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UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR diciembre de 2000 Vol. 24 No. 11
Pathfinder
Los 'días caniculares' de la Oposición de Izquierda Quinto capítulo de 'La historia del trotskismo estadounidense' de Cannon
Por James P. Cannon
[A continuación publicamos el quinto capítulo de La historia del trotskismo estadounidense, 1928-38: informe de un partícipe, la traducción de The History of American Trotskyism, 1928-38: Report of a Participant, por James P. Cannon. El libro comprende una serie de 12 conferencias públicas que Cannon dio en 1942 en Nueva York. Uno de los dirigentes fundadores del Partido Comunista de Estados Unidos tras la revolución rusa de octubre de 1917, Cannon fue uno de los principales dirigentes fundadores del Partido Socialista de los Trabajadores en 1938.
[Perspectiva Mundial está publicando este libro por entregas, capítulo por capítulo. El quinto capítulo se titula "Los días caniculares de la Oposición de Izquierda".
[Los subtítulos son de Perspectiva Mundial. Publicado con autorización; derechos reservados © 1944, 2000 Pathfinder Press.]
Nuestra última sesión nos llevó hasta la primera Conferencia Nacional de la Oposición de Izquierda en mayo de 1929. Habíamos sobrevivido los difíciles primeros seis meses de nuestra lucha y mantenido intactas nuestras fuerzas, a la vez que habíamos conseguido nuevos adeptos. En la primera conferencia consolidamos nuestras fuerzas en una organización nacional, establecimos una dirección electa y definimos con más precisión nuestro programa. Nuestros miembros de filas eran firmes, resueltos. Contábamos con escasos recursos y numéricamente éramos muy pocos, sin embargo estábamos seguros de que habíamos encontrado la verdad y que al final venceríamos con esa verdad. Regresamos a Nueva York para empezar la segunda fase de la lucha por la regeneración del comunismo estadounidense.
La suerte de todo grupo político --ya sea para vivir y crecer o para degenerarse y morir-- se decide en sus primeras experiencias a partir de la forma en que responde a dos cuestiones decisivas.
La primera es la adopción de un programa político correcto. Sin embargo, esto en sí no garantiza la victoria. La segunda es que el grupo decida de forma acertada cuál va a ser la naturaleza de sus actividades y qué tareas se va a plantear, dados el tamaño y capacidad del grupo, la etapa de desarrollo de la lucha de clases, la correlación de fuerzas en el movimiento político, etcétera.
Necesidad de un programa correcto
Si el programa de un grupo político, en especial un grupo político pequeño, es falso, al final nada lo podrá salvar. Es imposible envidar en falso tanto en el movimiento político como en la guerra. La única diferencia es que en tiempos de guerra las cosas llegan a tal extremo que toda debilidad sale a flote casi de inmediato, como lo demuestra etapa tras etapa la actual guerra imperialista. En la lucha política la ley opera igual de implacable. Los envites no funcionan. A lo sumo logran engañar gente por un tiempo, pero las principales víctimas del engaño, a fin de cuentas, son los que hacen el envite. Uno debe saber cumplir sus compromisos . Es decir, uno debe tener un programa correcto a fin de sobrevivir y servir a la causa de los trabajadores.
Un ejemplo de cuán nefasto resulta sostener una actitud de envite sin mucha reflexión con respecto al programa es el notorio grupo de Lovestone. Algunos de ustedes que son nuevos al movimiento revolucionario puede que jamás hayan oído hablar de esta fracción --la cual en un momento desempeñó un papel muy prominente--, ya que ha desaparecido por completo de la escena. No obstante, en aquellos días la gente que constituía el grupo de Lovestone eran los que dirigían el Partido Comunista de Estados Unidos. Fueron ellos los que llevaron a cabo nuestra expulsión, y cuando unos seis meses después ellos mismos fueron expulsados, empezaron con una fuerza mucho más numerosa y con más recursos que nosotros. En los primeros días eran mucho más impresionantes. Sin embargo, no tenían un programa correcto y tampoco intentaron desarrollarlo. Creían que podían hacerle un poquito de trampa a la historia; que podían tomar atajos en cuanto a los principios y mantener fuerzas más numerosas transigiendo en la cuestión del programa. Y por un tiempo lo lograron. Sin embargo, al final, este grupo rico en energías y capacidades y con gente muy talentosa, fue totalmente destruido en la lucha política, se disolvió de forma ignominiosa. En la actualidad la mayoría de sus dirigentes --hasta donde sé, en realidad, todos--, se han subido al tren de la guerra imperialista, sirviendo intereses totalmente opuestos a los que se habían propuesto servir al comienzo de su labor política. El programa es decisivo.
Por otro lado, si el grupo malentiende las tareas que le imponen las condiciones del momento, si no sabe cómo responder a la más importante de las cuestiones en política --o sea: qué hacer ahora--, entonces el grupo, independientemente de los méritos que tenga, se puede agotar realizando esfuerzos mal orientados, actividades fútiles, y fracasar.
Así que como dije en mis primeras palabras, nuestro destino lo determinaron en aquellos primeros días la respuesta que dimos a la cuestión del programa y la forma en que analizamos las tareas del momento. En eso consistió nuestro mérito, como formación política recién creada dentro del movimiento obrero estadounidense, el mérito que aseguró el progreso, la estabilidad y el desarrollo ulterior de nuestro grupo: en que respondimos a estas dos cuestiones correctamente.
La cuestión rusa es esencial
La conferencia no abordó todos los problemas que planteaban las condiciones políticas del momento. Abordó únicamente los problemas más importantes, o sea, a los que había que dar respuesta primero. Y el primero fue el problema ruso, la cuestión de la revolución que existía. Como dije en la última presentación, desde 1917 una y otra vez se ha demostrado que la cuestión rusa es la piedra de toque de toda corriente política en el movimiento obrero. Quienes adoptan una posición equivocada sobre la cuestión rusa, tarde o temprano abandonan la vía revolucionaria.
La cuestión rusa ha sido aclarada un sinnúmero de veces en artículos, folletos y libros. Sin embargo, surge cada vez que ocurre un vuelco importante en los acontecimientos. Hasta fecha tan reciente como 1939 y 1940, tuvimos que debatir una vez más la cuestión rusa con una corriente pequeñoburguesa dentro de nuestro movimiento. Quienes deseen estudiar la cuestión rusa en toda su profundidad, toda su agudeza y toda su urgencia pueden encontrar material abundante en la literatura de la Cuarta Internacional. Por eso no pienso tocarla en detalle esta noche. Simplemente la reduzco a lo más esencial y digo que la cuestión que enfrentábamos en nuestro primer congreso era la de si debíamos seguir apoyando al estado soviético, la Unión Soviética, a pesar del hecho de que su dirección había caído en manos de una casta conservadora, burocrática. En esos días hubo gentes que se denominaban y se consideraban revolucionarias, que se habían escindido del Partido Comunista, o que habían sido expulsados y que querían dar completamente la espalda a la Unión Soviética y lo que quedaba de la revolución rusa y empezar de nuevo, con un "borrón y cuenta nueva" como un partido antisoviético. Nosotros rechazamos ese programa y a todos los que nos instaban a seguirlo. Si hubiésemos transigido en ese asunto, en esos días habríamos conseguido muchos miembros. Tomamos una posición firme de apoyo a la Unión Soviética; no de derrocarla sino de intentar reformarla por medio de los instrumentos del partido y de la Comintern.
En el curso de los acontecimientos se demostró que todos aquellos que por impaciencia, ignorancia o subjetividad --o por la razón que fuera--, anunciaron de forma prematura la muerte de la revolución rusa, en realidad estaban anunciando su propio fin como revolucionarios. Todos y cada uno de esos grupos y tendencias degeneraron, se desmoronaron desde su propia base, se hicieron al margen y en muchos casos se pasaron al campo de la burguesía. Nuestra salud política y nuestra vitalidad revolucionaria las salvaguardó, en primer lugar, la actitud correcta que asumimos respecto de la Unión Soviética, a pesar de los crímenes que habían cometido, incluso en contra nuestra, los individuos al control de la administración de la Unión Soviética.
La cuestión sindical tuvo una importancia extraordinaria, la tuvo entonces como la ha tenido siempre. En aquella época fue particularmente grave. Tras experimentar por largo rato con políticas oportunistas de derecha, la Internacional Comunista y los partidos comunistas que estaban bajo su dirección y control habían dado un giro enorme hacia la izquierda, al ultraizquierdismo: una manifestación característica del centrismo burocrático de la facción de Stalin. Después de haber perdido la brújula marxista, se distinguieron por una tendencia a saltar de la extrema derecha a la izquierda y viceversa. En la Unión Soviética habían pasado por una larga experiencia con políticas derechistas, conciliándose con los kulaks [campesinos ricos] y los Nepmen [hombres de la Nueva Política Económica], hasta que la Unión Soviética --y con ella la burocracia--, llegó al borde del desastre. En el ámbito internacional, políticas similares dieron resultados similares. En respuesta, y ante las críticas implacables de la Oposición de Izquierda, hicieron una sobrecorrección ultraizquierdista en todos los campos. En cuanto a la cuestión sindical viraron hasta la posición de abandonar los sindicatos establecidos, entre ellos la Federación Norteamericana del Trabajo [AFL], y empezaron un nuevo movimiento sindical hecho a la medida y bajo el control del Partido Comunista. La política descabellada de formar "sindicatos rojos" pasó a ser la orden del día.
Nuestra primera Conferencia Nacional adoptó una posición firme contra esa política, y se declaró a favor de operar dentro del movimiento sindical existente, confinando el sindicalismo independiente al sector no organizado. Sin clemencia atacamos el sectarismo renovado que comprendía esta teoría de un nuevo movimiento sindical "comunista" creado por medios artificiales. Al tomar esa postura, por lo acertado de nuestra política sindical, nos aseguramos de que cuando llegara el momento en que pudiéramos acceder al movimiento de masas, sabríamos cuál sería la ruta más corta para llegar a él. Acontecimientos posteriores confirmaron lo correcto de la política sindical aprobada en nuestra primera conferencia, y con la cual hemos sido consecuentes a partir de entonces.
La tercera gran cuestión de importancia a la que teníamos que responder era la de si debíamos crear un nuevo partido independiente, o si todavía nos considerábamos una fracción del Partido Comunista existente y de la Comintern.
Una fracción del Partido Comunista
Aquí también fuimos acosados por gente que se consideraba izquierdista: antiguos miembros del Partido Comunista que totalmente se habían echado a perder y que querían tirar lo sano con lo podrido; elementos sindicalistas y ultraizquierdistas que, por su antagonismo con el Partido Comunista, estaban dispuestos a combinarse con cualquiera que quisiera crear un partido para oponérsele. Es más, en nuestras propias filas hubo quienes reaccionaron subjetivamente ante las expulsiones burocráticas, las calumnias, la violencia y el ostracismo que se emplearon en contra nuestra. También querían renunciar al Partido Comunista y empezar un nuevo partido. Esta propuesta poseía un atractivo superficial. Sin embargo, resistimos, rechazamos esa idea. La gente que simplificaba demasiado el asunto nos solía decir: ¿"Cómo pueden ser una fracción de un partido cuando de allí los han expulsado?"
Les explicábamos: Es cuestión de evaluar correctamente a los miembros del Partido Comunista y de encontrar el enfoque táctico apropiado para acercárseles. Si el Partido Comunista y sus militantes han degenerado a tal punto que no tienen salvación y si existe un grupo más progresista de trabajadores (ya sea de hecho o potencialmente a partir de la dirección que el grupo lleve) del cual podamos formar un partido nuevo y mejor, entonces el argumento a favor de un nuevo partido es válido. Sin embargo, decíamos, no vemos tal grupo por ningún lado. No vemos verdaderos progresistas, militantes, un verdadero intelecto político en todas estas distintas oposiciones, en estos individuos y tendencias. Casi todos son críticos de sillón y sectarios. La verdadera vanguardia del proletariado la componen las decenas de miles de trabajadores a los que ha despertado la revolución rusa. Ellos aún se mantienen fieles a la Comintern y al Partido Comunista. Ellos no han seguido de cerca el proceso de degeneración gradual. No han desentrañado las cuestiones teóricas que están al fondo de esta degeneración. Es incluso imposible que ellos lo atiendan a uno a menos que uno se ubique en el plano del partido y aspire no a destruirlo sino a reformarlo, exigiendo la readmisión al partido con derechos democráticos.
Ese problema lo resolvimos correctamente al declararnos una fracción del partido y de la Comintern. A nuestra organización la denominamos La Liga Comunista de Estados Unidos (Oposición), para indicar que no éramos un nuevo partido sino simplemente una fracción de oposición dentro del antiguo partido. La experiencia ha demostrado con creces lo correcto de esta decisión. Al mantenernos como partidarios del Partido Comunista y de la Internacional Comunista, al oponernos a los dirigentes burocráticos en la cima, pero evaluando correctamente a las filas tal y como eran en aquel momento, y al buscar entrar en contacto con ellos, seguimos captando nuevos reclutas a las filas de los trabajadores Comunistas. La mayoría de nuestros miembros en el primer lustro de nuestra existencia surgió del PC. Así creamos las bases de un movimiento Comunista regenerado. En cuanto a la gente antisoviética y antipartidista, nunca produjeron más que confusión.
De la decisión de formar, en esa época, una fracción y no un partido nuevo, se deriva otra cuestión importante y problemática, la cual se debatió y disputó a fondo en nuestro movimiento por cinco años, desde 1928 hasta 1933. Esa cuestión era: ¿Qué tarea concreta debemos plantearle a este grupo de 100 personas dispersas por todo lo ancho de este vasto país? Si nos constituimos como partido independiente, entonces debemos apelar directamente a la clase trabajadora, dar la espalda al degenerado Partido Comunista y emprender una serie de esfuerzos y actividades en el movimiento de masas. Por otro lado, si hemos de constituirnos no como partido independiente sino como una fracción, de esto se deriva que nuestros más importantes esfuerzos, llamados y actividades se deberán dirigir no a la masa de 40 millones de trabajadores estadounidenses, sino a la vanguardia de la clase organizada en el Partido Comunista y su entorno. Se puede ver cómo esas dos cuestiones estaban ligadas. En la política, y no sólo en la política, una vez que uno dice "A" debe decir "B". O bien nos orientábamos hacia el Partido Comunista o nos alejábamos del Partido Comunista, en dirección de las masas sin desarrollar, sin organizar y sin educar. No puede haber pollo en corral y en cazuela.
El problema consistía en comprender la verdadera situación, la etapa de desarrollo en ese momento. Por supuesto, uno debe encontrar un camino a las masas a fin de crear un partido que pueda dirigir una revolución. Sin embargo, el camino a las masas pasa por la vanguardia y no por encima de ella. Algunos no entendían eso. Creían que podían soslayar a los trabajadores de disposición comunista, e ir a caer en medio del movimiento de masas para encontrar allí a los mejores candidatos para el grupo más avanzado y de mayor desarrollo teórico del mundo, es decir, la Oposición de Izquierda, que era la vanguardia de la vanguardia. Esta concepción era errónea, producto de la impaciencia y de la incapacidad de pensar las cosas a fondo. Decidimos en cambio que nuestra tarea principal era la propaganda, no la agitación.
Trabajo de propaganda
Dijimos: Nuestra primera tarea es dar a conocer a la vanguardia los principios de la Oposición de Izquierda. No nos ilusionemos con la idea de que en este momento podemos llegar a la gran masa sin educar. Primero debemos conseguir lo que se pueda de este grupo de vanguardia, que consta de decenas de miles de militantes y simpatizantes del partido, y a partir de ellos cristalicemos cuadros suficientes, ya sea para reformar el partido o, si después de un gran esfuerzo que al final fracase --y sólo cuando se determine contundentemente el fracaso--, forjar un partido nuevo con las fuerzas que se hayan reclutado en el proceso. Sólo así es posible que reconstituyamos el partido en el verdadero sentido de la palabra.
Por aquel entonces apareció en el horizonte una personalidad, quien también quizás les resulte desconocido a muchos de ustedes, pero que en esos días hizo bastante alboroto. Albert Weisbord había sido miembro del PC y consiguió que lo expulsaran en 1929 por hacer críticas, o por una u otra razón, eso nunca quedó claro. Después de su expulsión Weisbord decidió estudiar un poco. Con frecuencia sucede, como verán, que después que alguien recibe un trancazo empieza a preguntarse qué lo provocó. Al poco tiempo Weisbord concluyó sus estudios y se pronunció trotskista; pero no trotskista en un 50 por ciento como nosotros, sino un trotskista verdadero y genuino al 100 por ciento, cuya misión en la vida era aclararnos las cosas.
Su revelación consistía en lo siguiente: los trotskistas no deben ser un círculo de propaganda, sino que deben pasar directamente al "trabajo de masas". Esa concepción debía llevarlo lógicamente a proponer la formación de un nuevo partido, algo que no podía hacer tan fácilmente porque carecía de miembros. Tendría que aplicar la táctica de ir primero a la vanguardia, y tendría que aplicárnosla a nosotros. Con algunos de sus amigos empezó una enérgica campaña de "cavar desde adentro" y martillar desde afuera a este pequeño grupo de 25 ó 30 personas que para entonces teníamos organizadas en la ciudad de Nueva York. A la vez que nosotros proclamábamos la necesidad de hacer propaganda entre los miembros y simpatizantes del Partido Comunista, como un vínculo hacia el movimiento de masas, Weisbord, proclamando un programa de acción de masas, dirigía el 99 por ciento de sus acciones de masas no a las masas, y ni siquiera al Partido Comunista, sino a nuestro pequeño grupo trotskista. Con nosotros estaba en desacuerdo en todo y nos denunciaba como falsos representantes del trotskismo. Cuando decíamos "sí", él decía, "decididamente sí". Si ofrecíamos 75, él pujaba más aún. Cuando dijimos "Liga Comunista de Estados Unidos", él denominó a su grupo la "Liga Comunista de Lucha" para hacerlo más fuerte. El meollo de la pugna con Weisbord fue la cuestión de la naturaleza de nuestras actividades. Se impacientaba por lanzarse al trabajo de masas por encima del Partido Comunista. Rechazamos su programa y él nos denunció en gruesos boletines mimeografiados.
Algunos de ustedes quizás aspiren llegar a ser historiadores del movimiento, o por lo menos estudiantes de la historia del movimiento. De ser así, estas charlas informales que estoy dando pueden servir como mojones para un estudio más profundo de las cuestiones más importantes y los momentos álgidos. El material escrito abunda. Si se busca, literalmente se encontrarán fardos de boletines mimeografiados dedicados a críticas y denuncias de nuestro movimiento y, por la razón que sea, especialmente dedicados a mí. Este tipo de cosas sucede tan a menudo que desde hace mucho aprendí a aceptarlo como algo cotidiano. Siempre que en nuestro movimiento alguien enloquece, comienza a denunciarme a gritos, sin que en absoluto haya habido provocación de mi parte. Así que Weisbord nos denunció, particularmente a mí, pero lo debatimos. Nos aferramos a nuestro rumbo.
En nuestras filas había gente impaciente que creía que valía la pena probar la receta de Weisbord: una vía por la que un grupito pobre se podría enriquecer de golpe. Es muy fácil que un grupo de gente aislada, reunido en un cuarto pequeño, se convenza a sí mismo de las propuestas más radicales a menos que guarde el sentido de proporción, sensatez y realismo. Algunos de nuestros camaradas, desilusionados por nuestro crecimiento lento, se dejaron seducir por la idea de que lo único que necesitábamos era un programa de trabajo de masas para salir e ir a captar a las masas. Ese sentimiento creció hasta tal punto que Weisbord creó una pequeña fracción dentro de nuestra organización. Nos vimos obligados a declarar una reunión abierta para discutir el asunto. Admitimos a Weisbord, que formalmente no era miembro, y le concedimos el derecho del uso de la palabra. Debatimos la cuestión con todas nuestras fuerzas. Finalmente aislamos a Weisbord. Nunca tuvo más de 13 miembros en su grupo en Nueva York. Ese grupito pasó por una serie de expulsiones y escisiones y finalmente desapareció de la escena.
Empleamos una cantidad enorme de tiempo y de energías debatiendo y luchando en torno a esta cuestión. Y no sólo con Weisbord. En aquellos días constantemente nos daba lata gente impaciente en nuestras filas. Las dificultades del momento ejercían una gran presión sobre nosotros. Semana tras semana y mes tras mes parecía que apenas avanzábamos una pulgada. El desaliento echó raíz y con él la demanda de que urdiéramos un plan para crecer más rápido, una fórmula mágica. Eso lo discutimos, lo debatimos y mantuvimos a nuestro grupo sobre la línea correcta, manteniéndolo orientado hacia la única fuente posible de crecimiento saludable: las filas de los trabajadores Comunistas que aún estaban bajo la influencia del Partido Comunista.
El "viraje a la izquierda" de los estalinistas nos colmó de nuevas dificultades. Este viraje en parte lo diseñó Stalin para socavar la Oposición de Izquierda; hacía que los estalinistas parecieran más radicales aún que la Oposición de Izquierda de Trotsky. Expulsaron del partido a los lovestonistas acusándolos de "derechistas", le cedieron la dirección del partido a Foster y compañía y promulgaron una política izquierdista. Con esta maniobra nos asestaron un golpe devastador. Los elementos descontentos en el partido que se habían inclinado hacia nosotros y que se habían opuesto al oportunismo del grupo de Lovestone, se reconciliaron con el partido. Solían decirnos: "Ya ven, estaban equivocados. Stalin esta corrigiendo todo. Esta asumiendo una posición radical en todo: en Rusia, en Estados Unidos, en todas partes". En Rusia la burocracia estalinista declaró la guerra a los kulaks. Por todo el mundo se estaba socavando la Oposición de Izquierda. En Rusia se dio toda una serie de capitulaciones. Rádek y otros renunciaron a la lucha bajo el pretexto de que Stalin había adoptado la política de la Oposición. Yo diría que hubo quizás cientos de militantes del Partido Comunista que se habían inclinado hacia nosotros, a quienes les dio la misma impresión y retornaron al estalinismo en el periodo del giro ultraizquierdista.
Los verdaderos días caniculares
Esos fueron los verdaderos días caniculares de la Oposición de Izquierda. Habíamos pasado los primeros seis meses progresando de forma bastante firme y durante la conferencia formamos nuestra organización nacional llenos de expectativas. Entonces de repente se detuvo el reclutamiento a las filas del partido. Tras la expulsión de los lovestonistas, una ola de ilusiones azotó al Partido Comunista. La reconciliación con el estalinismo pasó a ser la orden del día. Estábamos estancados. Y fue entonces que empezó todo el bullicio del primer Plan Quinquenal. A los miembros del Partido Comunista el Plan Quinquenal les llenó de entusiasmo, un plan que había iniciado y exigido la Oposición de Izquierda. El pánico en Estados Unidos, la "depresión", provocó una fuerte ola de desilusión con el capitalismo. En esa situación, el Partido Comunista se presentaba como la fuerza más radical y revolucionaria del país. El partido empezó a crecer, sus filas se hincharon y comenzó a atraer simpatizantes a montones.
Nosotros, con nuestras críticas y explicaciones teóricas, ante la vista de todos parecíamos como un grupo de gente que abogaba por lo imposible, que se andaba en quisquillas, unos gruñones. Nos ocupábamos en tratar de hacer que la gente comprendiera que en última instancia la teoría del socialismo en un solo país es mortal para un movimiento revolucionario; que debíamos aclarar esta cuestión teórica a toda costa. Aferrados a los primeros éxitos del Plan Quinquenal, nos miraban y decían: "Esta gente esta loca, no vive en este mundo". En el momento que decenas y cientos de miles de personas empezaban a fijarse en la Unión Soviética, que avanzaba con el Plan Quinquenal, al tiempo que el capitalismo parecía venirse a pique, venían estos trotskistas, con sus documentos bajo el brazo, a exigirle a uno que leyera libros, que estudiara, que discutiera, y así por el estilo. Nadie nos quería escuchar.
En esos días caniculares del movimiento, carecíamos en absoluto de contacto alguno. No teníamos amigos, ni simpatizantes, el movimiento tampoco tenía una periferia. No teníamos la menor oportunidad de participar en el movimiento de masas. Cada vez que intentábamos entrar en una organización obrera nos expulsaban como trotskistas contrarrevolucionarios. Intentábamos enviar delegaciones a las reuniones de los desempleados, y rechazaban nuestras credenciales sobre la base de que éramos enemigos de la clase trabajadora. Estábamos completamente aislados, nos veíamos forzados a introvertirnos. Nuestro reclutamiento cayó casi a cero. El Partido Comunista y su enorme periferia parecían estar sellados herméticamente contra nosotros.
Entonces, como siempre sucede con los movimientos políticos nuevos, empezamos a reclutar fuerzas no muy saludables. Si ustedes de nuevo se ven reducidos a un puñado, como le puede suceder a los marxistas dadas las mutaciones que ocurren en la lucha de clases; si las cosas salen mal una vez más y tienen que empezar desde el comienzo, entonces les puedo adelantar algunos de los dolores de cabeza que van a padecer. Todo movimiento nuevo atrae elementos que correctamente podríamos denominar como grupo marginal lunático. Gente anómala que siempre busca la expresión más extrema del radicalismo, inadaptados, charlatanes y oposicionistas crónicos que ya han sido expulsados de media docena de organizaciones: en medio de nuestro aislamiento se nos empezó a acercar este tipo de gente, gritando, "Hola, camaradas". Siempre me opuse a admitir a este tipo de personas, pero la marea era demasiado fuerte. En la rama de Nueva York de la Liga Comunista libré una amarga lucha contra la admisión de un hombre como militante de la organización simplemente en base a su aspecto y forma de vestir.
Me preguntaban, "¿Qué tienes contra él"?
Yo decía, "Anda de arriba abajo en Greenwich Village vestido con un traje de pana, con su bigote picaresco y su melena. Algo anda mal con este tipo".
Tampoco lo decía para causar gracia. Yo decía que gente así no va a ser apta para dirigirse al trabajador estadounidense ordinario. Van a hacer que nuestra organización se vea como algo estrafalario, anormal, exótico; algo que no tiene nada que ver con la vida normal de un trabajador estadounidense. Estaba absolutamente correcto en el aspecto general, y en este caso particular del que hablo. Nuestro muchacho con traje de pana, después de causar todo tipo de problemas en la organización, pasó a ser finalmente un oehlerista.
Mucha gente que vino a nosotros se había sublevado contra el Partido Comunista no por sus malos aspectos sino por sus aspectos buenos; es decir, la disciplina del partido, la subordinación del individuo a las decisiones del partido en el trabajo actual. Mucha gente con disposición pequeñoburguesa y diletante, que no soportaba ningún tipo de disciplina, y que se salieron del PC o fueron expulsados, querían, más bien creían que querían hacerse trotskistas. Algunos de ellos se unieron en la rama de Nueva York, llevando consigo ese mismo prejuicio contra la disciplina en nuestra organización. Muchos de los recién llegados hicieron un fetiche de la democracia. Les repugnaba tanto el burocratismo del Partido Comunista que deseaban una organización sin autoridad o disciplina o centralización de ningún tipo.
Toda la gente de este tipo comparte una característica: les gusta discutir las cosas de forma ilimitada y sin propósito. La rama de Nueva York del movimiento trotskista en aquellos días no era más que un hervidero constante de discusiones. Nunca he visto a una persona de este tipo que no se exprese con facilidad. La he buscado pero nunca la he encontrado. Todos ellos saben hablar; y no sólo es que saben sino que lo hacen; y lo hacen infinitamente sobre toda cuestión. Eran iconoclastas que no aceptaban nada como autoridad, como si tampoco nada se hubiese decidido en la historia del movimiento. Una y otra vez había que demostrarlo todo y poner a prueba a todo mundo partiendo de cero.
Al estar aislados de la vanguardia que representaba el movimiento comunista y sin contacto con la masa viva de trabajadores, tuvimos que introvertirnos y nos vimos sometidos a dicha invasión. No había salida. Tuvimos que pasar por el largo periodo del hervidero y las discusiones. Yo tenía que oírlas, y esa es una razón por la que tengo tantas canas. Nunca fui sectario ni disparatado. Peor nunca tuve paciencia con gente que confunde la mera charlatanería con las cualidades de una dirección política. Sin embargo, uno no podía darle la espalda a este grupo tan gravemente acosado. Había que mantener unido a este núcleo frágil y pequeño del futuro partido revolucionario. Tenía que pasar por esta experiencia. De alguna forma tenía que sobrevivir. Uno debía ser paciente con miras al futuro; por eso escuchábamos a los charlatanes. No fue fácil. Muchas veces he pensado que --aún cuando no creo en ello--, algo hay de cierto en lo que dicen del más allá, a mí me va a tocar una buena recompensa: no por lo que he hecho, sino por lo que he tenido que escuchar.
Ese fue el periodo más duro. Y entonces, naturalmente, el movimiento entró en su inevitable periodo de dificultades, fricciones y conflictos internos. A menudo teníamos riñas y disputas fuertes sobre cosas sin importancia. Habían razones para ello. Ningún movimiento aislado y pequeño ha logrado librarse de esto. Un grupo pequeño, aislado e introvertido, con el peso de todo el mundo en sus espaldas, sin contacto con el movimiento de masas de los trabajadores y que no reciba de él ninguna medida correctiva que le haga pensar, está destinado, en el mejor de los casos, a pasar tiempos difíciles. Nuestras dificultades crecieron debido a que muchos reclutas no eran material de primera. Muchas de las personas que se afiliaron a la rama de Nueva York no lo hicieron con justicia. No eran el tipo de gente que a la larga podría forjar un movimiento revolucionario; eran diletantes, elementos indisciplinados pequeñoburgueses.
Los comunistas de Minneapolis
Y luego, la pobreza perpetua del movimiento. Intentábamos publicar un periódico, intentábamos publicar toda una lista de folletos, y todo eso sin los recursos necesarios. Cada centavo que obteníamos lo devoraban los gastos del periódico. No teníamos ni un quinto a nombre propio. Esos fueron los días de verdadera presión, los días difíciles de aislamiento, de pobreza, de dificultades internas desalentadoras. Esto no duró semanas o meses, sino años. Y en esas condiciones severas, que duraron años, todas las debilidades de los individuos salieron a la superficie; todo lo mezquino, egoísta y desleal. Yo había conocido a algunos de estos individuos con anterioridad, cuando el clima era más óptimo. Ahora los llegué a conocer en sus entrañas. Y en esos días terribles también aprendí a conocer a Ben Webster y a los hombres de Minneapolis. Ellos siempre me respaldaron, nunca me defraudaron, me supieron apoyar.
El movimiento más grande, con su magnífico programa para la liberación de toda la humanidad, con las más grandiosas perspectivas históricas, estaba inundado en esa época por un mar de problemas insignificantes, celos, camarillas y luchas internas. Lo peor de todo fue que estas luchas entre las facciones no les eran totalmente comprensibles a los miembros porque las grandes cuestiones políticas implícitas en ellas aún no habían salido a la superficie. Sin embrago, no fueron riñas puramente personales --como parecían serlo tan a menudo-- sino que, como hoy resulta tan claro para todos, era el ensayo prematuro de la gran y definitiva lucha de 1939-40 entre las tendencias proletaria y pequeñoburguesa en nuestro movimiento.
Esos fueron los días más difíciles en los treinta años que he estado activo en el movimiento: el periodo que fue desde la conferencia de Chicago en 1929 hasta 1933, los años del terrible aislamiento hermético, con todas las dificultades que le acompañaron. El aislamiento es el medio natural del sectario, pero para alguien que tiene instintos hacia el movimiento de masas, es el más cruel de los castigos.
Esos fueron los días difíciles, pero a pesar de todo realizamos nuestras tareas propagandísticas y en general lo hicimos muy bien. En la conferencia de Chicago decidimos que íbamos a publicar a toda costa todo el mensaje de la Oposición rusa. Teníamos a nuestra disposición todos los documentos acumulados, los cuales habían sido suprimidos, y los escritos contemporáneos de Trotsky. Decidimos que la acción más revolucionaria que podíamos tomar era la de no irnos a proclamar la revolución en Union Square, ni intentar ponernos a la cabeza de decenas de miles de trabajadores que aún no nos conocían, decidimos no adelantarnos a nosotros mismos.
Nuestra tarea, nuestro deber revolucionario, consistía en imprimir las palabras, realizar la propaganda en el sentido más estricto y más concentrado, o sea, la edición y distribución de publicaciones teóricas. Con ese fin a nuestros militantes les exprimimos dinero para comprar una linotipia de segunda mano y montar nuestra propia imprenta. De todas las empresas comerciales que se han ideado en la historia del capitalismo, creo que esta fue la mejor, considerando los recursos disponibles. Si no estuviéramos interesados en la revolución creo que fácilmente calificaríamos, sólo en base a esta iniciativa, como expertos de negocios muy buenos. Sin duda que tomamos muchos atajos para lograr que el negocio marchara. Asignamos a un joven camarada, que acababa de terminar un curso de linotipo, para que operara la máquina. En ese entonces no era un mecánico de primera; hoy día no sólo es un buen mecánico, sino que es también un dirigente del partido y un conferencista en la Escuela de Ciencias Sociales de Nueva York. En aquellos días todo el peso de la propaganda del partido descansaba sobre este camarada que operaba la linotipia. Había una anécdota sobre él, no sé si sea cierta o no, de que no sabía mucho de la máquina. Era una máquina vieja y destartalada, un aparato de segunda que nos habían pasado. De vez en cuando dejaba de funcionar, como una mula cansada. Charlie ajustaba unas cuantas piezas y si eso no ayudaba, cogía el martillo y le daba uno que otro golpe a la linotipia para que entrara en razón. Luego empezaba a funcionar debidamente y aparecía otro número del Militant.
Posteriormente tuvimos tipógrafos novatos. Cerca de la mitad de la rama de Nueva York trabajó en la imprenta en una u otra ocasión --pintores, albañiles, trabajadores de la costura, contadores-- todos ellos trabajaron un temporada como cajistas novatos. Con una imprenta bastante ineficiente y con una plantilla excesiva logramos uno que otro resultado por medio de trabajo sin remuneración. Ese fue el secreto de la imprenta trotskista. No era eficiente desde ningún otro punto de vista, pero se mantenía operando gracias al secreto que desde el faraón han conocido todos los amos esclavistas: si uno tiene esclavos no necesita mucho dinero. No teníamos esclavos, pero contábamos con camaradas apasionados y dedicados que trabajaban día y noche en los aspectos mecánicos y de redacción del periódico, prácticamente sin recibir nada. Estábamos escasos de fondos. Todas las cuentas siempre se vencían, y los acreedores siempre estaban encima exigiendo que se les pagara de inmediato. Tan pronto cancelábamos la cuenta del periódico, teníamos que pagar el alquiler del local amenazados con desalojo. La cuenta del gas tenía que pagarse inmediatamente porque sin gas la linotipia no funcionaba. Se tenía que pagar la cuenta eléctrica porque sin electricidad no funcionaba el taller. Todas las cuentas había que pagarlas ya, tuviéramos dinero o no. Lo máximo que en cualquier momento esperábamos pagar era la renta, el costo del papel, las mensualidades y reparaciones de la linotipia y las cuentas del gas y la electricidad. Muy rara vez había algo de sobra para pagar a los "empleados", no sólo a los camaradas que trabajaban en la imprenta, sino tampoco a los que trabajaban en la oficina, los dirigentes de nuestro movimiento.
Las filas de nuestros camaradas estaban realizando grandes sacrificios siempre, pero nunca fueron mayores que los sacrificios realizados por la dirección. Por eso los dirigentes del movimiento tiene siempre una fuerte autoridad moral. Los dirigentes de nuestro partido siempre estuvieron en posición de exigir sacrificios de la base, porque ellos daban el ejemplo y todos lo sabían.
De una u otra forma el periódico salía. Se imprimieron folletos, uno tras otro. Distintos grupos de camaradas patrocinaban sendos folletos nuevos de Trotsky, dando el dinero para comprar el papel. En aquel nuestro anticuado taller se imprimió un libro entero sobre los problemas de la revolución china. Todo camarada que quiera saber sobre los problemas del Oriente debe leer el libro que se publicó en esas condiciones adversas: en el 84 de la 10a Calle Oriente, en la Ciudad de Nueva York.
Y a pesar de todo --he citado muchos de los aspectos negativos y dificultades-- a pesar de todo, logramos avanzar unas cuantas pulgadas. Instruimos al movimiento con los grandes principios del bolchevismo en un plano nunca antes visto en este país. Educamos cuadros destinados a jugar un papel muy importante en el movimiento obrero estadounidense. Logramos sacar a algunos de los inadaptados y uno por uno fuimos reclutando gente buena; aquí y allá captábamos un miembro nuevo; empezamos a establecer nuevos contactos.
Tratamos de celebrar reuniones públicas. Eso fue muy difícil porque en aquellos días nadie nos quería escuchar. Recuerdo que en una ocasión hicimos un gran esfuerzo por movilizar a toda la organización para distribuir volantes, para tener una reunión masiva en este mismo salón. Llegaron 59 personas, incluidos nuestros miembros, y toda la organización se llenó de entusiasmo. Comentábamos entre nosotros: "Había 59 personas en la presentación de la otra noche. Estamos empezando a crecer".
'Fondo rotativo de alquiler'
Recibimos ayuda de afuera de Nueva York. Desde Minneapolis, por ejemplo. Los camaradas que más tarde adquirieron fama como dirigentes sindicales no siempre fueron famosos dirigentes sindicales. En aquella época eran apaleadores de carbón, que trabajaban de diez a doce horas diarias en los depósitos de carbón, apaleando carbón, el trabajo físico más duro. De sus sueldos solían sacar hasta cinco o diez dólares por semana y lo mandaban a Nueva York para asegurarse que saliera el Militant. Muchas veces no teníamos dinero para el periódico. Mandábamos un cable a Minneapolis y ellos nos mandaban un giro cablegráfico por $25 o una suma similar. Lo mismo hacían camaradas en Chicago y en otras partes. Fue mediante la combinación de todos estos esfuerzos y todos estos sacrificios por todo el país que sobrevivimos y fuimos publicando el periódico.
De vez en cuando nos recibimos fondos inesperados. En una o dos ocasiones un simpatizante nos dio $25. Esos eran verdaderos días de fiesta en la oficina. Tuvimos un "fondo rotativo para el alquiler", que fue el último recurso en nuestras desesperadas artimañas financieras. Un camarada que debía pagar su alquiler, digamos de $30 ó $40 el 15 del mes, nos los prestaba el 10 para pagar una u otra cuenta urgente. Luego en cinco días conseguíamos que otro camarada nos prestara el dinero de su alquiler para pagarle al otro camarada a tiempo para satisfacer a su casero. El segundo camarada entonces entretenía a su casero hasta que nosotros hacíamos otro arreglo, tomábamos prestado el alquiler de alguien más para pagarle. Esto pasaba todo el tiempo. Eso nos facilitaba un capital circulante para superar los aprietos.
Esos fueron tiempos crueles y pesados. Los logramos sobrevivir porque tuvimos fe en nuestro programa y porque contamos con la ayuda del camarada Trotsky y de nuestra organización internacional. El camarada Trotsky empezaba su gran obra desde el exilio por tercera vez. Sus escritos y su correspondencia nos inspiraron y nos abrieron una ventana a todo un mundo nuevo de teoría y conocimiento político. La intervención del Secretariado Internacional constituyó una ayuda decisiva para resolver nuestras dificultades. Les pedíamos consejo y éramos lo suficientemente sensibles para atenderlo cuando nos lo ofrecían. Sin la colaboración internacional --eso es lo que significa la palabra "internacionalismo"-- en esta época es imposible que un grupo político sobreviva y se desarrolle por un camino revolucionario. Eso nos dio la fuerza para perseverar y sobrevivir, para mantener unida a la organización y para estar listos cuando se nos presentara la oportunidad.
En mi próxima charla les voy a demostrar que para cuando se presentó la oportunidad, estábamos listos. Cuando apareció la primera grieta en ese muro de aislamiento y estancamiento, logramos saltar para atravesarla y salir de nuestro círculo sectario. Empezamos a jugar un papel en el movimiento político y sindical. Para hacerlo era necesario mantener claro nuestro programa y firme nuestro coraje, en aquellos días en que se daban las capitulaciones en Rusia y en que el desaliento se apoderaba de los trabajadores por todos lados. Derrota tras derrota cayó sobre las cabezas de la vanguardia de la vanguardia. Muchos comenzaron a cuestionarse. ¿Qué hacer? ¿Es posible hacer algo? ¿No es dejar que las cosas decaigan un poco? Trotsky escribió un artículo, "¡Tenacidad! ¡Tenacidad! ¡Tenacidad!" Esa fue su respuesta a la ola de desaliento que siguió a la capitulación de Rádek y de otros. Resistir y luchar: eso es lo que deben aprender los revolucionarios, sin importar cuán pocos sean, sin importar lo aislados que se encuentren. Resistan y luchen hasta que se presente la oportunidad, y entonces saquen ventaja de toda apertura. Resistimos hasta 1933 y entonces empezamos a ver la luz del día. Fue entonces que los trotskistas empezaron a aparecer en el mapa político de este país. De eso hablaré en la próxima charla.
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