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PATHFINDER

La ruptura con la Comintern



UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR
enero de 2001 Vol. 25 No. 01

Editorial Pathfinder

La ruptura con la Comintern
Sexto capítulo de 'La historia del trotskismo estadounidense' de Cannon

continuado

Se acelera el reclutamiento

Pasamos un hito enorme: Hacia el final de nuestros primeros cinco años de lucha, habíamos desarrollado la rama de Nueva York hasta llegar a un total de 50 personas. Eso lo recuerdo porque una regla en la constitución de nuestra organización limitaba el tamaño de las ramas a 50 miembros. Una rama que alcanzara ese tamaño debía dividirse en dos ramas. Esto lo escribimos en la constitución en nuestra primera conferencia en 1929. En aquellos días podíamos haber puesto a toda la militancia nacional en dos ramas, sin embargo, a lo que aspirábamos era el día en que nuestro barco atracara. Recuerdo que en 1933 se planteó por primera vez el problema de cumplir con esta parte de la constitución, y tuvimos una disputa sobre cómo se debía dividir la rama.

El 1 y 2 de mayo de 1933, se realizó en Chicago el gran Congreso de Mooney, de alcance nacional, iniciado por los estalinistas, pero que contó con la participación de muchos sindicatos. Enviamos una delegación a este congreso y tuve la oportunidad de hablar frente a varios miles de personas. Fue una experiencia refrescante tras aquel prolongado confinamiento en el limitado círculo de los debates internos. Allí comencé mi colaboración política con Albert Goldman, quien aún estaba en el Partido Comunista pero que ya encaminado hacia la ruptura con su línea. Tanto su discurso en el Congreso de Mooney como el mío en torno al frente único eran ataques directos contra la política estalinista. Esto preparo el terreno para la expulsión de Goldman y su posterior afiliación con nosotros. Ese fue el comienzo de una colaboración en extremo productiva.

De Chicago, según informa el Militant, salí de gira para hablar sobre dos temas: "La tragedia del proletariado alemán" y "El camino de la revolución en Estados Unidos". A un grupo de intelectuales estalinistas de Nueva York, que pertenecían al partido o trabajaban en su periferia, les empezó a irritar la falsedad manifiesta de la línea estalinista, puesta en evidencia por los acontecimientos en Alemania. Finalmente rompieron con el PC y se nos unieron. Esa fue nuestra primera adquisición en cantidad. Hasta ese momento, la gente se había venido afiliando una por una. Ahora se nos unía un grupo, un grupo de intelectuales. Eso fue muy significativo. Los movimientos de los intelectuales se deben estudiar muy atentamente como síntomas. En el terreno de las ideas ellos se mueven un poco más rápidamente que los trabajadores. Como las hojas en la cima de un árbol, se agitan primero. Cuando vimos en Nueva York que un grupo de intelectuales serios rompía con el estalinismo, comprendimos que este era el comienzo de un movimiento que pronto se manifestaría en las filas y que muchos trabajadores estalinistas vendrían a nosotros.

Un suceso importante en los últimos meses de 1933 fue la acción adoptada por la Conferencia por la Acción Obrera Progresista. Bajo el ímpetu de la creciente radicalización de las filas de los trabajadores que habían reclutado, y percibiendo que sin duda a los trabajadores radicales el Partido Comunista les resultaba cada vez menos atractivo, la CPLA organizó una conferencia en Pittsburgh y anunció tentativamente la formación de un nuevo partido político. Es decir, tentativamente eligió un comité provisional encargado de la tarea de organizar el "Partido Estadounidense de los Trabajadores" (American Workers Party).

En ese mismo momento se produjo la escisión de Benjamin Gitlow y su pequeño grupo con los lovestonistas. En ese periodo ocurrió también un gran auge del Ala Izquierda centrista del Partido Socialista, y la adopción de una posición cada vez más radical por parte de la Liga Socialista de los Jóvenes. En todas las organizaciones obreras había efervescencia y cambios. Quien tuviera una visión política, podía ver que las cosas ahora en verdad comenzaban a desarrollarse, y que no era el momento de quedarse sentados en una biblioteca para meditar sobre los principios. Era el momento de actuar de acuerdo a esos principios; era el momento de estar pendiente de todo, de aprovechar cualquier oportunidad que presentaran los nuevos acontecimientos ocurridos en otras organizaciones y movimientos.

Debo decir que no dejamos que se nos escapara ni una sola. No esperábamos a que nos invitaran. Nosotros nos acercábamos a ellos. En la primera plana del Militant publicamos un manifiesto en que llamábamos a la formación de un nuevo partido y de una nueva internacional. Invitamos a todo grupo --al que fuera--, que estuviese interesado en formar un nuevo partido revolucionario y una nueva internacional, para que discutiera con nosotros las bases del programa. Les dijimos, tenemos un programa, pero no se los presentamos como un ultimátum. Es nuestra contribución al debate. Si ustedes tienen otras ideas para el programa, pongámoslas todas sobre la mesa y discutámoslas de forma pacífica y como camaradas. Tratemos de resolver las diferencias sobre el programa y unamos fuerzas para construir un nuevo partido único.

Hicimos campaña a favor del nuevo partido. La gran ventaja que teníamos sobre los otros grupos --la ventaja que aseguraba nuestra hegemonía-- era que sabíamos lo que queríamos. Teníamos un programa claramente definido y eso nos daba cierto grado de agresividad. Los otros elementos de la izquierda no estaban suficientemente seguros de sí mismos como para tomar la iniciativa. Esa era nuestra responsabilidad. Eramos quienes cada semana, en verdad en todo momento, propugnaban el nuevo partido, escribiendo cartas a toda esa gente, escribiendo reseñas críticas pero favorables sobre los artículos que aparecían en sus publicaciones y sobre todas sus resoluciones. A nuestros compañeros en las filas les dimos instrucciones repetidamente para que establecieran contacto con los miembros de filas de esos otros grupos, para interesarlos en la discusión desde todos los ángulos y de arriba abajo, y preparar así el terreno para la futura fusión de los elementos revolucionarios, serios y honestos dentro de un solo partido. Entretanto nuestra propia organización crecía, acaparando más atención y ganando más prestigio y respeto. En todos esos círculos radicales a los trotskistas se les respetaba como los comunistas honestos, y a Trotsky como el gran pensador marxista que había comprendido el significado de los acontecimientos en Alemania, cuando nadie más logró hacerlo. Se nos admiraba por no haber transigido y por habernos mantenido firmes a pesar de la persecución y la adversidad. A nuestra organización la respetaban por todo el movimiento obrero. Ese fue un capital importante cuando llegó el momento de promover la fusión de los distintos grupos de izquierda en un solo partido.

Después de cinco años de lucha, nuestras filas se habían consolidado sobre una base programática firme. Se habían educado en las grandes cuestiones de principio, habían adquirido facilidad para explicarlas y para aplicarlas en relación a los acontecimientos del día. Estábamos listos, nuestra experiencia pasada nos había preparado. No hay duda que en muchos aspectos esa experiencia había sido más o menos deplorable y negativa. Sin embargo, fue precisamente ese periodo de aislamiento, apuros, debates, estudio y asimilación de ideas teóricas, lo que preparó a nuestro joven movimiento para este nuevo florecer en que el movimiento se abría en todas direcciones. Entonces estábamos listos para un agudo viraje táctico. En esos días nuestras filas se vieron henchidas de nuevas esperanzas y de anhelos grandes y buenos. Al final de 1933, estábamos seguros de que nos dirigíamos a la reconstitución en este país de un Partido Comunista genuino. Estábamos seguros de que el futuro era nuestro. Si bien nos quedaban muchas luchas por delante, sentíamos que habíamos superado lo peor, que avanzábamos. La historia ha demostrado que nuestras suposiciones eran acertadas. A partir de entonces las cosas sucedieron muy de prisa y a favor nuestro. Desde ese momento, nuestro progreso ha sido prácticamente ininterrumpido.


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