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|  |  UNA REVISTA SOCIALISTA QUE DEFIENDE LOS INTERESES DEL PUEBLO TRABAJADOR septiembre de 2000 Vol. 24 No. 8
Pathfinder
Los primeros días del movimiento comunista en Estados Unidos
Segundo capítulo de 'La historia del trotskismo estadounidense' de Cannon
POR JAMES P. CANNON
[A continuación publicamos el segundo capítulo de La historia del trotskismo estadounidense, 1928-38: informe de un partícipe, la traducción de The History of American Trotskyism, 1928-38: Report of a Participant, por James P. Cannon. El libro comprende una serie de 12 conferencias públicas que Cannon dio en 1942 en Nueva York. Uno de los dirigentes fundadores del Partido Comunista de Estados Unidos tras la revolución rusa de octubre de 1917, Cannon fue uno de los principales dirigentes fundadores del Partido Socialista de los Trabajadores en 1938.
[Perspectiva Mundial está publicando este libro por entregas, capítulo por capítulo. El segundo capítulo se titula "Luchas fraccionales en el antiguo Partido Comunista".
Los subtítulos son de Perspectiva Mundial. Publicado con autorización; derechos reservados © 1944 Pathfinder Press.]
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La semana pasada di un esbozo del comienzo de los días pioneros del comunismo estadounidense. Aunque omití mucho, y toqué sólo algunos puntos claves, no logramos ir más allá de 1922, del Cuarto Congreso de la Internacional Comunista, de la legalización del movimiento comunista clandestino y del principio del trabajo abierto. Hablé sobre los aspectos negativos del movimiento inicial y de las enfermedades infantiles que lo plagaron --algo que casi siempre sucede con los movimientos jóvenes--, en particular la virulenta enfermedad infantil del ultraizquierdismo.
Sin embargo, estos aspectos negativos, el irrealismo de gran parte del trabajo, los eclipsó con mucho el lado positivo: la creación en Estados Unidos, por primera vez, de un partido político revolucionario fundado en las doctrinas bolcheviques. Fue esa la gran contribución del comunismo pionero. Un grupo de gente organizó un partido político nuevo. Ellos asimilaron ciertas enseñanzas básicas del comunismo. Se habituaron a procedimientos disciplinados, que es uno de los requisitos para la construcción de un partido político obrero serio. Nunca antes había sucedido esto en Estados Unidos. Ellos crearon el instrumento de un liderazgo profesional, igualmente otro de los requisitos más elementales de un partido revolucionario serio.
El movimiento comunista en sus primeros años demostró convincentemente la influencia predominante de las ideas sobre cualquier otra cosa. Esto se demostró de forma impresionante en la lucha por la supremacía entre el IWW [Obreros Industriales del Mundo] y el joven Partido Comunista. En los días que precedieron a la guerra, el IWW era un movimiento obrero combativo bastante grande. Al comenzar la guerra, era indiscutiblemente la organización que abarcaba entre sus filas al mayor grupo de militantes proletarios. Sin embargo, el núcleo del Partido Comunista surgió del Partido Socialista. Un número considerable era de extracción pequeñoburguesa, de ellos un elevado porcentaje eran jóvenes sin experiencia alguna en la lucha de clases. Miles de ellos eran trabajadores nacidos en el exterior que nunca habían sido realmente asimilados en la lucha de clases en Estados Unidos.
En lo que a material humano respecta, el IWW llevaba todas las de ganar. Sus militantes ya se habían puesto a prueba en muchas luchas. Tenían a centenares y centenares de sus miembros en la cárcel, y desplegaban cierto desdén hacia este movimiento advenedizo que hablaba con tanta confianza en términos revolucionarios. Los miembros del IWW pensaban que sus acciones y sus sacrificios superaban tanto a las puras pretensiones doctrinales de este nuevo movimiento revolucionario que no tenían nada que temerle en términos de rivalidad. Estaban seriamente equivocados.
Partido Comunista desplaza al IWW
Al cabo de pocos años, para 1922, quedó bien claro que el Partido Comunista había desplazado al IWW como organización dirigente de la vanguardia. El IWW, con su maravillosa mezcla de militantes proletarios, con todas sus luchas heroicas, no pudo mantener el paso. No habían adaptado su ideología a las lecciones de la guerra y de la revolución rusa. No habían adquirido suficiente respeto hacia la doctrina, hacia la teoría. Por eso su organización degeneró, mientras que esta nueva organización, con su material más pobre, con su juventud inexperta, que había tomado en sus manos las ideas vivas del bolchevismo, completamente rebasó al IWW, dejándolo muy rezagado en sólo unos pocos años.
La gran lección de esta experiencia es el desatino que representa tomar a la ligera la fuerza de las ideas o imaginar que se puede encontrar algo que sustituya las ideas correctas al construir un movimiento revolucionario.
Tras resolver la lucha básica sobre la legalización con los ultraizquierdistas, el partido abandonó la clandestinidad. Como mencioné, ya había conquistado hegemonía completa sobre la vanguardia del proletariado en este país. Por todos lados se le consideraba, y debidamente, como la agrupación más avanzada y revolucionaria en este país. El partido empezó a atraer a sus filas a algunos sindicalistas naturales del país. William Z. Foster, quien por aquel entonces ostentaba la gloria de su labor en la huelga del acero, y otros sindicalistas más, un grupo bastante grande, entraron a este Partido Comunista: nacido en el exterior, medio exótico, pero dinámico. Toda la orientación del partido empezó a cambiar. De riñas clandestinas, disputas irrealistas y refinamientos excesivos de la doctrina, el partido se orientó hacia el trabajo de masas. Los comunistas empezaron a preocuparse con problemas prácticos de la lucha de clases. Gradualmente el partido procedió a "sindicalizarse", dando sus primeros pininos en la Federación Norteamericana del Trabajo, la organización sindical dominante, prácticamente la única en aquella época.
Debates sobre política sindical
A la vez que librábamos la batalla por la legalización del partido, combatíamos por corregir la política sindical del partido. Esta lucha también fue exitosa; se rechazó la posición sectaria original. Los comunistas pioneros revisaron sus anteriores pronunciamientos sectarios con los que habían favorecido el sindicalismo independiente. Todo el dinamismo del Partido Comunista ahora lo dirigían hacia los sindicatos reaccionarios. El mérito principal de esta transformación también le pertenece a Moscú, a Lenin y a la Comintern. El gran folleto de Lenin, La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, aclaró este problema de forma decisiva. Para 1922-23, el partido iba bien encaminado hacia la penetración del movimiento sindical y rápidamente empezaba a ejercer una influencia seria en varios sindicatos en diversas partes del país. Eso fue particularmente el caso en el sindicato de los mineros del carbón y en los sindicatos de la aguja, así como en algunos otros, el partido hizo sentir su influencia.
Sin embargo, simultáneamente con esta labor práctica y totalmente progresista, el partido se sumió en algunas aventuras oportunistas. Al parecer, ningún partido puede corregir jamás una desviación, la debe sobrecorregir. Se nos va la mano en la otra dirección. Así, el joven partido que hasta hacía poco se preocupaba con el refinamiento de la doctrina bajo el aislamiento clandestino, sin tener nada que ver con el movimiento sindical --ya no se diga con el movimiento político, la pequeña burguesía y los farsantes sindicales--, este mismo partido ahora se hundía en un número de aventuras desenfrenadas en el campo de la política sindical y agrícola. El intento del liderazgo del partido de formar, de la noche a la mañana, mediante una serie de maniobras y combinaciones, un partido de trabajadores y agricultores grande sin contar con respaldo suficiente en el movimiento de masas de los trabajadores, sin la fuerza suficiente de los propios comunistas, sumió al partido en la confusión. Se precipitaba una nueva lucha interna.
La serie de nuevas luchas fraccionales que empezó el año de 1923, unos seis meses después de liquidarse la vieja lucha sobre la legalización, continuó casi sin interrupción hasta el momento en que a los trotskistas nos expulsaron del partido en 1928. La lucha continuó con furia hasta la primavera de 1929, cuando expulsaron a los dirigentes lovestonistas, los mismos que nos habían expulsado a nosotros. A partir de entonces, la estalinizada Comintern frenó las luchas fraccionales expulsando a cualquiera que demostrara independencia de carácter, y seleccionando a una nueva dirección que debía brincar cada vez que sonara la campana. Por medios burocráticos lograron un monolitismo pacífico en el partido. Lograron la paz del estancamiento y la descomposición ideológicos.
Luchas fraccionales
Las luchas fraccionales que convulsionaron al partido durante todo este periodo no impidieron que la organización realizara una gran cantidad de trabajo en la lucha de clases, desarrollando su actividad en muchos campos. Estableció un diario revolucionario por primera vez en este país. Ese fue un gran logro para un partido de no más de diez mil o quince mil miembros. La labor propagandística se desarrolló a un amplio nivel. El trabajo de defensa obrera se organizó a un alcance y sobre una base sin precedentes hasta ese entonces. El Partido Comunista introdujo al movimiento obrero en ese periodo muchas innovaciones de carácter progresista. Prácticamente toda huelga seria que estallaba, se libraba bajo el liderazgo del partido. Notablemente, la gran huelga de Passaic de 1926, que acaparó la atención de todo el país, estuvo completamente bajo el liderazgo de los comunistas, quienes progresivamente pasaron a ser los dirigentes indiscutibles de toda tendencia progresista y combativa en el movimiento obrero estadounidense.
Una gran cantidad de comentaristas y expertos de sillón, complementados ocasionalmente por unos cuantos renegados desilusionados, tratan de pintar este periodo histórico temprano --los primeros días del comunismo estadounidense--, como tan solo un desorden lleno de estupideces, errores, fraude y corrupción. Esa es una evaluación completamente falsa y absolutamente absurda de ese periodo. La explicación de las luchas fraccionales en el joven Partido Comunista radican en causas más serias que la mala voluntad de algunos individuos. Creo que si uno estudia el suceso de forma cuidadosa, con cierto conocimiento de los hechos, puede deducir ciertas leyes de la lucha fraccional que le ayudarán a comprender los brotes de fraccionalismo en otras organizaciones políticas obreras, especialmente las nuevas. Y por supuesto vale la pena mencionar --aunque los sabihondos nunca lo hacen-- que el Partido Comunista no ejercía el monopolio sobre las luchas fraccionales.
Desde los orígenes de la política, las luchas fraccionales han hecho estragos en toda organización política. Los problemas fraccionales de los primeros comunistas han despertado atención; y se escribe y se habla de algunos de sus aspectos negativos --el trapicheo que en ellos se practicaba--, como si tales cosas jamás pasaran en ningún otro lado. Las distorsiones de la historia son la especialidad de críticos de sillón como Eugene Lyons y Max Eastman y otros nimios que nunca tuvieron ni siquiera un dedo en la verdadera lucha de la clase obrera. Recientemente se les han unido renegados arrepentidos como Benjamin Gitlow, quien terminó derrotado y decepcionado de forma tan rotunda que corrió a los brazos de la misma democracia estadounidense que él había combatido en sus días de joven rebelde. Qué patético es el cuadro de un hombre que abraza las doctrinas de los amos que le han destruido el espíritu.
Ellos presentan estas luchas fraccionales como algo completamente monstruoso. En especial se llenan de entusiasmo cuando encuentran algo no exactamente loable desde un enfoque moralista. Ni siquiera se detienen a considerar --ya no digamos mencionar--, la ética y la moral de Tammany Hall [sede del Partido Demócrata] o del Partido Republicano, o las luchas fraccionales totalmente deshonestas, corruptas, hipócritas y asquerosas entre camarillas como las que vimos en el Partido Socialista. Sólo cuando encuentran algo de mal gusto en la historia temprana del Partido Comunista es que lanzan sus manos en santo horror.
Revolucionarios abnegados
No se dan cuenta que así le rinden tributo de manera inconsciente al movimiento comunista, como si dijeran: Uno tiene derecho a esperar algo mejor del Partido Comunista, aún en sus primeros días de inmadurez y raquitismo, que de las organizaciones políticas estables de la burguesía y de la pequeña burguesía. Y en eso hay más de un germen de verdad. Los medios deben servir el fin. Todo lo que viole la verdad o los tratos honorables en el movimiento proletario revolucionario contradice los grandes objetivos del comunismo, no tiene cabida, salta a la vista. Esas cualidades --todas sus mentiras, trampas, robos y duplicidad sistemáticos-- son propias de las organizaciones políticas burguesas y pequeñoburguesas, de todo su entorno.
Las luchas fraccionales que caracterizaron toda la trayectoria del movimiento comunista durante sus primeros diez años tuvieron numerosas causas. No es que se hubiera juntado una pandilla de bandidos, que luego comenzaron a pelear por el botín. No era nada por el estilo. No había un botín. La gran mayoría de los pioneros del comunismo se adhirió con propósitos serios y motivos sinceros a fin de organizar un movimiento para la emancipación de los trabajadores del mundo entero. Estaban preparados a hacer sacrificios y tomar riesgos para alcanzar sus ideales, y así lo hicieron. Eso es cierto de los que se adhirieron en torno a la bandera de la revolución rusa en 1917, y construyeron el gran movimiento que para el congreso de Chicago en 1919 ya tenía entre 50 mil y 60 mil miembros. Es particularmente cierto de aquellos que, tras iniciarse las tremendas persecuciones, permanecieron en el partido no obstante los arrestos y deportaciones, las privaciones y dificultades de la vida clandestina, y los problemas financieros.
Los gimoteadores, los que siguieron observando desde las barreras porque fueron incapaces de hacer esos sacrificios o asumir esos riesgos, tratan de pintar a los pioneros comunistas como elementos moralmente corruptos. Sencillamente ponen la realidad patas arriba. En esos primeros días, los mejores elementos se vieron atraídos al partido. Se fueron decantando más con las persecuciones y dificultades de la época clandestina. No, los orígenes de las luchas fraccionales iban más allá de la mala voluntad de algunos individuos. En mi opinión, había unos cuantos pillos, pero eso no prueba nada. Es normal encontrar una que otra manzana podrida en cualquier barril. Las causas de las prolongadas luchas fraccionales eran más fundamentales.
Composición del partido
En mi primera presentación expliqué las tremendas contradicciones implícitas en la composición del partido. Por un lado estaba la militancia en que predominaban los miembros de lenguas extranjeras, con su enfoque irrealista ante el problema de construir un movimiento en un país donde aún no habían sido asimilados; con su concepción fanática de que ellos tenían que controlar el movimiento, no para provecho personal, sino para preservar la doctrina que ellos creían ser los únicos que la entendían. Por otro lado estaba el grupo de norteamericanos, numéricamente más pequeño, quienes, aun si no entendían la doctrina del comunismo tan bien como los extranjeros --y eso también era cierto--, estaban convencidos de que el movimiento debía tener una orientación norteamericana y una dirección nativa. Esta contradicción alimentó la lucha fraccional.
Luego había otro factor: la falta de dirigentes experimentados y con autoridad. El movimiento se multiplicó casi de la noche a la mañana tras la victoria de 1917 en Rusia. Todos los viejos dirigentes del Partido Socialista que gozaban de autoridad rechazaron el bolchevismo y se aferraron a las vías seguras del reformismo. Hillquit y Berger, todos los grandes nombres del partido le dieron la espalda a la revolución rusa y a las aspiraciones de los jóvenes revolucionarios del movimiento. Incluso Debs, quien había expresado simpatía, permaneció en el partido de Hillquit y Berger cuando se dio el encontronazo.
El nuevo movimiento tenía que encontrar nuevos dirigentes; los que se destacaban eran en su mayoría gentes desconocidas, sin mucha experiencia y sin autoridad personal. Se necesitó toda una serie de luchas fraccionales prolongadas para que el partido pudiera ver quiénes eran los dirigentes mejor calificados y quiénes las figuras accidentales. Los cuerpos administrativos cambiaban rápidamente de un congreso a otro. A gentes casuales, temporáneas, se las apartaba a empellones en estas feroces luchas fraccionales, en las que si uno no sabía cómo erguirse y aguantar, lo echaban a un lado y lo tumbaban. Muchos que un año parecían tener habilidades de liderazgo, y que por consiguiente resultaban electos, al año siguiente los echaban a un lado y los reemplazaban hombres previamente desconocidos.
Todo esto fue un proceso de seleccionar dirigentes en el transcurso de la lucha. ùHay alguna otra forma de hacerlo? No sé dónde se haya hecho. Un grupo de dirigentes con autoridad, capaces de mantener su continuidad con el apoyo firme del partido; no sé cómo ni dónde se consolidó jamás una dirección de este tipo salvo mediante luchas internas. Engels escribió una vez que el conflicto interno es la ley del desarrollo de todo partido político. Y ciertamente fue la ley del desarrollo del primer movimiento comunista norteamericano. Y no sólo del Partido Comunista inicial, sino también en los primeros días de su sucesor auténtico, el movimiento trotskista.
Una vez que un movimiento ha evolucionado a través de la experiencia, la lucha y el conflicto interno, al punto que logra consolidar un equipo de dirigentes que gozan de una amplia autoridad, que son capaces de trabajar juntos y que tienen concepciones políticas más o menos homogéneas, entonces tienden a disminuir las luchas fraccionales. Estas se vuelven más esporádicas y menos destructivas. Asumen formas distintas, tienen un contenido ideológico que se hace más evidente, y resultan más instructivas para los militantes. La consolidación de tal dirección se convierte en un poderoso factor que mitiga y a veces previene nuevas luchas fraccionales. En el movimiento comunista inicial logramos al final consolidar una dirección bastante estable, pero con una estructura peculiar que de nuevo reflejaba la contradicción de la composición del partido. Después de cuatro o cinco años de estos avatares, le quedó claro a todos quiénes eran los dirigentes del movimiento comunista norteamericano. Y no eran los que habían sido dirigentes en 1919-20. Muy pocos de los funcionarios iniciales del movimiento sobrevivieron estas luchas.
La fracción Foster-Cannon
El liderazgo que finalmente se destacó en el movimiento comunista inicial --y este es un aspecto muy interesante de su historia-- no se consolidó como un grupo único homogéneo. Eso se debió al hecho que el partido no era homogéneo. En vez de una dirección unificada, con autoridad e influencia sobre el partido en su conjunto, los dirigentes destacados eran líderes de fracciones que reflejaban las contradicciones dentro del partido. La nueva lucha fraccional que comenzó en 1923, primordialmente en torno a la cuestión del aventurismo en el movimiento político sindical y agrícola, y que luego se extendió a todos los problemas de nuestra labor práctica, nuestro enfoque sobre los trabajadores norteamericanos, nuestros métodos en el trabajo sindical: esta lucha prolongada era una reflexión clara de las contradicciones en la composición social del partido y de los diferentes orígenes y antecedentes de los grupos.
La lucha la organizamos Foster y yo contra lo que era entonces la mayoría, Ruthenberg, Lovestone, Pepper, etcétera. Pronto quedó claro que nuestro grupo tenía la composición de una fracción proletaria, sindical. El grueso de los sindicalistas --prácticamente todos--, trabajadores norteamericanos con experiencia, militantes, y los extranjeros más americanizados, estaba a favor nuestro.
Pepper-Ruthenberg-Lovestone tenían a la mayoría de los intelectuales y a los trabajadores extranjeros menos asimilados. Los dirigentes típicos de su fracción, entre ellos los dirigentes secundarios, eran muchachos que venían del City College, jóvenes intelectuales sin experiencia en la lucha de clases. Lovestone era el ejemplo más notable. Eran unos tipos muy inteligentes. Sin duda que en general tenían mucho más conocimiento de libros que los dirigentes de la otra fracción y sabían cómo aprovechar al máximo sus ventajas. Era tipos duros de pelar. Sin embargo, nosotros también sabíamos una que otra cosita, incluso algunas que nunca se aprenden en los libros, y les dimos mucho qué hacer. Esa lucha por el control del partido fue feroz, allí se valía de todo, y se seguía de un año al siguiente sin importar quién tenía la mayoría en ese instante. A veces la lucha del momento se enfocaba en lo que parecían ser asuntos insignificantes.
Dónde ubicar la sede del partido?
Por ejemplo, ùdónde debía situarse la oficina nacional del partido? Nuestra facción decía que en Chicago; la otra, en Nueva York. Luchamos en torno a esto. Pero no porque fuésemos tan estúpidos, como lo presentan los críticos de sillón. Nosotros creíamos que si mudábamos la oficina nacional a Chicago, eso le daría al partido una orientación más norteamericana, lo acercaría a las zonas mineras, lo acercaría al centro del movimiento obrero estadounidense. Queríamos proletarizar el partido y hacerlo más norteamericano. Al insistir en Nueva York, ellos también lo hacían por motivos políticos. Había un fuerte elemento pequeñoburgués en el partido en Nueva York; aquí los intelectuales se destacaban más. Ellos estaban más a gusto aquí, me refiero en lo político. Así es que la lucha sobre la ubicación de las oficinas del partido es en realidad más comprensible si uno va al fondo del asunto.
Esta larga y prolongada lucha, en su conjunto, debidamente la podrán calificar los historiadores honestos y objetivos del futuro --y creo que así lo harán-- como una batalla entre las tendencias proletaria y pequeñoburguesa del partido, en la cual la tendencia proletaria carecía de la suficiente claridad programática para llevar la lucha hasta sus últimas consecuencias. No olviden que prácticamente todos éramos unos novatos. Acabábamos de conocer --y aún no lo suficiente-- las doctrinas del bolchevismo. No teníamos un historial de experiencia en la política; no teníamos a nadie que nos enseñara; teníamos que aprenderlo todo en la lucha, mediante golpes en la cabeza. La fracción proletaria trastrabillante cometió muchos errores e hizo muchas cosas contradictorias al calor de la lucha. Sin embargo, en mi opinión, la esencia de su empuje fue históricamente correcta y progresista.
Tres fracciones
A medida que se desarrolló la lucha, las dos fracciones principales --la de Foster-Cannon por un lado y la de Ruthenberg-Lovestone-Pepper por el otro--, produjeron más divisiones. En efecto, las divisiones estaban implícitas desde el principio porque había estratificaciones similares dentro de la fracción Foster-Cannon. El grupo que se asociaba más estrechamente conmigo lo formaban comunistas pioneros, hombres de partido desde un comienzo, y quienes habían adoptado los principios del comunismo antes que los del ala de Foster. El ala de Foster tenía más experiencia sindical, con conceptos más limitados, menos consciente de los problemas teóricos y políticos. En el curso de las incesantes luchas fraccionales, esta división implícita pasó a ser una división formal. El partido se vio entonces ante tres fracciones: la fracción de Foster, la fracción de Lovestone (Ruthenberg murió en 1927) y la fracción de Cannon. Esa división continuó hasta que nos echaron del partido en 1928.
Todas estas fracciones lucharon de forma interminable por ideas que no tenían completamente claras. Como dije antes, si bien teníamos algunas nociones, y en general sabíamos lo que queríamos, carecíamos de la experiencia política, la educación doctrinaria y el conocimiento teórico para formular nuestro programa con la precisión suficiente que nos permitiera dar solución adecuada a los problemas. Recordarán la gran batalla que tuvimos hace un par de años con la oposición pequeñoburguesa en el Partido Socialista de los Trabajadores. Si uno estudia esa batalla para ver cómo se desarrolló, alcanza a ver cómo nos habíamos beneficiado de la experiencia de la lucha más primitiva librada entre las fracciones pequeñoburguesa y proletaria dentro del antiguo Partido Comunista. Desde aquel entonces habíamos ganado más experiencia, habíamos estudiado algunos libros y habíamos adquirido más conocimientos de teoría y política. Eso nos permitió presentar los puntos en conflicto de manera clara e impedir que la lucha contra Burnham, Shachtman y Cía. se atascara en un pleito sin principios y sin claridad previsible, como había sucedido en la época pasada.
Ahora, los dirigentes que he mencionado --Ruthenberg, Lovestone, Cannon y Foster--, estas cuatro personas estuvieron siempre en el Comité Político del partido. Estos cuatro fueron siempre los dirigentes reconocidos y que gozaban de autoridad en el partido; o sea, eran dirigentes de fracciones y eso los hacía parte de la dirección del partido. Y cada fracción tenía tanta fuerza --es decir, el peso total del partido estaba distribuido tan equitativamente entre las fracciones--, que a ninguna de ellas se la podía aplastar o eliminar. A cada una de ellas estaba ligada demasiada gente, demasiados de los funcionarios capaces del partido. Así que, por ejemplo, cuando los lovestonistas obtuvieron la mayoría del partido gracias a la ayuda y a los garrotazos de la Comintern, no lograron hacer lo que habrían querido: echarnos a un lado, especialmente debido a que el trabajo sindical y de masas prácticamente lo monopolizaban las otras fracciones. Muchos de los organizadores, redactores y funcionarios del partido estaban íntimamente conectados conmigo y no los podían reemplazar. La fracción de Foster era más fuerte aún, especialmente en el campo sindical. No se podían deshacer de nosotros, es decir, no sin desbaratar el partido.
Así que, por así decirlo, el partido quedó prácticamente dividido en tres provincias. Cada fracción había conquistado el espacio suficiente para trabajar en determinadas áreas con una autoridad prácticamente ilimitada y bajo un mínimo de control. La fracción de Foster dominaba todo el terreno del trabajo sindical. Nosotros organizamos la Defensa Obrera Internacional (ILD) y la manejamos prácticamente a nuestro antojo. Esto era cuando los lovestonistas tenían una ligera mayoría. Los lovestonistas estaban en control del aparato del partido, pero no de una forma tan firme como para que prescindieran de nosotros, de modo que esa peculiar correlación de fuerzas se mantuvo por varios años. Naturalmente, este no era un partido verdaderamente centralizado en el sentido bolchevique de la palabra. Era una coalición de tres fracciones. En esencia, eso era en realidad el partido.
Nosotros solos no podíamos resolver el problema. Ninguna fracción podía derrotar de forma decisiva a las otras; ninguna fracción iba a dejar el partido; ninguna fracción tenía la capacidad suficiente de formular su programa de forma que pudiera ganar una verdadera mayoría en el partido. Estábamos en un punto muerto, una lucha fraccional prolongada y desmoralizadora sin fin, sin claridad previsible. Esos fueron días desalentadores. A cualquier revolucionario normal le tiene que resultar en extremo desagradable atravesar no sólo semanas y meses, sino años y años de lucha fraccional. Hay quienes gustan de las luchas fraccionales; en todas las fracciones teníamos gente que nunca despertaba de verdad sino hasta que la lucha fraccional comenzaba a borbotear. Entonces cobraban vida. Cuando había que hacer algún trabajo constructivo --manifestaciones, líneas de piquete, aumentar la circulación de la prensa o ayudar a los prisioneros de la guerra de clases--, a ellos no les interesaban esas rutinas prosaicas. Sin embargo, sólo había que anunciar que iba a haber una reunión fraccional y ellos estaban allí, siempre, en primera fila.
En todo movimiento hay ciertos personajes anormales. Nosotros los teníamos de sobra. Yo podría dar varias charlas biográficas sólo sobre este tema, "Facciosos profesionales que he conocido". Gente así jamás podrá dirigir un movimiento político. Después que el movimiento finalmente recobra el aliento, quita los obstáculos del camino, los facciosos profesionales dejan de tener cabida en su dirección. En última instancia, los dirigentes deben construir. Los dirigentes de nuestras viejas fracciones no eran unos ángeles, eso debo admitirlo. En absoluto. En un sentido político, eran luchadores muy ásperos. Peleaban dándolo todo. ùPero eran también acaso unos sinvergüenzas interesados, como los presentan diletantes como Eugene Lyons y Max Eastman, y toda esa gente mojigata que se apartó del movimiento y que para medirlo utilizaron el rasero de la moralidad abstracta? En absoluto. Al principio no era un sinvergüenza ni siquiera Gitlow, quien hoy rezagado apoya esa tesis.
Creo que algunos de ellos ya nacieron podridos, pero la gran mayoría de los cuadros dirigentes de todas la fracciones eran hombres que se incorporaron al movimiento por razones y fines idealistas. Allí se incluye hasta a los que después se convirtieron en estalinistas y chauvinistas degenerados. Su degeneración resultó de un largo proceso de evolución, presión, decepción, engaño, desilusión y más. Los que se incorporaron al movimiento en los días difíciles de 1919 ó, más bien, los que apoyaron la revolución rusa en los días de la guerra, fundaron el partido en 1919, y aguantaron lo peor de las persecuciones y las redadas en los días de la clandestinidad: desde un punto de vista moral eran muy superiores a los políticos de Tammany Hall o del Partido Republicano o los de cualquier otro movimiento político burgués o pequeñoburgués que uno pueda mencionar.
De haber obtenido la ayuda que necesitábamos, habríamos podido resolver nuestro problema. Es decir, la ayuda de gente más experimentada y con autoridad. El problema era demasiado grande para nosotros. En los movimientos políticos mas avanzados puede suceder, y sucede, que grupos locales alejados del centro caigan en disputas que derivan en luchas fraccionales y formaciones camarillistas, hasta que, debido a su inexperiencia, la situación se vuelve irresoluble para sus propias fuerzas. Si tienen una dirección nacional sabia, una dirección honesta y madura que sepa intervenir de forma inteligente y justa, nueve de diez de estos atolladeros locales al final se pueden superar y los camaradas pueden hallar bases para la unificación mediante el trabajo conjunto.
Ahora, si en aquellos años hubiésemos podido obtener ayuda de la Internacional Comunista, ayuda de los dirigentes rusos, con la que contábamos y la cual buscamos, indudablemente habríamos podido resolver nuestros problemas. Había cosas buenas en todas las fracciones. Todas tenían gente de talento. En condiciones normales, con una dirección correcta y con la ayuda de la Comintern, la gran mayoría de los dirigentes de estas fracciones al final se podrían haber aglutinado y consolidado en una dirección única. La dirección de estas tres fracciones, unidas y trabajando juntas bajo la supervisión y dirección de dirigentes internacionales más experimentados, habría sido una fuerza poderosa para el comunismo. El Partido Comunista habría podido dar un gran salto hacia adelante.
Papel de la Internacional Comunista
Acudimos a la Comintern en busca de ayuda, pero la verdadera fuente del problema estaba allí, aunque en aquel momento lo desconocíamos. Sin que lo supiéramos, la Comintern comenzaba a pasar por su proceso degenerativo. La ayuda honesta y capaz que recibimos de Lenin, de Trotsky y de toda la Comintern en 1921 y 1922 sobre la cuestión sindical y sobre las cuestiones de la clandestinidad y la legalidad, nos permitieron resolver los problemas y liquidar las viejas luchas fraccionales. En vez de recibir tal ayuda en los años posteriores, nos topamos con la degeneración de la Comintern, con el comienzo de su estalinización. La dirección de la Comintern observaba nuestro partido --así como el resto de partidos--, no con miras a resolver problemas, sino para echarle leña al fuego. Ya tramaban para deshacerse de toda la gente independiente, de agallas, la testaruda, a fin que del desorden pudieran crear un partido estalinista dócil. Ya hacían intentos de crear ese tipo de partido aquí y en todas partes, y ninguno de esos dirigentes combativos les resultaba muy útil. Nosotros solíamos ir a Moscú todos los años.
El "problema estadounidense" siempre estaba en el orden del día. En la Comintern siempre había una "comisión sobre Estados Unidos". Ellos nos vieron batallar ante esas comisiones y no tardaron en convencerse de que sería muy difícil emplear a aquellos muchachos en el proyecto que tenían en mente. Lo más seguro es que ya estaban trazando planes para deshacerse de los dirigentes más destacados de todas la fracciones y crear una nueva fracción que sería un instrumento de Stalin.
Siempre que viajábamos a Moscú lo hacíamos llenos de confianza de que en esa ocasión íbamos a recibir alguna ayuda, algún apoyo, porque íbamos sobre la trayectoria correcta, porque nuestras propuestas eran acertadas. Y cada vez quedábamos decepcionados, cruelmente decepcionados. La Comintern invariablemente apoyaba a la fracción pequeñoburguesa contra nosotros. A cada oportunidad le asestaban golpes a la fracción proletaria, la que en los primeros años constituía la mayoría. La primera lucha la libramos en el congreso de 1923, y ganamos una mayoría de dos a uno. Quedó claro que la masa de los militantes del partido quería a la dirección de la fracción proletaria. Posteriormente, después de formalizarse la división en la fracción de Foster-Cannon, aún trabajábamos la mayor parte del tiempo en bloque contra los lovestonistas.
Siempre que a los miembros del partido se les dio la oportunidad de expresarse, demostraron que querían que este bloque tuviera la dirección dominante del partido. Sin embargo, la Comintern dijo, "no". Querían disolver ese bloque. Y estaban especialmente ansiosos, por la razón que fuera, de disolver nuestro grupo, el grupo de Cannon. Algo deben haber sospechado. No escatimaron esfuerzos en atacarme. Incluso ya para el Quinto Congreso de la Comintern en 1924, como de la nada --yo no estaba presente en aquella ocasión-- condenaron con una resolución un leve error que había cometido. Cada uno de los miembros de la dirección del partido había cometido errores de este tipo o peores; sin embargo, la Comintern hizo un esfuerzo máximo para citar mi negligencia a fin de socavar mi prestigio.
Campaña contra el trotskismo
Luego, al pasar los años, se desarrolló la campaña contra el trotskismo. En todos los partidos, la calificación para pertenecer a la dirección, el criterio por el cual se medía a los dirigentes en Moscú era: quién grita mas fuerte contra el trotskismo y contra Trotsky. No se nos daba ninguna información real que clarificara las cuestiones en la lucha en el partido ruso. Nos abrumaban con documentos oficiales y todo tipo de acusaciones y calumnias, pero nada, o casi nada, del otro aspecto de la cuestión. Abusaron de la confianza de las filas del partido. De igual forma, los dirigentes del partido, que confiaban en la Comintern, vieron cómo se abusaba de su confianza una y otra vez. Siempre que viajábamos a Moscú, en vez de regresar con una solución, regresábamos con una resolución aparentemente diseñada para traer la "paz" al partido, pero amañada de manera tal que hiciera que la lucha fraccional se avivara más que nunca.
No había tal cosa como un acuerdo en torno a la lucha. En el instante que se firmaba cualquier tipo de declaración unitaria, estallaba de nuevo la guerra fraccional. El cinismo se comenzó a extender entre las filas. Se creó una máxima que decía que la firma de un "acuerdo de paz" significaba, "hoy sí va a arder de verdad la lucha fraccional". Llegaron las cosas a tal punto que uno tenía que ser reservado, tenía que observar cada paso que daba, porque estaba trabajando en una atmósfera hostil. Se hizo necesario poner reservas cada vez que uno acordaba algo. Una atmósfera moral muy dañina, como una neblina, empezó a envolver el partido.
El que la degeneración de la Comintern ejerciera una influencia determinante en nuestro partido es un hecho que mucha gente superficial cita como prueba de la falta de realismo del movimiento norteamericano, de su incapacidad de resolver sus propios problemas, etcétera. Estos gimoteadores sólo demuestran que no tienen la menor idea de lo que es y debe ser una organización revolucionaria internacional. La influencia que Moscú ejercía era algo perfectamente natural. La confianza y las expectativas que nuestro joven partido depositó en la dirección rusa se justificaban plenamente porque los rusos habían hecho una revolución. Naturalmente, en el movimiento internacional la influencia y autoridad del partido ruso eran más fuertes que las de cualquier otro partido. Los más sabios, los más experimentados, dirigen a los neófitos. Así va a ser y así debe ser en cualquier organización internacional.
No existe tal cosa como un desarrollo parejo de todos los partidos en una internacional. Esto lo hemos visto en la Cuarta Internacional en el transcurso de la vida del camarada Trotsky, quien personificó toda la experiencia de la revolución rusa y de la lucha contra Stalin. La autoridad y el prestigio de Trotsky se destacaban de manera absoluta en la Cuarta Internacional. Sus palabras no tenían la fuerza de una orden burocrática, sino que poseían una tremenda fuerza moral. Y no sólo eso. Como se demostró una y otra vez en cada dificultad y en cada disputa, su paciencia, su sabiduría y su conocimiento se hacían sentir de manera constructiva y honesta; y siempre ayudaba a todo partido y a todo grupo que solicitara su intervención.
Nuestra experiencia en el Partido Comunista ha resultado inestimable en toda nuestra labor cotidiana, y en todas nuestras comunicaciones y relaciones con los partidos menos experimentados de la Cuarta Internacional. Es natural que nuestro partido --precisamente porque ha asimilado una experiencia política más amplia-- quizás ejerza, dentro del movimiento internacional, una influencia más grande que la de cualquier otro partido, ahora que el camarada Trotsky ya no nos acompaña.
Si en un futuro próximo, una sección de la Cuarta Internacional enfrentara una situación revolucionaria y demostrara que su dirección es del calibre suficientemente como para llevar a cabo una revolución victoriosa, entonces la influencia y autoridad predominante le corresponderían naturalmente a dicho partido. Y de común acuerdo pasaría a ser el partido dirigente de la Cuarta Internacional. Esas son las consecuencias naturales e inevitables del desarrollo desigual en el movimiento político internacional.
Nuestro infortunio, nuestra tragedia en todo el transcurso de la Comintern, fue que a los grandes dirigentes de la revolución rusa, a los que realmente personificaron la doctrina del marxismo y que realmente llevaron a cabo la revolución, los echaron a un lado en el proceso de la reacción contra la Revolución de Octubre y la degeneración burocrática del Partido Comunista ruso. El Partido Comunista en Estados Unidos, al igual que los partidos en otros países, no supo comprender los temas complejos de la gran batalla. Luchábamos en las tinieblas, pensando sólo en nuestros problemas nacionales. Es esto lo que emponzoñó aquí las luchas fraccionales. Fue lo que al final hizo que degeneraran en pleitos y luchas carentes de principios en pos del control.
Sólo un programa internacional, asimilado a tiempo, podría haber rescatado de su degeneración al joven Partido Comunista de Estados Unidos. Esto no lo comprendimos sino hasta 1928. Entonces ya era demasiado tarde para salvar nada más que un pequeño fragmento del partido para su meta revolucionaria original.
Continuidad comunista
Cada una de las tres fracciones que había existido en el partido desde 1923 hasta 1928 pasó por su propia evolución. Los cuadros que fundaron el movimiento trotskista norteamericano surgieron en su totalidad de la fracción de Cannon. Toda la dirección y prácticamente todos los miembros originales de la Oposición de Izquierda surgieron de nuestra fracción.
A la fracción de Lovestone, como se sabe, la expulsaron mediante un ucase brutal de Stalin en 1929. Los lovestonistas se desarrollaron independientemente desde 1929 hasta 1939, y después se disgregaron, pasando al bando de la burguesía como partidarios de la guerra "democrática".
La fracción de Foster y los dirigentes secundarios de algunas de las otras fracciones se aglutinaron en una mescolanza basada en la lealtad indiscutida hacia Stalin y la renuncia total de toda independencia. Eran los hombres de segunda y tercera línea. Ellos tuvieron que esperar en las sombras hasta que los verdaderos luchadores fueron expulsados y llegó el momento de que los recaderos los reemplazaran. Ellos pasaron a ser los dirigentes oficiales, los dirigentes fabricados, del Partido Comunista norteamericano. Luego, ellos también atravesaron su evolución natural, y hoy han pasado a ser la vanguardia del movimiento socialchovinista.
Es importante recordar que nuestro movimiento trotskista moderno se originó en el Partido Comunista y en ningún otro lado. A pesar de todos los aspectos negativos del partido en esos primeros años --y los he relatado sin ambages--, a pesar de sus debilidades, sus asperezas, sus enfermedades infantiles, sus errores; a pesar de lo que se diga retrospectivamente sobre las luchas fraccionales y su posterior degeneración, a pesar de lo que se diga de la degeneración del Partido Comunista en este país, se debe reconocer que del Partido Comunista surgieron las fuerzas para la regeneración del movimiento revolucionario.
Del Partido Comunista salió el núcleo de la Cuarta Internacional en este país. Por tanto, debemos decir que el periodo inicial del movimiento comunista en este país nos pertenece, que a él nos unen vínculos indisolubles, que hay una continuidad ininterrumpida que va desde los primeros días del movimiento comunista, sus luchas valientes contra la persecución, sus sacrificios, errores, luchas fraccionales y degeneración hasta que finalmente el movimiento resurge bajo la bandera del trotskismo.
No debemos renunciar --y en razón de la justicia y la verdad no podemos renunciar--, a la tradición de los primeros años del comunismo norteamericano. Nos pertenece y sobre su base es que hemos construido.
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