló los antecedentes a la victoria del pueblo cubano sobre una invasión contrarrevolucionaria organizada por Washington cerca de Bahía de Cochinos del 17 al 19 de abril de 1961.

[Actualmente vicepresidente del Consejo de Ministros, Fernández fue jefe de la principal columna de combatientes cubanos que pelearon contra la fuerza invasora y la aplastaron.

[Barnes es secretario nacional del Partido Socialista de los Trabajadores. Se reproduce con autorización; derechos reservados, copyright © 2001 por Pathfinder.]

* * *

"La Crisis de Octubre fue la continuación del fiasco norteamericano de Girón. El revés que sufrieron en Girón los llevó a asumir el peligro de una guerra atómica. Girón es como una espina atravesada en la garganta, algo que ellos no aceptan todavía. En la guerra se gana o se pierde. Pero ellos no han admitido que han perdido en su esfuerzo de dominar a este país tan pequeño".

--General de división Enrique Carreras
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba
Octubre de 1997

El 18 de abril de 1961, los lectores de la prensa diaria a lo largo de Estados Unidos amanecieron leyendo titulares de primera plana que proclamaban, "Rebeldes cerca de La Habana. Invaden cuatro provincias". Un despacho de Prensa Asociada (AP) informaba que "fuerzas rebeldes cubanas" habían desembarcado a 38 millas de La Habana y en numerosos puntos más de la isla. Citando un comunicado de prensa del "Consejo Revolucionario Cubano", el despacho afirmaba que gran parte de las milicias había desertado ya al lado de las fuerzas invasoras y que "en las próximas horas" se libraría la batalla decisiva por el país. Las fuerzas "rebeldes" habían asumido "control de Isla de Pinos y habían liberado a unos 10 mil presos políticos allí detenidos".

La mayoría de los norteamericanos aceptaron esta versión como cierta, y anticipaban escuchar muy pronto la noticia de que el "dictador procomunista" Fidel Castro había sido derrocado.

Sin embargo, por todo el país, en decenas de ciudades y en unos cuantos recintos universitarios, había pequeños grupos de individuos que sabíamos desde un principio que la versión de AP era mentira de cabo a rabo. Habíamos venido librando una intensa campaña educativa durante varias semanas. Nos habíamos estado preparando para la invasión que sabíamos que se iba a producir, preparándonos para actuar aquí en el corazón yanqui, junto al pueblo cubano, desde el momento que se produjera. Entre el 17 y el 19 de abril, al librarse la batalla en Cuba, llenos de confianza salimos a la calle, organizamos mítines de protesta, en los tableros informativos pegamos artículos subrayados y salimos en la radio afirmando que, al contrario de lo que declaraban todos los informes de la prensa, la invasión organizada y financiada por el gobierno norteamericano no iba ganando sino que estaba siendo derrotada.

Como habíamos hecho durante varios meses, señalamos la inmensa popularidad de la revolución entre el pueblo cubano en respuesta a las medidas que el nuevo gobierno lo organizaba a tomar. Se habían clausurado los antros de juego y prostíbulos manejados por la mafia, una vergüenza nacional. Se había distribuido tierra a más de 100 mil familias campesinas, entre arrendatarios, aparceros y precaristas. Se habían recortado los alquileres de casas y apartamentos, así como las tarifas de electricidad y teléfonos. Se había prohibido la discriminación racial y no sólo se había promulgado la igualdad de acceso a las instalaciones públicas, sino que se estaba haciendo cumplir. Las playas públicas de las que antes se excluía a los negros se habían abierto a todo el mundo. Como parte de una extensión más amplia de la educación pública al campo, entre los pobres y para la mujer, se había lanzado una campaña nacional para eliminar el analfabetismo. Se habían formado milicias populares en las fábricas y demás centros de trabajo, lo mismo que en escuelas, barrios y pueblos por toda la isla, ante las demandas de los cubanos de armas y preparación militar para defender sus nuevas conquistas. Se habían nacionalizado los enormes monopolios estadounidenses extorsionistas, así como las principales propiedades agrícolas, comerciales e industriales de las acaudaladas familias cubanas que habían sido la base social y política de la dictadura batistiana.

Explicábamos que durante más de dos años de movilizaciones populares, los trabajadores y agricultores de Cuba no sólo habían comenzado a transformar su país sino a transformarse a sí mismos. Era ésa precisamente la razón por la que los cubanos podrían luchar e iban a luchar hasta la muerte en defensa de su revolución, y vencerían.

Apenas 36 horas después que los primeros artículos de AP habían aparecido en primera plana por todo Estados Unidos, las "fuerzas rebeldes" contrarrevolucionarias que desembarcaron, no a 38 millas de La Habana ni en Isla de Pinos, sino cerca de Bahía de Cochinos en la costa sur de la isla habían sido derrotadas de forma aplastante e ignominiosa en Playa Girón por las milicias populares, la Policía Nacional Revolucionaria y el Ejército Rebelde de Cuba. No sólo el carácter decisivo, sino la rapidez de la derrota del 19 de abril fue crucial. El plan estratégico autorizado por el presidente John F. Kennedy proyectaba que la fuerza mercenaria de 1500 hombres estableciera y retuviera una cabeza de playa en un tramo aislado del territorio cubano el tiempo suficiente como para declarar un gobierno provisional y solicitar la intervención militar directa de Washington y de sus aliados más cercanos en Latinoamérica.

En Washington, y entre sus defensores en salas de redacción, fábricas y escuelas por todo el país, se comenzó a sentir el choque de la primera derrota militar del imperialismo norteamericano en América. En las semanas subsiguientes, al verterse recriminaciones amargas e interesadas entre los organizadores de la invasión, comenzó a salir más y más información en los principales medios de difusión de Estados Unidos sobre el operativo militar dirigido por Washington, y sobre los antecedentes de los distintos "luchadores por la libertad" cubanos.

A medida que estos hechos se fueron difundiendo, los partidarios de la Revolución Cubana los aprovechamos plenamente para divulgar la verdad, señalar la exactitud de nuestros argumentos de los últimos meses, y subrayar la precisión sobria de los discursos y las declaraciones de los dirigentes de la Revolución Cubana en los dos últimos años.

Por ejemplo, la primera edición de la revista Time que apareció tras la victoria cubana reveló que los supuestos autores del comunicado de prensa del Consejo Revolucionario Cubano citado con tanta autoridad por AP entre ellos personajes tan "prestigiosos" como José Miró Cardona no sólo no sabían nada del momento escogido para la invasión, sino que el gobierno estadounidense los habían mantenido casi como prisioneros mientras se desarrollaba el operativo. En realidad, el comunicado emitido a nombre suyo lo habían redactado los oficiales de la CIA a cargo de la invasión, al tiempo que a los miembros del gobierno cubano en el exilio también creado por la CIA, se les mantuvo incomunicados bajo guardia militar en una barraca en la pista aérea desierta de Opa-Locka, cerca de Miami.

El cable de AP y el artículo de Time así como la forma en que los usamos formaron parte del intenso debate que ardió en varios recintos universitarios, así como en fábricas, estaciones ferroviarias y otros centros laborales por todo Estados Unidos durante los primeros años de la Revolución Cubana. Fue una batalla propagandística que, de un extremo al otro del país, se convirtió en un enfrentamiento callejero tanto durante los días circundantes a la invasión organizada por Washington en Bahía de Cochinos como un año y medio más tarde durante la crisis de los "misiles" de octubre.

Esta batalla política que comenzó hace más de 40 años cambió la vida de un número nada insignificante de jóvenes en Estados Unidos. Transformó al movimiento comunista aquí de forma paralela a los cambios profundos que se daban en Cuba y en otras partes del mundo. Ningún suceso desde la revolución bolchevique de octubre de 1917 en Rusia ha tenido un impacto semejante.

Hay momentos en la historia cuando todo deja de ser "normal". De repente, la celeridad de los sucesos y la magnitud de lo que está en juego intensifican cada palabra y cada acción. El terreno neutral parece desaparecer. Cambian las alineaciones y se conforman nuevas fuerzas. Se esfuman las gentilezas del debate cortés que normalmente prevalecen en los círculos burgueses, incluso en el seno de la "comunidad académica".

Abril de 1961 cuando el bombardeo y la invasión a Cuba por parte de mercenarios organizados, financiados y desplegados por Washington se toparon con la resistencia audaz y la victoria relámpago del pueblo cubano fue uno de esos momentos.

* * *

En aquella época yo era uno de los organizadores del Comité Pro Trato Justo a Cuba (FPCC) en la universidad de Carleton, una pequeña y muy respetable facultad de artes liberales en Northfield, Minnesota, a unas cuantas millas al sur de las ciudades gemelas de Minneapolis y St. Paul. La valla a la entrada de Northfield daba la bienvenida a los visitantes ofreciéndoles Cows, Colleges, and Contentment (Vacas, Universidades y Contento). El estado de contento fue sometido a una dura prueba por el ascenso de la Revolución Cubana y el conflicto histórico e irreconciliable de las fuerzas de clases reflejadas en Bahía de Cochinos. A las vacas les siguió yendo bien.

Las experiencias que vivimos en Carleton no fueron únicas. En uno u otro grado se repitieron en decenas de escuelas y universidades a través de Estados Unidos.

El triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959, combinado con la intensa hostilidad de Washington frente a la transformación económica y social que se obraba tan cerca de las costas de Estados Unidos, hicieron que tres estudiantes de Carleton decidieran visitar Cuba en 1960, los tres en momentos distintos, para verla con sus propios ojos. Yo era uno de esos estudiantes y pasé el verano en Cuba estudiando los cambios económicos que allí se estaban dando. Estas 10 semanas de diaria participación junto a otros jóvenes, y junto a trabajadores y agricultores cubanos, en acciones que constituyeron uno de los hitos más importantes de la revolución me impactaron de forma profunda. Al retornar para cursar el último año de mi licenciatura, estaba empeñado en encontrar a aquellas personas en Estados Unidos cuya respuesta a lo que sucedía en Cuba se pareciera a la mía. Tenía dos objetivos entrelazados: colaborar con quien fuera posible para oponernos a los intentos de Washington de aplastar a la Revolución Cubana, y hallar entre ellos a los que quisieran organizar su vida con miras a emular aquí el ejemplo sentado por el Ejército Rebelde y el pueblo trabajador de Cuba.

A partir de la primavera de 1960, todo ser político en el mundo sabía que una invasión a Cuba era inminente. Durante meses se difundieron versiones sobre las instalaciones de reclutamiento y entrenamiento de la CIA en Florida, Luisiana y Guatemala. A pesar de las fuertes presiones del gobierno sobre periodistas y editores, quienes en su mayoría fueron acomodadizos, se llegó a publicar uno que otro artículo. El ministro del exterior de Cuba, Raúl Roa, quien habló por lo menos en tres ocasiones ante organismos de Naciones Unidas, públicamente detalló la envergadura de los preparativos que ya estaban en marcha. Planteó de manera clara e irrefutable que la única cuestión pendiente no era de si se produciría una invasión, sino dónde y cuándo se iba a realizar.

Ante el impacto de las experiencias en Cuba, en el recinto organizamos un grupo de estudios socialistas, para leer y discutir la teoría marxista: desde La ideología alemana y otras obras tempranas de Carlos Marx que se acababan de publicar por primera vez en traducciones al inglés, hasta el Manifiesto Comunista y obras de dirigentes comunistas en Estados Unidos. Organizamos a otros estudiantes para que se suscribieran al semanario The Militant, que habíamos empezado a leer estando en Cuba y que era nuestra fuente de información más completa y sistemática, así como la más fiable, sobre la revolución.

Hacia principios de 1961, convencidos de que sólo quedaban semanas antes de la invasión, organizamos un capítulo universitario del Comité Pro Trato Justo a Cuba, y comenzamos a realizar actividades políticas educativas de forma casi incesante, a fin de preparar el terreno para ahondar y ampliar la oposición a los planes de Washington.

El tablero informativo del centro estudiantil pronto se convirtió en un campo de batalla. Todos los días fijábamos recortes con las últimas noticias aparecidas en los diarios y semanarios capitalistas desde el Tribune de Minneapolis hasta Newsweek subrayados y con comentarios para destacar los actos de agresión de Washington contra Cuba y para exponer las falsedades e informaciones contradictorias que emitían las fuentes del gobierno norteamericano. También fijábamos discursos de dirigentes cubanos recortados del Militant y afirmábamos sin reservas que su valoración de la respuesta de los gobernantes norteamericanos al avance de la revolución no tardaría en confirmarse. Los que se oponían a la revolución, desde liberales hasta ultraderechistas, respondían pegando artículos que según ellos reforzaban sus opiniones; nosotros respondíamos al día siguiente, utilizando en muchos casos las mismas fuentes para rebatir sus argumentos. Íbamos aprendiendo una valiosa lección sobre la existencia y la eficacia de las campañas de desinformación imperialistas.

Sin embargo, nadie trató de arrancar los recortes o de parar el debate, lo que consideramos como nuestra primera victoria. Habíamos hecho lo que simultáneamente estaban haciendo los comunistas en fábricas y talleres por todo el país: habíamos asumido la ofensiva moral, demostrando que éramos los defensores de Cuba y no nuestros opositores quienes insistíamos en los debates, en la franqueza, en la lectura crítica de la prensa y en la discusión de los hechos.

En febrero de 1961 habíamos iniciado una serie de reuniones públicas sobre Cuba. Estos programas estaban auspiciados por Challenge (Desafío), una serie de conferencias que habíamos establecido hacia principios del año escolar tras ganar apoyo del gobierno estudiantil para esta iniciativa. El periódico universitario, The Carletonian, describió el programa como destinado a "desafiar las creencias y presuposiciones subyacentes del estudiantado al traer al recinto a 'numerosos individuos inteligentes y comprometidos que sostienen criterios disidentes que el estudiantado de Carleton no suele escuchar'".

Challenge ya había tenido un amplio impacto en la universidad. Organizó debates sobre las operaciones encubiertas de Washington en Laos. La crítica literaria marxista Annette Rubinstein, una directora de la revista Science and Society (Ciencia y sociedad), había dado una conferencia sobre Shakespeare. Challenge auspició un debate sobre los "disturbios" de mayo de 1960 en San Francisco contra el llamado Comité de la Cámara de Representantes sobre Actividades Anti-Americanas (HUAC). Exhibimos y debatimos Salt of the Earth (La sal de la Tierra), una película que estuvo en las listas negras de Hollywood, que trataba de la batalla para sindicalizar en el Sudoeste a los mineros del zinc, en su mayoría mexicanos, frente a la violencia de escuadrones y una feroz campaña de red-baiting. Después de la película, un miembro del Sindicato Internacional de Trabajadores de Minas, Plantas y Fundiciones habló sobre su huelga de 1950 y la batalla que aún estaban librando contra los dueños de las minas. En otro programa sobre los sindicatos una "institución desconocida" en Carleton en aquellos años figuró como orador Mark Starr, por muchos años director educativo del sindicato de la costura ILGWU.

Todos estos eventos fueron controvertidos en la universidad. Sin embargo, nada se pudo comparar con lo que estalló en torno a los programas sobre Cuba.

Una carta al director publicada en marzo de 1961 en el Carletonian reclamó sobre el "trato brusco" que un catedrático invitado supuestamente había recibido de parte de varios estudiantes que lo habían impugnado severamente sobre los hechos en respuesta a declaraciones que hizo sobre Cuba. Él reconoció ante la reunión de Challenge que no era una autoridad en la materia y luego tuvo que admitir al periódico estudiantil que ni siquiera había estado en Cuba.

La semana siguiente, dos miembros del Comité Nacional Pro Trato Justo a Cuba hablaron en el recinto sobre la Revolución Cubana y la lucha por los derechos de los negros que se iba profundizando por todo Estados Unidos. Uno de ellos era Robert F. Williams, miembro fundador del Comité Pro Trato Justo a Cuba, a quien dos años atrás los altos funcionarios de la organización pro derechos civiles NAACP habían destituido de la presidencia del capítulo en Monroe, Carolina del Norte, por organizar a otros veteranos de guerra negros para la autodefensa de su comunidad contra los jinetes nocturnos y otros matones racistas. El otro orador era Ed Shaw, organizador del Comité Pro Trato Justo en el Medio Oeste, quien era cajista y miembro del Sindicato Internacional Tipográfico en Detroit, así como uno de los dirigentes del Partido Socialista de los Trabajadores. Esa reunión tuvo un gran impacto en la universidad. Ante todo, lo que nos impresionó fue que tanto Williams como Shaw hablaron sobre la lucha por los derechos de los negros y sobre la Revolución Cubana con la misma soltura y perspicacia.

La próxima semana, cuatro estudiantes de Carleton que habían visitado o vivido en Cuba tres de ellos organizadores del Comité Pro Trato Justo a Cuba en el recinto presentaron diapositivas y debatieron los puntos controvertidos.

Organizamos esfuerzos para asegurar que todas las ediciones del Carletonian publicaran artículos, cartas, caricaturas y otros comentarios que formaban parte del debate creciente sobre la Revolución Cubana entre estudiantes y catedráticos. Jim Gilbert, un partidario del Comité Pro Trato Justo que había visitado Cuba durante el receso navideño a fines de 1960, escribió un artículo amplio donde describió sus experiencias y observaciones sobre los logros sociales y políticos del pueblo cubano. Por casualidad, Gilbert había visitado Playa Girón, donde el gobierno revolucionario estaba concentrando esfuerzos de desarrollo que ya habían comenzado a transformar las condiciones de vida y trabajo de los habitantes empobrecidos de la Ciénaga de Zapata, antes una de las regiones más aisladas y atrasadas del país. No teníamos idea, en aquel entonces, del significado especial que Playa Girón tendría en cuestión de semanas, no sólo para el pueblo cubano sino para la labor de los partidarios de la Revolución Cubana.

El debate que se desataba en Carleton, igual que en otras partes, se vio afectado de forma profunda a principios de 1961 al saberse del asesinato de jóvenes alfabetizadores en Cuba por bandas contrarrevolucionarias armadas y financiadas por la CIA en áreas remotas de la isla. Los sermones de los opositores liberales de la revolución acerca de la necesidad de escuchar ambos lados del conflicto parecía brutalmente hipócrita junto a las fotos de adolescentes cubanos que habían sido linchados por el crimen de enseñar a familias campesinas a leer y escribir. O por el crimen de llevar puesto el uniforme de miliciano cuando, desarmados, caminaban a casa por la noche.

Los partidarios de la revolución también pusieron de relieve el trato injusto y brutal dado en Estados Unidos a los cubanos que apoyaban la revolución. Apenas unos días antes de la invasión de Bahía de Cochinos, Francisco Molina, un trabajador cubano desempleado, que respaldaba la revolución, fue declarado culpable en Nueva York de cargos de homicidio en segundo grado. El Carletonian publicó la historia de lo que pasó. Tras fabricarle cargos, a Molina lo habían declarado culpable de homicidio por la muerte accidental de una niña venezolana durante una riña, provocada por un ataque de contrarrevolucionarios cubanos, que se desató en un restaurante neoyorquino durante la visita del primer ministro Fidel Castro, en septiembre de 1960, para dirigirse a la Asamblea General de Naciones Unidas. Por razones de "seguridad nacional", el juez no permitió que los abogados defensores de Molina intentaran averiguar la identidad y otra información pertinente acerca de los contrarrevolucionarios involucrados en el incidente. Mientras la prensa respetable ponía el grito en el cielo sobre la falta de justicia en Cuba, no nos podían demostrar de forma más clara el carácter de clase de la "justicia" en Estados Unidos .

Durante esas mismas semanas, se desató una lucha importante que involucraba a fuerzas mucho más grandes que las de Carleton en torno al reconocimiento del Comité Pro Trato Justo a Cuba en la universidad. A principios de febrero la asociación del gobierno estudiantil aprobó, por una mayoría de dos tercios, una solicitud del capítulo del FPCC en la universidad para obtener el reconocimiento como organización. Una minoría ruidosa objetó, arguyendo que un grupo que abiertamente se dedicaba a "la diseminación de material, tanto hechos como opiniones, sobre asuntos contemporáneos cubano-norteamericanos" y a establecer "un entendimiento más amplio de las relaciones cubano-norteamericanas" no podía ser una organización universitaria legítima puesto que, alegaban, el FPCC era "vulnerable a la influencia comunista". En la edición siguiente del periódico universitario apareció una caricatura en la que se mostraba a Nikita Jruschov, Mao Zedong y Fidel Castro parados detrás del director del Carletonian, John Miller quien había publicado un editorial en apoyo a que se aprobara la solicitud del comité, y diciendo entre risas, "Bueno, muchachos, ¿qué vamos a poner en el Carletonian la semana que viene?"

Aun así, el gran voto mayoritario de la asociación del gobierno estudiantil tampoco resolvió la cuestión. Una reunión del claustro también tenía que aprobar los estatutos de todas las organizaciones estudiantiles antes de que se les aceptara, normalmente una formalidad luego de una recomendación favorable del gobierno estudiantil. Después de estancarlo por un mes con tecnicismos, la reunión del claustro discutió a mediados de marzo la solicitud del FPCC, junto a una carta de tres estudiantes que objetaban la aprobación del capítulo universitario. Adjuntos a la carta iban extractos de los documentos del Subcomité Senatorial sobre Seguridad Interna presidido por los senadores demócratas James Eastland de Misisipí y Thomas Dodd de Connecticut, que en esos momentos realizaba una audiencia al estilo de caza de brujas sobre la "influencia comunista" en el Comité Pro Trato Justo a Cuba.

El decano de la universidad Richard Gilman dijo al claustro, reunido a puertas cerradas, "que tenía información que dice que el Partido Socialista de los Trabajadores tiene un interés especial y partidista en el Comité Pro Trato Justo a Cuba: lo están usando para sus propios fines". Según el Carletonian, "Gilman reconoció que tal información presentada no eran pruebas documentadas sino que era la 'opinión' de dos fuentes", cuya identidad rehusó revelar por la "naturaleza de la información y las fuentes".

El periódico universitario informó sobre el rechazo de una solicitud de los organizadores del comité para que se les presentara al menos "un incidente documentado que indicara el uso del FPCC por otro grupo político para fines que no sean los enumerados en sus estatutos". Se denegó también una solicitud de que se les facilitara la identidad de al menos una de las supuestas "fuentes" para que pudieran "enfrentar a quienes acusaban al comité" y así corroborar o refutar sus "opiniones".

Unos días antes del voto del claustro sobre el reconocimiento del comité, Gilman me pidió que pasara por su oficina. Me dio copias de páginas expurgadas de un archivo del FBI sobre el Comité Pro Trato Justo a Cuba, que contenía informes de soplones sobre las reuniones del comité en Minneapolis, incluidos comentarios confusos que se le atribuían a individuos identificados como miembros del Partido Socialista de los Trabajadores. Cuando el decano me preguntó si reconocía alguno de los nombres, le aseguré que sí, y que a varios de ellos los consideraba como camaradas. Eran miembros del partido al que pronto me iba a unir. También le afirmé que los conocía lo suficiente como para asegurarle que ellos no podrían haber hecho el tipo de comentarios que les atribuían los soplones apolíticos del FBI.

"Eso realmente no cambia nada, ¿verdad, Jack?" fue la única respuesta de Gilman. Fue una reunión muy corta.

No importaban los hechos ni el contenido, sino la acusación. O, más bien, la amenaza implícita en la acusación. Ese era el mensaje. Este era el método probado de caza de brujas, elaborado durante el gobierno de guerra de Franklin Roosevelt, cuyo uso amplió Harry Truman y que después perfeccionaron durante más de un lustro a fines de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta Richard Nixon, Joseph McCarthy y otros de su calaña. Era un método todavía muy usado en 1961. "X" y "Y" eran conocidos miembros del Partido Socialista de los Trabajadores, una organización comunista; y el Partido Socialista de los Trabajadores estaba en la Lista del Procurador General de Organizaciones Comunistas o Subversivas: en aquellos días, a menudo eso bastaba para acabar la discusión.

A pesar de todo, Gilman no estaba lo suficientemente seguro de obtener una mayoría como para permitir un voto del claustro sobre el reconocimiento del Comité Pro Trato Justo a Cuba. El 11 de marzo el claustro aceptó la recomendación del decano de no tomar una decisión sobre la propuesta del gobierno estudiantil, hasta que se aclararan algunas cuestiones sobre las que él aguardaba "más información". Todos captaron el mensaje. El año escolar estaba por terminar, y los principales dirigentes del comité estaban en su último año. El decano y otros esperaban que su "problema" quedaría eliminado antes de que empezara el próximo año académico.

Pero las guerras expresan una agudización, no una distensión, de la lucha de clases. Lejos de desaparecer, su "problema" estaba a punto de empeorarse.

* * *

Con los bombardeos de los aeropuertos cubanos del 15 de abril; la movilización de masas del 16 de abril que marcó el carácter socialista de la revolución, y que preparó políticamente al pueblo cubano para la inminente agresión; y el desembarco de fuerzas mercenarias el 17 de abril en Bahía de Cochinos, seguido por su aplastante derrota en menos de tres días todo documentado por Fidel Castro y José Ramón Fernández en las páginas que siguen todo dejó de ser normal.

Una de las rutinas de la vida universitaria en Carleton era la lectura de los despachos noticiosos del día durante la hora del almuerzo. En el comedor de cada dormitorio, cuando los estudiantes camareros que trabajaban para cubrir sus becas servían el almuerzo, el camarero principal solía leer un puñado de los despachos matutinos de la agencia noticiosa United Press International. El servicio de teletipo de la UPI se lo facilitaba gratuitamente a la radioemisora universitaria la empresa de cigarrillos Lucky Strike, a condición de que la Lucky Strike fuera identificada como patrocinadora de todos los programas noticiosos. Y así se hacía. Salvo cuando el "Zorro Dormilón", locutor del programa matutino de música para despertarse y de noticias, a veces anunciaba que el patrocinador era una marca popular de habanos cubanos. También preparaba a los estudiantes para el día, comenzando el programa con el "Himno del 26 de Julio", un antídoto contra el himno estadounidense "Barras y Estrellas", con que las estaciones de radio y televisión en Estados Unidos iniciaban y cerraban cada transmisión.

El lunes 17 de abril cambió el estilo seco y ligeramente cínico de la lectura de noticias del almuerzo. Los derechistas, ya con los ánimos un tanto caldeados, de inmediato acogieron los informes iniciales del ataque contra Cuba coreando rítmicamente "¡Guerra! ¡Guerra! ¡Guerra!" La rapidez de la transformación, y la violencia incipiente que apenas se escondía debajo de la superficie del "debate político", era algo que ninguno de nosotros había visto antes.

Tres días después, para quienes habían encabezado las consignas sucedió lo inimaginable. Casi se podían ver crecer las filas de los partidarios del Comité Pro Trato Justo a Cuba conforme los lectores de noticias leían con voz inexpresiva los despachos de UPI que anunciaban la derrota absoluta de las fuerzas mercenarias en "Cochinos Bay". Nos sorprendimos al ver cómo algunos trabajadores de la universidad, instructores y estudiantes que apenas conocíamos y que habían mantenido el rostro impasible durante los tres días anteriores se nos acercaban con un apretón de manos o una sonrisa para decir una frase amistosa, aun si no mencionaban abiertamente a Cuba.

1961 fue en Cuba el "Año de la Educación", cuando más de 100 mil jóvenes, la gran mayoría de ellos adolescentes, dejaron sus hogares y se esparcieron por todo el país para erradicar el analfabetismo de Cuba antes del fin del año. De formas inesperadas 1961 fue también el año de la educación para nosotros.

Una de las lecciones más grandes que aprendimos tuvo que ver con lo que sucede en un país imperialista cuando se desata la guerra.

El 17 de abril, en cuestión de horas, el amplio e indeciso sector del centro se había visto reducido a un núcleo sin voz. Los meses de acción política concentrada, en preparación para la guerra, encajaron bien en unos pocos días decisivos. Los organizadores comprometidos del Comité Pro Trato Justo a Cuba en Carleton habían sido menos de media docena a principios de 1961. Pero ahora se cosechaban los frutos de las semanas de educar, hacer trabajo propagandístico, escribir, conversar, proponer y organizar debates políticos abiertos, y responder a los retos de cada opositor sobre cada tema. En momentos en que los trabajadores y campesinos de Cuba le asestaban una derrota aplastante al imperialismo estadounidense, el apoyo a las posiciones políticas que habíamos estado defendiendo creció de la noche a la mañana. Pero sólo porque estábamos allí, estábamos preparados y estábamos listos a responder.

La polarización violenta y aguda que ocurrió cuando se dieron los primeros disparos nos brindó otra gran lección. Como opositores de la invasión auspiciada por Washington, estuvimos en la calle en cuestión de horas. Pero allí estuvieron también los cuadros ultraderechistas de los Jóvenes Americanos Pro Libertad (YAF), quienes se movilizaron para tratar de impedir físicamente que se realizaran acciones del Comité Pro Trato Justo a Cuba.

En la escalinata del centro estudiantil de la Universidad de Minnesota el 18 de abril, donde el Comité Pro Trato Justo a Cuba había organizado un mitin de protesta, una multitud mayoritariamente hostil de varios cientos de personas creció a más de mil al tiempo que los derechistas arrojaban bolas de nieve y cartones de leche contra los oradores, mientras los policías se sonreían. Ante una situación en que los organizadores del evento, en su mayoría pacifistas y liberales, no estaban preparados para defender el mitin, John Greenagle, presidente estatal de YAF, se subió a la tarima a la fuerza y deploró la derrota de Batista, mientras unos cuantos estudiantes apelaban a la tolerancia y al diálogo. Hasta uno de los que se había proyectado como orador en contra de la invasión se apresuró a distanciarse de la Revolución Cubana, gimiendo, "No apoyamos a Castro. El pueblo cubano se encuentra nuevamente bajo la bota de un dictador, ¿pero es acaso una invasión apoyada por Estados Unidos la forma de ayudarlos? ¿Es esta fuerza armada mejor que Batista o que Castro?"

A la mañana siguiente, frente al edificio de química habían colgado una efigie del "comunista" Comité Pro Trato Justo a Cuba.

En otros centros de estudios en Estados Unidos ocurrieron enfrentamientos similares, desde Madison, Wisconsin, hasta Providence, Rhode Island.

Aprendimos en la práctica lo que Batista y la Revolución Cubana nos habían enseñado a distancia: que también en Estados Unidos tendríamos que derrotar en las calles a los matones reaccionarios, para tener incluso el derecho de dar a conocer nuestras posiciones.

También aprendimos una lección sobre el liberalismo, cuando nuestros amigos entre los catedráticos se callaron o se ausentaron, en vez de hacerle frente a un decano (supuestamente reservado y tolerante, desde luego) que les agitaba en la cara la lista del procurador general e informes de soplones del FBI. Vimos a aliados estudiantiles que antes habían sido firmes defensores de la Revolución Cubana, o por lo menos del derecho del FPCC a funcionar como las demás organizaciones universitarias que de pronto se acobardaban; estaban descubriendo que sus proyectos de carreras futuras eran incompatibles con la continua asociación a amigos que se estaban volviendo comunistas.

En cuestión de días, otros tomaron la decisión opuesta respecto a sus vidas.

Nuestra comprensión de estas cuestiones de clase se aceleró enormemente por el hecho de que estábamos compartiendo nuestras experiencias día a día, y hablando acerca de ellas hasta horas de la madrugada, con trabajadores comunistas en Minneapolis y St. Paul. Eran personas como V.R. Dunne, quien había sido miembro de fundación de la Internacional Comunista, uno de los dirigentes de las huelgas y campañas de sindicalización del sindicato de camioneros Teamsters al norte del Medio Oeste durante la década de 1930, y una de las primeras víctimas de un caso fabricado por el gobierno federal bajo la infame ley Smith, o Ley de la "Mordaza", por su oposición al imperialismo estadounidense antes y durante la Segunda Guerra Mundial.

Estos trabajadores nos orientaron hacia la historia de la lucha de clases en Estados Unidos, hacia las lecciones que necesitábamos aprender de los trabajadores y agricultores cuyo legado combativo habíamos heredado. Se basaban en esta rica historia al ayudarnos a entender para lo que debíamos prepararnos con miras a enfrentar a la clase gobernante más violenta y brutal en el mundo.

Ante todo, nos enseñaron a aquellos que, como ellos mismos, nos sentíamos fuerte y apasionadamente atraídos al ejemplo sentado por los combativos trabajadores y campesinos de Cuba, que el desafío para nosotros no se encontraba allá. Los trabajadores y agricultores de Cuba habían demostrado que podían resolver sus propios asuntos. Nos ayudaron a ver que nuestra lucha estaba en Estados Unidos. Que Washington, para parafrasear al general de división cubano Enrique Carreras, jamás se podría sacar esa espina de la garganta.

Trabajadores como Dunne y otros más nos ayudaron a ver que la contienda únicamente terminaría con la derrota de la revolución en Cuba o con una victoriosa revolución socialista en Estados Unidos.

"Y algo sí podemos comunicarle al señor Kennedy", dijo Fidel Castro ante las ovaciones de una multitud en Cuba el 13 de marzo de ese año. "Que primero verá una revolución victoriosa en los Estados Unidos, que una contrarrevolución victoriosa en Cuba".

Esa había llegado a ser también nuestra convicción. Por increíble que esto le resultara al norteamericano medio, a nosotros nos parecía la única perspectiva realista, y nos dedicamos a apresurar la llegada de ese día.

Los intercambios constantes entre los nuevos activistas jóvenes, que en su mayoría estaban en las universidades, y los trabajadores comunistas cuyas experiencias en el trabajo y en los sindicatos eran paralelas a las nuestras al atravesar los mismos cambios políticos acelerados, ayudaron a ahondar nuestro entendimiento de lo que estábamos viviendo. Nuestros compañeros que trabajaban en los ferrocarriles contaban que recibían una respuesta amistosa de compañeros de trabajo por decir la verdad acerca de Cuba, de la misma manera que nosotros nos sentíamos alentados de muchas formas indirectas por aquellas personas en la universidad que, aunque no nos habíamos percatado, venían siguiendo de cerca lo que decíamos y hacíamos.

Llegamos a apreciar el hecho que todo dependía del trabajo político realizado de antemano. Aprendimos por experiencia propia lo peligrosamente errados y afectados por los prejuicios de clase que eran los temores y las reacciones semihistéricas de muchos de nuestros colegas basados en las universidades. La causa de la reacción no eran los "trabajadores norteamericanos retrógrados" sino la clase dominante estadounidense. Y el peligro provenía también de aquellos que, lo admitiesen o no, habían emprendido una vida encaminada a disimular las acciones rapaces y brutales de la clase dominante, a desviar la atención de ellas y a justificarlas políticamente. La batalla que enfrentábamos era ante todo una batalla política en el seno de la clase trabajadora, como parte de la clase trabajadora.

* * *

A medida que los trabajadores y agricultores cubanos impulsaban su revolución socialista y que aumentaba la agresión estadounidense en reacción a sus logros, las lecciones transformaban también la forma en que veíamos las batallas por los derechos de los negros en Estados Unidos. La lucha proletaria de masas por derrocar el sistema Jim Crow de segregación racial legal en todo el Sur, con sus diversas formas de discriminación que se extendían por todo el país, marchaba hacia sangrientas victorias a la vez que avanzaba la Revolución Cubana. Podíamos constatar en la práctica que dentro de Estados Unidos existían fuerzas sociales poderosas capaces de llevar a cabo una transformación social revolucionaria como la que el pueblo trabajador de Cuba estaba haciendo realidad.

El núcleo de los activistas que defendían la Revolución Cubana eran jóvenes que en lo político habían echado los dientes en las batallas por los derechos civiles, apoyando las sentadas en los comedores de Woolworth y uniéndose o apoyando marchas y otras protestas en Alabama, Georgia, Misisipí y otras partes del Sur.

Los numerosos rostros de la reacción con capuchas del Ku Klux Klan algunos, protegidos tras uniformes de sheriff y chaquetas del FBI otros; los linchamientos y los asesinatos en carreteras rurales aisladas; los perros y los cañones de agua con que atacaban a los manifestantes: todo esto se quedó grabado en nuestra conciencia, como parte de las lecciones que estábamos aprendiendo sobre la violencia y la brutalidad de la clase dominante y hasta qué extremos van a llegar a fin de defender su propiedad y sus privilegios.

Y también estábamos aprendiendo lecciones de la autodefensa armada organizada por veteranos negros en Monroe, Carolina del Norte, y en otras partes del Sur. Inmediatamente después de la derrota de Washington en Bahía de Cochinos, durante un debate en el Comité Político de la Asamblea General de Naciones Unidas, el ministro del exterior cubano Raúl Roa leyó un mensaje que el antiguo presidente de la NAACP en Monroe, Robert F. Williams, le había pedido que transmitiera al gobierno de Estados Unidos.

"Ahora que Estados Unidos ha proclamado su apoyo militar a pueblos dispuestos a rebelarse contra la opresión", escribió Williams, "los negros oprimidos en el Sur pedimos urgentemente tanques, artillería, bombas, dinero, el uso de pistas aéreas estadounidenses y mercenarios blancos para aplastar a tiranos racistas que han traicionado la Revolución Norteamericana y la Guerra Civil".

Pronto llegamos a comprender que la violencia legal y extralegal dirigida contra aquellos que luchan por sus derechos y dignidad como seres humanos aquí en Estados Unidos eran lo mismo que la creciente agresión abierta y encubierta desatada contra el pueblo de Cuba. Situamos la lucha por los derechos de los negros en el marco mundial. Para nosotros llegó a ser una lucha completamente entrelazada con lo que estaba en juego en la defensa de la Revolución Cubana.

Esto se manifestó sobre todo en la convergencia de la Revolución Cubana y Malcolm X, cuya voz de lucha revolucionaria intransigente por los medios que fuesen necesarios se hacía escuchar más y más en ese entonces. Fidel Castro se reunió con Malcolm X en el Hotel Theresa en Harlem durante el viaje de la delegación cubana a Naciones Unidas en 1960. Malcolm invitó a Che Guevara a hablar ante una reunión de la Organización de la Unidad Afro-Americana durante el viaje que Che realizó a Nueva York en 1964.

Para nosotros, estas y otras expresiones del creciente respeto y solidaridad mutuos que caracterizaron las relaciones entre Malcolm X y la dirección cubana confirmaron aún más la óptica mundial que nos íbamos formando.

* * *

Las protestas en abril de 1961 contra la invasión de Cuba organizada por Washington realizadas en decenas de ciudades por todo Estados Unidos, así como en numerosos pueblos universitarios pequeños marcaron un momento importante en la política estadounidense también en otro aspecto.

En muchas ciudades por primera vez en décadas fueron actividades de frente único, convocadas bajo la bandera del Comité Pro Trato Justo a Cuba y organizadas tanto por aquellos que se identificaban con el periódico The Militant como por los que buscaban la orientación del Daily Worker, periódico del Partido Comunista. Representantes de cada una de estas corrientes históricas en el movimiento obrero amplio se sumaron a oradores del Movimiento 26 de Julio y a figuras conocidas que no estaban afiliadas a ninguna corriente en tribunas organizadas desde Nueva York hasta Detroit, desde Minneapolis hasta San Francisco. Las acciones fueron prueba tanto del impacto de la Revolución Cubana como del liderazgo del Movimiento 26 de Julio.

Las posibilidades de organizar acciones unitarias habían recibido un impulso durante el verano de 1960, cuando decenas de jóvenes de Estados Unidos, tanto afiliados como no afiliados, habíamos viajado a Cuba. Muchos participamos en la celebración del 26 de julio en la Sierra Maestra y asistimos al Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes, celebrado en La Habana. Participamos en el amplio debate político entre jóvenes de toda América y del mundo, esforzándonos por comprender la impetuosa lucha de la que formábamos parte y examinar las cuestiones que Che Guevara había abordado en su discurso de apertura al congreso juvenil, cuando preguntó: "¿Es la Revolución Cubana comunista?"

La respuesta que dio Guevara planteó los temas que todos veníamos debatiendo. "Después de las consabidas explicaciones para averiguar qué es comunismo, y dejando de lado las acusaciones manidas del imperialismo, de los poderes coloniales, que lo confunden todo", respondió Guevara, "vendríamos a caer en que esta revolución, en caso de ser marxista y escúchese bien que digo marxista, sería porque descubrió también, por sus métodos, los caminos que señalara Marx".

La explicación de Guevara coincidió bien con las conclusiones a las que a tientas me iba aproximando aquel verano decisivo, cuando todas las principales industrias de propiedad imperialista en Cuba se nacionalizaron mediante movilizaciones masivas del pueblo trabajador, de un extremo de la isla al otro. Sin embargo, la óptica de Guevara estaba lejos de gozar de unanimidad, por lo que pasamos muchas y largas horas debatiendo los temas políticos y teóricos que se planteaban.

A pesar de haber fuertes diferencias políticas sobre la dinámica de la revolución en Cuba y la política de clases en Estados Unidos, el hecho que diversas corrientes pudieran juntarse en acciones contra el gobierno norteamericano, aunque fuera de forma breve, demostraba el peso de la Revolución Cubana en las Américas, y hasta qué punto creaba la histórica posibilidad de quebrar viejos moldes y cambiar la correlación de fuerzas que por muchos años había dominado lo que de manera amplia se consideraba la "izquierda".

* * *

Por otra parte, los Comités Pro Trato Justo a Cuba en los recintos universitarios y las acciones en respuesta a la invasión por Bahía de Cochinos patrocinada por Washington asestaron uno de los primeros golpes contra la caza de brujas anticomunista y el red-baiting. Según ilustraba el ejemplo de Carleton, las audiencias del Subcomité Senatorial sobre Seguridad Interna, cuyo objetivo era dividir y destruir la eficacia del FPCC, no lograron tener el mismo efecto entre los estudiantes del que habrían tenido varios años antes.

Durante estos mismos meses de actividad política intensa en defensa de Cuba, se habían multiplicado por todo el país los Comités por la Abolición de HUAC, el Comité de la Cámara de Representantes sobre Actividades Anti-Americanas. El 21 de abril, un día después de la concentración de 5 mil personas en la plaza Union Square en Nueva York para condenar la invasión norteamericana, concurrió en la ciudad un número similar de personas para un mitin contra HUAC para denunciar la detención inminente de varios destacados activistas por las libertades y los derechos civiles por negarse a cooperar con el comité de la Cámara.

La convicción de los estudiantes, en particular, de que los gobernantes estadounidenses mentían acerca del pleno control de Washington sobre la invasión y otras acciones contra Cuba iba acompañada de su rechazo a los métodos de caza de brujas empleados por el gobierno. La predisposición a buscar la verdad sobre Cuba era incompatible con la creencia de que no se debían escuchar las opiniones de una persona por el solo hecho de que fuese comunista o que se le tildara de comunista.

Como preludio de lo que sucedería en los primeros años del movimiento contra la guerra de Vietnam a mediados y fines de la década de 1960, las maniobras de caza de brujas por parte de estudiantes y catedráticos derechistas, lejos de paralizar los esfuerzos organizativos, fueron objeto de burlas y desprecio. La mayoría de los estudiantes que adquirían conciencia política simplemente rehusaban apoyar los intentos de excluir del Comité Pro Trato Justo a Cuba a los miembros y partidarios del Partido Socialista de los Trabajadores, del Partido Comunista o de cualquier otro grupo.

* * *

La victoria de Playa Girón desbarató el mito de la invencibilidad del imperialismo estadounidense. Nos infundió la convicción de que la Revolución Cubana sería parte integral de la lucha de clases dentro de Estados Unidos mientras la clase trabajadora estuviera en el poder en Cuba, y nos habíamos convencido de que ésta sería la realidad por el resto de nuestras vidas políticas. Los gobernantes norteamericanos jamás podrían aceptar a Cuba revolucionaria y jamás cejarían en sus intentos de eliminar la revolución y su ejemplo. Estaban en juego sus intereses más vitales. Esa era la verdad que teníamos que hacerle llegar al pueblo trabajador en Estados Unidos y que debía orientar nuestra acción.

En cuestión de días luego de la derrota de Bahía de Cochinos, el presidente Kennedy arreció las operaciones encubiertas contra Cuba y comenzó a organizar directamente desde la Casa Blanca preparativos militares aún más extensos para una invasión estadounidense. Por aquel entonces no teníamos idea de la envergadura de esas operaciones, ni que apenas año y medio más tarde la administración las llevaría al borde mismo de desatar una guerra nuclear. Pero sí sabíamos que Fidel Castro había expresado una verdad al pueblo de Cuba y al mundo en su informe del 23 de abril sobre la victoria en Playa Girón, cuando destacó que la victoria "no quiere decir, ni mucho menos, que el peligro haya pasado. Nosotros creemos que el peligro ahora es grande; sobre todo, es grande el peligro de una agresión directa de Estados Unidos".

La victoria del pueblo trabajador cubano en Playa Girón, junto con la experiencia concentrada de lucha de clases que habíamos adquirido en unos pocos meses de actividad intensa, nos habían transformado, en cuestión de días, a un grupo de jóvenes para el resto de nuestras vidas. Antes de Bahía de Cochinos había un solo miembro de la Alianza de la Juventud Socialista en la universidad de Carleton, yo, y otro miembro en la Universidad de Minnesota, John Chelstrom, un estudiante de primer año de 18 años de edad, quien, cuando todo mundo se quedó paralizado ante la multitud rabiosamente hostil, supo echar a andar el mitin de protesta en la escalinata del centro estudiantil, y no sólo se opuso a la invasión sino que abiertamente se identificó con la Revolución Cubana.

Entre aquellos días de política concentrada y las experiencias similares vividas durante la crisis "de los misiles" de octubre de 1962, reclutamos a decenas de jóvenes al movimiento comunista, a muchos de ellos no sólo por unos meses o años, sino de por vida. En la universidad de Carleton, durante ese breve espacio, entre esos reclutas hubo más de una decena que posteriormente fueron dirigentes del movimiento comunista oficiales nacionales de la Alianza de la Juventud Socialista, oficiales nacionales y miembros del Comité Nacional del Partido Socialista de los Trabajadores, directores del Young Socialist, del Militant y de New International, dirigentes del trabajo del movimiento en los sindicatos industriales, y dirigentes de un sinnúmero de comités de defensa y coaliciones, directores de la editorial Pathfinder, individuos que hasta la fecha siguen comprometidos con esa corriente política y se mantienen activos guiados por la misma trayectoria política de la que se convencieron en aquellos días decisivos. Efectivamente, 40 años después, la gran mayoría de ellos formó parte del proceso de publicar el presente libro.

A través de esas experiencias hace cuatro décadas, se nos captó no sólo a una posición ideológica o a una actitud moral, sino a un curso de conducta política y, más importante aún, a los hábitos que son consecuentes con dicho curso. Con sentido de la historia, nos comprometimos de por vida, reconociendo que la lucha revolucionaria por el poder se puede librar únicamente de país en país, y que posiblemente la victoria más grata de todas se dé en Estados Unidos. Para nosotros, lo que habían conquistado los trabajadores y campesinos cubanos constituía en nuestras vidas políticas un ejemplo de la necesidad y la posibilidad de la revolución, de cómo pelear para triunfar, de la capacidad de seres humanos comunes y corrientes para transformarse a la vez que enfrentan desafíos y asumen responsabilidades que antes habrían considerado imposibles. Nosotros y millones más como nosotros seríamos los únicos capaces de quitarles "la espina": al seguir el ejemplo que las milicias, la policía y el ejército revolucionarios habían dado en la Bahía de Cochinos en abril de 1961.

* * *

Las páginas que siguen no son solamente una celebración de la victoria en Playa Girón con motivo de su 40 aniversario. Más bien, con palabras claras e inequívocas, estas páginas dan también fiel constancia de las conquistas históricas allí logradas.

El testimonio ofrecido por José Ramón Fernández en julio de 1999 deriva su fuerza inusual no sólo de su carácter como relato testimonial del jefe de la principal columna que combatió y derrotó la invasión organizada por Washington, sino también del hecho que utiliza las principales versiones publicadas por quienes reclutaron, entrenaron y comandaron a las fuerzas enemigas. Él señala no sólo lo que la dirección revolucionaria de Cuba sabía e hizo en aquel momento, garantizando la victoria decisiva en Playa Girón. Fernández también cita los criterios y las opiniones ofrecidos en mapas y tablas que emitieron las fuerzas mercenarias mismas, así como los balances trazados por altos funcionarios de la CIA durante los meses y años posteriores a su derrota totalmente inesperada.

Los tres discursos del Comandante en Jefe de Cuba Fidel Castro, de los que aquí se reproducen extractos, captan la intensidad del momento, lo que estaba en juego para el pueblo de Cuba, y su confianza en la victoria final. Lo mismo se expresa en los llamados al combate del 15 de abril de Raúl Castro y de Che Guevara, y en los partes de guerra emitidos por el gobierno revolucionario entre el 17 de abril y la victoria del 19 de abril. La confianza que caracteriza a cada uno de ellos se desprende, no de una creencia infundada en la invencibilidad militar, sino del reconocimiento de que la historia y la justicia están a su favor, y de que el precio que el imperio habrá de pagar para conquistarles es tan elevado que ningún político capitalista será capaz de hacerlo ni estará dispuesto a intentarlo.

Los gobernantes estadounidenses y los que siguen su pauta aún no pueden comprender, incluso hoy día, lo que Fidel Castro recalcó en su informe del 23 de abril al pueblo cubano sobre la victoria en Playa Girón, y lo que José Ramón Fernández subraya en su testimonio: que la estrategia y las tácticas militares de quienes planearon la invasión por Bahía de Cochinos estaban bien fundadas; la derrota radicó en su ceguera de clase ante lo que habían forjado los hombres y mujeres de Cuba, ante la fuerza objetiva de una causa justa y de un pueblo armado y revolucionario que está comprometido a defenderla y a actuar con la firmeza y presteza necesarias para afectar la marcha de la historia.

Las fuerzas invasoras perdieron la voluntad de combatir antes de que se les agotaran las balas. Durante tres días de batalla, ni siquiera pudieron avanzar más allá de la playa, y aún con más apoyo aéreo o naval estadounidense no se habría alterado el desenlace final.

Lo que es más importante, para los que vivimos y trabajamos en Estados Unidos, este libro es sobre el futuro de la lucha de clases aquí. Es sobre los trabajadores y agricultores en el corazón del imperialismo, y sobre los jóvenes que se ven atraídos a su marcha histórica: trabajadores y agricultores cuyas capacidades revolucionarias las fuerzas gobernantes descartan hoy día de forma tan rotunda como las descartaron con relación a las masas campesinas y proletarias de Cuba. Y están igualmente errados.

La victoria de Cuba en Playa Girón marca la primera derrota del imperialismo estadounidense en América. No será la última.

Esa se dará aquí mismo.

Marzo de 2001

Nueva York


Portada | Portada este número