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Cuarto capítulo de 'La historia del trotskismo estadounidense'

EDITORIAL

Rebelión en Yugoslavia: una victoria para trabajadores



UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR
noviembre de 2000 Vol. 24 No. 10

Pathfinder

'La Oposición de Izquierda en Estados Unidos bajo el fuego'
Cuarto capítulo de 'La historia del trotskismo estadounidense' de Cannon

Por James P. Cannon

[A continuación publicamos el cuarto capítulo de La historia del trotskismo estadounidense, 1928-38: informe de un partícipe, la traducción de The History of American Trotskyism, 1928-38: Report of a Participant, por James P. Cannon. El libro comprende una serie de 12 conferencias públicas que Cannon dio en 1942 en Nueva York. Uno de los dirigentes fundadores del Partido Comunista de Estados Unidos tras la revolución rusa de octubre de 1917, Cannon fue uno de los principales dirigentes fundadores del Partido Socialista de los Trabajadores en 1938.

[Perspectiva Mundial está publicando este libro por entregas, capítulo por capítulo. El cuarto capítulo se titula "La Oposición de la Izquierda bajo el fuego".

Los subtítulos son de Perspectiva Mundial. Publicado con autorización; derechos reservados © 1944, 2000 Pathfinder Press.]

***

La semana pasada finalmente dejamos el estalinizado Partido Comunista, nos vimos expulsados, formamos la fracción del trotskismo e iniciamos nuestra gran lucha histórica por la regeneración del comunismo estadounidense. Nuestra acción suscitó un cambio fundamental en toda la situación del movimiento estadounidense, la transformación --virtualmente de un solo golpe-- de una lucha fraccional desmoralizadora y degradante en una lucha histórica de principios con miras internacionales. En esta abrupta transformación uno puede ver ilustrada una vez más la tremenda fuerza de las ideas, en este caso, las ideas del marxismo auténtico.

Estas ideas lograron superar un conjunto doble de obstáculos. La larga y extendida lucha fraccional nacional, la cual he descrito brevemente en las charlas anteriores, nos había llevado a un callejón sin salida. Estábamos perdidos en medio de consideraciones organizativas insignificantes y desmoralizados por nuestra óptica nacionalista. La situación parecía irresoluble. Por otro lado, en la distante Rusia, en el sentido organizativo aplastaban totalmente a la Oposición bolchevique-leninista. A los dirigentes los expulsaban del partido, los declaraban ilegales, proscritos, y se les procesaba como criminales. Trotsky estaba exiliado en la lejana Alma Atá. Las unidades de sus partidarios por el mundo se hallaban dispersas, desorganizadas. Entonces, gracias a una coyuntura de sucesos, la situación se corrigió, y todo empezó a ocupar el lugar que le correspondía. Trotsky envió un solo documento de marxismo desde Alma Atá al Sexto Congreso de la Comintern. Este encontró una fisura en el aparato secretarial, y llegó a manos de varios delegados, en particular, a un solo delegado del partido estadounidense y a un solo delegado del partido canadiense. Este documento --que expresaba estas ideas del marxismo capaces de conquistarlo todo-- al caer en las manos debidas al momento preciso, bastó para dar origen a la rápida y profunda transformación que repasamos la semana pasada.

El movimiento que en aquel entonces se inició en Estados Unidos tuvo repercusión por el mundo entero; de la noche a la mañana cambió todo el cuadro, toda la perspectiva de la lucha. Al trotskismo, oficialmente declarado occiso, se le resucitó en el ámbito internacional y se le inspiró con nuevas esperanzas, con un nuevo entusiasmo, una nueva energía. Las denuncias contra nosotros aparecían en la prensa estadounidense del partido y se reproducían por todo el globo, incluso en el moscovita Pravda. Los opositores rusos en prisión o en el exilio --donde tarde o temprano les llegaron ejemplares de Pravda-- supieron así de nuestra acción, de nuestra rebelión en Estados Unidos. En la hora más tenebrosa de la lucha de la Oposición, supieron que refuerzos frescos habían entrado al campo de batalla al otro lado del océano, en Estados Unidos, lo que en virtud de la fuerza y el peso del país en sí le daba importancia y peso a las cosas que hacían los comunistas estadounidenses.

León Trotsky, como he subrayado, se hallaba aislado en el pueblecito asiático de Alma Atá. El movimiento mundial declinaba, carecía de dirigentes, era reprimido, estaba aislado, prácticamente era inexistente. Al llegarle estas noticias inspiradoras sobre un nuevo destacamento en el lejano Estados Unidos, los pequeños periódicos y boletines de los grupos de la Oposición de nuevo se llenaron de vida. Lo que para todos nosotros resultaba más inspirador era la certeza de que, en medio de serios aprietos, nuestros camaradas rusos habían oído nuestra voz. Esto siempre lo he considerado uno de los aspectos más gratificantes de la lucha histórica que emprendimos en 1928: que la noticia de nuestra lucha logró llegar a los camaradas rusos en todos los rincones de las prisiones y campamentos de exilio, infundiéndoles nuevas esperanzas y nuevas energías para perseverar en la lucha.

Como he dicho, comenzamos nuestra lucha con una visón bastante clara de lo que enfrentábamos. No dimos ese paso a la ligera o sin la consideración y preparación debidas. Anticipábamos una lucha larga y extendida contra posibilidades de lo más adversas. Por eso, desde el principio, no abrigábamos esperanzas optimistas de una victoria rápida. En cada número de nuestro periódico, en cada declaración, hacíamos hincapié en el carácter fundamental de la lucha. Recalcábamos la necesidad de apuntar lejos, de tener resistencia y paciencia, de esperar el posterior desarrollo de los acontecimientos para demostrar lo acertado de nuestro programa.

Lanzan el 'Militant'

Lo primero por hacer, por supuesto, era lanzar nuestro periódico, el Militant. El Militant no era un boletín mimeografiado distribuido a escondidas, como les resulta suficiente a muchas camarillas, sino un periódico impreso en su totalidad. Entonces dimos manos a la obra Abern, Schachtman y Cannon, a quienes desdeñosamente llamaban los "tres generales sin ejército". Ese pasó a ser un título popular y hay que admitir que algo tenía de cierto. Si bien no podíamos dejar de admitir que carecíamos de ejército, eso no minó nuestra confianza. Teníamos un programa, y estábamos seguros que el programa nos permitiría reclutar el ejército.

Comenzamos una correspondencia enérgica; donde fuera que conociéramos a alguien o siempre que escuchábamos de alguien que estaba interesado, le escribíamos una carta extensa. El carácter de nuestra labor de agitación y propaganda necesariamente se transformó. En el pasado nos habíamos acostumbrado, y yo en particular, a hablar ante públicos bastante numerosos, poco antes de nuestra expulsión yo había realizado una gira nacional, hablando ante cientos y a veces miles de personas. Ahora debíamos hablar con individuos. Nuestra labor propagandística consistía principalmente en averiguar los nombres de individuos aislados en el Partido Comunista, o cercanos al partido, que podían estar interesados, concertar una entrevista, pasar horas y horas hablándole a un solo individuo, escribiendo cartas extensas que explicaban todas nuestras posiciones de principios en un intento de captar a una persona. Y de esa forma reclutamos gente: no por decenas, no por cientos, sino uno por uno.

Tan pronto se produjo el estallido en el movimiento norteamericano, es decir, en Estados Unidos, Spector realizó su parte del acuerdo en Canadá. Allí ocurrió lo mismo; se formó un grupo canadiense substancial y comenzó a cooperar con nosotros. En Chicago, Minneapolis, Kansas City, Filadelfia, camaradas con quienes habíamos mantenido contacto se adhirieron a nuestra bandera, como norma no eran grupos grandes. Creo que Chicago comenzó con una veintena. Un igual número en Minneapolis. Tres o cuatro en Kansas City; dos en Filadelfia, los temibles Morgenstern y Goodman. En algunos lugares hubo individuos que se unieron a nuestra lucha solos. En Nueva York, captamos unos cuantos individuos aquí y allá. En Cleveland, St. Louis y los campos mineros del sur de Illinois. Este fue más o menos el alcance de nuestro contacto organizativo en el primer periodo.

Mientras estábamos atareados con nuestra agitación para martillar uno a la vez, como solíamos decir en el IWW --es decir, proselitismo de una persona a otra-- el Daily Worker [Diario obrero], con su circulación comparativamente grande, arremetía contra nosotros con artículos de una página y a veces hasta de dos páginas día a día. Estos artículos explicaban con lujo de detalle que nos habíamos vendido al imperialismo norteamericano; que éramos unos contrarrevolucionarios en liga con los enemigos de los trabajadores y con las potencias imperialistas tramando derrocar a la Unión Soviética; que nos habíamos convertido en la "guardia de avanzada de la contrarrevolución burguesa". Esto se publicaba día a día en una campaña de terror y calumnia políticos contra nosotros, calculada para no permitirnos retener contacto alguno con miembros aislados del partido. Hablarnos en la calle, visitarnos, mantener cualquier comunicación con nosotros pasaron a ser crímenes punibles con la expulsión. Dentro del Partido Comunista se procesó a personas acusadas de haber asistido a una reunión en la que habíamos hablado; de haber comprado un ejemplar del periódico que vendíamos en la calle frente al local en Union Square; o de haber tenido algún contacto con nosotros en el pasado: a estos se les obligaba a probar que no habían mantenido ese contacto posteriormente. Un muro de ostracismo nos separaba de los militantes del partido. Gente a la que habíamos conocido por años pasaron a ser extraños de la noche a la mañana. Deben recordar que toda nuestra vida la habíamos pasado en el movimiento comunista y su periferia. Eramos trabajadores profesionales del partido. No teníamos intereses ni asociaciones de carácter social afuera del partido y su periferia. Todos nuestros amigos, todos nuestros socios, todos nuestros colaboradores en las tareas cotidianas por años habían pertenecido a este entorno. Entonces, de la noche a la mañana, todo esto se nos cerró. Quedamos completamente aislados de ello. Es el tipo de cosas que suele suceder cuando uno cambia su lealtad de una organización a otra. Como norma, no es tan serio porque cuando uno deja una serie de asociaciones --políticas, personales y sociales--, uno inmediatamente se ve impulsado hacia un nuevo entorno. Uno encuentra amigos nuevos, gente nueva, socios nuevos. Sin embargo, nosotros sólo experimentamos un lado de ese proceso. Se nos había aislado de nuestras viejas asociaciones sin tener nuevas adonde ir. No había una organización a la que nos pudiéramos afiliar, donde encontráramos nuevos amigos y compañeros de trabajo. Sin otra cosa que el programa y nuestras propias manos teníamos que crear una nueva organización.

En aquellos primeros días vivíamos bajo un tipo de presión que de muchas formas es el peor que se puede ejercer contra un ser humano: ostracismo social de parte de su propia gente. En gran medida, a mí personalmente me había preparado para esa prueba una experiencia del pasado. Durante la Primera Guerra Mundial, viví como un paria en mi propio pueblo entre gente que había conocido toda mi vida. En consecuencia, la segunda experiencia fue quizás no tan dura como lo fue para otros. A muchos camaradas que simpatizaban con nosotros a nivel personal, que habían sido nuestros amigos, así como muchos que simpatizaban al menos en parte con nuestras ideas los aterrorizaron para que no se nos juntaran o se asociaran con nosotros a partir de ese terrible castigo del ostracismo. Esa no fue una experiencia fácil para nuestra pequeña banda de trotskistas, como sea terminó siendo una buena escuela. Ideas que valen la pena sostener, son también ideas por las que vale la pena combatir. La calumnia, el ostracismo y la persecución que nuestro joven movimiento resistió por todo el país en los primeros días de la Oposición de Izquierda en Estados Unidos fueron un entrenamiento y una preparación excelentes para resistir la presión y aislamiento sociales que habían de venir en conexión a la Segunda Guerra Mundial, cuando el verdadero peso de la sociedad capitalista comienza a hacerse sentir sobre los testarudos disidentes y oposicionistas.

Calumnias, ostracismo, gangsterismo

La primer arma de los estalinistas fue la calumnia. La segunda arma que emplearon contra nosotros fue el ostracismo. La tercera fue el gangsterismo.

Sólo imaginen, este era un partido con una militancia y una periferia de decenas de miles de personas, no con uno sino con no menos de diez diarios en su arsenal, con un sinnúmero de semanarios y publicaciones mensuales, con dinero y un enorme aparato de trabajadores profesionales. Esta fuerza relativamente formidable se formó contra un puñado de gente sin recursos, sin conexiones: sin nada más que su programa y su deseo de luchar por él. Nos calumniaron, nos sometieron al ostracismo, y cuando eso no logró doblegarnos, intentaron apabullarnos físicamente. A fin de no tener que responder a cualquier argumento nos imposibilitaban el hablar, escribir o existir.

Nuestro periódico se dirigía expresamente a los miembros del Partido Comunista. No tratábamos de convertir a todo el mundo. Primero llevamos nuestro mensaje a quienes considerábamos la vanguardia, a quienes era más probable que les interesarían nuestras ideas. Sabíamos que al menos el primer destacamento lo tendríamos que reclutar de sus filas.

Después que se imprimía nuestro pequeño periódico, tanto los directores como los miembros teníamos que salir a venderlo. Nosotros redactábamos el periódico. Luego íbamos a la imprenta, nos cerníamos sobre las galeras hasta que se corregía el último error, esperando ansiosos hasta ver salir el primer ejemplar de la imprenta. Eso siempre nos entusiasmaba: un nuevo número del Militant, una nueva arma. Entonces con paquetes de periódicos bajo el brazo salíamos a venderlo en las esquinas de Union Square. Está claro que no era lo más eficiente del mundo que tres directores se transformaran en tres voceadores. Pero estábamos escasos de ayuda y teníamos que hacerlo; no siempre, pero sí ocasionalmente. Y eso no era todo. Para poder vender nuestros periódicos en Union Square teníamos que defendernos contra los ataques físicos.

Hoy que hojeaba el primer tomo del Militant, refrescándome la memoria sobre algunos de los sucesos de aquellos días, leí la primera historia sobre los ataques físicos contra nosotros, los cuales comenzaron a las pocas semanas de que nos expulsaran. Al principio, a los estalinistas los pescamos desprevenidos. Antes que supieran qué los había golpeado ya teníamos un periódico impreso y nuestros camaradas estaban enfrente del local del Partido Comunista vendiendo el Militant a cinco centavos por ejemplar. Eso provocó una tremenda sensación. Por varias semanas no supieron qué hacer al respecto. Entonces decidieron probar el método estalinista de la fuerza física.

El primer informe en el Militant habla de dos camaradas del grupo húngaro que fueron allí una noche con paquetes del periódico e intentaron venderlo. Unos matones las asediaron, les dieron de empellones, las patearon, las echaron de la vía pública, y les rompieron los periódicos. Eso se reportó en el Militant como el primer ataque gangsteril contra nosotros.

Luego pasó a ser algo más o menos regular. Nosotros no cedimos terreno. Les armamos un gran tumulto y un escándalo por toda la ciudad. Movilizamos todas nuestras fuerzas para ir ahí los sábados por la tarde, formando una guardia en torno a los directores y desafiando a los matones estalinistas a que nos echaran. Se dieron una lucha tras otra.

Así pasaron las primeras semanas. El 17 de diciembre se celebró en la ciudad de Nueva York el pleno del Comité Central del Partido Comunista. Y aquí también quiero señalar una de las importantes lecciones de nuestras tácticas en esta lucha. Es decir, no le volvimos la espalda al partido, sino que retornamos a él. Habiendo sido expulsados el 27 de octubre, fuimos al pleno el 17 de diciembre, tocamos la puerta y dijimos: "Hemos venido a apelar nuestra expulsión". Ellos fijaron una hora y nos permitieron presentar nuestra apelación ante aproximadamente 100 ó 150 dirigentes del partido. Ahora, los lovestonistas no hicieron esto por consideración a la democracia o por un fiel apego a la constitución. Lo hicieron por motivos fraccionales. Fíjense, nuestra expulsión no puso fin a la lucha fraccional entre los fosteristas y los lovestonistas. Los lovestonistas, que contaban con la mayoría, concibieron la mañosa idea de que si nos permitían el uso de la palabra, eso les permitiría comprometer a los fosteristas como "conciliadores trotskistas". Por esa rendija entramos al pleno. No teníamos ilusiones. Ni siquiera pensábamos convencerlos. No nos preocupaba su estrategia de ratería mezquina contra los fosteristas. Pensábamos presentar nuestra apelación formal y publicar el discurso en el Militant como propaganda para su distribución.

Los "tres generales sin ejército" se presentaron ante el pleno de diciembre como representantes de todos los expulsados. Yo di un discurso de unas dos horas. Luego nos sacaron apresuradamente. Al día siguiente el discurso estaba listo en el linotipo para el próximo número del Militant bajo el titular de "Nuestra apelación ante el partido".

Mencioné que los estalinistas emplearon contra nosotros las armas de la calumnia, el ostracismo y el gangsterismo. La cuarta arma en el arsenal de los dirigentes del estalinismo norteamericano fue el allanamiento de morada. Le temían tanto a este grupito, armado con las grandes ideas del programa de Trotsky, que querían por todos los medios aplastarlo antes de que se le prestara atención. Un domingo por la tarde, al retornar de una reunión de nuestra primera rama en Nueva York --12 ó 13 personas reunidas solemnemente para formar una organización y preparar el terreno para derrocar el capitalismo estadounidense-- encontré que habían saqueado todo el apartamento. En nuestra ausencia habían forzado la cerradura de la puerta de mi casa y la allanaron. Era un total desorden; todos mis papeles, documentos, apuntes y correspondencia privados --todo lo que pudieron encontrar-- estaban regados por el suelo. Era claro que los habíamos sorprendido antes de que pudieran cargar con el botín. Mientras estuve de gira unas semanas después regresaron y acabaron el trabajo. Esa vez se lo llevaron todo.

Seguimos luchando según nuestros lineamientos. Les armábamos escándalos despiadados, poníamos el grito en el cielo, dábamos a conocer sus allanamientos y su gangsterismo, y los hacíamos vacilar con nuestras denuncias. No se podían deshacer de nosotros ni silenciarnos. Aquí, por supuesto, contábamos con la tremenda ventaja de nuestras experiencias pasadas. Habíamos pasado pruebas duras. Habíamos participado en un buen número de luchas y no nos iban a desorientar con unos cuantos allanamientos o calumnias. Sabíamos cómo explotar de forma eficaz todas estas cosas en su contra. Peleábamos con armas políticas, las cuales son más sólidas que la cachiporra del gángster o la ganzúa del ladrón. Apelamos a la buena voluntad y a la conciencia comunista de los miembros del partido y comenzamos a reclutar a los que en un principio se nos acercaron a manera de protesta contra las prácticas estalinistas.

En cuestión de semanas, el 8 de enero de 1929, organizamos la primera reunión trotskista pública en Estados Unidos. Al hojear hoy el primer tomo del Militant, vi el anuncio de esa reunión en la primera plana del número del primero de enero de 1929. Admito que me sentí un poco emocionado pues recordé la ocasión en que creamos una gran sensación en los círculos de la izquierda en Nueva York. Enfrente de este Templo Obrero en un gran rótulo se anunciaba que yo iba a hablar de "La verdad sobre Trotsky y la Oposición rusa". Fuimos a esa reunión listos para protegerla. Contamos con la ayuda del grupo italiano de los bordiguistas, nuestros camaradas húngaros, unos cuantos individuos que simpatizaban con el comunismo que no creían en que se obstruyera la libertad de expresión, y nuestras propias y valientes fuerzas recién reclutadas. Estos se desplegaron en frente de la tarima del Templo Obrero y cerca de la puerta para asegurarse que la reunión no fuese interrumpida. Y esa reunión se llevó a cabo sin interrupción.

El salón estaba lleno, no sólo con simpatizantes y conversos, sino también con todo tipo de personas que asistieron por los motivos, intereses, curiosidad, etcétera, más diversos. La charla fue muy exitosa, consolidó a nuestros partidarios y captó algunos reclutas. También provocó una gran alarma en el campo de los estalinistas, empujándolos más aún hacia la vía de la violencia contra nosotros.

Luego planeamos una gira nacional para abordar el mismo tema. Intenté hablar en New Haven, pero allí nos superaron muchísimo numéricamente. Los estalinistas nos rodearon y la reunión fue completamente destruida. Hablé en Boston; allí habíamos realizado mejores preparativos. Llegué con varios días de anticipación, anduve visitando varios de mis viejos amigos del IWW a ver si podían conseguir un par de muchachos de los muelles para que nos ayudaran a defender la libertad de expresión. Tuvimos como una decena de estos muchachos alrededor de la tarima. Allí también había una pandilla de matones estalinistas, dispuestos a desbaratar la reunión, pero es evidente que se convencieron de que serían ellos los que terminarían con la cabeza rota si lo intentaban. La reunión de Boston fue un éxito. No está de más decir que mi moderadora en esa histórica ocasión fue Antoinette Konikow. Y en torno al programa de Trotsky se consolidó en Boston un grupo de ocho o diez camaradas.

En Cleveland nos enfrascamos en una lucha. El conocido Amter era el Organizador de Distrito en Cleveland y llevó un escuadrón a nuestra reunión para desbaratarla. Nosotros también teníamos a unos cuantos muchachos que se habían pasado de nuestro lado, y ellos alinearon a un número de simpatizantes, izquierdistas y otros más que querían un ambiente imparcial y la libertad de expresión. Aleccionados por nuestra experiencia de New Haven, nuestras fuerzas estaban organizadas en un escuadrón alrededor del orador. Comencé mi charla y después de unas cuantas frases, según recuerdo, usé la expresión, "Quiero explicarles el significado revolucionario de esta lucha".

Amter se paró y dijo, "Querrás decir significado contrarrevolucionario".

Aparentemente esa era la señal. La pandilla estalinista comenzó a abuchear y a silbar. "Siéntate contrarrevolucionario", "traidor", "agente del imperialismo estadounidense" y así por el estilo. Eso duró como quince minutos, era un pandemonio. Su idea era usar el tumulto para que no se me pudiera escuchar. Era así como iban a aclarar la cuestión, simplemente impidiéndome hablar. Nosotros teníamos otras ideas. Quedó claro que los amteristas iban a gritar toda la noche de ser necesario. Nuestro escuadrón estaba listo, a la espera de que yo diera la señal. Finalmente dije, "Muy bien, adelante". Acto seguido, fueron tras Amter y su pandilla, los tomaron uno por uno tirándolos por la escalinata, limpiando el salón y el ambiente de estalinistas. Entonces todo marchó bien; la reunión procedió sin más altercados. Conseguimos una paz y una tranquilidad de lo más estupendas.

En Chicago, varias noches después, los estalinistas tenían una pandillita, pero no pudieron decidirse si deseaban empezar un pleito o no. Yo procedí con la presentación.

Durante el trayecto, diversos funcionarios estalinistas me iban a ver en la noche como a la figura bíblica de Nicodemo. Uno de ellos fue B.K. Gebert, quien en los años posteriores pasó a ser figura prominente en el Partido Comunista y el Organizador de Distrito de Detroit. Me vino a ver al hotel en Chicago; era un hombre angustiado. Sentía desdén por todos estos métodos que se empleaban contra nosotros. Gebert era un comunista concienzudo, simpatizaba con nuestra lucha, pero no podía dejar el partido. No podía hacerse a la idea de romper con toda una vida, que era la que conocía, y empezar de nuevo. Igual sucedió con muchos otros. Diversas formas de compulsión afectan a diversas personas. Algunos temen un golpe físico, otros le temen a las calumnias, otros se atemorizan ante el ostracismo. Los estalinistas desplegaron todos estos métodos. Esto tuvo el efecto acumulativo de aterrorizar a cientos e incluso a miles de personas que, en una atmósfera libre, habrían simpatizado con nosotros y nos habrían apoyado de una u otra forma.

En mi reunión en Minneapolis, como testifiqué años después en el Tribunal Federal de Distrito del Norte de Minnesota, nos pescaron con la guardia abajo. Nuestras fuerzas eran bastante sólidas en Minneapolis. Todos los dirigentes reconocidos del movimiento comunista en Minneapolis, V.R. Dunne, Carl Skoglund y demás nos daban su apoyo. Físicamente también era fuertes; entonces se descuidaron. Al organizar la reunión bajo la teoría de que allí los matones no intentarían sus triquiñuelas, no se organizaron planes especiales para la defensa. Ese fue un error. Nuestra gente llegó tarde. La pandilla estalinista llegó temprano, atacaron a Oscar Coover con cachiporras, forzaron su entrada y ocuparon sillas en la primera fila de una sala muy pequeña. Cuando me levanté a hablar comenzaron a hacer ruido de la forma que lo habían hecho Amter y su pandilla en Cleveland. Tras unos cuantos minutos les caímos, y se desató una batalla campal. Luego llegó la policía y disgregó la reunión. Eso fue algo bastante escandaloso y desmoralizador para Minnesota. Se decidió que yo me quedaría y que intentaríamos celebrar otra reunión. Fuimos a la sede del IWW con una propuesta para formar un frente unido a fin de proteger la libertad de expresión. Junto a ellos y a unos cuantos simpatizantes y varios individuos aislados formamos una Guardia de Defensa Obrera. Se programó una reunión en el salón del IWW; en el volante se anunció que esa reunión se realizaría bajo la protección de la Guardia de Defensa Obrera. La guardia llegó equipada con garrotes --grandes mangos de hacha adquiridos en la ferretería--, bien prácticos. Los guardias se alinearon contra las paredes y frente al orador. Otros se apostaron en la puerta. El moderador tranquilamente anunció que se iban a permitir preguntas y discusión, pero que nadie debía interrumpir mientras el orador hiciera uso de la palabra. La reunión se llevó a cabo tranquilamente sin señales de disturbios. La organización de nuestro grupo en Minneapolis se completó en buena forma.

Estalinistas intentan desbaratar mítines

En Nueva York, conforme comenzamos a celebrar más reuniones regulares, los estalinistas arreciaron sus intentos de pararnos. Aquí en el Templo Obrero se desbarató una reunión. Su plan permanente era llegar con tal fuerza de modo que pudieran echar al orador de la tarima, apoderarse de la reunión, y volverla una manifestación antitrotskista. Nunca lo lograron hacer porque siempre manteníamos en la plataforma a nuestra guardia equipada con los implementos necesarios. Los estalinistas no lograron llegar a la plataforma. Sin embargo, comenzaron tal trifulca que llegó un gran contingente de policías y la reunión terminó siendo desbaratada en un desorden. Los estalinistas trataron lo mismo una segunda vez pero los derrotamos e hicimos que se fueran. Las cosas en verdad alcanzaron su punto culminante cuando los estalinistas realizaron sus últimos intentos de disgregar nuestras reuniones en el salón del noreste de la ciudad, donde solía reunirse nuestro grupo húngaro. Allí celebramos el Primero de Mayo en 1929, la primavera que siguió a nuestra expulsión. Al revisar hoy el Militant, vi el anuncio de la reunión del Primero de Mayo en el Salón Húngaro y la declaración adjunta de que se realizaría bajo la protección de la Guardia de Defensa Obrera. Estuvo bien protegida; nuestra estrategia fue de no dejar entrar a los perturbadores. A nuestros propios camaradas, simpatizantes y todos aquellos que claramente habían llegado para celebrar el Primero de Mayo, se les dejó entrar. Cuando los estalinistas intentaron abrirse paso por la fuerza, se toparon con nuestra guardia al final de las escaleras, y recibieron golpes a la cabeza hasta que decidieron que no podrían ocupar esa escalinata. La reunión se celebró en paz.

Al viernes siguiente, creo que fue, los estalinistas decidieron vengarse del grupo húngaro por su incapacidad de disgregar la reunión del Primero de Mayo como se les había instruido. Los camaradas húngaros estaban celebrando una reunión privada, ocho o diez personas desempeñando las funciones básicas de una rama. Entre los presentes estaban el veterano comunistas Louis Basky, un hombre de unos 50 años de edad, y su anciano padre, quien tenía unos 80 años, un combativo partidario de su hijo y del movimiento trotskista. Allí había varias camaradas. De repente una pandilla de matones estalinistas invadió el salón. Se metieron de un golpe y comenzaron a agredir tanto a hombres como a mujeres, incluido el viejo Basky. Nuestros camaradas cogieron sillas o patas de sillas y se defendieron lo mejor que pudieron. En un momento de esa lucha sangrienta, uno de los presentes, un carpintero de profesión, que tenía una de las herramientas de su oficio en su bolsillo, vio cuando un par de estos matones atacaba a aquel viejo. Al verlo perdió los estribos y se puso a trabajar sobre uno de ellos. Tuvieron que llevar al matón estalinista al hospital. Allí estuvo tres semanas, sin que los doctores supieran si se iba a recuperar o no.

Eso frenó los ataques contra nuestras reuniones. Los estalinistas habían llevado las cosas al borde de una tragedia terrible y del escándalo de todo el movimiento comunista. Se convencieron de que no íbamos a rendir nuestro derecho de reunirnos y expresarnos, que íbamos a alzarnos y a pelear, que no nos podían disgregar. A partir de ahí, sólo hubo casos aislados de violencia contra nosotros. Nuestra libertad de expresión no la conquistamos de los pandilleros estalinistas porque hayan cambiado de opinión, sino gracias a nuestra defensa decidida y militante de nuestros derechos.

Entretanto captamos nuevos miembros y simpatizantes gracias a la lucha que veníamos ofreciendo. Sólo éramos un puñado de gente, y nos atacaban con todas las armas de las calumnias, el ostracismo y la violencia. Sin embargo, defendimos nuestro terreno. Como fuera lográbamos sacar nuestro periódico regularmente. Retornábamos de cada lucha más fuertes, y eso despertaba simpatía y apoyo. Muchos de los izquierdistas de Nueva York, simpatizantes del Partido Comunista, e incluso algunos de sus miembros, solían ir a nuestras reuniones para ayudar a protegernos en interés de la libertad de expresión. Se veían atraídos a nuestra lucha, por nuestra valentía, y les repugnaban los métodos de los estalinistas. Luego comenzaban a leer nuestros materiales y a estudiar nuestro programa. Comenzamos a captarlos, uno por uno, a convertirlos políticamente al trotskismo. Así que podemos decir que el núcleo inicial del trotskismo estadounidense se reclutó en el crisol de una verdadera lucha. Semana tras semana, mes tras mes, forjamos estos grupitos en diversas ciudades, y al poco tiempo ya teníamos el esqueleto de una organización nacional.

El Militant salía cada dos semanas; hoy no sabría decirles cómo lo hicimos ni desearía la tarea financiera que supondría hacerlo de nuevo. Lo logramos con la ayuda de amigos leales. Lo hicimos de una u otra forma y al costo de sacrificios enormes. Pero esos sacrificios no eran nada comparados con la recompensa intelectual y espiritual que obteníamos al publicar nuestro periódico, al divulgar nuestro mensaje, y sentir que estábamos realizando de forma digna la gran misión que se nos había encomendado.

Durante todo este tiempo no tuvimos contacto con el camarada Trotsky. No sabíamos si estaba vivo o muerto. Sí había informes de que estaba enfermo. Nunca nos atrevimos a abrigar esperanzas de que íbamos a verlo jamás o que tendríamos algún contacto directo con él. Lo único que nos conectaba a él era aquel documento que traje desde Moscú y otros documentos que recibimos más tarde de los grupos europeos. En cada edición del Militant, número tras número, comenzamos a publicar los diversos documentos de la Oposición de Izquierda rusa que abarcaban todo el periodo que iba desde 1924 hasta 1929. Rompimos el bloqueo contra las ideas de Trotsky y de su compañeros de labores en Rusia.

Entonces, a comienzos de la primavera de 1929, a los pocos meses de nuestra expulsión, la prensa del mundo fue estremecida con el anuncio de que a Trotsky lo iban a deportar de Rusia. El anuncio no decía adónde lo enviarían. Día tras día, la prensa venía repleta de toda suerte de noticias especulativas, pero carecía de información sobre su paradero. Así siguieron por poco más de una semana. Nosotros seguíamos en vilo al no saber si Trotsky estaba vivo o muerto, hasta que finalmente llegó la noticia de que había desembarcado en Turquía. Allí establecimos nuestro primer contacto con él en la primavera de 1929, cuatro o cinco meses después de haber iniciado el movimiento en su nombre y sobre la base de sus ideas. Le escribí una carta; pronto recibimos respuesta. Desde entonces --salvo por el periodo que estuvo internado en Noruega-- hasta el día de su muerte, nunca carecimos del más íntimo contacto con el fundador e inspirador de nuestro movimiento.

El 15 de febrero de 1929, antes que se cumplieran cuatro meses de nuestra expulsión, conforme el Partido Comunista preparaba su congreso nacional, publicamos la "Plataforma" de nuestra fracción: una declaración completa de nuestros principios y nuestra posición sobre los problemas del momento, nacionales e internacionales. Al comparar esta plataforma con las resoluciones y tesis que nosotros, tanto como las otras fracciones, solíamos escribir en las luchas fraccionales nacionales internas, se percibe el abismo que separa a gente que ha adquirido una perspectiva teórica internacional de gente fraccionalista de disposición nacionalista que lucha en un área restringida. Nuestra plataforma comenzaba con nuestra declaración de principios sobre un plano internacional, nuestro enfoque del problema ruso, nuestra posición sobre las enormes cuestiones teóricas que yacían al fondo de la lucha en el partido ruso: la cuestión del socialismo en un solo país. De ahí la plataforma pasaba a abordar problemas nacionales, el problema sindical en Estados Unidos, los pormenores del problema de la organización del partido, etcétera. Por primera vez en la larga y extendida lucha fraccional del movimiento comunista estadounidense se tiraba al ruedo un documento internacional marxista verdaderamente completo. Eso resultó de la adherencia a la Oposición de Izquierda rusa y a su programa.

Esa plataforma la publicamos en el Militant, primero como propuesta al congreso del Partido Comunista, porque aunque habíamos sido expulsados manteníamos nuestra posición como fracción. Nosotros no huimos del partido. No comenzamos otro partido. Recurrimos de nuevo a la militancia del partido y dijimos: "Pertenecemos a este partido y este es nuestro programa, nuestra plataforma, para el congreso del partido". Naturalmente, tampoco esperábamos que los burócratas nos permitieran defenderla en el congreso. No esperábamos que la fueran a adoptar. Nos estábamos dirigiendo a las filas del Partido Comunista. Era esa línea, esa técnica, la que orientó nuestro enfoque hacia los miembros de filas del Partido Comunista. Cuando Lovestone, Foster y compañía les dijeran: "Estos tipos, estos trotskistas, son enemigos de la Internacional Comunista; quieren destruir el partido", les podíamos demostrar que no era cierto. Nuestra respuesta era: "No, aún somos miembros del partido, y estamos sometiendo esta plataforma ante el partido para darle una posición de principios más clara y una mejor orientación". De esta forma manteníamos contacto con los mejores elementos del partido. Rechazábamos que se nos calumniara como enemigos del comunismo y los convencíamos de que éramos sus fieles defensores. Por esa vía nos granjeamos al principio su atención, reclutando por fin muchos de ellos, uno por uno, a nuestro grupo.

El 19 de marzo de 1929, como puedo ver en mis notas, sostuvimos una reunión en el Templo Obrero para protestar la deportación de Trotsky de la Unión Soviética. En la cúspide de la sensación mundial creada por esa noticia convocamos una reunión masiva aquí en el Templo Obrero y anunciamos a Cannon, Abern y Shachtman como oradores. Protestamos esa infamia y de nuevo declaramos públicamente nuestra solidaridad con Trotsky.

Primera conferencia de la Oposición

En la edición del 17 de mayo de 1929, el Militant publicó una convocatoria para la primera Conferencia Nacional de la Oposición de Izquierda en Estados Unidos. La tarea primordial de esa conferencia --como se anunció en el llamado y en subsiguientes artículos previos a la conferencia--, era aprobar una plataforma. Esta plataforma, que Cannon, Abern y Shachtman habían redactado y presentado como proyecto ante el Partido Comunista, pasó a ser el proyecto de plataforma para nuestra organización, y fue sometida a nuestra primera conferencia.

Otra tarea de la conferencia era clarificar más entre nuestras filas nuestra posición sobre el problema ruso. Si uno estudia la historia del bolchevismo estadounidense desde 1917 hasta el presente, verá que en cada coyuntura, en cada momento crítico, en cada vuelco de sucesos, la cuestión rusa ha dominado la disputa. Fue la cuestión rusa la que determinó la lealtad de la gente, ya fueran revolucionarios o reformistas, desde 1917 hasta la escisión en el Partido Socialista en 1919. Al momento de la expulsión de Trotsky en 1928, en las innumerables luchas que sostuvimos con las diversas fracciones y grupos en el transcurso de nuestro propio desarrollo, hasta nuestra propia lucha con la oposición pequeñoburguesa en el Partido Socialista de los Trabajadores en 1939 y 1940: el tema primordial fue siempre la cuestión rusa. Primaba siempre porque la cuestión rusa es la cuestión de la revolución proletaria. No es el problema abstracto de una posible revolución; es el problema de la propia revolución, una que realmente sucedió y que aún vive. La actitud hacia esa revolución hoy día, como ayer, como lo fue al comienzo, constituye el criterio decisivo para determinar el carácter de un grupo político.

La cuestión rusa

Teníamos que aclarar esa cuestión en nuestra primera conferencia, porque apenas fuimos expulsados y comenzamos a combatir la burocracia estalinista, todo tipo de gente se nos quiso unir con una pequeña condición: que volviéramos la espalda a la Unión Soviética y al Partido Comunista y construyéramos una organización anticomunista. De haber aceptado esa condición habríamos podido reclutar cientos de miembros en los primeros días.

Hubo otros que querían abandonar la idea de funcionar como una fracción del Partido Comunista y proclamar un movimiento comunista completamente independiente. Era tarea de nuestra conferencia también aclarar esa cuestión. ¿Debíamos comenzar un nuevo partido independiente y renunciar a cualquier trabajo futuro en el PC, o debíamos continuar declarándonos una fracción? Esa pregunta debía contestarse de forma decisiva.

Otro problema referido a la primera Conferencia Nacional era el carácter y la forma que asumiría nuestra organización nacional, así como la elección de nuestros dirigentes nacionales. Hasta esa fecha, "los tres generales" se habían desempeñado como la dirección sencillamente en virtud del hecho que eran ellos quienes habían iniciado la lucha. Eso constituía credenciales suficiente para empezar: quienes toman la iniciativa pasan a ser dirigentes de acción mediante una ley que es superior a cualquier referéndum. Sin embargo, eso no podía continuar así de forma indefinida. Reconocíamos que era necesario sostener una conferencia y elegir a un comité dirigente. Fuimos muy afortunados al recibir respuesta del camarada Trotsky a nuestro comunicado a tiempo para la conferencia. Su respuesta, como todas sus cartas, como todos sus artículos, estaba impregnada de sabiduría política. Su amistoso consejo nos a ayudó a resolver nuestros problemas.

El Militant informa que a la primera conferencia de los trotskistas estadounidenses asistieron 31 delegados regulares y 17 suplentes, procedentes de 12 ciudades, representando en total a unos 100 miembros de todo el país. La conferencia se celebró en Chicago en mayo de 1929. A partir de las cifras que he citado se puede observar que cerca de la mitad de los miembros de nuestra joven organización atendieron como delegados regulares o suplentes para constituir esa histórica conferencia. Esta se realizó en un espíritu de unanimidad, entusiasmo y de una confianza ilimitada en nuestro gran futuro. Los primeros preparativos que hicimos fueron los de las tareas prácticas de proteger la conferencia de los matones estalinistas. Todos los delegados, 48 en total, se alistaron en el ejército de autodefensa. Si los estalinistas hubiesen intentado interferir con la conferencia, sus esfuerzos habrían recibido una buena respuesta. No obstante decidieron dejarnos en paz y fue así que sesionamos por días.

La Liga Comunista de EE.UU.

Permítanme repetir. Había 31 delegados regulares y 17 suplentes de 12 ciudades, que representaban aproximadamente a 100 miembros de nuestra organización nacional. Nos denominamos La Liga Comunista de Estados Unidos, Oposición de Izquierda del Partido Comunista. Estábamos seguros que teníamos razón. Estábamos seguros que nuestro programa era correcto. Salimos de esa conferencia con la firme confianza de que la raíz de todo el desarrollo futuro del movimiento comunista regenerado en Estados Unidos --hasta el instante en que el proletariado tome el poder y comience a organizar la sociedad socialista--, se ha de remontar a aquella primera Conferencia Nacional de los trotskistas estadounidenses celebrada en Chicago en mayo de 1929.


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