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UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR marzo de 2001 Vol. 25 No. 03
Editorial Pathfinder
El viraje hacia el trabajo de masas Séptimo capítulo de 'La historia del trotskismo estadounidense' de Cannon
Por James P. Cannon
[A continuación publicamos el séptimo capítulo de La historia del trotskismo estadounidense, 1928-38: informe de un partícipe, la traducción de The History of American Trotskyism, 1928-38: Report of a Participant, por James P. Cannon. El libro comprende una serie de 12 conferencias públicas que Cannon dio en 1942 en Nueva York. Uno de los dirigentes fundadores del Partido Comunista de Estados Unidos tras la revolución rusa de octubre de 1917, Cannon fue uno de los principales dirigentes fundadores del Partido Socialista de los Trabajadores en 1938.
[Perspectiva Mundial está publicando este libro capítulo por capítulo. El presente capítulo se titula "El viraje hacia el trabajo de masas".
[Los subtítulos son de Perspectiva Mundial. Publicado con autorización; derechos reservados © 1944, 2000 Pathfinder Press.]
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He comentado que de todas las cuestiones que se debe plantear un grupo o un partido político, una vez que ha elaborado su programa, la más importante es la de dar una respuesta correcta a la pregunta: ¿Qué hacer ahora? La respuesta a esta pregunta no la determina ni la puede determinar simplemente el deseo o el capricho del partido o de la dirección del partido. La determinan las circunstancias objetivas y las posibilidades inherentes a las circunstancias.
Hemos discutido los primeros cinco años de nuestra existencia como una organización trotskista en Estados Unidos. Durante aquella época, nuestro reducido número, el estancamiento general del movimiento obrero y el dominio total que ejercía el Partido Comunista sobre todos los movimientos radicales, nos impusieron la posición de ser una fracción del Partido Comunista.
De igual forma, esas circunstancias hicieron obligatorio que nuestro trabajo fuese primordialmente de propaganda y no de agitación de masas. Como ya se ha señalado, en la terminología del marxismo hay una aguda diferencia entre propaganda y agitación, una diferencia que se nubla en el lenguaje popular. En general la gente describe como propaganda cualquier tipo de publicidad, agitación, enseñanza, propagación de principios, etcétera. Dentro de la terminología del movimiento marxista, según las definió Plejánov, agitación y propaganda son dos formas distintas de actividad. Definió propaganda como la diseminación de muchas ideas fundamentales a un grupo reducido de gente; quizás eso que en Estados Unidos solemos llamar educación. Definió agitación como la diseminación de pocas ideas, o de una sola idea, a mucha gente. La propaganda se dirige hacia la vanguardia; la agitación hacia las masas.
Al final de nuestra última conferencia llegamos a un cambio en la situación objetiva en la que nuestro partido había estado trabajando. La debacle en Alemania había hecho añicos de la Comintern; y en la periferia del movimiento comunista iba perdiendo su autoridad. Mucha gente que anteriormente había hecho oídos sordos a todo lo que decíamos, comenzó a interesarse en nuestras ideas y críticas. Por otro lado, las masas que habían permanecido aletargadas y estancadas durante los primeros cuatro años de la cataclísmica crisis económica, de nuevo se comenzaron a agitar. La administración de Roosevelt estaba en el poder. Había habido una ligera reactivación de la industria. Los trabajadores regresaban a raudales a las fábricas y recobraban la confianza en sí mismos, confianza que habían perdido en gran medida durante el terrible desempleo masivo. Había una gran movilización hacia la organización sindical y se comenzaban a desarrollar huelgas. Este cambio arrollador en la situación objetiva impuso tareas totalmente nuevas al movimiento trotskista, a la Liga Comunista de Estados Unidos, la Oposición de Izquierda, como nos llamábamos hasta ese entonces. La debacle en Alemania había confirmado la bancarrota de la Comintern y provocado que el sector de los trabajadores más avanzados y de pensamiento crítico se comenzaran a alejar de ella. A la inversa, la moribunda socialdemocracia comenzó a dar nuevas señales de vida dentro de su Ala Izquierda, gracias a la tendencia revolucionaria en los sectores juvenil y proletario. Comenzaban a surgir movimientos independientes de inclinación de izquierda, que consistían de trabajadores y de unos cuantos intelectuales que se habían separado del Partido Comunista debido a su vida burocrática pero que aún no se sentían atraídos a la socialdemocracia. El movimiento obrero estadounidense comenzaba a despertar de su largo sueño, el estancamiento daba paso a una nueva vida y a un nuevo movimiento. La organización trotskista en este país se enfrentaba a una oportunidad y a una exigencia, inherentes a la situación objetiva, de realizar un cambio radical en la orientación y en las tácticas. Como he dicho, esa oportunidad nos encontró plenamente preparados y listos.
No perdimos nada de tiempo para adaptarnos a la nueva situación. Transformamos totalmente la naturaleza de nuestro trabajo y nuestra perspectiva. Sacudimos a nuestra militancia hasta lo más profundo con discusiones sobre las propuestas de la dirección para cambiar nuestro curso y romper con nuestro lustro de aislamiento. Con nuestras fuerzas y recursos limitados aprovechamos cualquier oportunidad de trabajar en un ambiente más amplio. Desde ese momento, toda nuestra actividad la gobernó un concepto general concretizado en la consigna: "Viremos de un círculo de propaganda al trabajo de masas", y a hacerlo en ambos campos, el político y el económico.
Una de las pruebas más grandes de la viabilidad de nuestro movimiento y de su firme base de principios fue el hecho que llevamos a cabo una transformación uniforme y simétrica de nuestra labor en ambos terrenos. No dejábamos escapar oportunidad de insertarnos en el movimiento de masas y no nos atascábamos en el fetichismo sindical. Nos manteníamos atentos de toda señal y de toda tendencia de un desarrollo hacia la izquierda en los otros movimientos políticos sin descuidar por ello el trabajo sindical. En el campo político nuestra consigna orientadora consistió en llamar a la formación de un nuevo partido y una nueva Internacional. Nos acercábamos a otros grupos que previamente nos habían hecho frente sólo como rivales y con los cuales no habíamos tenido un contacto estrecho. Comenzamos a estudiar esos grupos con más cuidado, a leer su prensa, a hacer que nuestros militantes establecieran contacto de carácter personal con los miembros de filas para saber lo que pensaban. Tratamos de familiarizarnos con cada uno de los matices de la forma de pensar y de sentir de esos otros movimientos políticos.
Buscamos establecer con ellos contacto y colaboración estrechos en acciones conjuntas de índoles diversas, y hablábamos de amalgamas y fusiones con miras a consolidar un nuevo partido revolucionario de los trabajadores. Fue en el campo económico donde cosechamos los primeros frutos de nuestra correcta política sindical, algo en lo que habíamos trabajado con ahínco por cinco años. Esa política la habíamos contrapuesto a la política sindical sectaria del dualismo de sindicatos propugnada por el Partido Comunista durante su funesto "Tercer Periodo", el periodo de su viraje ultraizquierdista. De igual forma, en contraposición a la política oportunista de la socialdemocracia --la política de subordinar los principios a fin de conseguir cargos y adquirir una influencia ficticia, no real--, ofrecíamos una dirección clara a todos los elementos combativos del movimiento sindical que leían nuestra prensa. Ejercíamos una influencia considerable al dirigirlos a ellos hacia la principal corriente sindical, representada entonces por la Federación Norteamericana del Trabajo (AFL).
A pesar del gran conservadurismo, de la mentalidad artesanal y de la corrupción de los dirigentes de la AFL, a los militantes les insistíamos en todo momento que no se separaran de esa importante corriente del sindicalismo norteamericano y que no establecieran sindicatos artificiales e ideales que estarían aislados de las masas. Según nuestra definición, la tarea de los militantes revolucionarios era zambullirse en el movimiento obrero como existía y tratar de influenciarlo desde adentro. La Federación Norteamericana del Trabajo celebró una convención en octubre de 1933. En esa convención se registró, por primera vez en muchos años, un incremento arrollador de militantes como resultado del despertar de los trabajadores, las huelgas y las campañas organizativas que, en nueve de cada diez casos, se iniciaban desde abajo. Los trabajadores entraban a raudales en los diferentes sindicatos de la AFL sin mucho aliento u orientación por parte de la burocracia osificada.
'Trabajemos dentro del sindicato'
Al preparar mis notas para esta conferencia, repasé algunos de los artículos y editoriales que escribimos en aquel entonces. No éramos simplemente críticos. No nos quedábamos simplemente a un lado para explicar cuán falsos y traidores eran los dirigentes de la Federación Norteamericana del Trabajo, aunque sin duda lo eran. En un editorial escrito con relación a la convención de octubre de 1933 de la Federación Norteamericana del Trabajo, dijimos que el gran movimiento de las masas hacia los sindicatos sólo se puede influenciar de forma seria desde adentro. "De esto se deriva: Entremos al sindicato, quedémonos en él y trabajemos en su interior". Ese pensamiento clave permeó todos nuestros comentarios.
Expandimos nuestras actividades dentro del campo político. El Militant de ese periodo, octubre-noviembre de 1933, recoge una gira del camarada Webster, quien en aquel entonces era el secretario nacional de nuestra organización. Acababa de regresar de Europa, donde visitó al camarada Trotsky y donde atendió una Conferencia Internacional de la Oposición de Izquierda celebrada después del colapso alemán. Su gira lo llevó por occidente hasta allá por Kansas City y Minneapolis, donde informó sobre la conferencia internacional, propugnó el mensaje del nuevo partido y de la nueva Internacional, se dirigió a audiencias numerosas de gente que ya conocíamos de antes, y estableció nuevos contactos, dando de esa forma una amplia difusión al movimiento trotskista revivificado.
Según el Militant, en noviembre realizamos un banquete en el Casino Stuyvesant para celebrar el Quinto Aniversario del Trotskismo Estadounidense. Al banquete asistió como invitado un ex dirigente del Partido Comunista quien cinco años antes había sido instrumental en nuestra expulsión del partido. Se trata del famoso Ben Gitlow, quien, tras haber popularizado la práctica de las expulsiones había pasado a ser su propia víctima. Lo habían expulsado junto a los otros lovestonistas. Cuatro años y medio más tarde había roto con los lovestonistas y andaba como un comunista independiente. Así asistió a nuestro banquete en el Casino Stuyvesant el 4 de noviembre del 1933.
Huelga de trabajadores de la seda
En octubre del mismo año, mientras en el frente político se registraban esos sucesos, los trabajadores de la seda de Paterson realizaban una huelga general. Nuestra pequeña organización se zambulló en esa huelga, trató de influenciarla y estableció con ello algunos nuevos contactos. A la huelga de Paterson le dedicamos un número completo del Militant, una edición especial. Menciono esto a modo de ilustración sintomática de nuestra orientación en aquel periodo. Buscábamos aperturas y no dejábamos escapar ninguna oportunidad de sacar la doctrina del trotskismo del círculo cerrado de propaganda de la vanguardia, y llevarla, en forma de agitación, hacia las masas de trabajadores norteamericanos.
En el frente político, el Militant publicó en noviembre un editorial dirigido a la Conferencia para la Acción Obrera Progresista (CPLA). La organización de Muste estaba por celebrar una convención en la que, se proyectaba, la CPLA dejaría de ser una red de comités sindicales para convertirse en una organización política. Estábamos bien enterados de ese nuevo desarrollo. Escribimos un editorial en un tono muy amistoso, recomendándoles que en su convención tomaran nota de la invitación que les habíamos hecho a todos los grupos políticos radicales independientes para discutir la cuestión de formar un partido único, y en especial les sugeríamos que se interesaran en la cuestión del internacionalismo. La CPLA había sido no sólo un grupo estrictamente sindical, sino también estrictamente nacional sin ningún contacto internacional y sin mucho interés en asuntos internacionales. En ese editorial les señalábamos que cualquier grupo que aspirara a organizar un partido político independiente, debía interesarse, como uno de los requisitos fundamentales, en el internacionalismo y tomar una posición ante las cuestiones internacionales decisivas.
Significo que en noviembre publicamos un editorial titulado: "Frente único contra el gamberrismo". Fue escrito con relación a una reunión realizada en Chicago en la que habló el camarada Webster durante su gira. El Partido Comunista había reavivado sus tácticas gamberristas de años pasados; una pandilla de estalinistas intentó desbaratar la reunión. Afortunadamente nuestro partido estaba preparado; fueron por lana y salieron trasquilados. A lo sumo lograron interrumpir la reunión hasta el momento en que los camaradas de guardia los despacharon.
Con relación a este evento publicamos un editorial en el que llamábamos a todas las organizaciones obreras a cooperar con nosotros para organizar una guardia obrera de un frente único a fin de, como decía el editorial, "defender la libertad de expresión dentro del movimiento obrero y dar una lección a quienes interfieran con ella". De forma esporádica, en estos 13, casi 14, años de nuestra existencia, los estalinistas han recurrido a sus atentados gamberristas para silenciarnos. Ante cada intento, no sólo nos defendimos sino que también buscamos la ayuda de otros grupos para que cooperaran en la defensa. Aunque nunca logramos formar un movimiento de defensa de un frente único, en cada instancia obteníamos un éxito parcial. Eso fue suficiente para asegurar nuestros derechos y hasta la fecha los hemos logrado mantener. Es muy importante recordar esto con relación a un nuevo atentado estalinista, en una parte del país, de silenciarnos. Actualmente el Militant informa de dicho atentado, allá en California, y de nuevo se ve a nuestro partido en acción, formando frentes únicos, yendo en todas las direcciones en busca de apoyo, denunciándolos por todas partes, obligando a esos pandilleros estalinistas a echarse atrás. Nuestra gente aún sigue distribuyendo el periódico en los lugares proscritos de California.
Rompimiento con el Partido Comunista
En el Militant del 16 de diciembre de 1933 leí una declaración de un grupo de camaradas de Brooklyn dirigida al Partido Comunista, en la que anunciaban su ruptura con el partido, denunciaban las tácticas gamberristas de los estalinistas y sus políticas falsas, y declaraban su adhesión a la Liga Comunista de Estados Unidos. Esta declaración en particular tenía un significado especial por el hecho que el dirigente de este grupo había sido el capitán de la banda gamberrista del Partido Comunista en Brooklyn. A él y a otros más los enviaban para desbaratar mítines de la Oposición de Izquierda. En el curso de la lucha él vio a nuestros camaradas no sólo defender su posición y responder puñetazo con puñetazo, sino que vio cómo a esos jóvenes pandilleros ignorantes y mal dirigidos les dieron un discurso de propaganda y una ponencia para el bien de sus conciencias. Se lo convirtió allí, en la línea de fuego. Eso es algo que sucedía constantemente.
En primer lugar, muchos de los militantes más activos en los primeros días habían sido jóvenes estalinistas ignorantes. Comenzaron peleando contra nosotros y luego, como a Saúl camino de Damasco, los golpeaba una luz cegadora, se convertían y pasaban a ser buenos comunistas, es decir, trotskistas. Es importante recordar esto si los estalinistas lo atacan a uno enfrente de un local sindical: muchos de esos jóvenes estalinistas ignorantes a los que envían para atacarnos no saben lo que hacen. Con el tiempo a algunos de ellos los vamos a convertir si combinamos las dos formas de educación. Vean, en todo sindicato bien regulado hay comités educativos y comités "educativos" y ambos cumplen objetivos muy buenos. Uno se encarga de organizar clases para la educación de los militantes y el otro imparte educación a los esquiroles que no quieren atender las clases.
Sindicato de barberos
Hay una historia legendaria sobre un debate que en torno a la actividad educativa se realizó hace algunos años en el Sindicato de Barberos de Chicago. Este sindicato tenía un comité "educativo", cuyos miembros tenían entre sus obligaciones la de encargarse de los escaparates de las tiendas de esquiroles. Iban de un lado a otro en autos. Al sindicato lo había venido arrasando una ola para economizar combinada con un brote de izquierdismo. Un radical poco práctico propuso la moción de que a fin de ahorrar dinero se le retiraran los autos al comité "educativo". Dijo: "Déjenlos que vayan en bicicleta". A lo que uno de los veteranos preguntó indignado: "¿Y dónde diablos van a llevar sus piedras si van en bicicleta?" Así fue que permitieron que el comité "educativo" retuviera sus autos; el comité educativo organizó un buen programa de clases en sus reuniones sindicales y todo marchó bien.
Al fin de ese memorable año de 1933, en la ciudad de Nueva York se inició un movimiento organizativo entre los trabajadores hoteleros que estaban pasando apuros económicos, y quienes por largos años habían carecido de protección sindical. Después de una serie de huelgas fallidas y de la dañina labor de los estalinistas, la organización sindical había mermado. Se había reducido primordialmente a pequeños sindicatos independientes, un vestigio de épocas pasadas, con unas cuantas plantas bajo su control y con el sindicato especial "rojo" de los estalinistas. Ese reanimado movimiento organizativo nos ofreció nuestra primera gran oportunidad de entrar al movimiento de masas desde 1928. Tuvimos la oportunidad de penetrar ese movimiento desde el comienzo, de dar forma a su desarrollo y finalmente de tener el liderazgo de una gran huelga general de trabajadores hoteleros en Nueva York. No obstante, gracias a la incompetencia y a la traición de algunos miembros de nuestro movimiento que habían sido ubicados en puestos claves, el asunto terminó en un fracaso vergonzoso. Sin embargo, de la experiencia y las lecciones de ese primer intento, que concluyó tan desastrosamente, recogimos ricos resultados que nos aseguraron logros posteriores en el terreno sindical. Incluso hoy seguimos utilizando el capital que adquirimos en esa primera experiencia en cuestiones sindicales.
La campaña para organizar los hoteles comenzó, y como sucede con tanta frecuencia en sucesos sindicales, la suerte jugó su papel. Por casualidad, varios miembros de nuestro partido pertenecían a este sindicato independiente que pasó a ser el medio para la campaña organizativa. A medida que los trabajadores de hoteles comenzaron a orientarse de forma decidida hacia el sindicalismo, este puñado de trotskistas se encontró en medio del torbellino del movimiento de masas. Teníamos un camarada, un antiguo militante del sindicato, quien después de años de aislamiento de repente pasó a ser una figura influyente. Por aquel entonces pertenecía al partido un hombre llamado B.J. Field, un intelectual. Nunca antes había estado involucrado en trabajo sindical. Sin embargo, era un hombre con muchos logros intelectuales, y en nuestro empuje general hacia el trabajo de masas, en nuestro interés por establecer contacto con el movimiento de masas, a Field se le asignó para que se insertara en la situación del hotel para que ayudara a nuestra fracción y le brindara al sindicato el beneficio de sus conocimientos en estadísticas y como economista y lingüista.
Sucedió que el sector más importante a nivel estratégico en la situación hotelera era un grupo de jefes de cocina franceses. Debido a su posición estratégica en el oficio y el prestigio que tenían por ser los del oficio más calificado desempeñaron, como en todos lados sucede siempre con los mejores mecánicos, un papel predominante. Muchos de estos jefes de cocina franceses no podían hablar o discutir cosas en inglés. Nuestro intelectual podía hablar con ellos en francés hasta el día del juicio. Y entre ellos él adquirió una importancia extraordinaria. El antiguo secretario estaba por dejar su puesto, y antes que nadie supiera qué pasó, los jefes de cocina franceses insistieron que Field fuera el secretario de este prometedor sindicato, y él fue debidamente electo; naturalmente que eso significó no sólo una oportunidad para nosotros, sino también una responsabilidad. La campaña organizativa se desarrolló entonces con todo vigor. Desde el comienzo nuestra Liga le dio la ayuda más enérgica. En lo personal participé muy activamente y hablé en varias ocasiones en los encuentros de masas de la organización. Después de cinco años de aislamiento en la Décima Calle y en la Decimosexta Calle, de dar un sinnúmero de charlas en pequeños foros y reuniones internas --y no sólo de dar charlas, sino también de escuchar a otros hablar de forma inagotable--, yo estaba feliz de tener la oportunidad de hablar frente a cientos y cientos de trabajadores sobre asuntos básicos del sindicalismo.
Huelga de trabajadores de hoteles
A Hugo Oehler, quien más tarde pasó a ser en un sectario muy famoso, pero que, por extraño que parezca, era un excelente sindicalista --y lo que es más, era miembro de este sindicato--, también se le envió para que apoyara a este sindicato. Asimismo, a varios camaradas más se les asignó para que ayudaran con la campaña organizativa. Nosotros le dábamos publicidad a la campaña en el Militant y le dábamos toda la ayuda posible, lo que incluía aconsejar y dirigir a nuestros camaradas, hasta que el movimiento culminó en la huelga general de trabajadores de hoteles de Nueva York el 24 de enero de 1934. Atendiendo una invitación del comité sindical, di el discurso principal en el mitin de masas de los trabajadores de hoteles la noche en que se declaró la huelga general. A partir de ese momento, el Comité Nacional de nuestra Liga me asignó para que me dedicase a tiempo completo a apoyar y colaborar con Field y la fracción del sindicato de trabajadores hoteleros. A muchos otros --una decena o más-- se les asignó a todo tipo de tareas, desde ayudar en las líneas de piquetes, hasta hacer mandados, redactar material de propaganda, distribuir volantes y barrer el local; todas y cada una de las tareas que les exigieran las circunstancias.
Toda nuestra Liga se volcó de lleno hacia la huelga, tal como habíamos hecho durante la crisis de Alemania a comienzos de 1933. Cuando la situación en Alemania llego a su punto álgido, sacamos el Militant tres veces por semana para hacer hincapié en los sucesos y aumentar nuestra capacidad de impacto. Hicimos lo mismo en la huelga de hoteles de Nueva York. Nuestros camaradas llevaban el Militant a todas las reuniones y a la línea de piquete. De modo que cada dos días todos los trabajadores de la industria en huelga veían que el Militant divulgaba la huelga, presentaba el lado de los huelguistas, exponía las mentiras de los patrones y ofrecía algunas ideas sobre cómo conseguir que la huelga triunfara. Nuestra organización entera, por todo el país, se movilizó para apoyar la huelga hotelera de Nueva York como tarea número uno; para ayudar a que el sindicato ganara la huelga y ayudar a nuestros camaradas a establecer la influencia y el prestigio del trotskismo en la lucha. Esta es una de las características del trotskismo. El trotskismo nunca hace nada a medias. El trotskismo funciona de acuerdo al viejo lema: Si algo vale la pena hacerse, vale la pena hacerlo bien. Así nos comportamos en la huelga hotelera. Pusimos todo de nuestra parte en aras de hacerla exitosa. La organización de Nueva York se movilizó en su totalidad; dieron hasta el último centavo que tenían para pagar el enorme gasto que suponía publicar el Militant tres veces por semana. Por todo el país los camaradas hicieron algo parecido. Hicimos tal esfuerzo que llevamos a la organización al borde del colapso con tal de ayudar a la huelga.
Propuesta para un partido político
Pero no nos convertimos en fetichistas del sindicato. Simultáneamente con nuestra concentración en la huelga hotelera, tomamos una medida decisiva en el frente político. El Militant del 27 de enero, el mismo número que contenía el primer informe sobre la huelga general, publicó también una carta abierta dirigida al Comité Provisional de Organización del Partido Estadounidense de los Trabajadores, que la Conferencia para la Acción Obrera Progresista había creado en su conferencia de Pittsburgh un mes atrás. En la carta abierta tomamos nota de su decisión de encaminarse hacia la constitución de un partido político; les propusimos iniciar discusiones a fin de llegar a un acuerdo sobre el programa para que lográramos formar un partido político unificado, uniendo sus fuerzas con las nuestras en una sola organización. Es sintomático, es significativo, que la iniciativa surgió de nosotros. En toda relación que jamás se haya establecido entre los trotskistas y cualquier otra organización, fuimos siempre los trotskistas los que tomamos la iniciativa. Eso no se debió a nuestra superioridad personal o a que fuéramos menos tímidos que otros --siempre hemos sido lo suficientemente modestos--, sino a que siempre supimos lo que queríamos. Teníamos un programa más claramente definido y siempre estábamos seguros de lo que hacíamos, o por lo menos creíamos estarlo. Eso nos brindaba confianza, iniciativa.
La huelga hotelera tuvo un comienzo muy prometedor. Se realizó una serie de reuniones de masas que culminaron en un mitin masivo en el anexo del Madison Square Garden, en el que participaron al menos unas 10 mil personas. Allí tuve el privilegio de ser uno de los principales oradores, junto a Field y otros más. Desde el comienzo, nuestros camaradas en el sindicato estuvieron en la posición de influenciar la política de la huelga de forma decisiva, aunque nunca seguimos una política encaminada a monopolizar la dirección de la huelga. Nuestra política ha consistido siempre en buscar la cooperación de los principales militantes y compartir responsabilidades con ellos, de modo que la dirección de la huelga sea verdaderamente representativa de la militancia y que responda de manera sensible a la misma.
Como es natural, la huelga comenzó a toparse con muchas de las dificultades que echaron a pique a tantas otras huelgas en ese periodo, particularmente las intrigas de la Junta Federal del Trabajo. Se necesitaba tener conciencia política para impedir que la supuesta "ayuda" de esas agencias gubernamentales se convirtiera en un dogal para la huelga. Teníamos bastante experiencia política, sabíamos lo suficiente sobre el papel de los mediadores gubernamentales como para saber cómo lidiar con ellos: no darles la espalda de forma sectaria, sino utilizar cualquier posibilidad que ellos pudieran facilitar para hacer que los patrones negociaran; y hacerlo sin depositar en ellos la más mínima confianza o permitirles tomar la iniciativa.
Todo eso se lo tratamos de subrayar a nuestro joven y brillante prodigio intelectual, B.J. Field. Mientras tanto, sin embargo, él había sufrido cierta transformación: de la nada súbitamente había pasado a serlo todo. Su foto estaba en todos los periódicos de Nueva York. Era el líder de un gran movimiento de masas. Y por extraño que parezca, a veces esas cosas que son puramente externas, que no tienen absolutamente nada que ver con lo tenga un hombre en su interior, ejercen un efecto profundo en su autoestima. Desgraciadamente, ese fue el caso con Field. Por naturaleza era bastante conservador; de ninguna manera estaba libre de sentimientos pequeñoburgueses y se dejaba impresionar por los representantes del gobierno, los políticos y los pencos sindicales en cuya compañía se vio sumido de repente. Comenzó a desarrollar sus negociaciones con esta gente y en general a conducirse como un Napoleón, según él lo veía, aunque en realidad era más bien algo así como un colegial. Hizo caso omiso de la fracción de su propio partido dentro del sindicato, lo que es siempre indicio de que alguien ha perdido la cabeza. Pero eso sucede a menudo con militantes del partido quienes repentinamente se ven proyectados hacia posiciones estratégicas de importancia en los sindicatos. Se apodera de ellos una idea irracional de que son más grandes que el partido, de que ya no necesitan más del partido.
Field se distancia del partido
Field comenzó a dejar de tener en cuenta a los militantes de la fracción de su propio partido, los cuales estaban allí a su lado y quienes deberían de haber sido la maquina a través de la cual él lo hacía todo. Y no sólo eso. Comenzó a hacer caso omiso del Comité Nacional de la Liga. Nosotros le hubiésemos podido ayudar muchísimo ya que nuestro comité incorporaba la experiencia, no de una sino de muchas huelgas, ya no digamos la experiencia política que hubiese sido tan útil al lidiar con los tiburones de la Junta Federal del Trabajo. Queríamos ayudarle porque estábamos tan comprometidos como él con la situación. En toda la ciudad, en realidad en todo el país, todo el mundo hablaba de la huelga de los trotskistas. Nuestro movimiento se la jugaba ante el movimiento obrero de todo el país. Todos nuestros enemigos esperaban que fuera un fracaso; nadie nos quería ayudar. Sabíamos muy bien que si la huelga terminaba mal, la organización trotskista saldría con un ojo amoratado. Sin importar cuánto se había alejado Field de la política del partido, no iba a ser él a quien se recordaría o culparía del fracaso, sino que sería el movimiento trotskista, la organización trotskista.
Con cada día que pasaba, nuestro intelectual díscolo se alejaba más aún de nosotros. Hicimos muchos esfuerzos --de la manera más considerada como camaradas, de la forma más humilde posible--, por convencer a este cabezón de que no sólo estaba conduciéndose a sí mismo a la destrucción, sino que con él conducía también a la huelga, y amenazaba el prestigio de nuestro movimiento. Le rogamos para que consultara con nosotros, para que viniera y hablara con el Comité Nacional sobre la política de la huelga, que comenzaba a mermar debido a que se estaba dirigiendo de forma errónea. En vez de organizar a la militancia de las filas desde abajo, para así llegar a las negociaciones con una fuerza tras de sí --que es lo único que cuenta en las negociaciones a la hora de la verdad-- él moderaba a la militancia de las masas y se la pasaba todo el tiempo de conferencia en conferencia con los tiburones gubernamentales, políticos y pencos sindicales que no tienen otro objetivo sino el de acuchillar la huelga.
Field se tornó cada vez más y más desdeñoso. ¿Cómo iba él, quien no tenía tiempo, a venir a reunirse con nosotros? Muy bien, dijimos, nosotros sí tenemos tiempo; nos podemos reunir contigo durante el almuerzo en un restaurante a una cuadra de las oficinas del sindicato. Pero tampoco tenía tiempo para eso. Comenzó a hacer comentarios desatinados. Había un grupito político allá en la Decimosexta Calle, el cual no tenía más que un programa y un puñado de gente; él, en cambio, ejercía influencia sobre 10 mil huelguistas. ¿Por qué habría de molestarse con nosotros? Decía: "No me podría comunicar con ustedes aunque quisiera, ya que ni siquiera tienen teléfono". Era cierto, y realmente claudicábamos ante esa acusación: no teníamos teléfono. Esa deficiencia era un reliquia de nuestro aislamiento, una cosa del pasado cuando no necesitábamos teléfono porque nadie nos llamaba y tampoco teníamos a quién llamar. Además, hasta ese entonces, tampoco teníamos para un teléfono.
Finalmente, la huelga hotelera se atascó al carecer de una política militante porque se confió servilmente en la Junta Federal del Trabajo, cuyo objetivo era hundir la huelga. Se perdieron días enteros en negociaciones inútiles con el alcalde LaGuardia, mientras que la huelga se moría a pie firme por falta de liderazgo adecuado. Mientras tanto nuestro enemigos no se aguantaban para poder decir: "Se los advertimos: Los trotskistas no son nada más que sectarios que se preocupan en pequeñeces. No pueden hacer trabajo de masas. No pueden dirigir huelgas". Fue un golpe duro para nosotros. Gracias a la traición de Field, nominalmente dirigimos la huelga pero no tuvimos la influencia necesaria como para poder darle forma a su política. Corrimos el riesgo de comprometer a nuestro movimiento. De haber condonado las acciones de Field y su grupo, sólo hubiésemos propagado la desmoralización dentro de nuestras propias filas. Pudimos haber convertido a nuestro joven grupo revolucionario en una caricatura del Partido Socialista, que tenía gente en todo el movimiento sindical, pero que carecía de influencia partidaria seria porque los sindicalistas del Partido Socialista nunca se sintieron obligados para con el partido.
Enfrentábamos un problema fundamental que es decisivo para cualquier partido político revolucionario: ¿Deberán determinar la línea del partido los funcionarios sindicales y dictarle ellos la ley al partido, o es el partido el que deberá determinar la línea y dictarles la ley a los funcionarios sindicales? El problema se planteó abiertamente en medio de la huelga. No esquivamos el problema. La acción decidida que tomamos en aquel momento ha marcado desde entonces todos los sucesos de nuestro partido en el terreno sindical y ha ejercido gran influencia en la formación del carácter de nuestro partido.
Al Señor Field lo llevamos a juicio justo en medio de la huelga. Sin importar lo grande que era, le presentamos cargos ante la organización de Nueva York por haber violado las políticas y la disciplina del partido. Tuvimos una discusión bien completa --según recuerdo, duró dos tardes de domingos-- para darles a todos en la Liga la oportunidad de hablar. El gran Field no se dignó a presentarse. No tenía tiempo. Así es que se le enjuició en su ausencia. Para ese entonces él ya había organizado una pequeña fracción con miembros de la Liga a quienes había logrado mal dirigir, y quienes estaban desbalanceados debido a la magnitud del movimiento de masas en contraste con el tamaño de nuestro pequeño grupo político de la Decimosexta Calle. Ellos asistieron a las reuniones de la Liga como los voceros de Field, llenos de arrogancia e insolencia, para decir: "No nos pueden expulsar. Unicamente se están expulsando a ustedes mismos del movimiento sindical de masas".
Dirigentes exentos de la disciplina
Como muchos sindicalistas que les precedieron, se sentían más grandes que el partido. Creían que podían violar las políticas del partido y su disciplina con impunidad porque el partido no se atrevería a disciplinarlos. Esto es lo que pasó realmente en el caso del Partido Socialista, y es una de las razones más importantes por las que el Partido Socialista acabó en una situación tan aparatosa en el campo sindical. Todos sus grandes dirigentes sindicales, los cuales alcanzaron sus puestos gracias a la ayuda del partido, aún siguen ahí; sin embargo, una vez obtuvieron sus cargos dejaron de prestarle atención al partido o a sus políticas. En el Partido Socialista los dirigentes sindicales estaban exentos de la disciplina. El partido nunca tuvo el valor suficiente para expulsar a ninguno de ellos, porque pensaban que de hacerlo iban a perder su "contacto" con el movimiento de masas. Nosotros no abrigábamos esas ideas. De manera resuelta procedimos a expulsar a Field y a todos los que se solidarizaron con él en aquella situación. Los echamos de nuestra organización en medio de la huelga. A los miembros de la fracción de Field que no querían romper con el partido, que aceptaron la disciplina del partido, se les dio una oportunidad y aún militan en el partido. Algunos de los que expulsamos permanecieron aislados políticamente por años. Finalmente sacaron las lecciones de esa experiencia y volvieron con nosotros.
Esa fue una acción drástica, si se consideran las circunstancias de la huelga en desarrollo; y fue en base a esa acción que sorprendimos al movimiento obrero radical. Nadie afuera de nuestra organización soñó jamás que un grupito político como el nuestro, al toparse con un miembro que estaba a la cabeza de un movimiento de 10 mil trabajadores, osaría expulsarlo en la cúspide de su gloria, cuando su foto aparecía en todos los periódicos, y él parecía ser mil veces más grande que nuestro partido. Al principio hubo dos reacciones. Una la resumía la gente que decía: "Este es el fin de los trotskistas; han perdido sus contactos y sus fuerzas sindicales". Estaban equivocados. La otra reacción, la más importante, la resumían quienes decían: "Los trotskistas toman las cosas en serio". Las personas que predecían consecuencias fatales por la desgracia y el fracaso de la huelga hotelera fueron rápidamente refutados por el desarrollo posterior de los hechos. Muchos que vieron a este grupito político adoptar tal posición ante un dirigente sindical "intocable", quien estaba a la cabeza de una gran huelga, adquirieron un respeto saludable por los trotskistas.
Huelga contra depósitos de carbón
Mucha gente seria se sintió atraída a la Liga, y todos nuestros miembros se fortalecieron con una nueva sensación de disciplina y responsabilidad hacia la organización. Luego, inmediatamente después del desastre de la huelga hotelera, surgió la huelga contra las empresas del carbón de Minneapolis. Antes de que se enfriara la huelga hotelera, prendió en Minneapolis la huelga de los trabajadores de las empresas del carbón. La dirigió ese grupo de trotskistas de Minneapolis conocido por todos ustedes y fue conducida como un modelo de organización y combatividad. La disciplina partidaria de nuestros camaradas en esta tarea --eficaz en un 100 por ciento-- se vio afectada y reforzada de forma considerable por la desafortunada experiencia que tuvimos en Nueva York. Mientras que en Nueva York la tendencia de los dirigentes sindicalistas fue la de alejarse del partido, en Minneapolis los dirigentes se acercaron más al partido y dirigieron la huelga manteniendo un contacto muy estrecho con el partido, tanto a nivel local como nacional.
La huelga contra las empresas del carbón resultó en una victoria rotunda. La política sindical trotskista --llevada a cabo por hombres y mujeres leales-- fue justificada de forma brillante en esa lucha y sirvió muchísimo para contrarrestar las malas impresiones que se crearon en la huelga hotelera de Nueva York.
Posible fusión con el AWP
Después de estos acontecimientos, le remitimos otra carta al Partido Estadounidense de los Trabajadores (AWP) proponiendo que enviásemos un comité para discutir una fusión con ellos. Entre sus filas había elementos que no querían saber nada de nosotros, pero había otros en el AWP que estaban seriamente interesados en unirse con nosotros para formar un partido más grande. Y como no manteníamos nuestras intenciones en secreto, sino que las publicábamos en nuestro periódico para que los miembros del Partido Estadounidense de los Trabajadores pudieran leer al respecto, los dirigentes pensaron que era prudente aceptar reunirse con nosotros. Las negociaciones formales para la fusión del Partido Estadounidense de los Trabajadores y la Liga Comunista, comenzaron en la primavera de 1934.
Como ustedes saben, y como vamos a tocar en conferencias venideras, este enfoque y estas negociaciones culminaron finalmente en la fusión del AWP con la Liga Comunista, y el lanzamiento de un partido político unificado. Esto se consiguió a costa de muchos esfuerzos políticos y no sin antes superar dificultades y obstáculos. Cuando uno se pone a pensar que en la dirección del Partido Estadounidense de los Trabajadores, en aquel entonces, había personas como Ludwig Lore, quien hoy día es uno de los principales patrioteros del frente democrático, y que otro de ellos era J.B. Salutsky-Hardman, sin dificultad pueden comprender que nuestra tarea no era fácil. Salutsky --el lacayo literario de Sidney Hillman y director del órgano oficial del sindicato Amalgamado de Trabajadores de la Costura (ACW)--, sabía muy bien quiénes eran los trotskistas y no quería saber nada de ellos. Su papel dentro del Partido Estadounidense de los Trabajadores era precisamente impedir que fuera algo más que un juguete; impedir que se desarrollara en una dirección revolucionaria; y, sobre todo, mantenerlo libre de cualquier contacto con los trotskistas que son serios al hablar de un programa revolucionario. A pesar de ellos, las negociaciones comenzaron.
Nos mantuvimos activos en otros sectores del frente político. El 5 de marzo de 1934, en la Plaza Irving se llevó a cabo el debate histórico entre Lovestone y mi persona. Después de cinco años, los representantes de las dos tendencias en guerra del movimiento comunista se encontraban y se enfrentaban de nuevo. El marcador se estaba igualando. Ellos comenzaron expulsándonos del Partido Comunista por trotskistas y por "contrarrevolucionarios". Luego, después de su propia expulsión, nos menospreciaban por considerarnos una secta pequeña sin miembros ni influencia, mientras que comparativamente ellos tenían un movimiento grande. Sin embargo, en esos cinco años, gradualmente los habíamos venido reduciendo a nuestro tamaño. Nosotros íbamos creciendo, fortaleciéndonos; ellos declinaban. Había un amplio interés en la propuesta de formar un nuevo partido y la organización de Lovestone no se libraba de ello.
Debate sobre una nueva Internacional
Como resultado, los lovestonistas se vieron obligados a aceptar nuestra invitación a sostener un debate sobre el tema. "Con todo, por un nuevo partido y una nueva Internacional", ese fue mi programa en el debate. El programa de Lovestone era: "A reformar y unificar la Internacional Comunista". Esto fue como un año después del fracaso alemán. Lovestone aún quería reformar la Internacional Comunista, no sólo reformarla sino también unificarla. ¿Cómo? Para empezar que se readmitiera a los lovestonistas. Luego readmitirnos a nosotros, los trotskistas, a quienes habían echado sin mucha ceremonia. Lo mismo debía suceder a nivel internacional. Sin embargo, para ese entonces ya le habíamos vuelto la espalda a la Internacional Comunista en quiebra. Había pasado demasiada agua por la noria, se habían cometido demasiados errores, demasiados crímenes y traiciones, y se había derramado demasiada sangre, todo por culpa de la Internacional estalinista. Hacíamos un llamamiento a favor de una nueva Internacional con un pendón limpio. Yo debatí partiendo de ese punto de vista. Para nosotros ese debate resultó ser un éxito tremendo.
Había un amplio interés y contábamos con un gran público. El Militant informa que hubo 1500 personas y sí creo que debió haber más o menos esa cifra. Era el público más grande al que nos dirigíamos para hablar de temas políticos desde nuestra expulsión. El estar peleando una vez más con un antiguo antagonista ante una verdadera audiencia --si bien la lucha ahora había alcanzado un nivel distinto, superior--, era como volver a los viejos tiempos. En el público, además de los miembros y seguidores de las dos organizaciones representadas por los que debatían, había muchos de la izquierda del Partido Socialista y de la YPSL [Liga Socialista de Jóvenes], algunos estalinistas y un buen número de izquierdistas así como miembros del Partido Estadounidense de los Trabajadores. Fue una ocasión crítica. En ese entonces, muchos que estaban rompiendo con los estalinistas, vacilaban entre los lovestonistas y los trotskistas. Nuestra consigna de un nuevo partido y una nueva Internacional estaba más acorde con la realidad y la necesidad de la época, y logró captar la simpatía de la gran mayoría de aquellos que abandonaban el estalinismo. Nuestro programa era mucho más persuasivo, mucho más realista, de modo que logramos que casi todos los que vacilaban pasaran a nuestro lado. Los lovestonistas no lograron ir muy lejos con su caduco programa de "unificar" a la Internacional Comunista en quiebra después de la traición alemana.
El éxito de ese debate preparó el terreno para una seria de conferencias sobre el programa de la Cuarta Internacional. Para ilustrar el auge de nuestro movimiento vale señalar que para las conferencias tuvimos que conseguir una sala más grande de la que habíamos venido usando. Tuvimos que mudarnos a la Plaza Irving. El público que atendía nuestras conferencias era tres o cuatro veces más numeroso que al que estábamos acostumbrados en los cinco años de nuestro peor aislamiento.
En esos días el trotskismo se estaba granjeando su puesto en el mapa político y estaba golpeando duro y se henchía de confianza. En el Militant de marzo y abril de 1934 se informa de una gira nacional por Shachtman, que por primera vez se extiende hasta la costa occidental. El tema del que habló fue: "El nuevo partido y la Nueva Internacional".
El 31 de marzo de 1934, toda la primera plana del Militant estuvo dedicada al Manifiesto de la Liga Comunista Internacional (la organización trotskista mundial), dirigido a los partidos y grupos socialistas revolucionarios de ambos hemisferios, instándolos a adherirse al llamamiento por una nueva Internacional y contra la Segunda y Tercera Internacionales, que estaban en quiebra.
El trotskismo a nivel mundial iba en marcha. Y en Estados Unidos sentábamos la pauta. En verdad, íbamos a la cabeza de la marcha de nuestra organización internacional, aprovechando toda oportunidad y avanzando con confianza en todos los frentes. Y cuando se nos presentó nuestra verdadera oportunidad dentro del movimiento sindical, en las grandes huelgas de Minneapolis de mayo y de julio-agosto de 1934, estábamos totalmente listos para demostrar lo que éramos capaces de hacer y lo hicimos.
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