Perspectiva Mundial : Una Revista Socialista
Perspectiva Mundial
numeros anterioresbusqueda de articulosdistribuidores localescomo contactarnossuscribase
en este numero
PORTADA

Mineros exponen a patrones por peligros de polvo de carbon

Socialista impulsan su integracióna luchas de trabajadores, granjeros

Obreros de la carne en Minnesota defienden su sindicato

Clinton escala presencia militar de EE.UU en Colombia

PATHFINDER

Tercer capitulo de 'La historia del trotskismo estadounidense'

ESTADOS UNIDOS

Las llantas mortíferas de Firestone

Huelgistas anotan logros contra Pepsi

Productores arealizan huelga lechera

Trowe habla con militantes obreros

Harris: 'La política se hace en las calles'

El caso fabricado contra Wen Ho Lee por Washington

Trabajadores inmigrantes en Nueva York luchan contra campaña chovinista
ALEMANIA

Aumentan ataques derechistas


FRANCIA

Ganan recorte de precio de combustible


PUERTO RICO

Marina daña salud de viequenses



UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR
octubre de 2000 Vol. 24 No. 9

Pathfinder

Inicio de la Oposición de Izquierda en el Partido Comunista de EE.UU.

Tercer capítulo de 'La historia del trotskismo estadounidense' de Cannon

POR JAMES P. CANNON

[A continuación publicamos el tercer capítulo de La historia del trotskismo estadounidense, 1928-38: informe de un partícipe, la traducción de The History of American Trotskyism, 1928-38: Report of a Participant, por James P. Cannon. El libro comprende una serie de 12 conferencias públicas que Cannon dio en 1942 en Nueva York. Uno de los dirigentes fundadores del Partido Comunista de Estados Unidos tras la revolución rusa de octubre de 1917, Cannon fue uno de los principales dirigentes fundadores del Partido Socialista de los Trabajadores en 1938.

[Perspectiva Mundial está publicando este libro por entregas, capítulo por capítulo. El tercercapítulo se titula "El comienzo de la Oposición de Izquierda".

Los subtítulos son de Perspectiva Mundial. Publicado con autorización; derechos reservados © 1944, 2000 Pathfinder Press.]

***

La última charla nos llevó hasta aproximadamente el año 1927 en el Partido Comunista de Estados Unidos. La lucha fundamental entre el marxismo y el estalinismo se había venido desarrollando hacía ya cuatro años dentro del Partido Comunista ruso. También se había estado librando en las otras secciones de la Internacional Comunista [Comintern] --incluida la nuestra--, pero nosotros en realidad no lo sabíamos.

Los temas de la gran lucha en el partido ruso estaban confinados en un principio a problemas rusos extremadamente complejos. Muchos de ellos eran nuevos y desconocidos para nosotros los norteamericanos, que conocíamos muy poco de los problemas internos de Rusia. Nos resultaban muy difíciles de comprender debido a su carácter profundamente teórico --después de todo, hasta aquel momento no habíamos tenido una educación teórica verdaderamente seria--, y la dificultad crecía por el hecho que no se nos presentaba toda la información. No se nos facilitaban los documentos de la Oposición de Izquierda rusa. Se nos ocultaban sus argumentos. No se nos decía la verdad. Por el contrario, sistemáticamente se nos proporcionaban tergiversaciones, distorsiones y documentos parcializados.

Doy esta explicación en beneficio de aquellos que se inclinen por preguntar: "¿Por qué no tomaron la bandera del trotskismo desde un principio? Si las cosas le son tan claras ahora a cualquier estudioso serio del movimiento, ¿por qué ustedes no pudieron comprenderlo en los primeros días?" La explicación que he dado nunca la consideran quienes ven estas grandes disputas como algo distinto y separado de la mecánica de la vida partidaria. Quien no carga responsabilidades, quien no es más que un estudioso o comentarista o espectador desde la barrera, no precisa ejercitar cautela ni moderación. Si tiene dudas o incertidumbres, se siente en la perfecta libertad de expresarlas. No es así con un revolucionario del partido. Quien asume la responsabilidad de instar a trabajadores a que se unan a un partido en base a un programa al que han de dedicarle su tiempo, sus energías, sus recursos y hasta sus vidas, tiene que asumir una actitud muy seria hacia el partido. A conciencia, no puede llamar a derrocar un programa sin antes haber elaborado uno nuevo. El descontento, las dudas, no son un programa. Uno no puede organizar gente sobre esa base. Una de las condenas más fuertes que Trotsky lanzó contra Shachtman en los primeros días de nuestra disputa sobre el problema ruso en 1939, fue la de que Shachtman, quien comenzó a cultivar dudas sobre lo correcto de nuestro viejo programa sin tener en su mente la menor idea de otro nuevo, anduvo por el partido expresando sus dudas de forma irresponsable. Trotsky dijo que un partido no puede permanecer inmóvil. No se puede elaborar un programa a partir de dudas. Un revolucionario serio y responsable no puede perturbar a un partido sencillamente porque ya no le satisface esta, esa o aquella otra cosa. Debe esperar hasta que esté preparado para proponer concretamente un programa diferente u otro partido.

Esa era mi actitud en el Partido Comunista en esos primeros años. Por mi parte, sentía una gran insatisfacción. Nunca fui entusiasta de la lucha en el partido ruso. No la podía entender. Y a medida que la lucha se volvía más intensa y aumentaban las persecuciones contra la Oposición de Izquierda rusa, representada por tan grandes líderes de la revolución como Trotsky, Zinóviev, Rádek y Rakovski, la duda y la insatisfacción se acumulaban en mi mente. Esto incidía en contra de mi posición y en contra de la posición de nuestra fracción en los interminables conflictos dentro del Partido Comunista. Aún tratábamos de resolver las cosas a una escala estadounidense, un error común. Creo que una de las lecciones más importantes que nos ha legado la Cuarta Internacional es que en la época moderna no se puede construir un partido político revolucionario sólo a un nivel nacional. Se debe comenzar con un programa internacional, y sobre esa base construir secciones nacionales de un movimiento internacional.

Necesidad de programa internacional

Esta --a manera de digresión--, era una de las mayores disputas entre los trotskistas y los brandleristas, la gente del Buró de Londres, Pivert, etcétera, quienes promulgaban la idea de que no se podía hablar de una nueva internacional sin construir primero partidos nacionales fuertes. Según ellos, sólo después de haber creado formidables partidos de masas en varios países, se los podía federar en una organización internacional. Trotsky procedió justamente del modo opuesto. Cuando lo deportaron de Rusia en 1929, y logró emprender su labor internacional sin estar maniatado, propuso la idea de que uno empieza con un programa internacional. Organiza gente --no importa cuán pocos haya en cada país--, sobre la base de un programa internacional; y gradualmente construye sus secciones nacionales. La Historia ha emitido su veredicto sobre esta disputa. Todos aquellos partidos que comenzaron con un enfoque nacional y que quisieron dejar a un lado este problema de la organización internacional naufragaron. Los partidos nacionales no podían echar raíces porque en esta época internacional ya no hay cabida para programas nacionales estrechos. La Cuarta Internacional, que comienza en cada país a partir del programa internacional, es la única que ha sobrevivido.

Ese principio no lo comprendíamos en los primeros días del Partido Comunista. Estábamos absortos en la lucha nacional en Estados Unidos. Acudimos a la Internacional Comunista para que nos ayudara con nuestros problemas nacionales. No queríamos molestarnos con los problemas de las otras secciones o los de la Comintern en su conjunto. Este error fatal, esta estrechez de visión nacionalista es lo que nos empujó al callejón sin salida de las luchas fraccionales.

Las cosas se nos comenzaron a poner muy críticas. Ninguna de las fracciones quería escindir el partido o dejarlo. Todas eran leales, fanáticamente leales, a la Comintern y no pensaban romper con ella. Sin embargo, la desalentadora situación interna empeoró; parecía insalvable. Quedó claro: o encontrábamos la forma de unir las fracciones o permitíamos que una fracción se volviera predominante. Algunos de los más astutos, o mejor dicho, algunos de los más taimados, y aquellos que tenían las mejores fuentes de información en Moscú, comenzaron a darse cuenta que la manera de congraciarse con la Comintern, con lo que ésta pondría el enorme peso de su autoridad del lado de su fracción, era volviéndose enérgico y agresivo en la lucha contra el trotskismo. Las campañas contra el "trotskismo" se decretaban en todos los partidos del mundo desde Moscú. A las expulsiones de Trotsky y Zinóviev en el otoño de 1927, siguieron las demandas de que todos los partidos tomaran una posición de inmediato, y las implícitas amenazas de represalias desde Moscú contra todo individuo o grupo que no tomase la posición "correcta", es decir, a favor de las expulsiones. Se realizaron campañas de "aclaración". En todo el partido se sostuvieron reuniones de la militancia, reuniones de ramas y reuniones de secciones a las que se enviaban representantes del Comité Central con el objetivo de aclararles a los miembros la necesidad de las expulsiones del organizador del Ejército Rojo y del presidente de la Comintern.

Los fosteristas, que no eran ni tan rápidos ni tan taimados como los lovestonistas, pero con los que compartían una gran dosis del mismo afán, les siguieron el ejemplo. Realmente hacían contiendas con los lovestonistas para demostrar quiénes eran los más grandes antitrotskistas. Competían por dar discursos sobre el tema.

Viéndola ahora de forma retrospectiva, resulta ser una circunstancia interesante, que más bien anunciaba lo que había de venir, así como de que nunca formé parte de ninguna de estas campañas. Voté por las resoluciones estereotípicas, lamento decirlo, pero nunca di un solo discurso ni escribí un solo artículo contra el trotskismo. No es que fuera trotskista. No quería desalinearme de la mayoría del partido ruso y de la Comintern. Rehusé participar en las campañas sólo porque no entendía los temas. Bertram D. Wolfe, principal lugarteniente de Lovestone, era uno de los que más atosigaba con Trotsky. A la más ligera provocación daba un discurso de dos horas, explicando cómo los trotskistas estaban errados sobre la cuestión agraria en Rusia. Yo no podía hacer eso porque no entendía el asunto. El tampoco lo entendía, pero en su caso, eso no fue un gran impedimento. El verdadero objetivo de los lovestonistas y fosteristas al dar estos discursos y realizar estas campañas era congraciarse con los poderes de Moscú.

Alguien podrá preguntar, "¿Por qué no dio discursos a favor de Trotsky?" Tampoco podía hacer eso porque no comprendía el programa. Mi estado de ánimo en aquel momento era de duda e insatisfacción. Claro está, si uno no tenía responsabilidad ante el partido, si no era más que un simple comentarista o espectador, sencillamente podía expresar sus dudas y ahí terminaba su asunto. Eso no se puede hacer en un partido político serio. Si uno no sabe qué decir, no tiene que decir nada. Lo mejor es guardar silencio.

El Comité Central del Partido Comunista realizó un pleno en febrero, el famoso pleno de febrero de 1928, que se dio unos meses después de la expulsión de Trotsky y Zinóviev y todos los líderes de la Oposición rusa. Ya estaba en pie una gran campaña para movilizar a los partidos del mundo en apoyo a la burocracia de Stalin. En ese pleno luchamos y debatimos sobre los asuntos fraccionales en el partido, la evaluación de la situación política, la cuestión sindical, la cuestión organizativa: luchamos furiosamente sobre todas estas cuestiones. Ese era nuestro verdadero interés. Luego llegamos al último punto del orden del día, la cuestión rusa. Bertram D. Wolfe, quien dio el informe en nombre de la mayoría lovestonista, lo "explic" en detalle por unas dos horas. Luego el tema se sometió a discusión. Uno por uno, cada miembro de las fracciones de Lovestone y Foster tomaron la palabra para expresar su acuerdo con el informe y añadirle uno que otro toque para demostrar que entendían la necesidad de las expulsiones y que las apoyaban.

Yo no hablé. Naturalmente, por mi silencio, los otros miembros de la fracción de Cannon se sintieron algo constreñidos para hablar. No les gustaba la situación y organizaron una especie de campaña de presión. Aún hoy día recuerdo cómo me senté al fondo del salón, contrariado, malhumorado y confundido, seguro de que algo turbio había en torno a la cuestión pero sin saber de qué se trataba. Bill Dunne, la oveja negra de la familia Dunne, que en aquel momento era miembro del Comité Político, y mi colaborador más cercano, vino con otro par de compañeros. "Jim, tienes que hablar sobre este asunto. Es la cuestión rusa. Van a hacer añicos de nuestra fracción si no dices nada sobre este informe. Párate y di algunas palabras para dejar constancia".

Me negué a hacerlo. Ellos insistieron pero yo no iba a ceder. "No lo voy a hacer. No voy ha hablar de este asunto". No era "política astuta" de mi parte, aunque retrospectivamente pueda parecerlo. No era una anticipación del futuro en absoluto. Era simplemente un estado de ánimo, un obstinado sentimiento personal que tenía sobre esa cuestión. No teníamos ninguna información real. En realidad no sabíamos cuál era la verdad. Por aquella época, en 1927, las disputas en el partido ruso habían comenzado a abarcar cuestiones internacionales: el problema de la revolución china y el Comité Anglo-Ruso [de Unidad Sindical]. Prácticamente cualquier miembro de nuestro partido puede decirles ahora cuáles eran los problemas de la revolución china porque, desde aquel entonces, se ha publicado gran cantidad de material. Hemos educado a nuestros jóvenes camaradas con las lecciones de la revolución china. Pero en 1927, nosotros, los provincianos norteamericanos, no sabíamos nada al respecto. China estaba muy lejos. Nunca vimos ninguna de las tesis de la Oposición rusa. No entendíamos muy bien el problema colonial. No entendíamos la profundidad teórica de los asuntos implicados en la cuestión china y la disputa que siguió, así que honestamente no podíamos tomar una posición. La cuestión anglo-rusa me parecía un poquito más clara. Ese era el problema de la gran lucha entre la Oposición rusa y los estalinistas sobre la formación del Comité Anglo-Ruso, un comité de sindicalistas rusos e ingleses que pasó a sustituir el trabajo comunista independiente en Inglaterra. Esa política sofocó la actividad independiente del Partido Comunista inglés en el momento crucial de la huelga general de 1926 en ese país. Totalmente por accidente, en la primavera de ese mismo año, me había encontrado uno de los documentos de la Oposición rusa en esa disputa, y me influenció de manera profunda. Sentí que al menos en esta cuestión del Comité Anglo-Ruso, los oposicionistas tenían la línea correcta. En todo caso, estaba convencido que no eran los contrarrevolucionarios que se pintaban.

En 1928, después del pleno de febrero, hice una de mis giras nacionales más o menos regulares. Yo tenía el hábito de hacer una gira por el país, yendo de costa a costa, por lo menos una vez al año, o cada dos años, para poder respirar del verdadero Estados Unidos, palpar lo que estaba pasando en Estados Unidos. Al volver la vista atrás, uno puede encontrar hoy el origen de muchas de las ideas irrealistas y de los errores, y de mucha de la estrechez de miras de algunos de los dirigentes del partido en Nueva York, en el hecho que ellos habían vivido toda su vida en la isla de Manhattan y no tenían una verdadera apreciación de este gran y diversificado país. La gira de 1928 la hice bajo los auspicios de la Defensa Obrera Internacional [ILD] y la extendí por cuatro meses.

Sexto congreso de la Comintern

Quería darme un baño en el movimiento de masas, lejos de la atmósfera sofocante de las interminables luchas fraccionales. Quería tener la oportunidad de pensar varias cosas en torno a la cuestión rusa, la cual me inquietaba más que ninguna otra cosa. Vincent Dunne me ha hecho recordar en más de una ocasión que al regresar de la costa del Pacífico, cuando pasé por Minneapolis, él y el camarada Skoglund me preguntaron entre otras cosas sobre lo que pensaba de la expulsión de Trotsky y Zinóviev, y que yo les contesté, "Quién soy yo para condenar a los líderes de la revolución rusa", dándoles así a entender que no simpatizaba con la expulsión de Trotsky y Zinóviev. Ellos recordaron eso al desatarse la lucha abiertamente unos meses después.

A fines de la primavera y comienzos del verano de 1928, se convocó el Sexto Congreso Mundial de la Comintern en Moscú. Salimos para Moscú, como era usual en tales ocasiones, con una gran delegación que representaba a todas las fracciones; e íbamos allá, lamento decirlo, no preocupados de los problemas del movimiento internacional --que como representantes de una de las secciones podíamos ayudar a resolver--, sino que a todos más o menos nos preocupaba primordialmente nuestra pequeña lucha en el partido estadounidense; íbamos al Congreso Mundial para ver qué ayuda podíamos obtener para sacar nuestras castañas del fuego local. Desafortunadamente, esa era la actitud de prácticamente todo el mundo. Al partir para el Congreso, no tenía ninguna esperanza de obtener una verdadera aclaración de la cuestión rusa, de la disputa con la Oposición. Para aquel entonces parecía que la Oposición había sido completamente aniquilada. Habían expulsado a los dirigentes. Trotsky estaba exiliado en Alma Ata. Por todo el mundo, a los simpatizantes que hubiesen podido tener los expulsaron del partido. Parecía no haber perspectivas de reanimar la cuestión. Sin embargo me seguía molestando. Y me molestaba tanto que no pude participar de forma muy eficaz en nuestra lucha fraccional en Moscú.

Naturalmente, al llegar allá seguimos la lucha fraccional. De inmediato alineamos nuestras delegaciones en grupos, y empezamos a ver qué podíamos hacer para abatirnos, formulando acusaciones mutuas y debatiendo el asunto interminablemente ante la comisión. Yo participé de forma más o menos arisca en el asunto. Justo en ese momento comenzaron a asignar las comisiones. Es decir, a los miembros dirigentes de cada delegación se los asignaba a las diferentes comisiones del congreso, algunos a la comisión sindical, algunos a la comisión política, algunos a la comisión de organización. Además estaba la comisión del programa. El Sexto Congreso asumió la tarea de adoptar por primera vez un programa, un programa acabado de la Comintern. La Comintern se organizó en 1919, y hasta 1928, nueve años después, aún no tenía un programa acabado. Eso no significa que en los primeros años no había atención e interés en la cuestión del programa. Simplemente era un indicio de la seriedad con que los más grandes marxistas tomaban la cuestión del programa y el cuidado con que lo elaboraban. Comenzaron en 1919 con unas resoluciones básicas. Adoptaron otras en 1920, 1921 y 1922. En el Cuarto Congreso habían sostenido el comienzo de un debate sobre el programa. El Quinto Congreso no continuó la cuestión. Así llegamos al Sexto Congreso en 1928, y teníamos delante nuestro el proyecto de programa que llevaba la autoría de Bujarin y Stalin.

Se me puso en la comisión del programa, en parte porque los otros líderes de la fracción no estaban muy interesados en el programa. "Eso le toca a Bujarin. No nos vamos a molestar con eso. Queremos estar en la comisión política, que va a decidir sobre nuestra lucha fraccional; en la comisión sindical; o en alguna otra comisión práctica que ha de decidir algo sobre alguna pequeñez sindical que nos preocupa". Tal era el sentimiento general de la delegación estadounidense. Me metieron en la comisión del programa como una suerte de honor sin sustancia. Y a decir verdad, a mí tampoco me interesaba mucho.

Sin embargo, el ponerme en la comisión del programa resultó ser un error serio. Le costó más de un dolor de cabeza a Stalin, ya no se diga a Foster, Lovestone y a los demás. Porque Trotsky, exiliado en Alma Ata, expulsado del partido ruso y de la Internacional Comunista estaba apelando al Congreso. Como ven, Trotsky no simplemente se puso de pie y se alejó del partido. Volvió inmediatamente después de su expulsión, en la primera oportunidad con la convocatoria al Sexto Congreso de la Comintern, no sólo con un documento en que apelaba su caso, sino con una tremenda contribución teórica en la forma de una crítica del proyecto de programa de Bujarin y Stalin. El documento de Trotsky se titulaba "El proyecto de programa de la Internacional Comunista: Una crítica de los fundamentos". Por un descuido del aparato de Moscú, que se suponía burocráticamente hermético, el documento de Trotsky fue a parar a la sala de traducción de la Comintern. Fue a dar al receptáculo, donde tenían a una docena o más de traductores y estenógrafos sin nada que hacer. Estos agarraron el documento de Trotsky, lo tradujeron y lo distribuyeron a los jefes de las delegaciones y a los miembros de la comisión sobre el programa. ¡Vaya sorpresa, me lo pusieron en las manos, y traducido al inglés! Maurice Spector, un delegado del partido canadiense, y con una predisposición más o menos similar a la mía, era también miembro de la comisión sobre el programa y recibió una copia. Dejamos que las reuniones de los grupos y las sesiones del Congreso se fueran al demonio, mientras nosotros leíamos y estudiábamos ese documento. Fue entonces que supe lo que tenía que hacer, y él también. Se habían resuelto nuestras dudas. Quedaba tan claro como la luz del día de que la verdad marxista estaba del lado de Trotsky. Hicimos un pacto allí mismo --Spector y yo-- que volveríamos a casa y comenzaríamos una lucha bajo el estandarte del trotskismo.

No empezamos la lucha en Moscú en el Congreso, aunque ya estábamos totalmente convencidos. Desde el día en que leí ese documento me consideré, sin la menor duda desde entonces, un discípulo de Trotsky. Como no planteamos la lucha en Moscú, algunos puritanos desde las barreras quizás exijan: "¿Por qué no hicieron uso de la palabra en el Sexto Congreso para defender a Trotsky?" La respuesta es que con hacerlo no habríamos impulsado nuestros objetivos políticos más eficazmente. Y es para eso que uno está en la política, para impulsar objetivos. La Comintern ya estaba bastante estalinizada. El Congreso estaba amañado. El divulgar a plenitud nuestra posición en el Congreso probablemente habría resultado en nuestra detención en Moscú hasta que nos despedazaran y nos aislaran aquí. Cuando a Lovestone le llegó su hora, lo pescaron en esa trampa moscovita. Mi deber, y mi tarea política, a mi entender, era organizar una base de apoyo para la Oposición rusa en mi propio partido. Para hacerlo, era necesario primero retornar a casa. Por tanto, en el Congreso estalinizado me mantuve callado. La franqueza entre amigos es virtud; al tratar con enemigos inescrupulosos es atributo de tontos.

Y no podíamos ser demasiado cautelosos si habíamos de mantener ocultos nuestros sentimientos. Se consideraba que yo, en especial, "jugueteaba" cada vez más con el trotskismo. Gitlow ha relatado en su patético libro penitente y escrito para otros, que la GPU [policía política], había investigado mis actividades en Moscú y había informado a la Comintern que "en discusiones con rusos Cannon había divulgado que tenía fuertes tendencias trotskistas". Sospechaban de mí pero vacilaban en proceder en mi contra de forma demasiado brusca. Creían que quizás me podían enderezar y que eso sería mucho mejor que tener un escándalo abierto. Tenían buenos motivos para asumir que yo haría un escándalo de darse una lucha abierta.

Así es que al final retornamos --creo que fue en septiembre-- sin que se hubiera resuelto nada en lo concerniente a la lucha fraccional en el partido estadounidense. Los lovestonistas habían ganado un poquito de terreno en la lucha en Moscú, pero al mismo tiempo Stalin había incluido algunas condiciones en la resolución que sentaban las bases para deshacerse más tarde de los lovestonistas. La crítica de Trotsky al proyecto del programa yo la había sacado a escondidas de Rusia, y la traje conmigo. Regresamos aquí, y de inmediato me dediqué decididamente a reclutar una fracción para Trotsky.

Se podrá pensar que eso era una cosa sencilla. No obstante, el estado de cosas era el siguiente. A Trotsky lo habían condenado en todos los partidos de la Internacional Comunista, y nuevamente lo había condenado el Sexto Congreso, como contrarrevolucionario. No se sabía de un solo miembro del partido a quien se considerara partidario declarado del trotskismo. Todo el partido estaba regimentado en su contra. Para entonces el partido había dejado de ser una de esas organizaciones democráticas donde uno puede hacer una pregunta y obtener un debate justo. Declararse partidario de Trotsky y de la Oposición rusa significaba someterse a la acusación de ser un traidor contrarrevolucionario; y a ser expulsado inmediatamente sin discusión alguna. Bajo tales circunstancias la tarea consistía en reclutar una nueva fracción en secreto antes que ocurriera la explosión inevitable, con la certidumbre de que esta fracción, sin importar lo grande o pequeña que fuera, sería expulsada y tendría que luchar contra los estalinistas, contra todo el mundo, para crear un nuevo movimiento.

Desde el principio no tuve la menor duda de la magnitud de la tarea. Si nos hubiésemos permitido abrigar ilusiones habríamos quedado tan decepcionados con los resultados que quizás eso nos habría quebrantado. Empecé calladamente a buscar individuos y a hablarles de forma conspiradora. Rose Karsner fue mi primera adherente firme. Ella nunca vaciló desde ese día hasta la fecha. Shachtman y Abern, que trabajaban conmigo en la Defensa Obrera Internacional, y ambos miembros del Comité Nacional aunque no del Comité Político, se me unieron en esa nueva gran empresa. Nos siguieron unos cuantos más. Nos estaba yendo muy bien, avanzábamos aquí y allá, siempre trabajando con cautela. Aunque se rumoraba que Cannon era trotskista, nunca lo admití abiertamente; y nadie sabía qué hacer sobre ese rumor. Es más, hubo una pequeña complicación en la situación del partido que también nos terminó favoreciendo. Como he dicho, el partido estaba dividido en tres fracciones, pero la fracción de Foster y la fracción de Cannon trabajaban en bloque y en esa época tenían un grupo conjunto. Eso puso a los fosteristas entre la espada y la pared. Si no exponían el trotskismo oculto y si no lo combatían energéticamente, perderían la simpatía y el apoyo de Stalin. Por otro lado, sin embargo, si se ponían demasiado duros con nosotros y perdían nuestro apoyo, no tenían esperanzas de ganar la mayoría en el congreso que se aproximaba. Los atormentaba la indecisión y nosotros explotamos su contradicción despiadadamente.

Nuestra tarea era difícil. Teníamos una copia del documento de Trotsky, pero no teníamos forma de duplicarlo; no teníamos un estenógrafo; no teníamos una máquina de escribir; no teníamos un mimeógrafo; y tampoco teníamos dinero. La única manera en que podíamos funcionar era acercándonos a individuos cuidadosamente seleccionados, despertando en ellos suficiente interés, para entonces persuadirlos de que fueran a la casa y leyeran el documento. Un proceso largo y laborioso. Logramos acercar a unas cuantas personas, quienes nos ayudaron a divulgar la buena nueva a círculos más amplios.

Expulsados del Partido Comunista

Finalmente, después de aproximadamente un mes, fuimos descubiertos debido a una pequeña indiscreción de unos de los camaradas, y tuvimos que enfrentar el problema prematuramente en el grupo conjunto de Foster-Cannon. Los fosteristas lo plantearon a modo de interrogatorio. Habían oído esto y aquello y querían una explicación. Era claro que estaban muy preocupados pero todavía indecisos. Asumimos la ofensiva. Yo dije: "Considero un insulto que alguien me interrogue. Mi posición en el partido ha quedado establecida muy claramente ya por diez años y resiento que alguien la cuestione". El farol nos sirvió por otra semana más, en el curso de la cual logramos, aquí y allá, unos cuantos nuevos conversos. Entonces convocaron otra reunión del grupo para considerar de nuevo la cuestión. Para entonces Hathaway ya había vuelto de Moscú. Había asistido a la llamada Escuela de Lenin en Moscú; en realidad era una escuela de estalinismo. Lo habían despabilado en la escuela estalinista y sabía cómo proceder contra el "trotskismo" mejor que los zafios locales. Dijo que la manera de proceder era presentando una moción: "Este grupo condena al trotskismo por contrarrevolucionario", y ver cómo votaba cada uno en torno a la moción. Nos opusimos en base a que --táctica disimuladamente formal, pero necesaria al lidiar con un graduado de predisposición policiaca de la escuela de Stalin-- la cuestión del "trotskismo" se había decidido hacía mucho tiempo, y no tenía absolutamente ningún sentido volver a tocar este tema. Dijimos que rehusábamos tomar parte en esa tontería.

Lo debatimos por cuatro o cinco horas y aún no sabían qué hacer con nosotros. Enfrentaban el siguiente dilema: si se manchaban de "trotskismo" perderían simpatías en Moscú y, por otro lado, si rompían con nosotros, no tendrían ninguna esperanza de obtener una mayoría. Tenían enormes deseos de obtener la mayoría y abrigaban esperanzas --¡y cómo se esperanzaban!-- de que un tipo listo como Cannon finalmente entraría en razón y no se iba a poner a empezar a estas alturas una lucha inútil a favor de Trotsky. Sin decirlo explícitamente, les dimos unas cuantas bases para que pensaran que sí podría ser así. La decisión se aplazó una vez más.

Ganamos un par de semanas con este asunto. Finalmente los fosteristas decidieron por cuenta propia que el problema se estaba poniendo demasiado caliente. Oían cada vez más rumores de que Cannon, Shachtman y Abern hacían proselitismo a favor del trotskismo entre miembros del partido. Los fosteristas se morían de miedo de que los lovestonistas se dieran cuenta y los acusaran de complicidad. En un asalto de pánico nos expulsaron del grupo conjunto y presentaron cargos en nuestra contra ante el Comité Político. Nos llevaron a juicio en una reunión conjunta del CP y de la Comisión Central de Control. De ese proceso informamos en los primeros números del Militant. Naturalmente, era una tribunal espurio; no obstante pudimos por completo dar muchos discursos e interrogar a los testigos fosteristas. Eso no se debió a la democracia en el partido. Nos concedieron nuestros "derechos" porque los lovestonistas, que contaban con una mayoría en el Comité Político, estaban ansiosos de comprometer a los fosteristas. Con tal de impulsar sus propios objetivos, nos permitieron un poco de espacio, y nosotros lo aprovechamos al máximo. El juicio se prolongó por días --cada vez se invitaba a más líderes y funcionarios del partido a que asistieran-- hasta que al final tuvimos una audiencia de unas 100 personas. Hasta ese momento no habíamos admitido nada. Nos habíamos limitado a interrogar a sus testigos y a embarrar y comprometer a los fosteristas, y a una y otra cosa. En fin, cuando nos cansamos de esto, y ya que el informe de lo que estaba sucediendo se divulgaba por el partido, decidimos golpear. Ante una audiencia callada y un tanto aterrorizada de funcionarios del partido leí una declaración en la que nos declarábamos 100 por ciento a favor de Trotsky y la Oposición rusa en todas las cuestiones de principio y anunciábamos nuestra determinación de luchar sobre esa vía hasta el final. La reunión conjunta de la Comisión Central de Control y del Comité Político nos expulsó.

Primer número del 'Militant'

Al día siguiente ya teníamos una declaración mimeografiada que circulaba por el partido. Habíamos anticipado la expulsión. Estábamos listos y contragolpeamos. Aproximadamente una semana después, ante su gran consternación, los golpeamos con el primer número del Militant. Se había preparado el texto y habíamos conseguido un arreglo con la imprenta mientras prolongábamos el juicio. Nos expulsaron el 27 de octubre de 1928. El Militant apareció a la siguiente semana como una edición de noviembre, celebrando el aniversario de la revolución rusa, divulgando nuestro programa, etcétera. Así empezó la lucha abierta por el trotskismo estadounidense.

Por supuesto que nuestras perspectivas no eran muy halagadoras para empezar. Sin embargo, avanzamos con paso seguro en las primeras semanas y construimos con firmeza desde el principio porque habíamos empezado correctamente. Con una carga de dinamita hicimos volar el atolladero del fraccionalismo sin principios en el partido. Con una sola detonación nos deshicimos de todos los viejos errores y equivocaciones de las fracciones del partido estadounidense cuando nos basamos en un programa internacionalista de principios. Estábamos seguros de lo que se trataba nuestra lucha. Todas las pequeñas intrigas organizativas, que cobraron tanta importancia en las viejas riñas, las tiramos como quien se quita un saco viejo. Empezamos el verdadero movimiento del bolchevismo en este país, la regeneración del comunismo estadounidense.

No era una lucha muy prometedora desde la óptica de los números. Los tres que firmamos la declaración --Abern, Shachtman y yo-- nos sentimos bastante solos cuando salimos rumbo a mi casa para hacer planes para construir un nuevo partido que había de conquistar el poder en Estados Unidos. Los tres habíamos venido trabajando en la ILD. Inmediatamente nos echaron de ahí, teníamos sueldos atrasados que tampoco nos pagaron. No teníamos nada de dinero y no sabíamos dónde íbamos a conseguirlo. Planeamos el primer número del Militant antes de que supiéramos como íbamos a costearlo. No obstante hicimos un trato con la imprenta para que nos diera crédito por un número. Les escribimos a unos amigos en Chicago, quienes nos mandaron un poco de dinero y publicamos el periódico. Anunciamos con orgullo que se publicaría dos veces al mes. Así fue.

Poco después de que nos habían echado del partido, descubrimos a un grupo de camaradas húngaros que habían sido expulsados por diversas razones en las luchas fraccionales uno o dos años atrás. Por su propia cuenta, y sin nosotros saberlo, habían establecido contacto con algunos oposicionistas rusos que trabajaban en Amtorg --la agencia comercial soviética en Nueva York-- y se habían vuelto trotskistas convencidos. Por supuesto que a nosotros nos parecía como un ejército de un millón de gente. Nos encontramos a un grupo pequeño de oposicionistas italianos en Nueva York, discípulos de Bordiga, que no eran realmente trotskistas pero que trabajaron con nosotros por un tiempo. Libramos una lucha bastante enérgica. Respondimos a las acusaciones de forma combativa. Empezamos a circular nuevo material de la Oposición rusa en el Militant, la crítica de Trotsky del proyecto de programa, etcétera. Al poco tiempo se podía ver la cristalización de una fracción que contaba con un futuro porque tenía un programa de principios claro.

Aunque fue una fracción pequeña por mucho tiempo, era una fracción muy convencida, fanática y decidida. Empezamos a captar adeptos por todo el país. Nuestra adquisición más importante de tamaño fue la de Minneapolis. Minneapolis ha desempeñado un papel no sólo en las luchas huelguísticas de los camioneros, sino también en la construcción del trotskismo estadounidense. Captamos partidarios en Chicago.

En muchos sentidos teníamos serias deficiencias. Antes de nuestra expulsión no habíamos tenido mucho tiempo para comunicarnos con los miembros del partido afuera de Nueva York. Lo primero que la mayoría de camaradas en el Partido Comunista supo de nuestra posición fue la noticia de que nos habían expulsado. Las tácticas groseras del liderazgo del partido nos ayudaron muchísimo. Su método era de ir de un lado a otro del país y plantear en todo comité y rama una moción para aprobar la expulsión de Cannon, Shachtman y Abern. Y a todo el que quisiera hacer una pregunta o pedir más información lo acusaban de trotskista y lo expulsaban en el acto. Eso nos ayudó muchísimo; empujaron a esos camaradas a una posición donde al menos podíamos hablarles. En Minnesota, donde teníamos buenos amigos, conocidos desde hacía rato, el comisario de la pandilla de Lovestone los convocó a una reunión y exigió un voto inmediato sobre una moción para aprobar nuestra expulsión. Ellos rehusaron. "Queremos saber qué es esto; queremos saber lo que estos camaradas tiene que decir». Los expulsaron de inmediato. Ellos se comunicaron con nosotros. Les facilitamos los documentos, el Militant, etcétera. Al final, prácticamente todos los que habían sido expulsados por vacilar al votar para confirmar nuestra expulsión terminaron simpatizando con nosotros y la mayoría se nos afilió.

Desde el propio comienzo insistimos que esto no era simplemente una cuestión de democracia. Se trata del programa del marxismo. Si nos hubiéramos quedado satisfechos con organizar gente en base al descontento con la burocracia habríamos podido captar más miembros. Pero eso no es base suficiente. Sin embargo, utilizamos la cuestión de la democracia para obtener una audiencia favorable y entonces inmediatamente empezamos a martillar con lo acertado del trotskismo en todas las cuestiones políticas.

Fácilmente podrán imaginar qué golpe tan tremendo fueron nuestra posición y nuestra expulsión para todos los miembros del partido. Por años les habían metido en la cabeza que Trotsky era un menchevique. Que se le había expulsado por "contrarrevolucionario". Todo lo habían puesto patas arriba. Habían llenado las mentes de los miembros indefensos con prejuicios contra Trotsky y la Oposición rusa. Entonces, como de la nada, tres dirigentes del partido se declaran trotskistas. Los expulsan e inmediatamente acuden a los miembros del partido dondequiera que los encuentren y les dicen: "Trotsky tiene razón en todas las cuestiones de principio, y se los podemos probar". Esa fue la situación que enfrentaron muchos camaradas. Muchos de los expulsados por haber vacilado en votar contra nosotros no querían dejar el partido. En aquel momento no sabían nada acerca del trotskismo, y estaban más o menos convencidos que era contrarrevolucionario. Pero la estupidez de la burocracia al expulsarlos nos dio una oportunidad de hablar con ellos, de discutir con ellos, de proveerles literatura, etcétera. Esto creó las bases para la primera consolidación de la fracción.

En esos días todo individuo cobraba una importancia enorme. Si uno tiene sólo cuatro personas para empezar una fracción, cuando uno puede encontrar una quinta persona, eso es un aumento del 25 por ciento. Según cuentan, el Partido Laborista y Socialista, allá en la época de antaño, una vez anunció jubiloso que en las elecciones habían duplicado sus votos en el estado de Texas. Sucedió que en lugar de su voto usual había recibido dos votos.

Nuestro primer recluta

Nunca voy a olvidar el día que conseguimos nuestro primer recluta en Filadelfia. Poco después que nos habían expulsado, cuando en el partido seguía con furia el revuelo contra nosotros, un buen día alguien tocó la puerta de mi casa, y era Morgenstern de Filadelfia, un hombre joven pero un viejo "cannonista" en las luchas fraccionales. Dijo, "Oímos de tu expulsión por lo del trotskismo, pero no lo creímos. ¿Cuál es la verdad?" Por aquella época uno no aceptaba nada como válido a menos que viniera de su propia fracción. Aún recuerdo hoy que fui al cuarto de atrás, saqué de su escondite el precioso documento de Trotsky, y se lo di a Morgie. Se sentó en la cama y leyó la extensa "crítica" --es un libro entero-- de principio a fin sin parar una sola vez, sin despegar los ojos del documento. Cuando terminó, ya había tomado una decisión y empezamos a hacer planes para construir un núcleo en Filadelfia.

Reclutamos otros individuos de la misma manera. La ideas de Trotsky eran nuestras armas. En el Militant publicamos la "crítica" por entregas. Teníamos sólo una copia, y pasó mucho tiempo antes de que pudiéramos publicarlo en forma de folleto. Por su tamaño no lo podíamos mimeografiar. No teníamos ni mimeógrafo propio ni mecanógrafo ni dinero. La falta de dinero era un problema serio. A todos se nos había privado de nuestros puestos en el partido y no teníamos ingresos de ningún tipo. Estábamos demasiado ocupados con nuestra lucha política para buscar otros trabajos para ganarnos la vida. Además, teníamos el problema de cómo financiar un movimiento político. No podíamos costear una oficina. Sólo cuando cumplimos un año pudimos arreglárnoslas para alquilar una oficina destartalada en la Tercera Avenida, con el viejo tren "Elevado" rugiendo por la ventana. Al cumplir dos años conseguimos nuestro primer mimeógrafo, fue entonces que empezamos a largar las velas.